Sir james george frazer la rama dorada



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428 EL RITUAL DE OSIRIS

La siega en Egipto no caía, como hemos visto, en otoño, sino en primavera, durante los meses de marzo, abril y mayo. Para el labrador el tiempo de la siega debe ser una estación de alegría, por lo menos en los años buenos; trayendo a su casa sus gavillas de mies, queda pagado de sus grandes y anhelosos trabajos. Aunque el antiguo campesino egipcio sintiera una secreta alegría al segar y entrojar el grano, era esencial que ocultase la emoción, natural bajo un aire de profunda melancolía, porque ¿no estaba cortando el cuerpo del dios cereal con su hoz y pisoteándole hasta despedazarlo bajo las pezuñas de su ganado en la era? De acuerdo con esto, se nos ha dicho que fue una añeja costumbre de los segadores egipcios darse golpes de pecho y condolerse al dar la primera hozada, invocando a Isis al mismo tiempo. Creemos que esta invocación tenía la forma de un canto melancólico que los griegos llamaban Maneros. Tonadas quejumbrosas parecidas cantaban los segadores de Fenicia y otras partes de Asia Menor. Es probable que todas estas cantinelas dolo­ridas fueran lamentaciones de los segadores por matar con sus hoces al dios del grano. En Egipto, el dios que mataban era Osiris y el nombre de Maneros que se aplicaba a la endecha parece derivarse de ciertas pala­bras que significan "ven a tu casa", que son frecuentes en las lamen­taciones por el dios muerto.



También otros pueblos hicieron ceremonias del mismo tipo, proba­blemente con la misma intención. Así, se nos dice que entre todas las plantas es el grano (sin duda el maíz) el que tiene el primer lugar en la economía casera y en las prácticas ceremoniales de los indios cherokis, que lo invocan bajo el nombre de "la vieja", aludiendo a un mito que lo hace nacer de la sangre de una anciana que sus desobedientes hijos mataron. Después de la última labor, van a la mies un sacerdote y su acólito entonando cánticos de invocación al espíritu del grano. Y en­tonces podría oírse un susurro fuerte que se pensaba causado por la Vieja trayendo el grano a las plantas. Se mantenía bien claro un sendero que conducía del campo a la casa, "para inducir al grano a quedarse en casa y no marcharse errabundo por cualquier parte". "Otra curiosa cere­monia de la que ya casi no queda recuerdo, se cumplía después de la primera labor de la recolección, consistiendo en que el propietario o sacerdote se colocaba sucesivamente en las cuatro esquinas del campo llorando y lamentándose con fuerza. Ni aun los sacerdotes pueden darnos una razón de esta práctica que muy bien pudo ser la lamentación por la muerte sangrienta de Selú, la vieja del grano. Estas costumbres cherokis y las lamentaciones e invocaciones de la vieja del maíz, recuerdan las costumbres egipcias antiguas del duelo por la primera mies cortada y el llamamiento a Isis, que indudablemente tendría en uno de sus aspectos la apariencia de una vieja del grano. Además, la precaución de los che­rokis en mantener bien franqueable un sendero desde la tierra del rastrojo a la casa, recuerda la invitación egipcia a Osiris: 'ven a tu casa'. De la misma manera, en las Indias Orientales se observan hoy día ceremonias bastante complicadas, con el propósito de que el espíritu del arrozal

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vuelva de los campos al granero. Los nandi del África Oriental hacen una ceremonia en septiembre, cuando el grano eleusino está madurando. Todas las mujeres que tienen una plantación van con sus hijas a los campos y hacen una hoguera con ramas y hojas de ciertos árboles; reco­gen después algunos granos eleusinos y cada una de ellas coloca un grano en su collar, machaca otro y con él se frota la frente, la garganta y el pecho. No muestran ningún signo de alegría en esta ocasión las mujeres, sino que, llenas de pena, cortan mies hasta llenar una cesta que traen a casa y ponen en el desván para que se seque".

Concebir al espíritu del grano como un viejo que muere en la siega está muy claramente incorporado en la costumbre que practican los árabes de Moab. Cuando los segadores están próximos a terminar su tarea y sólo les queda sin segar un pequeño rincón del campo, el dueño coge un puñado de espigas del trigo y las ata en forma de gavilla. Cava un agujero en forma de fosa mortuoria y pone derechas dos piedras en sus extremos, exactamente como en un enterramiento, una a la ca­becera y la otra a los pies; después .tiende en el fondo de la fosa la gavilla de trigo y el jeque pronuncia estas palabras: "El viejo ha muer­to". Arroja tierra en la fosa hasta cubrir la gavilla, rezando: "Quiera Alá devolvernos el trigo del muerto".

2. Los ritos oficiales

Así fueron los acontecimientos principales del calendario agrícola en el antiguo Egipto y así eran los sencillos ritos religiosos que ellos cele­braban. Mas tenemos que considerar todavía las fiestas osirianas. del calendario oficial, según fueron descritas por los escritores griegos o ins­critas en los monumentos. En su examen hay que tener presente que, debido al cálculo del año movible del antiguo calendario egipcio, las fechas verdaderas o astronómicas de las fiestas oficiales fueron variando año tras año, por lo menos hasta la adopción del año alejandrino, fijado en el 30 antes de Cristo; en adelante, al parecer, las fechas de las fiestas se determinaron por el nuevo calendario, dejando así de girar a través de todo el año solar. De todos modos, en Plutarco, que escribe a fines del siglo I, se sobrentiende que eran entonces fijas, no movibles, pues aun­que no hace mención del calendario alejandrino, claramente fecha los festivales según éste. Aún más, el gran calendario de Esne, importante documento de la época imperial, está basado con seguridad en el año alejandrino fijo; en él se asigna la data para el día de Año Nuevo al día que corresponde al 29 de agosto, que era el primero del año alejandrino, y sus referencias a la crecida del Nilo, la posición del sol y los trabajos agrícolas están todas en armonía con esta hipótesis. Por esto nosotros tenemos como indudable que desde el año 30 a. c. los festivales egip­cios fueron fijados por el año solar.

Heródoto nos dice que la tumba de Osiris estaba en Sais, en el Bajo Egipto, y que allí había un lago sobre el que se representaban los

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sufrimientos del dios como un misterio nocturno. Esta conmemoración de la divina pasión tenía lugar una vez al año; las gentes lloraban y se daban golpes de pecho para atestiguar su dolor por la muerte del dios una vaca tallada en madera dorada, llevando entre sus cuernos un sol de oro, era mostrada fuera del camarín, donde quedaba el resto del año Es indudable que la vaca figuraba a Isis, pues las vacas se consagraban a ella, representada generalmente con la cornamenta de una vaca en su cabeza y, más aún, como una mujer con cabeza de vaca. Es probable que la exhibición de su imagen bovina simbolizase a la diosa en busca del cuerpo de Osiris, pues tal era la interpretación nativa egipcia de una ceremonia parecida, hacia el solsticio de invierno, observada en tiempos de Plutarco, ceremonia en la que la vaca dorada era llevada procesional-mente dando alrededor del templo siete vueltas. Un rasgo importante de este festival era la iluminación nocturna; las gentes colgaban hileras de lámparas de aceite que ardían toda la noche en las fachadas de las casas. Ésta costumbre no estaba confinada a Sais tan sólo, sino que se celebraba por todo el Egipto.

Esta iluminación universal de las casas en una noche especial del año sugiere que la fiesta pudiera haber sido la conmemoración no sólo de Osiris muerto, sino de todos los muertos en general; en otras palabras, que pudiera haber sido una noche de ánimas (o de los difuntos), pues hay la extendida creencia de que las almas de los muertos visitan su anti­guo domicilio J en una noche del año y en esta solemne ocasión la gente se prepara para la recepción de los espíritus dejando alimentos para que ellos los coman y encendiendo lámparas para guiarlos en su sombrío camino del sepulcro y hacia él. Heródoto, que nos describe con breve­dad la fiesta, omite mencionar la fecha, mas nosotros podemos determi­narla con alguna probabilidad valiéndonos de otras fuentes. Así, Plu­tarco nos cuenta que Osiris fue muerto en el día 17 del mes Athir y, de acuerdo con esto, los egipcios observaban ritos mortuorios por cuatro días desde dicha fecha; ahora bien, en el calendario alejandrino, que fue usado por Plutarco, estos cuatro días correspondían al 13, 14, 15 y 16 de noviembre, respondiendo estas fechas exactamente a las otras indicaciones que da Plutarco cuando dice que en la del festival el Nilo iba bajando, los vientos del norte disminuyendo, las noches alargándose y las hojas cayendo de los árboles. En estos cuatro días se exponía como imagen de Isis una vaca dorada cubierta por un paño mortuorio negro. Ésta es, sin duda, la imagen que menciona Heródoto en su relato del festival. El día 19 la gente bajaba al mar y los sacerdotes llevaban una capillita que contenía un féretro dorado. Dentro del féretro derramaban agua dulce y después los espectadores empezaban a clamar que Osiris había sido encontrado. Acto seguido tomaban mantillo humedecido y mezclado con granos de especias e incienso y moldeaban una pasta dándole forma lunar y después la revestían y engalanaban. De este modo

i De la leyenda de "El convidado de piedra" podrían extraerse no pocas consi­deraciones relacionadas con este tema.

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parece que el propósito de las ceremonias descritas por Plutarco era, primero, representar dramáticamente la búsqueda del cadáver de Osiris y, segundo, el gozoso descubrimiento de la resurrección del dios muerto que vuelve a la vida en la nueva imagen de tierra vegetal y especias. Lactancio nos cuenta que, en estas ocasiones, los sacerdotes de afeitados cuerpos se golpeaban el pecho y se lamentaban, imitando la triste busca de Osiris, su hijo perdido, hecha por Isis, y cómo después sus penas se convertían en gozo cuando Anubis, el dios de cabeza de chacal o, mejor, un enmascarado en su lugar, presentaba un niñito, el viviente que repre­sentaba al dios perdido y hallado. De este modo, Lactancio considera a Osiris como hijo en lugar de marido de Isis y no hace mención de la imagen de tierra vegetal. Es probable que el niño que figuró en el drama sagrado hiciera el papel no de Osiris, sino de su hijo Horus, mas como la muerte y resurrección del dios se celebraban en muchas ciudades de Egipto, también es probable que en algunos lugares el papel de dios que resucita fuera hecho por un actor vivo en lugar de una imagen. Otro escritor cristiano nos describe cómo los egipcios, con las cabezas afeitadas, lloraban naturalmente ante la tumba del ídolo Osiris, golpeándose el pecho, azotándose las espaldas, lacerando y abriendo sus antiguas heridas, hasta que, después de varios días de duelo, confesaban haber hallado los despedazados restos del dios y manifestaban su gozo por ello. Por mu­cho que variasen los detalles de la ceremonia en los diferentes lugares, la ficción del hallazgo del divino cuerpo y de su probable restauración a la vida fue un gran acontecimiento en las fiestas del año de los egip­cios. Los gritos de gozo que daban la bienvenida están descritos o alu­didos por muchos escritores de la Antigüedad.

Los ritos fúnebres de Osiris, tal como se observaban en su gran fes­tival en las 16 provincias de Egipto, están descritos en una larga inscrip­ción del período ptolemaico, grabada en los muros del templo del dios en Denderah, la Tentyra de los griegos, ciudad del Alto Egipto situa­da en la orilla occidental del Nilo, a unos sesenta y cinco kilómetros al norte de Tebas. Desgraciadamente, si bien la información que nos su­ministra es notablemente completa y minuciosa en muchos puntos, en cambio la disposición adoptada en la inscripción es tan confusa y la expresión con frecuencia tan obscura que es difícil poder extractar de ella un relato claro y consistente del conjunto de la ceremonia. A pesar de ello, deducimos del documento que las ceremonias variaban más o menos en las distintas ciudades, y así, por ejemplo, el ritual de Abydos difería del de Busiris. Sin intentar señalar todas las particularidades del uso local, indicaremos compendiadamente lo que a nuestro parecer fue­ron los hechos más salientes del festival, hasta donde es posible indagarlos con probable certidumbre.



Los ritos duraban 18 días, del 12 al 30 del mes Khoiak, y explicaban la naturaleza de Osiris, en su triple aspecto, como muerto, descuartizado-y finalmente reconstruido por la reunión de sus dispersos fragmentos. En el primero de estos aspectos le llamaban Chen-Amenti (Khenti-Amenti);

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en el segundo, Osiris-Sep, y en el tercero, Sokari (Seker). Modelaban con tierra vegetal y grano pequeñas imágenes del dios, a las que añadían algunas veces incienso; pintaban el rostro de amarillo y los pómulos verdes. Metían estas imágenes en un molde de oro puro que represen­taba al dios en forma de momia con la corona blanca de Egipto 1 en su cabeza. La fiesta comenzaba el día 12 de Khoiak arando y sembrando ceremonialmente. Dos vacas negras eran enganchadas al arado de madera de tamarisco con reja de cobre negro. Un muchacho voleaba la semi­lla; un lado del campo lo sembraban de cebada, el otro con espelta2 y entre los dos sembraban lino. Durante la operación, el jefe celebrante recitaba el capítulo del ritual "la siembra de los campos". En Busiris, el día 20 de Khoiak ponían avena y cebada en el "jardín" del dios, el cual parece haber sido una especie de tiesto o maceta grande. Esto se hacía en presencia de la diosa-vaca Shenty, representada aparentemente por la imagen de una vaca dorada hecha de madera de sicómoro, con una imagen humana y descabezada en su interior. "De una vasija dorada derramaban agua de la última inundación sobre la diosa y al mismo tiempo sobre el jardín, dejando crecer la cebada como emblema de la resurrección del dios después de su enterramiento, pues el crecimiento del jardín es el crecimiento de la substancia divina". El día 22 de Khoiak, a las ocho de la mañana, las imágenes de Osiris, acompañadas de otras 34 de dioses, hacían un viaje misterioso en 34 barcas pequeñas hechas de papiros iluminadas por 365 luces. El día 24 de Khoiak, des­pués de la puesta del sol, depositaban en la sepultura la efigie de Osiris en un féretro de madera de moral y a las nueve de la noche la efigie hecha y depositada el año anterior era sacada y colocada sobre ramas de sicómoro. Por último, el día 30 de Khoiak se dirigían al santo sepulcro, que era una cámara subterránea sobre la que parece crecía un grupo de "árboles de Persia".3 Penetraban en la bóveda por la puerta occidental y dejaban en la cámara con toda reverencia y sobre un lecho de arena el féretro con la efigie del dios muerto. De esta manera le entregaban al descanso y salían del sepulcro por la puerta oriental; así terminaban las ceremonias del mes de Khoiak.

En la anterior descripción del festival, deducida de la gran inscrip­ción de Denderah, el enterramiento de Osiris figura prominentemente, mientras que su resurrección está implícita más que expresa. Este de­fecto documental, sin embargo, está más que compensado por una notable serie de bajorrelieves que acompañan e ilustran la inscripción. Éstos muestran en una serie de escenas al dios muerto, tumbado y ven­dado como una momia en su ataúd; después, levantándose gradualmente cada vez más alto hasta que al fin está completamente fuera del ataúd y se le ve erguido entre las alas guardianas de la fiel Isis, situada tras él, mientras una figura varonil mantiene ante sus ojos la "cruz ánsata",

  1. Alto Egipto.

  2. Trigo escanda.

  3. Árbol Persea, de la familia del laurel y del aguacate.

LOS RITOS OFICIALES 433

símbolo egipcio de la vida. Es muy difícil que sea posible representar más gráficamente la resurrección del dios. Sin embargo, es más instruc- tiva aún otra representación del mismo acontecimiento en una cámara dedicada a Osiris en el gran templo de Isis en Filé. Aquí vemos el cadáver de Osiris, del cual brotan tallos de cereal, mientras un sacerdote riega los tallos con un jarro que tiene en la mano. La inscripción corres-pondiente nos declara que "ésta es la forma de Aquel que no puede ser nombrado, Osiris el de los Misterios, que brota de las aguas que retor­nan". Considerando conjuntamente el dibujo y las palabras, creemos que no dejan lugar a dudas de que Osiris está aquí concebido y repre­sentado como personificación del grano que brota en los campos después de ser éstos fertilizados por la inundación. Tal era, según la inscripción, la médula de los Misterios, el secreto más profundo que se revelaba al iniciado. Del mismo modo, en los ritos de Deméter, en Eleusis, se exhibía a los adoradores una espiga de cebada como el misterio central de su religión. Ahora podemos entender plenamente por qué en el gran festival de la siembra en el mes de Khoiak los sacerdotes enterraban imágenes de Osiris hechas de mantillo y granos. Cuando recogieran estas efigies al cabo de un año o de un intervalo más corto, encontrarían que los granos habían germinado y salido del cuerpo de Osiris, y así la germinación del grano sería supuesta como un presagio o, mejor aún, como la causa del crecimiento de las cosechas: el dios-cereal produce el cereal de Sí mismo; Él da su propio cuerpo como alimento a los hom­bres, Él muere para que ellos vivan.

Y de la muerte y resurrección de su gran dios, los egipcios inferían no solamente su auxilio y subsistencia en esta vida, sino también su esperanza en una vida eterna más allá de la muerte. Esta esperanza está señalada de la manera más clara en las notabilísimas efigies de Osiris que se han descubierto en los cementerios egipcios. Así, en el Valle de los Reyes, en Tebas, se encontró la tumba de un flabelífero real que vivió hacia el año 1 500 a. c. Entre los ricos hallazgos contenidos en la tumba, había un ataúd dentro del cual descansaba una colchoneta de cafiitas con tres capas de lienzo. En la parte superior del lienzo estaba pintada una figura de Osiris en tamaño humano y en su interior, la figura, hecha impermeable, contenía una mezcla de tierra vegetal, cebada y un fluido pegajoso. La cebada había germinado y tenía brotes de 5 a 8 centímetros. También en el cementerio de Cynópolis "había nume­rosos enterramientos de figuras de Osiris hechas de grano envuelto en tela con un tosco parecido a Osiris y colocadas dentro de nichos de ladrillo junto a las tumbas, en ocasiones en pequeños ataúdes de barro, otras veces de madera con la forma de una momia de halcón y aún otras sin ataúd de ningún género". Estas figuras rellenas de simiente estaban vendadas, como las momias, con parches dorados aquí y acullá, como una imitación del molde dorado en que figuras de Osiris parecidas eran metidas en el festival de la siembra. También se encontraron efigies de Osiris enterradas cerca de la necrópolis de Tebas, con el rostro de

434 LA NATURALEZA DE OSIRIS

cera verde y el interior repleto de grano. Finalmente, el profesor Erman nos dice que entre las piernas de las momias "algunas veces se hallan tendidas unas figuras de Osiris hechas de lodo y llenas de granos de cereales, cuya germinación está ideada para significar la resurrección del dios". No podemos dudar que, de igual modo que el entierro de las imágenes de Osiris rellenas de grano en el suelo durante el festival de la siembra fue proyectado para vivificar la simiente, así el enterramiento de imágenes parecidas en las tumbas fue ideado para vivificar al muerto es decir, para asegurar su inmortalidad espiritual.

CAPITULO XL LA NATURALEZA DE OSIRIS

1. OSIRIS COMO DIOS DEL CEREAL

El precedente examen del mito y ritual de Osiris probará suficiente­mente que en uno de -sus aspectos el dios fue una personificación del cereal, de quien puede decirse que muere y vuelve a la vida cada año. Por entre todas las pompas y esplendores con que en los últimos tiem­pos revistieron su culto los sacerdotes, su concepción como dios del cereal aparece muy clara en la fiesta de su muerte y resurrección, que se celebraba primero en el mes de Khoiak y después en el de Athir. Este festival parece haber sido esencialmente un festival de siembra que recaía apropiadamente en la época en que el labriego en efecto encomendaba la semilla a la tierra. En esas ocasiones se enterraba en los campos con ritos fúnebres una efigie del dios del grano moldeada con tierra y grano, al objeto de que, muriendo allí, volviera a la vida otra vez en la nueva cosecha. De hecho la ceremonia era un encantamiento para asegurar la germinación de la simiente por magia simpatética y suponemos que, como tal, fue practicado en su forma simple por todos los agricultores egipcios en sus campos mucho tiempo antes de ser adoptado y transfor­mado después por los sacerdotes en su ritual formalizado del templo. En la moderna, pero indudable costumbre antigua árabe de enterrar "al Viejo", con preferencia una gavilla de trigo, -en el campo de siega y orarle para que pueda volver de la muerte, vemos el germen de donde se desenvolvió con probabilidad el culto de Osiris como dios del cereal. Los detalles de su mito son apropiados a esta interpretación del dios. Se decía que era el hijo del Cielo y de la Tierra; ¿qué padres más apropiados pueden idearse para el grano que germina en el suelo fertili­zado por el agua del cielo? Es verdad que la tierra de Egipto debe su fertilidad directamente al Nilo y no a los chubascos, pero los habitantes debían conocer o barruntar que el gran río a su vez estaba alimentado por las lluvias que caían más allá en el interior. Además, la leyenda de ser Osiris el primero que enseñó a los hombres el uso de los cereales no
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