Sir james george frazer la rama dorada



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EL MITO DE OSIRIS 421

soportar su encolerizada mirada y murió. Alguien cree que esto no su-cedió así, sino que cayó al mar, ahogándose. Tal es lo que los egipcios cantaban en sus banquetes bajo el nombre de Maneros.

Cuando Isis dejó el cofre para ir a ver a su hijo Horus en la ciudad de Buto, Tifón lo encontró cuando cazaba un jabalí en noche de luna llena. Reconocido el cadáver, acto continuo lo descuartizó en catorce dazos, que esparció por distintos sitios. Isis, después, embarcada en una chalupa hecha de papiros, buscó por todos lados los pedazos en la laguna. Ésta es la razón por la que, cuando las gentes navegan en chalu-pas de papiros, no temen a los cocodrilos, pues éstos respetan a la diosa. Y, además, también lo es de haber tantas tumbas de Osiris en Egipto, pues ella iba sepultando los trozos en los mismos sitios donde los encon­traba. Otros mantienen la idea de que ella enterró una imagen de él en cada ciudad fingiendo que era el cuerpo, con el objeto de que pu­diese ser adorado Osiris en muchos lugares y de que si Tifón buscaba la verdadera tumba, no pudiese encontrarla. Sin embargo, como el miem­bro genital de Osiris había sido devorado por los peces, Isis modeló una imagen de él en su lugar y esta imagen es usada por los egipcios en sus funerales hasta el día. "Isis —escribe el historiador Diodoro Sículo— recobró todas las partes del cuerpo excepto las genitales, y como ella deseaba que la tumba de su marido fuese desconocida y reverenciada por todos los moradores de la tierra egipcia, recurrió al siguiente arti­ficio: moldeó con cera y especias aromáticas unas imágenes humanas de la hechura de Osiris y colocó dentro de cada una de ellas uno de los pe­dazos del cadáver de éste. Después fue llamando a los sacerdotes de los distintos grupos tomándoles juramento de que jamás revelarían a .nadie la confianza que les dispensaba, y de este modo a cada uno de ellos dijo que le confiaba el enterramiento del cadáver y que lo hiciera en su pro­pio terreno, exhortándole y recordándole los beneficios recibidos para que honrase a Osiris como un dios. También les conjuró para que dedicasen a uno cualquiera de los animales de su distrito y le venerasen en vida como lo hicieron primeramente con Osiris y que cuando muriera el ani­mal sagrado le hiciesen exequias semejantes a las del dios. Y con el designio de estimular a los sacerdotes para que confiriesen las precitadas honras teniendo en ello un interés personal, les cedió un tercio del te­rreno usado en el servicio y culto de los dioses. De acuerdo con esto, se decía que los sacerdotes, atentos a los beneficios de Osiris, deseosos de agradar a la reina y movidos por la perspectiva de la ganancia, ejecu­taron todas las instrucciones de Isis. Por esto, y hasta hoy, cada sacer­dote imagina que Osiris está enterrado en su país y veneran a los ani­males que consagraron al principio y cuando mueren, renuevan los sacerdotes en el entierro de ellos el duelo por Osiris. Más aún, los bue­yes sagrados, el llamado Apis y el Mnevis, fueron dedicados a Osiris y se ordenó que fuesen adorados como dioses por todos los egipcios, pues estos animales, sobre todos los demás, fueron los que ayudaron a los

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descubridores de las gramíneas en las siembras consiguiendo los benefi­cios universales de la agricultura."

Tal es el mito o leyenda de Osiris que cuentan los escritores griegos y entresacado de los datos fragmentarios o alusiones de la literatura egip- cia. Una gran inscripción del templo de Denderah ha conservado una lista de las tumbas del dios y otros textos mencionan las partes del cuer­po que fueron atesoradas como reliquias sagradas en cada uno de los santuarios. Así, su corazón estaba en Athribis, su columna vertebral en Busiris, el cuello en Letópolis y la cabeza en Menfis, Como suele acon­tecer en estos casos, algunos de sus miembros estaban multiplicados mi­lagrosamente; su cabeza, por ejemplo, estaba en Abydos así como tam­bién en Menfis, y sus piernas, notablemente numerosas, podrían haber bastado para varios mortales corrientes. En este respecto, sin embargo, Osiris queda achicado por San Dionisio, del que existen no menos de siete cabezas todas igualmente auténticas.1

Según los relatos egipcios que complementan el de Plutarco, cuando Isis encontró el cadáver de su marido Osiris, ella y su hermana Neftys se sentaron junto a él y rompieron en lamentos que en épocas posteriores fueron el tipo de todas las lamentaciones egipcias por los muertos. "Vuelve a tu casa —gemían—, vuelve a tu casa, tú que no tienes ene­migos. ¡Oh, bello joven!, vuelve a tu casa para que puedas verme. Soy tu hermana, la que amabas; no te apartarás ya de mí, ¡oh bello mucha­cho! Vuelve a tu casa. No te veo y, sin embargo, mi corazón te adora y mis ojos te desean. Vuelve a la que te ama, a la que amas, Unnefer el Bendito. Vuelve a tu hermana, vuelve a tu mujer, a tu mujer cuyo corazón está muerto. Vuelve a la mujer de tu casa. Soy tu hermana de la misma madre y tú no te alejarás más de mí. Los dioses y los hombres han vuelto su cara hacia ti y todos te lloran. Te llamo y lloro y mis plañidos son oídos en el cielo, pero tú no oyes mi voz; mas soy tu hermana, la que amaste en la tierra; tú no amaste a nadie sino a mí. ¡Hermano mío, hermano mío!" Esta imploración por el bello joven, truncada su vida en lo mejor, nos recuerda las lamentaciones por Adonis. El título de Unnefer o el Bueno que se le concede acentúa la bondad que la tradición universal adscribe a Osiris; fue su título más corriente y uno de sus nombres reales.

Las llorosas quejas de las dos apenadas hermanas no fueron en vano; apiadado por sus lágrimas, el dios Sol, Ra, envió desde el cielo al dios cabeza de chacal, Anubis, el que, con la ayuda de Isis y Neftys, de Thot y de Horus, reunió pedazo tras pedazo del cuerpo destrozado del dios muerto, le envolvió en vendas de lino y ejecutó todos los demás ritos que los egipcios solían cumplir en los cuerpos de los difuntos. Des-

1 Con esto de las reliquias pasa lo que cuenta Eça de Queiroz de Teodorico, que vendía clavos de la cruz, coronas de espinas, herraduras del asnillo en que la Virgen huyó con el Niño Jesús a Egipto, al sacristán de la catedral, hasta que un día éste le dio el alto: "¿No le parece que treinta y dos herraduras del burrito en que la Virgen huyó con el Niño Jesús a Egipto son bastantes herraduras para Portugal?"

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pues, Isis abanicó la fría arcilla con sus alas, Osiris revivió y desde en­tonces gobernó entre los muertos como rey en el otro mundo. Allí go­zaba de los títulos de Señor del Mundo Subterráneo, Señor de la Eterni­dad y Rey de los Muertos. Allí también, en el gran salón de Las Dos Verdades, asistido por cuarenta y dos asesores, uno por cada uno de los distritos principales de Egipto, presidía como juez en el juicio de las al­mas de los difuntos, que hacían su confesión solemne ante él, y cuando habían sido pesados sus corazones en la balanza de la justicia, recibían el premio de la virtud en una vida eterna o el castigo apropiado de sus pecados.

En la resurrección de Osiris los egipcios vieron la promesa de una vida eterna para ellos mismos más allá de la tumba. Creyeron que todos los hambres vivirían sempiternamente en el otro mundo si los amigos super­vivientes ejecutaban en su cadáver lo que los dioses hicieron con el de Osiris. Por esto, las ceremonias funerales eran copias de lo ejecutado con el dios muerto. "En cada funeral se representaba el misterio divino efec­tuado de antiguo sobre Osiris, cuando su hijo, sus hermanos y amigos se congregaron alrededor de sus destrozados restos y con sus conjuros y mani­pulaciones consiguieron convertir su cuerpo roto primeramente en mo­mia, reanimándola y proveyéndola después de los medios para ingresar en una nueva vida individual más allá de la muerte. La momia del que fallecía era el propio Osiris; las lloronas profesionales o plañideras eran las dos hermanas Isis y Neftys; Anubis, Horus, todos los dioses de la leyenda osiriana, estaban allí reunidos ante el cadáver." De esta guisa, todos los egipcios muertos se identificaban con Osiris y así se les deno­minaba. Desde el Imperio Medio en adelante fue costumbre nombrar al difunto como "Osiris fulano de tal" y le añadían el relevante título de Veraz en razón de ser característico de Osiris hablar en verdad. Los millares de tumbas esgrafiadas y pintadas que han sido abiertas en el valle del Nilo prueban que el misterio de la resurrección actuaba en be­neficio de todo los egipcios que morían; como Osiris, muerto y resuci­tado de entre los muertos, del mismo modo esperaban todos rescatarse de la muerte a una vida eterna.

Según lo que parece haber sido la tradición general nativa, Osiris fue un rey egipcio bienquisto y amado que sufrió muerte violenta, pero que se libertó de la muerte y fue así adorado como una deidad. En ar­monía con esta tradición, los escultores y pintores le representan en ge­neral con forma real y humana, como un rey muerto, vendado con las envolturas de una momia, llevando sobre la cabeza una corona real y agarrando con una de sus manos, libertada de las vendas, un cetro regio. Dos ciudades, sobre todas las demás, se asociaron con su mito o recuerdo. Una de ellas fue Busiris, en el Bajo Egipto, que proclamaba tener su columna vertebral; la otra ciudad, Abydos, en el Alto Egipto, se gloriaba con la posesión de su cabeza. Aureolada por la santidad del dios muerto y resucitado, la ignorada aldea de Abydos llegó a ser, hacia finales del Imperio Antiguo, el lugar más santo de Egipto; creemos que

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su tumba allí fue para los egipcios lo que la Iglesia del Santo Sepulcro es para los cristianos. El deseo de todos los hombres piadosos era que su cadáver descansara en la tierra santa cercana a la tumba del glorificado Osiris. Pocos en verdad fueron lo bastante ricos para gozar de este privilegio inestimable, pues aparte del costo de una tumba en la ciudad sagrada, solamente el transporte de las momias desde tan grandes distancias era difícil y costoso. Aun así, fueron muchos los ávidos de absorber ya muertos la influencia bendita que irradiaba el santo sepulcro por lo que compelían a sus supervivientes a conducir sus restos mortales a Abydos, dejándolos permanecer algún tiempo allí para después vol­verlos por el río a su lugar nativo y enterrarlos en la tumba que les es­taba preparada. Otros construían cenotafios o lápidas sepulcrales, eri­gidas anteriormente por ellos mismos cerca de la tumba de su señor muerto y resucitado, y así podían gozar en su compañía la bienaven­turanza de una resurrección feliz.

CAPÍTULO XXXIX

EL RITUAL DE OSIRIS

1. LOS RITOS POPULARES

Una pista muy útil para averiguar la naturaleza originaria de un dios o diosa la suministra con frecuencia la estación del año en que se celebra su conmemoración. Así, si el festival lo tenían en luna nueva o luna llena, se tendrá una cierta presunción de que la deidad así venerada era la propia luna llena o, por lo menos, de que tenían afinidades lunares. Si se celebraba la fiesta en el solsticio vernal o hiemal, naturalmente conjeturaremos que el dios es el sol o que, al menos, tenía estrecha rela­ción con el luminar. Y si el festival coincide con el tiempo de siembra o de siega, nos inclinaremos a deducir que la divinidad es una personi­ficación de la tierra o del grano. Estas presunciones o inferencias, toma­das por sí mismas, no son, desde luego, concluyentes, mas si acontece que se confirman por otras indicaciones, la prueba puede considerarse en cierto modo como suficiente.

Por desgracia, al ocuparnos de los dioses egipcios nos encontramos imposibilitados en gran medida para hacer uso de este criterio. La razón no es que las fechas de las fiestas nos sean desconocidas siempre, sino que cambiaban de año a año, hasta que, después de un gran período, volvían a las mismas habiendo pasado por todas las estaciones. Esta revo­lución gradual del ciclo festival egipcio resultó del empleo de un calen­dario anual que no correspondía exactamente al año solar ni se corregía periódicamente con intercalaciones.

Si el labrador egipcio de los tiempos antiguos no tenía la ayuda del calendario oficial o sacerdotal, salvo a raros intervalos, debió verse obli-

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gado a observar por sí mismo las señales naturales que marcaban la época para los trabajos agrícolas diversos. Desde los tiempos más antiguos que nosotros podemos conocer, los egipcios fueron un pueblo de agriculto-

res, dependiendo su subsistencia del cultivo de los granos; los cereales que cultivaron fueron el trigo, la cebada y al parecer el sorgo (Holcus sorghum, Linneo), el dura de los fellahs modernos. Entonces, como ahora, a excepción de una zona costera mediterránea, el país en la mayoría de las veces no tenía lluvias, debiendo su fertilidad inmensa en absoluto a la inundación anual del Nilo, la que, regulada por un complicado sistema de canales, era distribuida por los campos, reno­vando el suelo año tras año con el nuevo sedimento de barro acarreado de los grandes lagos ecuatoriales y de las montañas de Abisinia. Por eso la inundación se ha esperado siempre con la mayor ansiedad, pues si baja o excede de cierta altura, el hambre y la escasez son sus inevita­bles consecuencias. Las aguas comienzan a crecer a primeros de junio, pero es hacia la segunda mitad de julio cuando engrosan en una poderosa crecida. A finales de septiembre está la inundación en su máxima al­tura. El país así sumergido presenta una apariencia de un mar de agua turbia, en el que se elevan, como islas, las ciudades y aldeas edificadas sobre los altos del terreno. Casi cerca de un mes queda estacionaria la inundación y, después, baja cada vez más rápidamente hasta el mes de diciembre o enero, en que el río ha vuelto a su lecho ordinario. En las proximidades del verano el nivel de las aguas baja más todavía, de tal modo que en los primeros días de junio el Nilo queda reducido a la mitad de su anchura corriente. El Egipto socarrado por el sol, reseco por el viento que sopla del Sahara durante muchos días, parece una simple continuación del desierto. Los árboles están ahogados bajo una capa es­pesa de polvo grisáceo. Unas escasas y ralas manchas de huerta regadas con dificultad luchan penosamente por su existencia en las inmediacio­nes de las aldeas. Algo semejante a linderos verdes queda junto a los canales y en las hondonadas donde la humedad no se ha evaporado total­mente. La llanura parece jadear en la solanera despiadada, desnuda, pol­vorienta y cenicienta; agrietada y hendida con una red de fisuras en todo lo que alcanza a la vista. Desde mediados de abril hasta la mitad de junio, la tierra de Egipto está medio muerta, ansiando al Nilo nuevo. En incontables años, este ciclo de acontecimientos naturales ha de­terminado las labores anuales de los agricultores egipcios. El primer trabajo del año agrícola es el corte de los diques que hasta entonces ha­bían evitado que la crecida del río inundase canales y campos. Esto se hace a primeros de agosto y las aguas retenidas son libertadas para su beneficiosa misión. En noviembre, cuando la inundación ha cesado, siembran el trigo, la cebada y el sorgo. El tiempo de la cosecha varía según el distrito, cayendo como un mes más tarde en el norte que en el sur. En el Alto Egipto o meridional, la cebada se cosecha a principios de marzo, el trigo en los comienzos de abril y el sorgo a finales de este mismo mes.

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Es natural suponer que los diversos acontecimientos del año agrícola fuesen celebrados por el campesino con algunos ritos religiosos sencillos con el propósito de asegurar la bendición de los dioses en sus trabajos Estas ceremonias rústicas las continuarían ejecutando año tras año en la misma época, mientras los solemnes festivales de los sacerdotes seguirán variando, según el calendario movible, desde el verano, a través de la primavera, al invierno, así como retrocederían desde el otoño al verano Los ritos del labrador eran estables, pues estaban fundados en la obser­vación directa de la naturaleza; los ritos sacerdotales eran inestables por estar basados en un cálculo falso. No obstante, muchos de los festivales sacerdotales pueden haber sido nada más que antiguos festivales rurales disfrazados en el curso de los siglos por la pompa sacerdotal y separados de sus raíces en el ciclo natural de las estaciones por un error del calen­dario.

Estas conjeturas se conforman en lo poco que sabemos de ambas religiones egipcias, la popular y la oficial. Así, nos cuentan que los egip­cios tenían una fiesta de Isis en la época en que el Nilo empezaba a crecer. Creían que la diosa estaba en aquellos momentos lamentándose por la pérdida de Osiris y las lágrimas que caían de sus ojos henchían el río en impetuosa crecida. Ahora bien, si Osiris era en uno de sus aspectos un dios del grano, nada más natural que se le llorase mediado el estío, pues en esa época del año la recolección está hecha, los rastro­jos desnudos, los ríos en estiaje; parece que la vida está en suspenso y el dios de los cereales, muerto. En tales momentos, las gentes, que veían la influencia de los seres divinos en todas las operaciones de la naturaleza, bien pudieron atribuir la riada de la corriente sagrada a las lágrimas vertidas por la diosa en la muerte de su benéfico marido, el dios de los cereales.



La señal del crecimiento del río en la tierra se acompañaba de una señal correspondiente en el cielo, pues en los primeros tiempos de la historia egipcia, unos cuatro o cinco mil años1 antes del principio de nuestra era, la espléndida estrella Sirio, la más brillante de las estrellas fijas, aparecía por oriente al amanecer, momentos antes de la salida del sol, en las proximidades del solsticio de verano, cuando el Nilo comienza a engrosar. Los egipcios la llamaban Sotis, considerándola la estrella de Isis, del mismo modo que los babilonios consideraban al planeta Venus como estrella de Astarté. Al parecer ambos pueblos juzgaron la brillante luminaria en el ciclo mañanero como la diosa de la vida y él amor, que llega desconsolada buscando a su esposo o amante ausente y le despierta de la muerte. Por eso la aparición de Sirio marcaba el comienzo del año sagrado egipcio y se celebraba con regularidad en una fiesta fija que no coincidía con el variable año oficial.

La apertura de los diques y la entrada del agua en los canales y

1 El autor dice 3 ó 4 mil años. Actualmente la cronología más tímida es la llamada "cronología corta" de Meyer y este dice, respecto al salir helíaco de Sotis el año 4241, que "es la más antigua fecha cierta de la historia del mundo".

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campos es un gran acontecimiento en el año egipciaco. En El Cairo, la operación tiene lugar generalmente entre el 6 y el 16 de agosto y hasta hace poco se acompañaba de ceremonias que merecen la atención, puesto probablemente provenían de la Antigüedad. Un canal antiguo cono-

cido con el nombre de El Khalij pasaba en otro tiempo a través de la ciudad indígena de El Cairo. Cerca de la entrada, el canal estaba atrave­sado por un dique de tierra muy ancho en la base y cuya anchura dismi­nuía progresivamente hacia arriba, que se acostumbraba a construir antes o tan pronto como el Nilo comenzaba a crecer. Frente al dique, en la ladera que daba al río, elevaban un cono truncado de tierra, llamado el aruseh o "novia", y en su extremo superior sembraban un poco de cebada o mijo. Al llegar la inundación, la "novia" se desleía en el agua una semana o quince días antes de la apertura del dique. Según la tradición corriente, la costumbre antigua era adornar a una muchacha virgen con un traje vistoso y arrojarla al río como sacrificio para conseguir una inundación completa. Sea como fuere, el sentido de esta costumbre parece haber sido casar al río, al que se le suponía con poder masculino, con su novia, la tierra de regadío, que iba a ser prontamente fertilizada por su agua. La ceremonia era por esta razón un encantamiento para asegurar el crecimiento de la cosecha. En tiempos modernos arrojaban dinero al canal y en esta ocasión el populacho se tiraba al agua después. Esta práctica la creemos también antigua, pues Séneca nos cuenta que en un lugar llamado las venas del Nilo, no lejos de Filé, acostumbraban los sacerdotes echar al río dinero y ofrendas de oro durante una fiesta que parecía tener lugar al crecer el agua.



La gran operación siguiente del año agrícola en Egipto es la siem­bra de noviembre, cuando ya las aguas de la inundación se han retirado de los campos. Entre los egipcios, lo mismo que entre otros muchos pueblos de la Antigüedad, la entrega de la semilla a la tierra toma el carácter de un rito funeral solemne. A este respecto dejamos la palabra a Plutarco: "¿Cómo explicaremos nuestros sacrificios funerales, lúgubres y tristes, si no debemos ni omitir los ritos establecidos ni mezclar y alterar nuestros conceptos sobre los dioses con sospechas absurdas? Por­que los griegos ejecutan también muchos ritos que recuerdan a los de los egipcios y se cumplimentan en la misma época del año. Así en el festival de las Thesmoforias, en Atenas, las mujeres se sientan en el suelo y ayunan y los beocios abren los subterráneos de la Dolorosa, nombrando así a esta triste fiesta a causa de la pesadumbre de Deméter por el des­cendimiento de la Doncella. El mes es el mes de la siembra, hacia la desaparición de las Pléyades. Los egipcios le llaman el mes Athir, los atenienses Pyanepsion, los beocios el mes de Deméter. . ., pues es la época del año en que ven los frutos desaparecer y caer de los árboles, mientras otros siembran de mal talante y con dificultad, arañando la tierra con las manos y amontonándola otra vez en la incertidumbre de si lo depo­sitado en ella llegará a salir y madurar. De este modo se asemejan en muchos respectos a los que entierran y se enlutan por sus muertos".
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