Sir james george frazer la rama dorada



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barco está navegando, ellas deben permanecer inmóviles, acuclilladas sobre sus esterillas y con las manos entrelazadas y sujetas por las rodillas. Tampoco deberán hacer ningún movimiento a la derecha o la izquierda con la cabeza, ni ningún otro. Si los hacen, causarán el cabeceo y los bandazos del barco. Tampoco comerán golosinas tales como arroz co­cido en agua de coco, pues lo pegadizo del alimento entorpecería la marcha del barco por el agua. Cuando se supone que los navegantes han llegado a su destino, se relaja un tanto la rigurosidad de estas reglas, pero mientras dure el viaje redondo, les está prohibido a las muchachas comer pescado de espinas agudas o aguijones, como la raya, pues temen que sus amigos marineros se vean envueltos en una aflicción ruda y punzante.

Donde prevalecen tales creencias respecto a la conexión simpatética entre amigos a distancia, no debe extrañarnos que, sobre todo, la guerra con su fuerte conmoción, excitando algunas de las más tiernas emocio­nes humanas, avive en los parientes angustiados que quedan lejos el deseo de aprovechar los lazos simpatéticos íntegramente en beneficio de los seres queridos que pueden estar en aquellos momentos luchando y muriendo. Por esto, y para asegurar un propósito tan natural y laudable, las familias, en el hogar, están prestas a echar mano de recursos que nos extrañarán por ridículos o patéticos, según consideremos los medios empleados al efecto o su finalidad. Así, en algunos distritos de Borneo, cuando un dayako está en la "caza de cabezas", su mujer y, si no la tiene, su hermana, deberá llevar una espada día y noche para que él esté pensando siempre en sus armas; no dormirá ella durante el día ni se acostará antes de las dos de la madrugada por temor de que a su marido o hermano lo sorprenda el enemigo durante el sueño. Entre los dayakos marinos de Banting, en Sarawak, las mujeres cumplen un código complicado de normas mientras los hombres están lejos luchando. De tales normas, unas son positivas y otras negativas, pero todas se fundan en los principios de la magia homeopática y de la telepatía. Entre ellas están las siguientes: Las mujeres deberán madrugar y abri­rán las ventanas tan pronto como amanezca, pues de otro modo sus maridos ausentes dormirían demasiado. Las mujeres no se engrasarán el cabello, pues los hombres resbalarían. Las mujeres nunca se ador­milarán ni harán siesta, pues los hombres irían soñolientos en sus cami­natas. Las mujeres deben preparar y desparramar palomitas de maíz en la galería exterior todas las mañanas: así los hombres estarán ágiles en sus movimientos. Tendrán muy aseadas todas las habitaciones de la casa y todas las arcas colocadas junto a las paredes, pues si alguien tro­pezase en ellas, los maridos ausentes podrían caer y quedar a merced del enemigo. En las comidas dejarán un poco de arroz en el pote y lo apartarán: así los hombres tendrán siempre algo de comer y nunca cia­rán hambrientos. En modo alguno permanecerán las mujeres sentadas ante el telar hasta que sientan calambres, porque si lo hacen, sus maridos

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sentirían envaradas sus coyunturas y se verían incapacitados para levan­tarse con presteza o alejarse del enemigo. Así, y con objeto de mantener flexibles las articulaciones de sus maridos, las mujeres suelen alternar el trabajo en el telar con los paseos por la galería. No han de cubrirse la cara, pues los hombres se perderían entre las yerbas altas o en la selva. Además, no coserán con aguja, pues los hombres pisarían los clavos aguzados puestos en su sendero por el enemigo. Si una mujer resulta infiel, estando lejos el marido, éste perderá la vida en el país enemigo. Hace algunos años, todas estas reglas y algunas más eran obedecidas por las mujeres de Banting cuando sus maridos estaban luchando por los ingleses contra los rebeldes. Pero ¡ay! estas tiernas precauciones les valieron de poco: muchas veces el hombre cuya esposa fiel le esperaba y velaba por él en el hogar, encontró la tumba del soldado.

En la isla de Timor, el gran sacerdote no sale nunca del templo mientras están en guerra; le llevan los alimentos o los cocina allí dentro; día y noche debe mantener el fuego encendido, porque si lo dejase apagar sobrevendría el desastre, que se prolongaría mientras el hogar estuviese frío. Además, durante la ausencia del ejército, sólo beberá agua caliente, pues cada trago de agua fresca enfriaría el ánimo de la gente y de este modo no podrían vencer al enemigo. En las islas Kei, cuando han marchado los guerreros, entran las mujeres en sus casas y sacan unas cestas especiales con fruta y piedras, que engrasan y colocan sobre un tablón; mientras lo hacen, musitan: "Oh, señor sol, señora luna, permitid que las balas resbalen sobre nuestros maridos, hermanos, novios y otros familiares exactamente como las gotas de la lluvia resbalan sobre estos objetos que han sido untados con aceite". Tan pronto como se oye el primer disparo, dejan a un lado las cestas y, cogiendo sus aba­nicos, las mujeres salen precipitadamente de las casas y entonces, ondu­lando los abanicos en la dirección del enemigo, corren por la aldea can­tando: "¡Oh dorado abanico!, permite que hagan blanco nuestras balas y que se pierdan las del enemigo". En esta costumbre, la ceremonia de engrasar las piedras para que las balas se escurran a semejanza de las gotas de lluvia en aquéllas es una aplicación de magia homeopática o imitativa pura, mas la oración al sol para que dé efectividad al encan­tamiento es un acto religioso y probablemente adición posterior. El mo­vimiento ondulatorio de los abanicos lo creemos un hechizo destinado a desviar o atraer las balas al blanco, según que sean disparos de enemigo o de amigo.

Un viejo historiador de Madagascar nos informa que "mientras los hombres están en un combate y hasta que retornan de él, las mujeres y las muchachas no cesan de bailar día y noche ni se tumban ni toman alimento en sus propias casas. Y aunque ellas son muy inclinadas a la voluptuosidad, de ningún modo tendrán intriga con otro hombre mien­tras su marido se halle en la guerra, seguras de que si lo hacen su marido será muerto o herido. También creen que bailando comunican valor,

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energía y buena suerte a sus maridos. De acuerdo con esto, y durante esas épocas, no se dan descanso alguno y esta costumbre es obedecida religiosamente".

Entre los pueblos de lenguaje tshi1 en la Costa de Oro, las muje­res cuyos hombres han marchado al ejército se pintan de blanco y se adornan con abalorios y fetiches. Hacia el día que calculan tendrá lugar la batalla, corren de un lado a otro armadas de fusiles o de palos tallados imitando armas de fuego; recogen papayas verdes y las rajan con las navajas como si estuviesen decapitando enemigos. La pantomima es, a no dudar, un hechizo meramente imitativo para que los hombres hagan con facilidad al enemigo lo que ellas están haciendo a las papayas. En el pueblo de Framin, del África Occidental, durante la guerra de los achantis, hace ya muchos años, Fitzgerald Morriott vio una danza eje­cutada por las mujeres cuyos maridos habían ido como porteadores a la guerra. Estaban pintadas de blanco y no llevaban más ropa que un pequeño delantal. Las dirigía una bruja arrugada y con un minúsculo delantalito; su negra cabellera estaba arreglada a modo de un gran cuerno dirigido hacia adelante de su negra cara y los pechos, brazos y piernas adornados profusamente con medias lunas y círculos blancos. Todas lle­vaban grandes escobas blancas hechas de rabos de búfalo o de caballo, y al compás de su baile iban cantando: "Nuestros mandos han ido al país de los achantis: que barran a sus enemigos de la superficie de la tierra".

Entre los indios thompson de la Columbia Británica, cuando los hombres se dirigían al teatro de la guerra, sus mujeres bailaban a inter­valos frecuentes; estas danzas aseguraban el éxito de la expedición, según su creencia. Las bailarinas esgrimían sus cuchillos, arrojaban hacia ade­lante palos largos de aguzada punta o blandían repetidamente palos con ganchos hacia atrás y adelante. Tirar los palos hacia adelante era sim­bólico de herir o rechazar al enemigo y tirar de ellos hacia atrás simboli­zaba sacar del peligro a sus guerreros. El gancho del arpón se adaptaba perfectamente para servir como aparato salvavidas. Las mujeres siem­pre dirigían las puntas de sus arpones hacia el país enemigo. Se pintaban las caras de rojo y cantaban mientras bailaban, orando para que las armas defendiesen a sus maridos y les ayudasen a matar los enemigos. En las puntas de sus palos llevaban pegado plumón de águila. Cuando termi­naba el baile ocultaban las armas. Si una mujer cuyo marido estaba en la guerra creía ver pelo o un trozo de cuero cabelludo en su arma cuando la sacaba después, sabía que su marido había matado un enemigo. Pero si lo que creía ver era una mancha de sangre, sabía que su marido estaba herido o muerto. Cuando los hombres de la tribu yuki de California estaban en expedición guerrera, sus mujeres en casa no dormían; bai­laban sin cesar, formando un círculo, cantando y agitando ramitas con

1 Llamado también twi, es de procedencia sudanesa como el kru y el man-dingo: sus dos principales dialectos son el fanti y el akan.

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hojas. Decían que mientras pudiesen bailar no se cansarían sus maridos. Cuando iban a la guerra los indios haida de las islas de la Reina Carlota, las mujeres de la casa se levantaban muy temprano por la mañana y fingían hacer la guerra atacando a sus hijitos y simulando tomarlos escla­vos. Así suponían que ayudaban a sus hombres a hacer lo mismo. Si una mujer cometía adulterio estando el marido en la guerra, probable­mente éste sería muerto. Durante diez noches todas las mujeres se acostaban en sus casas con la cabeza orientada hacia el punto de la brújula cuya dirección tomaron las canoas de guerra al alejarse. Después cambiaban a la dirección opuesta, suponiendo que los guerreros navega­ban ya de regreso. En Masset, las mujeres haida danzaban y entonaban cantos guerreros todo el tiempo que sus maridos estaban en la guerra, y mantenían en cierto orden todas sus cosas alrededor. Creían que una mujer podría causar la muerte de su marido si no observaba estas cos­tumbres. Si una partida de indios caribes del Orinoco había marchado por el sendero de la guerra, los amigos que quedaban en la aldea acos­tumbraban calcular lo más aproximadamente posible el momento exacto en que los guerreros ausentes avanzaban para atacar al enemigo: enton­ces cogían a dos muchachos, los tendían desnudos sobre un banco y les daban la más severa azotaina, que los jóvenes recibían sin una sola queja, soportando el dolor por habérseles enseñado desde la niñez que de la constancia y entereza que mantuvieran en la cruel prueba depen­dían el valor y el éxito de sus camaradas en la batalla, de lo que se ha­llaban firmemente convencidos.

Entre los muchos usos beneficiosos que una ingenuidad equivocada ha aplicado a la ley de la magia homeopática o imitativa está la de hacer que los árboles y las plantas den sus frutos a su debido tiempo. En Tu-ringia, cuando un hombre siembra lino, lleva la simiente a sus espaldas en un saco largo que le llega desde los hombros a las corvas y camina a grandes pasos, de tal modo que el saco se bambolea de un lado a otro. Creen que esto será la causa de que el lino, ya crecido, ondule a la brisa. En el interior de Sumatra, son las mujeres las que siembran el arroz, y cuando lo hacen llevan el pelo suelto por la espalda con objeto de que el arroz crezca espeso y dé cañas largas. De igual modo, en el antiguo México tenían un festival en honor de la diosa del maíz, "la madre de la cabellera larga", como la llamaban. Empezaban "cuando la planta había llegado a su completo desarrollo y las fibras brotaban por la punta de la mazorca verde indicando que el grano estaba ya completamente formado. Durante esta fiesta Vas mujeres llevaban suelto su largo pelo, y lo sacudían y lo agitaban en los bailes, acto principal del ceremonial que tenía por objeto que el penacho del maíz creciese con la misma profusión y que el grano fuese correspondientemente grande y lleno y así la gente conseguiría fruto en abundancia". En muchas partes de Europa, bailar o brincar son modos homeopáticos apropiados para conseguir que los sembradores crezcan mucho. Así, en el Franco-Condado

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dicen que se debe bailar en el Carnaval para hacer que el cáñamo crezca muy alto.

La idea de que una persona puede influir sobre una planta homeo­páticamente por su acción o condición se desprende claramente de la observación hecha por una mujer malaya: habiéndole preguntado por qué se desnudó de cintura arriba cuando segaba el arroz, explicó que lo hacía para que el arroz tuviese la cascarilla más fina, pues estaba cansada de machacarlo con la cáscara gruesa. Es evidente que pensaba que cuanto menos ropa llevase ella, menos espesor tendría la cascarilla del arroz. La virtud mágica que posee una mujer grávida, de comunicar la fertili­dad, es conocida por los campesinos de Austria y Baviera, que piensan que si se da el primer fruto de un árbol a una mujer encinta, ello atraerá una copiosa colección de frutos en aquel árbol el año venidero. Por otro lado, los baganda creen que una mujer estéril infectará el huerto de su marido con su propia esterilidad, e impedirá que los árboles tengan frutos; por esto suelen repudiar a las mujeres sin hijos. Los griegos y romanos sacrificaban víctimas embarazadas a la diosa del cereal y de la tierra, sin duda con la idea de que el suelo produjese y el grano engordase mucho en la espiga. Como un sacerdote católico reconviniese a los indios del Orinoco por permitir que las mujeres sembrasen en el campo bajo un sol abrasador y con sus criaturas al pecho, los hombres respon­dieron: "Padre, por no entender de estas cosas es por lo que se enoja usted. Usted sabe que las mujeres están acostumbradas a tener niños y los hombres no. Cuando las mujeres siembran, la caña de maíz lleva dos o tres mazorcas, la raíz de la yuca llena dos o tres cestas y todas las demás cosas aumentan en proporción. ¿Por qué es esto? Sencillamente, porque las mujeres saben producir y conocen lo que hay que hacer con la simiente cuando ellas la siembran para que se reproduzca también. Las dejamos sembrar, por consiguiente; los hombres no sabemos de esto lo que ellas saben".

Así, en la teoría de la magia homeopática una persona puede actuar sobre la vegetación, ya para bien o para mal, según la calidad buena o mala de sus actos o según su condición: por ejemplo, una mujer fértil hará que las plantas fructifiquen y una mujer estéril las hará estériles. Esta creencia en la naturaleza nociva e infecciosa de ciertas cualidades personales o accidentales ha dado origen a un número de abstenciones o leyes prohibitivas: las personas dejarán de hacer ciertas cosas para no infectar homeopáticamente los frutos de la tierra con su propio estado o condición indeseable. Todas estas costumbres alusivas o reglas de abstención son ejemplos de magia negativa o tabú. Tenemos, por ejem­plo, que, argumentando sobre lo que pudiera llamarse el poder de in­fección de los actos o condiciones personales, dicen los galelareses que no deben dispararse flechas bajo un árbol con frutas, pues el árbol dejará caer sus frutas del mismo modo que caen las flechas al suelo, y también, cuando comen sandía, no mezclarán con las pepitas apartadas para semi-

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lla las que escupan de la boca, porque si lo hacen, aunque las pepitas que escupieron germinen y florezcan, caerán los capullos del mismo modo que cayeron de la boca y así estas pepitas nunca producirán fruto. Precisamente la misma línea de razonamiento induce a los campesinos bávaros a creer que si permiten caer a tierra al injerto de un frutal, el árbol que salga del injerto dejará caer su fruto sin madurar. Cuando los chams de Cochinchina están sembrando el arroz en sus campos secos y desean que no caigan chubascos, comen el arroz seco con ob­jeto de evitar que la lluvia estropee la cosecha.

En los casos precedentes se supone que una persona influye sobre la vegetación homeopáticamente: infecta árboles o plantas con cuali­dades permanentes o circunstanciales, buenas o malas, semejantes o deri­vadas de sí mismo. Mas, en consideración al precepto de la magia ho­meopática, la influencia es mutua: la planta puede infectar al hombre tanto como el hombre infecta la planta. En magia, como al parecer en física, la acción y la reacción son iguales y opuestas. Los indios cherokees en su botánica práctica se muestran adeptos de la influencia homeopá­tica. Así, las raíces rígidas de la planta "tripa de gato" son tan tenaces que embarbascan la reja del arado en el surco. Por esto, las mujeres cherokees lavan sus cabellos con una cocción de estas raíces para for­talecer su pelo y los jugadores de pelota cherokees se lavan con esto mismo para endurecer sus músculos. Hay la creencia galelaresa de que si se come una fruta caída al suelo, se contrae una disposición a tropezar y caer, y si se toma algo que se olvidó (como una batata dejada en el puchero o un plátano en la lumbre), el que lo haga perderá la me­moria. También opinan los galelareses que si una mujer come dos plátanos crecidos de un solo pedúnculo, tendrá un parto de gemelos. Los indios guaraníes de la América del Sur creían que una mujer sería madre de mellizos si comía un grano doble de mijo. En los tiempos védicos existía una curiosa aplicación de este principio en un encanta­miento para restaurar en su trono a un príncipe desterrado. Los alimen­tos que tomase debían estar cocinados sobre un fuego alimentado con madera de los renuevos del tocón de un árbol cortado. La virtud recu­perativa que había manifestado dicho árbol sería comunicada con el transcurso del tiempo por el fuego a la comida y así al príncipe que comiera sus alimentos cocinados sobre un fuego producido con la ma­dera que producía el árbol. Los sudaneses piensan que una casa cons­truida de madera de árboles espinosos hará que, a su semejanza, la vida de sus moradores sea espinosa y llena de contrariedades.

Hay una rama prolífica de la magia homeopática que obra por me­dio de los muertos: del mismo modo que un muerto no puede ver, oír ni hablar, así es posible, conforme a los principios homeopáticos, dejar a la gente ciega, sorda y muda mediante el uso de huesos de difuntos o de cualquier otra cosa que esté contagiada por la corrupción de la muerte: por ejemplo, entre los galelareses, cuando un mozo va a galán-

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tear por la noche, coge un poco de tierra de una tumba y la esparce sobre el techo de la casa de su novia exactamente sobre el lugar donde duermen los padres. Cree que así evitará que se despierten, mientras él habla con su amada, puesto que la tierra de la tumba les dará un sueño tan profundo como el de la muerte. Los salteadores, en todos los tiem­pos y en muchos países, han patrocinado esta clase de magia usándola con mucha frecuencia en el ejercicio de su profesión. Así, un esclavo del sur, asaltante en ocasiones, principia sus operaciones arrojando sobre la casa el hueso de un muerto y diciendo con hiriente sarcasmo: "Que despierte esa gente cuando este hueso pueda despertar". Hecho esto, nadie en la casa podrá mantener los ojos abiertos. De modo semejante, en Java, el asaltante coge tierra de una tumba y la esparce alrededor de la casa que intenta robar; así sumerge a los moradores de la casa en un profundo sueño. Con iguales intenciones, un hindú esparce cenizas de una pira funeraria a la puerta de la casa; los indios del Perú desparraman el polvo de los huesos de personas fallecidas, y los asaltantes rutenos qui­tan la médula de una tibia de muerto, ponen sebo en su lugar, lo en­cienden y con esta antorcha alumbran su triple ronda a la casa, lo que causa a sus habitantes un pesado sueño semejante al de la muerte; o construirán una flauta del hueso de la pierna de un muerto y tocarán con ella: todas las personas que le oigan quedarán abrumadas por el sopor. Unos indios de México empleaban con este propósito maléfico el antebrazo izquierdo de una mujer muerta en su primer parto, pero el miembro debía ser robado. Con él golpeaban en el suelo antes de entrar en la casa que proyectaban saquear, lo que hacía que todos los que estaban dentro perdiesen el movimiento y el habla: estaban como muertos aunque todo lo oían y veían, pero absolutamente inmóviles; algunos de ellos realmente dormían y hasta roncaban. En Europa se asignaron propiedades parecidas a la "mano de gloria", que no era otra cosa que una mano de ahorcado, curtida y amojamada. Haciendo una vela con la grasa de un malhechor que también hubiera muerto en el cadalso, encendiéndola y colocándola en la mano de gloria a modo de antorcha, quedaban paralizadas todas las personas a quienes se presen­taba: no podían mover un dedo, como si estuviesen muertos. En oca­siones la misma mano de muerto era usada como vela o, mejor dicho, como manojo de velas, pues se encendían los descarnados dedos. Podría ser que algún miembro de la familia estuviera despierto, y en ese caso alguno de los dedos no ardería. Estas luces nefandas no pueden apa­garse más que con leche. Con frecuencia se recomienda que la vela de ladrón sea hecha del dedo de un recién nacido, o todavía mejor, de un feto; en ocasiones se cree necesario que el ladrón tenga una de estas bujías por cada persona de la casa, pues si tiene una vela demasiado pe­queña, alguna de ellas podría despertar y capturarle. Cuando estas can­delas empiezan a arder, solamente la leche podrá apagarlas. En el siglo xvii los ladrones mataban mujeres embarazadas para extraer bujías de
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