Sir james george frazer la rama dorada



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también con el cristianismo. La semejanza extrañó a los mismos docto­res cristianos, que la explicaron como obra del diablo, codicioso en des­viar las almas de los hombres de la verdadera fe con una insidiosa y falsa imitación. De igual modo, a los conquistadores españoles de México y Perú les pareció que muchos de los ritos paganos nativos no eran más que falsificaciones diabólicas de los sacramentos cristianos. Con más pro­babilidades, el investigador moderno de religiones comparadas señala tales semejanzas en el trabajo independiente y semejante de la mente del hombre en su sincero aunque rudo intento de profundizar en los secre­tos del universo y concertar su minúscula vida con los temibles miste­rios. Sea lo que fuere, no puede caber duda que la religión mitraica evidenció ser una formidable rival de la cristiana, combinando, como ésta hizo, un ritual solemne con aspiraciones de pureza moral y esperanza en la inmortalidad. En verdad que el término del conflicto quedó por algún tiempo indeciso. Se conserva una reliquia instructiva de la prolon­gada lucha en nuestras fiestas de Navidad, que creemos se ha apropiado la Iglesia de su rival gentílica: en el calendario juliano se computó el solsticio del invierno e! 2 5 de diciembre, considerándolo como la nativi-dad del sol, por razón de comenzar los días a alargarse, acrecentándose su poder desde ese momento crítico. El ritual de la Navidad, como al parecer se realiza en Siria y Egipto, era muy notable. Los celebrantes, reunidos en capillas interiores, salían a medianoche gritando. ¡La Virgen ha parido! ¡La luz está aumentando! Aún más, los egipcios representa­ban al recién nacido sol por la imagen de un niño que sacaban al ex­terior para presentarlo a sus adoradores. Sin duda, en el solsticio hiemal, la Virgen que concebía y paría un hijo el 25 de diciembre era la gran diosa oriental que los semitas llamaron la Virgen Celeste o simplemente la Diosa Celestial; en los países semíticos era una forma de Astarté. También Mitra fue identificado por sus adoradores con el sol, el inven­cible sol, como le llamaban; por esto su natividad caía también en el 25 de diciembre. Los evangelios nada dicen respecto a la fecha del naci­miento de Cristo, y por esta razón la Iglesia no lo celebraba al principio. Sin embargo, pasado algún tiempo los cristianos de Egipto acordaron el día 6 de enero como fecha de Navidad y la costumbre de conmemorar el nacimiento del Salvador en este día fue extendiéndose gradualmente hasta el siglo iv, en que ya estaba universalmente establecida en el Orien­te. Pero la iglesia occidental, que hasta finales del tercer siglo o comien­zos del cuarto no había reconocido el 6 de enero como día de la Navi­dad, adoptó el 25 de diciembre como verdadera fecha y esta decisión fue aceptada después también por la iglesia oriental. En Antioquía el cambio no se introdujo hasta el año 375 aproximadamente.

¿Qué consideraciones guiaron a las autoridades eclesiásticas para instituir la fiesta de Navidad? Los motivos para la innovación están declarados con gran franqueza por un escritor sirio cristiano: "La razón, nos dice, de que los Padres transfirieran la celebración del 6 de enero al 25 de diciembre fue ésta: era costumbre de los paganos celebrar en



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el mismo día 25 de diciembre el nacimiento del sol, haciendo luminarias como símbolo de la festividad. En estas fiestas y solemnidades, tomaban parte también los cristianos. Por esto, cuando los doctores de la iglesia se dieron cuenta de que los cristianos tenían inclinación a esta fiesta, se consultaron y resolvieron que la verdadera Navidad debería solemnizarse en ese mismo día, y la fiesta de la Epifanía en el 6 de enero. Por esa razón, y continuando la costumbre, se siguen encendiendo luminarias hasta el día 6". El origen pagano de la Navidad está claramente insi­nuado, si no tácitamente admitido, por San Agustín, cuando exhorta a los cristianos fraternalmente a no celebrar el día solemne en considera­ción al Sol, como los paganos, sino en relación al que hizo el Sol. De modo semejante, León el Grande condenó la creencia pestilente de ser la Navidad solemnizada por el nacimiento del nuevo Sol, como fue lla­mada, y no por la natividad de Cristo.

Parece ser, pues, que la iglesia cristiana eligió la celebración del nacimiento de su fundador el día 25 de diciembre con objeto de transferir la devoción de los gentiles del sol al que fue llamado después Sol de la Rectitud. Si esto fue así, no puede haber improbabilidad intrínseca en la conjetura de ser motivos de la misma clase los que pueden haber con­ducido a las autoridades eclesiásticas para infiltrar la fiesta de la Pascua de la muerte y resurrección de su Señor en la fiesta de la muerte y resurrección de otro dios asiático que cayese en la misma estación del año. Ahora bien, los ritos de Pascua que se celebran hoy día en Grecia, Sicilia e Italia Meridional tienen todavía analogías, en cierto modo estre­chas, con los ritos de Adonis, y ya hemos sugerido que la Iglesia puede haber adaptado conscientemente su nueva fiesta a la predecesora gentí­lica con el designio de conquistar almas para Cristo. Esta adaptación tuvo lugar probablemente en los lugares del mundo antiguo de habla griega, más aún que en el de habla latina, pues el culto de Adonis que floreció entre los griegos parece que hizo poca impresión en Roma y el Occidente; ciertamente nunca formó parte de la religión oficial romana y el lugar que pudo haber tomado en el afecto del vulgo pronto fue ocupado por el culto semejante, aunque más bárbaro, de Atis y la Gran Madre. Ahora bien, la muerte y resurrección de Atis se celebraba oficial­mente en Roma el 24 y 25 de marzo, siendo considerada esta última fecha como la del equinoccio de primavera, y en consecuencia como día más apropiado para la resurrección de un dios de la vegetación que estaba muerto o durmiendo todo el invierno. Pero, según una extendida tradición antigua, Cristo padeció en el 25 de marzo, y por esta razón muchos cristianos celebraron con regularidad la crucifixión en este día y sin relación al ciclo lunar. Ciertamente se acostumbraba a hacerlo así en Frigia, Capadocia y Galia, y por esto creemos razonable pensar que en algún tiempo fue seguida también en Roma. Así, la tradición antigua que sitúa la muerte de Cristo en el día 25 de marzo estaba profunda­mente enraizada. Y ello es más notable, pues las consideraciones astro­nómicas prueban que no ha podido tener fundamento histórico. Parece



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pues, que es inevitable la deducción de haber sido datada la pasión de Cristo para que armonizase con una fiesta del equinoccio primaveral más antiguo. Ésta es la opinión del ilustrado historiador Monseñor Duchesne, que declara se hizo caer en dicha fecha la muerte del Salva- dor porque, según una tradición muy extendida, fue en ese día exacta mente cuando se creó el mundo. También la resurrección de Atis, que reunía en sí mismo los caracteres de Padre divino y de Hijo divino, se celebraba en ese mismo día en Roma. Cuando recordamos que la fiesta de San Jorge en abril reemplazó a la antigua fiesta pagana de la Pailia; que el festival de San Juan Bautista en el mes de junio substituyó a la fiesta gentílica del agua en el solsticio estival; que la fiesta de la Asun­ción de la Virgen en agosto desalojó a la fiesta de Diana; que el día de todos los Santos en noviembre es la continuación de una antigua fiesta gentílica a los muertos, y que la misma natividad de Cristo fue fijada en el solsticio hiemal por creerse que era el nacimiento del sol, difícil­mente podrá juzgarse temerario o irrazonable conjeturar que la otra fiesta cardinal de la iglesia cristiana, la solemnización de la Pascua de semejante manera y por motivos parecidos de edificación de las almas pueda haber sido adaptada de una celebración similar del dios frigio Atis en el equi­noccio primaveral.

Es, por lo menos, una coincidencia notable, si no es algo más toda­vía, que las fiestas gentiles y cristianas de la muerte y resurrección divi­nas fuesen solemnizadas en la misma época del año y en los mismos lugares, puesto que los sitios que celebran la muerte de Cristo en el equinoccio vernal fueron Frigia, Calía y probablemente Roma, que son las regiones propias en las que el culto de Atis se originó o echó pro­fundas raíces. Y es muy difícil considerar la coincidencia como acciden­tal. Si el equinoccio de primavera en las regiones templadas es una estación del año en que la faz de la naturaleza entera testimonia un lozano remozar de la energía vital y si este momento en que el mundo se renueva anualmente se ha considerado desde antiguo como la resurrec­ción de un dios, nada más natural que emplazar la resurrección de una deidad nueva en ese mismo punto cardinal del año. Se ha hecho el reparo de que si se dató la muerte de Cristo en el 25 de marzo, según la tradición cristiana, en cambio su resurrección aconteció el 27 de marzo, que es exactamente dos días después de la resurrección de Atis y del equinoccio vernal del calendario juliano.. Parecido desplazamiento de dos días acontece en las fiestas de San Jorge y de la Asunción de la Virgen. Sin embargo, otra tradición cristiana seguida por Lactancio y quizá practicada por la Iglesia de la Galia marca la fecha de la muerte de Cristo el 23 y la resurrección el 25 de marzo, por lo que, si esto fue así, su resurrección coincide exactamente con la resurrección de Atis.



En cuanto a los hechos, según parece ser por el testimonio de un anónimo cristiano que escribió en el siglo IV de nuestra era, sus colegas, al igual que los paganos, se extrañaron de la llamativa coincidencia entre la muerte y resurrección de sus respectivas deidades y que ello dio origen

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A una amarga controversia entre los fieles de las religiones rivales: los paganos, sosteniendo que la resurrección de Cristo era una imitación de la de Atis y los cristianos, asegurando con ardor parecido que la resurrec-

ción de Atis era una falsificación diabólica de la de Cristo. En estas

indecorosas disputas, a cualquier observador superficial le parecería que

los paganos estaban en lo firme al argüir que su dios era más antiguo y

en consecuencia el original, no el falsificado, puesto que es ley invariable que el original sea anterior a la copia. Pero este argumento fue fácil-mente refutado por los cristianos, que, admitiendo como verdad que, en cuanto al tiempo, Cristo era una deidad más moderna, triunfalmente demostraron su real antigüedad al descubrir la astucia de Satán que, en ocasión tan importante, se había superado, invirtiendo el orden acos­tumbrado.

Tomadas conjuntamente las fiestas paganas y cristianas, vemos cómo tienen coincidencias demasiado estrechas y demasiado numerosas para considerarlas accidentales; ellas muestran el pacto a que se vio obli­gada la Iglesia en la hora de su triunfo con sus rivales vencidas, pero to­davía peligrosas. El inflexible espíritu de protesta de los misioneros primitivos, con sus fieras denuncias del paganismo, fue tornándose en conducta flexible, tolerancia cómoda y comprensiva caridad de los ecle­siásticos solapados que percibieron con claridad que para que el cristia­nismo conquistara el mundo le era preciso atenuar las demasiado rígidas reglas de su fundador, ensanchando algún tanto la puerta estrecha que conduce a la salvación. A este respecto puede dibujarse un paralelo ins­tructivo entre las respectivas historias del cristianismo y del budismo. Ambos sistemas fueron en sus orígenes esencialmente reformas éticas nacidas al calor generoso de las sublimes aspiraciones, de la tierna com­pasión de sus nobles fundadores, dos de esos bellísimos espíritus que nacen su aparición sobre la tierra en momentos especiales, pareciendo seres que llegan de un mundo mejor para guiar nuestra naturaleza débil y descarriada; ellos predicaron la virtud moral como medio de cumplir lo que consideraron el objeto supremo de la vida, la salvación eterna del alma individual, aunque, por una curiosa antítesis, uno de ellos buscó la salvación en una eternidad bienaventurada y el otro en una total libe­ración del dolor en el aniquilamiento. Mas los austeros ideales de san­tidad que ellos inculcaron eran profunda y demasiadamente opuestos no sólo a las flaquezas sino también a los instintos naturales de la huma­nidad para poder ser llevados a la práctica por más de un escaso número de discípulos que, en conformidad con los ideales, renunciaron a los lazos de familia y de patria para ganar su salvación en la callada re­clusión del claustro. Para que tales credos pudieran ser nominalmente aceptados por naciones y aun por el mundo entero, era menester que an­tes fuesen modificados de acuerdo, en alguna medida, con los prejuicios, pasiones y supersticiones del vulgo. Este proceso de acomodación se llevó a cabo en tiempos posteriores por los discípulos, que, hechos de un material menos etéreo que sus maestros, fueron por esta razón más aptos

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para mediar entre ellos y el rebaño general. Así, andando el tiempo las dos religiones absorbieron cada vez más de esos elementos viles en pro- porción exacta a su creciente popularidad, habiendo sido fundadas preci- samente con la idea de suprimirlos. Esta decadencia espiritual es inevi- table. El mundo no puede vivir a nivel de sus grandes hombres. Sin embargo, seríamos injustos a la generosidad de los humanos si achacase mos totalmente a su debilidad intelectual y moral la divergencia gradual del budismo y el cristianismo de sus primitivos modelos, pues nunca debe olvidarse que la glorificación de la pobreza y del celibato en am­bas religiones atacan fuertemente las raíces no sólo de la sociedad ci­vil, sino también de la existencia humana. El golpe fue parado por la sabiduría o la sandez de la inmensa mayoría de los mortales, que rehusaron comprar una esperanza de salvar sus almas a costa de la cer­teza de extinguir la especie humana.

CAPÍTULO XXXVIII

EL MITO DE OSIRIS

En el antiguo Egipto, el dios cuya muerte y resurrección se celebraba anualmente con duelos y alegrías alternativas fue Osiris, el más popular de todos los dioses egipcios y del que existen buenos fundamentos para clasificarle en uno de los aspectos conjuntamente con Adonis y Átis, como personificación del gran cambio anual de la naturaleza y, especial­mente, dios de los cereales. Pero el inmenso favor que obtuvo durante mucho tiempo indujo a sus adoradores entusiastas a acumular en él los atributos y poderes de otros muchos dioses, por lo que no es fácil des­pojarle, por decirlo así, de sus plumas prestadas, dejándole solamente las propias.

La leyenda de Osiris está contada en forma conexa solamente por Plutarco, cuya narración ha sido confirmada y en algún modo amplifi­cada en época moderna por el testimonio de los monumentos.

Osiris fue el vástago nacido de una intriga amorosa entre un dios terrenal llamado Seb (Keb o Geb, según las diversas transliteraciones) y la diosa celeste Nut. Los griegos identificaron a estos dioses, padres de Osiris, con los suyos Cronos y Rhea. Cuando Ra, el dios del Sol, se enteró de la infidelidad de su esposa Nut, decretó como maldición que no podría parir a la criatura en ningún mes del año. Pero la diosa tenía otro amante, el dios Thot o Hermes, como le denominaban los griegos; jugando una partida de damas con la Luna, consiguió de ésta una 72a parte de cada día del año. con la que compuso cinco días com­pletos que añadió al año egipcio de 360 días. Esto fue el origen mítico de los cinco días suplementarios que los egipcios colocaban a final del año con objeto de establecer una armonía entre los tiempos lunar y solar. En estos cinco días, considerados fuera del año de doce meses, la mal-

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dición del dios del Sol no tenía efecto, y por esta razón Osiris nació en el primero de ellos. A su nacimiento sonó una voz proclamando que el Señor de Todo había llegado al mundo. Algunos dicen que un tal Pa-myles oyó una voz en el templo de Tebas, ordenándole que anunciase a gritos el nacimiento de un gran rey, Osiris el Benéfico. Osiris no fue la única criatura que parió su madre; en el segundo día suplementario dio a luz a Horus el Mayor; en el tercero, al dios Set, que los griegos llamaban Tifón; en el cuarto, a la diosa Isis, y en el quinto, a la diosa Neftys. Más tarde, Set desposó a su hermana Neftys y Osiris a su her­mana Isis.

Rigiendo Osiris como un rey terrenal, redimió a los egipcios del salvajismo, les promulgó leyes y les enseñó el culto de los dioses. Antes de él, los egipcios eran caníbales, pero Isis, hermana y esposa de Osiris, descubrió el trigo y la cebada, que crecían silvestres, y Osiris introdujo el cultivo de estos cereales entre las gentes, que pronto se aficionaron a comerlos, abandonando el canibalismo inmediatamente. Por otra parte, se cuenta que Osiris fue el primero en recolectar los frutos de los árbo­les, emparrar las vides y pisar la uva. Deseando comunicar estos descu­brimientos beneficiosos a toda la humanidad, entregó el gobierno de Egipto por entero a su mujer Isis y marchó por el mundo difundiendo los beneficios de la agricultura y de la civilización por dondequiera que pasaba. En los países donde, por ser el clima riguroso o el suelo muy pobre, se imposibilitaba el cultivo de la vid, ideó consolar a sus habi­tantes del deseo del vino, elaborando cerveza de la cebada. Colmado de riquezas regaladas por las naciones agradecidas, volvió a Egipto y en con­sideración a los beneficios que había otorgado a la humanidad fue exal­tado y adorado como una deidad. Mas su hermano Set (el que los griegos llaman Tifón), con otros setenta y dos, conspiró contra él y tomando con astucia el mal hermano Tifón las medidas del cuerpo de su buen hermano, construyeron un cofre lujoso y de su tamaño exacto; en cierta ocasión en que se encontraban divirtiéndose y bebiendo, trajo el cofre y bromeando prometió dárselo al que encajase exactamente en él. Todos uno tras otro ensayaron, mas a ninguno cumplía. Por fin Osi­ris se tumbó en su interior y los conspiradores cerraron prestamente la tapa, la clavaron, la soldaron con plomo derretido y arrojaron el cofre al Nilo. Esto sucedió el día 17 del mes Athyr, cuando el sol está en el signo de Escorpión, durante el vigésimo octavo año del reinado o de la vida de Osiris. Cuando Isis se enteró de lo sucedido, se cortó un me­chón de pelo, y vistiéndose luto, erró afligida por todos lados buscando el cadáver.

Por aviso del dios de la sabiduría, buscó refugio entre los papiros de las lagunas del Delta. Siete escorpiones la acompañaron en su fuga. Una tarde que, estando fatigada, llegó a la casa de una mujer, ésta se asustó de los escorpiones y cerró de golpe la puerta. Entonces uno de los escorpiones, deslizándose por debajo de la puerta, picó al niño de la mu­jer y le mató. Mas cuando Isis oyó las lamentaciones de la madre, se

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compadeció y, tendiendo sus manos sobre la criatura, pronunció sus po- derosos conjuros; de esta manera el veneno salió del niño, que resucitó. Tiempo después, Isis dio a luz un hijo en las lagunas. Le había conce- bido mientras anduvo revoloteando en forma de halcón sobre el cadáver de su marido. El infante fue Horus el Joven, que en su niñez llevó el nombre de Harpócrates, esto es, Horus Niño. La diosa del norte, Buto ocultó al niño de la rabia de su malvado tío, Set, pero no pudo guar- darle de todas las desdichas; un día que Isis vino a ver a su pequeñuelo en el escondrijo, le encontró tirado en el suelo, rígido y sin vida, por haberle picado un escorpión. Isis imploró la ayuda de Ra, dios del Sol que, atendiéndola, paró su barca en el cielo y envió a Thot para que la enseñase el conjuro con que podría devolver la vida a su hijo. Pronun­ció las palabras mágicas y el veneno inmediatamente fluyó del cuerpo de Horus, el aire entró en su pecho y revivió. Entonces Thot ascendió a los cielos, ocupó otra vez su puesto en la barca del sol y la brillante procesión siguió jubilosa camino adelante.

Entretanto el cofre que contenía el cuerpo de Osiris fue flotando río abajo hasta internarse en el mar, quedando al fin encallado en Biblos, costa de Siria, donde brotó súbitamente un árbol "erica" que en su cre­cimiento incluyó la caja dentro del tronco. El rey del país, admirado de aquel gran árbol, lo mandó cortar para que sirviera de columna en su casa, ignorando que tuviera dentro el cofre que contenía a Osiris muerto. La noticia de ello alcanzó a Isis, que viajó hasta Biblos, donde se sentó junto a un pozo en humilde guisa y derramando lágrimas; a nadie habló hasta que llegaron las sirvientas del rey, que saludó amable­mente, trenzó sus cabellos y exhaló sobre ellas el perfume maravilloso de su propio cuerpo divino. Cuando la reina contempló las trenzas de pelo de sus doncellas y olió el suave aroma que de ellas emanaba, envió a buscar a la extranjera y la recibió en su casa, haciéndola nodriza de su criatura. Pero Isis dio al niño el dedo a mamar en lugar de su pecho y por la noche incendió todo lo que en el niño era mortal, mientras ella misma, en figura de golondrina, revoloteaba alrededor del pilar que con­tenía a su hermano muerto, piando lastimeramente. La reina, que espiaba sus acciones, empezó a dar gritos al ver a su hijo entre las llamas, impi­diendo así que éste llegase a alcanzar la inmortalidad. La diosa entonces se manifestó como quien era y pidió la columna que sostenía el techo. Se la dieron y abriéndola sacó el cofre de su interior y se arrojó abrazán­dose sobre él y lamentándose en forma tal que el menor de los hijos del rey murió del susto allí mismo. Envolvió el tronco del árbol en un lienzo fino y lo ungió, devolviendo el leño a los reyes, que lo colocaron en un templo de Isis, y fue adorado por el pueblo de Biblos hasta el día. Isis puso el cofre en una embarcación y acompañándose del mayor de los hijos de los reyes, se alejó navegando. En cuanto estuvieron solos, abrió el arcón, y tendiendo su cara sobre la de su hermano, le beso y lloró. El niño, cautelosamente, se acercó por detrás y vio lo que estaba haciendo; cuando ella se volvió de repente y le miró, el niño no pudo
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