Sir james george frazer la rama dorada



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Así parece haberse solemnizado anualmente la muerte y resurrección de Atis en primavera. Mas al lado de estos ritos públicos, se incluían otros secretos, ceremonias místicas probablemente encaminadas a poner al devoto y especialmente al novicio en comunicación íntima con su dios. Nuestra información respecto a la naturaleza de estos misterios y la fecha de su celebración es, por desdicha, muy escasa, aunque creemos, incluían una comida sacramental y un bautismo de sangre. En estos sacramentos llegaba el novicio a ser un copartícipe de los misterios, comiendo en un tambor y bebiendo en un címbalo, dos instrumentos de música que figuraban prominentemente en la estruendosa orquesta de Atis. El ayuno que acompañaba al duelo por el dios muerto quizá se proponía preparar el cuerpo del comulgante a la recepción del sacramento bendito, purgándole de todo lo que pudiera profanar por contaminación las "es­pecies" sagradas. En el bautismo, el novicio, con una corona de oro y exornado de cintas, bajaba a un hoyo cuya boca cubrían con un enjare­tado de madera, sobre el cual colocaban un toro adornado con guirnal­das de flores y la frente resplandeciente de láminas de oro. Sobre el enja­retado mataban al toro con una lanza sagrada, y su sangre caliente y vaheante caía a chorros por los agujeros, siendo recibida esta lluvia con devoción anhelosa por el adorador, que con el cuerpo y el vestido empa­pados de sangre salía del hoyo, goteando y enrojecido de pies a cabeza, para recibir el homenaje y, aún más, la adoración de sus compañeros, como el que ha resucitado a la vida eterna y ha lavado todos sus pecados en la sangre del toro. Durante algún tiempo después de su renacimiento, se le mantenía a dieta de leche como a un recién nacido. La regenera­ción del adorador tenía lugar al mismo tiempo que la regeneración de su dios, a saber, en el equinoccio vernal. El renacimiento y la .remisión de los pecados por el derramamiento de la sangre del toro parece ser que tuvo lugar en Roma principalmente en el santuario de la diosa frigia en la colina Vaticana, cerca o en el mismo sitio en donde está emplazada ahora la gran basílica de San Pedro, pues se encontraron muchas inscripciones relativas a los ritos cuando fue agrandada la igle­sia en el año de 1608 ó 1609. Creemos que desde el Vaticano, como centro de este bárbaro sistema superticioso, se extendió a otras partes del Imperio romano. Unas inscripciones encontradas en la Galia y en la Germania prueban que los santuarios provinciales modelaron su ritual en éste del Vaticano. Por la misma fuente conocemos que los testículos del toro, tanto como su sangre, jugaban un papel importante en las cere­monias. Probablemente fueron considerados como un poderoso hechizo para promover la fertilidad y activar el nuevo nacimiento.

CAPÍTULO XXXV

ATIS COMO UN DIOS DE LA VEGETACIÓN

El primitivo carácter de Atis como espíritu arbóreo se deduce clara­mente del papel que juega el pino en su leyenda, en su ritual y en sus monumentos. La fábula que nos lo considera un ser humano transfor­mado en pino es tan sólo uno de esos intentos transparentes de racio­nalizar las creencias antiguas que encontramos con mucha frecuencia en la mitología. Traer de los bosques un pino adornado con violetas y tiras de lana es semejante a la costumbre popular moderna del árbol Mayo o árbol del Verano; y la imagen puesta en el pino era solamente una re­presentación más de Atis, espíritu del árbol, que después de guardarla durante el año, la quemaban. Esto mismo parece haberse hecho en oca­siones con "el Mayo", y de modo parecido la efigie del espíritu del grano recogido en la siega se guarda con frecuencia hasta la siguiente cosecha, en que se la reemplaza con nueva imagen.

No cabe duda que la intención original de estas costumbres fue la de mantener vivo todo el año al espíritu de la vegetación. La razón que tuvieran los frigios para elegir al pino como árbol sagrado sólo pode­mos conjeturarla: quizá a la vista de su inmutable aunque sombrío ver­dor coronando las cimas de las montañas, en contraste con el esplendor marchito de los bosques otoñales, pudo parecer a sus ojos la morada de una vida divina o en algún modo exenta de las tristes vicisitudes de las estaciones, constante y eterna como el ciclo que se inclina para encon­trarse con ella. Quizá por la misma razón fue consagrada la yedra a Atis; de todos modos, sabemos que sus eunucos sacerdotes imitaban las hojas de yedra en sus tatuajes.

Otra razón para la consagración del pino puede haber sido su utili­dad. Las pinas del pino piñonero contienen semillas comestibles que fueron usadas desde la Antigüedad y todavía siguen siéndolo entre las gen­tes pobres de Roma. Por otra parte, se elaboraba con los piñones cierta clase de vino, lo que puede relacionarse con el carácter orgiástico de los ritos de Cibeles, comparados a los de Dionisos por los antiguos. Ade­más, las pinas fueron consideradas como símbolos y aun como instru­mentos de fertilidad. Por esto, en el festival de las Tesmoforias, las arro­jaban junto con cerdos y otros objetos o emblemas de fecundidad dentro del recinto sagrado de Deméter, con el propósito de vivificar la tierra y el vientre de las mujeres.

De igual modo que los espíritus arbóreos en general, se creyó al parecer que Atis mandaba en los frutos de la tierra y hasta se le identifi­caba con el grano. Uno de sus epítetos era el de "muy fructífero"; se le invocaba como "la segada espiga verde" (o dorada) y la historia de sus sufrimientos, muerte y resurrección se interpretaba como el cereal segado herido por el segador, sepultado en el granero y vuelto otra vez a la vida cuando se le sembraba en la tierra. Una estatua suya del museo

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Laterano de Roma indica claramente su conexión con los frutos de la tierra y particularmente del grano, pues está representado con un puñado de espigas y frutas en la mano y en la cabeza una guirnalda de pinas piñoneras, granadas y otras frutas, mientras que de la punta de su gorro frigio brotan unas espigas.

Sobre una urna cineraria de piedra está expresada con ligeras dife­rencias la misma idea: el ápice de esta urna, que contuvo las cenizas de un Archigallo o gran sacerdote de Atis, está adornado con espigas talladas en relieve que remata la figura de un gallo con cola también de espigas.



También se creyó a Cibeles diosa de la fertilidad que podía madu­rar o estropear los frutos de la tierra. Las gentes de Augustodunum (Autun), en la Galia, acostumbraron a pasear su imagen en una ca­rreta por los campos y viñas cantando y bailando ante ella, y nosotros hemos visto que en Italia una ubérrima y excepcional cosecha fue atri­buida a la reciente llegada de la Gran Madre. Bañar la imagen de la diosa en un río muy bien pudo ser un conjuro pluvial para asegurar humedad suficiente para las mieses.

CAPÍTULO XXXVI REPRESENTACIONES HUMANAS DE ATIS

El gran sacerdote de Cibeles, lo mismo en Pessinos que en Roma, lle­vaba por lo general y según las inscripciones el nombre de Atis. De esto se deduce razonablemente la conjetura de que él hacía el papel de su homónimo, el legendario Atis, en su festival anual. Ya hemos dicho que en el "día de la sangre" derramaba sangre de sus brazos, pudiendo haber sido esto una imitación de la muerte que a sí mismo se infligió Atis bajo el pino. Tampoco es incongruente con esta hipótesis que Atis fuese representado por una efigie en estas ceremonias; pueden mostrarse ejem­plos en los que el divino ser es representado primeramente por una persona viva y después por una efigie que se quema o destruye de cual­quier otro modo. Quizá podemos adelantar un paso y conjeturar que esta pantomima de la matanza del sacerdote acompañada de una verda­dera efusión de su propia sangre fue en Frigia, como en otras partes, una substitución de un sacrificio humano que se ofrecía en épocas más antiguas.

Una reminiscencia del modo como mataban a estos antiguos repre­sentantes de la deidad está conservada quizá en la conocida leyenda de Marsias; se decía que era un sátiro frigio o Sileno, y según otros un pastor o vaquero que tocaba dulcemente la flauta; amigo de Cibeles, vagaba por los campos acompañando a la desconsolada diosa para aliviarla de su tristeza por la muerte de Atis. La composición Aires de la madre, una tonada para flauta en honor de la Gran Diosa Madre, se le atribuía por las gentes de Celenae en Frigia. Envanecido por su maestría, desafió a Apolo a un certamen musical, en el que él tocaría la flauta y

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Apolo la lira. Habiendo sido vencido Marsias, fue atado a un pino y desollado o descuartizado, ya por el victorioso Apolo mismo o por un esclavo escita. En tiempos históricos se mostraba en Celenae su piel colgada al pie de la ciudadela dentro de un socavón donde el río Marsias junta sus aguas turbulentas con las del Meandro. Así brota también el río Adonis de los precipicios del Líbano; así también el río azul Ibreez salta en cristalino chorro de entre las rocas rojas de Tauro; así la corriente que ahora retumba bajo el suelo brilla por un momento en su viaje entre tinieblas por la penumbra de la cueva Coryciana. En todos estos abundantes manantiales con su promesa alegre de fertilidad y vida, los antiguos hombres veían la mano de Dios, y le adoraban junto al impe­tuoso río con la música de sus arremolinadas aguas en sus oídos. En Celenae, si podemos confiar en la tradición, el flautista Marsias, colgado en la cueva, tenía alma musical, pues se contaba que a los acordes de sus nativas melodías frigias la piel del sátiro difunto solía conmoverse, pero si el músico entonaba algo en honor de Apolo permanecía sorda e in­móvil.

En este sátiro frigio, pastor o vaquero, que goza de la amistad de Cibeles, que toca la música tan característica de sus ritos y muere de muerte violenta sobre un árbol sagrado, el pino, ¿no se nota un estrecho parecido a Atis, el pastor o vaquero favorito de la diosa, que es descrito también como un flautista y se cuenta que pereció bajo un pino, siendo representado anualmente por una efigie colgada, como Marsias, de un pino? Podemos conjeturar que en una vieja época en que el sacerdote llevaba y representaba el nombre y papel de Atis en la fiesta primaveral de Cibeles, era corrientemente ahorcado o muerto de cualquier otra ma­nera en el árbol sagrado y que esta costumbre bárbara fue mitigándose después hasta tomar la forma que en tiempos posteriores llega a nuestro conocimiento, es decir, en la que el sacerdote sólo dejaba caer algo de su propia sangre bajo el árbol, quedando atada al tronco una efigie de él en su lugar. En el bosque sagrado de Upsala sacrificaban animales y hombres colgándolos de los árboles sagrados. Las víctimas humanas de­dicadas a Odín eran por la general muertas por ahorcamiento o com­binando éste con heridas, siendo colgado el hombre en un árbol o una horca, y entonces herido con una lanza. Por esto le llamaban a Odín el Señor de las Horcas, o Dios de los Ahorcados, y se le representaba sentado bajo un árbol patibulario. En efecto, se decía de él que se había sacrificado a sí mismo por el procedimiento usual, según aprende­mos de los versos fantásticos del Havamal, en los que el dios describe cómo adquirió su poder por el conocimiento de las runas mágicas:

Sé que he estado colgado en el borrascoso árbol durante nueve noches seguidas,

herido por la lanza, dedicado a Odín;

yo mismo a mí mismo.

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Los bagobos de Mindanao, una de las Islas Filipinas, sacrificaban vícti­mas, humanas anualmente y de un modo parecido al anterior para bene­ficiar las cosechas. A principios de diciembre, cuando aparece a las siete de la tarde la constelación de Orion, las gentes juzgaban llegado el mo-mento de limpiar los campos para sembrar y sacrificar un esclavo. El sacrificio era ofrecido a ciertos espíritus poderosos como gratitud por el buen ano. pasado a la vez que para asegurar su buena voluntad durante la estación venidera. La víctima era conducida hasta un gran árbol de la selva donde la ataban de espaldas al tronco y con los brazos extendidos sobre la cabeza, en la misma actitud que los artistas antiguos pintan a Marsias guindado del árbol fatal. Así suspendido de los brazos, le herían con una lanza que le atravesaba el cuerpo a nivel de las tetillas. Después, de un corte limpio por la cintura, separaban las dos partes del cadáver y, mientras la superior quedaba balanceándose del árbol, la infe­rior se enlodaba en el suelo ensangrentado. Por último, enterraban super­ficialmente las dos partes junto al árbol, pero antes de hacerlo, cualquiera podía mutilar los restos, cortando de ellos un trozo de carne o un me­chón de pelo para llevarlo a la tumba de algún pariente cuyo cadáver estuviera devorado por un vampiro y que, atraído por la carne fresca, dejase el corrupto cadáver en paz. Estos sacrificios se han hecho por gentes que aún viven.

En Grecia la misma gran diosa Artemisa parece haber sido colgada en efigie anualmente en su bosque sagrado en las colinas arcadianas de Condylea, y allí, por esto, se le denominaba "La Ahorcada". En efecto, se puede seguir la huella de un rito similar hasta en Éfeso, el más famoso de sus santuarios, en la leyenda de una mujer que se ahorcó y, compade­cida la diosa, la vistió con sus ropas divinas, dándola el nombre de Hécate. De modo parecido, en Melita, Phthia, corría la leyenda de una muchacha llamada Aspalia que se ahorcó y que parece haber sido sola­mente una forma de Artemisa, pues después de su suicidio no pudo encontrarse el cadáver, pero descubrieron una efigie de ella colocada al lado de la imagen de Artemisa y el pueblo la confinó el título de Hecaerge, o arquera, uno de los epítetos frecuentes de la diosa. Todos los años las doncellas sacrificaban a la imagen, ahorcando una chivita porque Aspalia se había ahorcado. Este sacrificio pudo haber sido subs­tituto del colgamiento de una imagen o de un representante humano de Artemisa. Además, en Rodas la hermosa Elena fue adorada bajo el título de "Elena del árbol", a causa de que la reina de la isla obligó a sus sirvientas, disfrazadas de Furias, a que la ahorcasen de una rama. El que los griegos asiáticos sacrificaran animales por este procedimiento queda probado por monedas de Ilium que representan un toro o vaca ahorcado de un árbol y acuchillado por un hombre sentado entre las ramas o sobre la espalda del animal. En Hierápolis también ahorcaban a las víctimas antes de quemarlas. Con estos paralelos, griego y escan­dinavo, ante nosotros, es difícil en verdad desechar como totalmente

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improbable la conjetura de que en Frigia un hombre-dios pudo haber sido ahorcado, año tras año, en las ramas del sagrado árbol.

CAPITULO XXXVII



RELIGIONES ORIENTALES EN OCCIDENTE

El culto de la gran madre de los dioses y de su amante o hijo fue muy popular bajo el Imperio romano. Las inscripciones prueban que los dos ya conjunta o separadamente, recibieron honores divinos no sólo en Italia y sobre todo en Roma, sino también en las provincias, particular­mente en África, España, Portugal, Francia, Alemania y Bulgaria. Su culto sobrevivió al establecimiento del cristianismo por Constantino, pues Simaco nos recuerda la periódica repetición del festival de la Gran Aladre, y todavía en los días de San Agustín, los afeminados sacerdotes de aquélla desfilaban contoncándose por las calles y plazas de Cartago, con las caras empolvadas y el pelo perfumado, mientras que, a la ma­nera de los frailes mendicantes de la Edad Media, pedían limosna a los transeúntes.1 Por otra parte, en Grecia, las sangrientas orgías de la diosa asiática y su consorte parecen haber encontrado poco favor. El carácter bárbaro y cruel del culto con sus excesos frenéticos repugnó sin duda al buen gusto y humanidad de los griegos, por lo que. creemos prefirieron el parejo pero amable rito de Adonis. Quizá los mismos rasgos que horro­rizaban y repelían a los griegos pudieran haber atraído fuertemente a los menos refinados romanos y bárbaros de Occidente. Los éxtasis ma­niacos, que eran tomados como inspiración divina, las mutilaciones del cuerpo, la creencia en una nueva vida y la remisión de los pecados me­diante el derramamiento de sangre, todo ello tiene su origen en el salva­jismo y naturalmente atraían a quienes aún conservaban muy fuertes los instintos salvajes. Su verdadero carácter, con frecuencia encubierto bajo un velo decoroso de interpretación alegórica o filosófica, es probable que baste para quedar aceptado por los adoradores entusiastas y extasiados, atrayendo aun al más cultivado de ellos a cosas que de cualquier otra manera le habrían llenado de repugnancia y horror.

La religión de la Gran Madre con su curiosa mezcolanza de salva­jismo y aspiraciones espirituales fue sólo uno de entre la multitud de credos orientales parecidos que se extendieron por el Imperio romano en los últimos días del paganismo, credos que, saturando a los pueblos europeos con ideales extraños de vida, minaron gradualmente el edificio entero de la civilización antigua. La sociedad griega y la romana estaban construidas según normas de subordinación del individuo a la comuni­dad, del ciudadano al estado; el establecimiento de la seguridad de la



1 De estos mendicantes dedicados al culto de la .diosa, su nombre genérico, Metragyrtai, describe su vocación; agyrtes es el que hace colectas, limosnas y el se- gundo significado es vagabundo, impostor. (Cf. C. F. Moore, History of Religions.)

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nación como aspiración suprema del gobierno estaba por encima de la seguridad individual, en este mundo como en el otro. Educados desde la infancia en este ideal desinteresado, los ciudadanos dedicaban su vida al servicio público y estaban dispuestos a sacrificarse por el bien común; y si retrocedían ante el supremo sacrificio, obraban vilmente prefiriendo su existencia personal a los intereses de su país. Todo esto cambió por la difusión de las religiones orientales, que inculcaron la comunión del alma con Dios y la salvación eterna como único objetivo valioso en esta vida, fin que comparativamente anonadaba en la insigni­ficancia la prosperidad y aun la existencia del estado. El resultado ine­vitable de esta doctrina inmoral y egoísta fue alejar cada vez más al creyente del servicio público, concentrando sus pensamientos en las emociones espirituales propias y engendrando el desprecio de la vida presente, que se consideraba como período de prueba para otra vida me­jor y eterna. El santo y el monje, desdeñosos del mundo y transpor­tados en sus éxtasis a la contemplación de los cielos, llegaron a ser en la opinión popular el más alto ideal de la humanidad, dando de lado al antiguo ideal del patriota y el héroe que, olvidándose de sí mismos, vivían y estaban prestos a morir por el bien de la patria. La ciudad terrenal les parecía pobre y despreciable a los hombres que tenían puestos sus ojos en la ciudad de Dios que llegaba entre nubes celestes. De este modo el centro de gravedad, por decirlo así, se trasladó de la vida presente a la futura, y a pesar de lo mucho que ganó el otro mundo, no cabe duda que con el cambio perdió muchísimo éste. Se estableció una desintegración general del cuerpo político; los lazos de la familia y los del estado se relajaron, la estructura de la sociedad misma tendió a la propia disolución en sus elementos individuales y con ello a recaer en la barbarie, pues la civilización sólo es posible por intermedio de la co­operación activa de los ciudadanos y de su buena disposición a subor­dinar sus intereses privados al bien común. Los hombres rehusaron defender su país y aun tener descendencia. .En su ansiedad por salvar el alma propia y la de los demás, no les importaba dejar que pereciese a su derredor el mundo material, que identificaban con el origen del mal. Esta obsesión duró un millar de años. El renacimiento de la ley romana, de la filosofía aristotélica, del arte y la literatura de la Antigüedad a fina­les de la Edad Media, señaló el retorno de Europa a los ideales genuinos de vida y conducta, a una visión del mundo más sana y viril. La larga parada en la marcha de la civilización terminó. La marea oriental inva-sora retrocedió al fin... y todavía sigue retrocediendo.

Entre los dioses de origen oriental que en la decadencia del mundo antiguo rivalizan unos con otros por la obediencia del Occidente se en­cuentra el antiguo dios persa Mitra. La popularidad inmensa de su culto la atestiguan los monumentos que nos ilustran de ello y que se iban encontrando con profusión por todo el Imperio romano. Respecto a las doctrinas y ritos, el culto de Mitra parece tener muchos puntos de semejanza no tan sólo con la religión de la madre de los dioses, sino
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