Sir james george frazer la rama dorada



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No son estas costumbres sicilianas y calabresas las únicas ceremo­nias de Pascua que recuerdan los ritos de Adonis. "Durante todo el Vier­nes Santo es expuesta en medio de las iglesias griegas una figura de cera de Cristo yacente que es cubierta de besos fervientes por la muchedum­bre, mientras todas las campanas y campanillas de la iglesia tocan mo­nótonos y melancólicos tañidos fúnebres. Al fin, al anochecer, cuando la obscuridad ha crecido rápidamente, esta imagen cérea portada por los sacerdotes sobre un túmulo adornado con limones, rosas, jazmines y otras flores, sale a la calle, comenzando una gran procesión con so­lemne y lento paso por toda la ciudad, marchando las gentes en apre­tadas filas. Todos llevan cirios y prorrumpen en dolidas lamentaciones. En todas las casas ante las cuales pasa la procesión están acurrucadas las mujeres con incensarios para sahumar a la multitud que pasa. De esta manera entierra el pueblo a su Cristo exactamente como si acabara de morir. Al final, la imagen de cera es vuelta otra vez a la iglesia y depo­sitada allí, mientras suenan las mismas salmodias lúgubres. Estas lamen­taciones, acompañadas de un estricto ayuno, se continúan hasta la media­noche del sábado. Cuando el reloj da las doce, aparece el obispo y anuncia la grata nueva de que "Cristo ha resucitado" a lo que la mul­titud contesta: "Ha resucitado en verdad", y en el mismo instante toda la ciudad estalla en una batahola de júbilo que se desahoga desgañitán­dose y gritando para terminar descargando los cañones, escopetas y toda clase de cohetes y fuegos de artificio. En este mismo instante también la gente se precipita del ayuno extremo a los goces del cordero pascual y del vino "moro".

De esta manera la iglesia católica se ha habituado a mostrar a sus fieles, en una forma tangible, la muerte y resurrección del Redentor. Estos dramas sagrados son muy adecuados para impresionar la imagina­ción viva y excitar los ardorosos sentimientos de una raza meridional tan impresionable, con la que la pompa y el fausto del catolicismo conge­nian mejor que con el frío temperamento de los pueblos teutónicos.

Cuando nosotros reflexionamos con cuánta frecuencia la Iglesia se ha ingeniado tan habilidosamente para injertar el acodo de la nueva fe

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el viejo tronco del paganismo, barruntamos que la celebración pas­cual de la muerte y resurrección de Cristo se injertó sobre una cepa de la muerte y resurrección de Adonis, que, como parece probable, se cele­bra en Siria en la misma estación del año. El tipo de la dolorosa diosa con su agonizante amante en brazos creado por los artistas griegos, re­cuerda y puede haber sido el modelo de la Pietá del arte cristiano, la Virgen con el cadáver de su divino hijo en el regazo, del que el más celebrado es el de Miguel Ángel en San Pedro. Este noble grupo, en que la pena vivida de la madre contrasta tan maravillosamente con la languidez mortal del hijo, es una de las más bellas composiciones en már­mol. El antiguo arte griego ha legado pocas obras tan bellas como ésta y ninguna tan patética.

Relacionado con esto, no deja de ser significativa una afirmación harto conocida de San Jerónimo. Nos dice que Belén, tradicional lugar del nacimiento del Señor, estaba sombreada por un bosque del todavía más antiguo señor sirio, Adonis, y que donde el niño Jesús lloró, había sido llorado el amante de Venus. Aunque él -no lo dice así expresa­mente, suponemos que Jerónimo pensaba que el bosque de Adonis fue plantado por los paganos después del nacimiento de Cristo con la idea de profanar el lugar sagrado. En esto pudo haberse equivocado. Si Ado­nis fue ciertamente, como hemos tratado de demostrar, el espíritu del cereal, difícilmente puede encontrarse para su morada un nombre más apropiado que Bethlehem, "La casa del Pan", y es posible que fuera adorado allí, en su casa del pan, largo tiempo antes que el nacimiento del que dijo: "Yo soy el pan de la vida". Aun en la hipótesis de que Adonis hubiera seguido, mejor que precedido, a Cristo en Bethlehem, la elección de su triste figura para desviar la fidelidad cristiana de su Señor no puede menos que parecernos eminentemente apropiada cuando recordamos el parecido de los ritos que conmemoran la muerte y resu­rrección de los dos.

Uno de los centros más antiguos del culto del nuevo dios fue An-tioquía, y precisamente hemos visto que en Antioquía la muerte del anti­guo dios se celebraba anualmente con gran solemnidad. Una circunstan­cia que concurre con la entrada de Juliano en esta ciudad en la época del año en que se celebraba el festival de Adonis puede arrojar, quizá, alguna luz sobre la fecha de su celebración. Cuando el emperador se acercó a la ciudad, fue recibido con oraciones públicas como si se tratase de un dios, quedando maravillado por las voces que daba una gran multitud diciendo que la estrella de salvación había aparecido sobre ellos por Oriente. Esto pudo haber sido sin duda nada más que un vil cumplido dado por una muchedumbre oriental servil al emperador romano. Pero también es posible que la aparición de una brillante estrella señalase siempre el festival y que pudiera haber sido casual que la estrella emer­giese sobre la línea del horizonte oriental en el preciso momento de la entrada del emperador. Si esto fue así, la coincidencia difícilmente

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dejaría de herir la imaginación de una multitud excitada y superticiosa, que entonces aclamaría al gran hombre como la deidad cuya llegada era anunciada por una señal del ciclo, o puede que el emperador se equivo­case tomando como felicitación las aclamaciones dirigidas a la estrella. Ahora bien, Astarté, la divina amadora de Adonis, estaba identificada con el planeta Venus, y sus mudanzas de estrella de la mañana a estrella del atardecer fueron cuidadosamente observadas por los astrónomos ba­bilónicos, que deducían presagios de su aparición y desaparición alter­nantes. De esto podemos deducir que el festival de Adonis era fechado con regularidad, coincidente con la aparición de Venus como estrella matutina o estrella vespertina. La estrella que el pueblo de Antioquía saludaba en el festival era vista en el este; por consiguiente, si ella era verdaderamente Venus, sólo podía ser la estrella matutina. En Afaka, Siria, había un famoso templo de Astarté y la señal para la celebración de los ritos la daba el resplandor de un meteoro que en día determinado parecía caer como una estrella desde la cima del monte Líbano al río Adonis. Se pensaba que el meteoro era la propia Astarté y su carrera por el aire debería interpretarse como el descenso de la amorosa diosa a los brazos de su amante. En Antioquía, como en otras partes, la apa­rición de la estrella matutina el día de la fiesta puede, de modo seme­jante, haber sido saludada como la llegada de la diosa del amor a levan­tar a su querido amante de su lecho terrenal. Si fue así, podemos pensar que ella fue también la estrella matutina que guió a los reyes magos de Oriente hasta Belén, el santo lugar que oyó, en el lenguaje de Jerónimo, el llanto del niño Cristo y los lamentos por Adonis.

CAPÍTULO XXXIV



EL MITO Y RITUAL DE ATIS

Otro de los dioses cuya supuesta muerte y resurrección tema profun­das raíces en el credo y ritual del Asia Occidental era Atis, que en Frigia figuraba lo que Adonis en Siria. Lo mismo que éste, parece ser que Atis fue un dios de la vegetación y en los festivales anuales que se celebraban en primavera se lloraba su muerte y se regocijaban con su re­surrección. Las leyendas y ritos de los dos dioses eran tan similares que los mismos antiguos los identificaron a veces. Se contaba que Atis había sido un pastor o vaquero joven y hermoso, amado por Cibeles, madre de los dioses, gran diosa asiática de la fertilidad que tenía su mo­rada principal en Frigia. Algunos sostenían que Atis era su hijo. A semejanza de otros muchos héroes, se consideraba milagroso su naci­miento; su madre Nana, una virgen, le concibió al poner una almendra o una granada en su regazo. Tenemos por cierto que en la cosmografía frigia se representaba como un almendro al padre de todas las cosas, quizá a causa de ser sus delicadas flores sonrosadas uno de los primeros

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heraldos de la primavera, haciendo su aparición en las ramas todavía desnudas de hojas. Estas historias de madres vírgenes son reliquias de una época de ignorancia infantil en la que los humanos no habían reco­nocido aún como causa verdadera de la preñez la cópula intersexual. Corrían dos relatos distintos acerca de la muerte de Atis; según uno de ellos, le mató un jabalí, igual que a Adonis, y en el otro se contaba cómo él mismo se emasculó bajo un pino, muriendo desangrado allí mismo. Ésta parece haber sido la versión local entre las gentes de Pessinos, asiento principal del culto de Cibeles, y la leyenda entera de la que forma parte esta versión lleva impresas características de rudeza y salva­jismo tales que proclaman su antigüedad. Ambos relatos pueden recla­mar el apoyo de la tradición y los dos fueron inventados probablemente para explicar algunas costumbres practicadas por sus adoradores; la his­toria de la automutilación de AtisJ no es más que un intento de expli­cación de la automutilación de los sacerdotes, que se castraban ellos mismos antes de entrar al servicio de la diosa; y la muerte por un jabalí quizá se contó para explicar el que sus adoradores y especialmente los de Pessinos se abstuviesen de comer puerco. De igual modo, los adora­dores de Adonis se abstenían del cerdo, pues fue un jabalí el que mató a su dios. Se decia de Atis que a su muerte fue transformado en pino.

El culto de la frigia madre de los dioses fue adoptado por los romanos él año 204 a. c., hacia el final de la larga lucha con Aníbal. Fueron confortados sus decaídos espíritus oportunamente por una profe­cía deducida, según se dijo, de aquel fárrago de disparates, los libros sibi­linos, según la cual sería arrojado de Italia el extranjero invasor cuando trajeran la gran diosa oriental a Roma. De acuerdo con ello, despacha­ron embajadores a su sagrada ciudad de Pessinos en Frigia, y la pequeña piedra negra que daba corporeidad a la poderosa divinidad les fue con­fiada para que la acompañasen en su viaje a Roma, donde fue recibida con gran veneración e instalada en el templo de la Victoria, situado en la colina Palatina. Cuando llegó la diosa, estaba mediado abril, e inme­diatamente empezó a actuar, pues la cosecha de aquel año fue como no se había visto en mucho tiempo, y en el siguiente, Aníbal y sus vetera­nos embarcaron para África; cuando este general miró por última vez la costa italiana esfumándose en la lejanía, no pudo prever que la Europa que había rechazado los ejércitos del Oriente acogería a sus dioses: la vanguardia de los conquistadores había ya acampado en el corazón de Italia antes que la retaguardia del ejército vencido retrocediera hastiada a sus orillas.

Aunque no se haya dicho, podemos conjeturar que la madre de los dioses trajo consigo a su nuevo hogar del Oeste el culto de su joven amante o hijo. Ciertamente antes de finalizar la república, los romanos estaban familiarizados con los emasculados sacerdotes de Atis, los Galli. Estos seres epicenos, con sus trajes orientales y con sus dijes de imagi-

1 Ovidio, Fastos, Hb. iv, vv. 223-224.

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nería sobre el pecho, eran vistos con frecuencia, al parecer, por las calles de Roma, que recorrían en procesión con la imagen de la diosa y can­tando sus himnos al son de tambores y platillos, cuernos y flautas, mien­tras el público, impresionado por el espectáculo fantástico y excitado por el salvaje estrépito, les daba abundantes limosnas y anegaba a la diosa y a sus porteadores bajo una lluvia de rosas. Se dio un paso más cuando el emperador Claudio incorporó a la religión oficial del estado romano el culto frigio del árbol sagrado, y con él seguramente los ritos orgiás­ticos de Atis. El gran festival primaveral de Cibeles y Atis nos es bien conocido tal como se celebraba en Roma, y como estamos enterados de ser las ceremonias romanas también frigias, podemos suponer que debían diferenciarse muy poco o quizá nada de su original asiático. Creemos que el orden del festival era el siguiente: el día 22 de marzo cortaban un pino del bosque y le traían al santuario de Cibeles, donde lo trata­ban como a una deidad. El deber de acarrear el árbol sagrado estaba adscrito a una congregación de porteadores de árboles. El tronco del árbol era amortajado con bandas de lana y adornado con guirnaldas de violetas, pues se contaba que las violetas habían brotado de la sangre de Atis, del mismo modo que las rosas y anémonas de la de Adonis; después ataban a la mitad del tronco la figura de un joven, indudable­mente el propio Atis. El segundo día de la fiesta, el 23 de marzo, cree­mos que la principal ceremonia consistía en el sonar de trompetas. El tercer día, 24 de marzo, era conocido como el "día de la sangre"; el Archigallo o gran sacerdote se sangraba los brazos y presentaba su sangre como una ofrenda. No sólo él hacía este sacrificio cruento: excitados por la salvaje y bárbara música del chasquido de los címbalos, el redoble de los tambores, los trompetazos de los cuernos y los agudos sones de las flautas, los clérigos de categoría inferior danzaban alrededor con -la cabeza zarandeante y tremolando el pelo, hasta que, en rapto frenético de excitación e insensibilizados al dolor, se cortaban el cuerpo con tro­zos de loza o se acuchillaban con navajas para salpicar el altar y el árbol sagrados con la sangre que brotaba. Probablemente el espantoso rito formó parte del duelo por Atis y puede haberse ejecutado con objeto de fortalecerle para su resurrección. De modo parecido, los aborígenes australianos se cortan y hieren sobre las tumbas de sus amigos con el propósito, quizá, de habilitarlos para renacer. Además, podemos conje­turar, aunque no esté dicho expresamente, que en el "día de la sangre y con el mismo propósito, los novicios sacrificaban su virilidad. Llegados al pináculo de la excitación religiosa, lanzaban las partes cortadas de ellos mismos contra la imagen de la diosa cruel. Estos rotos instrumentos de fertilidad eran después reverentemente empaquetados y enterrados en el suelo o en las cámaras subterráneas consagradas a Cibeles, donde, lo mis­mo que la ofrenda de sangre, pueden haber sido considerados como eficaces para llamar a Atis a la vida y adelantar la resurrección general de la naturaleza, que en esos momentos da sus primicias de hojas y flo-

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res a la brillante luz primaveral. Una confirmación de esta conjetura se halla en el cuento salvaje que muestra a la madre de Atis concibiéndole por haber colocado en su regazo una granada nacida de los genitales cor­tados de un hombre monstruo llamado Agdestis, una especie de dupli­cado de Atis.

Si hay algo de verdad en esta explicación conjetural de la costum­bre podemos rápidamente comprender por qué otras diosas asiáticas de la fertilidad también tenían, y del mismo modo, sacerdotes eunucos a su servicio. Estas diosas femeninas necesitaban recibir de sus ministros masculinos, que personificaban a los amantes divinos, los medios de cum­plir sus beneficiosas funciones y tenían que impregnarse de energía vivi­ficadora antes de poderla transmitir al mundo. Las diosas asistidas por sacerdotes eunucos fueron la gran Artemisa de Éfeso y la gran Astarté siria de Hierápolis, cuyo santuario, frecuentado por enjambres de pere­grinos y enriquecido por las ofrendas de Asiria y Babilonia, de Arabia y Fenicia, fue quizá en los días de su auge el más popular del Oriente. Como los asexuados sacerdotes de esta diosa siria recuerdan tan estre­chamente a los de Cibeles, algunas gentes creyeron que se trataba de la misma diosa. Y el procedimiento de su dedicación a la vida religiosa era parecido. El gran festival anual en Hierápolis caía a principios de primavera, ocasión en que las muchedumbres de Siria y de las regiones vecinas afluían al santuario. Mientras tocaban las flautas, batían los tambores y los sacerdotes eunucos se herían con cuchillos, la excitación religiosa se iba extendiendo paulatinamente como un oleaje entre la mul­titud de espectadores y más de uno de éstos hacía lo que no pensó hacer nunca al llegar como alegre partícipe a la fiesta: con el corazón anhe­lante, excitado por los sones y los ojos fascinados a la vista de la sangre derramada, hombre tras hombre se arrancaban la ropa, brincaban dando alaridos y cogiendo una de las espadas colocadas a propósito cerca, se castraban allí mismo. Después, corrían por la ciudad llevando las en­sangrentadas partes en la mano hasta arrojarlas en el interior de una de las casas ante las que pasaban en su loca carrera. El que vivía en la casa así honrada por esta acción de cualquiera de ellos debía proveerle de traje, atavíos y ornamentos mujeriles, que llevaría para siempre. Cuando la excitación de las emociones se calmara y el hombre volviera a la reali­dad, el irrevocable sacrificio sería frecuentemente seguido por la más pro­funda tristeza y perpetua pesadumbre. Esta reacción del natural senti­miento humano, después del frenesí de una religión fanática, está descrita vigorosamente por Catulo en un celebrado poema.

El paralelo de estas devociones sirias nos confirma el punto de vista de que en el parecido culto de Cibeles, el sacrificio de la virilidad tenía lugar el "día de la sangre" de los ritos vernales de la diosa, cuando las violetas, nacidas, según se creía, de las gotas purpúreas de la sangre de su amante moribundo, florecían entre los pinos. Efectivamente, la histo­ria en la que Atis se mutilaba bajo un pino, según todas las muestras, fue

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inventada para explicar que los sacerdotes hicieran lo mismo en la fiesta junto al árbol sagrado enguirnaldado con violetas. De todos modos, difi- cilmente puede caber la duda de que el "día de la sangre" era el testi­monio de duelo por Atis en efigie, que subsecuentemente era enterrada Esta imagen así sepultada es probable que fuese la que había estado colgada del árbol. Durante el período de duelo, sus devotos no comían pan, porque, según se decía, Cibeles así lo había hecho en su aflicción por la muerte de Atis, pero tal vez fue por la misma razón que indujo a las mujeres de Harran para no comer ningún producto de la molienda mientras guardaban luto por Tammuz. Participar en tales momentos del pan o de harina pudiera haberse juzgado como una profanación imper­donable del majado y molido cuerpo del dios, o quizá la abstinencia fue la preparación para una comida sacramental.

Mas, cuando llegaba la noche, la tristeza de los adoradores se con­vertía en gozo; súbitamente brillaba una luz en las tinieblas, la tumba se abría, el dios se levantaba de entre los muertos, y cuando el sacerdote tocaba los labios de los llorosos acongojados con el bálsamo, les musitaba suavemente en los oídos la alegre nueva de salvación. La resurrección del dios era saludada por sus discípulos como una promesa de que ellos también saldrían triunfantes de la corrupción de la tumba. En la ma­ñana del 25 de marzo, día considerado como equinoccio de primavera, se celebraba la resurrección divina con una desenfrenada explosión de alegría. En Roma, y probablemente en otras partes, la celebración to­maba el aspecto de un carnaval, la fiesta de la alegría hilaría en la que había un desenfreno general y todos podían decir y hacer lo que les pluguiese. La gente iba por las calles disfrazada; ninguna autoridad era tan grande ni sagrada que no la pudiera abrogar el más humilde de los ciudadanos. En el reinado de Commodo, una banda de conspi­radores quiso aprovecharse para, vistiéndose con el uniforme de la guar­dia imperial y mezclándose con el gentío de los parrandistas, poder acercarse en esa guisa al emperador y apuñalarle, pero el complot fra­casó. Hasta el austero Alejandro Severo acostumbraba a ceder algún tanto en este día, permitiendo que le cocinaran un faisán. El siguiente día, 26 de marzo, descansaban, después de las variadas excitaciones y fatigas de los precedentes días. Finalmente, el festival romano se ce­rraba el día 27 de marzo con una procesión al arroyo Almo. La imagen argéntea de la diosa con su cara toscamente tallada en piedra negra, colocada en una. carreta tirada por bueyes y precedida por los nobles caminando a pie desnudo, marchaba despacio entre estrepitosos sones de flautas y tambores para salir por la puerta Capena y bajar a las ori­llas del Almo, que afluye al Tíber al pie de la muralla de Roma. Allí el gran sacerdote, vestido de púrpura, lavaba la carreta, la imagen y demás objetos sagrados en el agua corriente. A la vuelta del baño, espar­cían sobre el vehículo y los bueyes las flores de la primavera. Todo era



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júbilo y alborozo; nadie recordaba ya la sangre que había corrido hacía poco Hasta los sacerdotes eunucos olvidaban sus heridas.
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