Sir james george frazer la rama dorada



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1 Castigo, o amoldamiento a la costumbre, no fue único; en Heródoto y Plutarco -se señalan muchas "princesas de Pafos". Los fenicios de Creta robaron en Argos a la hija del rey, lo, y la dejaron en Egipto, preñada del piloto de la nave. Los griegos robaron en la ciudad de Tiro a la hija del rey fenicio, Europa. Los jonios robaron en Acá (Colchis) a Medea, también hija del rey, y en venganza posterior los troyanos a la griega Helena. "Es evidente que estas mujeres no hubieran sido raptadas sin su consentimiento" (Plutarco). Esta moral del historiador también es posterior a la mí­tica mágica.

ADONIS EN CHIPRE 387

de Ciniras, que el hijo de Ciniras era Adonis y que los tres, en genera­ciones sucesivas, se decía que habían estado interesados en intriga amo­rosa con Afrodita, no podemos menos de deducir que los primitivos re­yes fenicios de Pafos o sus hijos proclamaban con regularidad que no sólo eran los sacerdotes de la diosa, sino también sus amantes; en otras palabras, que en sus atribuciones oficiales ellos personificaban a Adonis. Pe todos modos, se decía que Adonis había reinado en Chipre, y parece fue cierto que el título de "Adonis" fue llevado corrientemente por los hijos de todos los reyes fenicios de la isla. Es verdad que el título de Adonis sólo significa "Señor", pero las leyendas que relacionan a estos príncipes con la diosa del amor hacen verosímil que ellos reclamaran la naturaleza divina tanto como la humana dignidad de Adonis. La le­yenda de Pigmalión menciona una ceremonia de matrimonio sagrado en la que el rey desposaba la imagen de Afrodita o, más bien, de As-tarté. Si esto fue así, el relato tiene, en cierto sentido, realidad, no refi­riéndose a un hombre solo sino a una serie completa de hombres, siendo más apropiado referirse a Pigmalión como a un nombre genérico de los reyes semíticos en general y de los de Chipre en particular. De todos modos, el nombre de Pigmalión se conoce como el del famoso rey de Tiro de quien huyó su hermana Dido, y un rey de Citium e Idalium, Chipre, que reinó en tiempos de Alejandro Magno, también fue llamado Pigmalión o, mejor, Pumiyathon, nombre fenicio que los griegos corrom­pieron en Pigmalión. Además, merece anotarse que los nombres de Pig­malión y Astarté van juntos en una inscripción púnica de un medallón de oro encontrado en un sepulcro de Cartago, siendo las letras de la inscripción del tipo más arcaico. Como la costumbre de la prostitución ritual en Pafos cuentan que fue fundada por el rey Ciniras y obedecida por sus hijas, podemos conjeturar que los reyes de Pafos hicieron la parte del novio divino en un rito algo menos inocente que la forma de matri­monio con una estatua: en concreto, que en ciertos festivales, cada uno de los reyes hacía de varón con una o más prostitutas sagradas del tem­plo, las que, a su vez, hacían de Astarté para su Adonis real. Si esto fue así, hay más realidad de lo que comúnmente se ha supuesto en el repro­che que los Padres cristianos hacen de ser la Afrodita adorada por Ci­niras una vulgar prostituta. Los frutos de sus uniones tendrían el rango de hijos o hijas de la deidad, y a su tiempo serían los padres de dioses y diosas, lo mismo que sus padres y madres lo fueron antes que ellos. De este modo Pafos y quizá todos los santuarios de la gran diosa asiática donde se practicaba la prostitución sagrada estarían repletos de deidades humanas, prole de reyes divinos y sus esposas, concubinas y prostitutas del templo. Alguno de ellos sucedería con probabilidad a su padre en el trono o sería sacrificado en su lugar siempre que los desastres en la guerra u otras calamidades graves exigieran, como algunas veces ocurrió, la muerte de una víctima regia. Tal contribución, exigida ocasionalmente dé entre la numerosa prole regia para el bien del país, en modo alguno extinguiría el linaje divino ni rompería el corazón del padre que tan

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dividido tenía su afecto paternal entre tantos. De todos modos, si, como creemos razonable suponer, los reyes semíticos fueron considerados tam-bien con frecuencia como deidades hereditarias, es fácil entender enton-ces la abundancia de los nombres personales semíticos, que implica que los portadores de ellos eran hijos o hijas, hermanos o hermana padres o madres de algún dios, sin necesitar recurrir a los artificios empleados por algunos eruditos para eludir el sentido directo de las pala- bras. Esta interpretación se confirma por una usanza paralela de Egipto en donde los reyes eran reverenciados como dioses, la reina llamada "esposa del dios" o "madre del dios", siendo llevado el título de "padre del dios" no solamente por el padre verdadero del rey, sino también por el suegro. De una manera parecida, quizá, el hombre que enviaba a su hija a engrosar el harén regio, podía permitirse que le nombrasen ”padre del dios".

Si podemos juzgar del rey semítico Ciniras por su nombre mismo debió ser, como David, un arpista, pues el nombre de Ciniras está evi­dentemente relacionado con la palabra griega cinira, "una lira" que a su vez proviene de la semítica kinnor, "una lira", la propia palabra apli­cada al instrumento que tocaba David ante Saúl. No erraremos proba­blemente al suponer que en Pafos, como en Jerusalén, la música de lira o arpa no fue tan sólo un pasatiempo destinado a entretener los ratos de ocio, sino que formó parte del servicio religioso, y la influencia inspi­radora de su melodía quizá se atribuía, como el efecto del vino, a la ins­piración directa de una deidad. Es verdad que en Jerusalén, la clerecía del templo profetizaba al son de arpas,1 salterios y címbalos y asimismo parece que el clero irregular, llamando así a los profetas, también depen­dían en algún tanto de tales estímulos para alcanzar el estado de éxtasis que ellos tomaban como conversación directa con la divinidad. Sabe­mos que una banda de profetas, bajando de un alto lugar con un salterio, adufe, caramillo y arpa delante de ellos, iban profetizando según camina­ban. Además, cuando los ejércitos unidos de Judá y Efraim estaban cruzando el desierto de Moab en persecución del enemigo, no encontra­ron agua durante tres días y estaban próximos a morir de sed ellos y los animales de carga. En esta situación el profeta Eliseo,2 que iba con las fuerzas, pidió un músico, al que ordenó tocase; bajo la influencia de los acordes, mandó a los soldados cavar zanjas en el lecho de arena del arroyo seco por el que marchaban. Así lo hicieron, y a la mañana si-giente las zanjas estaban llenas de agua que se había drenado en ellas, de las tierras vedadas y desoladas de los montes de los lados. El éxito del profeta recogiendo agua del desierto recuerda los éxitos conocidos de los modernos adivinos, aunque su modo de obrar fuera distinto. In-cidentalmente el profeta rindió otro servicio a sus paisanos, pues los



  1. II Saín. 6:5: "...con toda suerte de instrumentos de haya: con arpas, salterios,
    adufes (panderos), flautas y címbalos".

  2. II Rey. 3:15: "Más ahora, traedme un tañedor. Y mientras el tañedor tocaba,
    la mano de Jehová fue sobre Eliseo."

EL RITUAL DE ADONIS 389

moabitas acechantes desde sus cuevas entre las rocas vieron al enrojecido sol del desierto reflejado en el agua, y, creyendo que era sangre o, quizá mejor, un presagio de la sangre de sus enemigos, cobraron ánimo para atacar el campamento y fueron derrotados con gran matanza.



También, del mismo modo que la nube de melancolía que de vez cuando obscurecía la mente caprichosa de Saúl se consideraba como un mal espíritu del Señor afligiéndole, por otro lado las melodías solem-

nes del arpa que apaciguaban y tranquilizaban sus perturbados pensa­mientos pudieran muy bien haber parecido al atormentado rey la verda­dera voz de Dios o de su buen ángel susurrándole la tranquilidad. Aún en nuestros días, un gran escritor religioso, profundamente sensible a la música, decía que las notas musicales, con potencia suficiente para en­cender la sangre y enternecer el corazón, no pueden ser simples sonidos vacuos y nada más; no, ellos han escapado de alguna más alta esfera; ellos exhalan armonías eternas, la voz de los ángeles, el "Magníficat" de los santos. Es así como la ruda imaginación del hombre primitivo se transfigura y su feble balbuceo se refuerza en ondulante reverberación en la prosa musical de Newman.1 Ciertamente la influencia de la mú­sica en el desenvolvimiento de la religión es asunto que recompensaría a quien lo estudiara cariñosamente. No podemos dudar de que ésta, la más íntima y afectiva de todas las artes, ha hecho mucho, tanto para crear como para expresar las emociones religiosas, modificando más o menos profundamente el edificio de las creencias, de las que, a simple vista, parece una simple servidora. El músico ha tenido su parte, tanto como el profeta y el pensador, en la formación de la religión. Toda fe tiene su respectiva música y la diferencia entre los credos puede casi expresarse en notas musicales. El intervalo, por ejemplo, que divide las algazaras salvajes de Cibeles del solemne ritual de la iglesia católica, se mide por el abismo que separa los disonantes golpes de platillos y pan­deros y las graves armonías de Palestina y Hándel. En la diferencia de la música alienta un espíritu distinto.



CAPÍTULO XXXII

EL RITUAL DE ADONIS

En los festivales que a Adonis hacían en el Asia Menor y en Grecia, lloraban anualmente la muerte del dios con amargas lamentaciones, prin­cipalmente las mujeres; sus imágenes, amortajadas como los muertos, eran llevadas en procesión funeral y después arrojadas al mar o en los manantiales. En algunos lugares se celebraba su resurrección al día si­guiente, mas en los distintos sitios las ceremonias variaban algún tanto

1 John Henry Newman abjuró en 1840 de la iglesia anglicana y después fue hecho cardenal por el papa León XIII.

390 EL RITUAL DE ADONIS

en la forma y evidentemente también en la estación anual de su cele-bración. En Alejandría extendían sobre dos lechos las imágenes de Afrodita y Adonis, dejando a su lado frutas maduras de toda clase, pas- teles, macetas con plantas y enramadas verdes de anís, entrelazadas. El matrimonio de los amantes se celebraba durante un día, y por la ma-ñana del siguiente, las mujeres, ataviadas de duelo, con el pelo suelto y el pecho desnudo, llevaban la imagen del dios muerto a la orilla del mar y lo encomendaban a las olas. Le lloraban, mas no sin esperanza, pues contaban que el que habían perdido volvería otra vez. La fecha en que se cumplía esta ceremonia alejandrina no está expresamente estatuida pero la mención de frutas maduras hace deducir que tenía lugar a final del verano. En el gran santuario fenicio de Astarté, en Biblos, lloraban anualmente la muerte de Adonis a las estridentes y plañideras notas de la flauta, entre lloros, lamentos y golpes de pecho; pero al día siguiente creían que volvía otra vez a la vida y ascendía a los cielos en presencia de sus adoradores. Los desconsolados creyentes que quedaban en la tierra se afeitaban la cabeza como hacían los egipcios a la muerte del buey Apis; las mujeres que no podían hacer el sacrificio de sus bellas trenzas tenían que entregarse a extranjeros en cierto día del festival y dedicar a Astarté la paga de su vergüenza.

Este festival fenicio parece haber sido vernal, pues su fecha se determinaba por la coloración del río Adonis y ésta, como se ha observado por los viajeros modernos, ocurre en primavera: en esta estación, la tierra roja que viene de las montañas denudadas por las lluvias tiñe las aguas del río y aun del mar muy fuertemente con un matiz rojo sanguinolento, y este tinte purpúreo se creía que era la sangre de Adonis, herido mor-talmente todos los años por el jabalí en el monte Líbano. También se decía que la anémona escarlata había brotado de la sangre de Adonis o había quedado teñida por ella, y como la anémona florece en Siria hacia Pascuas, puede pensarse que ello demuestra que el festival de Adonis, o por lo menos uno de sus festivales, se celebraba en la primavera. El nombre de la flor está probablemente derivado de Naaman ("querido"), que creemos fue un epíteto de Adonis:1 todavía los árabes llaman a la anémona "heridas del Naaman". También se decía que la rosa encar­nada debía su matiz al mismo triste suceso; Afrodita, al precipitarse sobre el amante herido, pasó por entre -rosales de flores blancas y las es­pinas arañaron cruelmente sus tiernas carnes, tiñendo para siempre las blancas rosas con su sangre sagrada. Sería ocioso quizá confiar demasia­do en las pruebas deducidas del calendario floral y en .particular insistir en argumento tan frágil como el capullo de la rosa. Aun así, concedien­do todo lo más posible a la conseja que liga la rosa damascena con la muerte de Adonis, señala más bien al verano que a la primavera la cele­bración de su pasión. En Ática, el festival caía en pleno verano, pues

1 El autor no se inclina a la etimología escolar de anemos, aire, viento, "pues la anémona no se abre o florece sino cuando sopla el aire" (Plinio). El Naaman árabe proviene de No'man ibn-Mondhir, rey de Hira.

EL RITUAL DE ADONIS 391

cuando los atenienses aparejaron contra Siracusa la flota cuya destrucción disminuyó permanentemente el poder ateniense, levó anclas en pleno verano y por una fatal coincidencia los ritos melancólicos de Adonis estaban celebrándose al mismo tiempo. Cuando las tropas marcharon hacia el puerto para embarcar, las calles por donde pasaban estaban orladas de féretros e imágenes simulando cadáveres, desgarrados los aires por los gritos de las mujeres que lamentaban la muerte de Adonis. La circunstancia tendió una sombra de tristeza al zarpar la armada más espléndida que Atenas envió jamás al mar. Muchos años después, cuan-do el emperador Juliano hizo su primera entrada en Antioquía, encontró de parecido modo a la alegre y lujosa capital del Oriente, sumida en una aparente tristeza por la muerte anual de Adonis; si él tenía algún pre­sentimiento de desgracia, los gritos y lamentos que atronaban sus oídos debieron herirlo como si fueran por su propio funeral.

Es patente la semejanza de estas ceremonias con las índicas y euro­peas que ya hemos descrito en otra parte. En particular, y aparte de la fecha de su celebración, algún tanto dudosa, la ceremonia alejandrina es en su mayor parte idéntica a la india. En ambas, se celebra en efigie el matrimonio de dos seres divinos, cuya afinidad con la vegetación cree­mos indicada por las plantas verdes de que están rodeados, y sobre las imágenes hacen el duelo para después arrojarlas al agua. De la similitud dé estas costumbres entre sí y las primaverales y veraniegas de la Europa moderna, debemos esperar naturalmente que admitan una explicación común. Por esto, si la explicación que de las últimas hemos adoptado es correcta, la ceremonia de la muerte y resurrección de Adonis también debió ser una representación dramática de la decadencia y resurgimiento de la vida vegetal. La deducción así basada en la analogía de las cos­tumbres, se confirma por los siguientes rasgos de la leyenda y ritual de Adonis. Se decía que había nacido de un árbol de mirra1 cuya corteza se rasgó después de diez meses de gestación, permitiendo salir al her­moso infante. Según algunos, un jabalí rompió a colmillazos la corteza y así abrió camino al niño. Un tenue matiz racionalista se dio a la leyenda, diciendo que su madre fue una mujer llamada Mirra, que había sido transformada en el susodicho árbol poco después de haber conce­bido a la criatura. El uso de la mirra como incienso en el festival de Adonis puede haber dado origen a la fábula. Hemos visto que el incienso se quemaba en los ritos correspondientes de Babilonia, del mismo modo que se hacía arder por los hebreos idólatras en honor de la reina de los cielos, que no era otra que Astarté. Además, la historia en la que Adonis gastaba la mitad del tiempo, y según otros un tercio del año en el mundo de abajo y el resto del tiempo en el mundo superior, se explica muy simple y naturalmente suponiendo que él representaba a la vege­tación, especialmente al cereal, que queda enterrado medio año y rea­parece sobre el suelo el otro medio. Ciertamente, del fenómeno natural



i Árbol terebintáceo (balsamodendrón) que exuda una gomorresina aromática..

  1. EL RITUAL DE ADONIS

anual, nada hay que sugiera con tanta fuerza la idea de muerte y resu-rrección como la desaparición y reaparición de la vegetación en otoño y priimavera. Adonis ha sido tomado como el sol; pero nada hay en el

curso solar anual, dentro de las zonas templadas y tropical, para sugerir que esté muerto por un tercio o mitad del año y vivo la otra mitad o dos tercios. Verdad es que podría concebírsele como debilitado en in-vierno, pero no puede pensarse que estuviese muerto; su diaria reapa­rición contradice la hipótesis. Dentro del círculo ártico, donde el sol desaparece por un período continuo que varía desde 24 horas a seis meses, según la latitud, ciertamente que podría ser una idea evidente su anual muerte y resurrección, pero nadie, excepto el infortunado astró­nomo Bailly, ha mantenido que el culto de Adonis llegase de las regiones árticas. Por otro lado, la muerte y reviviscencia anual de la vegetación es un pensamiento que se presenta presto por sí mismo a les hombres en todos los grados de salvajismo y civilización, y la inmensidad de la escala en la que este siempre recurrente decaimiento y regeneración tiene lugar, conjuntamente con la íntima dependencia del hombre para su subsistencia, se ajustan para formar el evento anual más impresionante que ocurre en la naturaleza, al menos en las zonas templadas. No maravilla que un fenómeno tan importante, tan extraño y tan universal haya sugerido ideas similares dando origen a cultos parecidos en muchos países. Por consiguiente, aceptamos como probable la explicación del culto de Adonis que concuerda tan exactamente con los fenómenos natu­rales y con la analogía de ritos similares en otros países. Además, la explicación está apoyada por un considerable estado de opinión entre los mismos antiguos, que una y otra vez interpretaron al dios que moría y resucitaba como el grano segado y germinante.

La naturaleza de Tammuz o Adonis como un espíritu del grano se deduce plenamente de la narración de su festival por un escritor árabe del siglo x. Describiendo los ritos y sacrificios que hacían en distintas épocas del año los sirios paganos de Harran, dice: "Tammuz [julio]. A mediados de este mes está la fiesta de el-Bugat, o sea, de las mujeres llorando, y éste es el festival Tâ-uz que se celebra en honor del dios Tâ-uz. Le lloran las mujeres, porque su señor le mató muy cruelmente, pulverizando sus huesos en un molino y aventándolos después. Las mu­jeres [durante este festival] no comen, nada que haya sido triturado en molino y limitan su dieta al trigo germinado, algarrobas, dátiles, uva pasa y demás parecidas". Tâ-uz que no es otro que Tammuz, es aquí Juan Grano de Cebada del poeta Burns:1



Fue consumido en la abrasadora llama

El tuétano de sus huesos;

pero un molinero le hizo más daño que nadie

porque le aplastó entre dos piedras.

i Robert Burns, poeta escocés (1759-1796).

EL RITUAL DE ADONIS 393

Esta concentración, por decirlo así, de la naturaleza de Adonis en las cosechas de cereales es característica del grado de cultura que alcanzaron sus creyentes en época histórica. Habían dejado atrás la vida nómada del errante cazador y pastor: por muchos años se habían establecido en el país y dependían para su subsistencia de los productos de la labranza principalmente. Las bayas y raíces del desierto, la hierba de los pas­tos, que fueron de vital importancia para sus rudos antepasados, eran ahora de poca monta para ellos. Sus ideas y fuerzas fueron engrosando cada vez más por el elemento generador de vida, el cereal. Congruente­mente, más y más tendió a ser el rasgo central de su religión la propicia­ción de las deidades de la fertilidad en general y del espíritu del grano en particular. La aspiración que se presentaba ante ellos al celebrar los ritos era práctica sobre todo. No era un vago sentimiento poético el que les llevara a aclamar con alegría el renacimiento de la vegetación y a lamen­tar su descaecimiento. El hambre sufrida o temida fue la causa principal del culto de Adonis.

El abate Lagrangc ha sugerido que el duelo por Adonis fue esen­cialmente un rito de siega destinado a propiciar al dios-grano, que ya estaba pereciendo bajo el filo de la hoz de los segadores o pateado en la era hasta morir bajo las pezuñas de los bueyes. Mientras los hombres le mataban, las mujeres lloraban lágrimas de cocodrilo en casa para apa­ciguar su natural indignación con muestras de dolor por su muerte. La teoría se ajusta bien con las fechas de los festivales que recaen en prima­vera o verano; primavera y verano son las temporadas de cosechar la cebada y el trigo en los países que reverenciaron a Adonis, y no en otoño. Además, está confirmada la hipótesis por la costumbre de los segadores egipcios que, condolidos, llamaban a Isis cuando cortaban las primeras espigas, y también está acreditada por las costumbres aná­logas de muchas tribus cazadoras que testimonian gran respeto a los animales que cazan para comer.

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