Sir james george frazer la rama dorada



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Un tamarisco que en el jardín no ha bebido agua,

cuya copa en el campo no ha florecido;

un sauce que no se alegra por la corriente de agua,

un sauce cuyas raíces fueron arrancadas,

una planta que en el jardín no había bebido agua.

Parece ser que todos los años, hacia la mitad del verano, en el mes que lleva el nombre de Tammuz, se lloraba su muerte, al sonido agudo de las flautas, por hombres y mujeres. Las endechas fueron al parecer can­tadas a una efigie del dios muerto que lavaban con agua pura, ungían con aceite y vestían con una túnica roja, mientras nubes de incienso se elevaban en el aire, como si excitando sus sentidos adormidos con las fragancias picantes, despertase del sueño de la muerte. En una de estas endechas, que se llama "Lamentos de las flautas por Tammuz" cree­mos oír todavía las voces de los cantores entonando el triste estribillo y recoger, como en una música lejana, las sollozantes notas de las flautas:

380 EL MITO DE ADONIS

Ella se lamenta de su desaparición,

"¡Oh, hijo mío.'", se lamenta al desaparecer él; "¡Damu mío!", se lamenta al desaparecer él.

"¡Mi encantador y sacerdote.1", se lamenta al desaparecer él.

En el sitio del cedro brillante arraigado en lugar espacioso,

En Eanna, arriba y abajo, ella eleva sus lamentaciones. Como los lamentos que eleva una familia por su dueño, eleva ella sus

[lamentos, Como lamentos que eleva una ciudad por su Señor, eleva ella sus

[lamentos. Su lamento es el lamento de una planta que no crece en semillero,

Su lamento es el lamento por las mieses que no granan, Su cámara es una posesión que no pare posesiones,

Una mujer agotada, un niño cansado, fatigado, Su lamento es por un gran río donde no crecen sauces,

Su lamento es por un campo donde no crece grano ni hierba. Su lamento es por un estanque que no cria peces.

Su lamento es por cañizal donde no crecen cañas. Su lamento es por los bosques donde no crece el tamarisco,

Su lamento es por un desierto donde no crece el ciprés (?).

Su lamento es por el fondo de un huerto donde no hay miel ni vino,

Su lamento es por los prados donde no crece vegetación. Su lamento es por un palacio donde el curso de la vida no medra.

La trágica historia y los ritos melancólicos de Adonis los conocemos mejor por las descripciones de los autores griegos que por los fragmen­-tos de la literatura babilónica o la breve referencia del profeta Ezequiel, que vio a las mujeres de Jerusalén llorando por Tammuz en la puerta norte del templo.1 Reflejada en el espejo de la mitología griega, la deidad oriental se presenta como un apuesto mancebo amado por Afro­dita. En su infancia le ocultó la diosa en un cofre que entregó a Per-séfona, reina del mundo inferior, Pero cuando Perséfona abrió el cofre y comprobó la belleza del niño, se negó a devolverlo a Afrodita, aunque la diosa del amor bajó al infierno para rescatar a su amado del poder de la tumba. Esta disputa entre ambas diosas, la del amor y la de la muerte, fue resuelta por Zeus, que decretó que Adonis habitara con Per­séfona, en el mundo subterráneo, una parte del año y con Afrodita, en el mundo superior, la otra parte. Al fin, el hermoso mancebo fue muerto en una cacería por un jabalí o por el celoso Ares, que se transformó en un verraco con el designio de conseguir la muerte de su rival. Amargamente lamentó Afrodita a su amado Adonis perdido. En esta forma del mito, la contienda entre Afrodita y Perséfona por la posesión de Adonis refleja claramente la lucha entre Istar y Alia tu en el país de los muertos; mien­tras que la decisión de Zeus de que Adonis permaneciese una parte del

i Ez., 8: 14.

ADONIS EN SIRIA 381

año bajo el suelo y otra parte sobre el suelo, sólo es la versión griega de la desaparición y reaparición anual de Tammuz.

CAPÍTULO XXX ADONIS EN SIRIA

El mito de Adonis estaba localizado y sus ritos se celebraban con mu­cha solemnidad en dos lugares de Asia Menor. Uno de ellos era Biblos,1 en la costa de Siria, y el otro Pafos, en Chipre. Ambas ciudades fueron grandes centros del culto de Afrodita o, mejor aún, de su contrafigura semítica Astarté,2 y de ambas, si aceptamos las leyendas, fue rey Ciniras, padre de Adonis. De las dos ciudades era la más antigua Biblos, hasta el punto de que pretendía ser la ciudad más vieja de Fenicia y haber sido fundada en los más remotos tiempos del mundo por el gran dios El,3 que griegos y romanos identificaron con Cronos y Saturno, respec­tivamente. Sea como quiera, en los tiempos históricos fue considerada como un lugar santo, capital religiosa del país, Meca o Jerusalén de los fenicios. La ciudad, situada sobre un altozano frente al mar, contenía un gran santuario de Astarté, donde, en el centro de un gran patio abierto, rodeado de claustros y cuyas avenidas son escalinatas que su­ben hasta él, se elevaba sobre un enorme cono u obelisco la santa ima­gen de la diosa. En este santuario se celebraban los ritos de Adonis; en verdad que toda la ciudad le estaba consagrada y el río Nahr Ibrahim,

que entra en el mar un poco al sur de Biblos, llevó en la antigüedad nombre de Adonis. Éste era el reino de Ciniras. Desde su fundación hasta sus últimos tiempos, parece que la ciudad fue gobernada por reyes, quizá ayudados por un consejo de ancianos.

El último rey de Biblos llevó el nombre antiguo de Ciniras y fue decapitado, por orden de Pompeyo el Grande, por sus excesos tiránicos. Se dice que su tocayo, el legendario Ciniras, había fundado un santua­rio de Afrodita, o sea de Astarté, en un lugar del Monte Líbano4 dis­tante un día de marcha de la capital. El sitio fue probablemente Afaca, en la fuente del río Adonis, a mitad de camino entre Biblos y Baalbek, pues en Afaca hubo un bosque y santuario famoso de Astarté que Cons­tantino destruyó considerando el carácter abominable de su culto. El emplazamiento del templo ha sido descubierto por exploradores moder­nos cerca de la aldehuela que todavía lleva el nombre de Aflea, donde principia el selvático, romántico y salvaje desfiladero del Adonis. La



1 Biblus romana, llamada por los hebreos Gebal (38°8' latitud). Los tradicionales
gibalim (maestros) y gibliin (tallistas), giblitas o gebelitas (Mackey), fueron los cons­-
tructores del Templo de Salomón.

2 Asthoreth, Astaret.

3 El o Eliun, el Grande (George Rawlinson).

4 Lebanon o Montaña Blanca, pues ocho meses del año está nevada.

382 ADONIS EN SIRIA

aldea está situada entre bosques de hermosos nogales sobre el borde de una cascada. El río se precipita de una caverna, al pie de un gigantesco anfiteatro de enriscados farallones, para zambullirse, formando una serie de cascadas, en las tenebrosas profundidades del desfiladero, Cuanto más hondo desciende, más exuberante y densa crece la vegetación que brota de las grietas y hendiduras de las rocas extendiendo su verde espesura sobre la rugiente o murmurante corriente que va por el fondo del tre­mendo tajo. Hay algo delicioso, casi embriagador, en la hermosura de estos saltos de agua, en la suavidad y pureza del aire montañés, en el vivo verdor de la vegetación. El templo, del que todavía señalan el em­plazamiento algunos masivos y desgastados bloques y una bonita columna de granito de sienita,1 ocupaba una terraza frente a la fuente del río y dominaba una perspectiva magnífica. Por entre la espuma y el fragor de las cascadas se ve hacia arriba la caverna y encima y a lo lejos los bordes de los maravillosos precipicios. Tan elevado es el farallón que las cabras que trepan entre sus bordes ramoneando los arbustos parecen hormigas para el espectador situado centenares de metros más abajo. Ha­cia abajo, la visión es especialmente impresionante cuando el sol inunda con su luz dorada el profundo desfiladero, reforzando el resalte que hacen los fantásticos contrafuertes y redondeados torreones de su mu­ralla natural, deslizándose suavemente en las tonalidades verdes de los bosques que visten su hondura. Aquí fue, según la leyenda, donde Ado­nis se reunió con Afrodita la primera o última vez y aquí es donde fue enterrado su destrozado cuerpo. Escenario más bello no puede fácil­mente imaginarse para una historia de amor trágico y muerte. A pesar de lo retirado del valle, como debió serlo siempre, no se halla desierto del todo; se puede ver aquí y acullá algún convento o aldea resaltan­do contra el azul del cielo sobre la cima de algún risco pendiente o colgando en la ladera casi vertical de algún murallón roquero próximo y encima de la espuma y estrépito del río; al atardecer, las luces que parpadean entre las sombras revelan la presencia de habitaciones huma­nas en laderas que parecen inaccesibles al hombre. En la Antigüedad el conjunto de este valle encantador se cree que estuvo dedicado a Ado­nis y aún hoy, el dios parece hallarse presente, pues las alturas que por allí se elevan están coronadas en varios lugares por monumentos ruinosos de su culto; algunos cuelgan sobre abismos tremendos, y al mirarlos hacia abajo se siente el vértigo contemplando cómo las águilas giran en el abismo buscando sus nidos. Uno de esos monumentos existe en Ghineh, donde han sido grabadas en la superficie de una gran peña, situada sobre un entrante del tajo roquero y rugoso, las figuras de Adonis y Afrodita; él figura descansar apoyado en su lanza, en espera del ataque de un oso, mientras ella permanece sentada y en triste actitud. Su adolorida figura podría muy bien ser la Afrodita Dolorosa del Líbano que describió Ma-

1 Variedad de granito sin cuarzo, de color rojizo, que lleva el nombre de la ciu­dad egipcia de Siene.

ADONIS EN CHIPRE 383

crobio y el entrante de la roca, quizá la tumba de su amador. Cada año, según la fe de sus adoradores, Adonis era herido mortalmente en las montañas, y cada año la fisonomía de la naturaleza misma se teñía de su sangre sagrada. Del mismo modo, año tras año, las damiselas sirias lloraban su prematuro fin, mientras su flor, la anémona roja, enrojecía entre los cedros del Líbano y el río corría rojo hacia e1 mar, orlando las sinuosidades de la costa del azul Mediterráneo, cada vez que las brisas del mar soplaban hacia la orilla, con una on­dulante banda de púrpura.

CAPÍTULO XXXI ADONIS EN CHIPRE

La isla de Chipre está situada tan sólo a un día de vela de la costa siria. Al atardecer de un día de verano pueden columbrarse nítidamente sus montañas bajas y obscuras contra los arreboles del ocaso. Con sus ricas minas de cobre y sus selvas de abetos y suntuosos cedros, la isla atrajo naturalmente a un pueblo comercial y marinero como el fenicio; ade­más, la abundancia de su trigo, sus vinos y aceites les hizo parecer a sus ojos la Tierra de Promisión, comparándola con la pobreza natural de su propia costa abrupta encerrada entre las montañas y el mar. Por esto se establecieron en Chipre en una muy remota época y allí permanecie­ron mucho tiempo después de establecerse también los griegos en sus costas. Nosotros sabemos por las inscripciones y monedas que fueron reyes fenicios los que gobernaron en Citium, el Chittim de los hebreos, hasta los tiempos de Alejandro Magno. Naturalmente que los colonos semitas trajeron sus dioses consigo desde su patria. Adoraban a Baal del Líbano, que muy bien puede haber sido Adonis, y en Amathos, sobre la costa sur, tenían instituidos los ritos de Adonis y Afrodita, o mejor Astarté. Aquí, como en Biblos, estos ritos recordaron el culto egipcio de Osiris tan exactamente que algunos pueblos identificaron el Adonis de Amathos con Osiris.

Con todo, el gran centro de culto de Afrodita y Adonis en Chipre fue Pafos, en el lado sudoeste de la isla. Entre los pequeños reinos en que se dividió Chipre desde los más remotos tiempos hasta el final del siglo vi antes de nuestra era, Pafos debió de estar considerado como el mejor. Es un país de colinas y lomas ondulantes matizado de sembra­dos y viñas y entrecruzado por ríos que en el curso del tiempo han exca­vado lechos tan profundos que el viajar por el interior de la isla es te­dioso y difícil. La elevada cordillera del Monte Olimpo (el moderno Troodos), cubierta de nieve la mayor parte del año, oculta de los vientos norteño y oriental a Pafos aislándolo del resto de la isla. Sobre las la­deras de la cordillera, los últimos pinares de Chipre ocultan aquí y allá monasterios en unos escenarios que no desmerecen de los panoramas de

  1. ADONIS EN CHIPRE


los Apeninos. La antigua ciudad de Pafos ocupó la cima de una colina a una milla aproximadamente del mar; la ciudad más moderna se ex tiende a unas diez millas del puerto. El santuario de Afrodita en la vieja Pafos (la moderna Kuklia) fue una de las más celebradas capillas del mundo antiguo. Según Heródoto, la fundaron colonos fenicios de Ascalón; pero es posible que fuera adorada en el mismo lugar alguna diosa nativa de la fertilidad antes de la llegada de los fenicios, y que los recién llegados la identificasen con su propia Baalath o Astarté, con quien tenía mucho parecido. Si las dos deidades fueron refundidas en una sola podremos suponer que ambas eran variedades de la gran diosa de la maternidad y la fertilidad, cuyo culto parece haberse extendido por toda el Asia Menor desde una época antiquísima. La hipótesis se con­firma tanto por la figura arcaica de su imagen como por el carácter licen­cioso de sus ritos. Ambos, figura y ritos, fueron compartidos con ella por otras deidades asiáticas. Su imagen era sencillamente un cono o pirá­mide blanca. De igual modo, un cono fue el emblema de Astarté en Biblos, de la diosa indígena que los griegos llamaron Artemisa en Perga, Panfilia, y del dios sol Heliogábalo en Emesa, Siria. Piedras cónicas, que aparentemente sirvieron de ídolos, se han encontrado también en Golgi, Chipre, y en los templos hipogeos fenicios de Malta; y conos de piedra x arenisca se han descubierto en la capilla de la "señora de la turquesa" en las colinas estériles y en los torvos precipicios del Sinaí. Parece que en Chipre todas las mujeres, antes de casarse, obligadas

por la primitiva tradición, tenían que prostituirse a los extranjeros en el santuario de la diosa, llevase o no el nombre de Afrodita o Astarté. Cos­tumbres semejantes prevalecían en muchas partes del Asia Menor. Cual­quiera que fuese el motivo, esta costumbre estaba sin disputa conside­rada, no como una orgía de lascivia, sino como un solemne deber religioso ejecutado al servicio de la gran Madre Diosa del Asia Menor, cuyo nombre variaba, mas su tipo permanecía constante de lugar en lugar. Así, en Babilonia, toda mujer, rica o pobre, tenía que someterse una vez en la vida a los abrazos de un forastero en el templo de Mylitta, que era la Istar o Astarté, y dedicar a la diosa el estipendio de su santi­ficada prostitución. El recinto sagrado estaba repleto de mujeres que esperaban obedecer la costumbre; algunas de ellas tenían que esperar años. En Heliópolis o Baalbec, en Siria, famosa por la imponente gran­deza de las ruinas de sus templos, la costumbre del país exigía que toda doncella debería prostituirse a un extranjero en el templo de Astarté, y las matronas, lo mismo que las doncellas, testimoniaban su devoción a la diosa de la misma manera. El emperador Constantino abolió la costum­bre, destruyó el templo y construyó una iglesia en su lugar. En los tem­plos fenicios las mujeres se prostituían alquilándose en el servicio de la religión, en la creencia de que con este proceder se propiciaban a la diosa

1 Estas imágenes en forma de cono ¿serán el origen de las imágenes denomina­das "de alcuza"?

ADONIS EN CHIPRE 385

y conseguían su favor. "Era ley de los amorreos que la que estaba para casarse tenía que situarse a la puerta siete días, para fornicar." En Bi-blos, las gentes se afeitaban la cabeza en el duelo anual por Adonis. Las mujeres que rehusaban sacrificar su cabellera tenían que entregarse a los extranjeros en cierto día del festival, y el dinero así conseguido se dedi­caba a la diosa. Una inscripción griega encontrada en Tralle, Lidia, de­muestra que la costumbre de la prostitución religiosa sobrevivió en este país hasta el siglo II de nuestra era. Relata de una mujer, llamada Aure-lia Aemilia, que no sólo sirvió a la diosa como prostituta por su expreso mandato, sino cuya madre y otras antepasadas suyas habían hecho antes lo mismo. La publicidad del relato, grabado en una columna de mármol que sostuvo una ofrenda votiva, demuestra que no recaía ninguna man­cha sobre la que así vivía y tenía tal parentela. En Armenia, las más nobles familias dedicaron sus hijas al servicio de la diosa Anaïtis en su templo de Acilisena, donde las damiselas ejercían como prostitutas du­rante un largo período antes de ser dadas en casamiento. Nadie tenía escrúpulo en tomar como esposa a una de aquellas muchachas al termi­nar cumplidamente su tiempo de servicio divino. También la diosa Ma era servida por una multitud de prostitutas sagradas en Comana, en el Ponto, y muchedumbre de hombres y mujeres afluían a su santuario desde las ciudades cercanas y la campiña para asistir a los festivales biena­les o pagar sus votos a la diosa.

Revisando el conjunto de pruebas sobre este asunto, algunas más de las cuales todavía no han sido presentadas al lector, podremos dedu­cir que una gran Diosa Madre, personificación de todas las energías re­productivas de la naturaleza, fue adorada bajo diferentes advocaciones, pero con substancial semejanza de mito y ritual, por muchos pueblos del Asia Menor; que asociada a ella había un amante suyo, o mejor una serie de amantes divinos, aunque mortales, con los que se emparejaba año tras año, y su ayuntamiento se consideraba esencial para la propa­gación de los animales y de las plantas, cada uno en sus diversas clases, y además que la unión fabulosa de la pareja divina era copiada y, como si dijéramos, multiplicada en la tierra por la unión real, aunque momen­tánea, de los sexos humanos en el santuario de la diosa con el designio, al hacerlo así, de asegurar la fertilidad de la tierra y la multiplicación del hombre y los animales.

En Pafos la costumbre de la prostitución ritual se decía haber sido instituida por el rey Ciniras y ejercida por sus hijas, las hermanas de Adonis, quienes, habiendo incurrido en la cólera de Afrodita, se unieron a extranjeros y terminaron sus días en Egipto. En esta forma de la tra­dición la cólera de Afrodita es un hecho añadido por una autoridad pos­terior, que solamente podía considerar la conducta, que chocaba con su propio sentido moral, como un castigo impuesto por la diosa, en lugar de ser un sacrificio metódicamente impuesto por ella a todos sus devo­tos. De todos modos, la fábula indica que las princesas de Pafos se amol-

386 ADONIS EN CHIPRE

daban a la costumbre exactamente igual que las mujeres de humilde cuna.1

Entre los relatos que hablan de Ciniras, el antecesor de los reyes sacerdotales de Pafos y padre de Adonis, hay algunos que merecen nues­tra atención. En primer lugar se decía que había engendrado a su hijo Adonis en incestuosa unión con su hija Mirra en el festival de la diosa de los cereales, en que las mujeres, vestidas de blanco, solían ofrecer guir­naldas de espigas como primicias de la siega y mantenían castidad es­tricta durante nueve días. Casos de parecidos incestos con una hija se conocen en muchos reyes antiguos. Creemos improbable que tales rela­tos carezcan de fundamento y quizá igualmente improbable que se re­fieran a explosiones simples y casuales de lascivia innatural. Podemos sospechar que esos relatos se basan en alguna costumbre efectivamente practicada por una razón definida en ciertas circunstancias especiales. En los países donde la sangre real se trasmitía solamente a través de las mujeres y, en consecuencia, el rey subía al trono sólo en virtud de su casamiento con una princesa heredera, la cual era el verdadero soberano, parece que con frecuencia ocurría que un príncipe se casara con su hermana la princesa real, al objeto de obtener con su mano la corona que de otro modo iría a otro hombre, quizá a un extranjero. ¿Podrá haber dado motivo la misma regla de herencia para el incesto con una hija? Para ello, creemos corolario natural de tal regla, que el rey estaba obli­gado a abandonar el trono a la muerte de su esposa la reina, puesto que lo ocupaba tan sólo en virtud de su matrimonio con ella. Cuando el matrimonio terminaba, sus derechos al trono se extinguían y pasaban al momento al marido de su hija; así, si el rey deseaba seguir reinando después, ya viudo, el único recurso que le quedaba para continuar legí­timamente en el trono era desposar a su hija, prolongando así al través de ella su derecho, que había sido primeramente obtenido por interme­dio de la madre.

Se decía que Ciniras fue famoso por su exquisita belleza y que le requirió de amores la misma Afrodita. Así, podía aparecer, como los eruditos han observado antes de ahora, que Ciniras fue en un sentido un duplicado de su hermoso hijo Adonis, con el que la inflamable diosa también perdió su corazón. Además, estas leyendas del amor de Afro­dita por dos miembros de la casa real de Pafos difícilmente se pueden disociar de la correspondiente leyenda de Pigmalión, rey fenicio de Chi­pre, del que se cuenta que se enamoró de una imagen de Afrodita y se la llevaba a la cama. Cuando consideramos que Pigmalión era el suegro

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