Sir james george frazer la rama dorada



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En el distrito Kanagra, de la India, hay una costumbre que practi­can las niñas en la primavera y que recuerda casi exactamente algunas de las ceremonias europeas de primavera que acabamos de describir. La llaman la Ralî Ka Melâ o feria de Ralî, siendo esta Ralî una pequeña imagen de Siva o Pârvatî en barro pintado. La costumbre está en boga en todo el distrito de Kanagra y su celebración está por completo con­fiada a las niñas; dura casi todo el Chet (marzo-abril), hasta el Sankránt de Baisâkh (abril). Una mañana de marzo, todas las niñas del pueblo llevan a un lugar determinado unas cestitas de hierba dûb y flores y allí las arrojan en montón. Rodean después este montón formando un círcu­lo y cantan. Hacen esto durante diez días seguidos, hasta que el mon­tón de hierba y flores alcanza una buena altura. Entonces cortan en la

1 El autor solamente lo da como razón transitoria en su exposición; antes y des­pués de la verdadera razón que él sostiene, para transmitir energía vital hace falta, lo primero, tenerla.

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selva dos ramas con tres ramificaciones cada una y las ponen, con las ramificaciones hacia abajo, sobre el montón de flores para hacer a modo de dos trípodes o pirámides. En los dos extremos de arriba de estas ramas colocan dos imágenes de arcilla compradas a un imaginero, de las que una representa a Siva y la otra a Pârvati; entonces se dividen en dos bandos, representando uno al dios y el otro a la diosa, y casan las imáge- nes del modo usual, sin perdonar un solo detalle de la ceremonia. Des-pués de las nupcias tienen una comida sufragada por contribuciones soli­citadas a sus padres. El próximo Sankrânt (Baisâkh), van todas juntas a la orilla del río, arrojan las imágenes a un remanso profundo y lloran en aquel lugar como si estuvieran celebrando exequias fúnebres. Los chicos de la vecindad con frecuencia las molestan, porque bucean y sa­can las imágenes del agua y juegan con ellas mientras las niñas lloran por esta causa. El objeto de esta fiesta dicen que es asegurarse un buen marido.1

Creemos probado que las deidades Siva y Pârvati, en esta ceremonia india, se toman como espíritus de la vegetación al colocar sus imágenes en ramas puestas sobre un montón de hierbas y flores. Aquí, como ocu­rre con frecuencia en la costumbre popular europea, las divinidades de la vegetación tienen una representación duplicada por plantas y muñecos. El casamiento de estos dioses indios en primavera corresponde a las ceremonias europeas en las que el matrimonio de los espíritus vernales de la vegetación' está representado por el rey y la reina mayo, la novia mayo, el novio mayo, etc. La zambullida de las imágenes en el agua y el luto por ellas, son los equivalentes de las costumbres europeas de la zambullida en el río, con las lamentaciones subsiguientes del espíritu muerto de la vegetación bajo el nombre de Muerte, Yarilo, Kostroma y los demás.

También en la India, tan frecuentemente como sucede en Europa, el rito es de ejecución exclusiva de las mujeres. La idea de que la cere­monia ayuda a encontrar marido para las muchachas puede explicarse por la influencia vivificadora y fertilizante que se supone ejerce el espí­ritu de la vegetación tanto sobre la vida del hombre como sobre la de las plantas.

9. LA MAGA PRIMAVERA



La explicación general que hemos llegado a dar de estas ceremonias y muchas más similares es que son o fueron en su origen ritos mágicos destinados a afianzar la reviviscencia de la naturaleza en primavera. Los medios con que esperaban lograr este fin fueron la imitación y la afini­dad simpatética. Extraviado por su ignorancia de las causas verdaderas de las cosas, creyó el hombre primitivo que, para producir los grandes fenómenos naturales de los que dependía su vida, sólo tenía que imitar­los y que inmediatamente, por una simpatía secreta o influencia mística,

1 En España, y con el mismo objeto, el que va al agua es San Antonio.

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el pequeño drama que él representaba en un claro de la selva o en una cañada de la montaña, en una planicie desierta o en una playa barrida por los vientos, sería aceptado y repetido por actores más potentes en un escenario mayor. Imaginaba que disfrazándose con hojas y flores ayudaría a la tierra desnuda a vestirse de verdor, y que escenificando la muerte y entierro del invierno alejaría la sombría estación anual y faci- litaría el camino de vuelta de la primavera. Si encontramos arduo arro­jarnos, ni aun con la imaginación, en una condición mental en que pudiéramos creer posibles esas cosas; más fácilmente podemos represen­tarnos la ansiedad que el salvaje debió de sentir cuando principió a ele­var sus pensamientos sobre la satisfacción de sus simples deseos animales y a meditar en las causas de las cosas con referencia a la continua actua­ción de las que ahora llamamos leyes naturales. A nosotros, familiariza­dos como estamos con la concepción de la uniformidad y regularidad con que se suceden unos a otros los fenómenos cósmicos, nos queda poco lugar para temer que las causas que producen esos efectos puedan dejar de actuar, al menos en un futuro próximo. Mas esta confianza en la estabilidad de la naturaleza está engendrada sólo por la experiencia, que proviene de la observación extensa y de la larga tradición, y el salvaje, en su círculo estrecho de observación y con su corta tradición, carece precisamente de los elementos de la experiencia que podrían tranqui­lizarle ante la presencia de los siempre cambiantes y a menudo ame­nazadores aspectos de la naturaleza. No extrañe, por esto, que se le vea presa de pánico ante un eclipse solar y que piense que éste o la luna seguramente perecerán si él no eleva un aullido y dispara sus febles fle­chas al aire para defender a las luminarias del monstruo que amenaza devorarlas. No maraville que se aterrorice cuando en las tinieblas de la noche se ilumina súbitamente una faja de cielo por la ráfaga de un meteoro o se incendia la total expansión de la bóveda celeste con la oscilante luz de las auroras boreales. Hasta los fenómenos que se repiten en intervalos fijos y uniformes puede verlos con aprensión antes de llegar a reconocer la regularidad de su recurrcncia. La prontitud o tardanza del reconocimiento de tales cambios cíclicos o periódicos de la naturaleza, dependerá principalmente para él de la magnitud del ciclo particular. El ciclo de un día y una noche, por ejemplo, es en todas partes, salvo en las regiones polares, muy corto, y por esto tan frecuente que sin duda los nombres dejaron pronto de inquietarse en serio por si acciden­talmente dejaba de producirse, aunque los antiguos egipcios, como hemos visto, hacían sortilegios diarios para volver a Oriente por la ma­ñana al ígneo globo que se había hundido al atardecer en el Occidente arrebolado. Pero no ocurría lo mismo respecto al ciclo anual de las estaciones. Para cualquier hombre, un año es un período considerable, sabiendo que el número de nuestros años no es grande, aun para el que más. Para el salvaje primitivo, con memoria corta y medios imperfectos para señalar la marcha del tiempo, un año bien puede haber sido tan largo que quizá ni siquiera le reconocía como un ciclo y aguardaba los

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aspectos cambiantes de la tierra y el cielo en perpetuo asombro, alterna-tivamente encantado y alarmado, gozoso o apesadumbrado, según que las vicisitudes de calor y luz, de la vida de las plantas y de los animales, proveyeran a su comodidad o amenazaran su existencia. En otoño, cuan- do las hojas secas se arremolinaban en la selva al zarpazo gélido de la ráfaga y elevaba su mirada a las ramas desnudas ¿sentiría la seguridad de poderlas ver otra vez verdeantes? Cuando día tras día el sol se hunde cada vez más en el cielo, ¿podría estar seguro de que el luminar querría repasar su camino celestial? Hasta la luna menguante, cuya pálida hoz aparece cada vez más flaca por la noche sobre la línea del horizonte oriental, puede haber excitado el miedo en su mente por el temor de que cuando se desvaneciera del todo, ya no habría más lunas.



Éstos y un millar más de temores pueden haberse acumulado en la imaginación, alterando la tranquilidad del primer hombre, que empezó a reflexionar sobre los misterios del mundo en que vivía y a tomar en consideración un futuro más distante que el mañana. Era natural por eso que, con tales pensamientos y temores, hiciera todo lo que piara él tendiese a volver la flor marchita a la rama; a subir al sol bajo del invierno a su antiguo alto lugar en el cielo estival; a devolver su redonda plenitud a la lámpara de plata que se va desvaneciendo. Podemos sonreír si nos place ante sus empeños vanos, mas sólo haciendo una larga serie de experimentos cuya mayor parte estaban condenados al fracaso, apren­dió el hombre por experiencia la futilidad de algunos de sus metódicos intentos y la fecundidad de otros. Al fin y a la postre, las ceremonias mágicas no son otra cosa que experimentos fallidos y que si continúan repitiéndose es sólo porque (por las razones que acaban de ser indicadas) el operador ignora su fracaso. Con el avance del conocimiento, estas cere­monias o dejaron de ejecutarse por completo o se mantuvieron por la fuerza del hábito mucho tiempo después de haberse olvidado el propó­sito con que fueron instituidas. Así, cayendo de un alto rango, dejaron de ser consideradas como ritos solemnes, de cuya puntual observancia dependía el bienestar y hasta la vida de la sociedad, y se hundieron gra­dualmente al nivel de simples espectáculos, mojigangas y pasatiempos, hasta llegar a un grado final de degeneración, en que son totalmente abandonadas por la gente formal, aunque en otro tiempo fueran la ocu­pación más seria del sabio, degenerada al fin en un fútil juego de chicos. En este grado final de decadencia es en el que la mayoría de los antiguos ritos mágicos de nuestros antepasados europeos se prolongan en el día de hoy y aun sus últimos retrocesos están siendo barridos por la marea ascendente de esas fuerzas numerosas, morales, intelectuales y sociales, que están llevando a la humanidad progresivamente a una meta nueva y desconocida. Sentimos un disgusto natural ante la desaparición de cos­tumbres curiosas y ceremonias pintorescas que han conservado hasta una época a menudo juzgada estúpida y prosaica algo del sabor y lozanía de tiempos de antaño, algún soplo de la primavera del mundo; pero nues­tro disgusto se aminorará cuando recordemos que estos espectáculos

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agradables, estas diversiones ahora inocentes, tienen su origen en la igno­rancia y en la superstición; que si ellas son un archivo del esfuerzo hu­mano, también son un monumento de estéril ingenio, de trabajo mal gastado y de esperanzas defraudadas; que todas sus alegres galas, sus flo­res, sus cintas y sus músicas tienen mucho más de tragedia que de farsa. La interpretación que, siguiendo las huellas de W. Mannhardt, he­mos intentado dar de estas ceremonias, ha tenido no poca confirmación en el descubrimiento, hecho después de escribirse primeramente este libro, de que los nativos de la Australia Central practican con regu­laridad ceremonias mágicas con el propósito de despertar las energías adormecidas de la naturaleza en la aproximación de lo que puede llamarse primavera australiana. En ninguna parte ciertamente son las alternativas de las estaciones más repentinas y los contrastes entre éstas más sor­prendentes que en los desiertos de Australia Central, donde al final de un largo período de sequía, el desierto pedregoso y arenoso sobre el que el silencio y la desolación de la muerte parecen pesar, tras de unos pocos días de lluvia torrencial, de repente se transforma en un panorama sonrien­te de verdor y poblado de prolíferas multitudes de insectos y lagartos, de ranas y aves. El maravilloso cambio que sufre la faz de la naturaleza en esos momentos ha sido comparado, aun por observadores europeos, a los efectos de la magia; no asombre, pues, que el salvaje pueda consi­derarlo como real y efectiva magia. Ahora bien, es exactamente cuando hay esperanzas de que se aproxime una buena estación, cuando los nativos de Australia Central acostumbraban a ejecutar las ceremonias má­gicas cuyo explícito propósito es multiplicar las plantas y animales que usan como alimento. Estas ceremonias, por esta razón, presentan una estrecha analogía con las costumbres primaverales de nuestros campesinos europeos, no sólo en la época de su celebración, sino también en sus aspiraciones, pues difícilmente podemos dudar de que en la institución de los ritos prescritos para ayudar a la revivificación de la vida de las plantas en primavera fueran acuciados nuestros primitivos antepasados no precisamente por un deseo sentimental de olfatear las primeras viole­tas, coger mejor la vellorita 1 o esperar a que los narcisos amarillos ondu­lasen a la brisa, sino por la muy práctica consideración, no formulada en términos abstractos, es cierto, de estar la vida del hombre inextricable­mente unida con la de las plantas y que si éstas perecían, él no podría sobrevivir. Y como la fe del salvaje australiano en la eficacia de sus ritos mágicos se confirma observando que su ejecución es seguida inva­riablemente, más pronto o más tarde, por el incremento de la vida vege­tal y animal, que es su objeto conseguir por esos medios, podemos supo­ner que lo mismo sucedía con los salvajes europeos de antaño. La vista del tierno verdor en los zarzales y malezas, de las flores primaverales abriéndose en las márgenes musgosas, de las golondrinas llegando del mediodía y del sol remontado cada vez más alto en el cielo, serían salu-

i Primaveras, prímulas, maravillas, etc.

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dados por ellos como otros tantos signos visibles de que sus encanta­mientos estaban teniendo efecto verdadero, y les inspiraría una alegre confianza de que todo estaba bien en un mundo que podían así ellos amoldar a sus deseos. Tan sólo en los días otoñales, cuando el verano va suavemente marchitándose, su confianza sería rota una vez más por dudas y recelos ante los signos de decadencia, que proclamaban cuan vanos fueron todos sus esfuerzos tratando de alejar para siempre la aproximación del invierno y de la muerte.

CAPÍTULO XXIX

EL MITO DE ADONIS

El espectáculo de los grandes cambios que anualmente sufre la super­ficie de la tierra ha impresionado poderosamente a los hombres en todos los tiempos, incitándoles a meditar sobre las causas de transformaciones tan inmensas y maravillosas. Su curiosidad no ha sido sólo desinteresada, pues ni el salvaje puede menos de percibir cuan íntimamente está ligada su vida a la de la naturaleza y cómo los mismos procesos que hielan los ríos y desnudan de vegetación a la tierra le amenazan con la extinción. En un cierto grado de desarrollo, creemos que los hombres imaginaron que los medios para evitar la temida calamidad estaban en sus propias manos y que podían acelerar o retardar la marcha de las estaciones por arte mágico. En consecuencia, practicaron ceremonias y recitaron con­juros para hacer que lloviera, que el sol brillase, que los animales se multiplicaran y los frutos del suelo aumentasen. Andando el tiempo, el conocimiento fue disipando muchas caras ilusiones y convenció, por lo menos a la parte más consciente de la humanidad, de que las alternativas de verano, invierno, primavera y otoño no eran simplemente el resul­tado de sus propios ritos mágicos, sino que alguna causa más profunda, algún inmenso poder obraba tras el cambiante escenario de la naturaleza. Entonces imaginaron el crecimiento y decaimiento de la vegetación, el nacimiento y muerte de las criaturas vivientes, como efecto del incre­mento o amenguamiento de las fuerzas de ciertos seres divinos, de dioses y diosas que nacían y morían, que se casaban y tenían hijos, según el modelo de la vida humana.

Así, la antigua teoría mágica de las estaciones fue desplazada, o mejor, suplementada por una teoría religiosa, pues aunque ahora los hombres atribuyesen, en primer lugar, el ciclo evolutivo anual a los co­rrespondientes cambios en sus deidades, todavía creían que ejecutando ciertos ritos mágicos podrían ayudar al dios, que era origen de la vida, en su lucha con su opuesta causa, la muerte. Se imaginaban en posibi­lidad de restablecer sus decaídas fuerzas y aun levantarle de la muerte. Las ceremonias que hacían con este propósito eran en substancia una representación dramática del suceso natural que deseaban facilitar, pues

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es un dogma familiar de la magia que se puede producir cualquier efecto sin más que imitarlo. Como ellos se explicaban ya las fluctuaciones del desarrollo y decaimiento, de la reproducción y disolución por el casa­miento, muerte y renacimiento o resurrección de los dioses, sus dramas religiosos o, mejor dicho, mágicos, giraban principalmente alrededor de estos temas. Así, representaban la unión prolífica de los poderes de la fertilidad, la triste muerte de uno de los asociados divinos, por lo me­nos, y su resurrección gloriosa. De este modo, la teoría religiosa estaba mezclada con la práctica mágica; esta combinación es frecuente en la historia. Verdaderamente son pocas los religiones que han conseguido desenredarse por completo de las viejas trabas de la magia. La contra­dicción de actuar sobre dos principios opuestos, por mucho que exaspere el alma del filósofo, raramente perturba al hombre vulgar; por el con­trario, pocas veces se da cuenta de ello: su fin es actuar, no analizar los motivos de su acción. Si la humanidad hubiese sido siempre lógica y sabia, la historia no sería una larga crónica de locura y crimen.



De entre los cambios que las estaciones originan, los más llamativos dentro de la zona templada son los que afectan a la vegetación. La in­fluencia de las estaciones sobre los animales, aunque grande, no es tan manifiesta. Por esto es natural que en los dramas mágicos imaginados para alejar el invierno y atraer el retorno de la primavera, la insistencia suele recaer sobre la vegetación y los árboles y plantas, que figuran más destacadamente que los animales y las aves. Aun así, las dos series de vida, la animal y la vegetal, no estaban disociadas en la mentalidad de los que ejecutaban las ceremonias. Claro está que ellos creyeron por lo general que los lazos entre el mundo animal y el vegetal eran aún más estrechos de lo que en realidad son: por esto combinaban muchas veces la representación dramática de la reviviscencia de las plantas a -una unión real y dramática de los sexos con el propósito de reforzar, al mis­mo tiempo y por el mismo acto, la multiplicación de los frutos, de los animales y de los hombres. Para ellos el origen de la vida y la fertili­dad, animal o vegetal, era uno e indivisible. Vivir y hacer vivir, comer y engendrar hijos; éstos son los deseos primarios de los hombres en el pa­sado y lo serán en el futuro mientras el mundo sea mundo. Otras cosas pueden añadir a la vida humana, para enriquecerla y embellecerla, pero si primeramente no se cumplen aquellos deseos, la misma humanidad dejaría de existir. Estas dos cosas, alimento y prole, fueron, por tanto, las que sobre todo procuraron conseguir con la ejecución de ritos má­gicos para la regulación de las estaciones.

Al parecer en ninguna parte estuvieron estos ritos más extendidos ni se celebraron con más solemnidad que en los países que bordean el Mediterráneo Oriental. Bajo los nombres de Osiris, Tammuz, Adonis y Attis, los pueblos de Egipto y del Asia Menor representaron la deca­dencia y el despertar anual de la vida, en particular de la vegetal, perso­nificándola como un dios que muere anualmente y vuelve a revivir. En nombre y detalles variaron los ritos de lugar en lugar, aunque substan-

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cialmente eran los mismos. La supuesta muerte y resurrección de esta deidad oriental, dios de muchos nombres, pero uno solo en esencia, se examinarán ahora empezando con Tammuz o Adonis.

El culto de Adonis fue practicado por los pueblos semíticos de Ba­bilonia y Siria, teniéndolo los griegos ya por suyo en el siglo vii a. c. El verdadero nombre del dios era Tammuz y el apelativo Adonis es solamente el semítico Adon, "Señor", título honorífico con el que los adoradores se dirigían a él. Pero los griegos, por equivocación, convir­tieron el título de honor en nombre propio. En la literatura religiosa de Babilonia aparece Tammuz como el joven esposo o amante de Istar, la diosa Gran Madre, personificación de las energías reproductivas de la na­turaleza. Las referencias a la conexión entre ambos en el mito y el ritual son fragmentarias y obscuras, pero deducimos de ello que se creía que Tammuz moría todos los años, marchando de la tierra alegre al sombrío mundo subterráneo, y que todos los años su amante divina le buscaba hasta "el país del cual no se vuelve, la casa de las tinieblas, donde el polvo cubre la puerta y el cerrojo". Durante su ausencia, la pasión del amor desaparecía; los hombres y las bestias parecían olvidar la reproduc­ción y toda la vida estaba amenazada de extinción. Tan estrechamente es­taban unidas las funciones sexuales de la totalidad del reino animal con la diosa, que sin su presencia no podían cumplirse. Un mensajero del gran dios Ea fue mandado, con este motivo, para rescatar a la diosa de la que tanto dependía. La severa reina de las regiones infernales, de nombre Allatu o Eresh-kigal, consintió, aunque de mala gana, en que Istar fuera rociada con el agua de vida y marchase, en la probable com­pañía de su amante Tammuz, para que los dos volviesen juntos al mundo superior y con su retorno pudiera revivir la naturaleza toda. Las lamen­taciones por Tammuz ausente están contenidas en varios himnos babi­lonios que le comparan a las plantas que se marchitan prontamente. Él es
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