Sir james george frazer la rama dorada



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En las montañas del Hartz, una vez que termina el Carnaval, tien­den a un hombre en una artesa de amasar pan y le conducen entre res­ponsos a la sepultura, pero en lugar del hombre entierran una botella de aguardiente. Pronuncian un discurso y el acompañamiento vuelve al pue­blo; en el paseo o lugar de reunión, fuman esas grandes pipas de barro que acostumbran a distribuir en los funerales. Al año siguiente, en la mañana del Martes de Carnaval, desentierran la botella de aguardiente y la fiesta comienza para todos probando "el espíritu", que, según dicen, ha resucitado.

3. LA EXPULSIÓN DE LA MUERTE

La ceremonia de la expulsión de la muerte presenta muchos rasgos de analogía con el entierro del Carnaval, salvo que aquélla va seguida generalmente de una ceremonia o al menos acompañada de una decla­ración para atraer al verano, primavera o vida. Así, en la Franconia cen­tral, provincia de Baviera, el cuarto domingo de Cuaresma, la chiquillería del pueblo acostumbra a hacer con paja una efigie de la Muerte que llevan de un lado para otro por el poblado con pompa burlesca y termi­nan por quemarla, entre grandes gritos, en las afueras del pueblo. La costumbre de Franconia la describe así un escritor del siglo xvi: "A mi­tad de Cuaresma, cuando la Iglesia nos manda regocijarnos, la mocedad de mi país nativo hace con paja una imagen de la Muerte que, puesta en una pértiga, es llevada con gran vocerío a los pueblos vecinos. En algu­nos de éstos son bien recibidos y después de tomar un refresco de leche, guisantes y peras secas, usuales alimentos de esa estación del año, son enviados a casa. Otras veces, sin embargo, los tratan sin ninguna hospi­talidad, pues considerándoles como precursores de desgracia, es decir, de

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muerte, los alejan de sus proximidades con armas e insultos". En los pueblos cercanos a Erlangen, cuando iba a llegar el cuarto domingo de Cuaresma, las mozas se vestían con todos sus aderezos, galas y flo-res en el pelo; así ataviadas, marchaban a la ciudad vecina, yendo de casa en casa por parejas y parando ante cada puerta donde esperaban recibir alguna cosa, cantando unos pocos versos en los que anunciaban que era la mitad de Cuaresma y que ellas iban a tirar al agua a la Muerte. Cuando habían recogido algunas propinillas marchaban a la ori-lla del río Regnitz y hundían en la corriente las muñecas que represen­taban a la Muerte. Esto se hacía para asegurar un fructífero y próspero año; además se consideraba salvaguardia contra la peste y muerte repen­tina. Las jóvenes de Nuremberg de siete a dieciocho años de edad van por las calles llevando un pequeño féretro abierto en el que llevan una muñeca cubierta con una mortaja. Otras portean en una caja abierta una ramita de haya con una manzana amarrada a modo de cabeza; cantan: "Nosotras echamos la muerte al agua y está bien hecho", o: "Echamos la muerte al agua, la echamos dentro y fuera otra vez". En algunas partes de Bohemia, hasta el año de 1780, se creía que habría de producirse una epidemia mortal si la costumbre de "llevarse a la muerte" no se celebrara.

En algunos pueblos de Turingia y en el cuarto domingo de Cua­resma, los niños acostumbraban a llevar por la villa un muñeco de ra-mitas de abedul, y al terminar el paseo, lo arrojaban a un estanque, mien­tras cantaban: "Nosotros llevamos a la vieja muerte tras de la casa vieja del pastor; nosotros traemos el verano y el poder de Kroden (?) está destruido". En Debschwitz o Dobschwitz, cerca de Cera, la ceremonia nía de "echar a la muerte" se cumplía o cumple aún anualmente el día 1o de marzo; la gente joven hacía una figura de paja u otros materiales parecidos, que vestían con ropa vieja conseguida en alguna casa del pue­blo, la sacaban a las afueras y la tiraban al río. A su regreso, daban la buena nueva a las gentes y recibían huevos y otras vituallas como re­compensa. Se supone o suponía que la ceremonia purificaba al pueblo y protegía a sus habitantes contra las enfermedades y la peste. En otros lugares de Turingia, en los que la población era en su origen eslava, la expulsión del bausán se acompaña con un cantar que comienza así: "Ahora nos llevamos a la muerte sacándola del pueblo y la primavera entrará en él". A finales del siglo xvii y principios del xviii la costum­bre se observaba en Turingia del modo siguiente: Jóvenes de ambos sexos construían una efigie de paja u otros materiales semejantes, pero la forma de la figura variaba de año en año. Un año representaba un viejo, al siguiente año una vieja, al otro un joven y al otro una mucha­cha, cambiando a la par la indumentaria de la figura según el carácter que personificaba. Tenían agrias disputas para decidir en qué casa se construiría la efigie, pues la gente pensaba que la casa de donde saliera no sería visitada aquel año por la muerte. Después de terminar el mu­ñeco, le ataban a un palo largo que llevaba una muchacha, si represen-

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taba a un viejo, y un muchacho, si el bausán representaba una vieja. Así lo llevaban en procesión, los jóvenes armados con palos y cantando que estaban echando a la Muerte. Cuando llegaban al agua, tiraban la efigie en ella y se volvían corriendo velozmente ante el temor de que pudie montarse en sus hombros y retorcerles el cuello. También tenían cui- dado de no tocarla por temor a que los secase. A su vuelta pegaban al ganado con los palos que habían llevado, creyendo que hacer esto los haría gordos y prolíficos. Por último, visitaban la casa o casas de los que habían llevado la imagen de la Muerte, donde les repartían unos gui- santes medio cocidos. La costumbre de "llevarse la Muerte" se practicó también en Sajonia. En Leipzig, hijos sin padre y mujeres públicas ha­cían con paja una efigie de la Muerte todos los años a mitad de Cua­resma; la llevaban por las calles y la mostraban a las jóvenes casadas. Finalmente la arrojaban al río Parthe. Con esta ceremonia pensaban ellos que serían fértiles las jóvenes casadas, se purificaría la ciudad y se protegería a sus habitantes aquel año contra la peste y otras epidemias.

Se usan ceremonias del mismo tipo hacía la mitad de Cuaresma en Silesia. Así, en muchos lugares, las muchachas casaderas, con ayuda de los mozos, visten una figura de paja con ropas mujeriles y la sacan de la aldea en dirección al sol poniente. En los límites del pueblo le quitan la ropa y desbaratan y esparcen los fragmentos por los campos. Esto se llama "enterrar la Muerte". Al sacar la efigie del pueblo cantan que van a enterrar a la Muerte bajo un roble para que salga del pueblo. Algunas veces el canto indica que llevan la Muerte por montes y cañadas para que no vuelva. Entre los vecinos polacos de Gross-Strehlitz, llaman al muñeco Goik; le transportan a caballo y le arrojan al río más cercano. La gente cree que con esta ceremonia se protegen de las enfermedades de toda clase en el año entrante. En los distritos de Wohlau y Guhrau arrojaban la imagen de la muerte en las afueras de la aldea cercana, pero como sus vecinos temían recibir esa figura de mal agüero, estaban vigi­lantes para rechazarla y a menudo se cambiaban muchos palos entre las partidas. En algunas localidades polacas de la Alta Silesia, la efigie re­presentando una vieja lleva el nombre de Marzana, la diosa de la Muerte. La construyen en la casa donde ocurrió el último fallecimiento de la aldea y la sacan en una pértiga a las afueras donde la arrojan a un estanque o la queman. En Polkwitz la costumbre de "expulsar a la Muerte" cayó en desuso, mas un gran aumento de enfermedades mor­tales que siguió a la interrupción de la ceremonia les indujo a reanu­darla en el pueblo.

En Bohemia, la chiquillería va hasta el final del pueblo llevando un muñeco de paja y mientras le queman, cantan:

Ahora sacamos la Muerte del pueblo, El nuevo Verano entrará en el pueblo; Bienvenido, querido Verano,

Verdecita mies.

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En Tabor, Bohemia, la figura de la Muerte es echada de la ciudad y tirada al río desde lo alto de un precipicio mientras cantan:

La Muerte flota en el agua. Pronto estará aquí el Verano;

os alejamos la Muerte y trajimos el Verano. . .

Dadnos, ;oh santa Marketa!, un próspero año

de trigo y centeno.

En otras partes de Bohemia llevan la Muerte al final del pueblo, can lando:

Sacamos la Muerte del pueblo.

Entramos al Año Nuevo en el pueblo. ¡Bienvenida, querida Primavera! ¡Bienvenida, verdura de la era!

Luego forman detrás del pueblo una pira donde queman al bausán insul­tándole y mofándose de él mientras tanto. Entonces regresan cantando:

Hemos echado a la Muerte

y traemos a la Vida,

que se ha quedado en el pueblo;

por eso entonamos alegres canciones.

En algunos pueblos alemanes de Moravia, como Jassnitz y Seiten-dorf, se congrega la gente joven el tercer domingo de Cuaresma y cons­truye un muñeco de paja al que por lo general visten con una capa de pieles y un par de polainas de cuero, si las encuentran. Alzan la efigie sobre la punta de un palo largo que llevan los mozos y mozas a campo abierto y por el camino cantan unas coplas en las que declaran que lle­van la Muerte afuera y traerán al querido verano a la casa, y con el ve­rano, el mayo y las flores. Cuando llegan a un lugar convenido, bailan en ronda alrededor de la efigie dando gritos fuertes y voces hasta que, súbitamente, arremeten contra ella y la destrozan. Por último, juntando los trozos, forman un montón, rompen el palo y le prenden fuego a todo. Mientras arde, bailan a su alrededor felices y contentos, muy rego­cijados por la victoria ganada por la primavera; cuando la hoguera está extinguiéndose, marchan junto a los cabezas de familia pidiéndoles que les obsequien huevos para hacer una merienda, teniendo el cuidado de apoyar su petición con el argumento que ellos han echado a la Muerte del pueblo.

Los precedentes ejemplos muestran que la efigie de la Muerte, mu­chas veces, es mirada con miedo y tratada con señales de odio y aborre­cimiento. Así, la inquietud de los aldeanos hasta transferir la figura desde

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su propio pueblo al vecino y la repugnancia de los otros a recibir el fatídico huésped son pruebas bastantes del miedo que inspira. Además en Lusacia y Silesia, algunas veces asoman el muñeco a la ventana de alguna casa desde la calle y por esto creen que alguien de la casa morirá dentro del año a menos de redimir con dinero su vida. También, des- pues de tirar la efigie al agua, en algunas ocasiones salen corriendo los porteadores hacia su casa con el temor de que la muerte pueda seguirlos

y si algunos de los "valientes" se cae al correr, creen que morirá dentro del año. En Chrudim, Bohemia, hacen la figura de la muerte con una cruz poniendo arriba una cabeza y careta y revistiéndola con una camisa.

El quinto domingo de Cuaresma, los muchachos toman la efigie y la llevan hasta el arroyo o laguna más cercano y, colocándose alineados tiran la efigie al agua; inmediatamente todos se arrojan al agua tras ella, pero en cuanto alguno la coge, nadie más puede entrar en el agua. El muchacho que se quedó sin entrar en el agua o que entró el último, morirá aquel año y está obligado a llevar la muerte otra vez al pueblo, donde, después, queman la efigie. Por el contrario, se cree que nadie morirá aquel año en la casa de donde se sacó la muerte, y de la aldea de donde sacaron a la efigie suele creerse que está protegida contra pes­tes y enfermedades. En algunos pueblos de la Silesia austríaca, el sá­bado anterior al domingo muerto,1 hacen una efigie con ropas viejas, heno y paja con el proposito de echar a la muerte de la aldea. El domingo, la gente armada de palos y cinchas se reúne ante la casa don­de está alojada la muerte; cuatro muchachos arrastran con unas cuerdas a la efigie por la aldea entre triunfantes gritos, mientras los demás la apalean y la dan correazos. Cuando llegan a un campo de algunos de los convecinos, sueltan la figura y la apalean tan duramente que sus frag­mentos se esparcen por el campo. La gente cree que el pueblo de donde se saca así a la muerte estará libre de toda enfermedad infecciosa durante aquel año.

4. la TRAÍDA DEL VERANO

En las ceremonias anteriores, la vuelta de la primavera, verano o vida, es una consecuencia derivada de la expulsión de la muerte y sola­mente está implícita o, todo lo más, anunciada. En las ceremonias si­guientes está plenamente estatuida. Así pues, en algunos lugares de Bo­hemia, vemos cómo la efigie de la muerte es ahogada echándola al agua a la puesta del sol; después las mozas van al bosque, cortan un arbo-lito de copa verde y cuelgan de él una muñeca vestida de mujer; decoran el arbolito con cintas verdes, blancas y rojas y marchan en procesión con su Lito (verano) a la aldea, recogiendo obsequios y cantando:

1 Cuarto domingo de Cuaresma.

2 Verde, blanco y rojo eran los colores de la iniciación y resurrección entre los druidas. Verde, blanco y rojo eran los colores de las joyas, trajes y mortajas de los egipcios faraónicos, que los denominaban "los colores simpáticos". Tales son tam­bién los colores nacionales de México.

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La Muerte flota en el agua.

La primavera viene a visitarnos

con huevos que son rojos,

con tortas doradas.

Nosotras echamos a la Muerte del pueblo,

Nosotras traemos el verano al pueblo.

En muchos pueblos de Silesia, a la figura de la muerte, después de tra­tarla con respeto, la arrancan la ropa y la tiran entre maldiciones al agua o la despedazan en un campo. Hecho esto, la gente moza va al bosque, corta un abeto pequeño, descortezan el tronco y le adornan con festones de ramitas, rosas de papel, cáscaras de huevo pintadas de colorines, abi­garrados trozos de tela y otras cosas parecidas; así adornado el árbol, le llaman el verano o mayo. Los chicos lo llevan de casa en casa cantando coplas alusivas y pidiendo regalillos. Entre sus cantares está el siguiente:

Nosotros hemos sacado a la Muerte. Nosotros traernos al querido verano,

el verano y el mayo

y todas las flores alegres.

Otras veces traen del bosque una figura lindamente adornada que tiene el nombre de Verano, Mayo o la Novia; en los distritos polacos la llaman Dziewanna, la diosa de la primavera.

En Eisenach, el cuarto domingo de Cuaresma, la gente moza acos­tumbraba a sujetar un muñeco de paja representando la muerte a una rueda que llevaban rodando a lo alto de una colina. Allí prendían fuego a la figura y la soltaban rodando cuesta abajo. Al día siguiente cortaban un abeto alto, lo componían y arreglaban con cintas y lo ponían er­guido en el suelo. Los hombres trepaban por él para alcanzar las cintas. En la Alta Lusacia hacen con trapos y paja una imagen de la muerte a la que prenden el velo de la última novia que se casó y le ponen una camisa de la casa donde ocurrió la última defunción. Así ataviada la figura, la fijan en la punta de una pértiga muy alta que lleva corriendo la mejor moza de todas ellas, mientras el resto la ataca con palos y pie­dras y el que haga blanco en el bausán de la muerte, asegura su vida aquel año. De esta manera sacaban a la muerte del pueblo y la tiraban al agua o en los límites del pueblo cercano. En el camino de vuelta cada uno rompe una rama verde que lleva alegremente hasta llegar al pueblo y entonces la tira. En ocasiones la mocedad del pueblo cercano, sobre cuyas tierras ha sido arrojada la muerte, corre tras ellos lanzándoles la muerte que devuelven, pues no quieren tenerla entre ellos, por lo que las dos partidas muchas veces llegan a las manos.

En estos casos representa la muerte el muñeco que tiran lejos; el verano o la vida, representados por las ramas verdes o por árboles, son en cambio traídos al pueblo. Pero hay ocasiones en que se atribuye a

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la misma imagen de la muerte una nueva fuerza vital y por una espe- cie de resurrección se convierte en el instrumento de la revivificación general. Así, en algunos lugares de Lusacia son sólo las mujeres las en- cargadas de echar a la muerte y no consienten que hombre alguno me- die en ello. Vestidas de luto, que llevan todo el día, forman un muñeco con paja, le visten con una camisa blanca y le ponen una escoba en una mano y una guadaña en la otra. Cantando y perseguidas por los arra­piezos que tiran piedras al muñeco, lo llevan a los límites del pueblo donde lo despedazan. Acto continuo cortan un arbolito, cuelgan en él la camisa y le traen al pueblo cantando. En la fiesta de la Ascensión los sajones de Braller, aldea de Transilvania no lejos de Hermannstadt guardan la ceremonia de "expulsar a la muerte" de la manera siguiente: después del servicio religioso de la mañana, todas las jóvenes de la es­cuela almuerzan en la casa de alguna de ellas y después visten a la muerte que han hecho con un haz de maíces o de paja, dándole una forma que imita groseramente un cuerpo con cabeza, mientras los bra­zos se simulan con el palo de una escoba atravesado horizontalmente. Visten la figura con los atavíos de una joven campesina en día de fiesta, con una caperuza roja, broches de plata y profusión de cintas en el pecho y brazos. Las muchachas se afanan en su obra, pues pronto las campanas tocarán a vísperas y la muerte debe estar pronta a quedar ex­puesta en el balcón abierto para que todo el pueblo pueda vería cuando vaya a la iglesia. Al terminar las vísperas, es llegado el momento, largo tiempo esperado, para la primera procesión con la muerte; es un privi­legio que solamente pertenece a las muchachas escolares. Dos de las mayores cogen la figura por los brazos y caminan al frente, yendo las de­más detrás y de dos en dos. Los muchachos no toman parte en la procesión pero van agrupados detrás contemplando embobados y con la boca abierta de admiración a la "bellísima muerte". Así camina la procesión por las calles del pueblo, cantando las muchachas el antiguo himno que comienza:

Gott mein Vater, deine Liebe Reicht so weit der Himmel ist,

con melodía que difiere de la usual. Cuando la procesión ha recorrido todas las calles, las muchachas van a otra casa distinta de la que salie­ron y, cerrando la puerta contra el impaciente acecho de la muchedum­bre de chicos que tras ellas iban, desvisten a la muerte y pasan por la ventana el desnudo armazón de paja a los chicos, que lo agarran y lo llevan corriendo, sin cantar, a las afueras del pueblo, donde tiran la des­pojada efigie en el arroyo cercano. Hecho esto, comienza la segunda escena del pequeño drama; mientras los muchachos se llevan la muerte fuera del pueblo, las jóvenes se quedan en la casa y visten a una de ellas con todas las galas que había llevado la efigie. Así adornada, la con­ducen en procesión por todas las calles cantando el mismo himno que

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antes. Terminada la procesión vuelven a la casa de la muchacha que ha representado el papel principal, donde las aguarda un banquete del que estan excluidos los muchachos. Es una creencia popular que la chiqui-llería puede comenzar sin peligro a comer grosellas blancas1 y otras fru-tas después del día en que se ha echado a la muerte del lugar, pues la muerte, que acecha oculta en las grosellas especialmente, está ya des­truida. Además, ahora ya pueden bañarse con impunidad fuera de casa. Muy parecida es la ceremonia que hasta años recientes se cumplía en algunos de los pueblos alemanes de Moravia. Los jóvenes de ambos sexos se reunían después del mediodía del primer domingo después de pascua de Resurrección y entre todos hacían un muñeco de paja que representaba a la muerte. Adornada con cintas y telas de colores bri­llantes, amarrada al extremo de una larga pértiga, llevaban a la efigie con cantos y gritos al altozano más próximo, donde la despojaban de sus galas y la echaban a rodar por la ladera. Una de las muchachas se vestía con los oropeles tomados de la efigie de la muerte y con ella a la cabeza, la procesión volvía al pueblo. En algunas localidades, la prác­tica es enterrar la efigie en el sitio de la campiña que tenga peor repu­tación; otros la arrojan en el agua de algún río.
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