Sir james george frazer la rama dorada



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352 OCCISIÓN DEL ESPÍRITU DEL ÁRBOL

2. entierro del carnaval

Hasta aquí hemos ofrecido una explicación de la regla o ley requeria que el sacerdote de Nemi debiera ser muerto por su sucesor. La explicación no pretende ser más que probable; nuestro escaso cono-cimiento de la costumbre y de su historia no permiten otra cosa, pero sus probabilidades aumentarán en proporción a la extensión con que podamos probar que los motivos y modos de pensamiento atribuidos influyeron en la sociedad primitiva. Hasta aquí, el dios de cuya muerte y resurrección nos hemos ocupado principalmente ha sido el dios del árbol Si podemos demostrar que la costumbre de matar al dios y la creencia en su resurrección se originó o al menos existió en la etapa social de cazadores y pastores, cuando el dios occiso era un animal, y que sobrevivió en la etapa agrícola, cuando el dios muerto era el cereal o un ser humano representando al grano, la probabilidad de nuestra expli­cación habrá aumentado considerablemente. Trataremos de hacerlo a continuación, esperando aclarar en el curso de la exposición algunas obscuridades que quedan todavía y responder a algunas objeciones que pueden habérsele ocurrido al lector.

Reanudemos el hilo volviendo a las costumbres vernales del cam­pesinado europeo. Aparte de las ceremonias que acabamos de describir, hay dos clases de costumbres afines en las que la muerte simulada de un ser divino o sobrenatural es un rasgo sobresaliente. En una de estas clases, el ser cuya muerte se representa dramáticamente es la personificación del carnaval; en la otra clase, el ser es la muerte misma. La ceremonia principal cae, como es natural, al final del carnaval, sea en el último día, principalmente el martes de carnestolendas, o en el primer día de antruejo cuaresmal, es decir, el Miércoles de Ceniza. La fecha de la otra ceremo­nia, "Llevarse o expulsar la muerte", como se le llama comúnmente, no está fijada por igual; por lo común es el cuarto domingo de cuaresma, que por esto es conocido con el nombre de "domingo muerto". En otros lugares, empero, la celebración cae una semana antes y en otros, como entre los checos de Bohemia, una semana después, mientras que en ciertas poblaciones alemanas de Moravia es el primer domingo que si­gue a la Pascua de Resurrección. Quizá, como se ha pensado, puede haber variado originalmente la fecha por depender de la primera golon­drina o de algún heraldo parecido de la primavera. Algunos escritores

ramitas, de mimbres, obra de cestería, en inglés y latín, etc. Finalmente, podemos indicar que Cejador sugiere que el sufijo os se interpreta como círculo, vuelta sobre sí mismo, pues lo indica la s posesiva. —Tenemos ya los tres elementos que encuadran con virbius: vida masculina o energía que revive en verde. Virbius, en la leyenda latina, es el Juanito el Verde, Rey de la Hierba y de lo verde, de la primavera, vida que resucita, verdeando la parda tierra invernal. Frazer indica conexión con viridis y verbena, planta sagrada. Sería entonces Virbio, "El Verde". También, vir-bho, creciendo verde, reverdecer. De vir, varón, y bis, dos veces, virbis sería tanto como dos veces varón, el varón que resucita. Cf. Virgilio, Eneida.

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consideran la ceremonia de origen eslavo; Grimm opina que era un fes-tival de Año Nuevo entre los antiguos eslavos que comenzaban su año en el mes de marzo. Nosotros escogemos ahora algunos ejemplos de la “Muerte del Carnaval", farsa que siempre cae antes que la otra en el calendario.

En Frosinone, en el Lacio , casi a la mitad de camino entre Roma y Napóles, la vida insípida y monótona de una provinciana ciudad italiana rompe agradablemente en el último día de Carnaval por la fiesta conocida como la Radica. Hacia las cuatro de la tarde, la banda de la ciu-dad, tocando alegres marchas y seguida de un gran gentío, llega a la Plaza del Plebiscito, donde están la subprefectura y los demás edificios gubernamentales. Allí, en medio de la plaza, los ojos curiosos de la multitud se regocijan a la aparición de una inmensa carroza dorada, decorada con muchos festones de colorines y arrastrada por cuatro caba­llos. En la carroza hay un asiento muy grande en el que está entronizada la majestuosa figura del Carnaval, muñeco de yeso de tres metros de altura y de cara rubicunda y sonriente. Enormes botas, un casco de ho­jalata parecido a los que lucen en la cabeza los oficiales de la marina italiana, y una túnica de muchos colores embellecida con curiosas insig­nias adornan el exterior de este imponente personaje. Su mano izquierda descansa en el brazo del sillón y con el brazo derecho saluda gentilmente a la multitud, siendo cortesía que "le sale de dentro" mediante una cuer­da de la que tira un hombre modestamente oculto a la publicidad bajo el sillón propiciatorio. Y ahora la multitud se agita y arremolina junto a la carroza y se expansiona con gritos montaraces de alegría, mezclándose la gente sencilla y educada con los demás que danzan con frenesí el saltarello. Un carácter especial de esta fiesta es que todos llevan en la mano lo que ellos llaman una radica (raíz), lo que significa una hoja grande de áloe o mejor de pita. Cualquiera que se aventure entre el gentío sin llevar la hoja, será recibido hostilmente y echado de allí, a menos de llevar como sustituto una col grande en el extremo de una vara larga o un manojo de hierba curiosamente trenzada. Después de dar una vuelta corta escoltando a la carroza que se mueve despacio, va la multitud con ella a la puerta de la subprefectura. Allí hacen alto y la carroza, traqueando en el suelo lleno de baches, entra en el patio. La multitud se calma y su murmullo en voz baja suena, según la descrip­ción de los que lo han oído, semejante a la resaca de un mar agitado. Todas las miradas se vuelven ávidamente hacia la puerta, donde el mis­mo subprefecto y otros representantes de la majestad de la ley están aguardando la llegada para hacerle el homenaje debido al héroe de la fiesta. Unos momentos de silencio y después una tormenta de vítores y aplausos saludan la aparición de los dignatarios según van desfilando y descendiendo la escalera para tomar su puesto en la procesión. El him­no del Carnaval atruena en este instante y entre una ensordecedora gritería son voltejeadas por el aire las hojas de áloe y las coles cayendo indistintamente sobre justos y pecadores, lo que conduce a un nuevo pla-

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cer, pues se empeñan con ellas en una lucha libre. Cuando estos preli- minares han concluido a satisfacción de todos los interesados, la proce- sión prosigue su marcha. Al final de ella va una carreta cargada de toneles de vino y policías, afanados éstos en la simpática tarea de servir vino a todo el que lo pida, mientras una lucha sin cuartel, salpimentada

de copiosas descargas de aullidos, golpes y blasfemias, se libra entre la multitud arremolinada a la trasera del carro, en su afán de no perder

la ocasión gloriosa de emborracharse a expensas públicas. Finalmente, y cuando ya la procesión ha desfilado por las calles principales a un paso mayestático, cogen la efigie del Carnaval, la arrebatan sus adornos y la tienden en medio de una plaza pública sobre un montón de leña, que­mándola entre gritos de la multitud y atronando los aires una vez más con el canto del Carnaval, volando las llamadas "radicas" a la pira y entregándose el público a los placeres del bailoteo más desenfrenado.



En los Abruzos cuatro enterradores con la pipa en la boca y bote­llas de vino colgadas de los tirantes de los pantalones a la espalda llevan un muñeco de cartón figurando al Carnaval. Al frente marcha la esposa del Carnaval, vestida de luto y deshecha en lágrimas. De vez en cuando el acompañamiento hace un alto y mientras la esposa habla al públi­co simpatizante, los enterradores refrescan "al hombre interior" con un beso a la botella. En una plaza abierta, tienden al Carnaval muerto sobre una pira y al redoble de tambores, a los aullidos estridentes de las mu­jeres y a los ásperos gritos de los hombres, le prenden fuego.1 Mientras arde el muñeco, tiran castañas a la multitud. Algunas veces se representa al Carnaval por un muñeco de paja en la punta de un palo que un tropel de enmascarados llevan por toda la ciudad durante la tarde, y cuando llega la noche, cuatro máscaras cogen una manta o sábana por las puntas y mantean al Carnaval. La procesión se continúa y los ejecutantes lloran lágrimas de cocodrilo acentuando lo acerbo de su pesar con la ayuda de cacerolas y cencerros. Otras veces, también en los Abruzos, representa al Carnaval un hombre vivo tendido en un féretro y acompañado de otro que hace de sacerdote asperjando con gran profusión el agua bendita de una tina.

En Lérida, España, asistió a los funerales del Carnaval un viajero inglés en el año de 1877 y lo relata así: El Domingo de Carnaval, una gran procesión de infantería, caballería y máscaras de toda clase, muchos a caballo y otros en carruajes, escoltaron en triunfo la carroza de Su Gracia Pau Pi, como llamaban a la efigie, por las calles más importantes. Durante tres días el jolgorio fue muy grande y por último a medianoche del último día de antruejo, recorrió otra vez las calles la misma procesión pero bajo un aspecto diferente y con un final harto distinto. El carro

i En el Entierro de la Sardina (Escenas matritenses de Mesonero Romanos, 1857) no faltaba detalle ritual: Cofradía de la Sardina (sardina arenque muy salada), de San Marcos o "mansos", coros de "doncellas", "inocentes", gatos amarrados por el rabo, el bamboche de paja que lleva la sardina en la boca, quema y entierro respectivos, coro deprecatorio y apoteosis de palos.

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triunfal había sido convertido en un carro fúnebre en el que reposaba la efigie de su Gracia, muerta. Un grupo de enmascarados, que en la pri-mera procesión había actuado como estudiantes de la folia entre bromas y jaranas iban ahora vestidos de sacerdotes y obispos, andando pausada-mente, llevando grandes cirios encendidos y cantando responsos. Todas

las máscaras enlutadas con crespones y todos los jinetes llevaban antor-chas encendidas. La procesión caminaba melancólicamente por la calle principal entre las altas casas de muchos pisos y balcones, donde cada ventana balconada y tejados estaban atestados por una densa masa de espectadores, todos con antifaz y disfraces de lujo y fantasía. En este escenario, bailaban y se cruzaban los destellos de las antorchas en las sombras y las luces de bengala rojas y azules deslumbran unos instan­tes para desaparecer; sobre el ruido de los cascos de los caballos en el empedrado y del mesurado paso de la multitud marchando, se elevaban las voces de los sacerdotes cantando el réquiem, mientras las bandas militares batían "tristes marchando, las trompas roncas, los tambores destemplados". Al llegar la procesión a la plaza principal, recitaron una oración funeral burlesca ante el difunto Pau Pi y apagaron las luces; al punto el demonio y sus diablos saltaron entre la multitud, arrebataron el cadáver y huyeron con él, perseguidos vivamente por todo el gentío chillando, gritando y aclamando. Naturalmente los diablos fueron alcan­zados y dispersados y el falso cadáver rescatado de sus garras, fue metido en una fosa preparada al efecto. Así vivió, murió y fue enterrado el Carnaval de 1877 en Lérida.

En Provenza se celebra una ceremonia de la misma clase el Miér­coles de Ceniza. Llevan una efigie llamada Caramantrán, burlescamente ataviada, en una carroza o porteada en unas andas y acompañada por el gentío con trajes grotescos, llevando calabazas llenas de vino que vacían con todas las señales, verdaderas o fingidas, de la borrachera. A la cabeza de la procesión van unos cuantos disfrazados de jueces y abogados y un alto y flacucho personaje caracterizado de Cuaresma; tras ellos sigue la gente joven montada en rocines miserables y ataviados de luto, pre­tendiendo llorar el sino reservado a Caramantrán. En la plaza principal hace alto la procesión, se constituye el tribunal y Caramantrán ocupa el banquillo de los acusados. Después de un proceso formal, es sentenciado a muerte entre las lamentaciones de la gente; el abogado que le defiende abraza a su cliente por última vez, los oficiales de la justicia cumplen su deber y sientan al reo de espaldas al muro y le empujan a la eternidad bajo un diluvio de piedras. El mar o un río recibe sus destrozados y mortales restos. Por casi todas las Ardenas era, y todavía es, costumbre el Miércoles de Ceniza prender fuego a una efigie que suponen repre­senta al Carnaval, mientras se recitan coplas apropiadas al acto alrededor de la figura en llamas.1 Con gran frecuencia, se intenta dar a la efigie el parecido de algún marido del pueblo al que tachan de ser el menos

1 Es costumbre mexicana quemar los "judas".

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fiel a su esposa. Como es de suponer, la distinción de ser elegido para el retrato bajo esta penosa circunstancia tiene una ligera tendencia a pro- ducir altercados domésticos, especialmente si queman el retrato frente la casa del corretón burlador a quien representa, mientras un coro atro- nador de maullidos, balidos, rugidos y otros melodiosos sones dan pú-blico testimonio de la opinión que de sus virtudes privadas abrigan sus amigos y convecinos. En algunos pueblos de las Ardenas, un joven de carne y hueso, vestido de heno y paja, hacía de Martes de Carnaval (Mardi Gras), como se llama con frecuencia en Francia a la personifi. cación del Carnaval, refiriéndose al último día del período que perso­nifica. Era llevado ante un tribunal de burlas y, condenado ya a muerte le situaban de espaldas al muro igual que a un soldado en una ejecución militar y le disparaban cartuchos de salva. En Vrigne-aux-Bois, uno de estos bufones inocentes, llamado Thierry, fue muerto accidentalmente por un taco que quedó en una escopeta del pelotón de ejecución. Cuando el pobre Martes de Carnaval cayó bajo la descarga, los aplausos fueron muy fuertes y prolongados porque lo había hecho con toda naturalidad; pero viendo que no trataba de levantarse, corrieron a él y encontraron un cadáver. Desde entonces no ha habido más de esas ejecuciones de farsa en las Ardenas.

En Normandía, al atardecer del Miércoles de Ceniza se tenía la costumbre de celebrar lo que llamaban el entierro del Martes de Carna­val. Una escuálida efigie escasamente vestida de harapos, con un som­brero viejo, abollado y encasquetado sobre la sucia cara y su grande y redonda barriga rellena de paja, representaba al viejo calavera desacre­ditado, que después de una larga carrera de disipación estaba próximo a pagar todos sus pecados. Alzado sobre los hombros de un robusto com­pañero que simulaba tambalearse bajo el peso, paseaban por las calles a esta personificación popular del Carnaval, y siendo la última vez, de un modo muy poco triunfal. Precedida de un tamborilero y acompa­ñada de un populacho insultante, entre ellos todos los golfos, chusma y canalla de la ciudad reunidos en gran número, la figura era llevada a la vacilante llama de las antorchas y al discordante ruido de badilas y tena­zas, pucheros y sartenes, trompas de cuerno y cacerolas, mezclado con gritos, mugidos y silbidos. De vez en cuando, la procesión hacía un alto y algún campeón de la moralidad acusaba al derrotado y viejo pecador de todos los excesos que habían cometido y por los que se le iba a que­mar vivo. El culpable no encontraba nada que decir en su propia de­fensa y era arrojado sobre un montón de paja al que prendían fuego con una de las antorchas y ardía levantando grandes llamas, con delicia de la chiquillería, que hacía cabriolas a su alrededor y recitaba a voz en cuello algunas coplas populares que versaban sobre la muerte del Carna­val. Algunas veces tiraban a la efigie por una cuesta abajo antes de que­marla. En Saint-Lô, la andrajosa figura del, Martes de Carnaval iba seguida por una viuda, mozallón hastial vestido de mujer con un velo de luto, lamentándose apesadumbrada con gritos estentóreos. Después de

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pasearla por las calles sobre sus parihuelas y acompañada por un grupo de máscaras, tiraban la figura al río Vire. La escena final la ha descrito Mme. Octavio Feuillet tal como ella la vio en su niñez hace setenta años '"Mis padres invitaron a los amigos para ver desde lo alto de la to- rre de Jeanne Couillard la procesión funeral. Allí sólo se podía tomar

limonada a causa del ayuno y al llegar la noche vimos un espectáculo del que siempre conservaré un vivo recuerdo. A nuestros pies corría el río Vire bajo el viejo puente de piedra. En mitad del puente yacía la figura del Martes de Carnaval sobre unas andas de hojarasca, rodeada

de centenares de enmascarados que bailaban, cantaban y agitaban an­torchas. Algunos de ellos, con sus abigarradas vestimentas, corrían por el pretil como demonios. Los demás, cansados de la jarana, estaban dormitando sentados en los pilares. De repente cesó el bailoteo y uno del grupo, cogiendo una antorcha, prendió fuego a la efigie y después la tiraron puente abajo al río, redoblando los gritos y el alboroto. El muñeco de paja empapado de resina iba flotando llevado por la corriente del Vire, iluminando con sus llamas funerarias los bosques de las orillas y los muros del viejo castillo en que durmieron Luis XI y Francisco I. Cuando el último resplandor del llameante fantasmón se desvaneció como una estrella errante al final del valle, también se retiraron gentes y máscaras y nosotros salimos con nuestros huéspedes de la torre amu­rallada."

En las vecindades de Tubinga, el Martes de Carnaval visten con unos calzones viejos a un muñeco de paja llamado el Oso de Carnaval y le sujetan una morcilla fresca o dos vejigas de sangre en el cuello; después de una ceremonia en que se le condena, le decapitan, le tienden en un féretro y el Miércoles de Ceniza lo entierran en el cementerio. A esto llaman el "Entierro del Carnaval". En algunos pueblos sajones de Transilvania, ahorcan al Carnaval. Así, en Braller, el Miércoles de Ce­niza o el Martes de Carnaval, llevan un muñeco de paja envuelto en una sábana en una narria arrastrada por dos caballos alazanes y otros dos blancos. A su lado hay una rueda de carro que va dando vueltas. Dos jó­venes caracterizados de viejos siguen a la narria lamentándose. El resto de los mozos del pueblo, montados a caballo y adornados con guirnal­das, acompañan la procesión, que va encabezada por dos muchachas co­ronadas con ramitas de abeto y transportadas en una carreta o trineo. Celebran un juicio ante un tribunal, bajo un árbol, en el que unos mozos caracterizados de soldados pronuncian la sentencia de muerte. Los vie­jos intentan rescatar al bausán para huir con él, pero no lo consiguen; es capturado por las dos muchachas y entregado al verdugo, que le cuelga de un árbol. En vano los dos viejos intentan gatear al árbol y descol­garle; siempre se caen y al fin, desesperados, se tiran al suelo y lloran y gimen por el ahorcado. Un oficial les dedica un discurso en el que declara que el Carnaval fue condenado a muerte porque les había hecho mucho mal, obligándoles a desgastar los zapatos y dejándoles además can­sados y soñolientos. En el entierro del Carnaval, en Lechrain cuatro

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hombres transportan en unas angarillas o un féretro a un hombre ves- tido de mujer con ropas negras; le van llorando otros hombres igual- mente vestidos de mujeres enlutadas. Al llegar al estercolero del pueblo le arrojan de las angarillas, le mojan con agua y le entierran en el estiér- col, cubriéndole con paja. Los estonios, en el anochecer del Martes de Carnaval, hacen una figura de paja llamada metsik o "espíritu del bos que"; un año visten al bausán con una chaqueta de hombre y sombrero y al siguiente año con una capota mujeril y enaguas; llevan esta figura en lo alto de una pértiga por los alrededores del pueblo entre grandes gritos de alegría y por fin le atan a la parte más alta de la copa de un árbol del bosque. Creen que esta ceremonia es una protección contra toda clase de desgracias.

En ocasiones, en estas ceremonias del Carnaval o de Cuaresma, efec­túan la resurrección de la persona que hace de muerto. Así, en algunas partes de Suabia, en el Martes de Carnaval, el Doctor Barba de Hierro trata de sangrar a un enfermo que después cae como muerto al suelo; pero el doctor le devuelve a la vida al fin echándole su aliento por un tubo.
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