Sir james george frazer la rama dorada



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1 Las larvas del insecto witchetty viven entre las raíces de las acacias y son el alimento principal del topo marsupial de Australia.

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Haroekoe y Noessa Laut, cuando un pescador va a colocar un aparejo de pesca en el mar, echa una mirada a su alrededor buscando un árbol cuyos frutos estén muy picoteados por los pájaros y, en viéndolo, corta una rama fuerte y la convierte en la estaca principal para fijar su aparejo; él cree que del mismo modo que el árbol atraía muchas aves a su fruta, así también la rama cortada de ese árbol atraerá mucho pescado a su trampa.

Las tribus occidentales de la Nueva Guinea Británica emplean la siguiente hechicería para ayudar al cazador a arponear vacas marinas o tortugas: colocan en el agujero del mango del arpón donde encaja éste un escarabajo pequeño de los que se encuentran en los cocoteros. Igual que el insecto se pega a la piel del hombre, se supone que se afianzará el arpón en la vaca marina o en la tortuga. Cuando un cazador cambod-giano comprueba que sus redes no han cogido nada, se desnuda, se aleja un poco y errabundeando se deja caer en la red como si no la hubiera visto; dejándose capturar en ella, se pone a gritar: "¡Ay! ¿Qué es esto? Temo estar cogido". Después es seguro que algo caerá en la red. Una pantomima de la misma especie ha sido representada y se recuerda entre los montañeses de Escocia. El Reverendo James MacDonald, ahora pas­tor protestante de Reay de Caithness, nos cuenta que en su juventud, cuando iba a pescar con sus compañeros al lago Aliñe y los peces tarda­ban mucho en picar, acostumbraban fingir la pesca, como sí fuera un pez, de uno de sus compañeros, al que arrojaban previamente al agua. Después comenzaban a picar las truchas o los silloch,1 según que la barca estuviera en aguas dulces o saladas. Antes de ir a tender trampas para cazar martas, un indio carrier duerme a solas doce noches seguidas ante una hoguera, con el cuello oprimido por una varita. Esto causará, natu­ralmente, que la estaca de su trampa caiga también sobre el cuello de la marta.



Entre los galelareses que viven en un distrito norteño de la gran isla de Halmahera, al oeste de Nueva Guinea, existe la práctica de poner en la boca la bala con que se cargará después el fusil. Hacer esto es prácticamente comerse la caza que será blanco de la bala, y además así no será posible errar el blanco. Mientras un malayo espera el resultado de haber cebado la trampa para cocodrilos, tiene la preven­ción, al comer su "curry", de empezar tragándose tres puñados seguidos del arroz, porque esto ayuda al cebo a escurrirse por la garganta del cocodrilo con más facilidad. También tiene buen cuidado de no sacar ningún hueso de su "curry", pues, como él dice, está claro que enton­ces la estaca aguzada en que tiene espetado el cebo podría salirse de modo semejante y el cocodrilo se marcharía con el cebo. Por esto, en tales circunstancias el cazador prudente, antes de comenzar su comida, procura que alguna otra persona saque los huesos de su "curry" para

1 Silloch, especie de bacalao de dorso negruzco.

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evitar que llegue el momento de tener que escoger entre tragarse los huesos o que el cocodrilo se escape.

Esta última regla es un ejemplo de las cosas que el cazador debe evitar para no estropear su buena suerte, fundándose en que "lo seme­jante produce lo semejante", pues se ha observado que el sistema de magia simpatética no se compone solamente de preceptos positivos; comprende también un gran número de preceptos negativos o prohibi­ciones. Dice no solamente lo que hay que hacer, sino lo que no se debe hacer. Los preceptos positivos son los encantamientos; los preceptos negativos son los tabús. En realidad, la doctrina completa del tabú o, por lo menos, una gran parte de ella, parece ser solamente una aplica­ción especial de la magia simpatética y sus dos grandes leyes de la seme­janza y del contacto. Aunque estas leyes ciertamente no sean formula­das en tales palabras ni aun siquiera concebidas en abstracto por el salvaje, no obstante, son implícitamente creídas por él como reguladoras del curso de la naturaleza e independientes de la voluntad humana. Piensa que si él obra en cierto sentido, se seguirán ciertas consecuencias inevitables en virtud de una ü otra de esas leyes, y si le parece que estas consecuencias pudieran ser desagradables o peligrosas, naturalmente que tendrá el cuidado de evitarlas, dejando de actuar en ese sentido. En otras palabras, se abstendrá de hacer lo que, de acuerdo con sus nociones equivocadas de causa y efecto, él cree falsamente que podría dañarle. En una palabra, se sujeta a un tabú. Así, el tabú es hasta aquí una aplicación negativa de magia práctica. La magia positiva o hechi­cería dice: "Haz esto para que acontezca esto otro". La magia negativa o tabú dice: "No hagas esto para que no suceda esto otro". El propó­sito de la magia positiva o hechicería es el de producir un acontecimiento que se desea; el propósito de la magia negativa o tabú es el de evitar el suceso que se teme. Mas ambas consecuencias, la deseable y la indesea­ble, se suponen producidas de acuerdo con las leyes de semejanza y de contacto. Y así como la consecuencia deseada no es en realidad pro­ducida por la observancia de una ceremonia mágica, tampoco lo es la temida por la violación de un tabú. Si el supuesto daño se realizara siempre siguiendo a la violación del tabú, éste no sería sino un precepto de moral o de sentido común. No es tabú decir: "No pongas la mano en el fuego"; es un dictado del sentido común, pues el acto prohi­bido entraña un daño real, no imaginario. Resumiremos que los pre­ceptos negativos que llamamos tabús son exactamente tan vanos y fútiles como los preceptos positivos que denominamos hechicería. Las dos cosas son tan sólo los lados o polos opuestos de un grande y calamitoso error, una concepción equivocada de la asociación de ideas. En esta gran falacia, el polo positivo es la hechicería y el negativo el tabú. Dando el nombre general de magia teórica y práctica a la totalidad del sistema erróneo, podemos definir el tabú como el aspecto negativo de la magia práctica. Pongámoslo gráficamente en el siguiente cuadro:

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MAGIA

TEÓRICA PRACTICA

(La magia como pseudo ciencia) (La magia como pseudo arte)

! i


MAGIA POSITIVA MAGIA NEGATIVA

O O


HECHICERÍA TABÚ

Hemos hecho estas observaciones sobre el tabú y sus relaciones con la magia porque vamos a dar algunos ejemplos de tabús observados por pescadores, cazadores, etc., y deseamos demostrar que tales ejemplos caen bajo el dictado de la magia simpatética, siendo solamente casos par­ticulares de esta teoría general. Tenemos, por ejemplo, que entre los muchachos esquimales está prohibido jugar a las "cunitas de gato", pues si lo hicieran podría suceder que, siendo ya adultos, se enredasen en la cuerda del arpón. En este ejemplo el tabú es claramente una apli­cación de la ley de semejanza, base de la magia homeopática; como los dedos de la criatura se enredan en la cuerda al jugar a las "cunitas", así se enredarían en la cuerda del arpón cuando, ya hombre, cazase ballenas. También entre los huzuls, de las montañas de los Cárpatos, la mujer de un cazador no hilará mientras su marido come, de lo contrario, la caza dará muchas vueltas, como el huso, y el cazador no dará en el blanco. También aquí se muestra claramente el tabú derivado de la ley de semejanza.



Así también, en la mayoría de los lugares de la Italia antigua estaba prohibido por la ley que las mujeres fueran hilando según cami­naban por las carreteras e inclusive que llevaran visibles los husos, pues tales actos se creían perjudiciales para las mieses. Probablemente la idea era que las rotaciones del huso harían retorcer las cañas del grano, que no crecerían erguidas. Del mismo modo, entre los ainos de la isla Sajalín, una mujer embarazada no debe hilar ni retorcer cuerdas desde dos me­ses antes del parto, pues si lo hiciera, las entrañas de la criatura se enredarían de modo semejante a las cuerdas. Razón parecida hace que en Bilaspore, distrito de Indostán, cuando los hombres principales de una aldea se reúnen en consejo, nadie dará vueltas al huso,1 pues se supone que si tal cosa aconteciera, la discusión, a semejanza del huso, derivaría en un círculo vicioso que nunca podría desenredarse. En al­gunas de las islas de las Indias Orientales, nadie que llegue a la casa de un cazador quedará indeciso en la puerta al entrar; si lo hace, de igual

1 El Ghandi acostumbraba, para dar ejemplo a sus compatriotas, hilar cierta cantidad diaria.

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modo lo hará la caza, parándose frente a la trampa y volviéndose en lugar de quedar atrapada en ella. Por una razón parecida, entre los toradias de la pared central de Célebes es regla que nadie se sitúe o se pare en la escala de una casa donde hay una mujer embarazada; ello retardaría el nacimiento de la criatura. En varias partes de Sumatra a la mujer que se encuentra en tal estado se le prohibe detenerse en la puerta o en el peldaño de la escala, so pena de sufrir un parto duro por haber descuidado imprudentemente tan elemental precaución. Los ma­layos ocupados en la busca del alcanfor comen sus alimentos secos y tienen cuidado de no pulverizar la sal gorda. La razón es que el alcan­for se encuentra en forma de pequeños granos depositados en las grietas de los troncos de los alcanfores. De consiguiente, el malayo encuentra evidente que si, mientras buscan el alcanfor, comieran sus alimentos con sal fina, encontrarían el alcanfor pulverizado; en cambio, si los sazonan con sal gorda, los granos de alcanfor también serán gruesos. Los bus­cadores de alcanfor de Borneo emplean como plato para la comida la vaina coriácea de la base de la hoja de la palma de Penang y durante todo el tiempo que dura la expedición dejan este plato sin lavar, temien­do que si lo hicieran, el alcanfor podría disolverse y desaparecer de las grietas de los árboles. Sin duda alguna piensan que al lavar sus platos se lavarían los cristales de alcanfor, y se marcharían de los árboles donde están incrustados. El producto más importante de algunas partes de Laos, provincia de Siam, es la laca, goma resinada exudada por un insecto rojo colocado a mano sobre las ramas tiernas de los árboles. Todos los que se ocupan en la tarea de recolectar dicha goma se abstienen de lavarse, especialmente la cabeza, por miedo de que, al quitar los pará­sitos de sus cabellos, se desprendan los otros insectos de las ramas. Un indio "pies negros" que ha puesto una trampa para águilas y está al acecho, no come en absoluto bayas de escaramujo, pues arguye que si lo hiciera y un águila se posase cerca de la trampa, las bayas en su estómago producirían picores al águila, con lo que resultaría que, en lugar de tragarse el cebo, se dedicaría a rascarse. Siguiendo esta línea de pensamiento, el cazador de águilas se abstiene de usar leznas si tiene que reparar sus aparejos de caza, pues es seguro que si se pincha con el punzón, las águilas le clavarán sus garras. La misma consecuencia desas­trosa se produciría si las mujeres y los niños de su casa usaran las leznas, mientras él sale tras las águilas, y por ello está prohibido manejar esas herramientas en su ausencia, temiendo que puedan originarle un peligro mortal.

Entre los tabús guardados por los salvajes, ningunos son más nume­rosos o importantes que las prohibiciones de comer ciertos alimentos, y se puede demostrar que muchas de estas prohibiciones derivan de la ley de semejanza y son, por consiguiente, ejemplos de magia negativa. Lo mismo que el salvaje come muchos animales o plantas para adquirir ciertas cualidades deseables de las que supone están dotados, evita comer

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otros por miedo de adquirir ciertas otras cualidades indeseables de las que cree que se hallan infectados. Comiendo los primeros, practica magia positiva; absteniéndose de los últimos, practica magia negativa. Encontraremos después abundantes ejemplos de la magia positiva y aquí daremos algunos de la magia negativa o tabús. Así, en Madagascar se prohibe a los soldados comer ciertos alimentos por el temor, fundado en el principio de la magia homeopática, de inficionarse de algunas pe­ligrosas o indeseables propiedades que se atribuyen a esos manjares; por ello no pueden comer erizo, "pues se teme de este animal su pro­pensión a enrollarse como una pelota cuando está alarmado, condición de tímido encogimiento que adquirirá el que participe de él". Tampoco ningún soldado comerá rodilla de buey, para no debilitarse de las rodillas como el buey e inhabilitarse para las marchas. Además, el guerrero evi­tará comer gallo que haya muerto en pelea ni cosa alguna que haya sido alanceada; ni en su casa se matará ningún animal macho mientras él esté guerreando. Pues les parece evidente que si comiera gallo muer­to en pelea, él moriría en el campo de batalla; que si participase de un animal alanceado, también él sería alanceado, y que si en su casa mata­sen animal macho durante su ausencia, también él sería muerto de modo semejante y hasta quizás en el mismo momento. Por último, el solda­do malgache evitará comer riñones, pues en el lenguaje malgache la pa­labra riñón es la misma que "disparo" y seguramente recibirá un dis­paro si come riñones.

El lector habrá observado que en algunos de los antedichos ejem­plos de tabús se da por supuesto que la influencia mágica opera a dis­tancias considerables; así, entre los indios "pies negros" tienen prohibido usar leznas o punzones las mujeres y niños de la familia del cazador de águilas durante sus partidas de caza, so pena de que sea atarazado por las águilas el padre o el marido ausentes. Tampoco se sacrificará ningún animal macho en la casa de un soldado malgache mientras esté en la guerra, ante el temor de que la matanza del animal implique la del hombre. Esta creencia en la influencia simpatética recíproca entre per­sonas y cosas a distancia es esencialmente mágica. Sean cuales fueren las dudas que pueda tener la ciencia sobre las posibilidades de actuación a distancia, la magia no las tiene: la fe en la telepatía es uno de sus pri­meros principios. Un moderno creyente en la influencia a distancia de una mente sobre otra no encontraría dificultad en convencer a un sal­vaje; el salvaje lo cree de antiguo y, lo que es más, actúa en esa creencia con una lógica perseverante que no tiene aún su civilizado hermano en la misma fe ni la muestra en la conducta, al menos que nosotros sepa­mos. El salvaje está convencido, no sólo de que las ceremonias mágicas afectan a personas y cosas lejanas, sino de que los actos más sencillos de la vida diaria pueden también hacerlo del mismo modo. Por esto, en las ocasiones importantes, la conducta de los amigos y parientes dis­tantes suele regularse por un código de reglas más o menos complicado y

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cuya inobservancia por las personas a quienes obliga se cree que puede entrañar la desgracia y hasta la muerte de los ausentes. En particular, cuando una partida de hombres ha salido a cazar o pelear, es frecuente que sus allegados hagan en casa ciertas cosas y se abstengan de hacer otras con el fin de garantizar el éxito y la seguridad personal de los caza­dores o guerreros ausentes. Daremos ahora aquí unos cuantos ejemplos de ambos aspectos, positivo y negativo, de la telepatía mágica.

Cuando un cazador de elefantes de Laos va a salir de caza, pre­viene a su mujer para que no se corte el pelo ni se unja el cuerpo durante su ausencia, pues si se corta el pelo, el elefante romperá los lazos y si ella se engrasa el cuerpo, el elefante se escurrirá de ellos. Cuando en una aldea dayaka los habitantes salen a la selva a cazar jabalíes la gente que se queda en el poblado no tocará agua ni grasa con las manos du­rante la ausencia de sus amigos; si lo hicieran, los cazadores tendrían los "dedos pringosos" y en esas condiciones la presa se les escurriría de entre las manos.

Los cazadores de elefantes del África Oriental creen que si sus mujeres les son infieles durante su ausencia, esto dará poder a los ele­fantes sobre sus perseguidores, que serán muertos o heridos por esta causa y, por ello mismo, si un cazador se entera de la mala conducta de su mujer, abandona la caza y regresa a su hogar. Si una cazador wagogo tiene mala suerte o es atacado por un león, lo atribuirá a la mala con­ducta de su mujer y retornará a casa muy encolerizado. Cuando él está cazando, ella no permite que nadie cruce por su espalda ni permanezca de pie ante ella mientras está sentada, y tiene que dormir boca abajo. Los indios moxos de Bolivia creían que si la mujer de un cazador come­tía infidelidad en su ausencia, aquél sería mordido por una serpiente o un jaguar. Según esto, si tal accidente aconteciese, era seguro que im­plicaba el castigo y con frecuencia la muerte de la mujer, fuese ino­cente o culpable. Un pescador aleutiano de nutrias marinas piensa que no podrá matar un solo animal si durante su ausencia es infiel su mujer o impúdica su hermana.

Los indios huicholes de México trataban como semidiós a una va­riedad de cactos que produce al que la come una especie de éxtasis. Esta planta no se criaba en su país y los hombres tenían que ir a bus­carla todos los años, haciendo un viaje de cuarenta y tres días. Mien­tras los hombres estaban de viaje, las mujeres contribuían a la seguridad de los maridos ausentes no andando nunca de prisa y mucho menos corriendo. También procuraban asegurar con su conducta los beneficios que trajo la forma de lluvias, buenas cosechas, etc., se confiaba obtener de la misión sagrada. Con esta intención se sujetaban a las restricciones más severas, parecidas a las impuestas sobre sus maridos. Durante el tiempo que transcurría hasta que se celebraba el festival del cacto, no se lavaban ellas ni ellos, salvo en ciertas ocasiones, y solamente con el agua fría del país distante donde crecía la planta sagrada. También ayu-

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naban mucho, comían sin sal y estaban obligados a la más estricta con­tinencia. Quien desobedeciese estas leyes era castigado con enfermeda­des y, lo que es peor, comprometía el resultado que todos se esforzaban en conseguir. Salud, suerte y vida se lograban recogiendo el cacto, la calabaza del dios del fuego: considerando que el fuego puro no pedía beneficiar al que era impuro, hombres y mujeres, no sólo permanecían castos todo ese tiempo, sino que también se debían purgar de las man­chas de sus pecados anteriores. Por esto, cuatro días después de partir los hombres, se reunían las mujeres para confesar al abuelo fuego con qué hombres habían tenido amores desde su niñez hasta entonces. No podían omitir ni uno solo porque entonces los ausentes recolectores no podrían conseguir ni un solo cacto. Así, para refrescar sus recuerdos, preparaba cada cual una cuerda con tantos nudos como amantes tuvo e iba con ella al templo, donde situándose frente al fuego, iba mencio­nando en voz alta y nombre tras nombre los de los hombres que indi­caba su cuerda. Una vez concluida su confesión, arrojaba la cuerda al fuego y cuando el dios la había consumido en sus llamas puras, sus pecados quedaban olvidados y ella se marchaba en paz. Desde ese mo­mento, las mujeres tenían aversión a los hombres y ni aun se permitían pasar cerca de ellos. Los propios buscadores de cactos hacían en forma análoga una limpieza a fondo de todas sus fragilidades. Por cada peca-dillo hacían un nudo en su respectiva cuerda y después de "declararlos a los cinco vientos" entregaban el rosario de sus pecados al jefe, el cual lo quemaba en el fuego.

Muchas de las tribus indígenas de Sarawak tienen la firme convic­ción de que si las mujeres cometiesen adulterio mientras sus maridos buscaban alcanfor en la selva, se evaporaría el que recogieran. Hay ma­ridos que pueden saber si sus mujeres les son infieles por ciertos nudos de los árboles; se cuenta que en tiempos pasados, muchas mujeres fueron muertas por su marido celoso sin más evidencia que la de estos nudos. Además, las mujeres no se atreverán a usar un peine mientras los ma­ridos estén colectando alcanfor; si lo hicieran, los intersticios de las rugosidades de los árboles, en lugar de estar llenos de los preciosos cris­tales, estarían vacíos como los espacios que hay entre las púas del peine. En las islas Kei, al suroeste de Nueva Guinea, en cuanto botan un barco que está próximo a salir para un puerto distante, la parte de la playa en que estuvo varado se cubre con toda la rapidez posible de ramas de palmera y el sitio es sagrado. Nadie puede, por consiguiente, cruzar sobre él hasta que el barco regrese al puerto de salida. Pasar antes por encima ocasionaría la pérdida del barco. Además, eligen tres o cuatro muchachas para que mientras dure la travesía del barco estén en conexión simpatética con los marineros, contribuyendo las jóvenes con su con­ducta a la seguridad y éxito del viaje. Con este propósito, excepto para las más imperiosas necesidades, no deben abandonar la habitación que se les señala. Más aún: durante todo el tiempo en que se cree que el
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