Sir james george frazer la rama dorada



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Teniendo en cuenta el conjunto de la anterior demostración, pode­mos suponer con razón que cuando se mata al rey divino o sacerdote, se cree que su espíritu se introduce en su sucesor. En realidad, entre los shilluks del Nilo Blanco, que metódicamente matan a sus reyes divinos, cada rey, a su ascenso al trono, tiene que realizar una ceremonia cuya finalidad parece ser la de transferirle el mismo espíritu sagrado y adora­ble que animó a todos sus antecesores en el trono, uno tras otro.

CAPÍTULO XXVIII

LA OCCISIÓN DEL ESPÍRITU DEL ÁRBOL

1. mascaradas de la pascua de pentecostés

Queda por preguntar qué luz arroja la costumbre de matar al rey divino o sacerdote sobre el asunto especial de nuestra investigación. Al prin­cipio de esta obra hemos visto cómo el rey del bosque de Nemi se con­sideraba encarnación de un espíritu arbóreo o de la vegetación y que como tal, según la creencia de sus adoradores, estaba dotado de una vir­tud mágica para hacer que los árboles dieran frutos, germinaran las semi­llas de los cereales y así por el estilo muchas cosas más. Su vida, por esta razón, era muy preciosa para sus creyente: y probablemente estaba circundada por un elaborado sistema de precauciones o tabús semejante a los que en muchas partes han resguardado la vida del hombre-dios contra la influencia malévola de demonios y hechiceros. Pero también hemos visto que el verdadero valor que se atribuye a la vida del hombre-

346 OCCISIÓN DEL ESPÍRITU DEL ÁRBOL

dios exige su muerte violenta como único medio de prevenirle contra la inevitable decadencia de la edad. El mismo razonamiento debería aplicarse al rey del bosque; también debe morir violentamente con el objeto de que el divino espíritu encarnado en él pueda transferirse toda su integridad al sucesor. La regla de guardar el puesto hasta que uno más fuerte le matara puede suponerse destinada a asegurar la conser­vación de su vida divina en pleno vigor y su transferencia a un sucesor adecuado tan pronto como su vigor empezaba a declinar, puesto que en tanto que él pudiera mantener su posición con mano fuerte podía dedu­cirse que no estaban abatidas sus fuerzas, mientras que su derrota y muerte a manos de otro probaba que sus energías empezaban a decaer y que era el momento en que su vida divina debía alojarse en un taber­náculo menos deslucido. Esta explicación de la regla por la que el rey del bosque tenía que ser muerto por su sucesor la hace por lo menos inteligible y está vigorosamente apoyada por la teoría y la práctica de los shilluks, que disponen la muerte del rey divino a los primeros signos de salud decadente, ante el temor de que su decrepitud vincule la correspon­diente debilidad a la energía vital de los cereales, del ganado y de los hombres. Además, la explicación dada está apoyada por su analogía con la del Chitomé, de cuya vida depende toda la existencia del mundo, según suponen, y por esto es muerto por su sucesor tan pronto como muestra signos de flaqueza. También la estipulación por la que el rey de Calicut conservaba el puesto en época casi actual era idéntica a la atri­buida al reinado del rey del bosque, salvo que, mientras éste podía ser atacado en cualquier momento por un candidato, el rey de Calicut sólo podía serlo una vez cada doce años. Mas como la concesión que permitía al rey de Calicut reinar tanto tiempo como pudiera defenderse contra todos los aspirantes era la mitigación de la antigua regla que fija un .tér­mino a su vida, así nosotros podemos pensar que una concesión similar concedida al rey del bosque era la mitigación de la costumbre anterior de matarle al final de un período definido. En ambos casos la regla nueva da al hombre-dios una posibilidad de vivir que la regla antigua le negaba y el pueblo probablemente se avenía al cambio considerando que en tanto que el hombre-dios pudiera sostenerse por la espada contra los asaltantes no había razón para sospechar que hubiera llegado la fatal decadencia.

La conjetura de haber sido primero condenado a muerte el rey del bosque a la expiración de un tiempo marcado de antemano, sin permi­tirle una probabilidad de vida, será confirmada si puede aducirse prueba de alguna costumbre de matar periódicamente a sus contrafiguras, los representantes humanos del espíritu del árbol en la Europa septentrional. Ahora bien, en cuanto a los hechos, dicha costumbre ha dejado huellas inequívocas en las fiestas rurales de los campesinos. Veamos ejemplos.



En Niederporing, Baja Baviera, el representante de la Pascua de Pentecostés, el Pfingstl, que así le llaman, iba cubierto de pies a cabeza con hojas y flores; en la cabeza llevaba un capirote alto y puntiagudo que le llegaba hasta los hombros y con dos orificios para los ojos. El

MASCARADAS DE LA PASCUA DE PENTECOSTÉS 347

capirote estaba cubierto de flores de plantas acuáticas y rematado en lo alto por un ramillete de peonías. Las mangas de su chaqueta estaban hechas también de flores acuáticas y el resto de su persona envuelto en hojas de aliso y de avellano. A sus costados marchaban dos muchachos

sosteniendo los brazos del Pfingstl y llevaban espadas desenvainadas lo mismo que la mayoría de los que formaban su acompañamiento. Ante

la casa paraban en espera de que les dieran algunos obsequios y la senté oculta en el interior arrojaba agua al muchacho revestido de ho-jarasca. Todos se reían cuando quedaba bien empapado. Finalmente, vadeaba por medio del arroyo y entonces uno de los muchachos colocado en el puente simulaba cortarle la cabeza. En Wurmlingen, Suabia, una cuadrilla de chiquillos se viste el lunes de Pentecostés con blusas y calzo­nes blancos, fajas rojas en la cintura y espadas colgando de las fajas. Mon­tan a caballo y van al bosque, precedidos por dos muchachos tocando trompetas. Ya en el bosque, cortan follaje de roble, con el que en­vuelven de pies a cabeza al jinete que llegó el último; le envuelven también las piernas, mas por separado para que pueda abrirlas y montar a caballo otra vez. Entonces cortan un árbol mayo, generalmente un álamo temblón o un haya, de unos tres metros de alto, lo engalanan con pañuelos y cintas de colores y se lo entregan a un portador especial del mayo. La cabalgata retorna a la aldea entre música y cantos. Entre los disfrazados que figuran en la procesión hay un rey moro con corona en la cabeza y la cara tiznada, un Doctor Barba de Hierro, un militar con graduación de cabo y un verdugo. Hacen alto en la aldea engalanada y cada uno de los caracterizados pronuncia un discurso en verso. El ver­dugo anuncia que el hombre vestido de hojas ha sido condenado a muerte y le corta la falsa cabeza. Hacen una carrera de caballos al árbol mayo, que han plantado a alguna distancia de allí, y el primer jinete que consiga arrancarle del suelo cuando pasa al galope, queda dueño del árbol con todos sus atavíos y adornos. La ceremonia se verificaba cada dos o tres años.

En Sajonia y Turingia hay en la Pascua de Pentecostés una fiesta titulada "La Expulsión del Hombre Salvaje del Matorral" o "La Captura del Hombre Salvaje en el Bosque". Envuelven con hojas y musgos a un mozo al que denominan el Hombre Salvaje, el cual se oculta en el bos­que, y los otros mozos van a buscarle; cuando le encuentran, le conducen cautivo fuera del bosque y disparan sobre él con cartuchos sin bala. Él cae al suelo como muerto, pero otro compañero caracterizado de doctor simula sangrarle y le resucita. Todos se alegran y le ponen atado en lo alto de una carreta que conducen a la villa, donde cuentan cómo han capturado al Hombre Salvaje. En cada casa les dan un regalillo. En Erzgebirge se hacía anualmente en el Carnaval, hacia los comienzos del siglo xvii, la siguiente fiesta: Se caracterizaban dos de hombres sal­vajes, uno con matojos y musgos y el otro con paja; marchaban por las calles hasta la plaza del mercado, donde les daban caza corriendo arriba y abajo hasta que al fin les disparaban tiros y les daban de puñaladas.

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Antes de caer muertos se bamboleaban en posturas ridiculas y estrambó- ticas y, de unas vejigas que llevaban dispuestas al efecto, arrojaban chorros de sangre sobre la gente. Cuando al fin estaban muertos, los cazadores los colocaban sobre tablones y los llevaban a la cervecería, marchando los mineros a su lado y agitando al aire sus herramientas de minería como si hubieran cobrado unas magníficas piezas de caza. Otra costumbre de Carnaval muy parecida todavía se observa cerca de Schluckenau Bohemia. Cazan por las calles del pueblo a un muchacho vestido de Hombre Salvaje; después de correr por varias, llega a un callejón estrecho con una cuerda tendida que le cruza y donde el Hombre Salvaje tropieza y cae amontonándose los perseguidores sobre él y capturándole. El eje­cutor corre a él y le acuchilla con su espada una vejiga con sangre que el Hombre Salvaje lleva atada al cuerpo. El Hombre Salvaje ha muerto y un torrente de sangre enrojece el suelo. Al día siguiente colocan en unas parihuelas un muñeco de paja que semeja al Hombre Salvaje, y con gran acompañamiento lo llevan a una laguna y el verdugo lo tira al agua. Esta ceremonia se llama el "Entierro del Carnaval".1

En Semic, Bohemia, la costumbre de decapitar al rey se cumple el lunes de Pentecostés; se disfraza un grupo de jóvenes y se ponen unos cinturones de corteza de árbol; llevan espadas de madera y una trompeta de corteza de sauce. El rey viste un ropaje de corteza de árbol ador­nado de flores, sobre su cabeza una corona hecha con corteza decorada con flores y ramas, sus pies envueltos en helechos, la cara oculta por un antifaz y por cetro lleva en su mano una varita de acerolo. Un muchacho le pasea por todo el pueblo y le conduce atado por una cuerda al pie, mientras los restantes bailan a su alrededor, tocando trompas y silbando. En cada alquería cazan al rey corriéndole en un cuarto y uno de la cuadrilla, entre gritos y barullo, tira un golpe con su espada al ropaje real de cortezas haciéndolo resonar. Después piden un aguinaldo. La ceremonia de la decapitación, que aquí es un poco borrosa, se lleva a cabo con las mayores apariencias de realidad en otras partes de Bohemia. Así, en algunas pequeñas ciudades y villas del distrito de Königgrätz se reúnen las muchachas el lunes de Pentecostés bajo un tilo y los mozos en otro, vestida toda la juventud con sus mejores trajes y adornados con cintas. Los mozos tejen una guirnalda para la reina y las mozas otra para el rey. Cuando han elegido rey y reina van todos en procesión de dos en dos a la cervecería, desde cuyo balcón un pregonero proclama los nombres de los reyes, que son investidos con las insignias de su cargo y coronados de guirnaldas mientras tocan músicas. Después se ponen algu­nos de pie sobre un banco y acusan al rey de varios crímenes, como el de tratar mal al ganado. El rey apela a los testigos y se entabla un juicio, al final del cual el juez, que lleva una varita blanca como insignia de su cargo, pronuncia un veredicto de culpabilidad o inculpabilidad; en el

1 Parece de clara filiación con respecto a estas costumbres el ''entierro de la sar­dina", que se celebra en España. (Ver nota de la p. 354.)

MASCARADAS DE LA PASCUA DE PENTECOSTÉS 349

primer caso, el juez rompe su varita, el rey se arrodilla sobre una tela blanca, todos se descubren y un soldado le pone en la cabeza a su ma-jestad tres o cuatro sombreros, uno sobre otro. El juez pronuncia en-tonces la palabra "culpable" tres veces, y en voz muy alta ordena al pregonero que corte la cabeza del rey, y el pregonero obedece golpeando con su espada de madera en la pila de sombreros que derriba al suelo.

Quizá para nuestro propósito la más instructiva de estas ejecuciones de farsa sea la siguiente costumbre bohemia: en algunos lugares del dis­trito de Pilsen, el lunes de la Pascua de Resurrección visten al rey de cortezas de árbol y le adornan con flores y cintas; lleva el rey una corona de papel dorado y monta un caballo también adornado de flores. Acom­pañado de un juez, un verdugo y otros personajes y seguido de una escolta de soldados, todos montados a caballo, va a la plaza del pueblo, donde han construido una choza de ramas verdes bajo los "árboles mayos", que suelen ser abetos recién cortados y descortezados hasta la punta y revestidos de flores y cintas. Después que las señoras y señoritas del pueblo han sido criticadas y han descabezado una rana, la cabalgata va a un lugar determinado de antemano en una calle recta y ancha. Se colocan en dos filas y el rey sale huyendo; le clan una pequeña delantera y después galopan tras él persiguiéndole en tropel. Si no consiguen cogerle, queda de rey para otro año y sus compañeros pagarán su escote en la cervecería al anochecer. Pero si le adelantan y cogen, le varean con varas de avellano o le pegan con las espadas de madera obligándole a desmontar. Entonces el ejecutor pregunta: "¿Debe ser decapitado el rey?", y dan la respuesta: "¡Decapitadle" El ejecutor blande su hacha y a la voz de: "¡Uno! ¡dos! ¡tres! Dejo al rey sin cabeza", le quita de un golpe la corona. Entre grandes aclamaciones de los circunstantes el rey cae al suelo; después le tienden sobre unas andas y se lo llevan a la alquería más cercana.

En muchos de los personajes aniquilados así en farsa, es imposible no reconocer a los representantes del espíritu arbóreo o espíritu de la vegetación, tal como se supone que se manifiestan en primavera; las cortezas de árbol, hojas y flores con que se revisten los actores y la estación del año en que aparecen muestran pertenecer a la misma clase que el rey Hierba, rey de Mayo, Juanito en el Verde y otros represen­tantes del espíritu vernal de la vegetación que examinamos en una parte anterior de esta obra. Para alejar cualquier posible duda en esta cues­tión, encontramos que en dos casos estos hombres occisos tienen relación directa con árboles mayos, que son la representación impersonal, así como el rey Hierba, el rey Mayo y otros son los representantes personifi­cados del espíritu arbóreo. El remojón del Pfingstl al tirarle al agua y el vadear de éste por en medio del arroyo, son, por esto, indudables hechizos para la lluvia, como los que ya se han descrito.

Pero si estos personajes representan, como así es sin duda, al espíritu primaveral de la vegetación, surge la pregunta: "¿Por qué les matan? ¿Cuál es el objeto de matar al espíritu de la vegetación en cualquier

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tiempo y sobre todo en primavera, cuando sus servicios son más desea- bles?" La única respuesta probable a estas cuestiones creemos haberla dado en la explicación, propuesta hace poco, de la costumbre de matar a1 rey divino o sacerdote. La vida divina, encarnada en un cuerpo material y mortal, está sujeta a mancillarse y corromperse por la debilidad del frágil instrumento en el que está temporalmente enclaustrada; y si ha de salvarse del creciente debilitamiento del que debe participar en su encarnación humana según avanza en años, deberá ser separada antes de que la persona muestre signos de decadencia, o al menos tan pronto como así ocurra, para transferirla a un sucesor vigoroso. Esto se hace matando al representante viejo del dios y traspasando el espíritu divino suyo a una nueva encarnación. La muerte del dios, esto es, de su encar­nación humana, es, por esto, un paso necesario para su revivificación o resurrección en una forma mejor. Lejos de ser una extinción del espíritu divino, sólo es el comienzo de una manifestación más pura y vigorosa de él. Si esta explicación vale para la costumbre de matar a los reyes divinos y sacerdotes en general, es todavía más evidente su aplicación a la costumbre de matar anualmente al representante del espíritu del árbol o espíritu de la vegetación en primavera, pues la decadencia de la vida vegetal en invierno la interpreta pronto el hombre primitivo como un desfallecimiento del espíritu de la vegetación; el espíritu, piensa el salvaje, está haciéndose viejo y débil, y por ello debe ser renovado matándolo y trayéndole a la vida otra vez en forma más joven y flamante. Así, la muerte del representante del espíritu arbóreo en primavera se considera como un medio para promover y excitar el crecimiento, la vegetación, pues esta muerte del espíritu del árbol está asociada siempre (nosotros debemos suponerlo) implícitamente, y también muchas veces explícita­mente, con su reviviscencia o resurrección en una forma más juvenil y vigorosa. Así, en las costumbres sajona y turingia, después que el Hom­bre Salvaje ha sido fusilado, le vuelve a la vida un doctor y en la cere­monia de Wurmlingen figura un Dr. Barba de Hierro que probablemente desempeñaba un papel parecido; en verdad en otra ceremonia primaveral, que describiremos más adelante, el Dr. Barba de Hierro simula devolver la vida a un muerto. Pero de esta revivificación o resurrección del dios hablaremos más adelante.

Los puntos de semejanza entre estos personajes de la Europa septen­trional y el objeto de nuestro estudio, el rey del bosque o sacerdote de Nemi, son bastantes extraordinarios. En estas mascaradas nórdicas vemos reyes cuyos vestidos de corteza de árbol y hojas, junto con la choza de enramada verde y abetos bajo los cuales tienen su corte, los proclaman inequívocamente reyes del bosque, lo mismo que a su contrafigura italia­na; igual que ésta, ellos sufren la muerte violenta, pero también, como ella, pueden eludirla por algún tiempo merced a su fuerza y agilidad, pues en varias de aquellas costumbres nórdicas la huida del rey y su persecución son parte prominente de la ceremonia y, en un caso al menos, el rey puede ganar a sus perseguidores y conservar la vida y el

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puesto real por otro año más. En este último caso retiene su puesto a condición de correr por su vida una vez al año, igual que el rey de Ca-licut en tiempos posteriores, conservaba su realeza a condición de defender su vida contra todos los aspirantes una vez cada doce años, y también como el sacerdote de Nemi, que retenía su puesto a condición de defender su vida contra cualquier ataque en cualquier momento. En cada uno de estos casos la vida del hombre-dios se prolonga con tal de demostrar en una contienda física inexorable, de combate o de huida, que su energía corporal no estaba en decadencia y que por esto la muer­te violenta, que más pronto o más tarde era inevitable, puede pospo­nerse de momento. Respecto a la huida, ésta figuró notablemente lo mismo en la leyenda que en la práctica del rey del bosque; él tenía que ser un esclavo huido en conmemoración de la huida de Orestes, fundador tradicional del culto. Por esto, un antiguo escritor describe a los reyes del bosque diciendo que son "fuertes de mano y ligeros de pies". Es posible que si conociéramos completamente el ritual del bosque ariciano, encontraríamos que se le permitía al rey el albur de un carrera para con­servar su vida a semejanza de su "hermano" de Bohemia. Hace poco conjeturamos que la huida anual del rey sacerdotal de Roma (regifugium) fue primero una carrera de esta clase; en otras palabras, que él fue ori­ginariamente uno de estos reyes divinos a los que se les condena a muerte después de un determinado plazo o se les consiente que prueben por su fuerte brazo o pies ligeros que su divinidad es vigorosa y está incólume. Puede anotarse un dato más de semejanza entre el rey del bosque italiano y sus contrafiguras nórdicas; en Sajonia y en Turingia el representante del espíritu arbóreo, después de muerto, es resucitado por un doctor. Esto es exactamente lo que la leyenda afirma que aconteció al primer rey del bosque en Nemi, Hipólito o Virbius, que después de haber sido muerto por sus caballos fue devuelto a la vida por Esculapio. La leyenda concuerda muy bien con la teoría de que la muerte violenta del rey del bosque sólo es un paso para su revivificación o resurrección en su sucesor.1

1 El nombre y el hombre son la misma cosa para el salvaje; interesa por ello conocer el significado etimológico de Virbio, el cual debe reforzar la teoría del autor. —Hay una etimología, la más universal, probable e importante, que deriva del indo­europeo vinos, hombre (wiros, según Webster). De esta raíz vi-r salen las pala­bras vi-r-a, el héroe; vi-r-ya, la fuerza, el vigor en sánscrito, vyras en lituano, vair en godo, veiro en úmbrico, vir en latín ("Vir bonus, dicendí...", Catón), triun-viro, virtud, virilia, viril, etc. En este sentido, podemos decir que virbius es el ele­mento varonil, viril o masculino de la pareja de Diana-Virbio. vir o bir, en vasco (Ceiador). —Otra etimología de la raíz vi tiene un significado confluente y coad­yuvante a nuestra peculiar explicación. vi-mi y vi-ye significan andar en torno, dar vueltas, en sánscrito; vi-ere, trenzar, vuelta, en latín; vi-tch, torcer, trenzar, dar vuel­tas, en ruso; vi-yan y viti, circunvolver, en eslavo; vi-yan, trenzar, en lituano; vi-r-e, volver, en inglés (wire, alambre), etc. Esta segunda acepción sugiere la idea de "volver" dando la vuelta, como cuando se vuelve y revuelve al trenzar. .—De la misma raíz vi-r, verde; víreo, ser verde, verdeante, fresco, vigoroso, floreciente, en latín; vir-ga, ramita verde, en latín e inglés; vir-ga, brote, verga; vir-gal, hecho de
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