Sir james george frazer la rama dorada



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En los casos precedentes el rey temporero es entronizado todos los años de acuerdo con una costumbre regular, pero en otros casos el nom­bramiento se hace al aparecer una emergencia especial, tal como librar al verdadero rey de algún mal presente o venidero derivándolo hacia el sus­tituto que ocupa el trono por un breve tiempo. La historia de Persia nos da ejemplos de estos ocasionales sustitutos del Sha. Así, el Sha Abbas el Grande, habiendo sido advertido por sus astrólogos en el año 1591 de que sobre él pendía un grave peligro, intentó desviar el presagio abdicando el trono y nombrando para reinar en su lugar a un descreído lla­mado Yusuf, probablemente cristiano. En consecuencia, fue coronado el sustituto y por tres días gozó no solamente del nombre y la pompa real sino del poder del rey, si podemos fiar de los historiadores persas. El final de su breve reinado fue condenarle a muerte. El decreto de las estrellas se había cumplido con este sacrificio y Abbas volvió a sentarse en su trono en hora más propicia, siéndole asegurado por los astrólogos un reinado largo y glorioso.

CAPITULO XXVI SACRIFICIO DEL HIJO DEL REY

Acerca de los reyes temporeros descritos en el capítulo anterior, hay que hacer la observación de que en dos lugares (Cambodya y Jambi)

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venían de una familia que se suponía consanguínea de la familia real. Si es acertado nuestro concepto del origen de los reyes temporeros, po-dremos con facilidad entender por qué algunas veces el rey sustituto era de la misma sangre que el rey. Cuando un primer rey consiguió rescatar

su vida logrando que se aceptara la de otro como sacrificio en lugar de la

suya tuvo que demostrar que la muerte de otro serviría para el objeto

tan bien como podría servir la suya. Ahora bien, puesto que el rey moría

en calidad de dios o semidiós, el sustituto que muriese en su lugar tenía que estar investido, por esta razón, con las atribuciones divinas del rey, por lo menos en esa ocasión. Como hemos visto, tal era exactamente el caso de los reyes temporeros de Siam y Camboya: estaban investidos con las funciones sobrenaturales que en una etapa más primitiva de la so­ciedad eran los atributos especiales del rey. Nadie podía representar mejor al rey en su carácter divino que su propio hijo, del cual podía suponerse que compartía la inspiración divina de su padre. Nadie, pues, más apropiado para morir por el rey y, mediante él, por el pueblo, que el hijo del rey.

Ya hemos visto que, según la tradición, el rey de Suecia Aun u On sacrificó nueve de sus hijos con el objeto de que se hiciera gracia de su vida. Después de sacrificar su segundo hijo, recibió del dios la respuesta de que viviría mientras sacrificara un hijo cada nueve años. Cuando sacrificó al séptimo hijo todavía vivía, pero estaba tan débil que no podía caminar y tenía que ser llevado en una silla. Después ofreció su octavo hijo y vivió nueve años más tumbado en la cama. Después de sacrificar a su noveno hijo vivió otros nueve años pero tenía que ser alimentado bebiendo de un cuerno como criatura destetada. Deseó sacri­ficar a Odín su décimo y único hijo que le quedaba, pero los suecos no se lo permitieron, así que murió y fue enterrado bajo un montículo en Upsala.

En la antigua Grecia creemos que hubo por lo menos una casa principesca de gran antigüedad en la que los hijos mayores estaban siempre expuestos a ser sacrificados en vez de sus reales padres. Cuando Jerjes marchaba por la Tesalia a la cabeza de sus inmensas huestes para ata­car a los espartanos en las Termopilas, llegó a la ciudad de Alus, donde le enseñaron el santuario de Zeus Lafistianos,1 acerca del cual le con­taron una leyenda muy extraña, que aproximadamente es como sigue. Una vez, el rey del país, llamado Athamas, tuvo de su mujer Nefele un hijo llamado Frixos y una hija llamada Helle. El rey volvió a casarse y la segunda mujer, nombrada Ino, le dio dos hijos, Learcos y Melicertes. La segunda mujer entró en celos de sus hijastros Frixos y Hclle y planeó su muerte. Intentó cumplir su deseo muy arteramente. Primero per­suadió a las mujeres del país para que tostasen secretamente los granos que tenían que sembrarse y, de este modo, no hubo cosecha y el pueblo

1 Laphystios o Laphystianos, Laphystios el devorador (probable referencia al fuego, al rayo, etc.).

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se moría de hambre, por lo que el rey envió mensajeros al Oráculo de Delfos para inquirir la causa de la esterilidad. Pero la malvada madrastra sobornó a los mensajeros para que dieran como respuesta del dios que la esterilidad de la tierra no cesaría hasta que los hijos de Athamas con su primera mujer fueran sacrificados a Zeus. Cuando Athamas oyó esto mandó buscar las criaturas, que estaban con el rebaño, pero un carnero que tenía el vellón de oro abrió los belfos y hablando con voz humana advirtió a los niños del peligro. Entonces ellos montaron sobre el car­nero, que voló con ellos por encima del país y del mar. Cuando estaban volando sobre el mar, la muchacha, Helle, se deslizó del lomo del car­nero y cayó al agua, donde se ahogó, mas su hermano Frixos llegó en seguridad al país de Colchis, donde reinaba un hijo del Sol. Frixos, des­pués, se casó con la hija del rey y ella le dio un hijo, Cytisoro, y Frixos sacrificó el carnero del vellocino de oro a Zeus, el Dios del Vuelo, aun­que algunos creen que sacrificó el animal a Zeus Lafistianos. El vello­cino de oro se lo regaló al suegro, que lo clavó en un roble guardado por un dragón insomne en un bosque consagrado a Ares. Mientras tanto, en casa, un oráculo ordenó al mismo Athamas que muriera sacrificán­dose como víctima expiatoria por todo el país; en vista de esto, el pueblo le adornó con guirnaldas como una víctima y le condujo al altar; en el mismo momento en que iba a ser sacrificado, lo rescataron su nieto Cyti­soro, que llegó de Colchis a tiempo, o bien Hércules, que le trajo la noticia de que su hijo Frixos vivía aún. Así fue salvado Athamas, mas después se volvió loco y confundiendo a su, hijo Learcos con una fiera, le mató. Después intentó matar a su otro hijo Melicertes, pero la cria­tura fue rescatada por su madre Ino, que corriendo se arrojó con ella desde un acantilado al mar, siendo convertidos madre e hijo en divini­dades marinas a las que rindieron culto especial en la isla de Tenedos, donde les sacrificaban niños. Así privado de mujer e hijos, el infeliz Athamas abandonó su país y a la pregunta que hizo al Oráculo sobre dónde tenía que habitar, le fue contestado que tenía que vivir con los animales salvajes. Cayó sobre una manada de lobos que estaban devo­rando unas ovejas y en cuanto le vieron huyeron dejándole los restos de sus presas. De este modo se cumplió el oráculo, pues por no haber sido sacrificado el rey Athamas como víctima expiatoria por el país entero, fue decretado por la divinidad que el varón primogénito de su familia en cada generación sería sacrificado sin remedio por otro varón de la casa de Athamas, en cuanto pusiera el pie en la casa de la ciudad donde se hacían las ofrendas a Zeus Lafistianos. Le informaron a Jerjes que muchos de aquella familia huyeron a países extranjeros para escapar a este destino, mas algunos de ellos habían vuelto mucho tiempo después y, capturados por los centinelas en el acto de entrar en la casa de la ciudad, fueron adornados y coronados como víctimas, conducidos en pro­cesión y sacrificados. Estas escenas parecen haber sido ciertas, si no fre­cuentes, pues el autor de un Diálogo atribuido a Platón, añade que esas prácticas no fueron desconocidas entre los griegos y refiere con horror

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los sacrificios ofrendados en el monte Lycaetos por los descendientes de Athamas.

La sospecha de que esta costumbre no cayera de ningún modo en desuso en tiempos posteriores se refuerza por un caso de sacrificio hu­mano que ocurrió en tiempos de Plutarco, en Orcomenos, ciudad muy antigua de Beocia, distante sólo unos cuantos kilómetros en la planicie del lugar donde nació el historiador. Allí vivía una familia en la que los hombres llevaban el nombre de Psoloeis o "Tiznado" y las mujeres el de Oleae o "Destructiva". Cada año, en el festival de la Agronia,1 el sa­cerdote de Dionisos, con una espada desenvainada, perseguía a estas mujeres y si alcanzaba a alguna de ellas tenía derecho a matarla. En vida de Plutarco este derecho fue ejercido por un sacerdote, un tal Zoilo. La familia utilizada para proveer víctimas humanas, al menos una por año, era de ascendencia regia, pues descendía de Minyas, el antiguo rey de Orcomenos, el monarca de fabulosa riqueza cuyo imponente "Tesoro", como se le llama, existe todavía en ruinas en el punto donde la colina grande y rocosa de Orcomenos se une a la vasta planicie de la llanura de Copai. Corre la tradición de que las tres hijas del rey despreciaban a las demás mujeres del país porque se abandonaban al frenesí báquico, desdeñosamente sentadas junto al hogar de la casa real ocupadas en la rueca y el telar, mientras las demás, coronadas de flores, los cabellos sueltos ondulando al viento, vagaban en éxtasis por las peladas monta­ñas que se elevan sobre Orcomenos, haciendo resonar en la soledad de las colinas el eco de su música salvaje de címbalos y panderos. Mas an­dando el tiempo, la furia divina se transmitió a las damiselas reales en su apacible cámara; quedaron embargadas por el vehemente antojo de comer carne humana y echaron suertes entre ellas para ver quién tenía que entregar su hijo para servir el banquete caníbal. La suerte tocó a Leu-cippe y ella entregó a su hijo Hippasos, que fue despedazado entre las tres. De estas descarriadas mujeres provenían las Oleae y los Psoloeis. De los hombres se decía que se les llamaba así porque llevaban ropas enlutadas en prueba de su duelo y pesadumbre.

Esta práctica de tomar víctimas humanas de una familia de ascen­dencia regia en Orcomenos es muy significativa, porque Athamas mis­mo, se dice, había reinado en la comarca de Orcomenos antes de la época de Minyas y, además, porque sobre la ciudad, a lo lejos, se eleva el monte Lafistios, en el que, como en Alus de Tesalia, había un san­tuario de Zeus Lafistianos, donde, según la tradición, Athamas provecto sacrificar a sus dos hijos Frixos y Helle. Resumiendo y comparando las tradiciones de Athamas con la costumbre que prevalecía respecto a sus descendientes ya en tiempos históricos, podemos en justicia deducir que en Tesalia, y probablemente en Beocia, reinaba de antiguo una dinas­tía en la que los reyes, por el bien del país, debían ser sacrificados al dios llamado Zeus Lafistianos, pero que ellos idearon desviar la respon-

1 Se celebraba de noche en honor de Dionisos.

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sabilidad fatal a sus hijos, de los que el mayor era generalmente el pre- destinado al altar. Andando el tiempo, la costumbre cruel fue mitigán- dose al punto de aceptarse como sacrificio vicariante el de un carnero en lugar de una víctima regia, carnero proporcionado por uno de sus deudos siempre que el príncipe se abstuviera de poner los pies en la casa de la ciudad donde se celebraban los sacrificios ofrecidos a Zeus Lafistianos. Mas si el príncipe fuera demasiado osado y entrara en el lugar predestinado por un impulso desdeñoso, por saber que el dios en su benevolencia, toleraba la sustitución por un carnero, la obligación antigua, que se había consentido quedase en suspenso, recobraba todo su vigor y no le quedaba ninguna esperanza sino morir. La tradición que asociaba el sacrificio del rey o de sus hijos con una gran carestía indica con claridad la creencia, tan común entre las gentes primitivas, de ser el rey responsable del tiempo y de las cosechas, debiendo pagar con su vida la inclemencia del uno y el malogro de las otras. Resu­miendo, Athamas y su estirpe parece ser que tenían unidas las funciones divinas o mágicas con las regías y este modo de pensar está sólidamente reforzado por la pretensión de divinidad, que Salmoneo, hermano de Athamas, decían que reclamaba. Ya hemos dicho antes que este presun­tuoso mortal declaraba no ser otro que el mismo Zeus y que mandaba en el trueno y el relámpago, de los que hacía una chabacana imitación con la ayuda de resonantes baterías de cocina y antorchas llameantes. Si juzgamos por analogía, sus ridículos truenos y relámpagos no fueron meras exhibiciones escénicas, para embaucar e impresionar a los espec­tadores: fueron seguramente hechizos practicados por el Rey Mago con el propósito de producir el fenómeno celeste que imitaba débilmente. Entre los semitas del Asia occidental, en época de peligro nacional el rey entregaba algunas veces su hijo para que muriera como sacrificio por el pueblo. Así, Filón de Biblos, en su obra sobre los judíos, dice: "Era una antigua costumbre que en momentos de gran peligro, el go­bernante de una ciudad o nación diera su amado hijo para que muriera por el pueblo, como rescate ofrecido a los vengativos demonios, y mata­ban a las criaturas ofrendadas con ritos- místicos. Así Cronos, a quien los fenicios llaman Israel, siendo rey del país y teniendo un hijo unigénito llamado Jeoud (en el lenguaje fenicio Jeoud significa unigénito), le vistió con su vestido regio y le sacrificó sobre un altar en tiempos de guerra, cuando el país estaba en gran peligro ante el enemigo." Cuando el rey de Moab fue sitiado por los israelitas y duramente acosado, cogió a su hijo mayor y le ofreció como ofrenda llameante sobre el muro.

CAPITULO XXVII LA TRANSMISIÓN DEL ALMA

La idea de que en épocas primitivas y entre razas bárbaras hayan sido sacrificados los reyes al final de un corto reinado, podría ser objetada

LA TRANSMISIÓN DEL ALMA 343



con el argumento de que tal costumbre tendería a la extinción de la familia real. La objeción puede anularse observando, primero, que la co-rona no está muchas veces confinada a una sola familia, sino que puede ser poseída por varias que se turnen; segundo, que con frecuencia el puesto no es hereditario, sino abierto a hombres de cualquier familia y aún extranjeros que llenasen las condiciones requeridas, tales como des­-posar una princesa o vencer al rey en combate; y tercero, que aunque la costumbre tendiese a la extinción de una dinastía, no es obstáculo bas­-tante para impedir su observancia entre gentes menos previsoras del fu-turo y menos cuidadosas de la vida humana que nosotros. Muchas razas, como muchos individuos, se han entregado a prácticas que al final les destruyen. Los polinesios parece que metódicamente matan los dos ter-cios de sus criaturas. En algunas partes del África central la proporción de niños que matan al nacer se dice que es la misma. Solamente a los niños nacidos en ciertas circunstancias obstétricas se les consiente vivir. De los jagas, tribu conquistadora de Angola, se ha sabido que mataban a todos sus pequeñuelos sin excepción con el objeto de que en sus mar­-chas no puedan servir de estorbo las mujeres con niños. Reponían su número adoptando muchachos de ambos sexos de trece a catorce años de edad cuyos padres habían sido matados y comidos.1 Entre los indios mbaya de Sudamérica, las mujeres acostumbraban a matar todas sus cria­turas, excepto la última o la que creían que iba a ser la última; si alguna tenía después otro bebé, lo mataban. No es de extrañar que esta prác­-tica destruyese por completo una rama de la nación mbaya, que habían sido durante muchos años los más formidables enemigos de los españoles. Entre los indios lenguas del Gran Chaco, los misioneros descubrieron lo que describen como "el sistema cuidadosamente planeado de suicidio real, mediante el infanticidio, el aborto y otros métodos". No es el infanticidio el único modo que tiene una tribu salvaje para suicidarse; puede ser igualmente eficaz el uso frecuente de la ordalía por veneno. Hace algún tiempo, una tribu pequeña llamada Uwet, bajó de la serra­nía donde vivía y se estableció en el brazo izquierdo del río Calabar en el África occidental. Cuando los primeros misioneros visitaron el lugar, encontraron una población considerable distribuida en tres aldeas. Desde entonces, el uso constante de la ordalía por veneno ha extinguido en su mayor parte a la tribu. En una ocasión, la población entera tomó el veneno2 para demostrar su inocencia; cerca de la mitad pereció y los que quedaron nos han dicho que todavía continúan su práctica supersticiosa y muy pronto se extinguirán. Con estos ejemplos ante nosotros no hay que pensar demasiado para afirmar que muchas tribus no han sentido escrúpulos ni miramientos para sostener una costumbre que tiende a eli­minar a una familia. Atribuirles esos escrúpulos es cometer la equivoca-

1 Comprobará el lector que el autor no emplea la palabra "tribu" en su sentido
antropológico y racial, sino en el sociológico de agrupación político-económica, •

2 El veneno es obvio que sea el "haba del Calabar" (Physosíigma venenosum),
planta trepadora cuya semilla contiene eserina y calabarina.

344 LA TRANSMISIÓN DEL ALMA

ción común y perpetuamente repetida de juzgar al salvaje según el nivel de la civilización europea. Si alguno de nuestros lectores acaricia la idea de que todas las razas de hombres piensan y obran de la misma manera que un inglés educado, el testimonio de las costumbres y creen­cias supersticiosas reunidas en este libro bastará para desengañarle de predisposición tan errónea.

La explicación que damos aquí de la costumbre de matar a las per­sonas divinas supone la idea de que el alma de la occisa divinidad se trasmite a su sucesor, o al menos prestamente se combina con ella. De esta trasmisión no tenemos ninguna prueba directa, salvo en el caso de los shilluks, entre los que la práctica del asesinato del rey divino pre­valece en una forma típica, siendo artículo fundamental de fe que el alma del fundador divino de la dinastía está inmanente en cada uno de sus sucesores muertos por violencia. Mas si éste es el único ejemplo flagrante que podemos aducir de dicha creencia, la analogía nos sumi­nistrará como probable que una transmisión parecida del alma del dios occiso se ha supuesto ocurría en otros ejemplos, aunque la prueba di­recta quede pendiente. Se demostró hace poco que el alma de la deidad encarnada se supone que transmigra al morir, y si esto tiene lugar cuando la muerte es natural, veremos que no hay razón para que ocurra así cuando ésta se produjo por la violencia. Con certeza, la idea de trans­mitirse el alma de una persona agonizante a un sucesor vivo es perfec­tamente familiar a las gentes primitivas. En la isla de Nias, el primogé­nito es asnalmente el heredero de su padre en la jefatura, pero si tiene algún defecto mental o corporal que le descalifique para mandar, el pa­dre decide en vida cuál de sus hijos le sucederá. Con objeto de esta­blecer su derecho de sucesión, es necesario a pesar de todo que el hijo a quien el padre escoge recoja en su boca o en un saco el último suspiro y con él el alma del jefe agonizante: pues quien recoja su último aliento es jefe, igualmente que el sucesor nombrado. Por eso los otros herma­nos, y algunas veces también los extraños, rodean al agónico para apo­derarse de su alma cuando pase. Las casas en Nias están levantadas del nivel del suelo por postes y ha acontecido que cuando el moribundo es­taba tendido boca abajo en el suelo de la habitación, uno de los can­didatos ha hecho un taladro en el piso desde el exterior y chupado el último suspiro del jefe con un tubo de bambú. Cuando el jefe no tiene hijos, guardan su alma en un saco al que sujetan una imagen que repre­senta al difunto; creen que así el alma pasa del saco a la imagen.



En ocasiones parece ser que el lazo espiritual entre el rey y el alma de sus predecesores consiste en la posesión de alguna parte de sus per­sonas. En Célebes meridional, la insignia real consiste a menudo en pedazos del cuerpo de los rajaes, que se atesoran como reliquias sagradas y confieren el derecho al trono. De igual modo, entre los sakalavos del sur de Madagascar se guardan, con un diente de cocodrilo, una uña y un mechón de pelo de algún rey difunto y lo conservan cuidadosamente entre reliquias parecidas de sus predecesores en una casa a propósito y

MASCARADAS DE LA PASCUA DE PENTECOSTÉS 345

aislada. La posesión de tales reliquias constituye el derecho al trono. Un heredero ligítimo que quedara privado de ellas perdería toda su autori­dad sobre el pueblo, y, al contrario, un usurpador que pudiera hacerse

con las reliquias sería reconocido rey sin discusión. Cuando el Alake o rey de Abeokuta, en África occidental, muere, los hombres principales decapitan el cadáver y ponen la cabeza en una gran vasija de barro que envían al nuevo soberano; eso se convierte en su fetiche y le rinde reve­rencia. Otras veces, con el ostensible designio de que el nuevo soberano herede con mayor seguridad la virtud mágica y otras más del linaje regio, se requiere que coma un trozo del antecesor muerto. Así, en Abeokuta, no sólo presentaban al rey la cabeza de su antecesor, sino que le corta­ban la lengua y se la daban a comer. Por esta causa, cuando los nativos desean significar que el soberano reina, dicen: "Él se ha comido al rey". Todavía se practica una costumbre de la misma especie en Ibadan, ciu­dad grande del interior de Lagos, en el África occidental. Cuando el rey muere, le cortan la cabeza y la envían a su soberano nominal, el Ala-fín de Oyo, rey supremo del país Yoruba; pero el corazón se lo come su sucesor. Esta ceremonia fue realizada no hace muchos años al adve­nimiento de un nuevo rey en Ibadan.
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