Sir james george frazer la rama dorada



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Un vestigio de la costumbre de condenar a morir a un rey al final del año de su reinado, parece haber subsistido en la fiesta denominada

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Macahiti, que se acostumbra a celebrar en Hawai durante el último mes del año. Unos cien años hace que describió la costumbre un viajero ruso como sigue: "El tabú Macahiti no es desemejante de nuestra fiesta de Navidad. Continúa todo un mes, durante el cual el pueblo se divierte con bailes, cánticos y simulacros de todas clases. El rey debe inaugurar este festival en el lugar donde se encuentre. En esta ocasión el rey, vestido de su más rico manto y de yelmo, es trasladado en una canoa que boga bordeando la costa y a la que siguen otras con muchos de sus súbditos. Él embarca todavía de noche y debe terminar su ex­cursión al amanecer. El más fuerte y más experto guerrero es el que eligen para recibirle al desembarcar. El guerrero acecha a la canoa real desde la orilla y tan pronto como el rey desembarca y ha arrojado su manto, le dispara su venablo desde una distancia aproximada de treinta pasos; el rey deberá coger la lanza arrojadiza o sufrir las consecuencias. La cosa no es broma. Después de cogerla, la lleva bajo su brazo con la punta hacia el suelo hasta el templo o heavoo. A su entrada en el tem­plo la muchedumbre empieza sus simulacros bélicos e inmediatamente se obscurece el aire con la nube de armas arrojadizas, que para esta ocasión están embotadas. A Hamamea (el rey) se le aconsejó con fre­cuencia que aboliera esta ridícula ceremonia, en la que cada año arriesga su vida, pero no hace mucho caso. Su respuesta es siempre que él es más hábil para recoger el venablo que cualquiera de la isla para tirárselo. Durante el Macahiti se perdonan todos los castigos en el país entero y nadie puede abandonar el lugar en que comenzó esa fiesta, a menos que se trate de asunto muy importante".

Que un rey fuese siempre condenado a muerte al finalizar el año de su reinado no resultará tan improbable cuando sepamos que hoy todavía hay un reino en el que el reinado y la vida del soberano están limitados a un solo día. En Ngoio, provincia del antiguo reino del Con­go, la regla es que al jefe que se ponga la birreta de la soberanía se le mate siempre en la noche siguiente a su coronación. El derecho de su­cesión pertenece al jefe de los Musurongo, pero no es de extrañar que no quiera ejercer su derecho y que el trono siga vacante. "Que a nadie le gusta perder la vida por unas pocas horas gloriosas en el trono de Ngoio".

CAPITULO XXV

REYES TEMPOREROS



En algunos sitios, la forma modificada de la antigua costumbre del regi­cidio que parece se usaba en Babilonia fue más suavizada aún. El rey sigue todavía abdicando anualmente por un corto tiempo y su lugar lo ocupa un soberano más o menos nominal; pero al final de su corto rei­nado ya no es ejecutado, aunque algunas veces una simulada ejecución sobrevive como recuerdo del tiempo en que se le mataba de veras. Dare-

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mos ejemplos. En el mes de Méac (febrero), el rey de Camboya abdi-ca anualmente por tres días. En este tiempo no efectuaba ningún acto de autoridad, no tocaba los sellos ni aun siquiera las rentas que le eran debidas. En su lugar reinaba un rey temporero denominado Sdach Méac o sea el Rey Febrero. El empleo de este rey sustituto era here­ditario en una familia lejanamente emparentada con la casa real, suce­diendo en él los hijos a los padres y los hermanos más jóvenes a los mayores, los mismo que se sucede en una soberanía verdadera. En un día fasto o favorable fijado por los astrólogos, el rey temporero era llevado en procesión triunfal por los mandarines. Iba montado en uno de los elefantes regios, sentado en la palanquín real y escoltado por soldados que, vestidos con trajes apropiados, representaban los países vecinos de Siam, Anam, Laos y otros. En lugar de la corona dorada, llevaba en la cabeza un gorro blanco y picudo y su cetro, en vez de ser de oro incrus­tado de diamantes, era de madera sin labrar. Después de hacer el debido homenaje al verdadero rey, de quien recibía la soberanía por tres días junto con todas las rentas acumuladas durante este lapso (aunque esta última costumbre ha sido omitida algún tiempo), iba en pro­cesión alrededor del palacio y por las calles de la capital. Al tercer día, después de la usual procesión, el rey temporero daba órdenes para que los elefantes pisotearan la "montaña de arroz", que consistía en un an­damiaje de bambúes cubiertos de gavillas de arroz, y cada cual se llevaba un poco para asegurar una buena cosecha. Algo de ello también se llegaba al rey, que mandaba cocerlo y donarlo a los bonzos.

En Siam, el sexto día de luna del sexto mes (finales de abril) es nombrado un rey temporero que durante tres días goza de las prerroga­tivas reales, mientras el verdadero rey permanece encerrado en su pala­cio. Este rey temporero envía a sus numerosos satélites en todas direc­ciones para coger y confiscar todo lo que pueda encontrar, sea lo que sea, en los bazares y tiendas abiertas; hasta los barcos y juncos que arriban al puerto en estos tres días son decomisados y tienen que pagarle para redimirse. Va a un terreno en medio de la ciudad adonde llevan un arado arrastrado por bueyes muy bien adornados. Después de engra­sar el arado y frotar los bueyes con incienso, el rey temporero traza nueve surcos con el arado, seguido por las damas viejas que esparcen la primera simiente de la temporada. Tan pronto como son arados los nueve surcos, la multitud de espectadores se precipita encima para coger las semillas acabadas de sembrar, creyendo que mezclarlas con su si­miente de arroz les asegurará una magnífica cosecha. Seguidamente desuncen los bueyes y les ponen delante arroz, maíz, sésamo, sagú, plá­tanos, caña de azúcar y melones, amén de otras cosas; lo primero que coman se piensa que será lo que alcanzará más precio en el año siguiente, aunque algunos creen que el augurio es en sentido opuesto. Durante este tiempo el rey temporero está recostado contra un árbol y con el pie derecho apoyado contra su rodilla izquierda. Por estar así, sobre un pie, se le conoce popularmente como el Rey Cojo, aunque su título oficial es

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Phaya Pholhthe, "Señor de las Huestes Celestiales". Es una especie de Ministro de Agricultura; todas las disputas sobre tierras, arroz o parecidas son llevadas ante él. Allí hay además otra ceremonia en la que personi- fica al rey, que tiene lugar en el segundo mes (que recae en la temporada fría) y dura tres días. Es conducido procesionalmente a un espacio abierto opuesto al templo de los brahmanes, donde hay muchos pies dere- chos de madera revestidos a semejanza de los palos mayos, en los cuales se columpian los brahmanes. Mientras todos están columpiándose o bai­lando, el Señor de las Huestes Celestiales está sobre un pie subido en un asiento hecho de fábrica de ladrillo, cubierto con una tela blanca y reves­tido de tapices. Él queda sostenido por un armazón de madera bajo un dosel, con dos brahmanes, uno a cada lado. Los brahmanes danzantes llevan cuernos de búfalos con los que recogen agua de un caldero enorme de cobre y asperjan a los espectadores, suponiendo que esto atraerá la buena suerte y hará que la gente viva en paz y tranquilidad. El tiempo que está sobre un solo pie el Señor de las Huestes Celestiales es de unas tres horas; se cree que el hacer esto sirve para "comprobar las intencio­nes de los Devattas y espíritus". Si deja caer el pie "queda sujeto al de­comiso de sus propiedades y a que su familia sea esclavizada por el rey, pues se supone que es un mal presagio y que atraerá la destrucción al Estado y la inestabilidad al trono. Pero si se mantiene firme, creen que ha ganado una victoria sobre los espíritus malignos y tiene el privilegio, ostensiblemente, al menos, de apoderarse de cualquier barco que pueda entrar en el puerto en esos tres días y tomar su contenido, como también de entrar en cualquier comercio abierto en la ciudad y llevarse lo que escoja".

Éstos eran los deberes y privilegios del Rey Cojo siamés hasta la mitad del siglo xix y aún más tarde. Bajo el reinado del último e ilus­trado monarca aquel personaje original fue en algún modo rebajado de sus glorias y aligerado de la carga de su puesto; todavía aguardaba, como antes, a los brahmanes mientras rasgaban el aire en un columpio sus­pendido de dos altas pértigas de hasta treinta metros de altura, pero le permitían estar sentado en lugar de en pie y aunque la opinión pública esperaba de él que mantuviera el pie derecho sobre su rodilla izquierda durante la ceremonia completa, no incurría en pena legal si, con gran desazón y disgusto de la gente, ponía su pie en el suelo por cansancio. Otras señales, además, hablan de la penetración en Oriente de las ideas y civilización del Occidente. Las vías públicas que conducen al lugar de la escena se atascan por los carruajes; los faroles y palos del telégrafo, a los que los ansiosos espectadores se suben como monos, descollando de la apretada muchedumbre mientras una banda zarrapastrosa y a la moda antigua, con ropas abigarradas rojas y amarillas aporrean y soplan trom­petas y tambores de forma anticuada. Largas filas de soldados, descalzos pero con brillantes uniformes, marchan vivamente al compás alegre de una banda militar moderna que toca "Marchando por Georgia".

En el primer día del sexto mes, que se considera como el comienzo

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del año, el rey y el pueblo de Samarcanda acostumbraban a estrenar tra-jes y cortarse el cabello y las barbas. Después iban a distraerse a una selva cercana a la capital, donde se entretenían durante siete días en tirar con flechas a caballo. El último día, el blanco era una moneda de oro y el que la flechaba tenía el derecho de ser rey por un día. En el Alto Egipto, el primer día del año solar del cómputo copto, esto

es, el 10 de diciembre, cuando el Nilo ha crecido a su máximo, se suspendía el gobierno regular por tres días y cada ciudad escoge su propio gobernante. Este señor temporero lleva una especie de gorro alto de payaso una larga barba de estopa, y se envuelve en un manto estrambótico. Empuñando un cetro y rodeado de hombres disfrazados de escribas, eje­cutores y demás, marcha a la casa del gobernador, el cual consiente en ser depuesto y el rey de burlas, sentándose en el trono, preside un tri­bunal cuyas decisiones hasta el gobernador y sus oficiales deben acatar. Después de tres días el rey de burlas es condenado a muerte; la envol­tura o concha en la que estaba metido es entregada a las llamas y de sus ascuas sale escurriéndose el fellah. La costumbre indica quizá la antigua práctica de quemar en verdad al auténtico rey. En Uganda quemaban a los hermanos del rey, pero no era legal derramar la sangre regia.



Los estudiantes mahometanos de Fez, Marruecos, tienen el derecho de nombrar un sultán entre ellos, que reina unas pocas semanas y se le conoce como el Sultán t-tulba, "Sultán de los Escribas". La breve auto­ridad es puesta a subasta y la gana el que ofrece más. Tiene algunos pri­vilegios substanciosos, pues el que la usufructúa queda libre de impuestos desde entonces y además tiene el derecho de pedir un favor al verdadero sultán, favor que muy raramente es rehusado; por lo general consiste en el perdón de algún preso. Además, los agentes del sultán estudiante exigen tributos a los dueños de casas y comercios, contra los que inven­tan variados cargos humorísticos. El sultán temporero está rodeado de la magnificencia de una corte real y hace revistas en las calles con toda pompa, música y aclamaciones, mientras lleva sobre su cabeza una som­brilla real. Con las llamadas multas y dádivas, a lo que el sultán verda­dero añade una cantidad de alimentos con liberalidad, tienen los estu­diantes lo necesario para darse un opíparo banquete; total, que se divierten mucho y se enfrascan en toda clase de juego y diversiones. Los primeros siete días, el sultán de burlas 1 permanece en el colegio; y después sale a más de un kilómetro de la ciudad, donde acampa a la orilla del río, cuidado por los estudiantes y no pocos de los ciudadanos. Al séptimo día de estar acampado, le visita el sultán verdadero, que accede a su petición y le concede siete días más de reinado, así que el Sultán de los Escribas reina nominalmente tres semanas. Cuando han pasado seis días de la última semana, el sultán de burlas vuelve corriendo* a la ciudad aquella noche. Este sultanato temporal cae siempre en pri­mavera, hacia principios de abril. Cuentan que su origen fue el siguiente:

1 También en Castilla (siglo xvi) había un rey de burlas, según nos cuenta Antón de Montoro, que lo fue dos veces, en el Cancionero de Baena.

  1. RETOS TEMPOREROS


cuando Muley Rashid II estaba luchando par su trono en los años de1664 ó 1665, un judío usurpó la autoridad real en Tazza, aunque la rebelión fue pronto suprimida por la lealtad y afecto de los estudiantes. Para conseguir su propósito recurrieron a una ingeniosa estratagema

Cuarenta de ellos se metieron en arcones que fueron enviados como un regalo al usurpador. En el silencio de la noche y mientras el confiado judío estaba durmiendo tranquilamente entre los arcones, los muchachos abrieron sigilosamente sus tapas y los cuarenta bravos salieron cautelosos de ellos, matando al usurpador y tomando posesión de la ciudad en nombre del verdadero sultán, que, para mostrar su gratitud por la ayuda que le prestaron en momentos de apuro, confirió a los estudiantes el derecho de nombrar un sultán entre ellos. La narración tiene todos los visos de una ficción destinada a explicar una antigua costumbre cuyo verdadero significado y origen se habían olvidado.



Hasta el siglo xvi, el nombramiento de un rey de burlas se acos­tumbraba hacer anualmente y por un solo día en Lostwithiel, Cornualles. El domingo pequeño de Pascua, los propietarios y hacendados del pueblo y la comarca se reunían personalmente o mediante diputados y uno de entre ellos, cuando le llegaba su turno, engalanado y gallardamente mon­tado a caballo, con una corona en la cabeza, un cetro en la mano y delante de él un porta-espada, cabalgaba por la calle principal hasta la iglesia debidamente escoltado por los demás jinetes. El clérigo, revestido con sus mejores ornamentos, le recibía en el portillo de la talanquera de la iglesia y le guiaba para que oyera el servicio divino. Cuando salía de la iglesia se dirigía, con el mismo boato, a una casa preparada para su recepción, donde le esperaba un banquete en compañía de su séquito; allí se sentaba a la cabecera de la mesa y era servido de rodillas con todos los respetos debidos a un príncipe. La ceremonia terminaba con la comida y después cada cual se marchaba a su casa.

Algunas veces el rey temporero no ocupa el trono anualmente, sino una vez por todas al comienzo de cada reinado. Así en el reino de Jambí, en Sumatra, hay la costumbre de que al comenzar un nuevo reinado ocupe el trono un hombre del pueblo y ejerza las prerrogativas reales un solo día. El origen de esta costumbre lo explican por la tra­dición de que de cinco hermanos reales, en cierta ocasión declinaron el trono sucesivamente los cuatro mayores a causa de varios defectos cor­porales que tenían, cediéndoselo al hermano más pequeño. Pero el mayor ocupó el trono por un día y se reservó para sus descendientes un privilegio igual al comienzo de cada reinado. De este modo, vemos que la función de rey temporero es hereditaria en una familia emparentada con la casa real. Parece que en Bílaspore es costumbre que después de la muerte de un raja, un brahmán coma el arroz puesto en la mano del raja muerto y entonces ocupa el trono por un año. AI final del año el brahmán recibe regalos y es desterrado del territorio, prohibiéndole, al parecer, que regrese. "Creemos que la idea es que el espíritu del raja entra en el brahmán que come el khir (arroz con leche) de su mano

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cuando ya está muerto, pues el brahmán es vigilado con sumo cuidado

durante el año entero para no permitirle que se vaya." La misma cos-

tumbre parece prevalecer entre los Estados montañeses cercanos a Kangra.

La regla de desterrar al brahmán que representa al rey puede ser una sustitución de la condena a muerte. En la instauración de un príncipe de Carintia, un campesino en cuya familia es hereditario el puesto se sentaba en una roca de mármol rodeada de praderas en un valle espa­cioso; a su lado derecho tenía una vaca negra preñada y al izquierdo una yegua fea y flaca. Una multitud de rústicos le rodeaba. Entonces aparecía por allí cerca el futuro príncipe vestido de campesino y llevando un cayado de pastor, escoltado por sus cortesanos y magistrados. Al apercibirle, el rústico le gritaba: "¿Quién es éste que veo venir tan orgulloso?" El pueblo contestaba: "El príncipe del país". Entonces inducían al campesino a ceder el asiento de mármol al príncipe, con la condición de recibir sesenta peniques, la vaca, la yegua y exención de contribuciones. Pero antes de cederle su lugar, el campesino daba al príncipe un golpecito en la mejilla.

Merecen ser señalados especialmente algunos detalles sobre estos reyes temporeros antes de pasar a otra prueba. En primer lugar tenemos que los ejemplos cambodyanos y siameses demuestran claramente que son las funciones divinas o mágicas del rey las que se transfieren especial­mente a su sustituto momentáneo. Se desprende esto de la creencia de que, manteniendo su pie derecho alzado, el rey temporero de Siam gana una batalla sobre los espíritus malignos, mientras que bajándolo hace peligrar la existencia del Estado. También la ceremonia cambod-yana del pateamiento de la "montaña de arroz" y la ceremonia siamesa de inaugurar la labranza y la siembra, son encantamientos para producir ubérrimas cosechas, lo que deducimos de la creencia que tienen los que llevan a casa algo del arroz pisoteado o de la semilla sembrada para conseguir con ello una buena cosecha. Además, cuando el representante del rey siamés guía el arado, el pueblo aguarda ansiosamente no sólo ver que lo dirige haciendo un surco recto, sino que se fijan en el punto exacto de su pierna adonde alcanza el borde de su túnica de seda, por suponerse que depende de esto el estado del tiempo y de las cosechas durante la época que viene; si el Señor de las Huestes Celestiales remanga y sujeta su vestidura por encima de las rodillas el tiempo será húmedo y grandes lluvias pudrirán las mieses, y si la deja arrastrar hasta el tobillo, una sequía será la consecuencia, pero hará buen tiempo y se obtendrán grandes cosechas si el dobladillo de su ropa cuelga exactamente a mitad de su pantorrilla. ¡Tan ligado está el curso de la naturaleza y con ello el bien­estar o desgracia de la gente al acto o gesto más ínfimo del represen­tante del rey! La tarea de hacer que prosperen las mieses, así atribuida a los reyes temporeros, es una de las funciones mágicas supuestas en general en las sociedades primitivas para ser ejercidas por los reyes. La re­gla que dicta al rey de burlas su deber de estar sobre un solo pie en un asiento elevado en el arrozal, quizá en su origen se pensó como un hechizo

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para hacer que la mies creciera alta; por lo menos tal era el objeto de una ceremonia parecida que verificaban los antiguos prusianos. La mu- chacha más alta de todas, subida a un asiento y sosteniéndose sobre un solo pie, con el delantal lleno de panes, una taza de licor en su mano derecha y un trozo de corteza de olmo o tilo en su izquierda, oraba al dios Waizganthos para que el lino creciese tan alto como ella estaba Acto continuo hacía una libación con la taza, que volvía a llenar y dejaba entonces caer el líquido al suelo en ofrenda a Waizganthos y tiraba I0s panes para los espíritus que le acompañaran. Si permanecía erguida so­bre un pie durante toda la ceremonia era un presagio de que la cosecha de lino sería buena, pero si dejaba caer el pie derecho para apoyarlo en el asiento era de temer un fracaso en la cosecha. Quizá tenga la misma significación el columpiar de los brahmanes que antiguamente debía pre­senciar erguido sobre un pie el Señor de las Huestes Celestiales.

Dados los principios de la magia homeopática o imitativa, podría pensarse que cuanto más altos subiesen los brahmanes al columpiarse, más alto crecería el arroz, pues la ceremonia se describe como un festi­val de recolección y el columpio es practicado por los letones de Rusia con la intención declarada de influir en el crecimiento de las mieses. En la primavera y a principios de verano, entre la Pascua de Resurrección y el día de San Juan (solsticio de verano), se dice que todos los rústicos letones dedican sus horas de ocio a columpiarse diligentemente; cuanto más alto se eleven por los aires, más alto crecerá el lino en dicha estación.

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