Sir james george frazer la rama dorada



Descargar 10,97 Mb.
Página46/123
Fecha de conversión06.01.2017
Tamaño10,97 Mb.
1   ...   42   43   44   45   46   47   48   49   ...   123

El viajero inglés cuya relación hemos dado no fue testigo del fes­tival que describe, aunque oyó el estampido de los disparos a distancia. Por fortuna, el relato exacto de estos festivales y el número de hom­bres que perecieron en ellos han sido conservados en los archivos de la

1 El régimen de castas considera a los sudras (hechos del pie de Brahma) me­nos que cosas: parias, "intocables", impuros y demás lindezas.

REYES OCCISOS A PLAZO FIJO 325

familia real de Calicut. En el último tercio del siglo xix, fueron exa-minados estos archivos por W. Logan con la ayuda personal del rey reinante y de su obra es posible obtener un concepto exacto tanto de la tragedia como de la escena que periódicamente se ponía en ejecución hasta 1743, en que tuvo lugar la ceremonia por última vez.

El festival en el que el rey de Calicut arriesgaba su corona y su vida como resultado de la batalla era conocido como "El Gran Sacrifi-

Cio. Caía cada doce años, cuando el planeta Júpiter estaba en retrogra-dación en el signo del Cangrejo, duraba veintiocho días y culminaba en

e1 momento de la octava constelación lunar en el mes de Makaram. Como la fecha del festival se determinaba por la posición de Júpiter en el cielo y el intervalo entre los dos festivales era de doce años, lo que aproximadamente es su período de revolución alrededor del sol, podemos conjeturar que el resplandeciente planeta se suponía ser, en cierto sen­tido particular, la estrella del rey y guía de su destino, correspondiendo el período de revolución en los cielos al de su reinado en la tierra. Sea lo que fuere, la ceremonia se observaba con gran pompa en el templo de Tirunavayi, en la orilla norte del río Ponnani. El sitio está junto a la actual vía férrea. Como el tren corre por allí, se puede dar un vistazo al templo, oculto en su mayor parte tras un grupo de árboles en la ri­bera del río. Del pórtico occidental del templo y extiende un camino perfectamente recto y poco elevado sobre el nivel de los arrozales que le rodean, formando una bonita alameda de una media milla de largo hasta una colina alta que tiene una escarpada ladera en la que todavía se delinean tres o cuatro terrazas. En la más alta de estas terrazas tenía su puesto el rey en ese día memorable. El panorama es hermoso; .entre las aplanadas superficies de los arrozales, con el ancho y plácido río ser­peando entre ellos, la vista recorre hacia Oriente las altas mesetas con sus bajas laderas cubiertas de bosques, asomando muy distante la gran cadena montañosa de los Chauts Occidentales y a mayor distancia aún las Neilgherries o Montañas Azules, difícilmente distinguibles del azul del cielo.

Pero no era hacia la distante perspectiva hacia donde se volvían los ojos del rey en este crítico instante de su destino. Su atención estaba pendiente de un espectáculo mucho más cercano, pues toda la llanura hervía de tropas con sus banderas ondulando alegremente al sol. Las tiendas blancas de los muchos campamentos contrastaban vigorosamente con el verde dorado de los arrozales. Cuarenta mil o más soldados esta­ban reunidos allí para defender al rey. Pero si la llanura bullía de com­batientes, el camino que la cruza desde el templo al puesto del rey es­taba limpio de ellos. Ni un alma rebullía en él; los dos lados estaban limitados por empalizadas y de cada lado, largas líneas de lanzas soste­nidas por brazos vigorosos se proyectaban en el camino solitario re­uniendo sus hojas en el centro y formando un centelleante arco de acero. Todo estaba a punto. El rey blandía, su espada y en el mismo instante colocaban sobre un elefante situado a su lado una gran cadena de oro



326 OCCISIÓN DEL REY DIVINO

adornada de medallones. Esta era la señal. Al instante podía sentirse a media milla un estremecimiento en la puerta del templo. Un grupo de hombres armados de espadas, adornados de flores y pintarrajeados con ceniza habían salido de la multitud. Acababan de participar de su últi-ma comida en la tierra y ahora recibían las últimas bendiciones y des- pedidas de sus amigos. Un momento después llegaban a la línea de lanzas, acuchillando y estoqueando a derecha e izquierda a los lanceros girando, volviendo y retorciéndose como si no tuvieran huesos en el cuerpo. Mas todo era en vano. Uno tras otro caían, uno más lejos otro más cerca del rey, contentos de morir, no por la ilusión de una corona, sino por el solo designio de probar al mundo su intrépido valor y su maestría esgrimiendo la espada. Hasta los últimos días del festi­val, el mismo espléndido derroche de valor, el mismo sacrificio inútil de vidas se repetía una y otra vez. Sin embargo, quizás ningún sacrificio que pruebe que hay hombres que prefieren el honor a la vida es total­mente inútil.

"Es una costumbre singular en Bengala —dice un antiguo historia­dor nativo de la India— que haya poca descendencia hereditaria en la sucesión a la soberanía. . . Quienquiera que mate al rey y consiga sen­tarse en el trono, es reconocido inmediatamente como rey; todos los emi­res, wazirs, soldados y aldeanos le obedecen instantáneamente y se le so­meten, considerándole como su soberano igual que lo era el otro príncipe y obedecen todas sus órdenes sin reservas. El pueblo de Bengala dice: —'Nosotros somos fieles al trono; quienquiera que sea el que lo ocupe, le somos obedientes y leales'". Una costumbre de la misma clase pre­valecía en tiempos pasados en el pequeño reino de Passier, en la costa norte de Sumatra. El antiguo historiador portugués De Barros, que nos informa de esto, señala con sorpresa que ningún hombre cauto desea ser rey de Passier, puesto que al monarca no le permiten vivir mucho sus súbditos. De vez en cuando se apoderaba del pueblo una especie de furia y marchaba por las calles gritando estruendosamente las palabras fatales: "El rey debe morir." Cuando el rey oía este son de muerte, sa­bía que su hora había llegado. El hombre que daba el golpe fatal era de linaje real y tan pronto como actuaba sangrientamente se sentaba en el trono y quedaba considerado como rey legítimo, con tal de que se diera maña a conservar su puesto en paz por un solo día; de esto, sin embargo, no siempre salía airoso el regicida. Cuando Fernâo Peres d'Andrade, en un viaje a China, entró en Passier por un cargamento de espe­cias, mataron dos reyes, y esto de la manera más pacífica y ordenada, sin el más ligero signo de tumulto o sedición en la ciudad, donde todas las cosas siguieron su marcha habitual, como si matar o ejecutar a un rey fuese cosa de todos los días. En una ocasión fueron elevados a tan peligrosa altura tres reyes que siguieron uno tras otro el pavoroso camino en un solo día. El pueblo defendía la costumbre, que estimaba muy laudable y aun de institución divina, diciendo que Dios no permi­tiría nunca que un ser tan elevado y poderoso como un rey, que go-

REYES OCCISOS A PLAZO FIJO 327

bernaba como su lugarteniente en la tierra, pereciese por la violencia si no lo mereciera. Despidiéndonos de la isla tropical de Sumatra, una re- gla del mismo género parece que se cumplía también entre los antiguos eslavos. Cuando los cautivos Gunn y Jarmerik fraguaron matar al rey ya la reina de los eslavos y escaparon, fueron perseguidos después por los bárbaros, que gritaban tras ellos que volvieran y que reinarían en lugar del monarca que asesinaron, puesto que por estatuto público de los antiguos la sucesión al trono recaía en el asesino del rey. Mas los regi­cidas fugitivos hicieron oídos sordos a las promesas considerándolas como cebo para atraerles a la destrucción; continuaron su huida y los gritos y clamores de los bárbaros fueron gradualmente muriendo en la distancia. Cuando los reyes estaban obligados a sufrir la muerte, a sus pro­pias manos o las de otros, al término de un plazo prefijado, era natural que procurasen delegar el penoso deber añadiendo algunos de los privi­legios de la soberanía a un substituto que sufriera vicariamente en su lugar. Parece que a este expediente recurrieron algunos príncipes de Malabar. Así, estamos informados por una autoridad nativa del país que "en algunos lugares, todos los poderes, lo mismo ejecutivo que ju­dicial, los delegaba el soberano en nativos durante un período fijo. Esta institución era intitulada Thalavettiparothiam o autoridad obtenida por decapitación. . . Era un cargo cuyo portador estaba investido durante cinco años con poderes despóticos supremos dentro de su jurisdicción. Al terminar los cinco años, le cortaban la cabeza y la arrojaban al aire entre un gran concurso de aldeanos que rivalizaban unos con otros inten­tando coger la cabeza en su caída. El que lo conseguía, era nombrado para ocupar el puesto durante los cinco años siguientes."

Cuando los reyes que hasta aquí estuvieron sujetos a terminar por muerte violenta al cabo de un plazo de años determinado, concibieron una vez el feliz pensamiento de "morir por diputación" en la persona de otros, lo pondrían muy naturalmente en práctica. Según esto, no debe maravillarnos encontrar este expediente o huellas del mismo en muchos países. Las tradiciones escandinavas contienen algunas alusiones a an­tiguos reyes suecos que reinaron sólo por períodos de nueve años, tras de los cuales eran obligados a morir o a encontrar un substituto que mu­riera en su lugar. Así, Aun u On, rey de Suecia, se dice que había sa­crificado a Odín por espacio de varios días y el dios le contestó que viviría tanto tiempo como sacrificase a uno de sus hijos cada nueve años. Sacrificó nueve de ellos a ese ritmo y hubiera sacrificado al décimo y último si los suecos se lo hubieran permitido. Así que murió y fue enterrado en un montículo en Upsala. Otra indicación de similar te­nencia de la corona la encontramos en una leyenda curiosa de la desti­tución y proscripción de Odín. Ofendidos por sus fechorías, los demás dioses le proscribieron y exilaron, poniendo en su lugar un substituto de nombre Oller, hechicero astuto al que concedieron los símbolos de la realeza y de la divinidad. Este diputado llevó el nombre de Odín y rei­naba ya cerca de diez años cuando fue expulsado del trono y Odín volvió

328 OCCISIÓN DEL REY DIVINO

a ocuparlo. Su rival derrotado se retiró a Suecia y después fue en una intentona para reparar su destrozada fortuna. Como los dioses son con frecuencia tan sólo hombres que parecen colosales por entre la nieblas de la tradición, podemos conjeturar que esta leyenda norsa conserva una reminiscencia confusa de antiguos reyes suecos que reinaban de nueve a diez años seguidos, abdicando después y delegando en otros el privilegio de morir por su país. El gran festival que tenían en Upsala cada nueve años puede haber sido la ocasión en la que el rey o su dele­gado era muerto. Sabemos que los sacrificios humanos formaron parte de los ritos.

Hay fundamentos para creer que el reinado de muchos antiguos reyes griegos estaba limitado a ocho años, o por lo menos que al ter­minar cada período óctuple se consideraba necesaria una nueva consagra­ción, un chorro fresco de la divina gracia, con objeto de habilitarles para el cumplimiento de sus deberes civiles y religiosos. Así vemos que era una regla de la constitución espartana la de que cada ocho años escogie­ran los éforos una noche sin luna y estrellada, y sentándose, observaran el cielo en el silencio de la noche. Si durante su vigilia veían un meteoro o alguna estrella errante, deducían que el rey había pecado contra la deidad y la suspendían en sus funciones hasta que el Oráculo Olímpico o Deifico le reinstalase en ellas. Esta costumbre, que tiene todo el sabor de una gran antigüedad, no se consintió quedara como letra muerta ni aun en las postrimerías de la monarquía espartana, pues en el siglo ni antes de nuestra Era, un rey que se había hecho odioso al partido refor­mista, fue inmediatamente depuesto tras varios cargos falsos, entre los cuales y ocupando un lugar preeminente estaba la señal nefasta del cielo.

Si el usufructo del oficio real estaba antiguamente limitado entre los espartanos a ocho años, podemos preguntar: ¿por qué se elegía preci­samente este período como la medida del reinado de un rey? La razón se encontrará probablemente en las consideraciones astronómicas que determinaron el calendario griego primitivo. La dificultad de reconciliar el tiempo lunar con el solar es uno de los enigmas sin solución que han probado la ingeniosidad de los hombres que estaban emergiendo del barbarismo. Ahora bien, un ciclo óctuple de años es el período más corto al fin del cual el sol y la luna-señalan su momento coincidente después de entremezclarse, por decirlo así, durante la totalidad del inter­valo. Así, por ejemplo, si es solamente una vez cada ocho años cuando la luna llena coincide con el día más largo o más corto del año, como esta coincidencia puede observarse con la ayuda de un sencillo reloj de sol, esta observancia es una de las primeras que pueden servir como base para un calendario que traiga a las fechas solares y lunares a una tolerable armonía, aunque no sea exacta. Pero en los tiempos primitivos el ajuste apropiado del calendario era una cuestión que atañía a la reli­gión, pues de él depende el conocimiento de la estación apropiada para propiciar a las deidades cuyo favor es indispensable para el bienestar de

REYES OCCISOS A PLAZO FIJO 329

la sociedad- No extrañará por esto que el rey, como sacerdote-jefe del Estado o como dios mismo, estuviera expuesto a la deposición o a la

muerte al final de un período astronómico. Cuando las grandes lumina-

rias habían terminado su curso en las alturas e iban a renovar su carrera celeste, bien podía pensarse que el rey debería renovar sus energías divi­nas o probar que estaban incólumes, so pena de ceder el sitio a un suce­sor más vigoroso. En la India meridional, como vimos, el rey gobernaba

y terminaba su vida con la revolución del planeta Júpiter alrededor del Sol En Grecia, por otra parte, el destino del rey parece quedar suspen­dido de la balanza al cabo de cada ocho años, pronto a volatilizarse y a extinguir su destello en cuanto el platillo opuesto se cargase con el peso de una estrella fugaz.

Cualquiera que fuese su origen, el ciclo óctuplo parece haber coinci­dido con la duración regular de un reinado en otras partes de Grecia, además de Esparta. Así, Minos rey de Cnossos, en Creta, cuyo mag­nífico palacio ha sido descubierto no hace muchos años,1 se dice que ocupaba su puesto por períodos de ocho años seguidos. Al final de cada período se retiraba por una temporada a la cueva "oracular" del Monte Ida, donde se ponía en comunicación con su divino padre Zeus, dán­dole cuenta de su mandato real en los pasados años y recibiendo ins­trucciones de él para guiarse en los años venideros. La tradición implica que al final de cada período de ocho años necesitaba el rey renovar los poderes sagrados por comunión con la divinidad y que sin tal renovación perdería su derecho al trono.

Sin ser demasiado aventurado, podemos conjeturar que el tributo de las siete doncellas y siete donceles que los atenienses tenían obligación de enviar a Minos cada ocho años, tenía alguna relación con la renova­ción de los poderes reales para otro ciclo óctuplo. Variaban las tradicio­nes respecto al destino que aguardaba a los mancebos y damiselas a su llegada a Creta, pero en opinión general parece que eran encerrados en el Laberinto para ser devorados por el Minotauro o al menos quedar aprisionados para siempre. Quizá eran sacrificados quemándolos vivos dentro de un toro de bronce o de una imagen de hombre con cabeza de toro, con objeto de renovar la fortaleza del rey y del sol, a quien per­sonificaba. Esto, en todo caso, lo hace sugerir la leyenda de Talos, un hombre de bronce que abrazaba contra su pecho a la gente y se arro­jaba al fuego con ella, que moría abrasada. Se cuenta que se lo había entregado Zeus a Europa o Hefaistos a Minos para guardar la isla de Creta, a la que él vigilaba dando tres vueltas a su perímetro cada día. Según otro relato era un toro y según otro más, el Sol. Probablemente estaba identificado con el Minotauro y, despojado de su forma mítica, no sería otra cosa que una imagen broncínea del sol representado como un hombre con cabeza de toro. Con el designio de reavivar los fuegos del sol serían sacrificadas víctimas humanas al ídolo, quemándolas den-

1 Véase A. J. Evans, The Palace of Minos; R. M. Burrows, The Discoveries in Crete; C. H. Hawes y H. Boyd Havves, The Forerunner of Greece.

330 OCCISIÓN DEL REY DIVINO

tro de su cuerpo hueco o colocadas en sus manos inclinadas de tal modo que por declive rodaran a un foso de fuego. Ésta fue la manera como los cartagineses sacrificaban sus niños a Moloc;1 las criaturas eran colocados en las manos de bronce de una imagen con cabeza de ternero, desde la s que se deslizaban dentro de un horno encendido, mientras la gente bailaba al son de flautas y panderos para ahogar los gritos de las víctimas que se quemaban. El parecido que aportan las tradiciones cretenses con la costumbre cartaginesa sugiere que en el culto asociado con el nombre de Minos y Minotauro puede haber influido poderosamente el culto de algún Baal semítico. La tradición de Falaris, tirano de Agrigento, y su toro de bronce, puede ser un eco de ritos similares en Sicilia, donde el poder cartaginés echó profundas raíces.

En la provincia de Lagos, la tribu Tjebu, de la raza yoruba, está dividida en dos ramas que se conocen respectivamente como la Ijebu Ode y la Ijebu Remon. La rama Ode de la tribu está dirigida por un jefe que lleva el título de Awujale, al que rodea una atmósfera de mis­terio. Hasta época reciente ni aún sus súbditos podían ver sus facciones y cuando las circunstancias le obligaban a comunicarse con ellos, les ha­blaba tras de una cortina que le ocultaba. La otra rama, la Ijebu Remon, de la tribu Ijebu, está gobernada por un jefe de menor rango que el Awujale. John Parkinson fue informado de que en épocas anteriores se acostumbraba a matar con el debido ceremonial a este jefe subordinado después de gobernar durante tres años. Como el país está ahora bajo la protección británica, la costumbre de condenar a muerte al jefe termi­nados sus tres años de mandato ha sido abolida hace tiempo y Parkinson no pudo averiguar detalles sobre el asunto.

En Babilonia, y en época histórica, la ocupación del puesto regio era prácticamente de por vida, aunque en teoría creemos que debió ser meramente anual. Todos los años, en el festival de Zagmuk, tenía que renovar el rey sus poderes cogiendo la manos de la imagen de Marduk en su gran templo de Esagil, en Babilonia. Aunque después pasó Babilonia a poder de Asiría, se esperaba que los monarcas asidos legalizasen su derecho al trono viniendo todos los años a Babilonia y oficiando la antigua ceremonia del festival de Año Nuevo, pero algunos monarcas encontraron tan molesta la obligación que se descargaban de ella renunciando al título de rey y tomando el más humilde de gober­nador. Además, podría ser que en tiempos remotos, aunque no en época histórica, los reyes de Babilonia, o sus bárbaros antecesores, perdie­ran no sólo la corona, sino también la vida al cabo de un año de rei­nado. Por lo menos tal es la conclusión deducible de la prueba siguiente. Según el historiador Beroso, que como sacerdote babilónico habla con gran conocimiento de causa, se celebraba anualmente en Babilonia una fiesta llamada la Sacaea. Principiaba el día 16 del mes Lous y duraba cinco días, en los cuales amos y servidores cambiaban sus puestos, dando

i Moloc en cananeo significa rey. Se encuentran referencias bíblicas en el Libro de los Reyes, en Ezequiel y en Jeremías.

REYES OCCISOS A PLAZO FIJO 331

órdenes los sirvientes y obedeciendo los amos. Vestían a un prisionero condenado a muerte con ropajes reales, le sentaban en el trono del rey y le permitían proceder como quisiera, comer, beber y yacer con las con-cubinas del rey. Pero al terminar los cinco días, le despojaban de sus ropas regias, le azotaban y por último le colgaban o empalaban. Durante el breve período de su auge regio llevaba el título de Zoganes. Esta cos-tumbre quizá podría explicarse como una burla horrenda perpetrada en una época de diversión a expensas de un desgraciado criminal. Pero hay una circunstancia, la de permitir que el Rey de Burlas gozase de veras las concubinas del rey, que va decididamente en contra de esta interpretación. Considerando la celosa reclusión del harén de un déspota oriental, podemos estar bien seguros de que el permiso de invadirlo nunca hubiera sido concedido por el déspota y menos todavía a un cri­minal convicto, excepto por una gravísima razón. Esta razón difícilmente podía ser otra que la de que el condenado iba a morir en lugar del rey, y para hacer la perfecta sustitución era necesario que gozase de todos los derechos de la realeza durante su breve reinado. No hay nada sor­prendente en esta sustitución. La regla que ordena morir al rey, ya a la aparición de cualquier síntoma de decadencia corporal o al terminarse un tiempo prefijado, es ciertamente una ley quo los reyes tratarían, más pronto o más tarde, de abolir o modificar. Hemos visto que en Etiopía, Sofala y Eyeo, la regla o la ley fue gallardamente abandonada por ilus­trados monarcas, y que en Calicut, la antigua costumbre de matar al rey al final de los doce años de reinado fue transformada en un permiso concedido a cualquiera para que, al cumplir los doce años, pudiera atacar al rey y en caso de matarle, reinar en su lugar, aunque, como el rey en esa época tomaba la precaución de rodearse de guardias, el per­miso quedaba reducido a poco más que una fórmula. Otro medio de modificar la dureza de la antigua regla lo vemos en la antigua costumbre babilónica que acabamos de describir. Cuando se acercaba el término del plazo para matar al rey (en Babilonia parece que era al final de un solo año de reinado), éste abdicaba por unos días, durante los cuales reinaba y sufría en su lugar un "rey temporero". En sus inicios, el rey temporero podría haber sido una persona inocente, posiblemente algún miembro de la propia familia real; pero con el avance de la civilización, el sacrificio de una persona inocente podría herir el sentimiento público y en consecuencia sería investido de la breve y fatal soberanía un cri­minal convicto. En esta dirección encontramos otros ejemplos de un criminal moribundo representando a un dios moribundo, pues no debe­mos olvidar, como el caso de los reyes shilluk demuestra con claridad, que el rey es occiso en su carácter de dios o semidiós y su muerte y resurrección son los únicos medios disponibles para perpetuar la vida divina incólume que se cree necesaria para la salvación de su pueblo y del mundo.
1   ...   42   43   44   45   46   47   48   49   ...   123


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal