Sir james george frazer la rama dorada



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de desapariciones misteriosas de los primeros reyes en otros países, por ejemplo en Roma y Uganda, apuntan a una costumbre similar de "ma­tarlos con la idea de conservar sus vidas."

En su conjunto, la teoría y práctica de los reyes divinos de los shilluk corresponde muy de cerca a la teoría y práctica de los sacerdotes de

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Nemi, los reyes del bosque, si nuestro juicio sobre éstos es acertado. En ambos vemos una serie de reyes divinos, de cuya vida creen que depende la fertilidad de los hombres, del ganado y de la vegetación, y que son muertos ya en combate singular o de cualquier otro modo, con el pro- pósito de que su espíritu divino pueda transmitirse a sus sucesores en pleno vigor, sin estar contaminado por las flaquezas y decadencia de las enfermedades o la vejez, pues tamaña degeneración por parte del rey oca- sionaría, en opinión de los creyentes, la correspondiente degeneración de la humanidad, del ganado y de las cosechas. Algunos datos en esta ex plicación de la costumbre de matar a los reyes divinos, en particular el método de transmisión de sus almas divinas a sus sucesores, serán trata- dos con más detalle después. Mientras, pasaremos a otros ejemplos de la práctica general.

Los dinkas son un conglomerado de tribus independientes del valle del Nilo Blanco, esencialmente un pueblo pastoril apasionadamente de­dicado al cuidado de sus numerosas vacadas, aunque también tienen ove­jas y cabras, cultivando las mujeres parcelas pequeñas de mijo y sésamo. Por sus cosechas y sobre todo por sus pastos dependen de la regularidad de las lluvias; en época de sequía prolongada se dice quedan reducidos a la más extrema necesidad. Por esto el "hacedor de lluvias" es un per­sonaje muy importante aún hoy; indudablemente los hombres de auto­ridad, a los que los viajeros titulan jefes o jeques, son en realidad los "hacedores de lluvias" actuales o potenciales en la tribu o comunidad. Se cree que cada uno de éstos está animado por el espíritu de un "gran hacedor de lluvias", que ha llegado hasta él por intermedio de una suce­sión de "hacedores de lluvias", y en virtud de esa inspiración, un "hace­dor de lluvias" reputado goza de un poder muy grande y es' consultado en todos los asuntos importantes. A pesar, o mejor, en virtud del alto honor en que se le tiene, a ningún "hacedor de lluvias" dinka se le con­siente acabar de muerte natural, enfermedad o vejez; los dinkas creen que si tan funesto acaecimiento se verificara, la tribu padecería enfer­medades y hambre y los ganados no se reproducirían. Así, cuando un "hacedor de lluvias" siente que se está haciendo viejo y achacoso, dice a sus hijos que desea morir. Los agar-dinkas cavan una gran fosa y el "hacedor de lluvias" acompañado por sus amigos y familia, llega a la fosa y se mete en ella, tumbándose. Desde allí, de vez en cuando, habla a las gentes recordándolas la historia pasada de la tribu, cómo la gobernó y aconsejó e instruyéndoles acerca de cómo deben actuar en el futuro. Por último, cuando ha concluido su admonición, ordena que le entie-rren, lo que cumplen arrojando la tierra en la fosa sobre él, con lo que pronto perece de sofocación. Con pequeñas variantes, éste parece ser el término regular de la carrera honorable de un "hacedor de lluvias" en todas las tribus dinkas. Los khor-adar-dingas, según el Dr. Seligman, cuando tienen cavada la fosa para su "hacedor de lluvias", le estran­gulan en casa. El padre y el tío paterno de uno de los informantes del Dr. Seligman habían sido "hacedores de lluvias" y ambos habían sido

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muertos en la forma más regular y ortodoxa. Aunque el "hacedor de lluvias” sea muy joven, le matarán si sospechan que puede perecer de alguna enfermedad. Además, toman toda clase de precauciones para evi-tar que muera accidentalmente, porque, al fin, aunque no sea caso tan grave como el de morir por enfermedad o vejez, con seguridad ocasio-naría alguna epidemia en la tribu. Tan pronto como es muerto un “hacedor de lluvias", su valioso espíritu transmigra a un digno sucesor, sea un hijo u otro pariente consanguíneo.

En el reino centroafricano de Bunyoro, hasta hace pocos años, re-gía la costumbre de que tan pronto como el rey enfermaba seriamente empezaba a manifestar achaques de vejez, debía morir por su propia mano. Según una antigua profecía, sería destronada la dinastía si el rey moría de muerte natural. Se suicidaba bebiendo una taza de veneno y si vacilaba o estaba demasiado enfermo para pedir la copa, era deber de su esposa administrarle el veneno. Cuando creen que el rey de Ki-banga, en el Alto Congo, está próximo a su fin, los hechiceros le ponen al cuello una cuerda de la que van tirando gradualmente hasta que muere. Si el rey de Cuigiro queda malherido en batalla, sus camaradas le rematan y si ellos no lo hacen se encarga de hacerlo un pariente, sin escuchar sus demandas de clemencia. Dicen que se hace así para que no muera a manos de sus enemigos. Los jukos son una tribu pagana del río Benue, afluente del Niger. En su país, "la ciudad de Gatri está regida por un rey elegido como sigue entre los poderosos de la ciudad: cuando en opinión de los poderosos ha gobernado ya bastante el rey, anuncian que el monarca está enfermo, fórmula entendida por todos en el sentido de que va a ser muerto, aunque la intención nunca se expresa con crudeza. Después deciden quién será el próximo rey; el tiempo que deberá reinar se establece en la reunión por los hombres influyentes y hecha la pregunta, cada cual va tirando al suelo tantos trocitos de palo como años piensa que debe gobernar el nuevo rey. Entonces se lo dicen al rey y se prepara un gran banquete, en el que el monarca se embo­rracha con cerveza de durra,1 y después de matar al rey a lanzazos, el hombre elegido queda de rey. Así, pues, cada rey juko sabe que no pue­de tener muchos años de vida y que correrá la misma suerte que su predecesor, pero no creemos que esto asuste a los candidatos. La misma costumbre de regicidio se dice que prevalece en Quonde y Wukari, así como en Gatri." En los tres reinos bausas de Gobir, Katsina y Daura, en Nigeria septentrional, tan pronto como un rey muestra signos de sa­lud quebrantada o achaques crecientes, aparece en escena un oficial que lleva el título de Matador del Elefante y le estrangula.

El Matiamvo es un gran rey o emperador del interior de Angola. Uno de los reyes subordinados del país, nombrado Challa, hizo a la ex­pedición portuguesa el siguiente relato del modo como llega a su fin el Matiamvo. "Ha sido costumbre, dijo Challa, que nuestros Matiamvos pereciesen en la guerra o por muerte violenta y el actual Matiamvo debe

1 Una clase de sorgo.

  1. OCCISIÓN DEL REY DIVINO


encontrar su fin del mismo modo; tomando en cuenta sus grandes exac-ciones, ya ha vivido bastante. Cuando llegamos nosotros a entenderlo así y decidimos que debe morir, le invitamos a emprender la guerra contra nuestros enemigos, en cuya ocasión le acompañamos todos a él y a su familia, con lo que perdemos alguna de nuestra gente. Si él escapa sin daño, volvemos a guerrear otra vez por tres o cuatro días. Entonces le abandonamos súbitamente con su familia a su destino, deján-dole en poder del enemigo. Viéndose abandonado, ordena que coloquen su trono y se sienta en él, llamando a toda su familia a su alrededor. Entonces ordena a su madre que se acerque, ella se arrodilla a sus pies y el rey le corta la cabeza; decapita a sus hijos seguidamente y después a sus mujeres y parientes, dejando para el final de todo a su más amada mujer, llamada Anacullo. Una vez terminada esta matanza, el Matiamvo vestido con toda pompa, aguarda su muerte, que pronto llega por un oficial enviado por los poderosos jefes vecinos Caniquinha y Canica. Este oficial le corta las piernas y los brazos por las coyunturas y al final le corta la cabeza, después de lo cual también cae cortada la cabeza del ofi­cial. Todos los potentados se retiran del campamento con el objeto de no ver su muerte. Es mi deber permanecer y ser testigo de su muerte, señalando el lugar donde los dos grandes jefes enemigos del Matiamvo han depositado su cabeza y miembros. También toman ellos posesión de todas las cosas que pertenecieron al monarca occiso y a su familia, y se las llevan a sus residencias. Entonces se provee lo necesario para el funeral de los mutilados restos del último Matiamvo y después voy a la capital para proclamar el nuevo gobierno. De allí vuelvo adonde fueron depositados la cabeza, brazos y piernas, y con la ayuda de cua­renta esclavos rescato juntamente las mercancías y otras propiedades pertenecientes al muerto y se las entrego al nuevo Matiamvo que ha sido proclamado. Esto es lo que ha acontecido a muchos Matiamvos y lo que le debe suceder al actual."

Parece haber sido una costumbre zulú matar al rey tan pronto como empiezan a salirle arrugas y canas. Por lo menos así lo creemos implícito en el siguiente pasaje escrito por alguien que residió algún tiempo en la corte del conocido tirano zulú Chaka1 a principios del siglo pasado: "La extraordinaria violencia de la cólera real conmigo fue ocasionada principalmente por aquel 'curalotodo' absurdo, el aceite para el cabello, con el anuncio que había impreso el Sr. Farewell diciendo que era un 'específico' para quitar todas las señales de la edad. Desde el momento en que oyó que se podía obtener tal preparado, demostró gran empeño en conseguirlo y en todas las ocasiones nunca olvidó recordárnoslo ansiosa­mente; muy en especial, a nuestra marcha de la Misión, sus requeri­mientos fueron particularmente dirigidos a este objeto. Conviene saber que una de las costumbres bárbaras de los zulúes cuando escogen o eligen a sus reyes es que no pueden tener arrugas ni canas, señales de descali-ficación para llegar a ser el monarca de un pueblo guerrero. También

1 Fue muerto en el año 1828.

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es asimismo indispensable que su rey nunca muestre pruebas de haber llegado a la incapacidad e ineptitud para reinar; es muy importante por esto ocultar estas indicaciones todo el tiempo que sea posible. Chaka se había vuelto muy aprensivo y temía la aparición de las canas, cuyo momento sería la señal para él de prepararse para hacer su salida de este mundo sublunar, pues siempre eran seguidas por la muerte del monarca." El escritor, al que quedamos reconocidos por esta instructiva anécdota del aceite para el pelo, no especifica el modo que un canoso y arrugado jefe zulú tenía "para hacer su salida de este mundo sublunar", mas por analogía conjeturamos que le mataban.

La costumbre de matar a los reyes tan pronto como sufrían algún defecto personal, se mantenía hace dos siglos en el reino cafre de So­fala Ya hemos visto que estos reyes de Sofala eran considerados por su pueblo como dioses y de ellos impetraban la lluvia o el sol, según hiciera falta. Sin embargo, una ligera tacha corporal como la caída de un diente, por ejemplo, se consideraba causa suficiente para condenar a muerte a uno de estos hombres-dioses, según vemos por el siguiente relato de un antiguo cronista portugués: "Fue antiguamente costumbre

de los reyes de este país suicidarse tomando un veneno cuando caía sobre ellos algún desastre o defecto físico natural, tales como impotencia, en­- fermedad infecciosa, pérdida de un diente frontal, por lo que quedarían desfigurados o sujetos a cualquiera otra deformidad o aflicción. Para poner término a tales defectos se mataban a sí mismos, diciendo que el rey debe estar libre de cualquier tacha o, si no, era mejor para su honor morir y buscar otra vida donde estuviera entero, pues allí todas las cosas son perfectas. Pero el Quiteve [rey] que reinó cuando yo andaba por aquellos lugares no imitó a sus predecesores en esto, siendo discreto y respetable como era, pues habiendo perdido un diente inci­sivo, ordenó que se proclamara por todo el reino para que todos fuesen sabedores de haber perdido un diente y que así pudieran reconocer al rey cuando le vieran sin él, y si sus antecesores se mataron ellos mismos por tales cosas, fueron muy necios y él no quería hacerlo; al contrario, estaría muy triste cuando, pasado el tiempo, llegara para él la muerte natural, pues su vida era muy necesaria a la conservación del reino para defenderlo de sus enemigos. Y recomendaba a sus sucesores que imita­sen su ejemplo."

El rey de Sofala que se atrevió a sobrevivir a la pérdida de su diente delantero fue así un reformador intrépido semejante a Ergamenes, rey de Etiopía. Podemos conjeturar que la causa que incitaba a matar a los reyes de Etiopía, como en el caso de los reyes de los zulúes y de Sofala, era la aparición de alguna falta corporal o signo de decadencia y que el oráculo que los sacerdotes alegaban como autoridad para la ejecución regia indicaba las grandes calamidades que resultarían del reinado de un monarca que tuviese un defecto cualquiera en su cuerpo; de igual modo que un oráculo advertía a Esparta contra un "reino cojo" o sea el reinado de un rey cojo. En cierto modo es confirmación de esta conjetura el

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hecho de que los reyes de Etiopía fueran elegidos por su tamaño, fuerza y belleza mucho tiempo antes de ser abolida la costumbre de matarlos. Aun hoy, el sultán de Wadai no debe tener ningún defecto corporal visible y el rey de Angoy no puede ser coronado si tiene solamente un defectillo tal como un diente roto, desenfilado o la cicatriz de una he- rida antigua. Según el Libro de Acaill y muchas otras autoridades, nin- gún rey que estuviera maculado por un sencillo defecto podía reinar en Irlanda, en Tara, y por esta causa el gran rey Cormac Mac Art, que per- dió un ojo en un accidente, abdicó en seguida.

A muchos días de jornada al noroeste de Abomey, antigua capital del Dahomey, está situado el reino de Eyeo. "Los eyeos están regidos por un rey no menos absoluto que el de Dahomey, aunque sujeto a una regulación estatal al mismo tiempo extraordinaria y humillante. Cuando el pueblo empieza a concebir la opinión de estar mal gobernado, lo que algunas veces es infundido insidiosamente por las maniobras de los minis­tros descontentos, envían al rey una diputación con un regalo de huevos de loro, como señal de autenticidad, para indicarle que los cuidados del gobierno deben haberle fatigado tanto que ellos consideran ser ya tiempo para que descanse de sus cargos y condescienda a tomarse un sueñecito. Él da las gracias a sus súbditos por su deseo de que descanse, se retira a su departamento como si fuera a dormir y allí ordena a sus mujeres cómo le deben estrangular. Es inmediatamente ejecutado y su hijo as­ciende al trono pacíficamente con la condición usual de ejercer el go­bierno mientras merezca la aprobación del pueblo." Hacia el año de 1774, un rey eyeo al que sus ministros intentaron destronar de la ma­nera acostumbrada rehusó categóricamente aceptar la ofrenda de huevos de loro, diciendo que no tenía ganas de dormir la siesta, sino que, al contrario, había resuelto velar para el beneficio de sus súbditos. Los ministros, sorprendidos e indignados por el recalcitrante, se rebelaron, mas fueron derrotados con gran carnicería y así, por su animosa con­ducta, se libertó el rey de la tiranía de los consejeros y estableció un nuevo precedente como guía para sus sucesores. A pesar de esto, cree­mos que la costumbre tradicional subsistió hasta fines del siglo xix, pues un misionero católico, escribiendo en 1884, habla de la práctica como si estuviera en boga. Otro misionero que escribió en el año de 1881, describe así la usanza de los eghas y yorubas del África occidental. "Entre las costumbres del país, una de las más curiosas es incuestiona­blemente la de juzgar y castigar al rey. Si él ha merecido el odio de su pueblo por excederse en sus derechos, uno de sus consejeros, sobre el que recae la obligación más pesada, requiere al príncipe para que se vaya a dormir, lo que significa sencillamente envenenarse y morir." Si su valor decae en el supremo momento, un amigo le presta este último servicio y tranquilamente, sin descubrir el secreto, preparan al pueblo para la noticia de la muerte del rey. En Yoruba, el asunto se diferencia algún tanto. Cuando al rey de Oyó le nace un hijo, hacen un molde de arcilla del pie derecho del infante, que guardan en la casa de los cabeza de

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familia (ogboni). Si el rey no cumple las costumbres del país, un mensajero, sin pronunciar una sola palabra, le presenta el pie infantil de arcilla y el rey ya sabe lo que esto significa. Se envenena y se va a “dormir". Los antiguos prusianos tenían como señor supremo al gober-nante que les ordenaba en nombre de los dioses y era conocido como “La boca de Dios" Cuando se sentía enfermo y débil, si deseaba de-jar una buena reputación tras él, se colocaba sobre un gran montón hecho con brazadas de paja y arbustos espinosos, desde el cual pronun-ciaba un gran sermón al pueblo exhortándole a servir a los dioses y prometiendo que iría a ellos y hablarla por las gentes. Después cogía él mismo un ascua encendida en el fuego perpetuo que ardía frente al roble sagrado y prendía la pira, donde moría abrasado.

3. reyes occisos a plazo fijo

En los casos hasta aquí descritos, el rey divino o el sacerdote es sopor­tado por el pueblo manteniéndole en su puesto hasta que algún defecto ostensible, algún signo visible de salud quebrantada o avanzada edad, avisen que ya no es apto para cumplir sus deberes divinos, pero no es condenado a morir mientras esos signos no hagan su aparición. Algu­nos pueblos, sin embargo, parecen haber pensado en lo inseguro que es esperar hasta los más ligeros signos de decadencia y han preferido matar al rey mientras estuviera en pleno vigor. De acuerdo con esta idea, han fijado un plazo más allá del cual no podía reinar y al fin del que debía morir, y tan corto que pudiera excluirse la probabilidad de su degeneración física en el intervalo. En algunas partes de la India meri­dional, el período era de doce años. Así, según un viajero antiguo, en la provincia de Quilacare "hay una casa de oración de los gentiles en la que guardan a un ídolo que tienen en gran consideración y cada doce años celebran una gran fiesta para él y a la que los gentiles van como a un jubileo. Este templo posee muchas tierras y muchas rentas; es un magnífico negocio. La provincia tiene un rey que reina solamente doce años, de jubileo en jubileo. Su manera de terminar de vivir y reinar es como sigue: cuando llega a su término el día de esta fiesta, se reúne innumerable gentío que gasta mucho dinero en dar alimentos a los brah­manes y el rey manda hacer una plataforma de madera recubierta de colgaduras de seda; en ese día se baña en un estanque, con grandes cere­monias y acompañado de música, después de lo cual, tras de orar ante el ídolo, sube a la plataforma y allí, ante todo el pueblo, coge unos cuchi­llos muy afilados y comienza cortándose la nariz y después las orejas, los labios y continúa con todos sus miembros y cuanta carne puede, arro­jándolo todo lo mis rápidamente posible hasta que la mucha sangre que vierte comienza a desvanecerle y en esos momentos se secciona la gar­ganta. Él hace este sacrificio al ídolo; el que se disponga a reinar otros doce años y bajo compromiso de martirizarse por amor al ídolo, tiene que estar presente mirando esto, y desde este lugar es elegido como rey."

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El rey de Calicut, en la costa malabar, lleva el título de Sainorín o Sarnory y "pretende ser de más alto rango que los brahmanes y sola- mente inferior a los dioses invisibles, pretensión conocida de sus súbdi-tos, pero tenida como absurda y abominable por los brahmanes, que le consideran como un sudra".1 Antes el Samorín tenía que cortarse el cue llo en público al cabo de los doce años de reinado, pero más tarde, hacia finales del siglo xvii, la costumbre fue modificada así: "Observábanse muchas costumbres extrañas en este país anteriormente y algunas muy extraordinarias continúan aún. Era antigua costumbre que el Samorín reinara tan sólo doce años y nada más. Si moría antes de que su plazo expirase, se salvaba de la molesta ceremonia de cortarse la garganta en un cadalso erigido para este propósito. Primero invitaba a un festín a toda la nobleza y ciudadanos, que eran muy numerosos. Después del festín se despedía de sus invitados, subía a la plataforma y con mucha compostura se degollaba a la vista de la multitud, siendo su cuerpo inci­nerado poco después con gran pompa y ceremonia y eligiendo los Gran­des un nuevo Samorín. Si la costumbre era una ceremonia religiosa o civil, yo no lo sé, pero ahora ha sido relegada y se sigue una costumbre nueva por los Samorines modernos cuando se proclama el jubileo por to­dos los dominios al final de los doce años, y es que instalan una tienda de campaña para él en una espaciosa llanura donde celebran una gran fiesta de diez o doce días consecutivos con júbilo y alegría, descargas de armas de fuego noche y día y otros festejos; al final de la fiesta, cua­tro de los huéspedes proyectan ganar la corona real por una acción deses­perada luchando en su camino contra 30 o 40 000 guardias del Samo­rín, para alcanzarle en su tienda y matarle, y el que lo consigue le sucede en su imperio. En el año de 1695 aconteció uno de esos jubileos y la tienda del Samorín fue colocada cerca de Pennany, puerto de mar a unas quince leguas al sur de Calicut; sólo hubo tres hombres que se aventuraron a la acción desesperada, cayendo con espada en mano y escudos sobre los guardias, y después de haber matado y herido a muchos, fueron muertos a su vez. Uno de estos desesperados tenía un sobrino de quince o dieciséis años de edad que se mantenía cerca de su tío en el ataque a los guardias y cuando le vio caer, fue luchando por entre los guardias hasta dentro de la tienda y tiró un golpe a la cabeza de su ma­jestad que ciertamente le hubiera bastado si no tropieza la espada con una lámpara de bronce que ardía sobre él; pero antes de poder repetir el sablazo fue muerto por los guardias. Creo que es el mismo Samo­rín el que reina aún. Acerté a pasar costeando en aquellos días y du­rante dos o tres noches y días estuve oyendo los disparos."
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