Sir james george frazer la rama dorada



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corriente la obediencia de estas leyes queda al criterio individual, en el caso del hombre-dios es obligada bajo pena de destitución de su alto
cargo y aun de su muerte. Sus adoradores han puesto en su vida un
riesgo demasiado grande para consentirle que la trate con ligereza y la
pierda. Por eso, todas las supersticiones estrambóticas, los viejos apoteg-mas, los venerables proverbios que la ingenuidad de los filósofos salvajes elaboraron luengo tiempo ha y que las viejas en los rincones de las co­-cinas todavía hacen saber como tesoros de gran precio a sus descendientes reunidos en torno al fuego del hogar en las tardes de invierno, toda esa urdimbre de anticuadas quimeras, todas esas telarañas del cerebro fueron tejidas al paso del antiguo rey, del hombre-dios al que, enmarañado en ellas como una mosca en la telaraña, le era difícil deslizar un solo dedo por los hilos de la costumbre, "leves como el aire, fuertes como cadenas de hierro" que cruzando y recruzándose los unos a los otros en labe­rinto inextricable, le apresaban en una red de observancias de las que no se podía librar más que con la destitución o la muerte.

Para los investigadores del pretérito, la vida de los antiguos reyes y sacerdotes abunda en enseñanzas. En ella se recopila todo lo que pareció sabiduría o pasó por tal cuando el mundo era joven. Era el modelo per­fecto al que cada hombre se esforzaba en ajustar su vida: un modelo impecable construido con rigurosa precisión sobre el trazado de una filo­sofía bárbara. Por muy ruda y falsa que pueda parecemos a nosotros, seríamos injustos negando el mérito de su consecuente lógica. Partiendo del concepto del principio vital como de un ser pequeñito o alma exis­tente dentro del ser viviente, pero diferente y separable de él, se deduce como guía práctica de vida un sistema de reglas en general coherentes que forman un conjunto armonioso y razonablemente completo. La falla (y esto es una fatalidad) del sistema no está en su razonamiento, sino en sus premisas: en este concepto de la naturaleza de la vida, no en algún desatino de las conclusiones deducidas del concepto. Pero el estigmatizar esas premisas como ridículas por poder descubrirse fácil­mente su falsedad sería tan ingrato como poco filosófico. Situados noso-otros sobre los cimientos construidos por las generaciones que vivieron antes, apenas podemos darnos cuenta de los penosos y prolongados esfuer­zos que ha costado a la humanidad llegar al punto, al fin y al cabo no muy alto, que hemos alcanzado. Debemos nuestra gratitud a los lucha­dores innominados y olvidados cuyo pensamiento pacienzudo y cuya dili­gente actividad han hecho generosamente lo que somos. La cantidad de conocimientos nuevos que una generación, y con más razón un hombre solo, pueden añadir al acervo general es pequeña, y arguye estupidez o picardía, además de ingratitud, ignorar el montón y jactarse de los pocos granos que puede haber sido privilegio nuestro el añadir. En verdad que ahora hay poco peligro en menospreciar las contribuciones que los tiempos modernos y aun la antigüedad clásica han hecho al avance gene-

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ral de nuestra raza. Pero cuando rebasamos estos límites, el caso es diferente; desprecio y ridículo o aborrecimiento y denuncia son con demasiada frecuencia el único reconocimiento concedido al salvaje y sus modos de ser. Sin embargo, de los bienhechores a quienes estamos obli- gados por gratitud a conmemorar, muchos de ellos, quizá los más, fueron salvajes. Porque, a pesar de todo cuanto se haga y se diga, nuestras seme- janzas con el salvaje son todavía mucho más numerosas que nuestras diferencias y lo que tenemos de común con él y conservamos deliberada­mente como verdadero y útil, lo adeudamos a nuestros antepasados sal­vajes, que lentamente adquirieron por experiencia y nos transmitieron por herencia esas ideas, al parecer fundamentales, que nosotros propen­demos a considerar como originales e intuitivas. Somos nosotros a modo de herederos de una fortuna que nos ha sido transmitida por tantas generaciones que la memoria de los que la elaboraron se ha perdido y los poseedores actuales consideran como inalterable y original de su raza desde el principio del mundo. Mas la reflexión y el examen nos conven­cerán de que debemos a nuestros predecesores mucho de lo que nos parece nuestro y de que sus errores no fueron extravagancias voluntarias o locos desvarios, sino sencillamente hipótesis justificables como tales en la época en que fueron formuladas y que una experiencia más completa ha mostrado como inadecuadas. Tan sólo por las pruebas sucesivas de las hipótesis" y la exclusión de lo falso de ellas es como, al fin, se deduce la verdad. Después de todo, lo que denominamos verdad es solamente la hipótesis que nos parece mejor. Por esto, revisando las opiniones y prácticas de épocas y razas rudas, haremos bien en considerar con bene­volencia sus errores, como tropiezos inevitables en la búsqueda de la ver­dad y concederles la benévola indulgencia de que nosotros mismos necesi­taremos algún día: cum excusationes itaque vereres audiendi sunt.

CAPITULO XXIV

OCCISIÓN DEL REY DIVINO

1. LA MORTALIDAD DE LOS DIOSES

El hombre ha creado los dioses a su propia semejanza1 y siendo mortal supone naturalmente que los por él creados tienen el mismo triste fin. Así, los groenlandeses creen que un viento puede matar a su más po­deroso dios y que moriría también seguramente si tocara a un perro. Cuando oyeron del Dios cristiano, preguntaron si nunca murió y habién­doseles dicho que no, quedaron muy sorprendidos y dijeron que debía de ser en verdad un grandísimo dios. Respondiendo a las preguntas del coro­nel Dodge, un indio norteamericano aseguró que el mundo estaba hecho

1 Xenófanes de Colofón en el fragmento poemático "Naturaleza de las cosas" (si­glo vi, a. c.).

REYES OCCISOS CUANDO SUS FUERZAS DECAEN 313

por el Gran Espíritu. Habiéndole preguntado qué Gran Espíritu quería decir, si el bueno o el malo, replicó: "¡Oh! ninguno de ellos, el Gran Espíritu que hizo al mundo ha muerto ya hace mucho. No es posible viviera tanto tiempo como hasta ahora." En una tribu de las Islas Filipinas dijeron a los conquistadores españoles que el sepulcro del Creador estaba en la cumbre del monte Cabuniano. El dios o héroe divino de los hotentotes, Heintsi-eibib, ha muerto varias veces y volverá a la vida otra vez. Sus tumbas suelen encontrarse en desfiladeros angos­tos de las montañas. Cuando los hotentotes pasan ante una de ellas, tiran una piedra para tener buena suerte, y murmuran: "Danos ganado abundante". La tumba de Zeus, el gran dios de Grecia, la enseñaban a ]os visitantes en Creta todavía hacia los comienzos de nuestra era. El cuerpo de Dionisos estaba enterrado en Delfos, junto a la dorada estatua de Apolo, y su tumba tenía la inscripción: "Aquí yace muerto Dionisos, hijo de Semele". Según un relato, el mismo Apolo estaba enterrado en Delfos; se dice que Pitágoras grabó en su tumba una inscripción expli­cando cómo había sido muerto el dios por Pitón y enterrado bajo el trípode.

Los mismos grandes dioses de Egipto no son excepciones al destino común. Llegaban a viejos y morían. Alas cuando, después, el descubri­miento del arte de embalsamar dio un nuevo préstamo de vida a las almas de los muertos, preservando sus cuerpos de la corrupción por un tiempo indefinido, se permitió a las deidades gozar del beneficio de una invención que ofrecía a los dioses, de igual modo que a los humanos, una esperanza razonable de inmortalidad. Entonces cada provincia tuvo la momia y la tumba de su dios muerto; la momia de Osiris podía verse en Mendes, Tinis se ufanaba de poseer la momia de Anhouri y Heliópo-lis se congratulaba por la momia de Toumon. Los grandes dioses de Babilonia, aunque aparecían a sus adoradores solamente en sueños y visiones, fueron concebidos como humanos en su forma corporal, huma­nos en sus pasiones y humanos en su destino, pues, como los hombres, nacieron en el mundo y, también como los hombres, amaron lucharon y murieron.

2. reyes occisos cuando sus fuerzas decaen

Si de los grandes dioses, que moran lejos de las luchas y preocupa­ciones de esta vida terrena, se cree que mueren al fin, no es de esperar que un dios aposentado en un frágil tabernáculo carnal escape al mismo destino, aunque hayamos oído de reyes africanos que se creyeron inmor­tales gracias a sus propias hechicerías. Los pueblos primitivos, como ya vimos, creen en ocasiones que su seguridad, y más aún la del mundo en­tero, está ligada a la vida de uno de esos hombres-dios o encarnacio­nes humanas de la divinidad. Es natural por esto que se observen extre-mos cuidados con su vida, en consideración a la del propio pueblo. Mas ninguna suma de cuidados y precauciones evitará que el hombre-dios

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vaya haciéndose viejo y débil y, que al final, muera. Sus adorador deben contar con esta triste necesidad y resolverla como mejor puedan. El peligro es formidable, pues si la marcha de la naturaleza depende de la vida del hombre-dios, ¿qué catástrofe no podrá esperarse de la gradual debilitación de sus poderes y de su extinción final en la muerte? Sólo hay un procedimiento para evitar estos peligros; matar al hombre-dios tan pronto como muestre síntomas de que su poderío comienza a decaer, y su alma será transferida a un sucesor vigoroso antes de haber sido seriamente menoscabada por la amenazadora decadencia. Las ventajas de matar al hombre-dios en vez de dejarle morir de vejez y enfermedad son bastante evidentes para el salvaje, porque si el hombre-dios muere de lo que llamamos muerte natural, significa, en consecuencia, para el salvaje que su alma se ha marchado voluntariamente de su cuerpo y re­husa volver o, más a menudo aún. que ha sido arrebatada o por lo menos detenida en sus correrías por algún demonio o hechicero. En cualquiera de estos dos casos, el alma del hombre-dios se ha perdido para sus ado­radores y con ella se ha marchado la prosperidad y la propia existencia de éstos se halla en peligro. Aun si se capturara el alma del dios agonizante cuando le abandona, saliendo por sus labios o por los orificios de la nariz, transferirla así a un sucesor tampoco tendría efecto para sus propósi­tos, pues, moribundo por una enfermedad, su alma dejaría el cuerpo necesariamente en tal estado de debilidad y agotamiento que así enfe-blecida, continuaría arrastrando una lánguida e inerte existencia en el cuerpo al que fuese transferida. En cambio, matándole sus adoradores, en primer lugar se asegura la captura de su alma cuando escape y su trans­ferencia a un sucesor apropiado y en segundo lugar, matándole antes que sus energías naturales se abatan, podrá asegurarse que el mundo no decaiga al par de la decadencia del dios. Todos los propósitos, por esto, quedan satisfechos y todos los peligros evitados, dando muerte al hombre-dios mientras está aún en su auge y transfiriendo su alma a un sucesor vigoroso.

A los reyes del fuego y del agua en Camboya no se les permite mo­rir de muerte natural y, por esto, cuando alguno de estos reyes místicos está seriamente enfermo y los jefes de familia piensan que ya no podrá recobrar la salud, lo apuñalan. Las gentes del Congo creían, como hemos visto, que si su pontífice el Chitomé moría de muerte natural, el mundo perecería y la tierra, que sólo se sostenía por su poder y virtud, sería aniquilada inmediatamente. En consecuencia, cuando caía enfermo y creían posible su muerte, el hombre destinado a ser su sucesor entraba en la casa pontifical con una cuerda o una maza y le estrangulaba o aporreaba hasta matarle. Los reyes etíopes de Méroe fueron adorados como dioses; pero cuando los sacerdotes querían, enviaban un mensajero al rey ordenándole morir y alegando un oráculo de los dioses como su autoridad para el mandato. Esta orden fue siempre obedecida por los reyes hasta el reinado de Ergamenes, contemporáneo del rey de Egipto

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Ptolomeo II,1 el cual, habiendo recibido educación griega que le eman- cipaba de las supersticiones de sus paisanos, hizo caso omiso del mandato sacerdotal, y entrando en el Templo Dorado a la cabeza de unos grupos de soldados, pasó a filo de espada a los sacerdotes.

En esta misma región africana parecen haberse conservado costumbres del mismo tipo hasta los tiempos modernos. En algunas tribus , de Fazoql, el rey tenía que administrar justicia diariamente a la sombra de cierto árbol; si por enfermedad u otra causa se incapacitaba para cumplir este deber por tres días consecutivos, le colgaban del árbol con un nudo orredizo que tenía dos navajas dispuestas de tal modo que al cerrarse el nudo por la tirantez del peso del cuerpo del rey le cortaban el cuello. La costumbre de matar a sus reyes divinos a las primeras señales de flaqueza o de vejez ha prevalecido hasta hace poco, si bien es verdad que está extinguida y no sólo latente, entre los shiíluk del Nilo Blanco; en recientes años ha sido cuidadosamente investigada por el Dr. C. G. Seligman. La reverencia que prestan los shiíluk a su rey parece surgir de la convicción de que es la encarnación del espíritu de Nyakang, el héroe semidivino que fundó la dinastía y estableció la tribu en su te­rritorio actual. Es un artículo fundamental del credo shiíluk que el espíritu del divino o semidivino Nyakang está encarnado en el rey go­bernante y que, de acuerdo con, esto, está investido en algún modo con el carácter de una deidad. Pero aunque los shiíluk tienen a sus reyes en gran predicamento, tributándoles reverencia religiosa y tomando toda clase de precauciones contra su muerte accidental, no obstante acarician "la convicción de que al rey no se le puede consentir que enferme o envejezca, temiendo que al disminuir su vigor, los ganados enfermarán y dejarán de reproducirse, las cosechas se pudrirán en los campos y los hombres, atacados de enfermedades, morirán en creciente número". Para prevenir estas calamidades se practicaba como regla consuetudinaria general, matar al rey en cuanto mostraba señales de mala salud o debi­lidad. Uno de los síntomas fatales de su decadencia se veía en la inca­pacidad de satisfacer las pasiones sexuales de sus mujeres, de las que tenía muchísimas distribuidas en un gran número de casa en Fashoda. Cuando esta debilidad de mal agüero se presentaba, las mujeres se lo comunicaban a los jefes, los que, según decían, intimaban al rey su sentencia de muerte extendiendo una tela blanca sobre su cara y rodillas cuando dormía la siesta en el bochorno del mediodía. La ejecución se­guía pronto a la sentencia de muerte; construían al efecto una choza, y a ella conducían al rey, tendiéndole sobre el regazo de una nubil virgen, y después emparedaban la puerta dejando a la pareja sin alimento, agua ni fuego, para que murieran de hambre y de sofocación. Tal era la antigua costumbre que fue abolida hace unas cinco generaciones en consideración a los excesivos sufrimientos de uno de sus reyes que pereció

1 Ptolomeo Filadelfo reinó por abdicación de su padre Ptolomeo Soter (general que fue de Alejandro); en la historia de la filosofía queda su nombre unido a la tra­ducción bíblica llamada "de los setenta" (años 285-247 a. c.).

316 OCCISIÓN DEL REY DIVINO

de este modo. Se dice que ahora los jefes anuncian su destino al rey
y poco después lo estrangulan en una choza expresamente construída para esa ocasión.

De las investigaciones del Dr. Scligman se deduce que no sólo es-taba sujeto a terminar de muerte violenta y con la adecuada ceremonia

a los primeros signos de decadencia física, sino que también en el auge de salud y fuerza era atacado alguna vez por un rival y tenía que de- fender su corona en un combate a muerte. De acuerdo con la tradición vulgar shilluk, cualquier hijo de rey tenía derecho a luchar así con el monarca reinante, y si conseguía matarle reinaba en su lugar. Como cada rey tenía un gran harén y muchos hijos, el número de posibles candidatos al trono no solía escasear y el monarca reinante tenía que estar siempre pendiente de un ataque; pero éste sólo podía tener lugar con alguna probabilidad de éxito por la noche, pues durante el día el rey estaba rodeado de sus amigos y guardias reales, siendo difícil para un aspirante al trono abrirse paso y llegar hasta él. Por la noche era distinto; entonces los guardias eran despachados y el rey quedaba solo con sus mujeres favoritas en su recinto y no había por allí cerca nadie que le defendiera excepto algunos pastores cuyas chozas estaban empla­zadas en las cercanías. Las horas de obscuridad eran por esto los momen-tos peligrosos para el rey. Se cuenta que pasaba la noche en constante vigilancia, rondando el grupo de sus cabañas completamente armado, atisbando entre las sombras o silenciosamente alerta y quieto, como un centinela en su guardia, en algún sombrío rincón. Cuando al fin apa­recía un rival, la lucha se entablaría en un silencio torvo, roto solamente por el choque de las azagayas y escudos, pues era cuestión de honor para el rey no llamar en su auxilio a los pastores cercanos.

De igual manera que el fundador Nyakang, cada uno de los reyes shilluk era adorado después de muerto en una capilla que se le erigía sobre la tumba y estas tumbas estaban siempre en el poblado natal del rey. La tumba-capilla de cualquier rey se parecía a la capilla de Nyakang, consistiendo en algunas chozas rodeadas de una empalizada; una de las chozas estaba erigida sobre la tumba del rey y las otras las ocupaban los guardianes de la capilla. Es difícil, en realidad, distinguir las capi­llas de Nyakang de las de los reyes, y los rituales religiosos observados en todas son idénticos en la forma y sólo varían en materia de detalles, va­riaciones que evidentemente se deben a la mayor santidad que se atribuye a las capillas de Nyakang. Las tumbas de los reyes son atendidas por ciertos viejos o viejas, que corresponden a los guardianes de las capillas de Nyakang; suelen ser viudas o antiguos servidores del rey difunto, y cuando alguno de ellos muere lo sustituye alguno de sus descendientes. Además, ofrendan ganado en las capillas-tumbas de los reyes y los sacri­ficios que ofrecen son los mismos que se celebran en las capillas de Nyakang.



En general, el elemento principal de la religión de los shilluk pa­rece ser el culto que rinden a sus sagrados o divinos reyes, ya estén vivos

REYES OCCISOS CUANDO SUS FUERZAS DECAEN 317

o muertos. De éstos se cree que están animados por un solo espíritu divino que se ha ido transmitiendo desde el fundador casi mítico de la dinastía aunque probablemente histórico en substancia, a través de sus

sucesores hasta el día de hoy. Por esto, considerando a sus reyes como deidades encarnadas de las que dependen implícitamente el bienestar de los hombres, el ganado y las cosechas, los shilluk les prestan, como es natural el mayor respeto y todos tienen cuidados para ellos; sin embargo, y por extraño que nos parezca, esta costumbre de matar al rey divino tan pronto como muestra signos de mala salud o fuerzas decaídas brota direc­tamente de su profunda veneración por él y de su ansiedad por conser-

var mejor aún al espíritu divino del que está animado, en el más per­-fecto estado de eficiencia. No es eso solo; podemos decir además que su práctica del regicidio es la mejor prueba que pueden dar de la gran con­sideración que tienen a sus reyes, pues, como hemos visto, creen que la vida del rey o espíritu está tan compenetrada simpatéticamente con la prosperidad total del país que si él cae enfermo o envejece, el ganado enfermaría y cesaría de multiplicarse, las mieses se pudrirían en los cam­-pos y los hombres morirían de epidemia. Por esto, en su opinión, el único proceder que queda para esquivar estas calamidades es matar al rey mientras está todavía saludable y vigorosa, a fin de que su espíritu, he­redado de sus predecesores, pueda transmitirlo a su vez a su sucesor mientras está en pleno vigor y no se ha deteriorado aún por la debili­-dad de las enfermedades y de la vejez. A este respecto, el síntoma par­ticular que comúnmente sellaba la sentencia de muerte al rey es alta­-mente significativo: cuando ya no podía satisfacer las pasiones de sus numerosas mujeres; en otros términos, cuando cesaba total o parcial­mente de reproducir su especie, era el momento de morir y ceder el puesto a un sucesor más potente. Razón que, unida a las demás que



se alegan para matar al rey, sugiere que la fertilidad de los humanos, de los rebaños y de los campos se cree depender simpatéticamente de la po­tencia generativa del rey, así que el completo fracaso de ella en el sobe-rano traerá el correspondiente en los hombres, animales y plantas, lo que supone a no remota fecha la extinción entera de la vida humana, animal y vegetal. No es de extrañar, pues, que ante un peligro así, los shilluk estén muy atentos a no consentir que el rey muera de lo que podríamos llamar muerte natural por enfermedad o vejez. Es caracte­rístico de su actitud hacia la muerte de los reyes que omitan y se abs­tengan de referirse a ello como muerte; no dicen que su rey ha muerto, sino simplemente que "se fue", lo mismo que sus antepasados divinos Nyakang y Dag, los dos primeros reyes de la dinastía, y de los que se dice que no han muerto, sino que han desaparecido. Leyendas parecidas
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