Sir james george frazer la rama dorada



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4. nombres tabüados de reyes y otras personas sagradas

Si observamos que en la sociedad primitiva los nombres de los simples particulares, vivos o muertos, son objeto de tanto cuidado, no podre­mos sorprendernos de que se hayan tomado las mayores precauciones para resguardar de perjuicios los sagrados nombres reales y sacerdotales. Así, el nombre del rey de Dahomey se mantiene secreto siempre, te­miendo que su conocimiento pudiera habilitar a algún malvado para dañarle. Los apelativos con que los diferentes reyes de Dahomey han sido conocidos de los europeos no eran sus verdaderos nombres, sino meros títulos o lo que los indígenas denominan "nombres fuertes". Creemos que los nativos piensan que ningún peligro puede provenir de estos tí­tulos cuando son conocidos, puesto que no están conectados vitalmente con sus poseedores, como lo están los -nombres de nacimiento. En el reino Galla de Ghera, el nombre "de pila" del soberano no puede pro­nunciarlo ningún súbdito bajo pena de muerte y las palabras comunes que lo recuerden son cambiadas por otras. Entre los bahimas del África Central, cuando muere un rey su nombre queda eliminado del len­guaje y si su nombre era el de algún animal, también tiene que buscarse en seguida uno nuevo. Por ejemplo, es frecuente llamar al rey un león; por esto, a la muerte del rey llamado León, se tiene que inventar un nombre genérico nuevo para los leones. En Siam era muy difícil descu­brir el nombre verdadero del rey, puesto que se mantenía en secreto por

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miedo a las brujerías y cualquiera que lo dijese era encerrado en un calabozo. Solamente se podían referir al rey empleando ciertos títulos altisonantes tales como el augusto, el perfecto, el supremo, el gran em-perador, el descendiente de los ángeles y otros por el estilo. En Birmania se consideraba muy grave impiedad mencionar el nombre del soberano reinante; a los súbditos birmanos, aun cuando estuviesen lejos de su país, era imposible inducirles a hacerlo. Después de su ascenso al trono, el rey era solamente conocido por sus títulos regios.

Entre los zulúes nadie mencionará el nombre del jefe de su tribu o los nombres de los progenitores del jefe que él pueda recordar; ni pro­nunciará palabras de nombres comunes que coincidan o recuerden de algún modo por su sonido los nombres tabuados. En la tribu de los dwandwes hubo un jefe llamado Langa, que significa "el sol"; por esto el nombre del astro fue cambiado de langa a gala, y así quedó hasta hoy, aunque Langa murió hace más de cien años. También en la tribu Xumayo, la palabra que significa "pastores" fue cambiada de alusa o ayusa a kagesa, porque u-Mayusi era el nombre del jefe. Además de estos tabús obedecidos por cada tribu separadamente, todas las tribus zulúes se unían tabuando el nombre del monarca que reinase en toda la na­ción. Por ejemplo, cuando Panda fue rey de Zululandia, la palabra para "una raíz de árbol que se dice impando, fue cambiada en 'nxabo. Tam­bién la palabra para "mentira o calumnia", fue alterada de amacebo a amakwata, pues amacebo contiene una sílaba del nombre del famoso rey Cetchwayo.1 Estas substituciones, sin embargo, no son tan extremadas para los hombres como para las mujeres, que omiten todo sonido que ni remotamente resuene como algún otro que haya en un nombre ta-buado. En el kral del rey es difícil verdaderamente entender el lenguaje de las mujeres reales, porque tratan de este modo no sólo a los nom­bres del rey y sus progenitores, sino también los de los antepasados de sus hermanos por varias generaciones. Si a estos tabús tribales y nacio­nales añadimos los que resultan del parentesco por casamiento, que ya han sido descritos, podemos fácilmente entender lo que sucede en cada tribu de Zululandia a causa de las palabras peculiares de cada una y del considerable vocabulario que las mujeres tienen para ellas. Además, los miembros de una familia pueden inhibirse de usar palabras empleadas por otra familia. Las mujeres de un kral, por ejemplo, pueden llamar a la hiena por su nombre común ordinario; las del kral próximo usar la palabra substituía y para un tercer kral la substitutiva puede ser igual, teniendo que inventarse otro término para ocupar su lugar. Por esto, el lenguaje zulú presenta hoy casi la apariencia de ser doble; en verdad

que multitud de cosas poseen tres o cuatro sinónimos que por la mezcla de las tribus son conocidos en toda la Zululandia.

Una costumbre similar prevalece por todas partes de la isla de Ma-

1 Cetewayo, Cetywayo, Ketchwayo, etc., murió el año 1884 guerreando contra los ingleses que, hasta 1887, sostuvieron luchas titánicas contra los bravos zulúes. El príncipe imperial Eugenio Napoleón murió en 1879 guerreando contra ellos.

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dagascar y su resultado, como entre los zulúes, ha sido producir dialec- tos distintos en el habla de las tribus. No hay nombres de familia en Madagascar (apellidos) y casi todos los personales están sacados del len- guaje de la vida diaria y significan algún objeto común, acción, cuali­dad, etc., como un ave, animal, árbol, planta, colores y demás. Por esto hay que inventar para el objeto un nombre común reemplazando con el nuevo el que fue desechado. Es fácil concebir la confusión e incerti-dumbre en un lenguaje cuando es hablado entre muchas tribus locales y pequeñas, gobernada cada cual por un reyezuelo o jefecillo con su nom­bre propio consagrado. Aún hay tribus y gentes que se someten a esta tiranía de las palabras, como sus padres hicieron desde tiempo inme­morial. Los inconvenientes de esta costumbre se señalan especialmente en la costa occidental de la isla, donde, teniendo en cuenta el gran nú­mero de jefaturas independientes, los nombres de cosas, lugares y ríos han sufrido tantos cambios que sobreviene la confusión frecuentemente, por cuanto una vez que palabras comunes han sido desplazadas por los jefes, los indígenas no admiten conocer su antiguo sentido.

No son sólo los nombres propios de los reyes y jefes vivos los ta-buados en Madagascar; también están desplazados los nombres de los soberanos muertos, por lo menos en algunas partes de la isla. Entre los sakalavos, cuando muere un rey, los nobles y el pueblo, reunidos en consejo alrededor del cadáver, escogen solemnemente un nombre nuevo para el extinto monarca y con él será conocido en lo futuro. Adoptado el nuevo nombre, se trueca en sagrado el antiguo, por el que fue cono­cido el rey en vida, y nadie osará pronunciarlo so pena de muerte. Ade­más, también se consagran las palabras del lenguaje corriente que tienen alguna semejanza con el nombre prohibido, y deben ser reemplazadas. A las personas que pronuncien esas palabras proscritas se les juzga no sólo como groseras y brutales, sino hasta como felonas; han cometido un crimen capital. Sin embargo, estos cambios de vocabulario están limitados al distrito donde reinó el difunto rey; en los lugares vecinos las palabras antiguas continúan empleándose en su viejo sentido.

La santidad atribuida a las personas de los jefes de la Polinesia se extiende naturalmente también a sus nombres, que en opinión del primi­tivo son difíciles de separar de las personas que los llevan. Por esto, en Polinesia encontramos la misma prohibición sistemática de pronun­ciar nombres de jefes o de palabras comunes que se parezcan a ellos, como acabamos de encontrar en Zululandia y Madagascar. Así, en Nue­va Zelandia, el nombre de un jefe es tenido tan en sagrado que -cuando acontece ser también una palabra común, no puede usarse en el lenguaje y hay que encontrar otra para reemplazarla. Por ejemplo, un jefe de la parte meridional del Cabo Este llevó el nombre de Maripi, que significa "cuchillo"; se introdujo una nueva palabra (nekra) para cuchillo y la an­terior se abandonó. En otra parte, la palabra "agua" (wal) hubo de ser cambiada, pues dio la casualidad de que era el nombre del jefe y podía ser profanada aplicándola indistintamente al vulgar líquido y a su sa-



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grada persona. Este tabú produce naturalmente una abundante cosecha de sinónimos en el lenguaje maorí y los viajeros recién llegados al país

se embrollan muchas veces al encontrar que las mismas cosas se llama-ban de muchos y distintos nombres que en las tribus vecinas. Cuando un rey sube al trono de Tahití, se cambia la pronunciación de todas las palabras corrientes que se asemejen a su nombre propio. En tiempos antiguos, si algún hombre fuera tan temerario o irreflexivo como para desconsiderar esta costumbre y usar las palabras prohibidas, a él y a toda

su familia se les habría condenado a muerte. Mas los cambios así intro­ducidos sólo eran temporales; a la muerte del rey las nuevas palabras caían en desuso y revivían las primitivas.

En la Grecia antigua los nombres de los sacerdotes y otros grandes personajes que tenían intervención en la ejecución de los misterios eleu-sinos no se pronunciaban mientras vivían. Pronunciarlos era una infrac­ción de la ley. El Pedante, personaje de Luciano, nos dice cómo se en­contró con estos augustos personajes arrastrando ante el tribunal policiaco a un impúdico que se había atrevido a nombrarlos cuando él bien sabía que desde su consagración era ilícito hacerlo, porque ellos habían lle gado a ser anónimos, perdiendo sus anteriores nombres y adquiriendo nuevos y sagrados títulos. De dos inscripciones encontradas en Eleu-sis aparece que los nombres de los sacerdotes se confiaban a las profun­didades del. mar; es probable que se grabaran en tablillas de bronce o plomo que después arrojaban a las aguas profundas del Golfo de Sala-mina. La intención era indudablemente mantener los nombres en un profundo secreto. ¿Qué podía hacerse mejor y más seguro que hundirlos en el mar? ¿Qué vista humana podría columbrarlos vacilantes en la in­decisa profundidad verdosa del agua? Es difícil de encontrar una ilus­tración más clara de la confusión entre lo corpóreo y lo incorpóreo, entre el hombre y el nombre, que en esta práctica de la civilizada Grecia.

5. nombres tabuados de dioses

El hombre primitivo se crea dioses a su propia imagen. Xenófanes señaló hace tiempo1 que la tez de los dioses de los negros era negra y su nariz chata; que los dioses de Tracia eran rubicundos y de ojos azu­les, y que si los caballos, bueyes y leones creyeran en dioses y tuvieran manos con que retratarlos, indudablemente darían a sus deidades la forma de caballos, bueyes y leones. Por eso, del mismo modo que el sal­vaje latebroso oculta su verdadero nombre propio porque teme que los hechiceros puedan hacer un mal uso de él, así también imagina que, de igual manera, sus dioses deben guardar secreto su verdadero nom­bre, temiendo que otros dioses y aun hombres aprendan su místico so-

1 Seis siglos a. c. y algún tiempo antes que Feuerbach afirmase que el hom­bre venera en Dios su propia naturaleza.

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nido y puedan conjurarles con ellos. En ninguna parte se mantuvo más firme o más plenamente desenvuelto este concepto tosco del misterio y la virtud mágica del nombre divino que en el antiguo Egipto, donde las supersticiones de un pasado ignoto se momificaron en los corazones de las gentes con tanta eficacia como los cadáveres de gatos, cocodrilos y toda la serie de animales divinos en sus tumbas de roca viva. El con- cepto está bien esclarecido en una leyenda que nos cuenta cómo la as-tuta Isis consiguió de Ra, el gran dios egipcio del sol, su nombre se­creto. Isis, según la leyenda, era una mujer de poderosa palabra, hastiada del mundo de los hombres y ansiosa del mundo de los dioses. Ella meditó en su corazón, diciéndose: ¿Por qué no puedo, por la virtud del gran nombre de Ra, hacerme diosa y reinar lo mismo que él en el cielo y en la tierra? Porque Ra tenía muchos nombres, pero el gran nombre que le daba poder sobre todos los otros dioses y sobre los hom­bres, sólo era conocido por él mismo. El dios se iba haciendo viejo, su boca baboseaba y la saliva caía al suelo. Así, Isis recogió el salivazo y tierra con él y la amasó moldeando una serpiente que dejó en el sen­dero por donde el gran dios pasaba todos los días a su doble reino según los deseos de su corazón. Y cuando él llegó, como de costumbre, seguido de toda la compañía de1 los dioses, la serpiente sagrada le mordió y el dios abrió su boca y su grito llegó al cielo. Los que le acompañaban preguntaron: "¿Qué le duele?" Y la compañía de los dioses dijo: "He aquí, mirad". Pero él no podía responder; sus mandíbulas rechinaban, sus labios temblaban, el veneno corría por su carne como el Nilo inun­daba el país. Cuando el gran dios hubo aquietado su corazón, gritó a sus acompañantes: "Venid a mi, ¡oh criaturas mías, nacidas de mi cuerpo! Soy príncipe, hijo de príncipe, la estirpe divina de un dios. Mi padre inventó mi nombre; mi padre y mi madre me dieron mi nombre y ha permanecido oculto en mi cuerpo desde mí nacimiento para que ningún mago pudiera tener poder mágico sobre mí. He ido a contemplar lo que he creado. He paseado por los Dos Países,1 que yo hice y ¡ved! algo me ha mordido. ¿Qué era? Yo no lo sé. ¿Era fuego? ¿Era agua? Mi cora­zón arde, mi carne tiembla, todos mis miembros están convulsos. Traed-me todas las criaturas de los dioses con sus palabras saludables y sus labios inteligentes, cuyo poder alcanza el cielo". Entonces llegaron a él las criaturas de los dioses y todas estaban muy apenadas, cuando llegó, con sus astucias, Isis, cuya boca está llena de aliento de vida,2 cuyos conjuros alejan el dolor, cuya palabra hace revivir a los muertos. Y dijo: "¿Qué es, divino padre? ¿Qué es eso?" El sagrado dios abrió su boca y habló así: "Iba por mi camino. Caminaba paseando a gusto por las dos regiones, contemplando lo que he creado, cuando ¡he aquí que una serpiente que no vi me mordió! ¿Es esto fuego? ¿Es agua? Estoy más frío que el agua, estoy más abrasador que el fuego; todos mis miembros

  1. Alto y Bajo Egipto.

  2. Génesis, u: 7: ". .y alentó en su nariz soplo de vida".

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sudan. Tiemblo, mi vista se desvanece, no veo el cielo, la humedad baña mi cara como en el estío." Entonces habló Isis: "Dime tu nom-bre, Padre divino, pues vivirá aquél a quien se le llame por su nombre". Entonces Ra respondió: "He creado los cielos y la tierra. He ordenado surgir las montañas. He hecho el grande y ancho mar. He tendido como una cortina los dos horizontes. Soy quien abre sus ojos, y hay luz, y quien los cierra, y todo es oscuridad. A mi mandato, el Nilo se desborda, pero los dioses no saben mi nombre; Khepera en la mañana, Ra mediodía, Tum en la tarde". Pero la ponzoña no se le quitó; penetró aún más hondo y el gran dios no podía andar. Entonces le dijo Isis: "No es tu nombre el que me has dicho, ¡oh! dímelo para que la pon­zoña salga, pues vivirá aquel cuyo nombre sea pronunciado." Ya el ve­neno quemaba como fuego; él estaba más ardiente que las llamas del fuego. El dios dijo: "Consiento que Isis busque dentro de mí y que mi Nombre pase de mi pecho al suyo." Entonces el dios se ocultó de los demás dioses y su lugar en la barca de la eternidad quedó vacío. Así le fue quitado al gran dios su nombre e Isis la hechicera habló: "Fluye fuera, ponzoña, ¡sal de Ra! Soy Yo, Yo misma la que vence al veneno y lo tira al suelo; porque el nombre del gran dios le ha sido arre­batado a él. Deja a Ra vivir y que muera el veneno." Así habló la gran Isis, la reina de los dioses, la que conoce a Ra y su nombre verdadero. De esta leyenda se deduce que el verdadero nombre del dios, con el cual estaba unido inextricablemente su poder, se suponía situado, en sentido casi físico, en algún sitio de su pecho, del que Isis lo extrajo por una especie de operación quirúrgica y lo transfirió a sí misma con todos sus poderes sobrenaturales. En Egipto, intentos semejantes a los de Isis para apropiarse el poder de un gran dios, apoderándose de su nom­bre, no fueron únicamente leyendas referentes a los seres míticos de un pasado remoto; cada mago egipcio aspiraba a ejercer poderes semejantes por medios similares. Se creía que el que poseyera el verdadero nombre propio, poseía al verdadero ser del dios o del hombre y podría forzar in­cluso a una deidad a que obedeciera como un esclavo obedece a su amo. Así el arte del mago consistió en obtener de los dioses una revelación de sus nombres sagrados y no dejar sin mover una sola piedra hasta conse­guirlo. Cuando en un momento de debilidad o de olvido comunicaba la deidad al hechicero su pasmoso secreto, la deidad no podía hacer ya otra cosa que someterse humildemente al hombre o pagar la penalidad de su contumacia.

La creencia en la virtud mágica de los nombres divinos fue com­partida por los romanos. Cuando emprendían el asedio de una plaza, los sacerdotes romanos se dirigían a la deidad guardiana de la ciudad con oraciones o conjuros, invitándola a abandonar la ciudad sitiada y venir a los romanos, que la tratarían tan bien o mejor que pudiera haberlo sido en su antigua patria. Por eso, el nombre de la deidad protectora de Roma se conservaba en profundo secreto por miedo a que los enemi­gos de la república pudieran atraerla de igual modo que los romanos

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habían inducido a muchos dioses a desertar como ratas, en días de des- gracia, de las ciudades que los habían acogido en días de fortuna. No sólo el nombre verdadero de la deidad protectora, sino el nombre de la ciudad mismo quedaban guardados en el misterio y no podían ser nunca pronunciados ni aun en los ritos sagrados. Un tal Valerio Sorano, que se atrevió a divulgar el secreto inapreciable, fue muerto o termino de mala manera. De igual modo, parece que los antiguos asirios tenían prohibida la mención de los nombres místicos de sus ciudades y hasta los tiempos modernos los cheremís del Cáucaso mantienen secretos, por motivos supersticiosos, los nombres de sus aldeas comunales.

Si el lector ha tenido la paciencia de seguir esta investigación de las supersticiones relativas a los nombres personales, convendrá en que el misterio en el que los nombres de las personas reales están ocultos con tanta frecuencia no es un fenómeno aislado, ni arbitraria expresión de servilismo y adulación cortesana, sino la simple aplicación particular de una ley general del pensamiento primitivo que incluye dentro de su esfera tanto al pueblo en general y a sus dioses como a los reyes y sacer­dotes.

CAPITULO XXIII

NUESTRA DEUDA CON EL SALVAJE

Seria fácil hacer más extensa la lista de los tabús regios y sacer­dotales, pero los ejemplos reunidos en las precedentes páginas son sufi­cientes. Para terminar esta parte de nuestro propósito, nos queda tan sólo fijar sumariamente las conclusiones generales a que nos conducen nues­tras investigaciones. Hemos comprobado que en la sociedad salvaje o bárbara se encuentran con frecuencia hombres a los que la superstición de los que les rodean les presta una influencia controladora del curso general de la naturaleza; congruentemente estos hombres son tratados y adorados como dioses. Si estas deidades humanas tienen el gobierno temporal sobre la vida y las fortunas de sus adoradores o sus funciones son pura­mente espirituales y sobrenaturales, en otros términos, sí hacen de reyes al mismo tiempo que de dioses o solamente de dioses, es distinción que aquí no nos concierne. Su supuesta divinidad es el hecho esencial del que hemos de ocuparnos. En su virtud, ellos dan a sus creyentes una promesa y garantía de la ordenada sucesión y duración de esos fenómenos físicos de que dependen los humanos para subsistir. Naturalmente y por ello mismo, la vida y la salud del hombre-dios es cuestión de preocupa­ción continua para la gente cuyo bienestar y hasta la existencia están subordinados a él; y es natural que él se vea constreñido a someterse a las reglas que le ha trazado la inventiva del hombre primigenio para conjurar los males a que la carne está sujeta, incluyendo el último mal, la muerte. Estas reglas, como un examen de ellas nos ha demostrado, no son más que las máximas y apotegmas que, desde el punto de vista de

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Los primitivos, todo hombre de prudencia ordinaria debe observar si
quiere vivir mucho sobre la tierra. Pero mientras en el caso del hombre
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