Sir james george frazer la rama dorada



Descargar 10,97 Mb.
Página42/123
Fecha de conversión06.01.2017
Tamaño10,97 Mb.
1   ...   38   39   40   41   42   43   44   45   ...   123

En las islas occidentales del Estrecho de Torres nunca mencionará un hombre los nombres personales de sus suegros y cuñados; y una mujer estaba sujeta a las mismas restricciones. Un cuñado sería nombrado como el marido o hermano de alguien cuyo nombre fuese legal mencio­nar y de igual modo, una cuñada sería llamada la esposa de fulano. Si por casualidad un hombre usara el nombre personal de su cuñado, que­daría avergonzado y llevaría la cabeza baja. De la bochornosa situación sólo sería relevado cuando hiciera un regalo en compensación al hombre cuyo nombre había tomado en vano. La misma compensación se hacía a la cuñada, el suegro y la suegra por la mención accidental de sus nombres. Entre los indígenas que habitan la costa de la Península de la Gacela, en Nueva Bretaña, decir el nombre del cuñado es la afrenta más grosera que puede hacérsele: es un crimen sancionable con la muerte. En las islas Banks de la Melanesia, el tabú tendido sobre los nombres de las personas conectadas por casamiento es muy estricto. Un hombre no mencionará el nombre del suegro y mucho menos el de su suegra; tam­poco puede nombrar el de su cuñado, aunque sí el de su cuñada; ella no es nada para él. Una mujer no puede nombrar a su suegro ni en modo alguno a su yerno. Dos matrimonios cuyos hijos se han casado entre sí, tampoco pueden pronunciar sus respectivos nombres. Y no solamente todas estas personas tienen prohibido llamarse unos a otros por sus nombres; no pueden ni pronunciar palabras comunes que por

298 PALABRAS TABUADAS

casualidad sean idénticas a sus nombres o tengan alguna sílaba en común con ellos. Así, nosotros supimos de un nativo de esas islas que no podía usar los nombres comunes de "cerdo" y "morir" porque resultaba que esas palabras estaban incluidas en el nombre polisilábico de su yerno sabemos de otro infortunado que no podía pronunciar palabras tan pre- cisas y necesarias como "mano" y "caliente", porque formaban parte del nombre de su cuñado, y aun otro que no podía mencionar el número "uno", pues tal palabra formaba parte del nombre del primo de su mujer.

La repugnancia a mencionar los nombres y aun las sílabas de nom­bres propios de personas relacionadas por matrimonio con el que habla es difícil de diferenciar de la repugnancia que tantos pueblos evidencian a decir sus nombres propios o los nombres de los muertos y los de los jefes y reyes; si la renuencia a estos últimos nombres surge principal­mente de la superstición, podemos deducir que la renuencia a los pri­meros no tiene mejor fundamento. Que la repugnancia del salvaje a mencionar su propio nombre está basada, al menos en parte, en un temor supersticioso del mal uso que de él podrían hacer sus enemigos,1 ya sean hombres o espíritus, acabamos de mostrarlo. Nos queda por examinar el uso similar respecto a los nombres de los muertos y de los personajes regios.



3. nombres tabuados de muertos

La costumbre de abstenerse de toda mención de los nombres de los muertos fue común entre los albanes del Caucaso2 y hoy día está en pleno vigor en muchas tribus salvajes. Sabemos que una de las costum­bres más rígidamente observadas y exigidas entre los aborígenes austra­lianos es no pronunciar jamás el nombre de una persona fallecida, sea hombre o mujer; nombrar en voz alta al que ha terminado de vivir sería una violación brutal de sus prejuicios más sagrados y ellos se abs­tienen cuidadosamente de hacerlo. El principal motivo de esta absten­ción parece ser el temor de evocar el espíritu, aunque la natural aversión a reavivar las penas ya pasadas influya también, sin duda, para tender el velo del olvido sobre los nombres de los muertos. Una vez, Mr. Oldfield aterrorizó de tal modo a un nativo gritando el nombre de un difunto que éste salió corriendo a toda prisa y no se aventuró a volver en varios días. Cuando al fin se juntó a él, reprochó al temerario hombre blanco su indiscreción; "no pude —añade Mr. Oldfield— inducirle por ningún

1 Paralelo a este miedo es, en el folklore, el del gnomo del bosque denominado Runiplestilt-skin y el enano que baila alrededor de la hoguera, en el cuento de Grinnn. cantando que mañana se casará con !a hija del rey, porque nadie sabe que se llama ''Sin nombre"; cuando lo oyen los niños y descubren su secreto, pega una patada de rabia y se hunde en los antros infernales.

2 - Actual Azerbaiján.

NOMBRES TABUADOS DE MUERTOS 299

medio a decir el pavoroso sonido del nombre de su muerto, porque haciéndolo se pondría él mismo en poder de los espíritus malignos". Hablan muy raramente de los muertos los aborígenes de Victoria, y cuando lo hacen no pronuncian nunca sus nombres; se refieren a ellos en voz baja como "el perdido" o "el pobre amigo que ya no es". Hablar de líos nombrándolos se suponía que excitaba la malignidad de Cuit-gil, el espíritu del que se fue, que ronda por la tierra algún tiempo antes de marcharse para siempre hacia el sol poniente. De las tribus del río Murray nos dicen que cuando una persona muere, "ellos evitan cuidadosa­mente pronunciar su nombre, mas si se ven obligados, lo pronuncian en bajísimo cuchicheo, imaginando que así no podrá oír su voz el espíritu". Entre las tribus de Australia central nadie puede pronunciar el nombre del difunto durante el duelo y sólo cuando es absolutamente necesario hacerlo se cuchichea, por temor de alterar y molestar al espíritu del hom­bre que está por allí girovagando en forma fantasmal. Si el espíritu oye mencionar su nombre deduce que sus familiares no le guardan luto debi­damente; si su tristeza fuera genuina no andaría rodando su nombre entre ellos. Afectado por tal indiferencia exenta de piedad, el indignado espíritu volverá para perturbarles el sueño.

La misma resistencia a pronunciar los nombres de los fallecidos parece prevalecer entre las tribus indias de América, desde la Bahía de Hudson hasta la Patagonia. Entre los guajiros de Colombia, mencionar a los muertos ante sus familias es un crimen espantoso que con frecuencia se castiga con la muerte; si acontece esto en el rancho del difunto en presencia de su tío o de su sobrino, seguramente matarán al ofensor allí mismo, si pueden, y si escapa, la pena se resolverá en una fuerte multa, por lo general de dos o más bueyes.

Una repugnancia parecida a mencionar los nombres de los muertos se refiere de pueblos tan distantes unos de otros como los samoyedos de Siberia y los todas de la India meridional; los mongoles de Tartaria y los tuaregs del Sahara; los ainos del Japón y los akamba y nandis del África oriental; los tinguianos de las Filipinas y los habitantes de las islas de Nicobar, de Borneo, de Madagascar y de Tasmania. En todos los casos, aunque no se exprese taxativamente, el motivo fundamental de esta omisión es probablemente el miedo a los espíritus. Estamos po­sitivamente informados de que ésta es la verdadera razón entre los tua­regs; ellos temen el retorno del espíritu del muerto y hacen todo lo que pueden para evitarlo, levantando el campamento, dejando para siem­pre de pronunciar su nombre y evitando todo lo que pudiera considerarse como una evocación o llamamiento a su alma. Por eso no hacen como los árabes, que designan a los individuos añadiendo a sus nombres per­sonales los de sus padres; ellos nunca dicen fulano, hijo de mengano,1 sino que dan a cada persona un nombre que vivirá y morirá con ella. Así también, en las tribus de Victoria, los nombres personales se per-

1 Por ejemplo Mohamet-ben-Yusuff, Mohamet, hijo de Yusuff.

300 PALABRAS TABUADAS

petuaron rara vez, pues los nativos creían que el que adoptase el nombre de un muerto no viviría mucho; es probable que se creyera que el espíritu homónimo vendría y se lo llevaría al país de los espíritus.

El mismo temor a los espíritus que mueve a la gente a suprimir su viejo nombre, conduce naturalmente a toda persona que lleve un nom­bre parecido a cambiarlo por otro, por temer que pronunciarlo atraiga la atención del espíritu, que no puede razonablemente distinguir entre todas las aplicaciones del misino nombre. Así, nos dicen que en las tri­bus del sur de Australia, en las bahías de Adelaida y Encounter, es tan extremada la repugnancia a mencionar los nombres de quienes han muerto hace poco, que las personas que llevan nombre igual al del difunto lo abandonan y adoptan nombres temporales o se hacen conocer por al­guno de los otros nombres que ya les pertenecían anteriormente. Una costumbre semejante prevalece en algunas tribus del Queensland, aun­que la prohibición de usar los nombres de los muertos no es perma­nente ni puede durar muchos años. En algunas tribus australianas el cambio de nombres que así se produce es permanente; el nombre viejo se abandona definitivamente y la persona es conocida para el resto de su vida por el nuevo nombre, a menos que éste sea a su vez abandonado por otro nuevo y por la misma razón que el anterior. Entre los indios norteamericanos, todas las personas, fueran hombres o mujeres, que lle­vaban el nombre de alguno que acababa de morir, estaban obligadas a abandonarlo y a adoptar otros nombres, lo que se hacía formalmente en la primera ceremonia de duelo por el difunto. En algunas tribus al este de las Montañas Rocallosas, estos cambios de nombre duraban tan sólo el periodo de luto, pero en otras de la costa norteamericana del Pacífico creemos que eran permanentes.

Otras veces y por extensión del mismo razonamiento, todos los parientes próximos del difunto cambiaban de nombres, fueran los que fuesen, indudablemente por temor que el sonido de los nombres familia­res atrajera al espíritu vagante a su antigua morada. Así, en algunas tribus de Victoria, los nombres propios y ordinarios de todos los parientes más cercanos quedaban en desuso durante el tiempo de luto y la costumbre prescribía substituirlos por ciertos términos generales. Llamar a un en­lutado por su nombre propio se consideraba un insulto al difunto y con frecuencia determinaba una lucha con derramamiento de sangre. Entre las tribus del noroeste americano, los parientes próximos del difunto frecuentemente cambian sus nombres "bajo la impresión de ser atraídos a la tierra los espíritus si oyen nombres familiares repetidos con frecuen­cia". Entre los indios kiowas, el nombre del muerto no se menciona nunca en presencia de los familiares y a la muerte de un miembro de la familia, todos los demás toman nuevos nombres. Esta costumbre fue conocida por los colonos de Raleigh, en la isla de Roanoke,1 hace

1 Año de 1 587, segunda expedición de desembarco de colonos en Virginia, con sir Walter Raleigh, pues la primera, en el año de 1584, desapareció exterminada por los indios y las privaciones.

NOMBRES TABUADOS DE MUERTOS 301

más de tres siglos. Entre los indios lengua, además de no mencio-narse el nombre de un muerto, todos los sobrevivientes cambian tam-bién su nombre. Dicen que la muerte ha estado entre ellos y se ha llevado una lista de los vivos, y que pronto volverá por más víctimas. Por esto, y con objeto de frustrar su cruel propósito, cambian de nombres creyendo que a su vuelta la muerte, aunque los tenga a todos en su lista no podrá identificarlos bajo sus nombres nuevos y se marchará a seguir buscando por otro lado. Cuando están de luto los nicobares, toman nuevos nombres para escapar de las atenciones inoportunas del espíritu; con el mismo propósito se disfrazan afeitándose la cabeza, y así el espíritu no podrá reconocerlos.

Además, cuando acontece que el nombre del muerto es también el de algún objeto común, tal como agua, fuego, planta o animal, en oca­siones se considera necesario abandonar dicha palabra del habla corriente y reemplazarla por otra. Una costumbre de esta clase es claro que puede ser con facilidad un agente poderoso de cambios en el lenguaje, porque cuando prevalece en extensión considerable, muchas palabras quedarán continuamente en desuso y surgirán otras muchas nuevas. Advierten esta tendencia observadores que han notado esta costumbre en Australia, América y otras partes. Por ejemplo, con relación a los aborígenes aus­tralianos se ha considerado que "los dialectos cambian en casi todas las tribus. Algunas de éstas ponen a sus pequeñuelos nombres de objetos naturales y cuando la persona así llamada muere, nunca vuelve a ser mencionada la palabra, por lo que hay que inventar otra para el objeto común cuyo nombre llevaba el hijo que se fue para siempre". El es­critor pone como ejemplo el caso de un hombre llamado Karla, que significa "fuego"; cuando Karla murió, se introdujo una nueva palabra para "fuego". "Por esto —añade el escritor— el lenguaje está siempre cambiando". También en la tribu de la bahía de Encounter, en la Aus­tralia del sur, si un hombre llamado Ngnke, que significa "agua", muere, la tribu entera se verá obligada a usar otra palabra para designar el agua durante un tiempo considerable después del fallecimiento de Ngnke. El autor que registra esta costumbre aventura la hipótesis de que ello podría explicar la presencia de muchos sinónimos en el lenguaje de la tribu. Esta costumbre está confirmada por lo que sabemos de algunas tribus de Victoria, cuya lengua comprende una buena reserva de sinónimos para usar en lugar de los términos corrientes por todos los miembros de una tribu en tiempo de luto. Por ejemplo, si un hombre llamado Waa (cuervo) abandona la vida, mientras dura el luto por él, nadie llamará a un cuervo waa; todos tendrán que hablar de esa ave como un narra-part. Cuando una persona que se ufanaba de su título de "opossum cola anillada'1 (weearn) marchó por el camino sin regreso, sus afligidos pa-rientes y la tribu en pleno se obligaron a referirse al opossum por el más sonoro nombre de manuungkuurt. Si la comunidad hubiera caído

1 Zarigüeya.

302 PALABRAS TABUADAS

bajo la pesadumbre de la pérdida de una hembra respetable que llevar el nombre honorable de Avutarda Pava, barrim barrim, que es el verda dero nombre de las avutardas, éste desaparecería y sería substituido por el de tillit tillitsh. Y así mutatis mutandis con los nombres de Cacatúa Negra, Pato Gris, Cigüeña, Canguro, Águila, Dingo1 y demás.

Una costumbre similar transforma continuamente el lenguaje de los abipones del Paraguay, entre los que, sin embargo, cuando es abolida una palabra, nunca vuelve a ser empleada. Palabras nuevas, dice el mi­sionero Dobrizhoffer, nacen de la noche a la mañana como las setas pues todas las palabras que recuerdan los nombres de los muertos que- dan abolidas por proclamación y circuladas otras nuevas en su lugar. La "fábrica" de las palabras nuevas estaba en manos de las ancianas de la tribu y siempre que se ponía en circulación una nueva palabra con su aprobación, la aceptaban de inmediato altos y bajos, sin un murmullo, y se extendía como un incendio por los campamentos y establecimientos de la tribu. Cualquiera se quedaría atónito, dice el misionero, al ver con cuánta docilidad dan su aquiescencia todas las tribus a la decisión de una bruja arrugada y cómo las palabras familiares caen instantánea­mente fuera de uso y jamás se las vuelve a repetir a pesar del hábito o del olvido. En los siete años que estuvo entre estos indios Dobrizhoffer, la palabra "jaguar" fue cambiada tres veces y las de "caimán", "espina" y "matanza del ganado" pasaron por esas vicisitudes aunque en menor escala. Como resultado de este hábito, los vocabularios de los misioneros estaban plagados de tachaduras, teniendo que eliminar de continuo las palabras antiguas como obsoletas y colocar las nuevas en su lugar. En muchas tribus de la Nueva Guinea británica, los nombres personales son también nombres comunes de cosas. La gente cree que si pronun­cian el nombre de alguien que haya muerto, su espíritu volverá y como no tienen el menor deseo de que retorne entre ellos, queda tabuada la mención de su nombre y se crea otro nuevo que ocupe su lugar, siempre que el nombre sea un término común del lenguaje. Consecuentemente quedan perdidas muchas palabras o reavivadas con significado modificado o distinto. Una práctica similar ha afectado el habla de los naturales de las islas de Nicobar. "Una costumbre muy singular —dice Mr. de Roepstorff—, es la que prevalece entre ellos y que nadie puede suponer más eficaz para impedir 'hacer historia' o transmitir de cualquier ma­nera lo histórico narrativo. Por una regla estricta que tiene toda la san­ción supersticiosa de los nicobarenses, ningún nombre personal puede pronunciarse después de la muerte del que lo llevaba. Tan a punta de lanza llevan esto, que cuando acontece, y es frecuente, que el difunto posea el nombre de 'ave', 'sombrero', 'fuego', 'camino', etc., en sus equi­valentes nicobares, el uso de estas palabras queda eludido en el futuro no sólo en la designación personal de aquél, sino también como nombre común de las cosas que ellos representan; las palabras salen del lenguaje

1 Una especie de perro salvaje australiano.

NOMBRES TABUADOS DE MUERTOS 303

y se forjan otras nuevas para expresar las cosas o se substituyen por otras desusadas y que toman de otros dialectos nicobares y hasta de alguna lengua extranjera. Esta extraordinaria costumbre no sólo añade un elemento de inestabilidad al lenguaje, sino que destruye la continuidad de la vida política y convierte los relatos de los acontecimientos pasados en vagos y precarios, si no imposibles".

Que una superstición como la que suprime los nombres de los muer-tos corte las verdaderas raíces de la tradición histórica ha sido compro­bado por otros investigadores en este asunto. "El pueblo Klamath —ob­serva Mr. A. S. Gatschet— no posee tradiciones históricas anteriores a un siglo por la sencilla razón de que había una ley severa prohibiendo mencionar la persona y actos de un individuo fallecido usando su nom­bre propio. Esta ley era obedecida con toda rigidez, no menos entre los californianos que entre los de Oregón, y su transgresión podía ser pe­nada hasta con la muerte. Sin duda que esto es bastante para suprimir todo conocimiento histórico de un pueblo. ¿Cómo escribir la historia sin nombres?"

En muchas tribus, sin embargo, el poder de esta superstición para obliterar la memoria del pasado queda debilitado por una tendencia natural de la mente humana. El tiempo, que desgasta las huellas más profundas, amortigua, si no destruye totalmente, la primera impresión de misterio y horror a la muerte en la mente del salvaje. Más pronto o más tarde, el recuerdo de sus personas queridas se difumina, está más dispuesto a hablar de ellas y de esta manera sus nombres vulgares son algunas veces rescatados por la investigación filosófica antes de desva­necerse como las hojas de otoño o las nieves invernales en el vasto e impreciso limbo del pasado. En algunas de las tribus de Victoria, la pro­hibición de mencionar los nombres de los muertos sólo permanece en vigor mientras dura el período de luto; en la tribu Port Lincoln, de Aus­tralia del sur, duraba muchos años. Entre los indios chinuk de Norte­américa, "la costumbre prohibe nombrar a un muerto, al menos hasta que hayan transcurrido muchos años de la sensible pérdida". Entre los indios puyallup, la obediencia del tabú se relaja al cabo de varios años, cuando los dolientes han olvidado su pesar, y si el muerto era un gue­rrero afamado, alguno de sus descendientes, por ejemplo un biznieto, podía llevar su nombre. En esta tribu el tabú no es muy observado casi nunca, excepto por los parientes del muerto. Del mismo modo, el mi­sionero jesuíta Lafitau nos cuenta que el nombre del fallecido y los nom­bres parecidos de los supervivientes eran, como si dijéramos, enterrados con el cadáver hasta que lo acerbo de su pena se disipara y pluguiera a los parientes "levantar el árbol y resucitar al muerto". Por "resucitar al muerto" querían indicar el conferir el nombre del finado a otra perso­na, que así venía a ser, para todos los propósitos y efectos, una reen­carnación del muerto, dado que en principios de filosofía salvaje el nombre es una parte vital, si no del alma, sí del hombre.



Entre los lapones, cuando una mujer estaba embarazada y cercana

304 PALABRAS TABUADAS

a su alumbramiento, solía suceder que se le apareciera en sueños antepasado o pariente que le informaba de que iba a nacer otra vez en su hijo aquella persona muerta, y por esa razón el niño llevaría su nom-bre. Si la mujer no tenía ese sueño, correspondía al padre o parientes determinar el nombre por adivinación o consultando a un brujo. Entre los kondos, el nacimiento se celebra siete días después de acontecido con un banquete que se ofrece al sacerdote y a los demás vecinos de la aldea. Para determinar el nombre del recién nacido, el sacerdote tira unos gra- nos de arroz en una vasija de agua y nombra a un antepasado por cada grano que cae. Por los movimientos de las semillas en el agua y por las observaciones hechas en la persona del niño, el sacerdote determina cuál de sus progenitores ha reaparecido en él, y la criatura, por lo menos entre las tribus del norte, recibe el nombre de aquel antepasado. Entre los yorubas, poco después de haber nacido un niño, un sacerdote de Ifa, el dios de la adivinación, aparece en escena para indagar qué alma ancestral ha renacido en el infante. En cuanto esto se ha decidido, los padres del niño quedan advertidos de que su hijo tendrá que adaptarse en todos sus respectos a la manera de vivir del antepasado que ahora le anima, varón o hembra, dando el sacerdote la información necesaria, si los padres ignoran los datos, como suele ocurrir. El niño recibe por lo general el nombre del progenitor que ha reencarnado en él.
1   ...   38   39   40   41   42   43   44   45   ...   123


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal