Sir james george frazer la rama dorada



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10. alimentos tabuados

Como sería de esperar, las supersticiones del salvaje se arraciman tupi­damente alrededor del tema alimenticio. Se abstienen de comer muchos animales y plantas, muy saludables en sí, mas que por una u otra razón imaginan ser peligrosos o mortales para el que los come. Son demasiado numerosos y familiares los ejemplos de tales abstenciones para citarlas. Pero si el hombre vulgar, por miedos supersticiosos, es disuadido de comer diferentes alimentos, las restricciones de esta clase que se impo­nen a las personas sagradas o tabuadas tales como reyes y sacerdotes son todavía más numerosas y exigentes. Hace poco hemos recordado que el Flamen Dialis tenía prohibido comer y hasta nombrar varias plantas

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y animales y que la lista de carnes de los reyes egipcios quedaba limi-tada a la ternera y al ganso. En la Antigüedad muchos sacerdotes ' reyes de pueblos bárbaros se abstenían totalmente de la carne como ali- mento. Los Gangas o "sacerdotes fetiches" de la Costa de Loango tie- nen prohibido comer y ni siquiera ver una larga serie de animales y peces; la consecuencia de ello es que su dieta de carne es extremada mente limitada; con frecuencia viven sólo de hierbas y raíces, aunque pueden beber sangre fresca. El heredero del trono de Loango tiene pro- hibido desde su infancia comer puerco; desde su más temprana niñez tiene vedado comer en compañía nuez de cola. En la pubertad, un sa­cerdote le enseña a no comer más aves que las que él mismo mate y cocine, y así un número de tabús que van aumentando a compás de los años. En Fernando Poo, al rey, después de su entronización, le estaba prohibido comer taro (Arum acaule), antílope, ciervo y puercoespín, que eran alimentos corrientes de la gente. El jefe supremo de los massai no puede comer más que miel, leche e hígados de cabra asados, pues si par­ticipa de cualquier otra comida perderá su virtud de adivino y de con­feccionador de encantamientos.

11. tabú sobre los nudos y los anillos

Hemos visto también que entre los muchos tabús que tenía que obser­var el Flamen Dialis de Roma, había uno que le prohibía llevar anillos, salvo que estuvieran abiertos, y tener en sus vestiduras ningún nudo. De manera parecida, los peregrinos muslimes de la Meca están en cierto estado de santidad o tabú y no pueden llevar sobre sus personas anillos ni nudos. Estas leyes son probablemente de significado similar y pue­den ser convenientemente consideradas juntas. Empezando con los nu­dos, en diferentes partes del mundo mucha gente mantiene una fuerte resistencia a tener algún nudo alrededor de sus personas en ciertos mo­mentos críticos, en particular, partos, casamientos y muerte. Así, entre los sajones de Transilvania, cuando está de parto una mujer, desatan todos los nudos de sus vestiduras, pues creen que esto facilitará el parto y con la misma intención dejan abiertas todas las cerraduras de la casa, ya de las puertas o de los cajones. Los lapones piensan que una partu­rienta no debe tener lazos en sus vestidos, pues un nudo puede tener el efecto de hacer difícil y penoso el parto. En las Indias Orientales esta superstición está extendida a todo el tiempo de la preñez; la gente cree que si ella hiciera nudos o trenzas o alguna lazada, la criatura será por ello constreñida o la mujer quedará "ligada" cuando llegue su mo­mento. Es más, en algunas de ellas se exige el cumplimiento de la ley tanto al padre como a la madre del nonato. Entre los dayakos marinos, ninguno de los padres puede atar nada con cuerdas ni hacer nudos du­rante el embarazo de la esposa. En la tribu Toumbuluh del norte de Célebes se efectúa una ceremonia en el cuarto o quinto mes del emba-

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razo y después tiene prohibido el marido, entre otras muchas cosas, ha-cer cualquier clase de atados y sentarse con las piernas cruzadas.

En todos estos casos creemos que la idea es que el atado de un nudo podría, como dicen en las Indias Orientales, "ligar" a la mujer; en otros términos, retardar o quizá impedir su parto o prolongar su puerperio. Dados los principios de la magia homeopática o imitativa, el obstáculo físico o impedimento de un nudo en una cuerda o cordón crearía un obstáculo correspondiente o impedimento en el cuerpo de la madre. Que tal es efectivamente la explicación de la regla se desprende

De una costumbre que cumplen los líos del África occidental en un parto difícil. Cuando una mujer tiene un parto laborioso y no puede terminarlo, llaman al mago en su ayuda. Éste la mira y dice: "La cria­tura está ligada en la matriz y por esto no puede salir". A las súplicas de las mujeres de la parentela, promete entonces aflojar el lazo para que ella pueda dar a luz. Con este propósito ordena que vayan a bus­car a la selva un bejuco resistente y con él ata a la espalda las manos y los pies de la parturienta; hecho esto, coge un cuchillo diciendo: "Corto por completo hoy tus ataduras y las ataduras de tu criatura." Acto continuo corta en trocitos menudos el bejuco, los pone en una vasija con agua y lava a la mujer con esa agua. Aquí, cortar el bejuco con el que están ligadas las manos y los pies de la parturienta es una sencilla aplicación de magia homeopática o imitativa. Libertando sus miembros de las ataduras, el mago imagina que simultáneamente libra a la criatura en la matriz de los obstáculos que la impiden nacer. El mismo modo de pensar fundamenta la práctica usada en muchos pue­blos de abrir todos los cerrojos, cerraduras, puertas y demás mientras está naciendo una criatura en la casa. Ya hemos citado que en ese momento los alemanes de Transilvania abren todas las cerraduras y tam­bién hacen la misma cosa en Voigtland y Mecklemburgo. En el nor­oeste de Argyllshire (Escocia), la gente supersticiosa acostumbraba a abrir las cerraduras en la casa donde había algún parto. En la isla de Salsette, junto a Bombay, cuando una mujer tiene un parto laborioso, abren con llave todas las cerraduras de las puertas y los cerrojos, para facilitar el parto. Entre los mandeling de Sumatra se levantan todas las tapas de los cofres, cajas, cacerolas y demás; si no se produce el efecto deseado, el marido impaciente tiene que romper los términos salientes o cabezas de algunas vigas de la casa con objeto de desencajarlas; piensan que "todo debe estar abierto y desunido para facilitar el parto." En Chittagong, cuando una mujer no puede dar a luz, la comadre que asiste ordena abrir por completo todas las puertas y ventanas, que se descor­chen las botellas, que se quiten los tapones de los barrilcs, que desaten las vacas en el establo, que dejen libres a las ovejas, " los caballos en la cuadra, al perro guardián en su perrera, a las gallinas, patos y demás aves de corral. Esta libertad general concedida a los animales y hasta a los objetos inanimados es, según la gente, el medio infalible de ase-

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gurar el parto de la mujer y permitir que el infante nazca. En la isla de Sajalín, cuando una mujer está de parto, su marido desata todo lo que puede ser desatado; desenlaza las trenzas de su pelo y los lazos de sus botas y después todo lo que está atado en la casa o cercano a ella; des- ata el hacha si está amarrada al árbol; saca los cartuchos del fusil y las flechas de la ballesta.



También hemos visto que un hombre toumbuluh se abstendrá no sólo de hacer nudos o lazadas, sino también de cruzar las piernas du­rante la gravidez de su esposa. La marcha del pensamiento sigue el mis­mo camino en ambos casos. Pues tanto si cruza los hilos atando un nudo o sólo las piernas para sentarse con comodidad, en principio de ma­gia homeopática, cruza o impide la sucesión libre de las cosas, y su acción no puede menos de entorpecer o impedir lo que está yendo adelante en sus cercanías. De esta verdad tan importante fueron muy sabedores los romanos. Sentarse junto a una mujer preñada o un pa­ciente en tratamiento médico con las manos cogidas, dice el grave Plinio, es lanzar un conjuro maligno sobre la persona y es peor todavía si abraza sus rodillas teniendo las manos cogidas o si tiende una pierna sobre la otra. Esas posturas fueron consideradas por los romanos de la Antigüe­dad como un estorbo y obstáculo a los trabajos de toda clase y en un consejo de guerra o en un tribunal de magistrados, en oraciones y actos de sacrificios, a ningún hombre se le consentía cruzar las piernas o en­trelazar los dedos de las manos. El ejemplo más clásico de las conse­cuencias terribles que se derivan de hacer una u otra cosa, fue el de Alcmena, que estuvo pariendo a Hércules siete días y sus noches, por­que la diosa Lucina se sentó ante la casa con los dedos de las manos entrelazados y las piernas cruzadas; la criatura no hubiera nacido si la diosa no hubiera cambiado de actitud merced a un engaño. Hay la su­perstición búlgara de creer que una mujer embarazada no debe acos­tumbrar sentarse con las piernas cruzadas, porque eso le causará sufri­mientos en su alumbramiento. En algunos sitios de Baviera, cuando la conversación cesa y hay un momento de silencio general, dicen: "Segu­ramente alguno ha cruzado sus piernas." 1

Se ha creído que el efecto mágico de los nudos en impedir y obs­truir la actividad humana se manifestaba en el casamiento no menos que en el nacimiento. Durante la Edad Media y hasta el siglo xviii, creemos que en Europa comúnmente se ha pretendido que la consuma­ción matrimonial podría impedirse mientras se verificaba la ceremonia de bodas si alguno cerraba con llave una cerradura o hacía un nudo en una cuerda y después tiraba la cerradura o cuerda; éstas tenían que ser metidas en agua y hasta que se hubieran encontrado y abierto o deshe­cho el nudo, no era posible la unión efectiva de la pareja. Por esto, era un gran crimen no sólo hacer tal hechizo, sino también robar el instru-

1 Para desvirtuar esta ''brujería", en España se dice actualmente: "Ha cruzado un ángel", o aún más paliado: "Ha pasado un ángel".

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mento material de ello o alejarse con él, fuera cerradura o cuerda anu-dada. En el año de 1718, el parlamento de Burdeos sentenció a uno a ser quemado vivo por haber extendido la desolación sobre una familia entera por medio de cuerdas anudadas. Y en Escocia, el año de 1705, fueron condenadas dos personas por robar unos nudos embrujados que una mujer había hecho, con el designio de estropear la boda feliz de Spalding de Ashintilly. La creencia en la eficacia de esos maleficios parece haber persistido en la serranía del Pertshire hasta finales del si­glo xviii, pues en esa época era todavía costumbre en la bellísima parro-quia de Logierait, entre los ríos Tummel y Tay, desenlazar cuidadosa-mente todos los nudos de la ropa de la novia y del novio antes de la celebración de la ceremonia nupcial. Encontramos hoy la misma cos­tumbre y la misma superstición en Siria. Las personas que ayudan a vestir al novio sirio su traje de bodas, tienen buen cuidado de que no lleve hecho ningún nudo y de que vaya todo desabotonado, pues creen que un botón metido en su ojal o un lazo hecho podría entregarle al poder de sus enemigos privándole de sus derechos nupciales por medios mágicos. El temor a estos hechizos está difundido por todo el norte de África en la época actual. Para hacer impotente a un novio, el hechiza­dor no tiene más que hacerle un nudo en su pañuelo, el cual habrá previamente colocado con disimulo en algún sitio del cuerpo de la no­via cuando montaba a caballo para ir al encuentro del novio; en tanto que permanezca el nudo en el pañuelo, quedará impotente el novio para consumar el matrimonio.

El poder maléfico de los nudos puede manifestarse también en la imposición de enfermedades y toda clase de desgracias. Así, entre los hos del oeste de África un hechicero imprecará a su enemigo y ha­ciendo un nudo en un tallo de hierba dirá: "¡He atado a fulano de tal en este nudo. Caigan todos los males sobre él! ¡Que cuando vaya al campo le muerda una víbora! ¡Que cuando vaya de caza le ataque una fiera hambrienta! ¡Que cuando haya una tormenta lo parta un rayo! ¡Que sus noches sean malas!" Se cree que en el nudo el hechicero ha atado la vida de su enemigo. En el Corán hay una alusión a la maligni­dad "de los que soplan en los nudos" y un comentador árabe explica este pasaje diciendo que esas palabras se refieren a las mujeres que prac­tican la magia haciendo nudos de cuerda y después soplando y escu­piendo sobre ellos. Sigue relatando cómo una vez un judío perverso embrujó al propio Mahoma haciendo nueve nudos en una cuerda que después ocultó en un pozo. Así, el profeta cayó enfermo y nadie sabría lo que pudiera haber ocurrido si el arcángel Gabriel no hubiera revelado oportunamente al santo hombre el lugar donde estaba oculta la cuerda de nudos. El fiel Alí fue en busca de la funesta cuerda al pozo y el pro­feta recitó sobre ella ciertos conjuros que le habían sido revelados con ese objeto. A cada versículo del conjuro se desataba un nudo por sí solo y el profeta sentía mayor alivio.

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Si se supone que los nudos matan, también se supone que curan.

Esto se deduce de creer que desatando el nudo se produce el alivio del paciente, pues aparte de la virtud negativa de los maléficos nudos, hay algunos lazos benéficos a los que se atribuye una positiva virtud curativa. Plinio nos cuenta que algunas gentes curaban enfermedades de la ingle tomando un hilo de tela de araña, haciéndole siete o nueve nudos sujetándolo después a la ingle del paciente, mas para asegurar la eficacia de la cura era necesario nombrar alguna viuda cada vez que se hacía un nudo. O'Donovan nos describe un remedio para la fiebre empleado por los turcomanos; el mago coge un pelo de camello y lo hila trenzado para hacer un hilo grueso y fuerte mientras pronuncia un conjuro. Inmedia­tamente hace siete nudos en el hilo, soplando en cada nudo antes de apretarlo. Este hilo de nudos se lleva después como un brazalete en la muñeca del paciente. Cada día desata un nudo y le sopla encima y cuando se desata el séptimo y último, se arrolla el hilo entero en una bola y se tira al río, alejándose la fiebre con él, según creen.

Otras veces los nudos pueden usarse por una hechicera para ven­cer a su amado y que se una a ella fielmente. Así, la doncella con mal de amores en Virgilio,1 trata de atraerse a Dafnis mediante conjuros y anudando tres veces tres cordones de diferentes colores. Así, una don­cella árabe que había entregado su corazón a un hombre, intentó ganar su amor y atraerle haciendo unos nudos en su látigo, pero una rival ce­losa los desató. Conforme al mismo principio mágico, pueden emplearse los nudos para detener a un esclavo huido. En Swazieland se ve fre­cuentemente a los lados de los senderos las cañas y tallos de hierba con nudos; cada uno de estos nudos nos habla de una tragedia doméstica. Una mujer que se fuga de su marido, el cual va con sus amigos en su persecución, "ligando" todos los senderos, como ellos dicen, para evitar que pueda volver a pasar por ellos. Una red, por su conjunto de nudos, se ha considerado siempre, en Rusia, como eficacísima contra los hechi­ceros y por esto en algunos lugares, cuando están vistiendo a una novia sus atavíos nupciales, cuelgan sobre ella una red de pescar para mante­nerla libre de peligro. Por un similar propósito, el novio y sus acompa­ñantes se amarran con trozos de red o por lo menos bien ceñidas fajas añudadas, para que antes de que un brujo pueda empezar a hacerles daño tenga que desanudar todos los nudos de la red o desatarles la faja. Es frecuente que un amuleto ruso no sea otra cosa que un hilo anudado. Una madeja de lana roja alrededor de los brazos y las piernas les man­tendrá libres de paludismo y otras fiebres y nueve madejas envolviendo el cuello de un niño se considera un preservativo contra la escarlatina. En el gobierno de Tver, a la vaca que guía el resto de la vacada le atan un saco de una clase especial al cuello para mantener alejados a los lobos; su virtud ata las quijadas de las bestias hambrientas. Con el mismo objeto dan tres vueltas a una yeguada con un candado que el portador

l Églogas viii, vv. 78-80

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va cerrando y abriendo; a medida que lo hace, dice: "Con este candado de acero cierro las bocas de los lobos grises para mi yeguada."

Nudos y cerraduras pueden servir para conjurar no solamente a los

Brujos y lobos, sino hasta a la misma muerte. En el año 1572, en la ciudad escocesa de Saint Andrews, llevaron a la picota, para quemarla viva por hechicera, a una mujer que llevaba una tela blanca a modo de collar con cuerdas llenas de nudos. Se lo quitaron en contra de su voluntad decidida, porque ella pensaba que no podía morir en el fuego mientras llevase sus cuerdas de nudos. Cuando se lo arrebataron, dijo: " Ahora sí que estoy perdida!". En muchas partes de Inglaterra piensan que una persona no puede morir mientras haya cerraduras o cerrojos echados en la casa. Así, es una costumbre muy común abrir todas las cerraduras y cerrojos cuando es seguro el final cercano del enfermo, con la idea de no prolongar indebidamente su agonía. Por ejemplo, en el año 1863, en Tauton, cayó un niño enfermo de escarlatina ya se creyó inevitable su muerte. "Una consulta de matronas fue convocada y para evitar que la criatura tuviera una agonía penosa todas las puertas de la casa, todas las cajas, todos los armarios fueron abiertos del todo, quita­das las llaves y el cuerpo del niño puesto bajo una viga, para que su tránsito fácil, cierto y seguro a la eternidad quedase asegurado." Por extraño que nos parezca, el niño rehusó aprovechar las facilidades para morir que tan gentilmente pusieron a su disposición la sagacidad y expe­riencia de las matronas británicas de Tauton; prefirió vivir mejor que entregar el espíritu en ese momento.

La regla que prescribe que en algunas ceremonias mágicas y religio­sas el cabello debe ir suelto y colgando y los pies desnudos, probable­mente se basa en el mismo temor de impedir y entorpecer la acción, sea la que fuere, con la presencia de algún nudo o constricción ora en la cabeza, ya en el pie del ejecutante. Un poder semejante de atar e im­pedir las actividades espirituales tanto como las corporales, señalan algu­nos pueblos a los anillos. Así, en la isla griega de Carpathos, la gente no abotona nunca las ropas con que amortaja un cadáver y cuidan de quitarle todos los anillos, "porque el espíritu —dicen ellos— puede ser detenido hasta en el dedo meñique y no podría descansar". Aquí es evidente que si bien no se acepta definitivamente que, al morir, el alma salga por la punta de los dedos, se cree que el anillo ejerce una acción constrictiva que detiene y aprisiona en el tabernáculo de barro al espíritu inmortal, a pesar de sus esfuerzos para escapar; concretamente, el anillo, como el nudo, obra a modo de traba espiritual. Ésta puede haber sido la causa de una antigua máxima griega, atribuida a Pitágoras, que pro­hibe a la gente llevar anillos. Nadie podía visitar el antiguo santuario arcadio de la Señora, en Lycosura, con un anillo en el dedo. Las personas que consultaban el oráculo de Fauno tenían que ser castas y no comer carne ni llevar anillos.



Por otro lado, la misma comprensión circular que impide el egreso del alma, puede impedir el ingreso de los espíritus malignos; por esto

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sabemos de anillos usados como amuletos contra los demonios, brujas fantasmas. En el Tirol se dice que una parturienta no se quitará su ani-llo de bodas para que los espíritus y brujas no se apoderen de ella. Entre los lapones, la persona que va a acomodar un cadáver en su ataúd recibe del marido, esposa o hijos del difunto un anillo de latón para que lo lleve puesto en su brazo derecho hasta que el cadáver esté en seguridad depositado en la tumba. Se piensa que el brazalete sirve a la persona como un amuleto contra cualquier perjuicio que el espíritu del muerto intentase hacerle. Que la costumbre de llevar anillos en los dedos puede deberse a la influencia o haber surgido de una creencia en su eficacia como amuletos para conservar el alma en el cuerpo, o para que no entren los demonios en él, es una cuestión que merece ser considerada amplia­mente. Aquí solamente nos concierne la creencia en tanto cuanto su­ponemos que puede arrojar claridad en la regla que prohibía que el Flamen Dialis llevase anillos a menos de que estuviesen abiertos. Esta regla, unida a la que también le prohibía tener ni un solo nudo en sus vestiduras, indica el temor de que el poderoso espíritu encarnado en él pudiera ser entorpecido o impedido en sus entradas y salidas por grilletes corporales y espirituales tales como los anillos y los nudos.

CAPÍTULO XXII

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