Sir james george frazer la rama dorada



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Sí es acertado nuestro análisis de la lógica de los magos, sus dos grandes principios no serán otra cosa que dos distintas y equivocadas

1 Contagiosa: usaremos "contagiosa" y "contaminante" como sinónimos y en sentido más amplio que el estricto médico.

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aplicaciones de la asociación de ideas. La magia homeopática está fun­dada en la asociación de ideas por semejanza; la magia contaminante o contagiosa está fundada en la asociación de ideas por contigüidad. La magia homeopática cae en el error de suponer que las cosas que se parecen son la misma cosa; la magia contagiosa comete la equivocación de presumir que las cosas que estuvieron una vez en contacto siguen estándolo. Mas en la práctica se combinan frecuentemente las dos ramas, o, para ser más precisos, mientras que la magia homeopática o imitativa puede ser practicada sola, encontraremos generalmente que la magia contaminante o contagiosa va mezclada en su práctica con la homeo­pática o imitativa. Confrontadas así estas dos clases de magia, puede haber alguna dificultad en comprenderlas, mas serán rápidamente inte­ligibles cuando las aclaremos con algunos ejemplos apropiados. Ambas líneas de pensamiento son de hecho en extremo sencillas, elementales, y con dificultad podrían ser de otra manera siendo tan familiares en lo concreto, aunque no ciertamente en lo abstracto, no tan sólo para la inteligencia ruda del salvaje, sino también para la de la gente ignorante y estúpida de todas partes. Ambas ramas de la magia, la homeopática y la contaminante, pueden ser comprendidas cómodamente bajo el nom­bre general de magia simpatética, puesto que ambas establecen que las cosas se actúan recíprocamente a distancia mediante una atracción secreta, una simpatía oculta, cuyo impulso es transmitido de la una a la otra por intermedio de lo que podemos concebir como una clase de éter invisible no desemejante al postulado por la ciencia moderna con objeto parecido, precisamente para explicar cómo las cosas pueden afectarse entre sí a través de un espacio que parece estar vacío.

Es conveniente poner en forma de cuadro las ramas de la magia, según las leyes del pensamiento que las animan, en esta forma:

MAGIA SIMPATÉTICA

(Ley de simpatía)

MAGIA HOMEOPÁTICA MAGIA CONTAMINANTE

(Ley de semejanza) (Ley de contacto)

Ahora ilustraremos con ejemplos estas dos ramas de la magia sim­patética, empezando por la homeopática.

2. magia homeopática o imitativa

Quizá la aplicación más familiar del postulado "lo semejante produ­ce lo semejante" es el intento hecho por muchas gentes en todas las

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épocas para dañar o destruir a un enemigo, dañando o destruyendo una imagen suya, por creer que lo que padezca esta imagen será sufrido por el enemigo y que cuando se destruya su imagen él perecerá. Daremos aquí unos cuantos ejemplos, de entre muchos, para probar la extensa difusión alcanzada por esta práctica en el mundo y su notable persisten­cia a través de las edades. Hace miles de años fue conocida por los hechiceros de la India antigua, Babilonia y Egipto, así como también por los de Grecia y Roma; aún hoy día, recurren todavía a ella los salvajes arteros y perversos de Australia, África y Escocia. Por ejemplo se nos cuenta que los indios norteamericanos creen que dibujando la figura de una persona en la arena, arcilla o cenizas, y también conside­rando cualquier objeto como si fuera su cuerpo, y después clavándolo con una estaca aguzada o haciéndole cualquier otro daño, infligirán una lesión correspondiente a la persona representada. Cuando un indio ojeb-way desea hacer daño a alguien, hace una imagen pequeña de madera de su enemigo y le clava una aguja en la cabeza o en el corazón, o le dispara una flecha, creyendo que cuando pincha o agujeran la imagen siente su enemigo en el mismo instante un dolor terrible en la parte correspon­diente de su cuerpo, y cuando intenta matarlo resueltamente, quema o entierra el muñeco, pronunciando mientras lo hace ciertas palabras má­gicas. Los indios del Perú moldean figuritas de sebo mezclado con grano, dándoles el mejor parecido posible con las personas que odian o temen, y después queman las efigies en el sendero por donde las supuestas víctimas habrán de pasar. Dan a esta operación el nombre de quemar su alma.



Un maleficio malayo de la misma clase consiste en recoger recortes de uñas, pelo, pestañas, algo de saliva y otras cosas parecidas de la futura víctima, suficientes para representar las diversas partes de su per­sona; después se hace, con todo eso y cera de una colmena abandonada, una figurita semejante a ella, que se tuesta lentamente sobre una lámpara durante siete noches mientras se dice:

No es cera esto que estoy socarrando;

es el hígado, el corazón y el bazo de fulano de tal lo que socarro.

Después de transcurrir la séptima noche, se quema del todo la figura; la víctima morirá. Es evidente que en este maleficio se combinan los prin­cipios de la magia homeopática y de la contaminante, puesto que el muñeco está hecho a imagen, en cierto modo, del enemigo, y contiene materiales que estuvieron en contacto con él, principalmente sus uñas, pelo y saliva. Otra forma de embrujamiento malayo, que recuerda más estrechamente la práctica de los ojebway, es hacer, con cera de una colmena abandonada, una figura de un pie de longitud, que representa al enemigo muerto; después se pinchan los ojos de la imagen y el enemigo queda ciego; se hiere el estómago y enferma; se pincha la cabe­za y siente dolor de cabeza; se taladra el pecho y enferma del pecho. Si

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se quiere matar al enemigo a toda costa, se atraviesa su imagen de los pies a la cabeza, se la amortaja como si fuera un cadáver, se reza sobre ella cual si se estuviera rezando por un muerto y después se la entierra en medio del sendero por donde el enemigo ha de pasar. Con objeto de que su sangre no caiga sobre la propia cabeza, se debe decir:

Yo no soy el que está enterrándole: es Gabriel el que le está enterrando.

De este modo, la culpabilidad del crimen recaerá sobre los hombros del arcángel Gabriel, que está mucho más capacitado para soportar este peso.

Si la magia homeopática o imitativa, utilizando las figuritas, se ha practicado a menudo con el rencoroso propósito de arrojar fuera de este mundo a las gentes aborrecidas, también, aunque más raramente, se ha empleado con la buena intención de ayudar a entrar en él a otras. Es decir, se ha usado para facilitar el nacimiento y conseguir la gravidez de las mujeres estériles. Así, entre los batakos de Sumatra, cuando una mujer estéril desea llegar a ser madre, hará en madera una figura de niño y lo colocará en su regazo, creyendo que esto la conducirá al cum­plimiento de sus deseos. En el archipiélago Babar, cuando una mujer desea tener una criatura, ruegas a un hombre que sea padre de numerosos hijos que rece por ella a Upulero, el espíritu del sol. Hacen un muñeco de algodón rojo, que la mujer sostiene en sus brazos como si estuviera amamantándolo. Después, el padre prolífico coge una gallina por las patas y acercándola a la cabeza de la mujer, dice: "Toma esta ave, ¡oh Upulero!, y consiente que descienda una criatura, te lo ruego y suplico. Permite que venga una criatura y la recoja en mis manos y en mi regazo". Dicho esto, pregunta a la mujer: "¿Ha llegado ya la criatura?" Y ella responde: "Sí, y ya está mamando." Entonces, sostiene el ave sobre la cabeza del marido y musita algunas palabras. Finalmente, matan al ave y, junto con un poco de betel, la colocan en el lugar de la casa desti­nado a los sacrificios domésticos. Terminada la ceremonia, corre por la aldea la noticia de que la mujer ha dado a luz y las amistades vienen a la casa para felicitarla. Aquí la simulación del nacimiento de un niño es simplemente un rito mágico, designado para asegurar por medio de la imitación o pantomima que realmente nacerá una criatura, y se intenta ayudar a la eficacia del rito mediante la oración y el sacrificio. Por de­cirlo así, la magia está mezclada y reforzada en este caso con religión.

Entre algunos de los dayakos de Borneo, cuando una mujer tiene un parto laborioso, llaman a un brujo, que intenta facilitar el parto por el modo racional de manipular en el cuerpo de la parturienta y, mien­tras tanto, otro brujo, fuera del cuarto, se esfuerza en obtener el mismo fin por medios que nosotros consideramos totalmente irracionales. En efecto, él pretende ser la parturienta: con una tela enrollada al cuerpo, sujeta una piedra grande que representa al niño en la matriz y, siguiendo las instrucciones que le grita su colega desde el lugar de la escena real.

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mueve el supuesto bebé sobre su cuerpo imitando exactamente el mo­vimiento del verdadero, hasta que éste nace.

El mismo principio de simulación que gusta tanto a los niños ha llevado a otros pueblos al empleo de la simulación del nacimiento como una forma de adopción y aun como procedimiento de resucitar al que se supone había muerto. Si una persona simula el alumbramiento de un hijo, aunque sea un hombre barbudo, sin una sola gota de la sangre de aquélla en las venas, entonces, según el criterio de la filosofía y la ley primitivas, el muchacho o el hambre es realmente su propio hijo en todos sentidos. Así, nos cuenta Diodoro que cuando Zeus persuadió a su celosa mujer Hera para que prohijase a Hércules, la diosa se metió en la cama y abrazando al corpulento héroe contra su seno, le empujó por debajo de su ropa y le dejó caer al suelo, imitando un verdadero par­to; el historiador añade que en sus tiempos se practicaba por los bárbaros el mismo medio para adoptar criaturas. En nuestros días se dice que todavía se usa así entre los turcos de Bosnia y de Bulgaria. Cuando una mujer desea prohijar a un muchacho, le sacará o empujará por entre sus ropas: desde entonces será mirado siempre como su verdadero hijo y heredará todos los bienes de sus padres adoptivos. Entre los bera-wanos de Sarawak, cuando una mujer desea adoptar a una persona ya adulta, sea hombre o mujer, se reúne a mucha gente para celebrar una fiesta. La madre adoptiva, sentada ante el público sobre un asiento alto con faldones, permite que la persona adoptada se arrastre desde atrás y entre sus piernas. Tan pronto como aparece por delante de ellas, le golpean con los capullos perfumados de la palma de areca y le atan a la mujer. Después madre e hijo o hija adoptivos, así atados juntos, anadean hasta el fondo de la casa y vuelven otra vez a la vista de los espectadores. El lazo establecido entre los dos por esta imitación grá­fica del parto es muy estrecho; una ofensa cometida contra un hijo adoptivo se reconoce como más grave que la hecha a un hijo verdadero. En la Grecia antigua, si se había supuesto erróneamente que un hombre ausente había muerto y se le habían hecho los ritos fúnebres, a su vuelta era tratado como muerto para la sociedad hasta que hubiera pasado por la ceremonia de nacer otra vez. Le hacían pasar por la entrepierna de una mujer y después le lavaban y vestían con mantillas y le entregaban a una nodriza. Hasta que no se ejecutaba con todo detalle la ceremonia, no podía relacionarse libremente con la gente. En parecidas circuns­tancias, en la India antigua, el hombre a quien se había supuesto falle­cido tenía que pasar la primera noche de su vuelta en una tina llena de agua grasienta; mientras estaba sentado y con los brazos cruzados, cerra­dos los puños y sin pronunciar palabra, a semejanza de una criatura en la 'matriz, se ejecutaban sobre él todos los sacramentos que se acos­tumbraba hacer sobre una mujer preñada. A la mañana siguiente salía de la tina y pasaba una vez más por todos los sacramentos que tuvo en su juventud y especialmente le casaban con una mujer o le volvían a casar con su propia esposa con la debida solemnidad.

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Otro uso benéfico de la magia homeopática es la cura o prevención de enfermedades. Los antiguos hindúes ejecutaban una complicada cere­monia, basada en ella, para curar la ictericia. Su tendencia principal era relegar el color amarillo hacia seres y cosas amarillas, tales como el sol, a las que propiamente pertenece, y procurar al paciente un saludable color rojo de una fuente vigorosa y viviente, principalmente un toro bermejo. Con esta intención, un sacerdote recitaba el siguiente conjuro: "Hasta el sol subirá tu pesadumbre y tu ictericia; en el color del toro rojo te envolveremos. Te envolveremos en matices rojos por toda una larga vida. ¡Que quede esta persona ilesa y libre del color amarillo! Te envolveremos en todas las formas y todas las fuerzas de las vacas, cuya deidad es Rohini y que además son rojas (rohinih). Dentro de las cacatúas, dentro de los tordos pondremos tu amarillez y además en el pajizo doradillo de inquieta cola pondremos tu amarillez." Mientras pro­nunciaba estas palabras, el sacerdote, con objeto de infundir el matiz rosado de la salud en el cetrino paciente, le iba dando a beber agua en la que había echado pelos de un toro rojo; vertía agua sobre el lomo del animal y le hacía beber al enfermo de la que escurría; le sentaba sobre una piel de toro rojo y le ataba con un trozo de ella. Después, con el designio de mejorar su color expulsando completamente el tinte ama­rillo, procedía a embadurnarle de pies a cabeza con una papilla hecha de cúrcuma (una planta amarilla), le tendía en la cama y sujetaba a los pies de ella, mediante una cuerda amarilla, tres pájaros, a saber, una cacatúa amarilla, un tordo y un doradillo. Después iba vertiendo agua sobre el paciente, lavándole el barro amarillo, con lo que era seguro que la ictericia se marcharía a las aves atadas. Después de hecho esto, y para dar un remate lozano a su complexión, cogía algunos pelos de toro rojo, los envolvía en una hoja dorada y los pegaba a la piel del enfermo. Los antiguos creían que si una persona con ictericia miraba con atención a una avutarda o chorlito y el ave fijaba su vista en ella, quedaba curada de la enfermedad. "Tal es la naturaleza —dice Plu­tarco— y tal el temperamento de esta ave que extrae y recibe la enfer­medad que sale como una corriente por medio de la vista". Era tan conocida entre los pajareros la valiosa propiedad de estas aves que cuan­do tenían alguna para la venta, la guardaban cuidadosamente cubierta, por temor de que algún ictérico la mirase y se curase gratis. La virtud del ave no estaba en el color de su plumaje, sino en sus grandes ojos dorados que, como es natural, extraían la amarillez de la ictericia. Plinio* nos cuenta de otra ave, o quizá la misma, a la que los griegos daban el nombre de "ictericia", porque si una persona ictérica la miraba, su en­fermedad la dejaba para matar al ave. También menciona una piedra que suponían curaba la ictericia a causa de que sus matices recuerdan los de una piel ictérica.

Uno de los grandes méritos de la magia homeopática está en per­mitir que la curación sea ejecutada en la persona del doctor en vez de la de su cliente, quien se alivia de todo peligro y molestia mientras ve

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al médico retorcerse de dolor. Por ejemplo, los campesinos de Perche, en Francia, obran bajo la impresión de que los espasmos prolongados del vómito son efecto de la caída del estomago, por haberse descolgado, según dicen ellos, y de acuerdo con esto, llaman a un práctico en estas cuestiones para que devuelva el órgano a su lugar propio. Después de escuchar los síntomas, el práctico se entrega a las más espantosas con­vulsiones con el propósito de desenganchar su propio estómago. Ha­biendo tenido éxito en un esfuerzo, vuelve en seguida a colgar su estó­mago con otra serie de contorsiones y batimanes mientras el paciente experimenta el correspondiente alivio; precio, cinco francos. Con seme­jante método un médico dayako, llamado por un enfermo, se tiende en el suelo y pretende estar muerto, y, suponiéndolo así, se le trata como corresponde a un cadáver, envolviéndole en esterillas, sacándole de la casa y tendiéndole en el suelo. Pasada una hora, los otros curanderos desenvuelven de sus cubiertas y devuelven la vida al pretendido muerto; según va recobrándose éste, suponen que se mejora también el enfermo. En los principios de la magia homeopática se funda la cura de un tumor prescrita por Marcelo de Burdeos, médico de la corte de Teodosio I, en su curiosa obra sobre medicina. Dice así: "Tómese una raíz de verbena, córtese por la mitad y cuélguese una parte alrededor del cuello del pa­ciente y la otra sobre el fuego de la chimenea. Conforme va secándose la raíz entre el humo del hogar, va secándose el tumor hasta desaparecer. Si después el paciente es ingrato para el buen médico, el diestro cono­cedor puede vengarse muy fácilmente sin más que arrojar la verbena al agua, pues, a medida que la raíz absorbe otra vez la humedad el tumor se reproduce". El mismo escritor sapiente recomienda que si se está molesto por alguna erupción de barrillos, se aceche la caída de una estrella y en aquel momento preciso en que la estrella corre todavía por el cielo, se restrieguen rápidamente los granos con la primera tela que se encuentre a mano. Del mismo modo que las estrellas caen del cielo, así caerán los barrillos del cuerpo, pero tendrá el paciente mucho cuida­do de no restregarlos con mano desnuda, pues los granos pasarían a ella.

Por otra parte, la magia homeopática y en general la simpatética juegan una gran parte en las precauciones que el cazador o pescador toma para asegurar una abundante provisión de alimento. Según la máxima de que "lo semejante produce lo semejante", él y sus compañeros hacen muchas cosas imitando deliberadamente aquello que quieren conseguir y, por el contrario, evitan otras con cuidado por su parecido más o me­nos imaginario a las que serían desastrosas si se realizasen.

En ningún sitio se lleva la teoría de la magia simpatética más siste­máticamente a la práctica para la protección del abastecimiento de ali­mentos que en las inhospitalarias regiones de la Australia central. Allí las tribus están divididas en un número de clanes totémicos, cada uno de los cuales se encarga del deber de multiplicar su tótem para el bien-

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estar de la comunidad, por medio de ceremonias mágicas. La mayoría de los tótems son animales y plantas comestibles y el resultado general que creen lograr con esas ceremonias es el de abastecer a la tribu de alimentos y otras cosas necesarias. Es frecuente que los ritos consistan en una imitación de los efectos que la gente desea producir; en otros términos, su magia es homeopática o imitativa. Así, entre los warra-munga, el cabecilla del tótem cacatúa blanca procura la multiplicación de las cacatúas blancas teniendo en la mano una figura del ave e imi­tando sus gritos roncos. Entre los arunta, los hombres del tótem larva del witchetty1 ejecutan ceremonias para multiplicar la larva que los demás miembros de la tribu acostumbrar comer. Una de estas cere­monias es una escena en que se representa al insecto perfecto saliendo del capullo de la crisálida: forman una larga y estrecha construcción de ramaje que imita el capullo de la crisálida y dentro de él, sentados, unos cuantos hombres que tienen por tótem a la larva entonan alusiones al insecto en los distintos momentos de la metamorfosis. Después van emergiendo de la estructura acurrucados y, conforme van saliendo, can­tan al insecto que emerge de su crisálida. Se cree que esto multiplica el número de larvas. También, con objeto de multiplicar los emúes, que son un importante artículo comestible, los hombres del tótem del emú dibujan sobre el suelo la sagrada figura de su tótem, especialmente las partes del emú que más les gusta comer, como las que abundan en grasa y los huevos. Los hombres se sientan alrededor del dibujo y cantan. Después los actores, llevando unos capirotes que representan el cuello largo y la cabeza pequeña de los emúes, imitan la apariencia del ave cuando se pone a mover la cabeza en todas direcciones.

Los indios de la Colombia Británica viven principalmente de la pesca, que abunda en el mar y en sus ríos. Si los peces no llegan en la debida estación y los indios están hambrientos, un brujo mootka fa­brica la imagen de un pez nadando y la pone en el agua en la dirección en que es más frecuente la llegada de los peces. Esta ceremonia, acom­pañada de una oración para que venga la pesca, conseguirá que llegue al momento. Los isleños del estrecho de Torres usan modelos de vacas marinas y de tortugas para atraerlas con el hechizo. Los toradjas de Célebes central creen que las cosas de la misma clase se atraen mutua­mente por los espíritus que habitan en ellas o por el éter vital. Debido a esta creencia, cuelgan en sus casas quijadas de ciervos y jabalíes con objeto de que los espíritus que animan estos huesos atraigan a sus congé­neres al sendero del cazador. En la isla de Nías, cuando ha caído un jabalí en la trampa preparada al efecto, al sacarle de allí le frotan el lomo con nueve hojas caídas, no arrancadas, creyendo que del mismo modo que las hojas han caído del árbol, así también caerán en la trampa otros nueve jabalíes. En las islas de las Indias Orientales, Saparoea,
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