Sir james george frazer la rama dorada



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1 A los reyes godos de España les sucedía lo mismo; Wamba fue depuesto del trono y encerrado en un convento, porque Ervigio, su sucesor, le cortó el pelo mien­tras dormía.

TABÚ DEL PELO 277

codiciaron el reino de su fallecido hermano Clodomiro, se apoderaron con engaños de los dos sobrinitos, los dos hijos de Clodomiro, y en-viaron a París un mensajero a la abuela de los niños, la reina Clotilde, portador de unas tijeras y de una espada desenvainada. El enviado mos-tró las tijeras y la espada a Clotilde, rogándole escogiera si las criaturas debían ser rapadas para vivir, o morir con sus melenas. La orgullosa reina Clotilde 1 replicó que si sus nietos no habían de alcanzar el trono, los prefería mejor muertos que tonsurados. Así, ellos fueron asesinados por la propia mano de su despiadado tío Clotario. El rey de Ponapé, una de las islas Carolinas, tenía que llevar el pelo largo, como también sus dignatarios. Entre los negros de la tribu Hos del occidente africano "hay sacerdotes en cuyas cabezas no pueden entrar tijeras mientras vivan. El dios que habita en el hombre prohibe el corte de su pelo bajo pena de muerte. Si el pelo es ya demasiado largo, el dueño debe rogar a su dios que le permitiera siquiera recortarle las puntas. El pelo es de hecho concebido como asiento y alojamiento de su dios; si se cortase, perdería su morada en el sacerdote." Los miembros de un clan de los massai, de los que se dice que poseen el arte de hacer llover, no pueden ra­parse las barbas porque se supone que la pérdida de sus barbas podría acarrear la pérdida de sus poderes de "hacer llover". El jefe supremo y los hechiceros massai observan la misma regla por una razón semejante; piensan que si se cortasen la barba, sus dones sobrenaturales desertarían de ellos.

Además, algunos hombres que han hecho voto de venganza man­tienen, en ocasiones, su pelo sin cortar hasta haber cumplido su voto. Así, de los indígenas de las islas Marquesas sabemos que "ocasional­mente tienen su cabeza completamente afeitada, salvo un mechón en la coronilla que llevan colgando o lo hacen un nudo. Pero este último modo de llevar el pelo lo adoptan solamente cuando han hecho un voto solemne, tal como la venganza por la muerte de algún pariente cercano, etc. En tales casos, el mechón no se corta nunca mientras no se haya cumplido la promesa". Parecida costumbre tenían los antiguos germa­nos; entre los chati, los guerreros jóvenes nunca se rapaban el pelo o bar­bas hasta haber matado un enemigo. Entre los toradjas, cuando cortan el pelo a una criatura para librarla de parásitos, dejan algunos mechones en la coronilla como refugio de una de las almas del niño; de otro modo, el alma no tendría lugar donde alojarse y el niño enfermaría. Los karo-batakos temen ahuyentar el alma del niño; por eso cuando le cortan el pelo dejan siempre un trozo sin cortar adonde el alma pueda retirarse ante las tijeras. Usualmente este mechón permanece sin cortar toda la vida o por lo menos hasta que llega a adulto.

1 Santa Clotilde, esposa de Clodoveo, primer rey cristiano franco, cuya fiesta se conmemora el 5 de junio.

278 objetos tabuados

7. ceremonias del corte de pelo

Cuando se hace necesario cortar el pelo, se toman las medidas para aminorar el riesgo que se supone concurre a la operación. El jefe de Namosi en Vití (Fidji) siempre se comía a un hombre, por vía de pre-caución, cuando tenía que cortarse el pelo; "había un clan que tenía que proveer la víctima y acostumbraban a reunirse en consejo para es­cogerla de entre ellos. Era una fiesta expiatoria para conjurar el mal para el jefe." Entre los maoríes se pronunciaban muchos conjuros en el corte de pelo; uno, por ejemplo, se refería a la consagración del cu­chillo de obsidiana con que se cortaba el pelo; otro se decía para evitar el trueno y el relámpago que se pensaba eran causados por el corte del pelo. "Aquel que se ha cortado el pelo está a cargo inmediato del atua (espíritu); es apartado de todo contacto y trato de su familia y tribu; no se atreverá a tocar sus mismos alimentos, que le serán puestos en la boca por otra persona; durante algunos días no puede volver a sus ocu­paciones acostumbradas ni asociarse con sus compañeros." La persona que corta el pelo también queda tabuada; sus manos, que han estado en contacto con una cabeza sagrada, no podrán tocar alimentos ni ser dedicadas a ningún otro empleo; será alimentado por otra persona con comida preparada en el fuego sagrado. Él no puede liberarse del tabú antes del día siguiente, cuando restriegue sus manos con patata o raíz de helecho que haya sido cocido en un fuego sagrado; y este alimento se le dará después a la mujer cabeza de familia por línea femenina; cuando ella lo coma, las manos quedarán libres del tabú. En algunas partes de Nueva Zelandia el día más sagrado del año1 era el señalado para el corte de pelo; ese día la gente se reunía en gran número de todos los alre­dedores.

8. disposiciones sobre los recortes de pelo y de uñas

Aun cuando el pelo y las uñas hayan sido cortados con felicidad, queda el gran obstáculo de disponer de lo cortado, pues sus propietarios creen que están expuestos a sufrir cualquier daño que pueda recaer sobre los recortes. La idea de que un hombre puede ser embrujado por inter­medio de los mechones de su pelo, los recortes de uñas u otras porcio­nes separadas de su cuerpo es casi universal y atestiguada por ejemplos demasiado amplios, demasiado familiares y demasiado tediosos en su uniformidad para analizarlos aquí en toda su extensión. La idea gene­ral en la que la superstición descansa es la conexión simpatética que se supone persiste entre una persona y cualquier cosa que alguna vez fue parte de su cuerpo o estuvo de algún modo estrechamente unida a él. Unos pocos ejemplos serán suficientes: pertenecen a la rama de la magia simpatética que puede denominarse contaminante o contagiosa.

DISPOSICIONES SOBRE RECORTES DE PELO Y UÑAS 279.

El temor a la hechicería, se nos dice, formaba en otros tiempos una a las más relevantes características de los isleños de las Marquesas. El hechicero recogía un poco de pelo, esputos u otros desechos cor-porales del hombre a quien deseaba dañar, lo envolvía en una hoja de vegetal y colocaba el paquete en un saco de hilos o fibras tejidas y atadas de un modo inextricable. Enterraba el conjunto con ritos cspe-

ciales y desde entonces la víctima se extenuaba día a día o tenía

una enfermedad consuntiva con la cual duraba solamente veinte días.

Su vida podía salvarse, sin embargo, descubriendo y desenterrando el

Pelo, salivazo o lo que fuera, pues tan pronto como se hiciera esto cesaba el maleficio. Un hechicero maorí, obstinado en embrujar a al­guno, procuraba obtener un rizo de pelo de su víctima, recortes de sus uñas algún salivazo o un retazo de su vestido y habiéndolo conseguido, fuera lo que fuera, canturreaba ciertos hechizos e imprecaciones con voz de falsete y lo enterraba. A medida que iba pudriéndose, se supone que la persona iría debilitándose hasta morir. Cuando un negro australiano desea desembarazarse de su mujer, le corta un mechón de pelo mien­tras duerme, lo ata a su lanzador de dardos y va con ello a la tribu cercana donde se lo entrega a un amigo que clava el lanzador todas las noches junto a la hoguera del campamento; cuando por fin se cae, es un signo de que ella ha muerto. El mecanismo por el que obra el en­cantamiento, se lo explicó al Dr. Howitt un negro de la tribu Wirajuri: "Usted ve — le dijo — que cuando un doctor negro coge algún objeto perteneciente a un hombre y lo tuesta y canta sobre él, el fuego se apo­dera del olor del hombre y eso le mata al pobre hombre." Los huzules, de los montes Cárpatos, imaginan que si un ratón coge un bucle de pelo de persona y hace su nido con él, la persona sufrirá dolores de ca­beza y hasta se volverá idiota. Similarmente, en Alemania, es una idea general que si los pájaros encuentran cabello de persona y construyen sus nidos con ellos, la persona sufrirá dolores de cabeza; a veces se cree que tendrá una erupción en la cabeza. La misma superstición prevalece o por lo menos prevalecía en la región de Sussex occidental, al sur de Inglaterra.

También se piensa que los recortes o el cabello arrancado con el peine pueden alterar el buen tiempo produciendo lluvia y granizo, true­nos y relámpagos. Hemos visto que en Nueva Zelandia se pronunciaba un conjuro para evitar, cuando se hacía el corte de pelo, los truenos y relámpagos. En el Tirol, noreste de Italia, se cree que las brujas usan el pelo cortado o el enredado en el peine para hacer que granice y haya tormentas. Los indios thlinkit atribuyen las tormentas al acto temerario de una joven que se haya peinado al aire libre. Creemos que los roma­nos tenían creencias similares puesto que era una máxima entre ellos que navegando, nadie se cortaría el pelo o las uñas, excepto en tormenta,1 es decir, cuando el daño ya estaba hecho. En la serranía de Escocia se

1 Recordamos al lector el episodio del pelo y la tormenta del Satiricón de Pe-tronio.

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dice que ninguna mujer debe peinarse de noche si tiene un hermano en el mar. En el oeste africano, cuando el Maní de Chitombé o Jumba moría, se agolpaban las gentes sobre el cadáver y le arrancaban el ca bello, los dientes y las uñas, que guardaban como talismanes de lluvia en la creencia que si no lo hacían así no llovería. El Makoko de los anzikos rogó a los misioneros que le dieran la mitad de sus barbas como talismanes para hacer llover.

Si los recortes de uñas y pelo quedan en conexión simpatética con la persona de cuyo cuerpo han sido separados, claro está que pueden usarse como rehenes o prendas de su buena conducta por quien los re­tenga en su poder, pues dados los principios de la magia contaminante con sólo que dañe al pelo o las uñas, herirá simultáneamente a su pro­pietario original. Por esto, los nandi, cuando hacían prisioneros, les afeitaban la cabeza y guardaban los mechones como una garantía de que no intentarían escapar, y cuando el prisionero era rescatado, le devol­vían a su pueblo con sus recortes de pelo.

Para resguardar los recortes de pelo y de uñas de perjuicios y de usos peligrosos a los que pueden ser sometidos por los hechiceros, es ne­cesario depositarlos en un lugar seguro. Los recortes de pelo de un jefe maorí se reunían con mucho cuidado y los colocaban en un cementerio cercano. Los tahitianos enterraban en sus templos los recortes del pelo. Un viajero moderno observó en las calles de Sokú montones de piedras grandes contra las paredes e insertados entre sus hendiduras manojos de cabello humano. Preguntando qué significaba aquello, le dijeron que cuando algún nativo del lugar se cortaba el pelo, reunía con cuidado los recortes y los depositaba en uno de aquellos montones, todos los cuales estaban consagrados al fetiche y por ende eran inviolables. Estos montones de piedras sagradas, llegó a saber después, eran una precau­ción elemental contra las brujerías, pues si el hombre no era cuidadoso disponiendo así de su pelo, podría éste caer en las manos de sus ene­migos, que por medio del mismo estarían en condiciones de hechizarlo con conjuros y conseguir su destrucción. Cuando, con gran ceremonia, se corta el moño de un niño siamés, colocan los recortes en una ces-tita de hoja de plátano que depositan en el río o canal más próximo para que se lo lleve flotando la corriente; según se aleja flotando, todo lo que es malo o dañino al niño se aleja con el pelo. Los mechones grandes del moño se guardan hasta que el niño haga una peregrinación a la huella santa del pie de Buda en la colina sagrada de Prabat. Allí, son presentados los mechones a los sacerdotes que se cree hacen bro­chas con la; que limpian la santa huella; pero, en realidad, es demasiado el pelo ofrecido todos los años para que los sacerdotes puedan usarlo así, de manera que los sacerdotes queman tranquilamente esas superfluida­des en cuanto los peregrinos vuelven las espaldas. Los recortes de pelo y uñas del Flamen Dialis se enterraban bajo un árbol de buena suerte.

DISPOSICIONES SOBRE RECORTES DE PELO Y UÑAS 281

Los bucles cortados de las vírgenes vestales se colgaban de las ramas de un viejo almez.

Con frecuencia los susodichos restos son ocultados en algún lugar secreto que no es necesariamente un templo, cementerio o árbol como en los casos anteriormente mencionados. Así, en Suabia,1 le recomien­dan a uno que oculte las barreduras de su pelo en algún sitio que ni el sol ni la luna puedan iluminar, por ejemplo, bajo tierra o bajo una piedra. En Danzig, lo meten en un saco bajo la piedra del umbral. En Ugi, una de las islas Salomón, entierran su pelo por temor a que caiga en poder de algún enemigo que podría hacer brujerías con él y provocar enfermedades o calamidades. El mismo miedo es general en Melanesia creemos que ha conducido a una práctica organizada de ocultamiento del cabello y uñas cortadas. La misma costumbre prevalece en muchas tribus del África del Sur por miedo a que los brujos consigan esos res­tos de partes separadas y hagan malas obras con ellos. Los cafres llevan más allá todavía este miedo a dejar cualquier porción de ello y que caiga en manos de sus enemigos, por lo que no sólo entierran el cabello y las uñas en un sitio secreto, sino que, cuando uno de ellos limpia la cabeza a otro, “retiene los parásitos que captura y se los devuelve a la persona a que pertenecían, suponiendo, según su teoría, que como 'ellos' se ali­mentan de la sangre del hombre de quien fueron cogidos, si fueran muertos por otra persona la sangre de su vecino podría estar en pose­sión ajena, poniendo así en sus manos el poder de una influencia so­brehumana."

Otras veces no se conservan los recortes superfinos para impedir que caigan en poder de un mago, sino que el propietario los guarda para tenerlos en la resurrección de su cuerpo, momento que algunas razas esperan con ilusión. Así, los incas del Perú "tenían cuidados extrema­dos para conservar las recortaduras de sus uñas y los cabellos cortados o arrancados con el peine; los colocaban en hoyos o nichos en las pare­des y si alguno caía, otro indio que lo viera los recogía y ponía en su lugar otra vez. Muchas veces pregunté a diferentes indios, en diversas ocasiones, por qué hacían eso, con objeto de ver lo que decían, y ellos me contestaron siempre con las mismas palabras: 'Sepa usted que todas las personas nacidas volverán a vivir [ellos no tenían otra palabra que significase resurrección] y las almas saldrán de sus tumbas con todo lo que perteneció a sus cuerpos. Por esto nosotros, con objeto de no te­ner que buscar nuestro pelo y uñas en momentos que serán de mucha prisa y confusión, los colocamos en un lugar del que puedan recogerse más convenientemente y siempre que sea posible tenemos cuidado de escupir en ese sitio'." De igual modo los turcos nunca tiraban las recor­taduras de sus uñas, sino que las metían cuidadosamente en las grietas de las paredes o de las maderas, en la creencia de ser necesarias en la resurrección. Los armenios tampoco tiran a la basura sus superfluidades,

1 Antiguo ducado de la familia imperial alemana de los Hohenstaufen.

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incluso los dientes extraídos, sino que los ocultan en sitios que estiman santos, como una hendidura en la pared de la iglesia, en un pilar de la casa o en el hueco de un árbol; creen que todas esas cosas separadas de ellos mismos serán necesarias en la resurrección y el que no las ha guardado en sitio seguro y las ha tirado, tendrá que ir en su busca el gran día. En el pueblo de Drumconrath, Irlanda, había algunas viejas que averiguaron en las Escrituras que todos sus cabellos estaban enume­rados por el Omnipotente y esperaban rendir cuenta de ellos en el Día del Juicio Final; con objeto de posibilitar esto iban embutiendo los pelos caídos y cortados en las bardas de sus chozas.

Otras gentes queman sus pelos inútiles para salvarlos de las manos de los hechiceros. Esto lo hacen los patagones y algunas de las tribus de Victoria, Australia. En los Vosgos Altos dicen que no se deben dejar tirados los restos de pelo y uñas, sino quemarlos para impedir que los hechiceros puedan usarlos en su contra, y por la misma razón hay mu­jeres italianas que queman los pelos sueltos o los arrojan a un lugar donde no sea probable que los vea nadie. El miedo casi universal a la brujería induce a los negros del oeste africano, o los makololos de África del Sur y a los tahitianos, a quemar o enterrar su cabello. En el Tirol hay muchas gentes que queman su cabello por temor a que las brujas lo usen para producir tormentas; otras lo queman o entierran para evi­tar que los pájaros forren con ellos sus nidos, lo que podría ocasionar dolores a las cabezas de donde provienen esos cabellos.

Esta destrucción del pelo y las uñas implica una inconsecuencia ideo­lógica absoluta; el objeto de la destrucción es evidentemente impedir que las partículas separadas del cuerpo sean usadas por los hechiceros. Mas la posibilidad de que las usen así depende de la supuesta conexión mágica entre esas partículas y el hombre de quien fueron separadas. Y si esta conexión simpatética existe todavía, ciertamente que esas partículas no pueden destruirse sin dañar al hombre.



9. TABÚ DE LA SALIVA

El mismo miedo a la hechicería que ha llevado a muchos pueblos a ocultar o destruir sus recortes de pelo y uñas, ha inducido a otros pue­blos y aun a los mismos a tratar su saliva de manera semejante. Dados los principios de la magia simpatética, la saliva es parte del hombre y todo lo que a ella se haga tendrá en él un efecto correspondiente. Un indio chilote que recoge el salivazo de un enemigo, lo pone en una pa­tata y expone la patata al humo diciendo al mismo tiempo ciertos conju­ros, en la creencia de que su enemigo se irá consumiendo a medida que el humo va secando la patata. También, pone el salivazo dentro de la boca de una rana y arroja al animalito a un río inaccesible e innavega­ble, lo que hará que la víctima humana tiemble y se estremezca de calenturas. Los nativos de Urewera, comarca de Nueva Zelandia, gozan

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de gran reputación como hábiles brujos. Se decía que hacían uso de la saliva de las gentes para embrujarlas. Por esto, los visitantes tenían buen cuidado de ocultar sus esputos, temiendo proveer de material a estos bru- jos para trabajar en su daño. Del mismo modo, en algunas tribus afri-canas meridionales no se atreverá a escupir ningún hombre cuando el enemigo está cerca; podría encontrar su escupitina y entregársela a un brujo que la mezclaría con ingredientes mágicos para dañar de este modo la persona que la escupió; aun en su propia casa la saliva es cuidado­samente barrida y destruida por igual razón.

Si la gente vulgar es tan cauta, natural será que los reyes y jefes lo sean mucho más. Los jefes de las islas Sandwich iban acompañados de un sirviente de confianza que llevaba una escupidera portátil y lo depositado en ella se enterraba cuidadosamente todas las mañanas para ponerlo fuera del alcance de los hechiceros. En la Costa de los Esclavos, y por la misma razón, siempre que un rey o jefe expectoraba, se recogía el esputo con sumo cuidado y se ocultaba o enterraba. Las mismas pre­cauciones, y por la misma razón, se toman con los escupitajos del jefe de-Tabali en la Nigeria meridional.

El uso mágico que puede hacerse de la saliva la señala, igual que a la sangre y a las recortaduras de las uñas, como una base material apropiada para un convenio, puesto que cambiando su saliva las partes concertantes se dan así el uno al otro garantía de su buena fe. Si des­pués alguno de ellos reniega del contrato, el otro puede castigar su perfi­dia por un tratamiento mágico de la saliva del perjuro, que tiene bajo su custodia. Así, cuando los wajagga del África oriental desean hacer un trato, las dos partes contratantes se sentarán con un tazón de leche o de cerveza entre ellos y después de recitar un conjuro sobre la bebida, cada uno sucesivamente tomará una bocanada de la leche o cerveza y se la introducirá al otro en la boca. En los casos urgentes, cuando no hay tiempo para gastarlo en ceremonias, sencillamente se escupirán a turno el uno al otro dentro de la boca, lo cual sella el convenio a las mil maravillas.
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