Sir james george frazer la rama dorada



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CAZADORES Y PESCADORES TABUADOS 263

que está preparando veneno, le quitaría a éste su virulencia y que lo

último sucedería si la mujer del que hace los venenos llegase a cometer adulterio mientras los preparaba. En este último caso, es evidente que una explicación racionalista del tabú es imposible. ¿Cómo puede ser la pérdida de la virtud de un veneno, una consecuencia física de la pérdida de la virtud de la mujer del que hace el veneno? El efecto que se supone produce la adúltera sobre el veneneo es claramente un caso de magia simpatética; su mala conducta afecta simpatéticamente a su ma­rido y a su obra, a distancia.

Podemos, según esto, deducir con cierta seguridad que la regla de continencia impuesta al elaborador de venenos es también un caso de ma­gia simpatética y no, como cualquier civilizado lector pudiera estar dispuesto a conjeturar, una sabia precaución destinada a prevenir el en­venenamiento accidental de la mujer.

Entre las tribus Ba-Pedi y Ba-Thonga del África del Sur, cuando han escogido el emplazamiento de la nueva aldea y empiezan a construir las casas, tienen severamente prohibidas las relaciones conyugales. Si se des­cubriese que alguna pareja había quebrantado esta regía, la obra de ins­talación se suspendería inmediatamente y buscarían otro lugar para la aldea. Ellos piensan que una falta a la castidad arruinaría las nuevas construcciones; que el jefe enflaquecería quizás hasta morir y que la mujer culpable jamás tendría ya un hijo. Cuando los chams de Indo­china construyen una presa en un río o la están reparando para el riego, el jefe ofrece los sacrificios tradicionales e implora la protección de los dioses sobre la obra, debiendo quedarse todo el tiempo que la obra dura dentro de un miserable cobertizo de paja sin participar en el trabajo y guardando la más estricta continencia; la gente cree que un quebranta­miento de su castidad ocasionaría un quebrantamiento o rotura del dique. Aquí, huelga decirlo, no puede ser la idea de mantener solamente el vigor corporal del jefe para el cumplimiento de una tarea que ni siquiera cumple.

Si los tabús de abstinencias diversas obedecidas por los cazadores y pescadores antes y durante la caza o pesca obedecen a motivos supersti­ciosos, como ya hemos visto, y principalmente al miedo de ofender o amedrentar a los espíritus de los animales que se proponen matar, pode­mos esperar que las restricciones impuestas después de realizar la ma­tanza serán tan severas, por lo menos, puesto que el matador y sus amigos tendrán ahora, además, el miedo a los airados espíritus de sus víctimas presentes. Mientras que en lo que se refiere a la hipótesis de que las abstinencias en cuestión, incluyendo las de alimentación, bebida y sueño, sean meramente precauciones saludables para mantener a los hombres sanos y vigorosos para hacer su obra, después de realizar ésta es obvio que la observancia de las abstinencias o tabús estando ya la caza cobrada la pesca cogida, son totalmente superfinos, absurdos e inexplicables. s más, como demostraremos, estos tabús frecuentemente se continúan pero reforzados y aun aumentados en severidad después de la muerte de

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los animales; en otras palabras, después de que el cazador o pescador ha cumplido sus deseos, llenado su zurrón o desembarcado sus peces. La teoría racionalista de estos tabús queda por ello enteramente destruida La hipótesis de la superstición es evidentemente la única que nos queda.

Entre los inuít o esquimales del estrecho de Bering, "los cadáveres de los diversos animales deben ser cuidadosamente tratados por el caza­dor para que sus 'sombras' no se ofendan y traigan desventuras y aun la muerte sobre él y su gente". Por esto al cazador unalít que ha tomado parte en la matanza de una ballena blanca o siquiera ha ayudado a cap­turarla, no se le permite hacer ningún trabajo en los cuatro días siguien­tes, por suponerse que ése es el tiempo durante el cual la "sombra" o espíritu de la ballena permanece en su cuerpo. Al mismo tiempo, nadie del poblado usará instrumentos incisopunzantes por miedo a herir a la "sombra" de la ballena, que se cree que está revoloteando invisible por las vecindades, como tampoco se permite hacer ruidos fuertes por apren­sión de asustar u ofender ese espíritu. Cualquiera que corte el cadáver de la ballena con hacha de hierro, morirá. Está prohibido el uso de cual­quier instrumento de hierro en el poblado durante esos cuatro días.

Estos mismos esquimales celebran en diciembre una gran fiesta anual en la que se llevan a la casa comunal del poblado todas las vejigas de las focas, ballenas, morsas y osos blancos que se han cazado durante el año. Allí quedan varios días, y durante el tiempo que permanecen en ella, los cazadores eluden toda relación con mujeres, diciendo que si faltan en este respecto, las "sombras" de los animales muertos se ofende­rán. Igualmente entre los aleutas de Alaska, el cazador que hiere a una ballena con un arpón hechizado no lo volverá a arrojar otra vez, sino que al momento se volverá al poblado y se aislará de su gente en una cabaña especial construida a propósito, donde quedará tres días sin comer, beber ni tocar mujer, ni tan siquiera mirarla. Durante este tiem­po de exclusión bufará de vez en cuando imitando a una ballena herida y agonizante, con el designio de evitar que la ballena herida por él aban­done las aguas costeras. Al cuarto día sale de su reclusión y se baña en el mar, gritando con voz enronquecida y batiendo el agua con las ma­nos. Después se reúne con un compañero y van juntos dirigiéndose a la parte de la orilla donde calculan puede estar la ballena varada. Si el animal está muerto se apresura a cortar y tirar el trozo de carne donde infligió la herida mortal. Si la ballena no está muerta, se vuelve a su casa y continúa lavándose hasta que la ballena muere. En este ejemplo, la imitación que hace el cazador de la ballena herida está proyectada con probabilidad para hacer que la bestia muera pronto por intermedio de la magia homeopática. También se ofende el alma del formidable oso polar si los tabús que le competen no se cumplen; su alma permanece por tres días cerca del lugar donde quedó su cuerpo y durante ellos los esquimales tienen particularísimo cuidado de atenerse a las leyes del tabú, porque creen que el castigo recaído sobre el transgresor que peca contra

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el alma de un oso. llega mucho más rápidamente que el correspondiente a quien peca contra las almas de los animales marinos.

Cuando los kayanos de Borneo matan a tiros una de las terribles panteras de la isla, quedan muy temerosos de la seguridad de sus almas, porque imaginan que el alma de una pantera es casi más poderosa que la suya. Por eso, pisan ocho veces el cadáver de la bestia recitando el conjuro: "Pantera, tu alma bajo mi alma". Al regresar a casa, emba­durnan sus perros, sus armas y sus propias personas con sangre de ave para tranquilizar las almas de todos ellos y evitar que huyan; siendo los Bayanos muy aficionados a la carne de ave, adscriben la misma afición a sus almas. Durante los ocho días siguientes se bañan día y noche antes de volver a cazar. Cuando un hotentote mata un león, leopardo, ele­fante o rinoceronte, es estimado como un gran héroe por los demás hotentotes, pero tiene que permanecer en su casa absolutamente ocioso tres días consecutivos, en los que no se acercará su mujer; también ella tiene prescrito sujetarse a una dieta pobrísima y no comer más que lo mínimo indispensable para mantener la salud. Similarmente, los lapones juzgan el pináculo de la gloria matar un oso, a quien consideran el rey de los animales. A pesar de ello, todos los que toman parte en la ca­cería son considerados impuros y deben vivir solos en una choza o tienda hecha especialmente para ellos, donde despedazan y cocinan los restos del oso. Los renos que acarrearon la pieza sobre el trineo no pueden ser guiados en un año entero por mujer alguna; según un relato, no deben serlo por nadie durante ese período. Antes de entrar en la tienda donde quedarán recluidos, los hombres se quitan todas las prendas de vestir que llevaban cuando mataron al oso y sus mujeres les escupen en la cara el jugo de la corteza del aliso. Después entran en la tienda, mas no por la parte acostumbrada, sino por una abertura en la parte trasera. Cuando la carne del oso está ya cocida, dos hombres entregan una parte a las mujeres, que deben estar alejadas de la tienda mientras se cocina la carne; los hombres que entregan la carne fingen ser dos extranjeros que les traen regalos de un país lejano y las mujeres mantienen la ficción y prometen atar hilos rojos en los jarretes de los extranjeros. La carne del oso no debe pasar a manos de las mujeres por la puerta de su tienda, sino entregada por una abertura que se hace a propósito levantando el reborde bajo el cerco de la tienda. Al cabo de los tres días de reclusión, los hombres quedan en libertad para reunirse con sus mujeres, corren uno tras otro dando vueltas a la hoguera y agarrándose a la cadena de la que cuelgan los calderos; esto se considera como una forma de puri­ficación. Ahora pueden dejar la tienda pasando por la puerta y reunirse con sus esposas. El jefe del grupo cazador todavía tendrá que abstenerse por dos días más de cohabitar con su esposa.

También se dice de los cafres que temen muchísimo a la boa cons-trictor o a cualquier serpiente enorme que se le parezca; "y estando influidos por ciertas ideas supersticiosas, temen hasta el matarla. El hombre que fortuitamente mataba una, ya en defensa propia o por otro



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motivo, estaba formalmente obligado a tenderse en una corriente de agua durante el día y por varias semanas seguidas y no se permitía matar ningún animal en el poblado a que pertenecía mientras su deber no hu-biera sido cumplido exactamente. Después cogían el cuerpo de la ser­piente y lo enterraban cuidadosamente en una zanja cavada junto al corral del ganado,1 donde quedaba lo mismo que los restos de un jefe, por lo que de allí en adelante nadie la tocaba. El período de penalidad como en el caso de duelo mortuorio, está felizmente reducido a unos pocos días".

En Madras se considera un gran pecado matar una cobra 2 y cuando esto sucede, el pueblo incinera el cadáver de la serpiente del mismo modo que lo hacen con los de las personas. El que la ha matado se siente impuro durante tres días; en el segundo derrama leche sobre los restos de la cobra y al tercero el vil culpable queda libre de mancha.

En estos últimos casos, la muerte del animal tiene que ser expiada porque es sagrado, es decir, porque la vida del mismo se respeta común­mente por motivos supersticiosos. Hasta el trato dado al matador sacrí­lego, creemos que recuerda tan vivamente el trato dado a los cazadores y pescadores que matan animales para alimentarse y como ocupación or­dinaria en la vida, que las ideas en las que ambas series de costumbres están basadas puede suponerse que son sustancialmente las mismas. Estas ideas, sí estamos en lo cierto, son el respeto que siente el salvaje por las almas de los animales, especialmente los valiosos o los formidables, y el miedo que abriga a sus vengativos espíritus. Una confirmación de este punto de vista puede deducirse de las ceremonias que los pescadores de Anam cumplen cuando una ballena muerta embarranca en la orilla. Sabemos que estos pescadores anamitas dan culto a la ballena en consi­deración a los beneficios que reporta. Difícil es encontrar una aldea en la costa que no tenga su pequeña pagoda conteniendo huesos de ballena más o menos auténticos. Cuando vara en la orilla un cadáver de ballena, el pueblo le hace un entierro solemne. El hombre que primero la vio actúa de maestro de ceremonias dirigiendo los ritos del mismo modo que, como jefe del duelo y heredero, lo haría por una persona allegada. Usa todas las prendas de luto, el sombrero de paja, su túnica blanca de grandes mangas vuelta del revés y los demás aditamentos de un luto riguroso. Como pariente más próximo, preside el duelo y ritos fune­rales. Se queman perfumes y candelas de incienso, se esparcen hojuelas de oro y plata y se disparan cohetes. Cuando ha sido cortada la carne y extraído el aceite, entierran los restos en la arena, donde construyen un tingladillo y hacen en él ofrendas. Es usual que, algún tiempo des­pués del entierro, el espíritu de la ballena enterrada tome posesión de alguna persona de la aldea y declare por su boca si es macho o hembra.



1 Recordamos que entre estas tribus ganaderas, etc., estar junto al ganado, el sagrado establo, la cuadra sagrada, es un lugar de honor y santidad.

2 Cincuenta mil personas mueren anualmente por mordeduras de cobras.

CAPITULO XXI OBJETOS TABUADOS 1. significado del tabú

En la sociedad primitiva las reglas de pureza ceremonial observadas por los reyes divinos, jefes y sacerdotes concuerdan en muchos respectos con las reglas observadas para los homicidas, enlutados, parturientas, pú­beras, cazadores, pescadores y otros. A nosotros estas personas de clases tan variadas nos parecen diferir totalmente de carácter y condición; a unos, los denominaríamos sagrados y a los otros, manchados, polutos, impuros. Pero el salvaje no hace entre ellos tal distinción moral; los conceptos de santidad e impureza no están aún diferenciados en su mente. Para él, el rasgo común de todas estas personas es que son peli­grosas y están en peligro, y en el que están y al que exponen a los demás es el que denominamos espiritual o fantasmal y, por tanto, imaginario. El peligro no es menos real porque sea imaginario; la imaginación actúa sobre el hombre al igual que la gravitación física y puede matarle tan certeramente como una dosis de ácido prúsico. Separar a estas personas del resto del mundo para que el peligro espiritual no les alcance a ellos ni se extienda a los demás es el objeto de los tabús que tienen que acatar. Éstos actúan, por decirlo así, a manera de aisladores eléctricos para conservar la fuerza espiritual de que están cargadas esas personas y evitar que sufran o inflijan daño al contacto.

A las ilustraciones de estos principios generales que acabamos de dar, añadiremos algunos otros más, eligiendo nuestros ejemplos, primero, de la clase de cosas u objetos tabuados y segundo, de las clases de pala­bras tabuadas, pues en opinión del salvaje ambos, objetos y palabras, pueden estar, como las personas, cargadas o electrizadas, temporal o permanentemente, con la misteriosa virtud del tabú y de consiguiente requieren ser excluidas por un tiempo corto o largo del uso familiar de la' vida corriente. Los ejemplos serán escogidos con referencia especial a los jefes sagrados, reyes y sacerdotes, que más que ningunos otros viven limitados por el tabú como si fuera una muralla. Las cosas tabuadas serán presentadas en el presente capítulo en tanto que las palabras tabuadas lo serán en el siguiente.

2. tabú del hierro

En primer lugar podemos observar que la temible santidad de los reyes conduce, naturalmente, a la prohibición "de contacto" con sus sagra­das personas. Así, era ilegal tocar con las manos la persona de un rey espartano. Nadie podía tocar el cuerpo del rey o de la reina de Tahití. Está prohibido bajo pena de muerte tocar la persona del rey de Siam.

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Nadie podía tocar, en modo alguno, al rey de Camboya sin su mandato expreso; en julio de 1874 cayó el rey de su carruaje y quedó sin sentido tirado en el suelo, sin que nadie de su séquito se atreviera a tocarle hasta que un europeo que llegó al lugar del accidente recogió al mo-narca, llevándolo a su palacio. Antes, nadie podía tocar al rey de Corea y si él se dignaba tocar a su súbdito, el sitio tocado se trocaba en sa­grado y la persona así honrada llevaba una marca visible (generalmente un cordón de seda roja) toda su vida. El hierro, sobre todo, no podía tocar con el cuerpo del rey. En el año 1800, el rey Tieng-tsong-tai-oang murió de un tumor en la espalda y nadie soñó tan siquiera usar el bis­turí que probablemente habría salvado su vida. Se cuenta que un rey su­fría terriblemente de un flemón en la boca hasta que llamó a un bufón cuyas payasadas hicieron reír al rey tan desaforadamente que el absceso reventó. Los sacerdotes sabinos y romanos no podían afeitarse con cu­chilla de hierro, teniendo que ser tijeras o cuchillas de bronce y siempre que llevaban un cincel de hierro para esculpir en piedra alguna inscrip­ción en el bosque sagrado de los hermanos Arvales, sacerdotes de Roma, se ofrecía un sacrificio expiatorio de un cordero y un cerdo, sacrificio que volvía a repetirse cuando sacaban del bosque el cincel, Como regla general, las cosas de hierro no podían entrar en los santuarios griegos. Los sacrificios ofrecidos en la isla de Creta a Menedemus se hacían sin usar hierro, pues la leyenda de él es que había muerto en la guerra troyana por un arma de hierro. El arconte de Platea no podía tocar hierro, pero una vez al año, en la conmemoración anual de los caídos en la batalla de Platea, se le permitía llevar una espada con que sacrificar al toro. Hoy, un sacerdote hotentote nunca usa navaja de hierro, sino que emplea una laja cortante de cuarzo para sacrificar un animal o circun­cidar a un mancebo. Entre los ovambos del sudoeste africano, requiere la costumbre que los mancebos sean circuncidados con un pedernal cor­tante; si no lo hay, la operación se ejecutará con hierro, pero debe ser enterrado el hierro después. Entre los indios moquis de Arizona, los cuchillos de piedra, hachas, destrales u otros más no se usan actualmente, pero siguen usándose en las ceremonias religiosas. Después que los in­dios pieles rojas pawnis dejaron de usar puntas de flecha pétreas para los fines ordinarios, todavía las emplean en las matanzas sacrificiales de búfalos, ciervos y víctimas humanas. Entre los judíos no se usó ninguna herramienta de hierro en la construcción del templo de Salomón, ni en hacer altares. El antiguo puente de madera de Roma (Pons Sublicius), considerado sacro, estaba hecho y tenía que ser reparado sin el uso de hierro ni bronce. Estaba expresamente ordenado por ley que el templo de Júpiter Liber1 en Furfo fuese reparado con instrumentos de hierro. El salón del consejo en Cyzicus estaba construido de madera sin un solo clavo de hierro, con las vigas acondicionadas de modo que pudieran ser reemplazadas.

1 Hace falta que sea el dios máximo, el Liber, para poder romper la tradición con una novedad que, por ser desconocida antes, debe ser mala.

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Esta oposición supersticiosa al hierro quizá data de los tiempos pri­mitivos en la historia de la sociedad, cuando el hierro era todavía una no-vedad y, como tal, mirada por la mayoría con recelo y disgusto, pues todas las cosas nuevas excitan el temor y la aversión del salvaje. "Es una curiosa superstición —dicen un explorador de Borneo— ésta de los dusuns que atribuyen todo lo que les acontece, bueno o malo, afortu­nado o desgraciado, a cualquier cosa nueva que llegue al país. Por ejem­plo, mi estancia en Kindram ha ocasionado que el clima sea muy ca­luroso de poco tiempo acá". Las intensísimas lluvias no acostumbradas en las islas de Nicobar, que cayeron en el invierno de 1886 a 1887, cuando los ingenieros ingleses desembarcaron en ellas, las imputaron los nativos alarmados a la rabia de los espíritus contra los teodolitos, nive-les y demás instrumentos que instalaron en muchos lugares frecuentados por ellos; algunos nativos propusieron, para ablandar la cólera de los es­píritus, sacrificarles un cerdo. En el siglo XVII una sucesión de malas estaciones provocó una revuelta entre los campesinos estonios, que acha­caban el origen del mal a un molino de agua que servía de obstáculo a la corriente. La primera introducción en Polonia de los arados de ver­tedera fue seguida por una serie de malas cosechas y los labradores atri­buyeron la escasez a los arados de hierro, que abandonaron por los de madera. Actualmente los primitivos dabuwis de la isla de Java, que viven principalmente de la labranza, no usan útiles de hierro para el cultivo de sus campos.

La repugnancia general a la innovación, que siempre se hace sentir más fuertemente en la esfera religiosa, es suficiente por sí misma como razón de la supersticiosa aversión al hierro mantenida por los sacerdotes y reyes atribuyéndola a los dioses; posible es que esta aversión pueda haberse intensificado en algunas comarcas por algún accidente casual, como la serie de malas cosechas y estaciones que hicieron caer en des­crédito a los arados de hierro en Polonia. Mas esta malquerencia que los dioses y sus ministros guardan al hierro tiene otro aspecto; su anti­patía al metal provee a los hombres de un arma que pueden volver con­tra los espíritus cuando llegue la ocasión. Como la repugnancia de és­tos hacia el hierro se supone mayor aún, los espíritus no se acercarán a las personas protegidas por el aborrecido metal, por lo cual, el hierro puede ser lógicamente empleado como talismán para alejar espíritus y otras peligrosas "sombras". En realidad, así se usa con frecuencia.1 En las serranías de Escocia, la gran salvaguardia contra la raza de los elfos o rufos es el hierro y mejor aún el acero; el metal en cualquier forma, una espada, cuchillo, escopeta o lo que sea, es todopoderoso para este propósito. Siempre que se entre en una casa de duendes, clávese en la puerta un trozo de acero, tal como una navaja, una aguja o un anzuelo; así los duendes no podrán cerrar la puerta hasta que uno no se mar­che. Así, también, cuando se mate a tiros o un ciervo y se le vaya a traer
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