Sir james george frazer la rama dorada



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tres chiquillos. Sólo puede comer el centro de los plátanos asados, de-biendo tirar los extremos de cada plátano. Al tercer día de su reclusión los amigos preparan para él un pequeño festín y también le hacen un taparrabos nuevo; esto lo llaman ivi poro. Al siguiente se pone sus me- jores ornamentos e insignias de homicida y sale completamente armado paseándose por el pueblo. Un día después organizan una cacería y eli­gen un canguro de entre las piezas recogidas, le abren el vientre y sacan el hígado y el bazo, frotando con ellos las espaldas del hombre, que des­pués marcha solemnemente hacia el rio más próximo y poniéndose de pie en el río y con las piernas abiertas, se lava. Todos los jóvenes gue­rreros bisoños nadan pasando por entre sus piernas. Suponen que esto les comunicará valor y fortaleza. Otro día más tarde y al amanecer sale precipitadamente de la casa armado por completo y llama esten­tóreamente por su nombre a la víctima. Quedando satisfecho de que el espíritu del muerto ha quedado para siempre asustado de él, regresa a casa. Golpear las tablas del suelo y encender fuego es también un método seguro de ahuyentar al espíritu. Un día más, el último, y su purificación ha terminado. Ya puede entrar en la casa de su esposa". En Windessi, Nueva Guinea holandesa, cuando una partida de "ca­zadores de cabezas" ha tenido éxito y están acercándose a casa, anun­cian su proximidad y triunfo soplando caracoles de tritón. También vienen adornadas con ramas sus canoas. Los que han cortado una ca­beza llevan la cara ennegrecida con carbón. Si han sido varios los que han tomado parte en la muerte de una misma víctima, reparten su ca­beza entre ellos. Siempre calculan su llegada a casa para que sea en la madrugada. Llegan bogando con gran alborozo a la aldea y las mujeres están preparadas para bailar en las galerías exteriores de sus casas. Las canoas pasan remando ante el room sram o casa de varones y al pasar los homicidas tiran tantos palos aguzados o bambúes a la pared o al techo como enemigos han matado. El día se pasa en absoluta tranqui­lidad. De vez en cuando baten los tambores o suenan las caracoletas; otras veces golpean las paredes de las casas lanzando gritos para alejar los espíritus de los muertos. Así, los yabim de Nueva Guinea creen que el espíritu de un hombre a quien se ha matado persigue a su matador y procura hacerle algún daño. Por esto, ellos ahuyentan al espíritu con gritos y batir de tambores. Cuando los vitianos habían enterrado a un hombre vivo, cosa que hacían con frecuencia, al anochecer acostumbra­ban hacer un gran estruendo por medio de bambúes, trompas de concha y demás, con la idea de ahuyentar su espíritu, temiendo que intentase volver a su antigua casa, y para que le repeliera el aspecto de ella, la desmantelaban y añadían todo lo que creían pudiera pareccrle más re­pulsivo, según su criterio. En la tarde del día en que torturaban a muerte un prisionero, los indios americanos corrían por el poblado dando espan­tosos alaridos, golpeando con palos sobre los útiles caseros, las paredes y los techos de las chozas, para impedir que el encolerizado espíritu de su víctima se instalase allí y tomase venganza de los tormentos que su

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cuerpo había sufrido a sus manos. "Una vez —dice un viajero — , al acer-carme por la noche a un pueblo de indios ottawas, encontré a todos sus habitantes alborotados; estaban todos entregados diligentemente a hacer ruidos de lo más recio y descompasado que oírse puede. A mis pregun-tas, me enteraron de que habían tenido recientemente un combate ellos, los ottawas, con los kichapus y que el objeto de aquella batahola era impedir que los espíritus de los combatientes muertos entrasen en la

aldea".

Los basutos "cuando vuelven de la batalla ejecutan una ablución especial. Es absolutamente necesario que los guerreros se quiten de en­cima la sangre que hicieron verter, tan pronto como puedan, o las som­bras de sus víctimas les perseguirán incesantemente, perturbando su sue­ño. Van en procesión, enteramente armados, hasta la corriente de agua más próxima y en el momento de entrar en el agua un adivino colocado en lo alto vierte en la corriente algunas sustancias purificaderas; sin em­bargo, esto no es absolutamente necesario. Los venablos y hachas de guerra también pasan por el procedimiento del lavado. Entre los ba-geshu del África oriental, el que ha matado a otro no puede volver a su casa el mismo día, aunque sí puede entrar en el poblado y pasar la noche en casa de un amigo. Sacrifica una oveja y se embadurna el pe­cho, el brazo derecho y la cabeza con el contenido del bandullo del animal. Le traen sus hijitos y los embadurna de la misma manera. Des­pués restriega con las tripas y demás entrañas de la oveja las jambas de la puerta de su casa y finalmente tira sobre el tejado los restos del ban­dullo. Durante un día entero no puede tocar alimentos con las manos, sino con dos palitos para llevarlos a la boca. Su mujer no está bajo ninguna restricción y hasta puede, si lo desea, ir a llorar por el hombre que ha matado su marido. Entre los angonis, al norte del río Zambeze, los guerreros que han matado enemigos en una expedición ensucian sus cuerpos y su cara con ceniza, cuelgan las prendas de vestir de las víc­timas sobre sus personas y las atan alrededor de sus cuellos con cuerdas de cortezas de tal modo que sus extremos caigan sobre las espaldas o pecho. Esta vestimenta la llevan durante tres días después de su retorno y .al amanecer corren por el pueblo lanzando gritos pavorosos para alejar los espíritus de los muertos, que si no fuesen así alejados de. las casas, traerían a sus moradores enfermedades y desgracias".

En algunos de estos relatos no se dice nada de una reclusión for­zosa, por lo menos después de la limpieza ceremonial, pero algunas tri­bus africanas del sur exigen ciertamente que el matador de un enemigo muy cortés en la guerra se mantenga apartado de su mujer y familia durante diez días después de haber lavado su cuerpo en agua corriente. Recibe también de un doctor de la tribu una medicina que masticará con su comida. Cuando un negro nandi, del África oriental, ha matado un miembro de otra tribu, pinta un lado de su cuerpo, lanza y espada de rojo y el otro lado de blanco. Durante cuatro días después de la ma­tanza se le considera impuro y no puede ir a su casa. Tiene que cons-

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truir un pequeño refugio junto al río y vivir allí; no puede tener relación con su esposa o su novia y no comerá nada más que gachas, buey carne de cabra. Al final del cuarto día se purificará tomando una purga muy fuerte hecha con la corteza del árbol segetet y bebiendo leche d cabra mezclada con sangre. En las tribus bantus, de Kavirondo, cuando alguno ha matado en combate, se afeita la cabeza y vuelve a casa, donde sus amigos le frotan el cuerpo con una medicina que por lo general con­siste en estiércol de cabra, para prevenir que el espíritu del occiso pueda atormentarle. Exactamente la misma costumbre y por la misma razón se practica entre los wageia del África oriental. La costumbre es en algún modo distinta entre los ja-luo de Kavirondo; tres días después de su vuelta del combate se afeita la cabeza el guerrero. Pero antes de poder entrar en el pueblo tiene que colgar de su cuello un ave viva con la cabeza hacia arriba; entonces decapitan al ave y la cabeza queda colgando del cuello del guerrero. Poco después de su retorno, se hace un festín dedicado al muerto, con objeto de que su espíritu no perturbe al mata­dor. En las islas Palaos cuando vuelven de una expedición guerrera los bisoños que mataron un enemigo, los jóvenes guerreros que hayan lu­chado por primera vez y todos los que hayan manejado los muertos son encerrados en la casa grande del consejo y quedan tabuados. No pueden salir del edificio, ni bañarse, ni tocar mujer, ni comer pescado; su dieta se limita a coco y melaza. Se frotan con hojas hechizadas y mascan be­tel hechizado. Pasados tres días, van juntos a bañarse tan cerca como sea posible del lugar donde mataron a sus enemigos.

Entre los indios natchez de Norteamérica, los jóvenes "bravos" que arrancaban los primeros cueros cabelludos estaban obligados a cumplir ciertas reglas de abstinencia durante seis meses. No podían dormir con sus mujeres ni comer carne; solamente debían comer pescado y gachas. Si faltaban a estas reglas, creían que el alma del que habían matado oca­sionaría su muerte por magia, que no podrían volver a tener éxito con­tra sus enemigos y que la menor herida que sufriesen sería mortal.

Cuando un indio choctaw había matado un enemigo y arrancado su cabellera, estaba de luto un mes, durante el cual no podía peinarse, y si le picaba la cabeza no se rascaba sino mediante un palito que lle­vaba atado a la muñeca con ese objeto. Este duelo ceremonial por los enemigos muertos se veía con cierta frecuencia entre los indios norte­americanos.

Así pues, vemos que los guerreros que habían matado a un enemigo en batalla estaban temporalmente excluidos de la comunión libre con sus compañeros y especialmente con sus mujeres y debían pasar por cier­tos ritos de purificación antes de ser readmitidos en la sociedad. Si el propósito de esta reclusión y de los ritos expiatorios que ellos tenían que ejecutar no es otro, según nos vemos inducidos a creer, que echar, ame­drentar o aplacar al espíritu encolerizado del occiso, seguramente pode­mos conjeturar que la purificación similar de los homicidas y asesinos que han empapado sus manos en la sangre de un compañero de la misma



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tribu tenía en su origen la misma significación y que la idea de una regeneración moral o espiritual simbolizada por las abluciones, ayunos y demás fue solamente una interpretación más tardía de la antigua cos-umbre hecha por personas que habían dejado atrás los primitivos mo-dos de pensar en los que nació la costumbre. La conjetura se confir-rá si podemos demostrar que los salvajes en realidad han impuesto ciertas restricciones al homicida de uno de su propia tribu, por un miedo indefinido a que le persiga el espíritu de su víctima. Esto podemos ha-cerlo respecto a los indios omahas de Norteamérica. Entre estos indios, los familiares de un hombre muerto violentamente tenían el derecho de matar al homicida, pero en ocasiones renunciaban a su derecho en con­sideración a los regalos que consentían aceptar. Cuando perdonaban la vida al homicida, tenía éste que cumplir ciertas reglas severas por un periodo que variaba de dos a cuatro años; debía caminar descalzo y no comer nada caliente, no alzar la voz, no mirar a su alrededor. Estaba obligado a ir muy tapado y a llevar los vestidos abrochados hasta el cue­llo aun en el calor del verano. No podía dejar la ropa colgada, perderla ni llevarla entreabierta. No debía mover ni levantar las manos, sino man­tenerlas pegadas al cuerpo; no debía peinarse ni consentir que el viento le alborotase el cabello. Cuando la tribu salía de caza, estaba obligado a instalar su tienda a medio kilómetro de los demás, "por temer que el espíritu de su víctima levantara un viento fuerte que pudiera causar da­ños". Solamente a uno de sus allegados se le permitía estar en la tienda con él. Nadie quería comer con él, pues decían: "Si comemos con el que Wakanda odia, Wakanda nos odiará".1 Algunas veces vagaba por las noches lamentando a gritos su crimen. Al final de este aislamiento tan prolongado, los parientes del difunto oían sus gritos y decían: "Es bastante. Ve y anda entre la gente. Cálzate los mocasines y ponte ropa buena".

En este ejemplo la razón que se alegaba para mantener al homicida alejado a distancia de los cazadores da la clave de las demás restricciones que debe cumplir. Estaba hechizado y por consiguiente era peligroso. Los griegos de la Antigüedad creyeron que el alma de un hombre recién muerto estaba airada con el homicida y le atormentaba, por lo que era necesario, aun en el homicidio involuntario, el destierro de su país du­rante un año hasta que la ira del muerto se enfriase; ni el matador podía volver hasta que hubiera ofrendado un sacrificio y verificado las ceremo­nias purificaderas. Si por casualidad la víctima era extranjera, el homicida tenía que huir tanto del país nativo del muerto como del suyo propio. La leyenda del matricida Orestes y su continua huida de un lugar a otro perseguido por las furias de su madre asesinada, el que nadie pudiera sentarse a comer con él ni acogerle hasta haber sido purificado, refleja fielmente el verdadero miedo griego a todos los que estuvieran acosados por un espíritu iracundo.

1 Wakanda, en sioux Wakan. es el ser impersonal creador del mundo físico.

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6. cazadores y pescadores tabuados

En la sociedad salvaje, el cazador y el pescador tienen frecuentemen­te que guardar reglas de abstinencia y someterse a ceremonias de puri. ficación de la misma clase que las obligatorias para el guerrero y el homicida; y aunque no en todos los casos logramos percibir el propósito exacto a que obedecían estas reglas y ceremonias, podemos presumir con alguna probabilidad que del mismo modo que el miedo a los espíritus de sus enemigos es el motivo principal para la reclusión y purificación del guerrero que espera quitarles la vida o se la acaba de quitar, así el cazador o pescador que cumple reglas similares actúa principalmente por el miedo a los espíritus de los animales, pájaros o peces que mata o intenta matar. El salvaje por lo común concibe a los animales dotados de almas e inteligencias semejantes a las suyas y por esto, naturalmen­te, los trata con análogo respeto. Del mismo modo que intenta apaciguar los espíritus de los hombres a que dio muerte, así procura propiciarse los espíritus de los animales que ha matado. Estas ceremonias de propicia­ción serán descritas más tarde en esta obra; ahora trataremos aquí, pri­mero, de los tabús observados por el cazador y pescador antes de la época de caza y pesca o durante ellas, y segundo, de las ceremonias de purificación que han de practicarse por esta clase de hombres al regresar con su botín de una cacería espléndida.

Aunque el salvaje respeta más o menos las almas de los animales, trata con particular deferencia a los espíritus de los que son ya útiles o formidables en consideración a su tamaño, fuerza o ferocidad. En con­secuencia, la persecución y matanza de los anímales valiosos o peligro­sos están sujetas a reglas y ceremonias más complicadas que la matanza de animales comparativamente inútiles e insignificantes. Así, los in­dios de Nootka Sound : se preparan para capturar ballenas cumpliendo un ayuno de una semana, durante el cual comen poquísimo, se bañan varias veces al día, cantan y restriegan su cuerpo miembros y rostro con con­chas y ramitas hasta que parecen como si hubieran sido arañados grave­mente con zarzales. Deben, igualmente, abstenerse del comercio sexual con sus mujeres durante el mismo período, siendo considerada indispen­sable para el éxito esta última condición. Respecto de un jefe que no pudo capturar una ballena, se supo que fue atribuido su fracaso a una infracción de la castidad por algunos de sus hombres. Debiera señalarse que la conducta ordenada como preparación para la caza de la ballena es precisamente la que en la misma tribu india se requería de los hom­bres que iban a ir por el "sendero de la guerra". Los balleneros indios malgaches tienen o tenían reglas de la misma clase: durante ocho días antes de hacerse a la mar, los tripulantes de un ballenero acostumbraban ayunar, abstenerse de mujeres y alcohol y confesarse unos a otros sus

1 Fondeadero de la costa de la isla de Vancouver, Columbia Británica.

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más secretas faltas; si alguno había pecado gravemente le prohibían par-ticipar en la expedición. En la isla Mabuiag se imponía la continencia a las gentes como antes de ir a cazar el dudongo o vaca marina y mientras las tortugas estaban apareándose. La época de la tortuga dura parte de octubre y noviembre; si en este tiempo las personas solteras tenían rela­ciones sexuales, se creía que cuando la canoa se acercara a las tortugas flotantes, el macho se separaría de la hembra y ambos bucearían nadando en direcciones distintas. Así, también en Mowat, Nueva Guinea, los hombres no tienen relaciones con las mujeres cuando las tortugas están copulando, aunque en otras temporadas del año haya una considerable relajación moral. En la isla Uap, una de las del archipiélago carolino, todos los pescadores manejan sus aparejos y artes de pesca bajo un muy severo tabú que dura tanto como la temporada de pesca, unas seis u ocho semanas; siempre que desembarque cualquiera de ellos, estará todo el tiempo en la casa de varones y bajo ningún pretexto podrá ir a la suya, así como tampoco mirar a la cara de su mujer ni de ninguna otra. Si echa aunque sólo sea una ojeada a hurtadillas a las mujeres, piensan que los peces voladores le sacarán los ojos. Si su mujer, madre o hijas le llevan algún obsequio y desean hablarle, se colocarán abajo hacia la orilla y vueltas de espaldas a la casa de varones; entonces el pescador podrá salir y hablarle o recibir lo que ella le ha traído, dándole también la espalda. Después de esto, él debe volver a su riguroso confinamiento. En verdad que no puede siquiera el pescador ponerse a bailar y cantar con los demás varones de su albergue al anochecer; debe mantenerse quieto y silencioso. En Mirzapur, cuando traen a casa la semilla del gusano de seda, el kol o bhuiyar lo coloca en un sitio que ha sido cuida­dosamente untado con boñiga de vaca sagrada para traer la buena suerte. Desde este momento el dueño de la casa debe tener sumo cuidado en evitar impureza ceremonial. Debe suprimir la cohabitación con su mujer, no puede dormir en cama ni afeitarse, cortarse las uñas ni hacerse unciones aceitosas, ni comer alimentos con manteca, ni decir mentiras, ni hacer nada que él mismo considere malo. Hace a Deva Singarmati el voto de que si los gusanos nacen debidamente hará a la diosa una ofrenda. Cuando se abren los capullos y aparecen las mariposas, se reú­nen las mujeres de la familia y cantan la misma canción de cuna que para sus hijos recién nacidos y todas las mujeres casadas de la vecindad se tiznan con almagre la raya del pelo. Al emparejarse las mariposas se hace fiesta como cuando se celebra un matrimonio entre personas. Así son tratados los gusanos de seda, cual si fueran seres humanos. Por esto, la costumbre que prohibe el comercio sexual mientras los gusanos están incubando puede ser sólo una extensión, por analogía, de la regla que se observa por muchas razas de la prohibición al marido del débito conyu­gal durante la lactancia y la preñez.

En la isla de Nias, algunas veces los cazadores cavan hoyos, los tapan ligeramente con ramitas, hierba y hojas y dirigen la caza hacia allí. Mientras están atareados en cavar las trampas, tienen que respetar un

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número de tabús. No deben escupir, o la caza se revolverá de los hoyos con repugnancia; ni reír, o los lados del hoyo se vendrán abajo; ni comer sal, ni preparar forraje para los cerdos; y en el hoyo no se rascarán, pues si lo hacen, la tierra se disgregará y todo se vendrá abajo; y al llegar la noche, después de haber estado cavando en los hoyos, no podrán tener concúbito con una mujer, o toda su labor será vana.

Esta práctica de guardar castidad estricta como una condición para el éxito en la caza y la pesca es muy común entre las razas incivilizadas-y los ejemplos citados hacen probable que la regla se funde siempre en una superstición mejor aún que por considerar que la desobediencia a la costumbre originará una debilidad momentánea en el pescador o cazador En general parece ser que los malos efectos de la incontinencia no son tanto el debilitarle como, por alguna u otra razón, el ofender a los ani­males, que en consecuencia no consentirán dejarse capturar. Un indio carrier, de la Columbia Británica, solía separarse de su mujer un mes entero antes de colocar trampas para osos, y durante ese tiempo no bebía en el mismo vaso que su mujer, teniendo para su uso personal un tazón especial hecho de corteza de abedul. La negligencia de estas precaucio­nes ocasionaría que la pieza escapase después de haber sido entrampada. Cuando estaba haciendo cepos para las martas, reducía el período de continencia a diez días.

Un examen de los muchos casos en que el salvaje refrena sus pasio­nes y permanece casto por motivos supersticiosos sería muy instructivo, mas no podemos intentarlo aquí. Sólo añadiremos algunos ejemplos va­riados de la costumbre antes de pasar a las ceremonias de purificación que son acatadas por el cazador y el pescador después que su caza o pesca ha terminado. Los obreros de las calderas en los saladares de las cercanías de Sifoun, en Laos, deben abstenerse de toda relación sexual en el lugar donde trabajan; no pueden resguardar sus cabezas ni taparse con un quitasol de los abrasadores rayos solares. Entre los kachins de Birmania, el fermento que se usa para hacer la cerveza lo preparan dos mujeres elegidas por suerte, las que durante los tres días que el proceso tarda no pueden comer nada ácido ni tener relaciones conyugales; de otra manera se supone que la cerveza se agriaría. Entre los negros massais africanos, el aguamiel es elaborado por un hombre y una mujer que viven en una cabaña apartada para ellos hasta que la bebida está hecha. Pero tienen formalmente prohibidas las relaciones sexuales entre ambos durante la fermentación del brebaje; y se considera verdaderamente esencial que mantengan su castidad dos días antes de empezar a elaborarlo y durante los otros seis que dura su preparación. Los massai creen que si cometie­ran falta a la castidad no solamente sería imbebible el hidromel, sino que las abejas que habían dado aquella miel volarían y se alejarían para siempre. De igual manera, requieren que el hombre que está haciendo veneno duerma solo y obedezca otros tabús que le convierten casi en un paria. Los wandorobbo, tribu de la misma región que los massai, creen que la simple presencia de una mujer en las cercanías de un hombre

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