Sir james george frazer la rama dorada



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ENTERRADORES TABUADOS 249

razón similar. A tal punto es completa la analogía que el salvaje traza entre las influencias espirituales que emanan de las divinidades y las de los muertos, entre el "olor de santidad" y el hedor de corrupción.1 La regla que prohibe a las a las personas que han tenido contacto con muertos tocar alimentos con sus manos, creemos que ha sido universal en Polinesia. Tenemos que en Samoa "los que se hacían cargo de los muertos eran muy cuidadosos en no manejar alimentos, y durante varios días les alimentaban otras personas, como si fuesen niños desvalidos. La calvicie y la caída de los dientes se ha supuesto que era el castigo infligido por el dios local a los que violasen la ley". En Tonga "ninguna persona puede tocar a un jefe muerto sin quedar tabuada por diez meses lunares excepto los jefes, que son tabuados sólo por tres, cuatro o cinco meses, según la importancia del jefe fallecido y exceptuando también si el cadáver es el de Tooitonga (el gran jefe divino), en que el más 'gran jefe' sería tabuado diez meses. . . Durante el tiempo que un hom­bre está tabuado no debe comer con sus propias manos, sino ser ali­mentado por algún otro; no debe usar mondadientes por sí mismo, pero puede guiar a otra persona que mantenga el palillo. Si está hambriento y no hay nadie que le dé el alimento, debe ponerse con las rodillas y las manos en el suelo y coger sus vituallas con la boca. Si infringe alguna de estas reglas, esté firmemente seguro de que se hinchará y morirá."

Entre los shuvap de la Columbia Británica, los viudos y viudas en duelo están recluidos y no pueden tocarse la cabeza o el cuerpo; sus tazas y vasijas de cocinar sólo ellos pueden usarlas. Para sudar construi­rán una cabaña junto a un arroyo; sudarán en ella toda la noche y se bañarán con regularidad y después de esto frotarán el cuerpo con ramitas de abedul; estas ramas no se usarán más que una vez y cuando ya hayan servido al propósito serán hincadas en el terreno alrededor de la choza. No se aproximará ningún cazador a estos dolientes, pues su presencia es de mala suerte. Si sus sombras caen sobre cualquiera, éste se pondrá enfermo al momento. Tendrán por cama y almohada ramas de espino para mantener alejado el espíritu del difunto, y colocarán también espi­nos alrededor de sus lechos. Esta última precaución muestra claramente que el peligro espiritual es el que guía a la exclusión de tales personas de la sociedad ordinaria; es simplemente miedo al espíritu fantasmal que se supone revoloteando cerca de ellas. En el territorio Mekeo de la Nueva Guinea Británica, un viudo pierde todos sus derechos civiles y se convierte en un paria social, un objeto de horror y miedo rehuido por todos. No puede cultivar una huerta, ni mostrarse en público, ni atravesar la aldea, ni andar por los caminos y senderos. Como una fiera salvaje, debe estar emboscado entre las altas hierbas y arbustos y si oye acercarse a alguien, sobre todo a una mujer, debe ocultarse tras un árbol o matorral. Si quiere cazar o pescar, irá solo y de noche; si quisiera consultar con alguien, aun con el misionero, podrá hacerlo a hurtadillas

1 "Dícele Jesús: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre. . ." María Magdalena, cuando sale del sepulcro (San Juan, xx, 17).

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y de noche; parece haber perdido la voz y sólo habla cuchicheando. Si se reúne a una partida de caza o pesca, su presencia traerá mala suerte; el espíritu de su mujer ahuyentará la caza y la pesca. Él va por todas partes y en todo tiempo armado con un "hacha de guerra" para defen- derse no sólo contra los jabalíes de la selva, sino contra el terrible espíritu de su fallecida esposa, que si puede le hará alguna trastada, porque todas las almas de los muertos son malignas y su única delicia es hacer daño al vivo.

3. tabús de las mujeres menstruantes y parturientas

En general podemos decir que la prohibición de usar vajilla, ropas y demás efectos de ciertas personas y las consecuencias que se siguen de la infracción de la regla son exactamente las mismas tanto para las personas sagradas como las que pudiéramos denominar impuras, manchadas o po­lutas. Así como las prendas tocadas por un jefe sagrado matan al que las coge, así sucede también con las cosas manipuladas por una mujer menstruante. Un negro australiano que descubrió que su mujer había pernoctado sobre su manta en período menstrual, la mató y se murió de terror antes de los quince días. Las mujeres australianas en sus "perio­dos" tienen prohibido bajo pena de muerte tocar nada de uso de los hombres y ni aun caminar por el sendero que frecuente un hombre. Tam­bién son encerradas en el parto y todas las vasijas usadas durante su reclusión se arrojan al fuego. En Uganda, la vajilla que una mujer toca debe ser destruida cuando la impureza de su catamenio o de su puerperio está en ella. Las lanzas o escudos tocados por ella no se destruirán y solamente se purificarán. "Entre todos los dené y la mayoría de las tribus americanas, difícilmente se encontraba un ser que produjera tanto miedo como una mujer menstruante. Tan pronto como sus signos se manifestaban en una jovencita, la separaban de toda compañía, salvo de la de otras mujeres, y tenía que vivir segregada de la mirada de los del poblado o de los hombres de los grupos trashumantes, en una peque­ña choza apartada. Mientras estuviera en ese estado atemorizante, debía abstenerse de tocar nada perteneciente a hombre o los despojos de un venado o cualquier otro animal, por temor de inficionar así a los mis­mos y condenar a los cazadores al fracaso, debido al enojo de la caza menospreciada. Su dieta era de pescado seco y agua fría sorbida me­diante un tubo como única bebida. Además, como sólo el verla cons­tituía un peligro para la sociedad, tenía que llevar un gorro especial de piel con flecos cayendo hasta el pecho por delante de la cara y se ocul­taba de la vista pública algún tiempo después de haber vuelto a su estado normal." Entre los indios bribri de Costa Rica se considera como impura a la mujer menstruante. Los únicos platos para sus comidas son hojas de plátano que después de haber sido usadas por ellas se arrojan en algún sitio retirado o lejano, porque una vaca que las encontrara y co­miera se agotaría y moriría. Beberá en un vaso especial, pues alguna

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persona podría beber en el mismo vaso después que ella y seguramente moriría.

Similares restricciones se imponen en muchos pueblos a las mujeres puérperas y ciertamente por las mismas razones. En este período se supone que las mujeres están en una condición peligrosa que podría con­tagiar a cualquier persona o cosa que tocasen; por eso se las pone en cuarentena hasta que recobran la salud y energía, habiendo pasado el imaginario peligro. Así, en Tahití una mujer en el puerperio estaba re­cluida de dos a tres semanas en una choza provisional levantada en terre­no sagrado; durante el tiempo de reclusión quedaba excluida de tocar las provisiones que le traían teniendo que darle de comer otra mujer. Además, si alguien tocaba al recién nacido en este período, quedaba sujeto a las mismas restricciones que la madre hasta celebrar la ceremonia de la purificación. Igualmente en la isla de Kadiak, en Alaska, una mujer en trance de dar a luz se retira a una cabaña baja y mísera cons­truida de juncos, donde permanece veinte días después de haber nacido el hijo, sin atención a la época del año y considerándola tan impura que nadie la puede tocar, y le aproximan los alimentos con una vara. Para los indios bribri la impureza del puerperio es mucho más peligrosa aun que la catamenial. Cuando una mujer siente que su parto está cer­cano, se lo dice a su marido, que con presteza construye una choza en un lugar solitario. Allí vivirá sola sin mantener conversación con nadie, salvo con su madre o alguna otra mujer. Después del parto el curandero la purifica soplándole y teniendo sobre ella un animal cualquiera. Pero aun así, esta ceremonia solamente mitiga su impureza dejándola en un estado considerado equivalente al de una mujer menstruante; durante un mes lunar completo vivirá aparte de su familia cumpliendo las mis­mas reglas de comer y beber que las relativas a los períodos menstruales. El caso es aún peor y la impurificación es todavía más mortífera si tiene un aborto o un niño muerto antes de nacer, pues entonces ella no puede estar cerca de ningún alma viviente y el simple contacto con cosas que ella haya usado es excesivamente peligroso, dándosele su ali­mento en la punta de una pértiga. Esto dura por lo general tres semanas, después de cuyo tiempo puede volver a su casa, sujeta solamente a las res­tricciones habituales de un confinamiento por parto.

Algunas tribus bantú abrigan nociones más exageradas aún de la virulenta infección dispersada por una mujer que ha tenido un aborto y lo ha ocultado. Un observador de experiencia nos cuenta de este pue­blo que la sangre de un parto "aparece a los ojos de los sudafricanos como inficionada de una corrupción todavía más peligrosa que el líquido menstrual. El marido es excluido de la choza durante los ocho días del sobreparto, principalmente como precaución para evitar que se contamine con las secreciones. No se atreverá el marido a tener su hijito en brazos durante los tres primeros meses de lactancia. Cuando los loquios son particularmente terribles es en el producto de un aborto, en especial el que se ha ocultado. En este caso, no es solamente el hombre el amenaza-

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do o muerto; es el país entero, es el mismo cielo el que sufre. Por una curiosa asociación de ideas, un hecho fisiológico causa trastornos cósmi- cos". En cuanto a los efectos desastrosos que un aborto puede originar en un país entero, hemos acotado las palabras de un curandero y hacedor de lluvias de la tribu Ba Pedi: "Cuando una mujer ha tenido un aborto cuando ella ha consentido que su sangre fluya y ha ocultado el feto, es suficiente para ocasionar que los vientos abrasadores soplen y resequen el país con su calor; la lluvia ya no cae, el país ya no está bien. Cuando la lluvia se aproxima al sitio donde está la sangre, no se atreverá a acer­carse; temerá y permanecerá a distancia. Esa mujer ha cometido un gran crimen: ha corrompido el país del jefe, pues ha ocultado sangre que aún no estaba bien cuajada para formar un hombre. Esa sangre es tabú. Nunca debió gotear en el camino. El jefe reunirá a sus hombres y les dirá: '¿Está todio en orden en vuestras aldeas?' Alguno responderá: 'Tal o cual mujer está preñada y aún no se ha visto la criatura que ella ha parido'. Entonces van, arrastran a la mujer y le dicen: 'Muéstranos en dónde lo has ocultado'. Van al sitio, cavan y después rocían el agujero con una cocción de dos clases de raíces preparada en un puchero especial. Hecho esto, toman un poco de la tierra de la fosa y la tiran al río; recogen agua del río y rocían con ella el sitio donde la mujer derramó su sangre. Todos los días siguientes se lavará con la medicina, y des­pués de realizado todo esto, el país volverá a estar húmedo [por lluvial. Además, nosotros [los curanderos] convocamos a las mujeres del país; nosotros les decimos que preparen una pelota con la tierra que contiene sangre menstrual y nos la traigan por la mañana. Si deseamos preparar medicina con que rociar al país entero, pulverizamos esa tierra, y cuando pasan cinco días, enviamos niños y niñas, niñas que aún no conozcan nada de los asuntos femeninos ni hayan tenido aún relaciones con hom­bres. Depositamos la medicina en cuernos de buey y esas criaturas van a todos los vados, a todas las entradas del país; una de las niñas voltea un poco del suelo con una piqueta y las otras mojan una rama en uno de los cuernos y salpican dentro del hoyo diciendo: '¡Lluvia, lluvia!' Así, nosotros neutralizamos la desgracia que las mujeres nos han traído sobre los caminos y la lluvia está en condiciones de llegar. El país está purificado".

4. GUERREROS TABUADOS

El salvaje imagina que los guerreros se mueven, por decirlo así, en una atmósfera de peligro espiritual que les constriñe a hacer uso obligado de gran variedad de supersticiones muy distintas por su naturaleza a las precauciones racionales que corrientemente adoptan contra los enemigos de carne y hueso. El efecto general de estas observancias es colocar al guerrero, lo mismo antes que después de la victoria, en el mismo estado de reclusión o cuarentena espiritual en la que, para su propia seguridad, pone el hombre primitivo a sus dioses humanos y otros entes peligrosos.

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Así, cuando los maoríes salían al "sendero de guerra", quedaban sagrados o tabuados en el más alto grado y ellos y sus amistades en casa tenían que observar con rigor muchas costumbres curiosas sobre y por encima de los numerosos tabús de la vida ordinaria. Llegaban a estar tan tabua-, dos que, como decían en su irreverente lenguaje los europeos de los antiguos tiempos de lucha, "estaban tabuados hasta las narices"; y en cuanto al jefe de la expedición, quedaba inabordable. De modo análogo, cuando los israelitas marchaban a la guerra estaban ligados a ciertas re­glas de pureza ceremonial idénticas a las observadas por maorícs y negros australianos en el "sendero de la guerra"; las vasijas usadas por ellos eran sagradas, tenían que practicar la continencia y una costumbre de lim­pieza personal cuyo motivo original (si nosotros podemos juzgar por los motivos que los salvajes alegan respecto a la misma costumbre) era el miedo a que el enemigo obtuviera la zupia de sus personas y posibilitara su destrucción mediante la magia. Entre algunas tribus de Norteamé­rica, el guerrero bisoño tenía que someterse a ciertas reglas de las que­dos son idénticas a las impuestas por los mismos indios a las jóvenes en su primera menstruación: no podía ser tocada por nadie la vajilla en que comía y bebía y le estaba prohibido rascarse la cabeza o cualquier otra parte del cuerpo con sus propios dedos; si no podía encontrar quien la rascase, tenía que hacérselo él mismo con un palito. Esta última regla, semejante a la que prohibe comer con sus propias manos a una persona tabuada, creemos que descansa en la supuesta santidad o impureza de las manos, cualquiera que sea el modo de denominarlo. Además, entre éstas tribus indias, los hombres en el "sendero de la guerra" tenían que dormir de noche con la cara vuelta hacia su país; a pesar de lo incómoda que fuese la posición, no podían cambiarla. No podían tampoco sen­tarse sobre el suelo desnudo, ni mojar los pies, ni andar sobre ningún sendero y si no había más remedio que hollar alguno, creían contrarres­tar los malos efectos de tener que ir por él curando sus piernas con ciertas medicinas o talismanes que llevaban al efecto. A ningún miem­bro de la partida le era permitido pasar sobre las piernas, manos o cuerpo de algún compañero que casualmente estuviese sentado o tum­bado en el suelo, e igualmente estaba prohibido pasar por encima de su manta, fusil, hacha o cualquier cosa que le perteneciera. Si infringía esta regla inadvertidamente, el deber del compañero por cuyo cuerpo o pertenencia había pasado era derribar al infractor y el de éste dejarse derribar apaciblemente y sin resistencia. Las vajillas en las que los gue­rreros comían solían ser tazones de madera o de corteza de abedul mar­cados en los dos lados: cuando salían de casa a la guerra bebían por el mismo lado del tazón y cuando volvían a casa, bebían por el otro lado. Cuando estaban de vuelta y sólo les faltaba una jornada, colgaban todos los tazones de los árboles o los lanzaban lo más lejos posible en la pra­dera, sin duda para prevenir que su santidad o corrupción se comunicara con efectos desastrosos a sus familiares, exactamente como hemos visto ya respecto a la vajilla y ropas del sacro Mikado, de las mujeres paridas

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y menstruantes y de las personas contaminadas por el contacto con los muertos, que son destruidas o abandonadas por razón análoga.

Las primeras cuatro veces que un indio apache iba por el "sendero de la guerra", estaba obligado a no rascarse la cabeza con sus dedos ni permitir que el agua tocase sus labios; por ello se rascaba con un palito y bebía sorbiendo con una caña. El palo y la caña iban enganchados al cinturón del guerrero y los dos adminículos unidos entre sí por una co­rrea. La regla de no rascarse con los dedos y el usar para este propósito un palito era corrientemente obedecida entre los indios ojebways en el "sendero de la guerra".

Respecto a los indios creek y tribus afines, sabemos que "no coha­bitarán con las mujeres mientras estén en guerra; religiosamente se abs­tienen de toda clase de relaciones sexuales, aun con sus propias esposas, por espacio de tres días consecutivos antes de salir para la guerra y lo mismo cuando vuelven de ella a casa, pues han de santificarse". Entre los ba-pedi y ba-thonga, tribus del África del Sur, no sólo tienen que abstenerse los guerreros de las mujeres, sino que la gente que queda en el poblado también está sujeta a la misma continencia; piensa que una incontinencia por parte de los que quedan, haría salir espinos en el terreno cruzado por los guerreros y el éxito no acompañaría a la ex­pedición.

Cuál sea el motivo de haber hecho ley muchos salvajes el abstenerse de las mujeres en tiempo de guerra, no lo podemos precisar con certeza, pero cabe conjeturar que su motivo era un miedo supersticioso de que, se­gún los principios de magia simpatética, un contacto íntimo con muje­res les infectase su femenina debilidad y cobardía. Asimismo, hay salvajes que imaginan que el contacto con una mujer durante el puerperio enerva a los guerreros y debilita sus armas. En verdad, que los kayanos de Bor­neo van tan lejos en esto que mantienen que el tocar un telar o ropas de mujer debilita tanto que un hombre no podría tener éxito en la pesca, en la caza ni en los combates. Por esto, no son solamente las relaciones sexuales con las mujeres las que rehuye el guerrero salvaje; tiene también sumo cuidado en evitar cualquier otra clase de relaciones con ellas. Por ejemplo, en las tribus montañesas del Asam no sólo está prohibido a los hombres cohabitar con sus mujeres durante o después de una excursión bélica, sino también comer alimentos preparados y cocinados por mujer, e incluso dirigir la palabra a la suya propia. En cierta ocasión, una mujer que sin saberlo faltó a la ley, hablando a su marido mientras estaba bajo el tabú de guerra, enfermó y murió cuando se enteró del terrible crimen que había cometido.

5. homicidas tabuados

Posible es que todavía dude el lector de sí las leyes de conducta que acabamos de considerar se basan en el miedo supersticioso o están dictadas por una prudencia racional; es probable que sus dudas se disipen

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cuando considere que leyes de la misma especie son con frecuencia más rígidas aún para los guerreros después de conseguir la victoria, cuando el temor de todo enemigo corpóreo y vivo ha pasado ya. En estos ca-sos, el motivo para las molestas restricciones impuestas a los victoriosos en su hora triunfal es probablemente el temor a los espíritus coléricos de los muertos; que el miedo a los muertos, a los espíritus vengativos, fluye sobre la conducta de sus matadores es con frecuencia afirmado explícitamente. El efecto general de los tabús que recaen sobre los jefes sagrados, enterradores y asistentes a los entierros, parturientas, hombres en el "sendero de la guerra" y otros más, es recluir a las personas tabua-das o aislarlas de la sociedad corriente, obteniéndose este efecto por una variedad de reglas que obligan a los hombres y mujeres a vivir en chozas separadas o al aire libre, a la supresión de relaciones sexuales, a evitar el uso de vajilla empleada por ellos y a cosas semejantes. Ahora bien, el mismo efecto se produce por medios parecidos en el caso de guerreros victoriosos, particularmente los que acaban de verter la sangre de sus enemigos. En la isla de Timor, cuando una expedición guerrera vuelve triunfante trayendo las cabezas de sus enemigos, el jefe de la expedición tiene prohibido por la religión y la costumbre ir en seguida a su casa; tiene preparada una cabaña especial en la que debe residir dos meses, sufriendo purificación corporal y espiritual. Durante esos dos meses no puede llegarse a su mujer, ni alimentarse por sí mismo; el alimento debe serle puesto en la boca por otra persona. Creemos que estas obligacio­nes están dictadas por el miedo a los espíritus de los muertos. De otra relación de ceremonias hechas a la vuelta de un "cazador de cabezas" triunfante, en la misma isla, aprendemos que los sacrificios ofrecidos en esta ocasión son para apaciguar el alma del hombre cuya cabeza ha sido traída; la gente cree que caería sobre el victorioso alguna desgracia si estos sacrificios se omitieran. Además, una parte de la ceremonia con­siste en una danza acompañada por cánticos en que se lamenta la muerte del hombre que han matado y se solicita su perdón. "No estés irritado —le dicen— porque tu cabeza esté aquí con nosotros; si hubiéramos tenido nosotros menos suerte que tú, nuestras cabezas estarían ahora expuestas en tu pueblo. Hemos ofrecido el sacrificio para calmarte. Tu espíritu descansará ahora y nos dejará en paz. ¿Por qué fuiste nuestro enemigo? ¿No hubiera sido mejor que permaneciésemos amigos? En­tonces tu sangre no hubiera sido vertida y tu cabeza no estaría cortada". El pueblo de Palú, en Célebes central, coge las cabezas de sus enemigos en la guerra y después propicia en el templo las almas de los descabezados. Entre las tribus de la desembocadura del río Wanigela, en Nueva Guinea, "el hombre que 'toma una vida' es considerado impuro hasta someterse a ciertas ceremonias; tan pronto como puede, después de ma­tar, se limpia y limpia el arma. Hecho esto satisfactoriamente, vuelve a su poblado y se sienta sobre los troncos de la plataforma sacrificial. Nadie se aproxima a él ni le preguntan nada, quienquiera que sea. Le preparan una casa, quedando encargados de cuidarla y de servirle dos o
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