Sir james george frazer la rama dorada



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4. tabús sobre la salida de casa

Por una extensión de semejantes precauciones, tienen prohibido algunos reyes hasta el dejar su palacio, o, si se les permite hacerlo, sus súbdi­tos no deben verlos fuera. El rey fetiche de Benin, que sus súbditos

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adoraban como una deidad, no podía salir del palacio. Después de su coronación, el rey de Loango queda confinado en su palacio, del que no puede salir.1 El rey de Onisha "no da un solo paso fuera de su casa en la ciudad a menos que se celebre algún sacrificio humano para pro-piciar a los dioses, y aun con esta consideración nunca va más allá de los límites de sus predios". Sabemos ciertamente que no puede salir de su palacio bajo pena de muerte o entregando uno o más esclavos para ser ejecutados en su presencia. Como la riqueza del país se valora en escla­vos, el rey tiene muy buen cuidado de no infringir la ley. Solamente una vez al año, en la fiesta de los ñames, le es permitido y aun requerido al rey, por costumbre, bailar ante su pueblo por fuera de la alta muralla de adobes de su palacio; cuando danza lleva un gran peso sobre su espal­da, por lo general un saco de tierra, probando con esto que todavía es hábil para sostener la carga y los cuidados del estado. Cuando es incapaz de cumplir este deber, es inmediatamente destronado y quizá lapidado. Los reyes de Etiopía eran adorados como dioses, pero en su mayoría se les mantuvo quedos en sus palacios. En la costa del Ponto habitó en la Antigüedad un pueblo rudo y belicoso nombrado Mosyni o Mosyneci, por cuyo abrupto país marcharon los diez mil en su famosa retirada de Asia a Europa. Estos bárbaros mantenían a su rey en estrecha custodia en lo más alto de una gran torre, de la que desde su elección nunca más le permitían descender. Desde allí arriba administraba justicia a su pue­blo, pero si los ultrajaba, ellos le castigaban no subiéndole comida du­rante un día entero y hasta dejándolo morir de hambre. A los reyes de Sabaea o Sheba (¿Saba?), el país de las especias de Arabia, no se les permitía salir de sus palacios; si alguno lo hiciera sería lapidado por el populacho. Pero en lo más alto del palacio había una ventana con una cadena atada a ella y colgando hasta el suelo y si algún hombre se con­sideraba ultrajado, tiraba de la cadena y el rey, al oírlo, le mandaba lla­mar para hacer justicia.

5. TABÚS PARA LOS RESTOS DE LAS COMIDAS

También la artera magia puede atrapar a un hombre a través de los restos de los alimentos que tomó o de los platos en que ha comido. Dados los fundamentos de la magia simpatética, continúa subsistiendo una conexión real entre el alimento que un hombre tiene en su estómago y el que no ha querido y ha dejado intacto, y por esto, dañando lo rehusado, se puede dañar simultáneamente lo que comió. Entre los narrinyeri de Australia del sur, todos los adultos están constantemente rebuscando huesos de animales, pájaros o de peces cuya carne haya sido comida por alguna persona, con objeto de construir con ello un mortífero

1 Para todos estos tabús de la cara tapada, no mirar al rey, etc., es muy ins­tructivo y coincidente con lo aquí expuesto, lo que describe Hernán Cortés en sus Car­tas a Carlos V, donde expone datos muy exactos.

TABÚS DEL COMER Y BEBER 243

talismán. Todos tienen buen cuidado, en cambio, de quemar los huesos de los animales que han comido, por miedo a que caigan en manos de hechicero. Sin embargo, es demasiado frecuente que el hechicero consiga encontrar uno de esos huesos, y cuando lo realiza cree que ya tiene poder de vida y muerte sobre el hombre, mujer o criatura que comió la carne correspondiente a ello. Para poner en obra el encanto hace una pasta de ocre rojo y de aceite de pescado en el que encaja un ojo de bacalao y una piltrafa de carne de algún cadáver, haciendo con todo ello una pelota en la que después inserta la punta del hueso. Des-pués de dejarlo algún tiempo dentro del pecho de un cuerpo muerto para que pueda derivar, por el contacto con la corrupción, una potencia mortífera, saca de allí el implemento mágico y lo pone en el suelo cer­ca de un fuego; a medida que la pelota se funde, así también la persona a quien se dedica el maleficio se consume por enfermedad. Si la pelo­ta se fundiera del todo, la persona moriría. Cuando el embrujado llega a conocer el conjuro que están haciendo con él, se esfuerza en comprar el hueso al brujo y si lo obtiene, rompe el encantamiento tirando el hueso al río o a un lago. En Tana, una de las Nuevas Hébridas, las gentes entierran o arrojan al mar los restos de sus comidas, temiendo que pue­dan caer en manos de los "enfermadores", porque si uno de estos brujos encuentra un residuo de sus comidas, como una corteza de plátano, lo recoge y lo quema espaciosamente en la hoguera. Conforme lo va que­mando, la persona que comió aquel plátano cae enferma y envía "al que hace la enfermedad" ofrecimientos de regalos si deja de quemar la corteza del plátano. Los nativos de Nueva Guinea tienen sumo cuidado en destruir o esconder las cáscaras, pellejos y otros restos de comida, temerosos de que sus enemigos puedan encontrarlos y usarlos para el daño y destrucción de quienes los comieron. Por esto, queman sus so­bras, las tiran al mar o usan cualquier otro procedimiento para alejar la posibilidad de daño.

Debido a semejante miedo a la brujería, nadie puede tocar los alimentos que el rey de Loango deja en su plato; los entierran en un agujero en el suelo. Nadie puede beber tampoco en la vasija del rey. En la Antigüedad, los romanos acostumbraban a romper las cáscaras de huevo y las de los caracoles que habían comido para que los enemigos no hicieran brujerías con ellas. La práctica general, todavía observada entre nosotros, de romper las cáscaras vacías de los huevos servidos, puede haberse originado en la misma superstición.

El miedo supersticioso a la magia que pueda obrar sobre un hombre por intermedio de los restos y sobras de su alimentación, ha producido el efecto beneficioso de inducir a muchos salvajes a la destrucción de lo sobrante, que dejado podrir, podría resultar una fuente real de corrup­ción, no sólo imaginaria, de enfermedades y muerte. No es solamente la condición sanitaria de una tribu la beneficiada por esta superstición; es harto curioso que la misma infundamentada fantasía, la misma noción falsa de causalidad, ha reforzado indirectamente las obligaciones morales



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de hospitalidad, honor y buena fe entre los hombres que la sienten Porque es evidente que cualquiera que intente dañar a un hombre por arte mágica, rehusará participar en su comida, pues si lo hiciera, dados los principios de la magia simpatética, sufrirá igualmente que su enemigo. Ésta es la idea que conduce en la sociedad primitiva a santificar el lazo que se adquiere por comer juntos; participando del mismo alimento, dos hombres dan, en cierto modo, rehenes de su buena voluntad y conducta. Cada uno garantiza al otro que no proyecta maldad contra él, puesto que estando materialmente unidos por el alimento común en sus estómagos, cualquier daño que pudiera hacer a su compañero recaería sobre su propia cabeza y con la misma fuerza precisamente con la que cayera sobre la cabeza de su víctima. En lógica estricta, sin embargo, el lazo simpatético dura solamente el tiempo que esté en el estómago de cada una de las dos partes. Por esto el convenio formado al comer juntos es menos solemne y duradero que el formado por la transfusión reciproca de sangre de las venas, pues esta transfusión creemos que los enlaza de por vida.

CAPITULO XX PERSONAS TABUADAS

1. jefes y reyes tabuados

Hemos visto que los alimentos del Mikado eran cocinados en vajilla nueva para cada comida y servidos en platos también nuevos para cada vez; que lo mismo los potes y cacharros que los platos y fuentes eran de loza ordinaria, para poder romperlos o desecharlos después de ser­vir una vez; que eran rotos generalmente, pues se creía que si alguno comiera en esta vajilla sagrada, su boca y garganta se inflamarían e hin­charían. El mismo efecto pernicioso creían que experimentaría el que se pusiera las ropas del Mikado sin su consentimiento; se llenaría de tume­facciones y dolores por todo el cuerpo. En Vidi o Fidji hay un nombre especial (kana lama) para la enfermedad que se supone causada al comer en algún plato de jefe o vestir su ropa; "con la garganta y el cuerpo hin­chados, muere la persona impía. Tengo una esterilla fina que me dio un hombre que no la quiso usar porque el hijo mayor del jefe Thakom-bau se había sentado en ella. Siempre había una familia o clan de pro­fanos que estaban exentos de ese peligro. Hablando acerca de esto con Thakombau, me dijo éste: '¡Ah, sí! Aquí, fulano, ven y ráscame la espalda'. El hombre le rascó; era uno de los que podían hacerlo con impunidad. El nombre de las personas tan altamente privilegiadas era Na naduka ni, que quiere decir la porquería del jefe".1

1 Hay o había una clase de afeminados casi congénitos "muy protegidos por los jefes". Na naduka ni debiera traducirse por "la vileza de los jefes".

JEFES Y REYES TABUADOS 245

De los terribles efectos que siguen al uso de la vajilla o trajes del Mikado y de un jefe vitiano, vemos el "otro lado" del carácter del hom-bre-dios que aquí nos llama la atención. La persona divina es tanto un manantial de peligros como de bendiciones; no sólo debe ser guardada, sino también hay que guardarse de ella. Si su organismo sagrado es tan delicado que cualquier contacto puede desordenarlo, también, como si estuviese cargado eléctricamente con una fuerza poderosa mágica o espiritual, puede descargarse con efectos mortales en todo lo que llegue a estar en contacto con ella. En consecuencia, el aislamiento del "hombre-dios" es absolutamente necesario tanto para su propia seguridad como para la de los demás. Su virtud mágica es contagiosa en el estricto sentido de la palabra; su divinidad es un fuego que, bajo las debidas restricciones, confiere bendiciones sin cuento, pero que manejado atolon­dradamente o permitiendo romper sus limitaciones, quema y destruye lo que toca. Por esto, los efectos desastrosos son achacados a la infrac­ción de un tabú; el infractor ha introducido su mano en el fuego divino que la encarruja y consume al momento.

Los nubas, por ejemplo, que habitan en la sierra arbolada y fértil del Jebel Nuba, en África oriental, creen que morirían si entrasen en la casa de su rey sacerdotal; sin embargo, pueden evadir la pena de la intrusión desnudándose el hombro izquierdo y consiguiendo que el rey ponga su mano sobre él. Y si alguno se llega a sentar en una piedra que el rey haya consagrado para su propio uso, el transgresor morirá antes del año. Los cazembes de Angola suponen al rey tan alto que nadie puede tocarlo sin ser muerto por el poder mágico que penetra su persona sa­grada. Mas, puesto que el contacto con él es en ocasiones inevitable, han discurrido un medio mediante el cual puede escapar con vida el pecador: arrodillarse ante el rey, después hacer unas castañetas con los dedos y tender la palma de la mano sobre la palma de la mano del rey, volviendo otra vez a las castañetas. Repitiendo esta ceremonia cuatro o cinco veces queda conjurado el peligro de muerte. En Tonga se creía que comer con las manos propias después de haber tocado a la persona sagrada de un jefe superior o algún objeto que le perteneciera produciría una hinchazón y la muerte consecutiva; la santidad del jefe, semejante a una ponzoña violenta, infectaría las manos de su subordinado y, comu­nicándose por ellas a los alimentos resultaría mortal al que así comiera. Un profano que incurra en este riesgo, puede desinfectarse recurriendo a una ceremonia que consiste en tocar la planta de un pie del jefe con la palma y dorso de sus dos manos y después lavotearse las manos con agua. Si no hubiera agua próxima, se frotará las manos con el péndulo zumoso de un plátano. Así queda libre para comer valiéndose de sus manos sin peligro de ser atacado por la enfermedad, que de otro modo le sobrevendría por comer con las manos tabuadas o santificadas. Mas, hasta que la ceremonia de expiación o desinfección se haya ejecutado, si desea comer, tiene que pedir a alguien que le dé de comer como a los niños o arrodillarse en el suelo y coger los alimentos con la boca lo

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mismo que los animales. No puede ni siquiera usar un mondadientes mas puede guiar la mano de otra persona que tenga el palillo. Los habi- tantes de Tonga padecían mucho de induración del hígado y ciertas for­mas de escrófula, que solían atribuir a la falta cometida por no hacer la expiación necesaria después de tener contacto inadvertidamente con algún jefe o cosa de su pertenencia y, en consecuencia, hacían frecuen­temente la ceremonia como precaución sin saber si efectivamente lo requería. El rey de Tonga no podía menos de prestarse al rito, no rehu-sando presentar su pie a quien deseara tocarlo y aun cuando fuera ma­nifestado el deseo a deshora para él. Se ha visto muchas veces a un rey grueso y pesado, cuando percibía a sus súbditos aproximarse con esta intención yendo él de paseo, salir anadeando tan ligero como se lo per­mitían sus cortas piernas y desviarse del camino con objeto de escapar a la importuna y no totalmente desinteresada expresión de sus homenajes. Si alguno imaginaba que acababa inconscientemente de comer con las manos tabuadas, se sentaba ante el jefe y cogiéndole el pie hacía presión con él sobre su estómago para que el alimento en su vientre ya no le pudiera hacer daño y no llegase a morir hinchado. Puesto que la escró­fula estaba considerada por los de Tonga como resultado de comer con las manos tabuadas, podemos deducir que las personas que sufrieran de ello recurrirían con frecuencia al tacto o presión del pie regio como una cura para su enfermedad. La analogía de esto con la antigua costumbre inglesa de venir los pacientes escrofulosos al rey para ser curados con su toque personal es suficientemente clara y sugiere, como hemos indicado en otras partes de este libro, que entre nuestros antepasados la escrófula pudo haber obtenido su nombre de mal del rey de la creencia, igual que la de los salvajes de la isla de Tonga, de que era tanto causada como curada por contacto con la majestad divina de los reyes.

El terror a la santidad de los jefes en Nueva Zelandia era por lo menos tan grande como en Tonga. Su poder espiritual derivado de un espíritu ancestral se difundía por contagio sobre todas las cosas que tocaban y podían fulminar de muerte a todo el que atolondrada o inad­vertidamente se entrometiera con ello. Por ejemplo, en cierta ocasión aconteció que un jefe neozelandés, de alto rango y gran santidad, dejó los residuos de su almuerzo a un lado del camino. Un esclavo fornido y hambriento llegó después de marcharse el jefe, vio lo que quedaba del almuerzo y se lo comió sin más preámbulos. No había terminado aún cuando un horrorizado espectador le informó que el alimento que había comido era del jefe. "Yo conocía bien al delincuente infortunado; tenía fama por su valentía y se señaló en las guerras de la tribu, pero no había acabado aún de oír la fatal noticia cuando fue sobrecogido de las con­vulsiones y calambres de estómago más extraordinarios, que no cesaron hasta que murió al anochecer del mismo día. Era un hombre fuerte, en la plenitud de su vigor y si un pekeha europeo librepensador dijese que no fue muerto por el tapú del jefe, que le había sido comunicado al ali­mento por contacto, se le escucharía con menosprecio por su ignorancia

ENTERRADORES TABUADOS 247

e incapacidad para entender la prueba directa y manifiesta." Esto no es un caso aislado. Una mujer maorí que comió un poco de fruta y después fue advertida de que la fruta había sido cogida de un lugar ta-buado, exclamó que el espíritu del jefe cuya santidad había sido profa-nada la mataría. Esto fue después del mediodía; al día siguiente a las doce del día había fallecido. La cajita de yesca propiedad de un jefe maorí en una ocasión fue causa de muerte para varias personas, pues habiéndola perdido y al ser encontrada por algunos hombres, la usaron para encender sus pipas, muriendo aterrorizados al saber a quién había pertenecido. Así también, las prendas de vestir y de uso de un alto jefe neozelandés matarán al que las lleve puestas. Un misionero observó cómo un jefe tiraba a un precipicio una manta que le parecía pesada de llevar. Habiéndole preguntado el misionero por qué no la dejaba en una rama de árbol para que pudiera usarla otro viajero, el jefe le con­testó que "era precisamente el temor de que otro la cogiera lo que le obligaba a tirarla por allí, pues si alguno lo hiciera, su tapú — que es su poder espiritual comunicado por contacto a la manta y por la manta al hombre — mataría a esa persona". Por razón similar, un jefe maorí no soplará con la boca un fuego, pues su aliento sagrado comunicaría su santidad al fuego, la que pasaría de éste al puchero, del puchero a la carne del puchero y de la carne a la persona que se comiera la carne del puchero puesta en el fuego así santificado por el santo aliento del hom­bre sagrado; el que comiera esa carne infectada por el aliento del jefe comunicado por esos intermedios, seguramente moriría.

Vemos que, en la raza polinésica a la que los maoríes pertenecen, la superstición edificada alrededor de las personas de jefatura sagrada es, aunque barrera imaginaria, al mismo tiempo también verdadera, pues supone la muerte del transgresor, efectiva siempre que éste se entera de lo que ha hecho. Este poder mortal de la imaginación elucubrando a través de los terrores supersticiosos no está en modo alguno confinado a una raza; aparece comúnmente entre los salvajes. Por ejemplo, entre los aborígenes de Australia, un nativo herido se morirá, aunque la lesión sea insignificante, solamente con que crea que han cantado algo sobre el arma que le hirió, dotándola así de virtud mágica; sencillamente se tumba, rehusa alimentarse y muere de inanición. Similarmente, entre al­gunas tribus indias brasileñas, si el curandero predecía la muerte de alguno que le había ofendido, "el desventurado se recogía en su hamaca instantáneamente con tal seguridad de morirse que ni comía ni bebía, y la predicción era una sentencia que la fe ejecutaba eficazmente".

2. enterradores tabuados

Considerando a sus jefes y reyes sagrados como cargados de una mis­teriosa fuerza espiritual que, por decirlo así, estalla al contacto, el sal­vaje consecuentemente les clasifica entre las clases de la sociedad más

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peligrosas y les impone la misma especie de restricciones que a los homi- cidas, mujeres menstruantes y otras personas que justiprecia con cierto miedo y horror. Por ejemplo, a los reyes sagrados y sacerdotes en Poli- nesia no les estaba permitido tocar los alimentos con sus manos y por consiguiente tenían que darles de comer otras personas; y como ya sabe­mos, sus vasijas, vestidos y demás propiedad no podían usarse por otros bajo pena de enfermedad y muerte. Precisamente las mismas restriccio­nes imponen ciertos salvajes a las muchachas en su primera menstrua­ción, mujeres puérperas, homicidas, enterradores y todas las personas que han tenido contacto con los muertos. Por ejemplo, empezando con la última clase de personas que acabamos de mencionar, cualquiera que entre los maoríes hubiera manejado un cadáver, ayudado a transportarlo a la tumba o hubiera tocado huesos de muerto, quedaba aislado de todas sus relaciones y de la mayoría de sus comunicaciones con la hu­manidad. No podía entrar en ninguna casa ni ponerse en contacto con ninguna persona o cosa sin endemoniarla por entero. No podía ni aun tocar comida con sus manos, que habían llegado a ser tan espantosamente tabuadas o ensuciadas que quedaban absolutamente inútiles. Los alimen­tos había que ponérselos en el suelo y él tenía que sentarse o arrodi­llarse y con las manos puestas con todo cuidado a la espalda tragaba como mejor pudiera. En algunos casos tenía que ser alimentado por otra persona que con el brazo estirado se apañaba como podía para hacerlo sin tocar al tabuado; mas el que le daba de comer estaba asimismo sujeto a muchas severas restricciones, no mucho menos severas que las impues­tas al otro. En la mayoría de las aldeas populosas vivía un miserable degradado, lo peor de lo peor, que ganaba su triste pitanza sirviendo a los impuros. Cubierto de harapos, embadurnado de pies a cabeza con ocre rojo y pestilente aceite de tiburón, siempre solitario y silencioso, por lo general viejo, macilento y marchito, con frecuencia medio loco, podía vérsele sentado e inmóvil todo el día apartado del camino común y vía pública de la aldea, contemplando con ojos apagados los atareados quehaceres en que jamás tomaría parte. Dos veces al día le arrojaban al suelo, ante él, una limosna de comida que tenía que masticar como pudiera sin el uso de las manos, y por la noche, arrebujado en sus mu­grientos andrajos, se arrastraría hasta algún cubil miserable de hojas y desperdicios, donde sucio, frío y hambriento, dormitando inconexas pesa­dillas de espíritus embrujados, pasaría una noche mísera como preludio de otro día miserable. Éste era el único ser humano que se juzgaba con­veniente asociar a distancia del brazo con el que pagaba los últimos servicios de respeto y amistad al muerto. Y cuando el triste período de su reclusión llegaba a su término y el enterrador estaba ya a punto de mezclarse con sus compañeros una vez más, todos rompían la vajilla entera que había usado en su aislamiento y alejaban con cuidado todos los harapos y efectos personales, por temer que extendieran el contagio de sus profanaciones a los demás, exactamente igual que las vajillas y ropas de los reyes sagrados y jefes, que son destruidas o tiradas por una
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