Sir james george frazer la rama dorada



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Algunos aldeanos de Sikhim demuestran un horror vivísimo, escon­diéndose lejos, siempre que la lente de una cámara o "el endemoniado de la caja" se vuelve hacia ellos. Piensan que las almas se les van con los retratos, permitiendo así al dueño de éstos embrujarlos, y aseguraban que si se hacía una fotografía del paisaje, quedaría marchito. Hasta el reinado del último rey de Siam no se estampó ninguna moneda con la imagen, del rey "porque había un fuerte prejuicio contra toda clase de retratos. Cuando los europeos viajan por la selva, aun hoy, les basta di­rigir las cámaras a una multitud para conseguir su dispersión instantánea. Cuando se hace una prueba fotográfica de la cara de una persona y después se lleva lejos, una parte de la vida se va con el retrato; sólo el soberano que fuese bendecido con los años de un matusalén podría permitir que su vida fuera distribuida en pequeños pedazos junto con las monedas del reino".

Creencias análogas persisten todavía en varias partes de Europa. No

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hace muchos años, unas ancianas de la isla griega de Cárpatos estaban muy enfadadas porque alguien se había llevado sus fotografías y creían que en consecuencia, se debilitarían y morirían. Hay personas en el oeste de Escocia "que rehusan hacerse fotografías, temerosas de que sea de mala suerte para ellas, y dan como ejemplos los casos de varias de amistades que nunca tuvieron un día bueno después de ser foto­grafiadas."

CAPITULO XIX ACTOS TABUADOS

1. TABÚS SOBRE LAS RELACIONES CON EXTRANJEROS

Dejamos consignados los conceptos primitivos del alma y los peligros a que está expuesta, conceptos que no están limitados a un solo pue­blo o país: con variaciones en los detalles se encuentran sobre toda la tierra y sobreviven, como hemos comprobado, en la Europa moderna. Creencias tan profundamente arraigadas y tan extendidas deben haber contribuido a formar el molde en el que se realizó la monarquía primitiva. Si para todas las personas era tanto el trabajo que había que tomarse para salvar su alma de los peligros que la acosaban por todos lados, ¿cuántos más cuidados debería tener aquel de cuya vida dependía el bienestar y aun la existencia de todo el pueblo y que por esta razón era de interés general preservar siempre? Por consiguiente, esperaríamos encontrar la vida del rey protegida por un sistema de precauciones y resguardos to­davía más numerosos y minuciosos que los que en la primitiva sociedad se adoptaban por todas las personas para la seguridad de sus almas. Efectivamente, la realidad de los hechos es que la vida de los reyes pri­mitivos está regulada, como hemos visto y veremos más completamente en seguida, por un código de reglas bien definido. ¿Podemos entonces conjeturar que estas reglas son de hecho las mismas salvaguardias que esperaríamos encontrar adoptadas para la protección de la vida del rey? Un examen de las reglas mismas confirman esta conjetura. Porque de esto se deduce que algunas de las reglas observadas por los reyes son idénticas a las que obedecían las personas particulares en consideración a la seguridad de sus almas; y aun de estas que creemos peculiares al rey, muchas, si -no todas, se explican a primera vista por la hipótesis de que no son otra cosa que medidas precautorias para el rey. Enumeraremos ahora algunas de estas reglas regias q tabús reales, dando a cada una de ellas comentarios y explicaciones descomo pueden servir para aclarar la intención original de la regla.

Como el objeto de los tabús reales es aislar al rey de toda fuente de peligros, su efecto general es compelerle a vivir en un estado de re­clusión más o menos completa, según el rigorismo y número de las reglas que cumple. Ahora bien, de todas las fuentes de peligro ninguna es más

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temida por el salvaje que la magia y brujería, sospechando que todos ]qs extranjeros practican estas artes negras. Guardarse contra su influencia perniciosa, ejercida voluntaria o involuntariamente por los extranjeros es por ello un dictado elemental de prudencia salvaje. He aquí por que antes de permitir a los extranjeros entrar en una comarca o al me-nos antes de permitirles mezclarse libremente con los habitantes, frecuen­temente se cumplen algunas ceremonias por los nativos del país con el propósito de desposeer a esos extraños de sus poderes mágicos, de con­trarrestar la influencia perniciosa que se cree emana de ellos o de des­infectar, por decirlo así, la atmósfera inficionada de la que suponen están rodeados. Así, cuando los embajadores enviados por Justino II emperador romano de Oriente,1 para cerrar un tratado de paz con los turcos, llegaron a su destino, fueron recibidos por "chamanes" que los sujetaron a una purificación ceremonial con la idea de exorcizar toda influencia maligna. Habiendo depositado todo el equipaje traído por los embajadores en un lugar al aire libre, los brujos llevaron ramas de in­cienso encendido alrededor mientras tañían una campana y golpeaban un pandero, resoplando y cayendo en estado de frenesí a sus esfuerzos para dispersar los poderes malignos. Acto continuo purificaron a los embajadores mismos conduciéndoles a través de las llamas. En la isla de Nanumea, en el Pacífico meridional, a los extranjeros de los barcos o de otras islas no se les permite comunicar con los naturales hasta que todos ellos, o unos pocos representantes de los demás, han sido llevados a cada uno de los cuatro templos de la isla ofreciendo oraciones para que el dios aparte y desvíe cualquier enfermedad o traición que los ex­tranjeros pudieran haber traído con ellos. También dejan sobre los alta­res ofrendas de carne acompañadas de cánticos y danzas en honor del dios. Mientras celebran estas ceremonias, todo el pueblo, excepto los sacerdotes y sus ayudantes, se mantiene oculto. Entre los atdanom, de Borneo, es costumbre que los extranjeros que entran en su territorio paguen a los nativos cierta suma que se gasta en sacrificar búfalos o cer­dos a los espíritus de la tierra y el agua para reconciliarlos con la pre­sencia de extranjeros e inducirles a que no retiren su benevolencia al pueblo del país, sino que bendigan sus mieses de arroz y demás. Rehu­sando los hombres de un territorio de Borneo mirar a un viajero europeo por temor a que pudiera hacerles enfermar, advirtieron a sus mujeres y niños que no se acercasen a él. Los que no pudieron refrenar su cu­riosidad mataron aves para apaciguar los espíritus perversos y se untaron con la sangre. "Más temibles —dice un viajero de Borneo central— que los malos espíritus de las cercanías son los malos espíritus de sitios le­janos que acompañan a los viajeros. Cuando unos visitantes del curso medio del río Mahakan vinieron a saludarme estando yo con los blu-u kayanos, el año de 1897, ninguna mujer se mostró fuera de su casa sin un puñado de corteza de plehiding ardiendo, cuyo hedor apestoso aleja los espíritus malignos".

1 Años 565 al 578.

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Viajando Creavaux por Sudamérica, entró en un pueblo de los indios apalai. Pocos momentos después de su llegada vinieron algunos tra-yéndole sobre hojas de palmeras un número de grandes hormigas negras de una especie cuya mordedura es muy dolorosa. Toda la gente del pue-hlo entonces, sin distinción de edades ni sexos, se presentaron a él, é tuvo que poner las hormigas para que les picasen en sus caras, muslos y otras partes del cuerpo. Algunas veces, cuando aplicaba las hormigas demasiado suavemente, ellos le instaban "¡más, más!" y no uedaron satisfechos hasta que su piel estuvo tachonada de bultitos me­nudos semejantes a los producidos por urticación. El objeto de esta ceremonia se hace evidente con la costumbre usada en Amboina y Uliase, de espolvorear con especias picantes como el jengibre y clavos muy pul­verizados a los enfermos a fin de que la sensación picante ahuyente al demonio de la enfermedad que pudiera estar adherido a sus personas. En Java, es una cura popular para el reumatismo y la gota frotar con chile mexicano entre las uñas de los dedos de los pies y las manos del paciente; lo pungente del chile se cree insoportable para la gota o el reuma, que en consecuencia se marcha precipitadamente. Así, en la Costa de los Esclavos, África, la madre de un niño enfermo cree en ocasiones que un espíritu maligno ha tomado posesión del cuerpo de la criatura, y para echarle hace pequeños cortes en el cuerpo del pequeñín e inserta en las heridas pimienta verde o especias, creyendo que esto dañará al mal espíritu forzándole a marcharse. La pobre criatura, naturalmente, rabia de dolor, pero la madre endurece su corazón en la creencia de que el demonio sufrirá igualmente.

Es probable que el mismo temor al extranjero, más que el deseo de honrarle, sea el motivo de ciertas ceremonias que se observan algunas veces a su recepción, pero cuya intención no está claramente enunciada. En las islas Ongtong, Java, habitadas por polinesios, creemos que los sacerdotes o hechiceros ejercen gran influencia. Sus principales tareas son intimidar y exorcizar espíritus con el propósito de conjurar o dispersar enfermedades y de procurar vientos favorables, una buena pesca y cosas similares. Cuando desembarcan extranjeros, los primeros que les reciben son los hechiceros, que les rocían con agua, les ungen con aceite de coco y les fajan con hojas secas del pandan.1 Al mismo tiempo esparcen en todas direcciones agua y arena y el recién llegado y su embarcación son restregados con hojas verdes. Terminadas todas estas ceremonias, los ex­tranjeros son presentados al jefe. En Afganistán y algunos lugares de Persia, antes de entrar en el pueblo, frecuentemente se recibe al viajero con el sacrificio de un animal vivo, de alimentos o de fuego e incienso. La misión fronteriza afgana, cuando pasó por las aldeas de Afganistán, fue recibida muchas veces con hogueras e incienso. En ocasiones arro­jaban a los cascos de los caballos de los viajeros ascuas encendidas que traían en una bandeja, diciendo al mismo tiempo "sean ustedes bien-

1 E1 pandán es una planta textil, orden pandanales (typháceas-sparganiáceas y pandanáceas). Tiene las hojas alargadas en forma de espadas llenas de fibras.

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venidos". Entrando en un pueblo del África Central, Emín Bajá 1 fue recibido con el sacrificio de dos cabras con cuya sangre rociaron el sen­dero que pisaba el jefe para ir a saludar a Emín. Otras veces el temor a los extranjeros y a su magia es tan grande que no les permite ni reci­birlos en modo alguno. Así, cuando Speke2 llegó a un cierto poblado, los nativos le cerraron las puertas "porque nunca habían visto un hom­bre blanco ni las cajas de hojalata que aquellos hombres llevaban. 'Quién sabe —decían ellos— si no serán esas mismas cajas los bandidos watutas transformados que vienen para matarnos. No puede por tanto ser reci­bido'. No hubo medio persuasivo para convencerles y la expedición tuvo que marchar hacia la próxima aldea".

El miedo que guardan a los visitantes extranjeros es frecuentemente mutuo. Cuando entra un salvaje en un país extranjero siente que ca­mina por un terreno encantado y toma sus medidas para guardarse de los demonios que allí moran y de las artes mágicas de sus habitantes. Así, cuando van al extranjero, los maoríes realizan ciertas ceremonias para convertir en "suelo corriente" el que pudiera "haber sido consa­grado". Cuando el barón Miklucho-Maclay se acercaba a una aldea en la Costa Maclay de Nueva Guinea, uno de los indígenas que le acom­pañaban rompió una rama de un árbol y apartándose a un lado le cu­chicheó unos momentos y acercándose sucesivamente a cada uno de los miembros del grupo, después de escupirles, les fue dando en la espalda unos golpes con la rama. Por último marchó a la floresta y enterró la rama bajo las hojas secas en lo más espeso de la selva. Esta ceremo­nia tenía por objeto, según creía, proteger a la partida contra toda alevosía y peligro en la aldea a que se aproximaban. La idea de esto era proba­blemente que las maléficas influencias fueran recogidas en la rama y después quedasen enterradas con ella en el fondo de la selva. En Aus­tralia, cuando una tribu forastera es invitada a entrar en una comarca y se está acercando ya al campamento de la tribu propietaria del país, "los extranjeros llevan cortezas encendidas o antorchas, con el propósito, se­gún dicen, de limpiar y purificar el aire". Cuando los toradjas están en una expedición de cazadores de cabezas y han entrado en territorio enemigo, no pueden comer ningún fruto que el enemigo haya plantado ni ningún animal que haya criado hasta hacer el primer acto de hos­tilidad, como quemar una casa o matar un hombre. Piensan que si rom­pen esta regla, recibirán dentro de sí mismos alguna cosa del alma o esencia espiritual del enemigo que destruirá la virtud mística de sus talismanes.

Otras veces se cree que un hombre que ha hecho un viaje puede haber contraído alguna maldad mágica de los extranjeros con quienes ha

1 Emín Bajá fue el explorador alemán Eduardo Schnitzer, empleado por el go­
bierno egipcio, a quien encontró Henry Morton Stanley en la expedición que el New
York Heíald (1871) le encomendó para encontrar a David Livingstone.

2 John Hanning Speke fue el descubridor del gran lago Victoria y una de las
misteriosas fuentes, hasta entonces, del sagrado Nilo (años 1827-1864).

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estado. Con este motivo, cuando vuelve a casa, antes de ser readmitido la sociedad de su tribu y sus amigos, tiene que someterse a ciertas cere­monias purificadoras. Así, los betchuanas "se limpian y purifican des­pués de sus viajes, afeitándose la cabeza, etc., temiendo que puedan haberse contagiado de los extranjeros alguna maldad de hechicería o brujería". En algunas partes del África occidental, cuando un hombre vuelve a su casa después de una larga ausencia, antes de permitírsele visitar a su esposa, debe lavarse el cuerpo con un líquido especial y recibir del hechicero una marca personal en su frente para contrarrestar cualquier conjuro mágico que alguna mujer extranjera pueda haberle echado y que podría comunicar a través de él a las mujeres de la tribu. Dos embajadores hindúes, enviados a Inglaterra por un príncipe indígena, cuando volvieron a la India fueron considerados impuros por su contacto con los extranjeros, de tal modo que solamente volviendo a nacer otra vez podrían quedar inmaculados. "Con el propósito de regeneración se ordena hacer una imagen de oro puro del poder femenino de la natu­raleza bajo la forma de una mujer o de una vaca. En esta estatua se mete la persona que va a ser regenerada y es sacada de su interior después por la vía natural. Como una estatua de oro puro y del tamaño apropiado sería muy costosa, es suficiente hacer una imagen del sagrado Yoni, a cuyo través pasa la persona que ha de ser regenerada. Una imagen de oro puro como ésta fue mandada hacer por el príncipe, y sus embajadores nacieron otra vez, pasando por ella".

Cuando se toman precauciones semejantes a ésa en defensa de las gentes en general contra la influencia maligna que se supone ejercen los extranjeros, no maravillará se adopten medidas especiales para proteger al rey del mismo insidioso peligro. En la Edad Media los embajadores que visitaron al Kan tártaro fueron obligados a pasar entre dos hogueras antes de ser admitidos a su presencia y los regalos que trajeron fueron también pasados entre los fuegos. La razón asignada a esta costumbre era que el fuego aleja y purga cualquier influencia mágica que los extran­jeros llevasen pensado ejercer sobre el Kan. Cuando los jefes subalternos llegan a Kalamba (el jefe más poderoso de los bashilangos del Congo) por primera vez o después de haberse rebelado, tienen que bañarse hom­bres y mujeres juntos en dos arroyos, dos días sucesivos, pasando la noche en la plaza del mercado al aire libre. Después del segundo baño marchan enteramente desnudos a la casa de Kalamba, que les hace una gran marca blanca en el pecho y frente de cada uno de ellos; vuelven después a la plaza del mercado y se visten, quedando sujetos a la ordalía de la pimienta, que se les pone a cada uno en los ojos mientras el sufriente tiene que hacer una confesión de todos sus pecados y responder a todas las preguntas que puedan hacérsele y prestar ciertos juramentos. Con esto termina la ceremonia, y los forasteros quedan así libres para ir a sus alojamientos en la ciudad tanto tiempo como quieran.

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2. TABÚS DEL COMER Y EL BEBER

En opinión de los salvajes, los actos de comer y beber van acompaña- dos de peligros especiales, pues en esos momentos el alma puede esca­par por la boca o ser raptada, extraída por las artes mágicas de un ene­migo personal. Entre los pueblos de lenguaje ewe de la Costa de los Esclavos, "parece ser creencia común que los espíritus residentes dejan el cuerpo y vuelven a él por la boca; por esto, importa que el hombre sea cuidadoso cubriendo su boca, pues si el espíritu está fuera, puede temerse que algún espíritu errante aproveche la ocasión y se meta en el cuerpo Parece, pues, considerarse más probable que esto tenga lugar cuando el hombre está comiendo". Es natural, entonces, que se adopten precau­ciones para guardarse de esos peligros; así, se dice de los batakos que, "puesto que el alma puede dejar el cuerpo, tienen que ser cuidadosos para evitar que salga y se extravíe cuando haya más necesidad de ella, pero solamente es posible prevenirlo permaneciendo en casa. En las comidas se debe tener la casa cerrada para que el alma quede y goce de las cosas buenas puestas ante ella". Los zafimanelos de Madagascar cierran con cerrojo sus puertas durante las comidas y difícilmente les puede ver al­guien comiendo. Los warua no permiten que nadie les vea comer o be­ber, siendo doblemente particular que ninguna persona del sexo opuesto les pueda ver haciéndolo. "He pagado a un hombre para que me dejase verle beber; no he podido conseguir que un hombre consienta que una mujer le vea beber". Cuando se les ofrece un trago, piden muchas veces una tela que les oculte mientras beben.

Si éstas son las precauciones corrientes que toma la gente vulgar, las que tomen los reyes serán extraordinarias. Él rey de Loango no puede dejarse ver comiendo o bebiendo por ningún hombre o animal bajo pena de muerte. Un perro favorito entró en el cuarto donde el rey estaba comiendo y el rey ordenó que lo matasen allí mismo. Una vez, el propio hijo del rey, muchacho de doce años de edad, inadvertidamente vio al rey beber. Inmediatamente el rey ordenó que le vistieran suntuosamente y le dieran una comida de gala, después de lo cual mandó cortarlo en cuatro cuartos y llevarlo por toda la ciudad con una proclama en que se decía que había visto beber al rey. "Cuando el rey piensa beber, manda que le traigan una copa de vino; el que lleva la copa tiene una campa­nilla en la mano y tan pronto entrega la copa al rey, vuelve la cabeza y agita la campanilla, con lo que todos los presentes se arrojan al suelo y se ponen de bruces quedando así hasta que el rey ha bebido. . . Su comi­da es casi por el mismo estilo, porque tiene una casa a propósito para ello, donde ponen sus vituallas sobre una banqueta o mesa; cuando va allí cierra la puerta, y cuando ha terminado golpea en la puerta y sale, así que nadie ha visto comer o beber al rey. Se cree que si alguno le viera, el rey moriría instantáneamente". Los restos de su comida son enterrados, indudablemente para prevenir que caigan en las manos de

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hechiceros que por medio de esos trozos podrían hacer conjuro mortal para el monarca. Las reglas observadas por su vecino el rey de Cacongo eran similares; se pensaba que el rey moriría si alguno de sus súbditos lo viera beber. Es un crimen capital ver en sus comidas al rey de Dahomey. Cuando bebe en público, como hace en ocasiones extraordinarias, se oculta tras de una cortina o mantienen pañuelos alrededor de cabeza, mientras toda la gente se pone de bruces en el suelo. Cuando e1 rey de Bunyoro, en África central, iba a beber leche a la vaquería, todos los hombres tenían que dejar el pabellón real y todas las mujeres se cubrían la cabeza hasta que el rey se marchaba. Nadie podía verle bebiendo leche; una esposa le acompañaba en la lechería y le llevaba la jarra de leche, pero volvía la cabeza mientras él bebía.

3. tabús sobre la cara descubierta

En algunos de los precedentes casos, la intención de comer y beber en estricta reclusión puede ser evitar que las influencias malignas en­tren en el cuerpo, más bien que prevenir la fuga del alma. Éste es cierta­mente el motivo de algunas costumbres de beber que tienen los nativos de la región del Congo; sabemos que "es difícil encontrar un indígena que se atreva a tragar un líquido sin conjurar primero los espíritus. Uno toca una campanilla mientras está bebiendo, otro se acuclilla y pone su mano izquierda en tierra, otro se tapa la cabeza y otro pone un tallo de hierba o una hoja cualquiera en su cabello, o señala con una raya de arcilla su frente. Esta costumbre fetichista toma formas muy variadas. Para explicarlas, el negro se contenta con decir que son modos enér­gicos de conjurar espíritus. En esta parte del mundo, un jefe común­mente tocará una campanilla a cada trago de cerveza que beba y al mis­mo tiempo un mancebo, situado frente a él, blandirá una lanza 'para tener a raya a los espíritus que pudieran intentar colarse en el cuerpo del viejo jefe por el mismo camino que la cerveza' ". El mismo motivo de guardarse de los malos espíritus explica probablemente la costumbre de velarse la cara, observada por algunos sultanes africanos. El sultán de Darfur envuelve sus facciones con una pieza de muselina blanca con la que rodea su cabeza en varias vueltas, cubriendo boca y nariz primero y después la frente de tal modo que sólo se le ven los ojos. La misma cos­tumbre de taparse la cara como señal de soberanía se conoce en otras partes del África central. El sultán de Wadai habla siempre tras de una cortina; nadie ve su cara, excepto sus íntimos y unas pocas personas favorecidas.
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