Sir james george frazer la rama dorada



Descargar 10,97 Mb.
Página32/123
Fecha de conversión06.01.2017
Tamaño10,97 Mb.
1   ...   28   29   30   31   32   33   34   35   ...   123

También pueden ser raptadas las almas de sus cuerpos o detenidas en sus correrías no sólo por espíritus o demonios, sino también por hom­bres, especialmente por brujos. En Viti, si un criminal no confiesa su crimen, el jefe pide una bufanda, "con la que cazará el alma del bribón". A la vista y en ocasiones a la simple mención de la bufanda, general­mente el culpable hace una limpia de su conciencia. Pero si no lo hace, la bufanda será tremolada sobre su cabeza hasta que queda cogida el alma, que será cuidadosamente plegada y clavada en el fondo de la canoa de un jefe, y falto de su alma, el criminal desfallecerá y morirá. Los hechiceros de la isla Danger usaban cepos para las almas. Los cepos esta­ban hechos con un cordón de fibras de la cubierta de los cocos, de

228 LOS PELIGROS DEL ALMA

cinco a diez metros de largo, con lazos de distinto tamaño en cada lado para que encajaran a los diferentes tamaños de las almas; para las almas gruesas había lazos grandes y para las delgadas lazos más estrechos Cuando estaba enfermo alguien contra el que los hechiceros guardaban algún resentimiento, colocaban cerca de su casa este lazo para las almas y aguardaban el vuelo de su alma. Si en figura de pájaro o de insecto quedaba capturada en las lazadas, el hombre infaliblemente tendría que morir. En algunos lugares del África occidental, los brujos están con­tinuamente colocando trampas para secuestrar las almas que corretean fuera de sus cuerpos durante el sueño, y cuando han cazado alguna, la atan sobre una hoguera y según se va encarrujando por el calor, el pro­pietario va enfermando. No lo hacen por malquerencia hacia la víctima sino simplemente como negocio. El brujo no guarda rencor al alma que ha capturado y está dispuesto a devolverla a su dueño si lo paga. Algunos brujos tienen hasta verdaderos asilos para las almas descarnadas y cualquiera que haya perdido o extraviado su alma, siempre puede pro­porcionarse otra del asilo, pagando su precio corriente. Ningún repro­che cae sobre los hombres que tienen estos asilos privados o que colocan trampas para las almas que pasan; es su profesión, y la ejercen sin seve­ridad ni dureza de sentimientos. Pero también hay miserables que, por malevolencia o con designio de lucro, ponen y arman trampas con el deliberado propósito de cazar el alma de una determinada persona, y en el fondo de la trampa y oculto por el cebo, ponen cuchillos y anzuelos que rompan y desgarren a la pobre alma, matándola de una vez o mal­tratándola de tal modo que haga perder la salud a su propietario, si es que logra zafarse de la trampa y retornar a él. La señorita Kingsley conoció a un kruman que estaba muy preocupado por su alma, pues varias noches seguidas había olfateado en sueños el apetitoso aroma de cangrejos ahumados sazonados con pimienta roja. Seguramente algún malintencionado había puesto una trampa con cebo de este manjar para su alma "soñadora y vágula", intentando así causarle un penoso daño corporal e inclusive espiritual. Durante varias noches más se tomó grandes trabajos para que su alma no se descarnase marchándose mien­tras dormía. En el calor sofocante de la noche tropical, se tendía bajo una manta, sudando y soplando con la nariz y boca tapadas con un pañuelo para evitar que escapara su preciada alma. En Hawaii hubo hechiceros que cazaban almas de personas, las encerraban en calabazas y se las daban a comer a la gente. Apretando entre las manos un alma capturada, ellos descubrían el sitio donde algunas personas habían sido enterradas secretamente.

Quizá en ningún lugar de la tierra está el arte de secuestrar almas humanas tan cuidadosamente cultivado o llevado a tan alta perfección como en la Península Malaya. Allí, los métodos con que trabajan los brujos son tan variados como sus motivos. En ocasiones desean destruir a un enemigo, en otros casos conseguir el amor de una bella tímida o desdeñosa. Así, tomando un ejemplo de esta última clase de conjuros,

AUSENCIA Y RETORNO DEL ALMA 229

mencionaremos las recomendaciones dadas para rendir el alma de la mujer deseada. Precisamente cuando la luna acaba de salir y se ve roja sobre el horizonte oriental, a la intemperie, poniéndose a la luz de la luna con el dedo gordo del pie derecho sobre el dedo gordo del izquier­do y haciendo una bocina con la mano derecha, recítase lo siguiente:

¡OM ! Disparo mi flecha, la disparo y la luna se anubla,

la disparo y el sol se extingue,

la disparo y las estrellas palidecen.

Pero no disparo al sol ni a la luna ni a las estrellas,

sino al corazón de aquella hija del clan, fulanita de tal.

¡Clo, clo, clo, alma de fulanita, ven a pasear conmigo,

ven a sentarte conmigo, ven a dormir y compartir mi almohada!

¡Clo, clo, alma!

Repiten esto tres veces y a cada repetición soplan por la bocina hecha con la mano. También se puede capturar el alma con el turbante, de este modo: salen tres noches seguidas de luna llena, se sientan sobre un hormiguero mirando a la luna, queman incienso y recitan el siguiente conjuro:

Te traigo para mascar una hoja de betel,

embadúrnala de cal,1 ¡oh príncipe feroz!

para que alguien, hija del príncipe distraído, la masque,

para que alguien en la aurora se pierda por mí,

para que alguien en el crepúsculo se pierda por mí;

como te acuerdas de tus padres, ¡acuérdate de mí!

como te acuerdas de tu casa y su escala, ¡acuérdate de mí!

cuando retumbe el trueno, ¡acuérdate de mí!

cuando silbe el viento, ¡acuérdate de mí!

cuando lluevan los cielos, ¡acuérdate de mí!

cuando canten los gallos, ¡acuérdate de mí!

cuando el ave Dial cuente sus cuentos, ¡acuérdate de mí!

cuando mires al sol, ¡acuérdate de mí!

cuando mires a la luna, ¡acuérdate de mí!

pues en la misma luna estoy yo.

¡Clo, clo, alma de alguien, ven acá,

no pienso entregarte mi alma,

que venga la tuya a juntarse con la mía!

Ondean después su turbante con la punta hacia la luna siete veces cada noche. Vuelven a casa y lo ponen bajo la almohada; si quieren llevarlo durante el día, queman incienso y dicen: "No es un turbante el que llevo, es el alma de alguien".

1 Recordamos al lector que "el buyo", que se masca mucho en todo Oriente esta hecho con hojas de betel, fruto de areca y conchas calcinadas (cal).

230 LOS PELIGROS DEL ALMA

Los indios del río Nass, en la Columbia Británica, tienen inculcada la creencia de que el médico puede tragarse el alma de su paciente por equivocación. Al doctor de quien se cree ha sucedido eso, los demás miembros de la facultad le colocan sobre el paciente y mientras uno mete los dedos en la boca y garganta del doctor, otro le golpea en el estómago con los nudillos y un tercero le palmetea las espaldas. Si, des­pués de todo esto, el alma no está en el doctor y si el mismo procedi­miento se ha empleado con todos los médicos sin éxito, deducen que el alma debe estar en la caja del médico en jefe. Cuando la presenta su dueño, colocan y registran su contenido sobre una estera nueva y co­giendo al consagrado a Esculapio le mantienen por las rodillas cabeza abajo dentro de un agujero del suelo. En esta posición le lavan la cabeza “y el agua que escurre de la ablución es recogida y echada sobre la cabeza del enfermo". No hay duda de que el alma perdida estaba en el agua.

3. EL ALMA COMO SOMBRA Y COMO REFLEJO

Los peligros espirituales que hemos enumerado no son los únicos que acosan al salvaje. Es frecuente que considere a su sombra en el suelo y a su reflejo o imagen en el agua o en un espejo, como su alma, o en último caso, como parte vital de sí mismo y por tanto, necesaria­mente, como una fuente de peligros para él, pues si fuese maltratada, golpeada o herida, sentina el daño como si le hubiera sido hecho en su persona, y si queda separada de él por completo, como se cree posible, la persona morirá. En la isla de Wetar hay brujos que enferman a una persona hiriendo su sombra con una lanza o acuchillándola con un sable. Después de destruir Sankara a los budistas de la India, cuentan que marchó a Nepal, donde tuvo algunas diferencias con el Gran Lama. Para probarle sus poderes sobrenaturales voló por el aire, mas cuando pasó sobre el Gran Lama, éste percibió su sombra deformándose y ondu­lándose por las desigualdades del suelo y clavó su cuchillo en ella; San­kara cayó y se quebró el cuello.1

En las islas Banks hay algunas piedras de forma extraordinariamente larga que denominan "espíritus devoradores", porque creen que están alo­jadas en ellas unos espíritus poderosos y peligrosos. Si la sombra de una persona cae sobre una de estas piedras, el espíritu extrae su alma y la persona muere. Tales piedras, por lo tanto, son puestas en las entradas de las casas para que sirven de guardianes; un mensajero enviado por el dueño de la casa en su ausencia, dirá en alta voz el nombre del propie­tario que le envía, por temor a que el vigilante espíritu pétreo imagine que viene con mala intención y le haga algún mal. En los funerales en China, cuando van a cerrar el féretro con su tapa, los circunstantes se

1 Cuento budista; de tratarse de un cuento brahmánico, hubiera sido el cuello del Gran Lama el roto en lugar del de Sankara o Sankhara (Siva).

EL ALMA COMO SOMBRA Y REFLEJO 231

retiran en su mayoría unos cuantos pasos e inclusive a otra habitación, porque la salud de una persona se dañaría si permitiera que su sombra quedase encerrada en una caja mortuoria. Y cuando la caja va a ser des-cendida a la fosa, la mayoría de los asistentes retroceden un poco, teme-

rosos de que sus sombras puedan caer en la fosa y causar así daño a sus personas. El geomántico y sus ayudantes se colocan en el lado de la fosa que hace frente al sol y los enterradores y porteadores juntan sus sombras a sus personas firmemente, atándose bien apretada una tira de tela alre­dedor de sus cinturas. No son sólo los seres humanos los que se hallan expuestos a ser perjudicados por intermedio de sus sombras; también los animales pueden caer bajo los mismos riesgos hasta cierto punto. Unos caracolitos que pululan en las vecindades de las colinas calcáreas de Perak son los culpables, según se cree, de chupar la sangre del ganado por medio de sus sombras; he aquí por qué adelgazan los animales y hasta mueren marasmáticos. En Arabia creían que si una hiena pisaba una sombra humana, la persona quedaría privada de movimientos y de habla. Y que si un perro, estando en el tejado durante la luna llena, proyectase su sombra en el suelo y la pisase una hiena el perro caería del tejado como si le hubieran arrastrado con una soga. Es evidente que en estos casos, si la sombra no es el equivalente del alma, por lo menos se la considera como una parte viva del hombre o del animal, así que el daño que se haga a la sombra es sentido como si se hubiera hecho al cuerpo. Recíprocamente, si la sombra es una parte vital del hombre o de un animal, bajo circunstancias especiales puede ser tan arriesgado su con­tacto como el que sería ponerse en contacto con la persona o el animal. Por eso el salvaje rehuye por principio la sombra de algunas personas que por diversas razones considera como origen de influjo peligroso. Entre estas clases peligrosas comprenden por lo regular a los enlutados y a las mujeres en general y especialmente a la suegra. Los indios shuswap están convencidos de que la sombra de una persona enlutada, cayendo sobre alguno, le enfermará. Entre los kurnai de Victoria, Australia, en la iniciación advierten a los novicios que no deben consentir que la som­bra de una mujer se cruce con ellos, porque se volverían flacos, perezosos y estúpidos. Se dice que un nativo australiano, hace poco tiempo, casi murió de terror porque la sombra de su suegra cayó sobre sus piernas cuando estaba durmiendo tumbado bajo un árbol. El terror y pavor con que el salvaje inculto contempla a su suegra es uno de los hechos más corrientes de la antropología. En las tribus Yuin de Nueva Gales del Sur era muy rígida la ley que prohibía a un hombre tener ninguna co­municación con la madre de su esposa. No podía mirarla, ni aun mirar en su dirección. Era causa de divorcio si acontecía que su sombra cayera sobre su suegra; en tal caso tenía que dejar a su esposa, que retornaba a sus padres. En Nueva Bretaña, la imaginación de los nativos no al­canza a imaginar la extensión y naturaleza de las calamidades que resul­tarían de una conversación accidental entre una suegra y su yerno; el suicidio de uno o de ambos quizá fuera la única solución para tamaña

232 LOS PELIGROS DEL ALMA

desgracia. La forma más solemne de un juramento que en Nueva Bre- taña puede hacerse es: "Señor, si no digo la verdad, que tenga que estrechar la mano de mi suegra."

Donde se piensa que la sombra está tan íntimamente unida con la vida del hombre que su pérdida entraña debilitación o muerte, es natu­ral esperar que la disminución de su tamaño sea vista con solicitud y aprensión, como significativa de un decrecimiento correspondiente de la energía vital de su propietario. En Amboina y Uliase, dos islas cercanas al ecuador, donde necesariamente hay al mediodía poca o ninguna som­bra, la gente tiene como regla no salir de casa a mediodía, pues creen que si un hombre saliera podría perder la sombra de su alma. Los man-gainos cuentan de un guerrero poderoso, Tukaitawa, cuyas fuerzas crecían y menguaban con la longitud de su sombra. Por la mañana, cuando su sombra era más larga, sus fuerzas eran muy grandes, pero conforme iba acortándose su sombra hacia la hora de mediodía, sus fuerzas iban deca­yendo, hasta que al llegar tal hora quedaba casi exánime; después, cuando la sombra volvía a crecer por la tarde, sus fuerzas retornaban. Un héroe descubrió el secreto del vigor de Tukaitawa y le mató al mediodía. En la Península Malaya, el indígena besisi teme enterrar sus muertos a mediodía, pues cree que la pequeñez de su sombra a tales horas podría acortar simpatéticamente su propia vida.

Quizá en ninguna parte se muestra con más nitidez la equivalencia de la sombra y la vida que en algunas costumbres practicadas actual­mente en el sureste de Europa. En la Grecia moderna, cuando se están construyendo los cimientos de un nuevo edificio, es costumbre matar un gallo, un carnero o un cordero y dejar correr la sangre sobre la pri­mera piedra, bajo la cual se le entierra. El objeto del sacrificio es dar fortaleza y estabilidad a la construcción. Pero en ocasiones, en lugar de matar un animal, el constructor induce a una persona a bajar a la cimen­tación y con cautela le mide su cuerpo o parte de él o de su sombra y entierra las medidas tomadas bajo la primera piedra o coloca la piedra sobre la sombra humana. Se cree que la persona morirá antes del año. Los rumanos de Transilvania están convencidos de que aquel cuya som­bra ha sido emparedada de este modo morirá antes de los cuarenta días, así que cuando están pasando las gentes por una construcción que están elevando, se puede oír un grito de advertencia: "Cuidado con que cojan tu sombra." No hace mucho tiempo que había todavía "comerciantes de sombras", cuyo negocio consistía en suministrar a los arquitectos las sombras que necesitasen para asegurar sus muros. En estos casos, las me­didas de la sombra se consideraban como un equivalente de la som­bra misma y enterrar aquéllas es tanto como enterrar a ésta, considerada como la vida o el alma del hombre, que privado de ella muere. Esta costumbre es, pues, sustitutiva del emparedamiento de personas vivas o del aplastamiento bajo la piedra fundamental de un nuevo edificio, para darle fuerza y duración a la estructura o más concretamente, para que

EL ALMA COMO SOMBRA Y REFLEJO 233

el espíritu furioso quede encerrado o encantado en el lugar y lo guarde contra la intrusión de enemigos.

Así como muchos pueblos creen que el alma humana radica en la sombra así otros (o los mismos) creen que reside en la imagen reflejada en el agua o en un espejo. Así, los nativos de las islas Andaman no con-sideran a sus sombras, sino a las imágenes reflejadas (en algún espejo) "como sus almas". Cuando los motumotus de Nueva Guinea vieron por primera vez su imagen en un espejo, creyeron que lo que veían eran sus almas. En Nueva Caledonia los viejos opinan que el reflejo de una per­sona en el agua o en un espejo es su alma, mas la gente joven, enseñada por sacerdotes católicos, sostiene que se trata de un reflejo y nada más, exactamente igual que la reflexión de las palmeras en el agua. El alma reflejada, siendo externa al hombre, está expuesta a los mismos peligros que el alma-sombra. Los zulúes no miran al interior de un pozo os­curo, pues piensan que en él hay un animal que se apoderaría de sus imágenes reflejadas en el agua y así ellos morirían. Los basutos dicen que los cocodrilos tienen el poder de matar a una persona arrastrando su imagen bajo el agua. Cuando algún basuto muere de repente y sin causa aparente, sus familiares afirmarán que algún cocodrilo cogió su reflejo al cruzar alguna vez un río. En la isla Saddle, de la Melanesia, hay una laguna "donde si alguien mira, muere; el espíritu maligno se apodera de su vida por medio de su reflejo en el agua".

Podemos comprender ahora por qué fue una máxima, lo mismo en la India que en la Grecia antiguas, no mirarse en el agua y por qué los griegos consideraban como presagio de muerte el que una persona soñase que se estaba viendo reflejada en ella. Temían que los espíritus de las aguas pudieran arrastrar la imagen reflejada de la persona, o alma, bajo el agua, dejándola así "desalmada" y para morir. Tal fue probable­mente el origen de la leyenda clásica del bello Narciso, que languideció y murió al ver su imagen reflejada en la fuente.

Además, también podemos explicarnos ahora la extendida costum­bre de cubrir los espejos o ponerlos vueltos contra la pared, después de morir alguno en la casa. Se teme que las almas de los vivos, proyectadas fuera de las personas en forma de reflejos, en el espejo, puedan ser lle­vadas por el espíritu del fallecido, que comúnmente se supone ronda por la casa hasta el entierro. La costumbre es exactamente paralela a la observada en la isla de Arú, de no dormir en una casa después de morir alguien en ella, por temor de que el alma, al proyectarse fuera del cuerpo en el sueño, pueda encontrar al espíritu muerto y sea raptada por él. La razón de que la gente enferma no deba mirar al espejo y de que el espejo del cuarto del enfermo deba cubrirse, es también evidente: en momentos de enfermedad, cuando el alma puede volar con tanta faci­lidad, es particularmente peligroso proyectarla fuera del cuerpo al refle­jarla en un espejo. Esta regla es precisamente por esto paralela a la que obedecen algunas gentes no permitiendo a los enfermos dormir; durante el sueño, el alma sale del cuerpo y hay riesgo de que no pueda volver.

234 LOS PELIGROS DEL ALMA

Del mismo modo que las sombras y los reflejos, con frecuencia se considera que los retratos contienen el alma de la persona retratada. Las personas que así lo creen, no permiten que se les retrate, pues si el re-trato es su alma o al menos una parte vital de la persona, quien lo posea podrá ejercer una influencia nefasta sobre el original. Así, los esquima­les del Estrecho de Bering creen que las gentes que tienen tratos con las brujerías, tienen también el poder de sustraer la sombra de cual­quiera, que sin ella languidecerá y morirá. Una vez, en una aldea de la parte baja del río Yukón, se dispuso un explorador a tomar con su cámara fotográfica una vista de la gente que transitaba por entre las casas. Mientras enfocaba la máquina, el jefe de la aldea llegó e insistió en fisgar bajo el paño negro. Habiéndosele permitido que lo hiciera, estuvo contemplando atentamente por un minuto las figuras que se mo­vían en el vidrio esmerilado y después, de súbito, sacó la cabeza y gritó a la gente con toda su fuerza: "Tiene todas vuestras sombras metidas en la caja". Sobrevino el pánico entre las gentes y en un instante des­aparecieron atropelladamente en sus casas. Los tepehuanes de México miraban a la cámara con miedo cerval y se necesitaron cinco días para persuadirles a fin de que se dejaran enfocar. Cuando al fin consintieron en ello, parecían criminales antes de ser ejecutados; creían que fotogra-fiándose, el artista se llevaría sus almas para devorarlas en sus momentos de ocio. Decían que cuando los retratos llegasen al otro país, ellos mo­rirían u ocurriría algún otro mal. Cuando el Dr. Catat y algunos de sus compañeros estuvieron explorando el país Bara, de la costa occidental de Madagascar, el pueblo se volvió repentinamente hostil. El día antes, los viajeros, no sin dificultades, habían fotografiado a la familia real, y se les acusaba de sustraer las almas de los nativos con el propósito de venderlas cuando volvieran a Francia. Negarlo fue en vano; de acuerdo con las costumbres del país, se les obligó a coger las almas y a ponerlas en un cesto, y el Dr. Catat les ordenó que retornasen a sus respecti­vos dueños.
1   ...   28   29   30   31   32   33   34   35   ...   123


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal