Sir james george frazer la rama dorada



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De los tabús impuestos a los sacerdotes podemos hallar un ejemplo notable en las reglas de vida prescritas para el Flamen Dialis de Roma, al que se le interpretaba como imagen viviente de Júpiter o encarnación humana del espíritu celestial. Eran así: el Flamen Dialis no podía mon­tar a caballo ni aun tocar uno siquiera, ni mirar tropas bajo las armas; no podía llevar ningún brazalete que no estuviera roto, ni tener un nudo en ninguna parte de sus vestidos. Ningún fuego, salvo un fuego sagrado, podía tomarse de su casa, ni tocar harina de trigo o pan con levadura; no podía tocar ni aun nombrar a una cabra, perro, carne cruda, habas y yedra, ni reposar bajo una parra; los pies de su cama tenían que estar embadurnados de barro; su cabellera sólo podía cortarla un hombre libre y con cuchillo de bronce; los recortes de sus uñas y pelo debían ser enterrados bajo un árbol afortunado (fasto). No debía tocar un cadáver en ningún lugar donde fueran a enterrar un muerto, ni ver trabajar si era día santo, ni estar descubierto al aire libre. Si metieran en su casa a un hombre maniatado, tenían que desatarle y tirar las cuerdas por un agujero del techo para que cayeran en la calle. Su mujer, la Flamínica, tema que observar aproximadamente las mismas reglas y además otras propias para ella: no podía subir más de tres escalones de la clase de escalera llamadas griegas y en un festival especial se le impedía llevar peinados sus cabellos. La suela de sus zapatos no podía ser hecha de un animal que hubiera muerto por enfermedad o vejez, sino matado o sacrificado.

Entre los grebos de Sierra Leona hay un pontífice que lleva el

214 EL PESO DE LA REALEZA

título de bodia y que ha sido comparado por sutiles razones con el gran sacerdote de los judíos. Se le nombra de acuerdo con un mandato del oráculo. En una ceremonia de instalación muy complicada, le ungen, le ponen una ajorca en el tobillo como insignia de su puesto y rocían las jambas de su puerta con la sangre de una cabra sacrificada. Tiene a su cargo los talismanes públicos y los ídolos, que él alimenta con arroz y aceite todas las lunas nuevas; hace sacrificios a los muertos y a los de­monios en bien de la ciudad. Nominalmente su poderío es muy grande mas en la práctica está muy limitado, pues no se atreve a arrostrar la opinión pública y es responsable, aun con su vida, de cualquier cala­midad que caiga sobre el país. De él se espera que pueda obligar a la tierra a traer abundantes productos: que el pueblo goce de buena salud y que la guerra se mantenga alejada y las brujerías sean tenidas a raya. Su vida está enredada entre prescripciones de ciertos tabús o restricciones Así, no puede quedarse a dormir en ninguna casa más que en su resi­dencia oficial, que llaman "la casa ungida" por alusión a la ceremonia hecha en la inauguración. No puede beber agua en los caminos. No puede comer mientras haya un cadáver en la ciudad y no debe tampoco observar duelo por el fallecido. Si mucre mientras ocupa el puesto, debe ser enterrado a medianoche; pocos deben ser los que se enteren de su fallecimiento y nadie debe lamentar su muerte cuando se haga pública. Si muriese víctima de una ordalía por veneno, bebiendo un cocimiento de madera de sassy,1 entonces sería inhumado bajo las aguas de un torrente.

Entre los todas de la India meridional, el vaquero sagrado, que actúa como sacerdote de la vaquería sagrada, está sujeto a una serie va­riada de restricciones enojosas y pesadas durante todo el tiempo de sus obligaciones, que puede durar muchos años. Por ejemplo, vivirá en la vaquería santa y nunca visitará su casa ni ninguna otra aldea corriente. Será célibe, y si casado, tendrá que abandonar a su esposa. Ninguna persona corriente puede tocar al vaquero santo ni a la santa vaquería; tal contacto podría macular su santidad hasta hacerle perder su ocupación. Sólo dos días a la semana, generalmente lunes y jueves, puede un pro­fano aproximarse algo al vaquero; los demás días, si tiene algún negocio que despachar con él, se colocará a distancia (algunos dicen que a 400 metros) y le dirá su recado en alas del espacio, a voces. Además, el va­quero sagrado no se cortará el pelo ni tampoco las uñas mientras con­serve su puesto. No cruzará un río por el puente, sino vadeándolo, y sólo por ciertos vados. Si en-su clan muere alguien, él no puede asistir a ninguna de las ceremonias funerales a menos que primeramente dimita de su cargo y descienda del excelso rango del vaquero al de un cualquiera y vulgar mortal. Indudablemente parece ser que en épocas antiguas tenía que entregar la firma, por no decir los cubos del oficio, siempre que algún miembro de su clan se despedía de la vida. Sin embargo, estas

1 Árbol císalpináceo del oeste de África (Erythrophloeum guineense).

SEPARACIÓN DE LOS PODERES 215

pesadísimas restricciones han sido relegadas por completo, quedando impuestas solamente a los de clase muy eximia.

2 separación de los poderes espirituales y temporales

Las pesadas observancias agregadas al oficio real o sacerdotal produ­cen su natural efecto; los hombres rehusan aceptar el cargo y por esta razón tiende a caer en mostrenco, o lo aceptan, quedando aplastados bajo su peso, criaturas amilanadas, reclusos enclaustrados, de cuyos dedos paralíticos se deslizan las riendas del gobierno a puños firmes de hom­bres que con frecuencia poseen la realidad de la soberanía sin el nombre. En algunos países esta resquebrajadura en el poder supremo profundiza hasta una separación total y permanente entre los poderes espirituales y temporales, quedando a cargo de la antigua casa real las funciones pura­mente religiosas, mientras el gobierno civil pasa a manos de una clase más joven y vigorosa. Daremos algunos ejemplos.

En una parte anterior de esta obra hemos visto que en Camboya, a los reluctantes sucesores de los reyes del fuego y del agua se les obliga a reinar y que en la Isla Salvaje llegó a terminarse la monarquía a causa de que al final no se pudo convencer a nadie para que aceptara la peli­grosa distinción. En algunos sitios del oeste africano, cuando muere el rey, la familia se reúne en consejo secreto para elegir sucesor; el elegido queda instantáneamente sujeto por los electores, que le atan y le dejan tirado dentro de la casa del fetiche, donde le guardan hasta que consiente en aceptar la corona. Algunas veces el heredero encuentra medio de evadir el honor que se le procura. Conocido era un feroz jefe que anda­ba armado constantemente, resuelto a resistir por la fuerza cualquier intento para sentarle en el trono. Los salvajes timmes de Sierra Leona, que eligen su rey, se reservan el derecho de darle una paliza la víspera de su coronación y se aprovechan de este privilegio constitucional con tan magnífica voluntad que muchas veces el desgraciado monarca no sobrevive mucho tiempo a su elevación al trono. Ésta es la razón por la que, cuando los jefes principales guardan rencor a alguno y desean li­brarse de él, le eligen rey. Antiguamente, al elegido, antes de procla­marle rey de Sierra Leona, solían cargarle de cadenas y zurrarle; después le quitaban los grilletes, le vestían el ropaje real y recibía en sus manos el símbolo de la dignidad real, que era nada menos que el hacha del verdugo. No es, pues, sorprendente leer que en Sierra Leona, donde han existido estas costumbres, "excepto entre los mandingos y suzis, pocos reyes han sido nativos de los países que gobernaron. Tan distintas son sus ideas de las nuestras, que eran muy pocos los que solicitaban tal honor y la competencia era cada vez más rara".

Creemos que desde muy antiguo recurrieron los Mikados del Japón al expediente de transferir los honores y pesadumbres del poder supremo

216 EL PESO DE LA REALEZA

a sus hijos pequeños, y la instauración de los Shogunes,1 largo tiernpo soberanos temporales del país, se delinea desde la abdicación de un Mi- kado en favor de su hijo de tres años de edad. Habiendo sido arrancada la soberanía del príncipe niño por un usurpador, la causa del Mikado fue defendida por Yoritomo, hombre de alientos y autoridad que derribó al usurpador y restauró al Mikado la sombra del poder mientras él se quedó con la substancia, transmitiendo a sus descendientes la dignidad que él ganó, siendo así el fundador de la dinastía de los Shogunes. Hacia la última mitad del siglo xvi, los Shogunes fueron activos y eficientes gober­nantes,2 pero el mismo sino que cayó sobre los Mikados les atrapó a ellos; enmarañados en la misma trama inextricable de costumbres y re­glas, degeneraron en simples muñecos que difícilmente se movían de sus palacios, mientras los verdaderos asuntos de gobierno eran manejados por un consejo de Estado. En Tonquín, la monarquía corrió una suerte parecida. Viviendo, como sus predecesores, en la pereza y el afemina-miento, el rey fue arrojado del trono por un aventurero ambicioso lla­mado Mack, que de pescador se elevó a Gran Mandarín. Pero el hermano del rey, Tring, echó al usurpador y restauró al rey, reteniendo, sin em­bargo, para sí y sus descendientes, la dignidad de generalísimo. Desde entonces, los reyes, aunque investidos con el título y pompa de la sobe­ranía, cesaron de gobernar. Mientras vivían apartados en sus palacios, el poder político verdadero fue manejado por los generalísimos hereditarios. En Mangaia, isla de la Polinesia, la autoridad temporal y la religiosa estaban depositadas en distintas manos, siendo desempeñadas las funcio­nes espirituales por una casta de reyes hereditarios, mientras el gobierno de lo temporal se confiaba de vez en cuando a un jefe militar victorioso, pero cuya investidura tenía que ser completada por el rey. De igual modo, en Tonga, junto al rey civil, cuyos derechos al trono eran en parte hereditarios y en parte derivados de su reputación guerrera y el número de sus guerreros, había un gran jefe divino de rango más alto que el rey y los otros jefes, en virtud de su supuesta descendencia de uno de los dioses principales. Una vez al año le ofrecían las primicias de la tierra en una ceremonia solemne y se creía que si no le hicieran estas ofren­das la venganza de los dioses caería sobre el pueblo de modo ejemplar. Se usaban para él maneras especiales de hablarle que no empleaban con nadie más y todas las cosas que tocase por casualidad se convertían en sagradas o tabuadas. Cuando se encontraban él y el rey, el monarca se sentaba en el suelo en muestra de respeto hasta que "Su Santidad" había pasado. Aunque gozaba de la más alta veneración a causa de su origen divino, este sagrado personaje no poseía autoridad política alguna y sí

1 En el texto dice Taikunes, pero éste era un título de los Shogunes, que sig­-


nifica gran señor.

2 El Shogún Taiko San Toyotomi Hydeyoshi fue uno de los más preclaros y enér­
gicos gobernantes; acabó de exterminar a la familia Fujiwara del usurpador, cuyos des­
cendientes femeninos, según la tradición, se dedicaron a geishas. Invadió Corea y exter­
minó la nueva secta religiosa de Francisco Javier.

EL ALMA COMO MANIQUÍ 217



se aventuraba a entrometerse en los negocios del Estado, era a riesgo de un desaire del rey, al que pertenecía el poder real y que al final conseguía desembarazarse de su rival espiritual.

En algunas partes de África occidental, reinan dos reyes conjunta-mente: uno es el "rey fetiche" o religioso y el otro es el rey seglar o civil, pero el rey fetiche es, de hecho, el supremo. Controla el tiempo y demás y puede pararlo todo y a todos. Cuando coloca su cetro rojo en el suelo, nadie puede pasar por allí. Esta división de poderes entre gobernante religioso y otro seglar se encuentra siempre donde está sin contaminar la verdadera cultura negra, pero donde haya sido perturbada esta cultura específica de los negros, como en Dahomey y en la Achan-tia se tiende a la unificación de los dos poderes en un solo rey.

En algunas partes de la isla de Timor, en las Indias Orientales, en­contramos una división del poder, igual que la que representan el rey se­glar y el rey fetiche del África occidental. Algunas de las tribus de Timor reconocen dos rajaes: el corriente o raja civil, que gobierna al pueblo, y el raja fetiche o "raja tabú", que se encarga de la dirección de todo lo que concierne a la tierra y sus productos. Este gobernante tiene el dere­cho de declarar tabuada cualquier cosa; antes de roturar un nuevo terre­no hay que obtener su permiso y él ejecuta ciertas ceremonias necesarias mientras se está llevando a cabo el trabajo. Si la sequía o el cornezuelo amenaza las mieses, se invoca su ayuda para salvarse. Aunque su rango sea inferior al del raja civil, ejerce una influencia constante, incluso en el curso de los acontecimientos, pues su colega seglar está obligado a consultarle en todos los asuntos importantes. En algunas de las islas ve­cinas, como Rotti y Flores Oriental, se reconoce un gobernante espiritual de la misma clase y bajo diferentes nombres nativos que significan todos "el señor del suelo". Similarmente en el distrito de Mekeo, en la Nueva Guinea británica, hay una jefatura doble. La gente está dividida en dos grupos según las familias, y cada uno de estos grupos tiene su jefe. Uno de ellos es el jefe de la guerra y el otro el de los tabús. El puesto de este último es hereditario; su obligación es imponer un tabú sobre cual­quier cosecha como la de cocos o la de nueces de areca, siempre que crea conveniente prohibir su uso. En su ocupación quizá podemos se­ñalar el comienzo de una dinastía sacerdotal, aunque aún sus funciones parecen ser más mágicas que religiosas, pues conciernen a la dirección de las cosechas más bien que a la propiciación de las altas potencias.

CAPITULO XVIII LOS PELIGROS DEL ALMA

1. el ALMA COMO MANIQUÍ



Los anteriores ejemplos nos demuestran que el oficio de rey sagrado o sacerdote está frecuentemente circundado de una serie de pesadas

218 LOS PELIGROS DEL ALMA

restricciones o tabús, cuyo principal propósito parece ser preservar la vida del hombre divino para el bien de su pueblo. Pero si el objeto de los tabús es defender su vida, surge la pregunta: ¿cómo se supone que esta observancia realiza su fin? Para comprender esto, debemos conocer la naturaleza del peligro que amenaza la vida del rey y cuál es la finalidad de estas curiosas restricciones protectoras. Por consiguiente, nos pregun­tamos: ¿Qué entiende por muerte el hombre primitivo? ¿A qué causas la atribuye? ¿Cómo piensa poder defenderse contra ella?

Así como el salvaje comúnmente explica los procesos de la natura­leza inanimada suponiéndolos producidos por seres vivos que obran den­tro o detrás de los fenómenos, del mismo modo se explica los fenómenos de la vida misma. Si un animal vive y se mueve, piensa él, sólo puede hacerlo porque tiene dentro un animalito que le mueve; si un hombre vive y sé mueve sólo puede hacerlo porque tiene dentro un hombrecito o animal que le mueve. El animalito dentro del animal y el hombre dentro del hombre es el alma. Y como la actividad de un animal u hom­bre se explica por la presencia del alma, así la quietud del sueño o de la muerte se explican por su ausencia, temporal en el sueño o "trance" y permanente en la muerte. Por esto, si la muerte es la ausencia per­manente del alma, el procedimiento para guardarse de ella será impedir que el alma salga del cuerpo, o bien, si ha salido, asegurar su regreso. Las precauciones que adoptan los salvajes para garantizarse uno u otro de estos fines, toman la forma de prohibiciones especiales o tabús, que no son otra cosa que reglas destinadas a asegurar la presencia continua o el retorno del alma. Concretando, son salvavidas o guardavidas. Estas generalizaciones las ilustraremos con algunos ejemplos.



Un misionero europeo, dirigiéndose a unos negros australianos, les dijo: "Yo no soy uno, como ustedes piensan, sino dos". Al oír esto, se rieron. "Pueden reírse lo que gusten —continuó el misionero—; yo les digo que soy dos en uno: este cuerpo grande que ven, es uno; dentro hay otro pequeñito que no es visible. El cuerpo grande muere y es ente­rrado, pero el cuerpo pequeño vuela y se aleja cuando el grande muere." A esta relación algunos de los negros replicaron asintiendo: "Sí, sí. Nos­otros también somos dos; nosotros también tenemos un cuerpecito den­tro del pecho." Cuando les preguntó adonde se iba el cuerpecito después de la muerte, unos dijeron que al bosque, otros que al mar y uno con­testó que no lo sabía. Los indios hurones pensaban que el alma tenía cabeza, cuerpo, brazos y piernas; concretando, que era un pequeño mo­delo completo del hombre. Los esquimales creen que "el alma presenta la misma figura que el cuerpo del hombre a quien pertenece, pero es de una naturaleza más sutil y etérea". Según los indios nootkas, el alma tiene la forma de un hombre diminuto; su morada es la coronilla de la cabeza. Mientras está derecho su propietario se conserva sano y ro­busto, pero cuando por alguna causa pierde su posición erguida, el pro­pietario pierde el sentido. Entre las tribus indias del río Bajo Fraser, se dice que el hombre tiene cuatro almas, de las cuales la principal es de

AUSENCIA Y RETORNO DEL ALMA 219

la forma de un maniquí mientras las otras tres son sombras de ella. Los

malayos conciben el alma humana como un hombrecito, la mayoría de las veces invisible, del tamaño de un dedo, correspondiendo en figura, proporciones y hasta en el color de la tez al hombre en cuyo cuerpo reside Este maniquí es de una naturaleza tenue e insubstancial, aunque tan impalpable que no pueda causar desplazamiento cuando entra en un objeto físico, y puede volar rápidamente de un sitio a otro; está temporalmente alejado del cuerpo en el sueño, en el "trance" y en las enfermedades, y permanentemente ausente después de morir.

Tan exacto es el parecido del maniquí al hombre, es decir, del alma al cuerpo, que así como hay cuerpos gordos y flacos, también hay almas gordas y flacas, y así como hay cuerpos pesados y ligeros, grandes y chi­cos, también hay almas pesadas y ligeras, grandes y pequeñas. Las gen­tes de Nías piensan que a todo hombre antes de nacer le preguntan cómo le gusta de grande y pesada el alma, y según el peso o tamaño que desea, así la miden para él. El alma más pesada que se ha dado, pesa cerca de diez gramos. La longitud de la vida de un hombre está propor­cionada al tamaño de su alma; por eso los niños que mueren tienen almas pequeñas. La concepción vitiana1 del alma como un ser humano minúsculo se aclara en la costumbre observada, a la muerte del jefe, en­tre los de la tribu Nakelo. Cuando muere un jefe, unos hombres que son enterradores hereditarios le llaman cuando yace ungido y ornado sobre esterillas, diciéndole: "Levántese, señor jefe, y marchemos. Ha amane­cido ya sobre el país." Después lo llevan a la orilla del río, donde el botero espiritual llega para cruzar el río a los espíritus de los nakelo. Como ellos atienden al jefe en su última jornada, ponen sus grandes abanicos junto al suelo para protegerle, pues como uno de ellos explicó a un misionero, "su alma es un niño pequeño". Las gentes del Punjab se tatúan creyendo que al morir, el alma, "hombrecito o mujercita" den­tro del mortal armazón irá íntegro al cielo, blasonado con los mismos tatuajes que adornaron su cuerpo en vida. Algunas veces, sin embargo, y como ya veremos, se ha imaginado que el alma humana no tiene forma humana, sino animal.

2. ausencia y retorno del alma

Es general suponer que el alma se escapa por las aberturas natura­les del cuerpo, especialmente la boca y la nariz. Por eso en Célebes colocan en ocasiones en la nariz del hombre enfermo, en su ombligo y en los pies, unos anzuelos de tal modo que si el alma intenta escapar pueda quedar enganchada y sujeta con firmeza. En el río Baram, de Borneo, un turik rehusó ceder unas piedras de forma de anzuelos por­que ellas, como quien dice, tenían enganchada su alma al cuerpo evi-

1 La más grande de las islas del archipiélago (250) se llama Viti Levu, aunque en inglés se denomina archipiélago de Fiji o Fidji,

220 LOS PELIGROS DEL ALMA

tando así que su parte espiritual llegara a separarse de la material. Cuan- do un hechicero o curandero dayako marino es iniciado, se supone que sus dedos han sido provistos de anzuelos con los que después capturará el alma humana en el acto de escaparse volando, para devolverla al cuerpo del paciente. Pero los anzuelos, claro es, pueden usarse para capturar las almas tanto de los enemigos como de los amigos. Conforme a este principio los cazadores de cabezas de Borneo cuelgan grandes ganchos de madera junto a los cráneos de sus enemigos, en la creencia de que esto les ayudará en sus futuras expediciones para traer y colgar nuevas presas. Uno de los utensilios de un curandero haida es un hueso ahuecado en el que embotella las almas que se escapan para devolverlas a sus respectivos dueños. Cuando alguien bosteza o estornuda en su presencia, los hindúes castañetean siempre los dedos creyendo que esto impedirá, a aquél que se le salga el alma por la boca abierta. Los natu­rales de las islas Marquesas cerraban la boca y la nariz del agonizante en la creencia de que le mantendrían vivo si evitaban que se le escapase el alma; costumbre idéntica se cuenta de los neocaledonios y con el mismo designio, los bagobos filipinos ponen anillas de alambre de latón en las muñecas y tobillos de sus enfermos. Por otra parte, los itonamas de América del Sur sellan los ojos, la nariz y la boca de un agonizante, para que su espíritu no se marche y arrastre a otros espíritus y por razón parecida, las gentes de Nías que temen a los espíritus de los recién fa­llecidos y los identifican con el aliento, procuran confinar el alma va­gante en su tabernáculo terrenal, ocluyendo las narices o cerrando la mandíbula del cadáver con una atadura.1 Antes de dejar un cadáver, los wakelbura de Australia acostumbran a colocarle carbones encendidos en las orejas con el fin de retener al espíritu en el cuerpo, para tener el tiempo suficiente de alejarse y que el espíritu no llegase a alcanzarlos cuando saliera. En la parte sur de Célebes, para evitar la evasión del alma de una parturienta, la comadrona ata una faja todo lo más fuerte posible alrededor del cuerpo de la paciente. Los minagkabauers de Sumatra observan una costumbre parecida: sujetan alrededor de las mu­ñecas o lomos de la parturienta una madeja de hilo o una cuerda, para que cuando el alma intente marcharse durante el parto, encuentre obs­truida la salida. Y por miedo a que el alma de un niño escape y se pierda cuando nace, los alfures de Célebes, en cuanto va a haber algún nacimiento, tienen cuidado de cerrar todas las aberturas de la casa. incluso el agujero de la llave, y ocluyen cuidadosamente los huecos y hendiduras de las paredes; también cierran con ataduras las bocas de todos los animales que hay dentro y fuera de la casa, temiendo que al­guno de ellos pueda tragarse el alma del niño. Por razones parecidas, todas las personas presentes en la casa, hasta la misma madre, están obligadas a mantener la boca cerrada todo el tiempo que dura el parto. Cuando se preguntó por qué no tienen también cerradas las narices
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