Sir james george frazer la rama dorada



Descargar 10,97 Mb.
Página3/123
Fecha de conversión06.01.2017
Tamaño10,97 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   123

28 EL REY DEL BOSQUE

unas veces de Orestes y otras de Hipólito, según que se trate de expli­car este o aquel detalle del ritual. El verdadero valor de tales narraciones está en servir de ilustración sobre la naturaleza del culto, suministrando una norma comparativa. Además, por su antigüedad venerable, son un testimonio indirecto de que el inconcuso origen se perdió en las tinie­blas de una fabulosa antigüedad. A este respecto las leyes de Nemi son más dignas de fe que las tradiciones de apariencia histórica, como la de Catón el Antiguo cuando afirma que el bosque sagrado fue dedicado a Diana por un tal Egerius Baebius o Laevius de Tusculum, un dictador latino que representaba a los pueblos de Tusculum, Aricia, Lanuvium, Laurentum, Cora, Tibur, Pometia y Ardea. Verdad es que esta tradición concede una gran antigüedad al santuario, pues nos muestra que la fundación ocurrió algún tiempo antes del año 495 a. c., en que Pome-tia fue saqueada por los romanos y desapareció de la historia. No po­demos suponer que una costumbre tan bárbara como la del sacerdocio anciano fuese deliberadamente instituida por una liga de comunidades civilizadas como la que sin duda formaron las ciudades latinas. Debió provenir de una época perdida en la memoria de las gentes, cuando Italia tenía todavía un modo de ser más primitivo que cualquier otro conocido en períodos ya históricos. El crédito que pudiese merecer esta tradición, más que confirmarse, se debilita por otra que adscribe la fun­dación del santuario a un tal Manius Egerius, lo que dio origen al proverbio "muchos Manes hay en Aricia". Alguien explicó esto alegando que Manius Egerius fue el antecesor de una larga y distinguida familia, mientras otros, derivando el nombre de Manius del de Mania, fantasma o espantajo para asustar a los niños, creyeron que se debió a las muchas gentes deformes y repugnantes que pululaban en Aricia. Un satírico romano usa el nombre de Manius como patronímico de los pordioseros que esperaban a los peregrinos tumbados en las laderas de Aricia. Estas diferentes opiniones, junto con las discrepancias entre Manius Egerius de Aricia y Egerius Laevius de Tusculum, tanto como el parecido de estos nombres con el de la mítica Egeria, suscitan nuestras sospechas. Sin embargo, la tradición recordada por Catón nos parece demasiado cir­cunstanciada y su defensor asaz respetable para que podamos permitirnos renunciar a ella cual fábula caprichosa. Mejor aún podemos suponer que se refiere a una antigua restauración o reconstrucción del santuario lle­vada a cabo por los estados confederados; sea como fuere, testimonia la creencia de que el bosque fue, desde los tiempos más primitivos, un lugar de culto para muchas, si no para la totalidad, de las antiguas ciu­dades de la confederación latina.

2. artemisa e hipólito

Ya indicamos que las leyendas aricianas de Orestes e Hipólito, aun­que sin valor histórico, tienen cierta importancia porque nos ayudan a

ARTEMISA E HIPÓLITO 29

comprender mejor el culto de Nemi comparándolo con los mitos y ri­tuales de otros santuarios. Y ahora debemos preguntarnos: ¿por qué escoge el autor de estas leyendas las de Orestes e Hipólito para explicar a Virbio y al rey del bosque? En cuanto a la de Orestes, la respuesta es clara. Él y la imagen de la Diana Táurica, que solamente podía ser aplacada con sangre humana, son recogidos para hacer inteligible la cruel regla de sucesión en el sacerdocio anciano. Respecto a la leyenda de Hipólito, no es tan fácil la respuesta. Sin embargo, el episodio de su muerte nos sugiere instantáneamente una posible causa para la exclusión de los caballos en el bosque, aunque ésta sola nos parezca insuficiente para explicar la identidad. Intentemos, por consiguiente, ahondar tanto en el examen del culto como en el de la leyenda o mito de Hipólito.

Tenía Hipólito un santuario famoso en su ancestral patria de Troezena, situada en la bellísima y casi cerrada bahía, donde los bosques de naranjos y limoneros y los altísimos cipreses se elevan como torres oscuras sobre el jardín de las Hespérides y revisten ahora la faja de ribera fértil al pie de las rugosas montañas. A través del agua azul de la tran­quila bahía y protegiéndola del mar abierto, se alza la isla sagrada de Poseidón, cuyos picos se desdibujan entre el verdor sombrío de los pinos. En esta bella costa fue adorado Hipólito. Dentro de su santuario había un templo con una antigua imagen. Ejercía su culto un sacerdote vitalicio y todos los años se celebraba en su honor una fiesta con sacri­ficios; las doncellas lamentaban cada año su prematura desgracia con tristes y acongojados cánticos. Mancebos y doncellas, antes de su enlace, le dedicaban en el templo bucles de sus cabellos. Su sepulcro existió en Troezena, pero la gente no lo enseñaba. Se ha pensado muy plausiblemente que en el hermoso Hipólito, amado de Artemisa, segado en la flor de su juventud y llorado anualmente por las doncellas, tene­mos uno de aquellos amantes mortales de diosas que con tanta frecuencia aparecen en las antiguas religiones y de los que Adonis es el tipo más familiar. La rivalidad de Artemisa y Fedra por el afecto de Hipólito parece reproducir bajo distintos nombres la enemistad de Afrodita y Proserpina por el amor de Adonis, siendo Fedra solamente la contra­figura de Afrodita. La teoría se ajusta bastante a Hipólito y Artemisa, porque Artemisa fue en su origen una gran diosa de la fertilidad, y, según las leyes de la religión primitiva, la que fertiliza la naturaleza debe a su vez ser fertilizada, por lo que debe tener un consorte masculino. En este supuesto, Hipólito habría sido el consorte de Artemisa en Troe­zena y las trenzas y mechones de pelo que le ofrecían doncellas y don­celes antes de casarse tendrían por objeto fortalecer su unión con la diosa y promover de este modo la fertilidad de la tierra, del ganado y de los hombres. Algo a modo de confirmación de este punto de vista es el hecho de que dentro del recinto de Hipólito en Troezena eran adoradas dos fuerzas femeninas, las diosas Damia y Auxesia, cuya relación con la fertilidad del suelo es indudable. Cuando Epidauro sufrió en cierta ocasión una gran escasez, el pueblo, obedeciendo al oráculo, talló en

30 EL REY DEL BOSQUE

madera de olivo sagrado unas imágenes de Damia y Auxesia, y tan pronto como las hicieron y erigieron, volvió a dar sus frutos la tierra. Además, en la misma Troezena y al parecer dentro del mismo recinto de Hipó­lito, se celebraba en honor de estas vírgenes, como las llamaban los troezenos, una curiosa pedrea litúrgica; fácil es demostrar que costumbres parecidas se han practicado en muchos países con el expreso propósito de conseguir abundantes cosechas. En la leyenda de la muerte trágica del mancebo Hipólito podemos discernir la analogía que guarda con otros cuentos parecidos de jóvenes mortales y bellos que pagan con su vida el breve deliquio amoroso con una diosa inmortal. Estos amadores sin ventura es probable que no fueran siempre simples mitos, y las leyendas que van dejando su rastro sangriento en el capullo purpúreo de la violeta, en los tonos escarlatas de la anémona o en el encendido rubor de la rosa fueron algo más que poéticos emblemas de juventud y belleza fugaces como las flores estivales. Tales fábulas encierran una pro­funda filosofía sobre la relación de la vida del hombre con la vida de la naturaleza, una filosofía triste que dio origen a una costumbre trágica. Más adelante sabremos cuáles fueron esta filosofía y esta costumbre.

3. recapitulación

Quizás podamos entender ahora por qué los antiguos identificaron a Hipólito, el consorte de Artemisa, con Virbio, el que según Servio se agrega a Diana como Adonis a Venus o Atis a la Madre de los Dioses. Diana, como Artemisa, era una diosa de la fertilidad en general, y en particular de los alumbramientos. Como tal, del mismo modo que su contrafigura griega, necesita un asociado masculino, y este asociado fue Virbio, si Servio está en lo firme. En su carácter de fundador del bosque sagrado y primer rey de Nemi, Virbio es claramente el predecesor mítico o arquetipo de la dinastía de sacerdotes que servían a Diana bajo el título de reyes del bosque, y que, como él, estaban predestinados uno tras otro a un violento final Es natural, por lo tanto, conjeturar que su relación con la diosa del bosque era del mismo orden que la del Virbio con ella. Resumiendo, el mortal rey del bosque tenía por reina a la misma Diana selvática. Si el árbol sagrado que guardaba a riesgo de perder la vida era la personificación de la diosa misma, el sacerdote no sólo lo adoraba como a su diosa, sino que lo abrazaba como a su mujer. No es demasiado descabellada esta hipótesis, por cuanto en tiem­pos de Plinio un noble romano trataba del mismo modo a una bellísima haya en otro bosque consagrado a Diana en las colinas albanas, abrazán­dola, besándola, tendiéndose bajo su sombra y haciendo libaciones de vino sobre su tronco. Evidentemente tomaba al árbol por la diosa. La costumbre de desposar físicamente a árboles con hombres o mujeres se practica todavía en la India y otras partes del Oriente. ¿Por qué no pudo suceder lo mismo en el antiguo Lacio?

RECAPITULACIÓN 31

Resumiendo cuanto antecede, podemos decir que el culto de Diana en su consagrado bosque de Nemi fue de gran importancia y de in­memorial antigüedad; que fue reverenciada como diosa de las selvas y de los animales salvajes y probablemente también del ganado domés­tico y de los frutos de la tierra; que se creyó bendecía a los humanos con descendencia y que ayudaba a las madres en sus partos; que su fuego sagrado, atendido por castas vírgenes, ardía perpetuamente en un templo redondo situado dentro del recinto; que asociada a ella, había una ninfa, Egeria, en la que descargaba Diana una de sus funciones propias, la de socorrer a las parturientas, y a la que popularmente se creía des­posada con un antiguo rey romano en el bosque sagrado; que, además, la misma Diana del bosque tenía un compañero masculino llamado Virbio, que fuera para ella lo que Adonis para Venus o Atis para Cibeles; finalmente, que al mítico Virbio se le representaba en tiempos históri­cos por un linaje de sacerdotes conocidos como reyes del bosque, que perecían siempre por la espada de sus sucesores y cuyas vidas estaban en cierto modo ligadas a un árbol especial de la floresta, puesto que ellos permanecían libres de ataques mientras este árbol no sufriera daño.

Es cierto que estas conclusiones no se bastan a sí mismas para ex­plicar la peculiar ley de sucesión al sacerdocio, pero quizá ensanchando el campo de esta investigación nos veamos inducidos a pensar que con­tienen en germen la solución del problema, por lo que haremos ahora una revisión más amplia, que ha de ser larga y laboriosa, pero que ten­drá en cierto modo el encanto e interés de un viaje de descubrimiento, en el que visitaremos países extraños con gentes extrañas y costumbres más extrañas aún. El viento silba en las jarcias; icemos las velas y abandonemos por algún tiempo las costas de Italia.

CAPITULO II REYES SACERDOTALES

Las preguntas que nos planteamos son principalmente dos: primera, ¿por qué el sacerdote de Diana en Nemi o rey del bosque tenía que dar muerte a su predecesor?; segunda, ¿por qué antes de matarle debía arrancar la rama de cierto árbol que la opinión general de los antiguos identifica con la rama dorada de Virgilio?

El primer punto a dilucidar es el título sacerdotal. ¿Por qué le llamaban rey del bosque? ¿Por qué se hablaba de su ocupación como si fuese un reinado?

La unión de un título de realeza con deberes sacerdotales fue co­rriente en la antigua Italia y en Grecia. En Roma y en otras ciudades del Lacio había un sacerdote llamado el rey de los sacrificios o rey de los sagrados ritos, y su mujer llevaba el título de reina de los sagrados ritos. En la Atenas republicana, al segundo magistrado anual del Estado (Ar-

32 REYES SACERDOTALES

conte Basileo) se le llamaba rey y a su mujer, reina; las funciones de ambos eran religiosas. En muchas otras democracias griegas había reyes titulares cuyos deberes, por lo que sabemos, fueron sacerdotales y con­centrados alrededor del hogar comunal del Estado. Algunos Estados griegos tenían simultáneamente varios de estos titulados reyes. Según la tradición romana, el rey de los sacrificios fue nombrado después de la abolición de la monarquía con objeto de ofrecer los holocaustos, como antes hacían los reyes. Semejante parece haber sido el origen de los reyes sacerdotales que prevalecieron en Grecia. No es improbable en sí misma esta opinión y está apoyada además por el ejemplo de Esparta, casi el único Estado genuinamente griego que retuvo la forma monár­quica de gobierno hasta los tiempos históricos. En Esparta todos los sacrificios estatales eran ofrendados por los reyes como descendientes del dios. Uno de los reyes espartanos mantenía el sacerdocio de Zeus Lacedemonio; el otro ejercía el sacerdocio de Zeus Celestial.

Estas combinaciones de funciones sacerdotales con las propias de la realeza nos son familiares a todos. El Asia Menor, por ejemplo, fue asiento de vanas grandes capitales religiosas habitadas por millones de esclavos sagrados y gobernadas por pontífices que poseían al mismo tiempo autoridad espiritual y temporal, a semejanza de los papas en la Roma medieval. Entre otras ciudades regidas por sacerdotes estaban Zela y Pessinos. Los reyes teutónicos de los antiguos tiempos paganos fueron también de condición parecida y ejercieron la autoridad de sumos sacerdotes. Los emperadores de China ofrendaban sacrificios públicos cuyos detalles estaban regulados por los libros rituales. El rey de Madagascar era el sumo sacerdote de su reino; en la gran fiesta del Año Nuevo y durante el sacrificio de un buey por el bien del reino, mien­tras sus ayudantes mataban al animal, el rey oraba y elevaba sus acciones de gracias. En los Estados monárquicos de los gallas del África oriental, que todavía permanecen independientes, el rey sacrifica en las cúspides de los montes y regula la inmolación de las víctimas humanas. Y las penumbras de la tradición dejan entrever una unión parecida de los poderes espiritual y temporal, de los deberes sacerdotales y regios, en los reyes de aquella región deliciosa del Estado de Chiapas (México), cuya antigua capital, ahora sepultada bajo la exuberante selva tropical, muestra sus vestigios en las soberbias y misteriosas ruinas de Palenque.

Cuando hemos dicho que los antiguos reyes generalmente eran también sacerdotes, estamos lejos de haber agotado el aspecto religioso de sus funciones. En aquellos tiempos la divinidad que definía a un rey no era una fórmula de expresión vacua, sino la manifestación de una creencia formal. Los reyes fueron reverenciados en muchos casos no meramente como sacerdotes, es decir, como intercesores entre hom­bre y dios, sino como dioses mismos capaces de otorgar a sus súbditos y adoradores los beneficios que se creen imposibles de alcanzar por los mortales y que, si se desean, sólo pueden obtenerse por las oraciones y sacrificios que se ofrecen a los seres invisibles y sobrehumanos. Así,

LOS PRINCIPIOS DE LA MAGIA 33

solía esperarse de los reyes la lluvia y el sol a su debido tiempo para conseguir que los sembrados produjeran abundantes cosechas, e .igual­mente otras muchas cosas. Aunque nos parezca extraña esta esperanza, está de perfecto acuerdo con los primitivos modos de pensar. El salva|e concibe con dificultad la distinción entre lo natural y lo sobrenatural, comúnmente aceptada por los pueblos ya más avanzados. Para él, el mundo está funcionando en gran parte merced a ciertos agentes sobre­naturales que son seres personales que actúan por impulsos y motivos semejantes a los suyos propios, y como él, propensos a modificarlos por apelaciones a su piedad, a sus deseos y temores. En un mundo así concebido no ve limitaciones a su poder de influir sobre el curso de los acontecimientos en beneficio propio. Las oraciones, promesas o amena­zas a los dioses pueden asegurarle buen tiempo y abundantes cosechas; y si aconteciera, como muchas veces se ha creído, que un dios llegase a encarnar en su misma persona, ya no necesitaría apelar a seres más altos. Él, el propio salvaje, posee en sí mismo todos los poderes nece­sarios para acrecentar su propio bienestar y el de su prójimo.

Éste es un mecanismo por el que llegamos a alcanzar la idea del hombre-dios. Pero hay otro. Junto a este concepto de un mundo im­pregnado de fuerzas espirituales, el hombre salvaje posee otro distinto y probablemente más antiguo, en el cual pueden llegar a encontrarse rudimentos de la idea moderna de ley natural, o sea la visión de la natu­raleza como una serie de acontecimientos que ocurren en orden inva­riable y sin intervención de agentes personales. El germen de que hablamos se relaciona con esa "magia simpatetica", como puede llamarse, que juega un papel importante en la mayoría de los sistemas de supers­tición. En la sociedad primitiva el rey suele ser hechicero, además de sacerdote; es más, con frecuencia parece haber obtenido su poderío en virtud de su supuesta habilidad en la magia, blanca o negra. Por esto, y con objeto de comprender la evolución de la majestad y del carácter sagrado que de ordinario investían el cargo a los ojos de los pueblos bár­baros o salvajes, es esencial familiarizarse con los principios de la magia y tener alguna idea del ascendiente extraordinario que este antiguo sis­tema de superstición ha tenido y tiene en la mente Humana en todos los países y en todos los tiempos. A este fin, consideraremos el tema con algún detenimiento.

CAPITULO III MAGIA SIMPATETICA *

1. LOS PRINCIPIOS DE LA MAGIA

Si analizamos los principios del pensamiento sobre los que se funda la magia, sin duda encontraremos que se resuelven en dos: primero,

1 Simpatética- su traducción exacta sería simpática; por prestarse a confusión, seguimos el neologismo de la traducción francesa de lady Lilly Frazer.

34 MAGIA SIMPATÉTICA

que lo semejante produce lo semejante, o que los efectos semejan a sus causas, y segundo, que las cosas que una vez estuvieron en contacto se actúan recíprocamente a distancia, aun después de haber sido cortado todo contacto físico. El primer principio puede llamarse ley de seme­janza y el segundo ley de contacto o contagio. Del primero de estos principios, el denominado ley de semejanza, el mago deduce que puede producir el efecto que desee sin más que imitarlo; del segundo principio deduce que todo lo que haga con un objeto material afectará de igual modo a la persona con quien este objeto estuvo en contacto, haya o no formando parte de su propio cuerpo. Los encantamientos fundados en la ley de semejanza pueden denominarse de magia imitativa u homeo­pática, y los basados sobre la ley de contacto o contagio podrán llamarse de magia contaminante o contagiosa.1 Denominar a la primera de estas dos ramas de la magia con el término de homeopática es quizá preferible a los términos alternativos de imitativa o mimética, puesto que éstos sugieren un agente consciente que imita, quedando por ello demasiado restringido el campo de esta clase de magia. Cuando el mago se dedica a la práctica de estas leyes, implícitamente cree que ellas regulan las operaciones de la naturaleza inanimada; en otras palabras, tácitamente da por seguro que las leyes de semejanza y contagio son de universal aplicación y no tan sólo limitadas a las acciones humanas. Resumiendo: la magia es un sistema espurio de leyes naturales así como una guía errónea de conducta; es una ciencia falsa y un arte abortado. Conside­rada como un sistema de leyes naturales, es decir, como expresión de reglas que determinan la consecución de acaecimientos en todo el mun­do, podemos considerarla como magia teórica; considerada como una serie de reglas que los humanos cumplirán con objeto de conseguir sus fines, puede llamarse magia práctica. Mas hemos de recordar al mismo tiempo que el mago primitivo conoce solamente la magia en su aspecto práctico; nunca analiza los procesos mentales en los que su práctica está basada y nunca los refleja sobre los principios abstractos entrañados en sus acciones. Para él, como para la mayoría de los hombres, la lógica es implícita, no explícita; razona exactamente como digiere sus alimen­tos, esto es, ignorando por completo los procesos fisiológicos y mentales esenciales para una u otra operación: en una palabra, para él la magia es siempre un arte, nunca una ciencia. El verdadero concepto de cien­cia está ausente de su mente rudimentaria. Queda para el investigador filosófico descubrir el camino seguido por el pensamiento que funda­menta la práctica del mago; desenredar los hilos que en reducido número forman la embrollada madeja; aislar los principios abstractos de sus apli­caciones concretas: en suma, discernir la ciencia espuria tras el arte bas­tardo.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   123


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal