Sir james george frazer la rama dorada



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De la antedicha revisión se deduce que un dios del roble, del trueno y de la lluvia fue adorado de antiguo por todas las ramas principales del tronco ario3 en Europa y fue, en verdad, la principal deidad de sus panteones.

1 Hachas neolíticas de piedra.

2 Historiador griego del siglo vi, autor de Historia de las guerras de Justiniano.
Fué secretario del general Belisario.

3 Tronco lingüístico. Cf. supra, p. 142, n.

CAPITULO XVI

DIANO Y DIANA

En este capítulo nos proponemos recapitular las conclusiones a que nos ha conducido esta investigación y reunir los rayos de luz dispersos para proyectarlos sobre la figura sombría del sacerdote de Nemi.

Hemos encontrado que en una etapa primitiva de la sociedad, los hombres, ignorantes de los procesos secretos de la naturaleza y de los es­trechos límites dentro de los cuales está en nuestro poder gobernarlos y dirigirlos, se han arrogado generalmente ellos mismos funciones que en el estado actual de nuestros conocimientos juzgaríamos sobrehumanas o divinas.



La ilusión se ha nutrido y mantenido por las mismas causas que la engendraron, y que son el orden maravilloso y la uniformidad con que la naturaleza realiza sus operaciones, la precisión y suavidad con que las ruedas de su inmensa maquinaria funcionan y que habilitan al obser­vador pacienzudo a anunciar la época, si no la hora exacta, en que vol­verán a cumplirse sus esperanzas o realizarse sus temores. Los fenó­menos regularmente recurrentes de este gran círculo, o mejor aún, serie de ciclos, hacen temprana impresión hasta en la mente roma del salvaje. Él los prevé, y, al preverlos, equivoca la recurrencia deseada por un efecto de su propia voluntad y la recurrencia temida por un efecto de la voluntad de sus enemigos. Así, los resortes que ponen en marcha la vasta maquinaría, aunque se encuentran más allá de nuestro alcance, ocul­tos en un misterio en el cual no tenernos esperanzas de penetrar nunca, parecen estar al alcance del hombre ignorante; él imagina que puede tocarlos y conseguir así por arte mágica toda clase de bienes para sí y de males para sus enemigos. Con el tiempo, aparece la falacia de esta creencia y se viene a descubrir que hay cosas que no puede realizar, pla­ceres que no puede procurarse, dolores inevitables hasta para los más po­derosos magos. El inasequible bien y el inevitable mal los achaca a la acción de potencias invisibles cuyo favor es alegría y vida y cuyo disfavor es tristeza y muerte. Así es como la religión tiende a desplazar a la magia y el sacerdote al hechicero. En esta etapa del pensamiento las causas últimas de las cosas se conciben como seres personales, muchos en número y frecuentemente discordantes en carácter, que participan de la naturaleza del hombre y aun de sus debilidades, aunque su poder sea mucho mayor y su vida exceda considerablemente la duración de la efí­mera existencia humana. Sus individualidades fuertemente definidas, sus netas líneas vigorosas no han empezado todavía a fundirse bajo el pode­roso disolvente filosófico ni a juntarse en un solo y desconocido subs­trato de fenómenos que, según las cualidades con que nuestra imaginación lo reviste, va combinado con nombres rimbombantes que la inventiva del hombre ha ideado para ocultar su ignorancia. En consecuencia, mientras los hombres consideraron a sus dioses como seres semejantes

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a ellos y más o menos asequibles, creyeron posible, para los compañeros que sobresalían en la comunidad, obtener el rango divino después de muertos y aún en vida. Hombres que encarnan deidades de esta última clase puede decirse que son punto intermedio entre la edad de la magia y de la religión. Si llevan los nombres y despliegan la pompa de las deidades, los poderes que se les suponen son comúnmente los de sus predecesores los magos. Igual que ellos, se cree que pueden guardar a su pueblo contra los encantamientos hostiles, mantenerle sin enferme­dades, bendecirle con nacimientos y proveerle con abundancia de ali­mentos, regulando el clima y realizando las demás ceremonias que se consideran necesarias para asegurar la fertilidad del suelo y la multipli­cación de los animales. Los hombres de quienes se piensa tienen estas virtudes tan sublimes y de tal alcance están colocados naturalmente en el puesto más alto del país y mientras la grieta entre las esferas espiritual y temporal no esté demasiado pronunciada, ellos son suprema autoridad en materia civil tanto como en la religiosa; en una palabra, son reyes tanto como dioses. Así, la divinidad que circunda a un rey está enrai­zada profundamente en lo más antiguo de la historia humana y trans­curren los tiempos antes de que la socave una más profunda comprensión de la naturaleza y del hombre.

En el período clásico de la antigüedad griega y latina, el gobierno monárquico era para la mayoría una cosa del pasado; sin embargo, las leyendas de sus linajes, títulos y demandas son suficientes para probar que también reclamaban gobernar por derecho divino y ejercer poderes sobrehumanos. Por esto y sin excesiva temeridad, podemos presumir que el rey del bosque en Nemi, aunque mucho de su esplendor en los últi­mos tiempos y en época para él ya decadente, representaba una larga dinastía de reyes sagrados que en su tiempo habían recibido no sólo el homenaje sino la adoración de sus súbditos a cambio de las bendiciones múltiples que suponían les concedía. Lo poco que sabemos de las funciones de Diana en el bosque ariciano prueba que allí se la consi­deraba como diosa de la fertilidad y particularmente como una deidad protectora de los nacimientos. Es razonable, pues, suponer que en el cumplimiento de estos importantes deberes estaba ayudada por su sacer­dote, figurando los dos como rey y reina del bosque en el matrimonio solemne que se hacía con el objeto de que se adornase la tierra con la floración primaveral y el fructífero otoño, alegrando además los corazo­nes de hombres y mujeres con una descendencia saludable.

Si el sacerdote de Nemi actuaba no meramente como rey, sino también como dios del bosque, todavía nos cabe indagar qué deidad especial personificaba. La respuesta de la Antigüedad es que represen­taba a Virbio, el consorte o amante de Diana. Mas esto no nos ayuda gran cosa porque de Virbio sabemos poco más que el nombre. Un indicio en este misterio quizá se encuentra en el fuego vestal que se encendía en el bosque, pues los fuegos perpetuos y sacros de los arios en Europa se cree fueron alimentados con madera de roble y en Roma

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misma, no a muchas millas de Nemi, el combustible del fuego vestal consistía en ramos o troncos de roble, como se ha demostrado por el análisis microscópico de los tizones carbonosos del fuego vestal descu­biertos por el comendador G. Boni en el curso de unas excavaciones memorables que dirigió en el Foro romano a finales del siglo xix. Como el ritual de las diversas ciudades latinas ha sido marcadamente uniforme, es razonable deducir que, en el Lacio, dondequiera que se mantenía un fuego de Vesta, éste era alimentado, como en Roma, con madera de roble sagrado. Si fue así en Nemi, queda como probable que el santifi­cado bosque del lugar consistió en un robledal natural y que, por lo tanto, el árbol que el rey del bosque tenía que guardar con peligro de su vida era precisamente un roble; es más, según Virgilio, Eneas arrancó la rama dorada de una encina.1 Ahora bien, el roble era el árbol sagrado de Júpiter, el dios máximo de los latinos. De esto se sigue que el rey del bosque, cuya vida estaba ligada de modo especial con un roble, personi­ficaba a una deidad, nada menos que a Júpiter mismo; siendo tan ligera como es la prueba, al menos se inclina a dicha conclusión: La antigua dinastía albana de los Silvii o bosques, con su foliada corona de roble, ciertamente remedaba el estilo y emulaba los poderes del Júpiter latino que moraba en la cumbre del monte Albano. Es posible entonces que el rey del bosque que guardaba el roble sagrado un poco más abajo de la montaña, fuera el sucesor legal y representante de este antiguo linaje de los Silvii o bosques. De todos modos, si estamos en nuestro derecho para pensar así y suponiendo que él pasaba por un Júpiter humano, resultaría que Virbio, con cuya leyenda se le identifica, no sería otra cosa que una forma local de Júpiter, considerado quizá en su original aspecto de dios de los bosques frondosos.

La hipótesis que en tiempos posteriores hacía suponer que el rey del bosque representaba el papel del dios del roble, Júpiter, se confirma en todo caso por una investigación de su divina compañera, Diana. Dos caminos distintos de argumentación convergen para demostrar que si Diana era una diosa de los bosques en general, en Nemi lo era del roble en particular. En primer lugar, lleva el título de Vesta y como tal pre­sidía un fuego perpetuo alimentado con leña de roble, según vimos que había razones para creer. Una diosa del fuego no está demasiado lejos de una diosa del combustible que se quema en aquél; el pensamiento primitivo quizá no profundiza en la distinción entre las llamas y la madera ardiendo. En segundo lugar, la ninfa Egeria en Nemi parece haber sido meramente una forma de Diana y definitivamente Egeria fue una dríada, una ninfa del roble. En todas partes de Italia la diosa tenía su morada en las montañas cubiertas de robles. Así, el monte Algidus, espolón de las colinas albanas, estaba cubierto en la Antigüe­dad de obscuras florestas de robles, de los de hoja caediza y de los de

1 La encina es, como el roble, de la misma familia cupulífera (Quercus Ilex y Quercus robus), pero de hojas perennes: no así el roble.

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hoja perenne. En invierno, la nieve cubría mucho tiempo estas frías colinas y sus sombríos robledales eran, según se creía, un escondrijo favorito de Diana, como lo ha sido en tiempos modernos de los bando­leros. También el monte Tirata, la larga y abrupta serranía de los Ape­ninos que miran desde lo alto a la llanura de la Campania, detrás de Capua, estaba arbolada, de antiguo, con encinares, entre los que Diana tenía un templo. Aquí es donde Sila dio gracias a la diosa por su victoria sobre los partidarios de Mario en la llanura de abajo, atestiguando su gratitud con unas inscripciones que mucho tiempo después podían verse en el templo.

Resumiendo, deducimos que en Nemi el rey del bosque personificó al dios del roble, Júpiter, y se unía con la diosa del roble, Diana, en el bosque sagrado. Un eco de la unión mística ha llegado hasta nosotros en la leyenda de los amores de Numa y Egeria, que según algunos se reunían en este bosque sagrado.

Puede objetarse naturalmente a esta teoría que la consorte divina de Júpiter no era Diana, sino Juno y que si Diana tenía marido, lo menos que podía esperarse es que llevase el nombre no de Júpiter, sino de Diano o Jano, siendo este último solamente una corrupción del pri­mero. Todo esto es verdad, mas la objeción puede contrarrestarse obser­vando que las dos parejas divinas, Júpiter y Juno por un lado y Diano y Diana o Jano y Jana por otro, son sencillamente duplicaciones una de la otra, siendo sus nombres y sus funciones idénticos en substancia y origen. Respecto a los nombres, los cuatro vienen de la raíz aria "di" que sig­nifica "brillante", como ocurre en los nombres de las deidades griegas correspondientes, Zeus y su antigua consorte Dione. En cuanto a sus funciones, Juno y Diana fueron ambas diosas de la fertilidad y de los partos y ambas fueron más pronto o más tarde identificadas con la Luna. En cuanto a la genuina naturaleza y funciones de Jano, los mismos antiguos estuvieron embrollados y si ellos titubearon, no espera­remos nosotros decidir confiadamente. Pero el concepto mencionado por Varrón,1 de ser Jano el dios del cielo, se basa no sólo en la identi­dad etimológica de su nombre con el dios del cielo, Júpiter, sino tam­bién en la relación que parece haber tenido Júpiter con dos cónyuges, Juno y Juturna. El epíteto Junoniano concedido a Jano, señala una unión matrimonial entre las dos deidades, y de acuerdo con una relación, Jano fue el marido de la ninfa acuática Juturna, la que según otras, fue amada por Júpiter. Además, Jano, al igual que Jove, fue invocado con frecuencia y de él se hablaba comúnmente bajo el título de padre. Real­mente Jano fue identificado con Júpiter no solamente por la lógica del erudito San Agustín, sino también por la piedad de un adorador pagano que dedicó una ofrenda a Júpiter Diano. Una huella de su relación con el roble puede en centrarse en el bosque de robles del Janículo, colina

1 Marco Terencio Varrón, polígrafo de Narbona y afiliado al partido pompeyano, fue amigo de Julio César y enemigo de los otros triunviros. Escribió un gran tratado De re rustica.

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de la orilla derecha del Tíber donde suponían que había reinado Jano como monarca en las más remotas edades de la historia italiana.

Por consiguiente, y si estamos en lo cierto, la misma antigua pareja de deidades fue variamente conocida entre los pueblos italiano y griego como Zeus y Dione, Júpiter y Juno o Diano (Jano) y Diana (Jana) siendo los nombres de estos dioses idénticos en el fondo, aunque variasen en la forma según el dialecto de la tribu particular que les daba culto. Al principio, cuando los pueblos vivían cerca unos de otros, la diferencia entre las deidades difícilmente podría ser otra que la del nombre; en otros términos, debió ser puramente dialectal. Pero la dispersión gradual de las tribus y su aislamiento consiguiente tenderían a favorecer el des­arrollo de modos divergentes de concebir y adorar a los dioses que ha­brían llevado con ellos desde su viejo punto de partida, y así, con el tiempo, las discrepancias de mito y ritual tenderían a surgir y de este modo a convertirse en esencial la distinción nominal entre las divinida­des. Consecuentemente, cuando can los lentos progresos de la cultura fue alejándose el largo período de barbarie y aislamiento y la aparición del poder político de una sola comunidad fuerte había empezado a atraer o batir a sus vecinos más débiles dentro de una sola nación, los pueblos confluentes volcarían sus dioses como sus dialectos en el depó­sito general y así podría resultar que las mismas deidades antiguas que sus antepasados hubieron adorado juntos antes de la dispersión, estarían después tan disfrazadas por los efectos acumulados de las divergencias dialectales y religiosas, que su identidad originaria bien pudo no recono­cerse dando lugar a que se las colocara unas al lado de otras en el pan­teón nacional como divinidades distintas.

Esta duplicación de dioses, resultado de la fusión final de tribus emparentadas que habían vivido mucho tiempo separadas, explicaría la aparición de Jano junto a Júpiter y de Diana o Jana al lado de Juno en la religión romana. Por lo menos nos parece ser ésta una teoría más probable que la opinión, que ha encontrado mantenedores entre algunos investigadores modernos, de que originariamente Jano no era más que el dios de las puertas. Que una deidad de su importancia y dignidad, a quien los romanos reverenciaban como dios de dioses y padre de su pueblo, pudiera haber empezado por humilde aunque respetable portero, parece poco probable. Tan elevado final difícilmente casa con tan bajos principios. Es más probable que la puerta (Janua) lleve su nombre por Jano: no que éste derive su nombre de aquélla. Tal criterio se refuerza por el examen de la misma palabra Janua. La palabra corriente para la puerta es la misma en todas las lenguas de la familia lingüística aria, desde la India hasta Irlanda, en sáncrito es dur, en griego rhura, en ale­mán tur, en inglés door, dorus en irlandés antiguo y foris en latín. Mas al lado de esta forma común para puerta y que los latinos poseían con­juntamente con todos sus hermanos arios, también tenían el nombre janua que no tiene término correspondiente en ninguna lengua indoeuro­pea. La palabra tiene la apariencia de ser una forma adjetiva, derivada del

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nombre Jano. Y conjeturamos que puede haber sido costumbre erigir una imagen o símbolo de Jano en la puerta principal de la casa con objeto de colocar la entrada bajo la protección del gran dios. Así guardada una puerta ésta podría haber sido conocida por una janua foris, o sea puerta "'anuaria" y esta frase se acortaría con el tiempo en Janua solamente, quedando el nombre foris sobreentendido pero no expresado. De esto al uso de Janua para designar una puerta en general, ya guardada o no por una imagen de Jano, habría una transición fácil y natural.

Si hay algo de cierto en esta conjetura, puede explicarse muy senci­llamente el origen de la doble cabeza de Jano, que tanto tiempo ha ejercitado el ingenio de los mitólogos. Cuando se hizo costumbre guardar la entrada de las casas y ciudades por una imagen de Jano, podría muy bien haberse estimado necesario que el dios centinela mirase hacia de­lante y hacia atrás con la idea de que nada escapase a su vigilante mirada, pues si el guardián divino diera la cara siempre a la misma dirección, es fácil imaginar que podría forjarse a sus espaldas y con impunidad alguna desgracia. Esta interpretación del bicéfalo Jano en Roma se confirma por el ídolo de dos cabezas que los negros bush del interior de Surinam (Guayana Holandesa) colocan ordinariamente como guardián en la en­trada de sus poblados. El ídolo consta de un madero grueso con una cara tallada rudamente en dos de sus lados, situado bajo un portón for­mado por dos pies derechos y un travesaño. Junto al ídolo tienden gene­ralmente un harapo blanco para que ahuyente al demonio y algunas veces también un palo que imaginamos representa una porra o arma de alguna clase. Además, cuelga del travesaño un pequeño tronco de árbol que sirve al propósito utilísimo de que tropiece en él la cabeza de cual­quier espíritu maligno que intente pasar por el portón. Evidentemente este fetiche en las entradas de las aldeas negras de Surinam tiene un parecido próximo a las imágenes bicéfalas de Jano que, con un bastón en una mano y una llave en la otra, hacía centinela en las puertas y en los portales de Roma; no podemos dudar mucho que en ambos casos las cabezas en opuestas direcciones se explican de modo parecido como ex­presión de la vigilancia del dios guardián, que tenía su ojo puesto sobre los enemigos espirituales de delante y de detrás y dispuesto a aporrearles allí mismo. Debemos dispensar a nuestros lectores de la tediosa y nada satisfactoria explicación que, si confiamos en Ovidio, el astuto Jano mismo espetó a un investigador romano molesto.

Aplicando aquí las conclusiones al sacerdote de Nemi, supondre­mos que, en calidad de cónyuge de Diana, representó originariamente a Diano o Jano mejor que a Júpiter, pero que la diferencia entre estas dos deidades era de antiguo meramente superficial, no extendiéndose más que a la de los nombres y dejando materialmente inafectadas las funcio­nes esenciales del dios como una potestad del ciclo, del trueno y del roble. Por esto era adecuado que su representante humano en Ñemi viviera en un bosque de robles, como ya hemos visto que es posible creer. Su título de rey del bosque indica palmariamente el carácter fo-

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restal de la deidad a quien se aplicaba y puesto que solamente podía ser atacado por quien hubiera arrancado la rama de cierto árbol del bos­que, puede decirse que su vida estaba ligada con aquel árbol sagrado Así, no sólo servía, sino que encarnaba al gran dios ario del roble y; siendo un dios del roble, desposaría a la diosa del roble, ya llevase el nombre de Egeria o de Diana. Además, se consideraría esencial que consumara su unión para la fertilidad de la tierra y la fecundidad de hombres y animales. Y como el dios del roble era también un dios del cielo, del trueno y de la lluvia, así su representante humano sería re­querido, como muchos otros reyes divinos, para que acumulase las nubes, tronara y lloviera en la época precisa para que los campos y huertos tu­vieran fruto y los pastos se cubrieran de magnífico verdor. El presunto poseedor de tan extraordinarias virtudes debió ser un personaje muy im­portante y los restos de construcciones y de ofrendas votivas que se han encontrado en el lugar del santuario unidos al testimonio de escritores clásicos, prueban que en los últimos tiempos fue una de las más grandes y populares basílicas de Italia. Aun en los viejos tiempos, cuando la campiña de los alrededores estaba repartida todavía entre las insignifican­tes tribus que componían la liga latina, se sabe que el bosque sagrado era un lugar de reverencia y cuidados comunes; y exactamente como los reyes de Camboya, acostumbraban a enviar regalos y ofrendas a los reyes místicos del fuego y del agua, hundidos en las profundidades de la selva tropical, podemos muy bien creer que, de todas las direcciones de la ancha llanura latina, las miradas y los pasos de los peregrinos italianos se volverían hacia la comarca donde las montañas albanas se elevan ante ellos, recortándose vigorosamente contra el perfil azul diluido de los Apeninos o el más fuerte del mar lejano, y allí, en la morada del miste­rioso sacerdote de Nemi, rey del bosque, entre las verdes arboledas y junto a las remansadas aguas de las lomas solitarias, el antiguo culto del dios del roble, el trueno y el cielo lluvioso, prolongado en su primitiva forma casi druídica, persistió mucho tiempo después que una gran re­volución política e intelectual desplazó la capital de la religión latina de la selva a la ciudad, de Nemi a Roma.
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