Sir james george frazer la rama dorada



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De modo que parece ser que en algunos pueblos arios y en cierta

etapa de su evolución social fue costumbre juzgar a la mujer y no a los hombres como el canal por el cual corría la sangre regia, y el conceder el reino en las sucesivas generaciones a hombres de otras familias y muchas veces de otros países que se casaban con las princesas y reinaban sobre los pueblos de sus esposas. Un tipo vulgar de cuento popular relata cómo un aventurero que llega de un país extraño consigue la mano de la princesa, hija del rey, y con ella la mitad o todo el reino; este cuento muy bien puede ser reminiscencia de una costumbre verdadera.

Donde las usanzas e ideas de esta clase prevalecen, es obvio que el reino es tan solamente un infantazgo dependiente del matrimonio con una mujer de sangre real. El antiguo historiador danés Saxo Gramático expone su concepto del reino muy claramente por boca de Hermutruda, una reina legendaria de Escocia: "Es verdad que ella era una reina —dice Hermutruda—, pero aunque su sexo lo contradecía, podía consi­derársela como un rey; es más (y esto es más verdad), cualquiera que ella pensase merecedor de su lecho era al momento rey y ella le concedía su reino y su persona. Así, su cetro y su mano iban juntos". La decla­ración es de lo más significativo posible porque parece reflejar la prác­tica seguida por los reyes pictos. Conocemos por el testimonio de Beda1 que siempre que aparecía una duda en la sucesión, los pictos escogían su rey de la línea femenina antes que de la masculina.



Las cualidades personales que recomendaban a un hombre para una alianza regia y la sucesión al trono, naturalmente variarían según las ideas populares de la época y el carácter del rey o su substituto, mas es razonable suponer que en la sociedad primitiva la fuerza y la belleza tendrían un prominente lugar entre ellas.

Algunas veces, aparentemente, el derecho a la mano de la princesa y al trono ha sido determinado por un certamen. Los libios alitemnian concedían el trono al corredor más alípedo. Entre los antiguos prusianos, los candidatos a la nobleza corrían a caballo tras del rey y el que le alcanzaba primero era ennoblecido. Según la tradición, los juegos más antiguos de Olimpia fueron mantenidos por Endymión, que obligó a sus

1 El benedictino Beda el venerable (673-735) escribió la muy valiosa relación Historia Ecclesiastíca Gentis AngJorum.

194 LA SUCESIÓN AL TRONO EN EL ANTIGUO LACIO

hijos a ganar el reino en una carrera. Se contaba que la tumba de este rey estaba en el sitio señalado para desde allí dar salida a los corre- dores. La leyenda famosa de Pelops e Hipodamia es quizá solamente otra versión de la leyenda de que las primeras carreras en Olimpia tenían como premio nada menos que el reino.

Bien podrían reflejar estas tradiciones una costumbre auténtica de correr para conseguir una novia, pues tal usanza parece haberse conser­vado en varios pueblos, aunque su práctica haya degenerado en una sen­cilla forma de simulación. Así, "hay un concurso de carreras llamado 'la caza del amor' que puede considerarse parte de la forma matrimonial entre los kirguisios. En ella, la novia, armada de un formidable látigo monta un caballo veloz y la persiguen todos los jóvenes que tengan algu- na pretensión a su mano y es dada en premio al que la captura, pero tiene el derecho, además de espolear al caballo para que corra todo lo más posible, a manejar el látigo con todas sus fuerzas para mantener ale­jados a los novios que ella no quiera, favoreciendo así al que ha escogido". La carrera por la novia se verifica también entre los koriakos del noreste de Asia. Tiene lugar en una gran tienda de campaña dentro de cuyo perímetro hay muchos compartimientos separados denominados pologs, que forman el círculo interno completo. La muchacha comienza a correr de un compartimiento a otro y se libra de casarse si el pretendiente no puede alcanzarla. Las mujeres del campamento colocan todos los obs­táculos que pueden a la marcha del pretendiente, haciéndolo tropezar, pegándole con latiguillos y cosas parecidas, de tal modo que le quedan pocas probabilidades de dar alcance a la novia, a menos que la muchacha lo desee y le aguarde. Costumbres parecidas parece que tuvieron todos los pueblos teutónicos, pues los idiomas germánico, anglosajón y norso poseen en común, para designar el matrimonio, una palabra J que signi­fica sencillamente "carrera de la novia". Además sobreviven restos de estas costumbres en los tiempos modernos.

Parece ser que el derecho a desposar una muchacha, y en especial una princesa, se confería como premio de un concurso atlético. Por esto no hay razón para sorprenderse de que los reyes romanos, antes de dar sus hijas en matrimonio, recurrieran a este antiguo método de com­probar las cualidades personales de sus futuros yernos y sucesores. Si nuestra teoría es acertada, el rey y la reina romanos personificaron a Júpiter y a su consorte divina, y, como tales deidades, hacían la ceremo­nia anual de un casamiento sacro con el objeto de aumentar las cosechas y de que fuesen fructíferos y se multiplicasen los hombres y los rebaños. Así ellos harían lo que en países más nórdicos suponemos hacían el rey y la reina de mayo en tiempos antiguos. Hemos visto que el derecho de representar el papel de rey de mayo y de desposar a la reina de mayo ha sido determinado a veces por un certamen atlético, en particular por ca-

1 Transcribo de la obra en doce volúmenes de Sír f. G. Frazer: anglosajón-Biydhléap; antiguo norso-Brtidhlaup; moderno-Bryllup; medio alto alemán-Bruttlouf; moderno-Brautlauf.

LA SUCESIÓN AL TRONO EN EL ANTIGUO LACIO 195

rreras; esto bien puede ser la supervivencia de una costumbre matrimo-nial más antigua y de la clase que hemos examinado, costumbre sujeta a la comprobación de las aptitudes del candidato al matrimonio. Esta comprobación pudiera haber sido razonablemente aplicada con especial rigor al rey con la idea de asegurar que ningún defecto corporal le incapa-citaría para llevar a término los ritos sagrados y las ceremonias de las cua-les, aun más que del desempeño de sus deberes civiles y militares, se pensaba que dependían la seguridad y prosperidad de la sociedad. Y podría ser natural requerirle de cuando en cuando a que se sometiera de nuevo a la misma ordalía con la idea de demostrar públicamente que continuaba dispuesto a cumplir sus altos deberes. Un vestigio de esta comprobación sobrevivió en la ceremonia conocida por "la fuga del rey" (regifugium) que se continuó cumpliendo en Roma hasta los tiempos del imperio. El día 24 de febrero acostumbraban hacer un sacrificio en los Comicios; cuando estaba terminado, el rey de los ritos sacros huía del Foro. Podemos conjeturar que la fuga del rey fue originalmente una carrera en competencia por un reinado anual que podía servir como pre­mio al corredor más ágil. A fines del año, el rey tendría que correr otra vez para un segundo reinado, y así sucesivamente hasta que fuera derro­tado y depuesto, quizá asesinado. De este modo lo que había sido una carrera tendería a tomar el carácter de fuga y persecución. El rey saldría teniendo una ventaja y sus competidores correrían tras él; si alguno le adelantaba, entregaría la corona y quizá la vida al que fue más ligero de todos para correr. Con el tiempo, un hombre de carácter dominante podría conseguir quedarse sentado permanentemente en el trono y redu­cir la carrera anual o fuga a la fórmula vacía que suponemos fue siempre en los tiempos históricos. El rito fue interpretado algunas veces como la conmemoración de la expulsión de los reyes de Roma, pero esto parece tan sólo una lucubración posterior ideada para explicar una ceremonia cuyo significado se olvidó. Es mucho más probable que, actuando así, el rey de los ritos sacros se limitara a mantener una costumbre antigua que en el período monárquico había sido celebrada anualmente por los reyes romanos, sus antecesores. La finalidad primaria del rito es muy probable que siempre quede más o menos en el terreno de las conjeturas. La expli­cación que damos está sugerida con pleno conocimiento de la dificultad y obscuridad en que la materia está envuelta.

Si estamos en lo cierto, pues, la huida anual del rey romano fue una supervivencia de épocas en las que el reino era un cargo anual con­cedido, junto con la mano de una princesa, al atleta o gladiador victo­rioso; éste y su novia figuraban después como dioses en el casamiento sacro ideado para asegurar la fertilidad de la tierra por magia homeopá­tica. Si acertamos en la suposición de que en muy remotos tiempos los antiguos reyes latinos personificaban a un dios y en dicho carácter eran condenados a muerte con regularidad, entonces podremos entender mejor el misterioso o violento final de muchos de ellos según se cuenta. Hemos comprobado que, según la leyenda tradicional, uno de los reyes de Alba

196 EL CULTO DEL ROBLE

Langa fue fulminado por un rayo al imitar impíamente los truenos de Júpiter. Se dice de Rómulo que desapareció misteriosamente, lo misino que Eneas, o que fue despedazado por los patricios a quienes había ofen­dido; y el 7 de julio, día en que pereció, se celebraba una fiesta que tenía algún parecido con la saturnalia, pues en ese día se permitía a las mu­jeres esclavas tomarse libertades extraordinarias. Vestidas como las ciu­dadanas y con el tocado de matronas o doncellas, salían en esta guisa de la ciudad desdeñando y burlándose de todo cuanto encontraban y enredándose entre ellas mismas en disputas, golpes y pedradas. Otro rey romano 1 que pereció por la violencia fue Tacio, el colega sabino de Rómulo. Se dice que estando en Lavinium haciendo un sacrificio público a los dioses ancestrales, unos ciudadanos a quienes había perju­dicado le apuñalaron con los mismos cuchillos y espetones que arreba­taron del altar. La ocasión y su modo de morir sugieren que la muerte pudo haber sido mejor un sacrificio que un asesinato. También de Tulio Hostilio, el sucesor de Numa, se contaba comúnmente que había sido muerto por un rayo, aunque muchos mantenían que había sido asesi­nado a instigaciones de Anco Marcio, que reinó después de él. Hablando del más o menos mítico Numa, tipo de rey sacerdotal, Plutarco observa que "su fama se acrecentó por la suerte de los posteriores reyes, pues de los cinco que reinaron después de él, el último fue depuesto termi­nando su vida en el destierro, y de los cuatro restantes ni uno solo murió de muerte natural: tres fueron asesinados y a Tulio Hostilio lo aniquiló un rayo".

Estas leyendas del final violento de los reyes romanos sugieren que el certamen en el que ellos ganaron el trono pudo haber sido un com­bate mortal, mejor que una carrera. Si fue así, la analogía que hemos señalado entre Roma y Nemi podría ser más estrecha aún. En ambos sitios, los reyes sacros, vivientes representantes de la divinidad, estaban expuestos a sufrir el destronamiento y la muerte a manos de algún hombre resuelto que probase su derecho divino al sacro oficio por la fuerza de su brazo y el filo de su espada. No sería sorprendente que entre los primeros reyes latinos el derecho al trono se estableciera por un combate singular; hasta los tiempos históricos los umbríos sometían ordi­nariamente sus disputas privadas a esta ordalía y el que lograba degollar a su adversario, había probado la justicia de su causa sin duda de ningún género.

CAPITULO XV

EL CULTO DEL ROBLE

La religión del roble o del dios roble parece haber sido compartida por todas las ramas del trono ario en Europa. Lo mismo griegos que

1 Este príncipe sabino, Tito Tacio, después de ser su enemigo, reinó conjunta­mente con Rómulo, cuando éste asesinó a Remo, su hermano.

EL CULTO DEL ROBLE 197

ítalos asociaron al árbol con su dios máximo Zeus o Júpiter, divinidad del cielo, de la lluvia y del trueno. Quizá el más antiguo y ciertamente uno de los santuarios más famosos de Grecia fue el de Dodona, donde Zeus reverenciado en su roble oracular. Las tormentas, de las que se ha dicho que eran más frecuentes en Dodona que en cualquier otra parte de Europa, convertirían el lugar en morada digna del dios, cuya voz se oía tanto en el susurro de las hojas del roble como en el retumbar del trueno. Quizá los gongos o tantanes de bronce que mantenían un con­tinuo fragor en el aire alrededor del santuario, significaban una imita­ción del tronar casi continuo que rodaba y retumbaba en las fragosidades de las ásperas y estériles montañas que encerraban el sombrío valle. En Beocia, como ya hemos dicho, el matrimonio sacro de Zeus y Hera, el "dios-roble" y la "diosa-roble", se cree lo celebraban con gran esplendor una federación religiosa de estados; y en el monte Lycaeo, en Arcadia, el carácter de Zeus como dios del roble y de la lluvia, se deduce clara­mente del conjuro para la lluvia practicado por el sacerdote de Zeus, que sumergía una rama de roble en una fuente sagrada. En esta última cali­dad Zeus era el dios al que por lo general oraban los griegos para que lloviese. Nada podía ser más natural, pues frecuentemente, aunque no siempre, tenía su residencia en las montañas donde las nubes se agolpan y crece el roble. Sobre la Acrópolis de Atenas hubo una imagen de la Tierra rogando por la lluvia a Zeus, y en tiempos de sequía los atenien­ses oraban así: "Que llueva, que llueva, ¡oh Zeus amado!, sobre la tierra de pan llevar de los atenienses y sobre las llanuras"



Zeus también mandaba en el relámpago y el trueno tanto como en la lluvia. En Olimpia y otras partes fue adorado bajo el sobrenombre de "Tonante" o "Tronituante" y en Atenas había un altar de sacrificios para el "Fulgurante Zeus" en el muro de la ciudad, donde unos sacerdo­tes oficiales vigilaban el relampagueo en cierta época del año sobre el monte Parnaso. Además, los sitios que habían sido fulgurados por el rayo solían empalizarlos los griegos, consagrándolos a "Zeus el Descendente", que es el dios que desciende en la llamarada del cielo; le fueron erigidos altares dentro de los recintos así hechos y le ofrecían sacrificios. Por inscripciones sabemos que existían varios de estos lugares en Atenas.

Según esto, cuando los antiguos reyes griegos decían ser descen­dientes de Zeus y aun llevar su nombre, es muy razonable suponer que también intentasen el ejercicio de las funciones divinas, haciendo truenos y lluvias para bien de su pueblo o para terror y confusión de sus enemi­gos. A este respecto, probablemente la leyenda de Salmoneo refleja la pretensión de una clase completa de reyezuelos que reinaban de antiguo cada cual sobre un pequeño cantón en las serranías de Grecia, reves­tidas de robles. Igualmente los deudos de los reyes irlandeses creían de éstos que eran un venero de fertilidad para el suelo y de fecundidad para los ganados. ¿De quién mejor que de los reyes podría esperarle que desempeñaran la tarea de su pariente Zeus, el gran dios del roble,

198 EL CULTO DEL ROBLE

del trueno y de la lluvia? Ellos le personificaban, al parecer, lo mismo que los reyes ítalos personificaban a Júpiter.

En la Italia antigua todos los robles fueron consagrados a Júpiter, contrafigura ítala de Zeus, y en el Capitolio de Roma el dios fue adorado no sólo como deidad del roble, sino también de la lluvia y del trueno. Comparando la piedad de los antiguos buenos tiempos con el escepti­cismo de una época en la que nadie creía que el cielo era el cielo y nada importaba Júpiter, un escritor romano nos dice que en tiempos pasados las matronas nobles acostumbraban a subir la larga cuesta del Capitolio con los pies descalzos, el pelo suelto y la mente pura, rezando a Júpiter para que lloviera. "Inmediatamente —según el autor— llovía a cántaros y todas volvían caladas como ratas ahogadas. Pero en nuestros días no somos ya religiosos, y así están los campos de calcinados".

Cuando pasamos de la Europa meridional a la central, encontramos aún al gran dios del roble y el trueno entre los bárbaros arios que viven en las inmensas selvas primitivas. Así, entre los celtas de la Galia, los druidas no estimaban nada tan sagrado como el muérdago y el roble sobre el que crecía, escogían robledales para escenario de su rito solemne y no ejecutaban ninguna de sus ceremonias sin hojas de roble. "Los celtas —dice un escritor griego— adoran a Zeus y la imagen céltica de Zeus es un gran roble". Los conquistadores celtas que se establecieron en Asia en el siglo III antes de nuestra Era, parece que llevaron con ellos el culto del roble a su nuevo país, porque en el corazón del Asia Menor, el Senado gálata se reunía en un lugar que llevaba el nombre céltico puro de Drynemetum, "bosque del roble sagrado" o "templo del roble". Verdad es que el nombre propio de druidas se cree por buenas autoridades en la materia que no significa otra cosa que "hombres del roble" u "hombres-robles".



En la religión de los antiguos germanos la veneración por los bos­ques sagrados, creemos tenía un lugar preeminente y según Grimm, el jefe de sus árboles santos era el roble. Parece ser que fue dedicado espe­cialmente al dios del trueno, Donar o Thunar, el equivalente del Thor norso, pues un roble sagrado cerca de Geismar, en Hesse, que Bonifacio1 mandó talar en el siglo VIII, tenía entre los paganos el nombre de roble de Júpiter (robur Jovis), que en antiguo germánico sería Donares eih, "el roble de Donar". Que el dios teutónico del trueno, Donar, Thunar o Thor, estaba identificado con Júpiter, el dios ítalo del trueno, se muestra en nuestra palabra Thursday o "Día de Thunar" (Thunar's Day),2 que es solamente una versión del dies Jovis latino. Así entre los antiguos teutones como entre los griegos e italianos, el dios del roble

1 San Bonifacio, arzobispo de Maguncia y Primado, y primero en Alemania, cris­
tianizó a los alemanes por orden del papa Gregorio II. Era monje inglés, compañero
y tío de Santa Walpurga, abadesa de Heidenheim.

2 Jueves. "La voz castellana y la provenzal jous no representan el sustitutivo dies,
pero antepuesto o pospuesto le vemos en el catalán dijous, en el italiano giovedi y en
el francés jeudi". (Monlau).

EL CULTO DEL ROBLE 199

fue también el dios del trueno. Además se le consideraba como el gran poder fertilizante que envía la lluvia y causa que la tierra produzca fru­tos Adam de Bremen nos dice que "Thor preside en los aires y él es quien gobierna el trueno y el relámpago, el viento y las lluvias, el buen tiempo y las buenas cosechas". Tocante a esto, por lo tanto, se asemeja otra vez más el dios teutónico del trueno a sus contrafiguras meridionales Zeus y Júpiter.

Entre los eslavos parece que también el roble fue el árbol sacro del dios tronante Perun, contrafigura de Zeus y Júpiter. Se ha dicho que en Novgorod tuvieron una imagen de Perun en forma de un hom­bre con una "piedra de rayo" 1 en la mano. En su honor ardía día y noche un fuego de madera de roble, y si se extinguía, los encargados de mantenerlo encendido pagaban con su vida la negligencia. Perun, cree­mos que semejante a Zeus y Júpiter, fue el dios principal de su pueblo; Procopio2 nos dice que los eslavos "creen que un dios, el hacedor del relámpago, es el único señor de todas las cosas y le sacrifican bueyes y otras víctimas".

La deidad principal de los lituanos era Perkunas o Perkuns, el dios del trueno y del relámpago, cuyo parecido con Zeus y Júpiter ha sido frecuentemente señalado. Le consagraban robles y cuando los cor­taron los misioneros cristianos, el pueblo se querelló ruidosamente por sus destruidas divinidades silvanas. Mantenían fuegos perpetuos con leña de ciertos robles en honor de Perkuns y si alguno de estos fuegos se apagaba, lo volvían a encender con fuego hecho frotando la madera sagrada. Los hombres sacrificaban a los robles para conseguir buenas cosechas, mientras que las mujeres hacían lo mismo con los tilos; de lo que podemos deducir que consideraban al roble como macho y al limero o tilo como hembra. En tiempos de sequía, cuando deseaban que llo­viese, sacrificaban al dios tronante una novilla negra, un macho cabrío negro y un gallo negro, en las profundidades de la selva. En estas oca­siones se reunían muchedumbres de todos los alrededores del país, comían, bebían y aclamaban a Perkunas; daban tres vueltas alrededor del fuego llevando un tazón de cerveza que después arrojaban a las llamas mientras rezaban al dios para que les enviara chaparrones. De esta suerte, la principal deidad lituana presenta un estrecho parecido con Zeus y con Júpiter, puesto que fue el dios del roble, del trueno y de la lluvia.
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