Sir james george frazer la rama dorada



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Si los reyes de Alba y Roma imitaban a Júpiter como dios del roble llevando una corona de hojas de roble, creemos que también le copiaron en su carácter de dios de los meteoros pretendiendo hacer los truenos y los relámpagos. Si así fue, es probable que lo mismo que Júpiter en el cielo y muchos reyes en la tierra, actuasen como "hacedores de llu­vias" públicos, arrancando los chubascos al cielo obscurecido con sus encantamientos, siempre que el suelo agrietado exigiera la refrescante humedad. En Roma, los portillos del cielo se abrían por medio de una piedra sagrada y la ceremonia parece haber formado parte del ritual de Júpiter Elicios, el dios que educe de las nubes el relámpago fulgurante

1 Numa Pompilio tiene su etimología, según Monlau, en Nomos, ley, regla, y Pompé, pompa, ceremonia. Dice que no es latina ni sabina. Quizá de numen, divi­nidad, genio. . . quizá al modo bustrófedon Manú, legislador, Manes persa, Mena egip­cio, etc.

EL REY COMO JÚPITER 187

y la llovizna. ¿Quién más adecuado para llevar a cabo la ceremonia que el rey,1 representante vivo del dios del cielo?

Si los reyes de Roma remedaban a Jove Capitolino, sus predeceso-es los reyes de Alba se esforzaban probablemente en imitar al gran Júpiter del Lacio que tenía su sede sobre la ciudad, en la cumbre de la montaña Albana. De Latino, el legendario progenitor de la dinastía, se contaba que se había transformado en Júpiter Latino después de desapa­recer del mundo a la manera misteriosa característica de los antiguos re­yes latinos. El santuario del dios en la cima de la montaña fue el centro religioso de la Liga Latina, como Alba era su capital política hasta que Roma arrancó la supremacía a su antigua rival. Seguramente, y en el sen­tido usual de la palabra, ningún templo se erigió nunca en esta montaña sagrada; como dios del cielo y del trueno recibió el homenaje de sus adoradores apropiadamente, al aire libre. El espeso muro del que toda­vía quedan algunos restos dentro del antiguo huerto de los pasionistas,2 suponemos formó parte del recinto sagrado que Tarquino el Soberbio, último rey de Roma, señaló para la solemne asamblea anual de la Liga Latina. El santuario más antiguo del dios, en esta aireada cumbre mon­tañosa, fue un bosque, y teniendo en cuenta no solamente la consagra­ción especial del roble a Júpiter, sino también la corona tradicional de roble de los reyes albanos y la analogía de Júpiter Capitolino de Roma, es de suponer que el bosque era un robledal. Sabemos que en la Anti­güedad el monte Algidus, en el grupo montañoso junto a las colinas alba-nas, estaba cubierto de umbrosas selvas de roble y entre las tribus que pertenecieron a la Liga Latina de los primeros tiempos y que tenían derecho a participar de la carne del toro blanco que se sacrificaba en el monte Albano, había una cuyos miembros se denominaban a sí mis­mos "los hombres del roble", sin duda en relación con los bosques en que moraban.

Mas podríamos equivocarnos si describiéramos el país en tiempos históricos cubierto de una ininterrumpida selva de robles. Teofrasto nos ha dejado una descripción de cómo eran las selvas del Lacio en el siglo IV a. c. Dice así: "El país de los latinos es húmedo. Las planicies crían laureles, mirtos y maravillosas hayas; allí cortan árboles de tal tamaño que un simple madero basta para la quilla de un barco tirreno. En las montañas crecen pinos y abetos. Lo que ellos llaman el país de Circe es un elevado promontorio espesamente arbolado de robles, mirtos y laureles exuberantes. Los nativos cuentan que Circe habitó allí y muestran la tumba de Elpenor, en la que crecen esos mirtos de que se hacen guirnaldas, mientras los otros son grandes". Así, la pers­pectiva desde la cúspide del monte Albano, en los primeros tiempos de Roma, debió ser muy diferente en algunos respectos de la de hoy. Los purpúreos Apeninos con su eterna calma a un lado y el reluciente Medi-

1 "¡Oh rey! puesto que a nuestros señores debemos llamar como a los dioses
(un servidor de Hipólito)." Eurípides.

2 Orden religiosa fundada en 1725 por San Pablo de la Cruz.

188 LOS REYES DE ROMA Y ALBA

terráneo con su eterna inquietud al otro, tenían un aspecto muy pare- cido, claro está, al de ahora, ya bañados por la solana o moteados por las sombras movedizas de las nubes; pero en lugar de la planicie parda de la Campania desolada por la malaria, atravesada por largas líneas de acue­ductos en ruinas, semejante a los arcos rotos del puente en la visión de Mirza,1 la vista debió de recorrer selvas que se extendían a lo lcjos milla tras milla por todos lados, con sus variados matices verdes o los otoñales rojos y dorados, fundiéndose insensiblemente en el azul de las montañas distantes y del mar.

Júpiter no reinó solo en la cima de su montaña sacra; tenía de consorte a la diosa Juno, adorada en el lugar bajo el mismo título, Mo-neta, que en el Capitolio de Roma. Como la corona de roble se consa­graba a Júpiter y Juno en el Capitolio, podemos suponer que asimismo sucedía en el monte Albano, y que así se derivó el culto capitolino. De modo que el dios del roble tendría su diosa del roble en el bosque sa­grado de robles. También en Dodona el dios del roble, Zeus, estaba casado con Dione, cuyo verdadero nombre es tan sólo una forma dia­lectal diferente de Juno y así, sobre la cumbre del monte Citerión, como ya hemos visto, parece que periódicamente se enlazaba con Hera en imagen de roble. Es verosímil, aunque no pueda ser positivamente probado, que el matrimonio sagrado de Júpiter y Juno se celebrase anual­mente por todos los pueblos del tronco latino en el mes al que dieron después el nombre de la diosa, el solsticial mes de junio.

Si en alguna época del año celebraban los romanos el matrimonio sagrado de Júpiter y Juno, así como los griegos celebraban el correspon­diente matrimonio de Zeus y Hera, puede suponerse que, durante la república, la ceremonia se efectuaba con imágnes de la pareja divina o por el Flamen Dialis y su esposa la Flamínica, pues el Flamen Dialis era el sacerdote de Jove; en verdad que muchos escritores antiguos y moder­nos le consideraron, con grandes visos de probabilidad, como imagen viviente de Júpiter, como personificación humana del dios celeste. En los tiempos primitivos, el rey de Roma, como representante del rey Júpiter, naturalmente haría el papel de novio celeste en el matrimonio sagrado, mientras la reina figuraría como la novia celeste, exactamente como en Egipto el rey y la reina caracterizados con disfraces de dioses, y como en Atenas la reina desposaba anualmente al dios vitícola, Dionysos. Que el rey romano y la reina representasen a Júpiter y Juno, es lo más natural de creer pues ésas, como otras deidades, llevaron el título de rey y reina.2

Ya sea así o no, la leyenda de Numa y Egeria parece plasmar una reminiscencia de una época en que el mismo rey sacerdotal hacía de desposado divino; y como hemos visto que hay razones para suponer que los reyes romanos personificaban al dios del roble, mientras que

1 Personaje de una alegoría de Addison, en Spectator.



2 "Vengo a hablarte ¡oh rey! de un asunto que a ambos interesa": Atenea a
Poseidón, en Las troyanas, de Eurípides.

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Egeria se indica expresamente que fue una ninfa del roble o dríada, de la leyenda de su unión en el sacro bosque surge la presunción de que en Roma, durante la época monárquica, se verificase periódicamente una ceremonia en total análoga a la que se celebraba anualmente en Atenas un en tiempos de Aristóteles. El casamiento del rey de Roma con la diosa del roble, como las nupcias del dios de las viñas con la reina de Atenas, debió proponerse la aceleración del crecimiento de la vegeta­ción por magia homeopática. De las dos formas del rito, difícilmente podemos dudar que fuese la romana la más antigua y que mucho tiempo antes que los invasores nórdicos se encontrasen con las vides de las ori­llas mediterráneas, sus antepasados casaban al dios del árbol con la diosa del árbol en las vastas selvas de la Europa central y septentrional. En la Inglaterra de nuestros días, las florestas han desaparecido en su mayor parte, pero todavía en muchas dehesas y en muchos caminos rurales se continúan, en imagen desvaída del matrimonio sagrado, las pompas rústicas del día 1o de mayo.

CAPITULO XIV

LA SUCESIÓN AL TRONO EN EL ANTIGUO LACIO

Respecto al rey romano, cuyas funciones sacerdotales fueron hereda­das por su sucesor el rey de los ritos sacros, el anterior estudio nos lleva a las siguientes conclusiones: él representó y verdaderamente personalizó a Júpiter, el gran dios del trueno, del cielo y del roble, y en tal carácter haría que lloviera, tronara y relampagueara para el bienestar de sus súb­ditos, al igual que otros muchos reyes del tiempo en otras partes del mundo. Además, no solamente imitaba al dios del roble ciñendo una corona de hojas de roble y llevando otras insignias divinas, sino que se casaba con una ninfa del roble llamada Egeria, que parece haber sido solamente una forma local de Diana en su carácter de diosa de los bosques, de las aguas y de los nacimientos. Todas estas conclusiones, alcanzadas principalmente por una consideración del testimonio roma­no, pueden aplicarse con grandes probabilidades de acierto a las otras comunidades latinas. Ellas, muy probablemente, tenían de antiguo sus monarcas divinos o sacerdotales, que transmitieron las funciones religiosas sin poderes civiles a sus sucesores los reyes de los ritos sacros.

Aún nos queda preguntar cuál era la ley de sucesión al trono entre las viejas tribus latinas. Según la tradición hubo en total ocho reyes de Roma, de los cuales los cinco últimos, por lo menos, no cabe duda de que ocuparon efectivamente el trono ni de que la historia tradicional de sus reinados es cierta en sus líneas generales. Ahora bien, es muy de notar que, aunque el primer rey de Roma, Rómulo, se decía descender de la casa real de Alba Longa, en la que el trono se consideraba here­ditario por líneas masculinas, ninguno de los reyes romanos fue sucedido

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en el trono inmediatamente por su hijo, aunque varios dejaron hijos o nietos tras ellos. Por otro lado, uno de los reyes descendía de un rey anterior por su madre, no por su padre, y tres de los reyes, Tacio, Tar-quino Prisco (el Antiguo) y Servio Tulio, fueron heredados en el solio por yernos que eran extranjeros o de linaje extranjero. Esto hace pensar que el derecho al reino se transmitía por línea femenina y fue realmente ejercido por extranjeros que se casaron con princesas reales. Empleando lenguaje técnico, la sucesión al trono de Roma, y probablemente por lo general en el Lacio, creemos fue determinada por leyes especiales que moldearon las sociedades primitivas en muchas partes del mundo, es decir, la exogamia, el casamiento beea y el matriarcado o linaje matriar­cal. Exogamia es la ley que obliga a un hombre a casarse con mujer de diferente clan que el suyo. Casamiento beena es la ley que le obliga a dejar el pueblo de su nacimiento y vivir en el pueblo de su mujer, y matriarcado es el sistema que consiste en señalar el parentesco y trans­misión de nombres de familia por la madre en lugar de por el padre. Si estos principios regularon la herencia del trono entre los antiguos latinos, el estado de cosas en este asunto debió ser en algún modo como sigue: el centro político y religioso de cada sociedad debió ser el fuego perpe­tuo del hogar del rey, atendido por las vírgenes vestales del clan regio. El rey sería un hombre de otro clan, quizá de otra ciudad y hasta de otra raza, que se casaba con la hija de su predecesor y recibía el reino con ella. Los hijos que con ella tuviera heredarían el nombre de su madre, no el suyo; las hijas quedaban en el hogar y los hijos, cuando hubieran crecido, tendrían que marchar por el mundo, casarse y quedarse en el país de su mujer, ya como reyes, ya como particulares. De las hijas que se quedaban en casa, todas o algunas estarían dedicadas, por un corto o largo tiempo, como vírgenes vestales, al servicio del fuego y una de ellas llegaría con el tiempo a ser la consorte del sucesor de su padre.

Esta hipótesis tiene la ventaja de explicar de modo sencillo y natu­ral algunos puntos obscuros de la historia tradicional del reino latino. Así, la leyenda que nos cuenta que los reyes latinos nacieron de madres vírgenes y padres divinos, se hace un poco más inteligible, porque los cuentos de esta clase, aislados de sus elementos fabulosos, significan, ni más ni menos, que una mujer ha sido preñada por algún desconocido. Y esta incertidumbre de la paternidad es fácilmente compatible con un sistema familiar que ignora la paternidad y no así con el que le da gran importancia. Si en el nacimiento de los reyes latinos hubo desconoci­miento de sus padres, este hecho acusa una moral relajada de la familia real o una relajación especial, de las leyes morales en ciertas ocasiones en que los hombres y mujeres revertían en una época dada al libertinaje de tiempos anteriores. Tales saturnalias no son infrecuentes en algunos mo­mentos de la evolución social. En nuestro propio país han sobrevivido restos de esto en las prácticas del día 1o de mayo y de la Pascua de Pen­tecostés, si no de la Navidad. Las criaturas nacidas de los concúbitos

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más o menos promiscuos que caracterizan los festivales de esta clase, serían lógicamente considerados como hijos del dios a quien se dedicaba la fiesta.

En esta conexión puede ser significativo el festival del holgorio y embriaguez que se celebraba por los plebeyos y esclavos de Roma el día de "medio verano" o solsticial, festival especialmente asociado con 1 rey nacido del fuego,1 Servio Tulio, pues era dedicado en honor de Fortuna, la diosa que amó Servio, como Numa a Egeria. Las diversio­nes populares incluían las carreras a pie y las regatas en embarcaciones. El Tíber presentaba un brillante aspecto con las barcas adornadas de flores y en las que la juventud libaba el vino. El festival parece que fue una especie de saturnalia vernal correspondiendo a la verdadera satur-nalia, que caía en el solsticio hiemal. En la Europa moderna veremos después que el festival de "medio verano" o solsticial, ha sido sobre todo, una fiesta de amadores y de fuego; uno de sus principales rasgos es el emparejamiento de los novios para saltar las hogueras cogidos de las manos o arrojarse flores, a través de las llamas, el uno al otro. Y muchos agüeros de amor y casamiento son recogidos de las flores que se abren en esta época mística. Es la época de las rosas y del amor. Ni la ino­cencia y belleza de estos festivales de los tiempos modernos podrán cegar la semejanza con los de los antiguos tiempos, que se distinguían por rasgos groseros que fueron con probabilidad esenciales del rito. En ver­dad que entre los rudos campesinos estonianos, estos rasgos se han conti­nuado hasta nuestra generación, si no hasta la actualidad. Otro rasgo de la celebración romana de este festival solsticial merece subrayarse: la costumbre de pasear por el Tíber en este día en barcas decoradas con flores, prueba de que en algún modo era una fiesta acuática y de que, hasta los tiempos modernos, el agua ha tenido siempre una parte importante en los ritos de "medio verano", lo que explica por qué la Iglesia, echando su manto sobre la vieja fiesta pagana, decidió dedicarla a San Juan Bautista.

La hipótesis de haber sido engendrados los reyes latinos en el fes­tival anual del amor, es necesariamente una mera conjetura, por más que el nacimiento tradicional de Numa en el festival de la Parilia, cuan­do los pastores saltaban sobre las fogatas de primavera, como los amantes saltaban y saltan aún por encima de las hogueras solsticiales, quizá pueda conducirnos a darle un tenue color de probabilidad. Pero lo que es ya muy posible es que la incertidumbre respecto a los padres no surgió mucho tiempo después de la muerte de los reyes, cuando sus figuras fundidas en las nebulosidades de la fábula asumieron propor­ciones fantásticas y espléndido colorido al pasar de la tierra al cielo. Si ellos fueron extranjeros emigrantes, forasteros y peregrinos en el país que llegaron a gobernar, es natural que el pueblo olvidara su linaje, y, al olvi­darlo, les proveyera con otro que les daría tanto más lustre cuanto menos

1 Según las leyendas, fue un esclavo -huido, etrusco, llamado Mastarna, engendra­do en la esclava Ocrisia por un dios lar (dios del hogar) de la familia Tarquinia.
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cierto fuese. La apoteosis final que representó a los reyes no tan sólo como hijuelos de dioses, sino como dioses mismos encarnados, pudo facilitarse si, durante su vida, ellos mismos proclamaban su divinidad, lo que ya hemos visto había razones para suponer.

Si entre los latinos se quedaban siempre en casa las mujeres de sangre regia y recibían como maridos hombres de otro linaje y frecuente­mente de otro país y que reinaron como reyes en virtud de su casamiento con las princesas nativas, podemos entender entonces, no sólo que fueran extranjeros los que llevaron la corona de Roma, sino también por qué hay nombres extranjeros en la lista de los reyes de Alba Longa. En un estado social donde la nobleza se reconoce solamente a través de las mu­jeres, en otras palabras, cuando la descendencia por la madre lo es todo y la descendencia por el padre nada, ninguna objeción se aprecia a la unión de muchachas del más alto rango con hombres de nacimiento humilde y aun extranjeros o esclavos, siempre que fueran cónyuges con­venientes. Lo que era verdaderamente importante es que el trono real, al que la prosperidad y la existencia misma del pueblo se suponían vin­culadas, debería ser perpetuado en forma vigorosa y eficiente y para este propósito era necesario que las mujeres de la familia real se dieran a nombres física y mentalmente capacitados, según el nivel de la sociedad primitiva, para cumplir el importante deber de la procreación. De este modo, las cualidades personales de los reyes en este grado de evolución social serían consideradas de importancia vital. Si ellos, lo mismo que sus esposas, eran de regia descendencia y aun mejor divina, miel sobre hojuelas, pero sin ser eso lo esencial.

En Atenas, lo mismo que en Roma, encontramos huellas de la su­cesión al trono por casamiento con una princesa real: dos de los más antiguos reyes de Atenas, Cécrope y Anfictión, se habían casado, según se cuenta, con las hijas de sus predecesores. Esta tradición, confirmada en cierto modo por pruebas, señala la conclusión de que en Atenas el patriarcado fue precedido por el matriarcado.

Además, si tenemos algún derecho a suponer que en el antiguo Lacio las familias reales guardaban sus hijas en casa y enviaban sus hijos a casar con princesas y reinar en los pueblos de sus esposas, resultaría de esto que los descendientes varones reinarían en sucesivas generaciones sobre diferentes reinos. Esto es lo que aconteció en la antigua Grecia y en la antigua Suecia, por lo que nosotros podemos deducir legítimamente que era una costumbre prcaticada por más de una rama del tronco ario en Europa. Relatan muchas tradiciones griegas cómo un príncipe aban­donó su país nativo y, llegado a otro país lejano, se casa con la hija del rey y le sucede en el trono. Los escritores griegos de la Antigüedad apuntan varias razones para explicar estas emigraciones de príncipes. Una muy general es que el hijo del rey era desterrado por homicida. Esto puede muy bien explicar por qué huyó de su país, pero no es razón para que llegase a ser rey en otro. Sospechamos que estas razones son reflexiones tardías inventadas por escritores, a quienes, acostumbra-

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dos la ley de sucesión del reino de padre a hijo, les era dificultoso contar muchas tradiciones de hijos de reyes que abandonaban su país de nacimiento y reinaban sobre un trono extranjero. En la tradición escandinava encontramos huellas de costumbres parecidas. Hemos leído que maridos de hijas reales habían recibido una parte del reino de su regio suegro aun cuando estos suegros tuvieran hijos; en particular durante las cinco generaciones que antecedieron a Haroldo el Rubio, algunos vástagos masculinos de la familia Ynglingar, que se decía llegada de Suecia, cuenta la Helmeskringla o sagas de los reyes noruegos que obtuvieron al menos seis provincias de Noruega por casamiento con las hijas de reyes locales.
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