Sir james george frazer la rama dorada



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1 Según Gubber, la cicuta, principio activo de la planta Conium maculatum, puesta en contacto con la piel, produce anestesia.

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nes del río Asopo y vuelta a la ciudad, acompañada por una multitud bulliciosa y danzante. Cada sesenta años, la Gran Daedala se celebraba por todo el pueblo de Beocia; en ella, las catorce imágenes reunidas en los festivales menores, eran llevadas sobre tablones en procesión hasta el río Asopo y después a la cumbre del monte Citerión, donde las que­maban en una gran pira. Para explicar estos festivales, la historia sugiere que en ellos se celebraba la boda de Zeus y Hera, representada por la imagen del roble con nupciales atavíos. En Suecia, anualmente pasea­ban por la comarca en una carreta, acompañada por una bella muchacha que denominaban la esposa del dios, una imagen de tamaño natural de Frey,1 el dios de la fertilidad de los animales y plantas. La muchacha actuaba también como su sacerdotisa en su gran templo de Upsala. Por dondequiera que pasara la carreta con la imagen del dios y su florida y joven novia, el pueblo se agolpaba hacia ella y le ofrendaba sacrificios para tener un año fructífero.

Vemos, pues, que la usanza de matrimoniar dioses con imágenes o con seres humanos estaba muy generalizada entre las naciones de la Anti­güedad. Las ideas sobre las que se fundaba dicha costumbre son tan toscas que no cabe duda de que los civilizados babilonios, egipcios y grie­gos las heredaron de sus bárbaros o salvajes antepasados. Esta presun­ción se fortalece cuando encontramos en boga ritos similares entre las razas más inferiores. Así, por ejemplo, sabemos que en cierta ocasión sucedió que los wotiacos del distrito ruso de Mallín ¿ fueron afligidos por una serie de malas cosechas. No sabían qué hacer, hasta que al fin decidieron que su poderoso, pero malintencionado dios Keremet debía estar furioso por no haberse casado. En consecuencia, una comisión de ancianos visitó a los wotiacos de Cura para llegar a un entendimiento con ellos sobre el asunto. Después volvieron a casa, se proveyeron de una gran cantidad de aguardiente y adornando vistosamente y con rapi­dez una carreta de caballos, marcharon en procesión sonando campani­llas, como cuando acompañan una novia a su nuevo hogar, hasta el bos­que sagrado de Cura. Allí comieron y bebieron alegremente toda la noche y a la mañana siguiente cortaron un trozo cuadrado de cepellón del bosque y lo trajeron a casa. Tiempos después, aunque prosperaron los del pueblo de Malmyz, fueron desgraciados los de Cura, pues el pan fue bueno en Malmyz, pero malo en Cura. Por esto, los hombres de Cura que consintieron en el casamiento fueron injuriados y maltra­tados por sus convecinos indignados. "¿Qué significó esta ceremonia matrimonial para ellos? —dice el escritor que lo narra—. No es fácil de entender. Quizá, como Bechterew piensa, significa desposar al avieso Keremet con la bondadosa y fructífera Mukylein, la esposa tierra, con objeto de que ella pueda influir sobre él benéficamente". Cuando los pozos están secos en Bengala, tallan una imagen en madera de un dios y lo casan con la diosa del agua.

Es frecuente que la novia destinada al dios no sea un leño o una

1 Su hermana es Freya, diosa del amor y la belleza.

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nube sino una mujer de carne y hueso. Se sabe que los indios de un poblado del Perú casaron a una bellísima muchacha de unos catorce años de edad con una piedra que tenía forma humana y que considera­ban como un dios (huaca). Todos los aldeanos tomaron parte en la ceremonia matrimonial, que duró tres días y fue acompañada de gran francachela. Después de esto, ella quedó virgen y dedicada a sacrificar por el pueblo al ídolo. Le mostraban la mayor reverencia y la conside­raban como una diosa. Todos los años, hacia la mitad de marzo, cuando comienza la época de la pesca, con la brancada de barredera los indios algonquines y hurones casaban sus redes con dos niñas de seis a siete años En el banquete nupcial colocaban la red entre las dos doncellas y la exhortaban a tener valor y capturar muchos peces. La razón de escoger novias tan jóvenes era para estar seguros de su virginidad. Cuen­tan que el origen de la costumbre fue éste: un año cuando la época de pesca iba a empezar, los algonquines tiraron sus redes como de costum­bre, mas no cogieron nada. Sorprendidos por su falta de éxito no sabían qué hacer, hasta que el genio (oki), o alma de la red, se les apareció en forma de un hombrachón que les dijo con gran cólera: "he perdido mi esposa y no he podido encontrar una que no haya conocido otro hombre; por esto no tenéis éxito ni lo tendréis mientras no me deis una solución". Los algonquines tuvieron consejo y resolvieron apaciguar al espíritu de la red casándolo con dos muchachas muy niñas para que no pudiera tener motivo de disgusto por ello. Así lo hicieron y la pesca volvió con abun­dancia. La noticia corrió entre sus vecinos y los hurones adoptaron esta costumbre. Daban parte de la pesca a las familias de las dos niñas que actuaban de novias de la red aquel año.

Los oraons de Bengala adoraban a la tierra como diosa y celebraban anualmente sus nupcias con el dios sol Dharma en la época en que el árbol sal está en flor. La ceremonia es como sigue: todos se bañan y después los hombres se retiran al bosque sagrado (sarna) mientras las mujeres se reúnen en la casa del sacerdote de la aldea. Después de sa­crificar algunas aves al dios sol y al demonio del bosque, los hombres comen y beben. "El sacerdote es entonces vuelto a la aldea a hombros de un hombre recio. Ya cerca del poblado, las mujeres se juntan con los hombres y les lavan los pies. Batiendo tambores y cantando, danzando y brincando, van todos a la casa del sacerdote que está decorada con hojas y flores. Después hacen la forma usual de matrimonio entre el sacerdote y su esposa, simbolizando la supuesta unión del sol y la tierra. Terminada la ceremonia, todos beben, comen y se divierten, bailan y entonan canciones obscenas, y finalmente se entregan a una orgía des­enfrenada. El objeto es impulsar a la madre tierra para que llegue a ser fructífera". Así, el matrimonio sagrado del sol y la tierra, personificados por el sacerdote y su mujer, se celebra como un encantamiento para afianzar la fertilidad de la tierra y con el mismo propósito, según prin­cipio de la magia homeopática, las gentes se entregan a la orgía.



Merece subrayarse que el ser sobrenatural con el que casan a las

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mujeres es muchas veces un dios o un espíritu de las aguas. Así, Mukasa el dios del lago Victoria,1 al que propiciaban los bagandas siempre que hacían un viaje largo, tenía vírgenes para servirle de mujeres. Como las vestales, estaban obligadas a la castidad, pero al contrario que ellas creemos que eran infieles con frecuencia. La costumbre duró hasta que Mwanga se convirtió al cristianismo. Los akikuyus del África Oriental Británica dan culto a la serpiente de un río y a intervalos de varios años casan al dios serpiente con mujeres, pero especialmente con jovencitas. Para el propósito, construyen chozas por orden de los curanderos, y en ellas se consuma el matrimonio sagrado con los crédulas devotas. Si las muchachas no acuden a las cabañas por su propia voluntad y en número suficiente, son raptadas y llevadas hacia los brazos de la deidad. Los niños nacidos de estas uniones místicas parecen ser apadrinados por Dios (Ngai); ciertamente que hay niños entre los akikuyus que pasan por ser hijos de Dios. También se dice que cuando una vez los habi­tantes de Cayeli, en la isla Burú de las Indias Orientales, temieron su destrucción por una multitud de cocodrilos, achacaron la desgracia a la pasión que el príncipe de los cocodrilos sentía por una cierta muchacha; en consecuencia, obligaron al padre de la damisela a vestirla de novia y a entregarla en brazos de su amante cocodrilo.



Una costumbre análoga se sabe que prevaleció en las islas Maldivas antes de la conversión de sus habitantes al Islam. El famoso viajero Ibn Batuta ha descrito la costumbre y la manera como llegó a terminarse. Le aseguraron varios nativos fidedignos, cuyos nombres él da, que cuando las gentes de las islas eran idólatras, se aparecía a ellos todos los meses un espíritu maligno entre los Jins2 que llegaban cruzando el mar bajo la apariencia de un barco lleno de lámparas encendidas. Los habitantes, tan pronto como lo percibían, tomaban una virgen y adornándola la conducían a un templo pagano situado a la orilla y con una ventana mirando al mar. Dejaban a la damisela toda la noche y cuando volvían por la mañana la encontraban sin doncellez y muerta. Cada mes se echaba suertes y el que le tocaba daba su hija al Jin del mar. La última doncella así ofrecida al demonio fue rescatada por un piadoso beréber que recitando el korán rechazó al Jin hasta el mar.

La narración de Ibn Batuta con su demonio amador y su novia mortal, recuerda estrechamente un bien conocido tipo de cuento popu­lar cuyas versiones se han encontrado desde el Japón y Annan, en Oriente, hasta Senegambia, Escandinavia y Escocia, en Occidente. La historia varía en los detalles de pueblo a pueblo, pero como general­mente se cuenta es así: En cierto país hay la plaga o calamidad de una serpiente de muchas cabezas, dragón u otro monstruo semejante que destruía a todos si no le ofrecían periódicamente una víctima humana, generalmente una virgen. Muchas víctimas han perecido ya y al fin la suerte ha recaído sobre la hija del rey, que va a ser sacrificada y es en-

1 Victoria Nyassa, del África Central.



2 Jin es el genio rebelde a Soleiman-ben-Daud, de las Mil y una noches.

NUMA Y EGERIA 183

tregada al monstruo cuando el héroe del cuento, frecuentemente un joven de humilde cuna, se interpone en su defensa, mata al monstruo y recibe la mano de la princesa como premio. En muchos de los cuentos, el monstruo, descrito algunas veces como una serpiente, habita en el agua de un mar, un lago o un manantial. En otras versiones es una serpiente o dragón que se apodera de la fuente o surgidero del agua y sólo permite que corra el agua o que el pueblo haga uso de ella a con­dición de recibir una víctima humana.

Sería probablemente una equivocación desvalorizar todos estos cuen­tos como puras invenciones literarias. Mejor aún será suponer que refle­jan la costumbre real y verdadera de sacrificar muchachas o mujeres para desposarlas con espíritus acuáticos a quienes frecuentemente se imagina como grandes serpientes o dragones.

CAPÍTULO XIII

LOS REYES DE ROMA Y ALBA

1. numa y egeria

Del examen hecho de costumbres y leyendas podemos deducir que el matrimonio sagrado de los poderes de la vegetación y del agua se ha celebrado por muchos pueblos con la idea de promover la fertilidad de la tierra, de la que, en última instancia, dependen la vida de los animales y de los hombres, y que en esos ritos el papel correspondiente al novio o novia divinos frecuentemente es desempeñado por un hombre o una mujer. La demostración puede, por lo tanto, prestar algún apoyo a la hipótesis de que en el bosque sagrado de Nemi, donde los poderes de la vegetación y del agua se manifiestan por sí mismos en las formas netas de los bosques frondosos, en las espumantes cascadas y el lago cristalino, un matrimonio semejante al de nuestro rey y reina de mayo, se celebra­ban anualmente entre el mortal rey del bosque y la inmortal reina del bosque, Diana. En relación con esto, había una importante figura del bosque, la ninfa Egeria, a la que daban culto las mujeres embarazadas porque ella, como Diana, podía concederles un parto fácil. De esto cree­mos claro y seguro deducir la conclusión de que, lo mismo que otras muchas fuentes, las aguas de Egeria estaban acreditadas con la virtud de facilitar tanto la concepción como el parto. Las ofrendas votivas encon­tradas en el lugar, que por su forma se refieren al engendramiento de criaturas, posiblemente fueron dedicadas a Egeria, mejor aún que a Diana, o quizá deberíamos decir que la ninfa Egeria es solamente otra forma de la gran diosa naturaleza, Diana misma, la señora así de los nos murmurantes, rumorosos, como de los bosques umbríos, que tenía su casa en las márgenes del lago y su espejo en las quietas aguas y cuya contrafigura griega, Artemisa, gustaba frecuentar lagunas y fuentes. La

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identificación de Egeria con Diana está confirmada por el relato de Plutarco que dice fue Egeria una de las dríadas del roble que los roma- nos creyeron presidía sobre todos los robledales, pues mientras Diana era una diosa de los bosques en general, ella aparece íntimamente asociada con los robles en particular y especialmente en su bosque sagrado de Nemi. Quizá, entonces, Egeria fue el hada de una fuente que manaba de entre las raíces de un roble sagrado. Dícese que un manantial había brotado del pie de un gran roble en Dodona y en su murmurante corrien­te se inspiraba la sacerdotisa para sus oráculos. Entre los griegos un trago de agua de ciertas fuentes sagradas o pozos se suponía que confería virtud profética. Esto podría explicar la más que mortal sabiduría con que, según cuenta la tradición, Egeria inspiró a su marido o amante real, Nimia.

Si recordamos con cuánta frecuencia, en las sociedades primitivas, se considera al rey como responsable de las lluvias y de la abundancia o escasez de los frutos de la tierra, difícilmente nos parecerá aventurado suponer que la leyenda de las nupcias de Egeria y Numa contiene la reminiscencia de un matrimonio sagrado que los antiguos reyes romanos contraerían regularmente con una diosa de la vegetación y del agua, con el propósito de habilitarse para cumplir sus funciones divinas o mágicas. En dicho rito, el papel de diosa podría ser representado por una imagen o por una mujer, y en este último caso, probablemente, por la reina. Si hay algo de verdad en esta conjetura, supondremos que el rey y la reina de Roma se disfrazaban de dioses en su casamiento, exactamente como parecen haberlo hecho el rey y la reina de Egipto. La leyenda de Numa y Egeria señala un bosque sagrado, mejor que una casa, como escenario de la unión nupcial, y lo mismo que las nupcias del rey y la reina de mayo, o que el dios de los viñedos y la reina de Atenas, pudo haberse celebrado anualmente como un sortilegio para asegurar la fer­tilidad no sólo del suelo sino del hombre y el animal. Ahora bien, según algunos relatos, el escenario matrimonial no fue otro que el bosque sa­grado de Nemi, y por razones completamente independientes, llegamos a suponer que en él, el rey del bosque se casaba con Diana. La conver­gencia de estas dos líneas distintas de investigación sugiere que la unión sagrada y legendaria del rey romano con Egeria puede haber sido un reflejo o duplicado de la unión del rey del bosque con Egeria o su con­trafigura, Diana. Esto no implica que los reyes romanos sirvieran siem­pre como reyes del bosque en la gran arboleda anciana, sino solamente que pudieron hallarse originariamente investidos de un carácter sacro de la misma clase general y tener su ocupación en parecidos términos. Para ser más explícitos diremos que es posible reinasen no por derecho de nacimiento, sino en virtud de su supuesta divinidad, como representantes o personificaciones de un dios, y que en este carácter se emparejasen con una diosa y tuvieran que demostrar sus aptitudes de vez en cuando para cumplir sus funciones divinas, peleando en un combate cuerpo a cuerpo que con frecuencia sería mortal para ellos, pasando la corona a



EL REY COMO JÚPITER 185

su victorioso adversario. Nuestros conocimientos de la monarquía ro-mana son demasiado escasos para permitirnos afirmar cualquiera de estas proposiciones con confianza; pero, al menos, hay diseminados

hitos e indicaciones de semejanza en todos estos respectos entre los sacerdotes de Nemi y los reyes de Roma, o quizá, aún mejor, con sus remotos antecesores de las obscuras edades que precedieron al origen de la leyenda.

2. EL REY COMO JÚPITER

En primer lugar, creemos que el rey romano personificaba una deidad, y nada menos que la del mismo Júpiter. Hasta la época imperial, los generales victoriosos que celebraban su triunfo y los magistrados que pre­sidían los juegos circenses llevaban los atavíos jupiterinos que tomaban prestados, para la ocasión, de su gran templo del Capitolio; y se ha sos­tenido con grandes probabilidades, lo mismo por los antiguos que por los modernos, que al hacerlo así copiaban el tradicional atavío e in­signias de los reyes romanos. Iban por toda la ciudad en un carro triun­fal tirado por cuatro caballos coronados de laurel, mientras los demás marchaban a pie; llevaban vestidos de púrpura bordada y con aplicacio­nes de oro y blandían en la mano derecha una rama de laurel y en la izquierda un cetro de marfil rematado por un águila. Una corona de laurel ceñía las sienes, la cara estaba enrojecida de bermellón, y por en­cima de su cabeza un esclavo sostenía una pesada corona de oro macizo que semejaba hojas de roble. En donde se acentúa con más carácter la asimilación del hombre al dios es en el cetro aguileño, la corona de roble y la cara bermejona: el águila era el ave de Jove; su árbol sagrado, el roble, y la cara de su imagen sobre su cuadriga en el Capitolio estaba del mismo modo teñida, por lo general, en los festivales. Verdaderamen­te les parecía tan importante mantener las facciones divinas debidamente enrojecidas, que uno de los primeros deberes de los censores era cerrar contrato para que lo hicieran. Como la procesión triunfal terminaba siempre en el templo de Júpiter, en el Capitolio, era una peculiaridad muy apropiada que la cabeza del victorioso fuese agraciada con una corona de hojas de roble, pues no sólo estaban todos los robles consa­grados a Júpiter, sino que se decía que el templo capitalino del dios había sido construido por Rómulo junto a un roble sagrado, venerado por los pastores, donde el rey ataba los despojos tomados por él en ba­talla al general enemigo. Nos dicen explícitamente que la corona de roble estaba consagrada al Júpiter capitalino; un pasaje de Ovidio prueba que se la consideraba emblema especial del dios.

Según una tradición que no tenemos derecho a rechazar, Roma fue fundada por los colonos de Alba Longa, ciudad situada en la falda de las colinas Albanas, sobre el lago y el llano de Campania. Por esto, si los reyes romanos proclamaban ser los representantes o personificaciones

186 LOS REYES DE ROMA Y ALBA

de Júpiter, dios del cielo, del trueno y del roble, es natural suponer que los reyes de Alba, de los que arrancaba la descendencia del fundador de Roma, debieron haber proclamado lo mismo anteriormente. Ahora bien la dinastía albana llevaba el nombre de Silvii o bosque y no puede menos de ser significativo que en la visión de las glorias históricas de Roma reveladas a Eneas en el mundo subterráneo, Virgilio, tan arqueólogo como poeta, representase el linaje de los Silvii coronados de roble. Creemos, pues, que una guirnalda de hojas de roble fue parte de las insignias de los antiguos reyes de Alba Longa igual que de sus suceso­res los de Roma; en ambos casos señalaba al monarca como represen­tante humano del dios del roble. Los anales romanos recuerdan que uno de los reyes de Alba, Rómulo, Rémulo (Remo) o Amulius Silvius de nombre, se consideró a sí mismo dios igual o superior a Júpiter; para mantener sus pretensiones e intimidar a sus súbditos, construyó unos artefactos con los que imitaba el fragor del trueno y el fulgurar del relámpago. Diodoro relata que en la estación de las frutas, cuando el tronar es muy fuerte y frecuente, el rey mandaba a sus soldados sofocar el estruendo de la artillería celestial haciendo chocar sus espadas contra los escudos; pero sufrió el castigo de su impiedad, pereciendo con su casa, fulminada por el rayo en medio de una horrísona tormenta; el lago Albano, henchido por la lluvia, se desbordó e inundó su palacio. Pero todavía, dice un historiador antiguo, cuando las aguas están bajas y su superficie no está rizada por la Brisa, pueden verse las ruinas del palacio en el fondo transparente del lago. Poniéndola junto a la de Salmoneo, rey de Elis, estas leyendas se refieren a una costumbre ver­dadera de los reyes primitivos de Grecia e Italia que, como sus compa­ñeros de África hasta los tiempos modernos, esperaban producir la lluvia y el trueno para el beneficio de las cosechas. El rey sacerdotal Numa l tenía fama de ser adepto del arte de provocar los rayos del cielo. Sabe­mos que la imitación de los truenos se ha realizado por algunos pueblos en tiempos modernos como un conjuro de lluvia. ¿Por qué no lo pueden haber hecho así los reyes en la Antigüedad?
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