Sir james george frazer la rama dorada



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LA INFLUENCIA OE LOS SEXOS EN LA VEGETACIÓN 173

Los mismos medios empleados para estimular el desarrollo de las cosechas se emplean naturalmente para asegurar la fecundidad de los árboles. En algunos lugares de la isla Amboina, cuando el estado de la hacienda de claveros1 indica que la cosecha parece que va a ser escasa, van los hombres desnudos a las haciendas por las noches y allí procuran fertilizar a los árboles precisamente como se preña a las mujeres, y mientras exclaman: ¡Más clavos! Creen que esto hará el fruto más abundante en los claveros.

Los bagandas del África Central creen tan firmemente en la intima relación existente entre la cópula sexual y la fertilidad del suelo, que una esposa estéril suele ser repudiada, pues por su causa suponen que el huerto de su marido carecería de frutos. Por el contrario, una pareja que ha dado pruebas de extraordinaria fecundidad, por ser padres de mellizos, está dotada, según los bagandas, de la potencia correspondiente para aumentar la fructificación de los platanales que les proveen de su prin­cipal alimento.

Poco tiempo después del nacimiento de los mellizos hacen una ceremonia cuya intención claramente es transmitir a los plátanos la vir­tud reproductiva de los padres: la madre se tiende boca arriba en la tupida hierba cerca de la casa y se pone una flor de plátano entre los muslos; hecho esto, llega el marido y tira la flor de un golpe de su miem­bro genital. Más adelante, los padres van por la región, bailando en los huertos de las amistades a quienes quieren favorecer, con el indudable propósito de inducir a los platanales a dar más frutos.

En varios lugares de Europa, han prevalecido algunas costumbres de primavera y de recolección que se fundan evidentemente en la misma noción bárbara de que las relaciones sexuales humanas pueden emplearse para acelerar el desarrollo de las plantas. Por ejemplo, en Ucrania, el día de San Jorge (23 de abril), el sacerdote revestido y asistido de sus acólitos va por los campos del pueblo donde las mieses están empezando a mostrar su tierno verdor en los surcos y los bendice. Después de esto, los casados jóvenes se tumban emparejados sobre los sembrados y ruedan varias veces por ellos, en la creencia de que hacer esto excita el creci­miento de la mies. En algunas partes de Rusia, es el propio sacerdote al que hacen rodar por el campo las mujeres y lo hacen sin importarles el lodo y los terrones del suelo germinante que puedan encontrar en su beneficioso rodamiento. -Si el clérigo se resiste o protesta de hacerlo. sus fieles murmuran: "Pobrecito, no nos quiere bien; no desea que ten­gamos grano, aunque quiere vivir de nuestro grano". En algunos lugares de Alemania, durante la cosecha, los hombres y mujeres que han segado la mies ruedan abrazados por el rastrojo. También es probable que esto sea La forma mitigada de una costumbre antigua y ruda destinada a comunicar fertilidad a los campos por métodos semejantes a los que los pipiles de Centro América recurrían hace tiempo y los arroceros de Java en la época actual.

1 Árbol mirtácco cuyas flores en capullos secos son el "clavo de especias".

174 LA INFLUENCIA DE LOS SEXOS EN LA VEGETACIÓN

Al estudioso que tiene interés en seguir la pista del curso vacilante del pensamiento humano en su marcha a tientas tras de la verdad, le es de algún interés observar que la misma creencia teórica en la influencia simpatética de los sexos en la vegetación, que ha llevado a muchos pue­blos a satisfacer sus pasiones como medio de fertilizar la tierra, ha con­ducido a otros pueblos a buscar el mismo fin por medios directamente opuestos.

Los indios de Nicaragua, desde el momento mismo en que sembra­ban el maíz hasta el de recolectarlo vivían castamente, manteniéndose apartados de sus mujeres y durmiendo en lugar separado. Comían sin sal y se abstenían de beber cacao y chicha, el aguardiente de maíz fermen­tado; en suma, como los historiadores españoles observan, esa época era para ellos la época de abstinencia. Hoy día, algunas de las tribus de América Central practican la continencia para que así se promueva el desarrollo de las cosechas. Asimismo se nos cuenta que antes de sem­brar el maíz, los indios kekchi duermen apartados de sus mujeres y no comen carne en cinco días, mientras los indios lanquineros y cajabone-ros prolongan este período de abstinencia de los placeres carnales hasta trece días.

También así, entre algunos alemanes de Transilvania es regla que ningún hombre pueda dormir con su esposa durante todo el tiempo que emplea en sembrar sus campos. La misma regla se observa en Kalo-taszeg, en Hungría; las gentes piensan que si no obedecieran la costum­bre, el grano se parasitaria con el muden. Igualmente en la Australia central, un jefe de la tribu Kaitish se abstiene en absoluto de las relacio­nes maritales todo el tiempo que esté verificando las ceremonias mágicas para que crezca la hierba; él cree que una falta a este precepto impedirá que germine debidamente la semilla de la hierba. En algunas de las islas de la Melanesia, cuando a las plantas del ñame se las espaldera, los hombres duermen cerca de las huertas y nunca se acercan a las mujeres; si volviesen a la huerta después de romper esta regla de continencia, los tubérculos se echarían a perder.

Si preguntamos lógicamente por qué creencias similares conducen entre los diferentes pueblos a términos de conducta tan opuestos como la castidad estricta y la crápula más o menos franca, la razón, tal como se presenta a la mentalidad primitiva, no es difícil de encontrar. Si el hombre inculto se identifica en cierto modo con la naturaleza, si fracasa en distinguir sus propios impulsos y procesos de los métodos que adopta la naturaleza para asegurar la reproducción de las plantas y animales, él puede acogerse a una de estas dos conclusiones: inferir que cediendo a sus apetitos ayuda a la multiplicación de las plantas y animales, o ima­ginar que el vigor que rehusa gastar en la reproducción de su propia especie formará a modo de una acumulación de energía, por lo cual otros seres vivientes, vegetales o animales, se beneficiarán de algún modo en la propagación de sus especies. Así, de la misma filosofía tosca, de las mismas nociones primitivas que se tienen de la naturaleza y de la



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vida el salvaje habrá de deducir si observa una regla crapulosa o ascética.

A los lectores educados en una religión que está saturada del idea­lismo ascético del Oriente, pudiera parecerles traída por los pelos e im-probable la explicación que hemos dado de la regla de continencia que en ciertas circunstancias guardan los pueblos rudos o salvajes. Acaso pien­sen que la pureza moral, que está íntimamente asociada en sus mentes con la obediencia a tal regla, es una explicación suficiente de ello. Ellos pueden mantener con Milton que la castidad por sí misma es una virtud noble y que el freno que se imponen sobre uno de los más fuertes im­pulsos de nuestra naturaleza animal señala a los que pueden someter sus deseos como hombres superiores al general rebaño y por ello merece­dores de recibir el sello de la aprobación divina. Sin embargo, por na­tural que pueda parecemos este modo de pensar, es completamente extraño y verdaderamente incomprensible para el salvaje. Si éste resiste en ocasiones al instinto sexual no es por idealismo sublime, ni por aspi­ración etérea a la pureza sexual, sino con el designio de un ulterior y más perfectamente definido y concreto objetivo; en su consecución está dispuesto a sacrificar la inmediata satisfacción de sus sentidos. Que esto sea o pueda ser así queda suficientemente demostrado con los ejemplos que anteceden. Ellos muestran que cuando el instinto de la propia con­servación, que se manifiesta principalmente en la búsqueda de alimentos, está o parece estar en conflicto con el instinto que conduce a la repro­ducción de la especie, el primero, como más fundamental y primario, es capaz de dominar al segundo. Resumiendo: el salvaje está dispuesto a refrenar su atracción sexual por el alimento. Otro objetivo a cuyo fin consiente ejercer la misma inhibición es la victoria en la guerra. No sólo el guerrero en campaña, sino sus amistades en casa frecuentemente refrenan sus apetitos sexuales, en la creencia de que haciéndolo así aquél podrá vencer al enemigo más fácilmente. La falacia de tal creencia, igual que la de la castidad del sembrador que conduce a la germinación de la semilla, es bastante evidente para nosotros; es incluso posible que la cohibición que esas u otras creencias semejantes, vanas y falsas como son, han impuesto al género humano, no ha carecido de utilidad para fortificar y fortalecer la raza, pues la fuerza de carácter, lo mismo en el individuo que en la raza, consiste principalmente en la energía para sacri­ficar el presente por el futuro, desatendiendo las inmediatas tentaciones de los placeres efímeros de la vida por fuentes de satisfacción más distan­tes y duraderas.

Cuanto más se ejercita la voluntad, tanto más alta y fuerte llega a ser la personalidad; hasta las alturas del heroísmo llegan a alcan­zar los hombres que renuncian a los placeres de la vida, y aun a la vida misma, por el designio de conseguir o ganar para los demás, quizá en fecha lejana, las bendiciones de la libertad y de la verdad.

CAPITULO XII

EL MATRIMONIO SAGRADO

1. diana como diosa de la fertilidad

Hemos visto que, según una extendida creencia que no deja de tener fundamento en los hechos, las plantas reproducen sus especies median­te la unión sexual de los elementos macho y hembra y que, según el principio de la magia homeopática o imitativa, esta reproducción se supo­ne estimulada por los matrimonios ficticios o verdaderos de hombres y mujeres disfrazados, durante esa época, de espíritus de la vegetación. Es­tos dramas mágicos han desempeñado un gran papel en los festejos po­pulares de Europa y, fundados como están en una concepción muy tosca de la ley natural, es evidente que debieron provenir de una antigüedad remota.



De consiguiente, es difícil que podamos equivocarnos al suponer que datan de un tiempo en que los antepasados de las naciones civilizadas de Europa eran todavía bárbaros que pastoreaban sus rebaños y cultiva­ban esporádicamente el cereal en los claros de las inmensas selvas que entonces cubrían la mayor parte del continente, desde el Mediterráneo hasta el Océano Glacial Ártico. Mas si esos viejos encantamientos y conjuros para el desarrollo de hojas y capullos, de hierbas, flores y frutos, se han prolongado hasta alcanzar nuestros tiempos bajo la forma teatral bucólica y de diversiones populares, ¿no es razonable suponer que sobre­vivían en forma menos atenuada hace dos mil años entre los pueblos civi­lizados de la Antigüedad? Para decirlo, de otro modo, ¿no será probable que, en ciertos festivales de los antiguos, sea posible encontrar los equi­valentes de nuestras celebraciones del día mayo. Pascua de Pentecostés y solsticio estival, con la diferencia de que en aquellos tiempos aún no habían degenerado en meras representaciones y autos sacramentales, sino que eran todavía ritos religiosos o mágicos, en los que los actores desem­peñaban conscientemente su eximio papel de dioses y diosas? Ahora bien, en el primer capítulo de este libro encontramos razones para creer que el sacerdote que llevaba el título de rey del bosque en Nemi tenía por mujer a la diosa del bosque, a la misma Diana. ¿Podrán haber sido él y ella, como rey y reina, los verdaderos originales de las contrafigu­ras, máscaras alegres que hacían de rey y reina mayo, de novio y novia de Pascua de Pentecostés en la Europa moderna? ¿Y no sería celebrada anualmente su unión en una teogamia o nupcias sacras? Estos casamien­tos dramatizados de dioses y diosas, como ya hemos visto, se realizaron como ritos religiosos solemnes en muchas partes del mundo antiguo; por esto, no hay improbabilidad intrínseca en la hipótesis de que el sagrado bosque de Nemi fue escenario de una ceremonia anual de esta clase. No hay prueba directa de ello, pero la analogía arguye en favor de la hipótesis que tratamos de demostrar.

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DIANA COMO DIOSA DE LA FERTILIDAD 177

Diana fue esencialmente una diosa de los bosques, del mismo modo que Ceres lo fue del cereal y Baco de la vid. Sus santuarios estaban por lo general en bosquecillos y, verdaderamente, todas las florestas eran consagradas a ella, con frecuencia en unión del dios forestal Silvano en las dedicaciones. Pero sea cual fuere lo que Diana pudiera haber sido en su origen, no siempre fue una simple diosa de los árboles. Al igual que su hermana griega Artemisa, parece haberse desenvuelto como perso­nificación de la prolífera naturaleza, lo mismo vegetal que animal. Como señora del boscaje se pensó, naturalmente, que era dueña de los animales salvajes y domésticos que lo recorrían acechando a sus presas en las pro­fundas umbrías, ramoneando entre la hojarasca y brincando por los ma­torrales o paciendo la hierba de los rasos y cañadas. Así debió llegar a ser la diosa patrona de los cazadores y pastores, como Silvano era el dios no sólo de los bosques, sino también del ganado. Igualmente, en Fin­landia las bestias salvajes de las selvas son consideradas como los rebaños del selvático dios Tapio y de su majestuosa y bellísima esposa. Nadie podía matar a ningún animal de esos sin el gracioso permiso de sus propietarios divinos. Por esto, el cazador rezaba a las deidades silvánicas y les ofrecía votos de ricas ofrendas si ellos dirigían la caza a su encuentro. También creemos que los rebaños gozaban de la protección de estos espí­ritus de los bosques, lo mismo cuando estaban en sus establos, que cuando estaban descarriados por la selva. Antes que los gayos de Sumatra cacen el ciervo, gatos salvajes o jabalíes con sabuesos en la selva, consi­deran necesario obtener permiso del invisible señor del bosque, lo que hacen siguiendo una forma prescrita por un hombre que tiene especial habilidad en cosas del bosque. Éste pone una mascada de betel ante un poste cortado de tal modo que representa al señor del bosque y entonces reza al espíritu para que muestre su consentimiento o su negativa. En su Tratado de montería, Arrían nos cuenta que los celtas ofrecían un sacrificio anual a Artemisa el día de su cumpleaños, comprando la víc­tima expiatoria con las multas que habían pagado a su tesoro por cada zorra, liebre y corzo que habían matado en el transcurso del año. La costumbre demuestra que los animales selváticos pertenecían a Diana, a la que debían compensación por la matanza.

Mas Diana no era solamente la patrocinadora de los animales sal­vajes, señora de los bosques y montes, de los claros solitarios y de las rumorosas corrientes; imaginada como luna y especialmente, como po­dríamos creer, como la luna amarillenta de las cosechas, ella henchía la casa de labor del agricultor con frutos hermosos y escuchaba las oraciones de las parturientas. En su bosque sagrado de Nemi, como ya hemos visto, tenía culto especial como diosa de los partos, la que concedía des­cendencia a los humanos. Así, Diana, semejante a la griega Artemisa, con la que estaba continuamente identificada, miedo ser descrita como diosa de la naturaleza en general y de la fertilidad en particular. No es para maravillarse, por esto, que en su santuario, sobre el Aventino, estuviera representada por una imagen copiada del ídolo de muchos

178 EL MATRIMONIO SAGRADO

pechos de la Artemisa efesiana con todos sus múltiples emblemas de la fecundidad exuberante. Por ello, podemos entender la razón de una antigua ley romana, atribuida al rey Tulio Hostilio, que prescribía que cuando se hubiera cometido un incesto, tenía que ofrecerse por el pon­tífice un sacrificio expiatorio en el bosque de Diana. Nosotros sabemos que el crimen de incesto se supone generalmente que produce una época de hambre; por esto es por lo que el crimen tenía que tener su expiación ante la diosa de la fertilidad.

Ahora bien, dado el principio de que la diosa de la fertilidad debe ser ella misma fértil, incumbía a Diana tener un compañero masculino. Si puede confiarse en el testimonio de Servius, el compañero varón de la diosa era Virbius, que tenía su representante o quizás mejor su persona­lidad en el rey del bosque en Nemi. La idea de esta unión sería pro­mover la fertilidad de la tierra, de los animales y de los humanos y debió pensarse, naturalmente, que este designio sería más fácilmente alcanzado si se celebraban anualmente las nupcias sagradas, siendo representados los papeles de la novia divina y del novio, ya mediante imágenes, ya con personas vivas. Ningún escritor antiguo menciona que se hiciera esto así en el bosque de Nemi, mas nuestro conocimiento sobre el ritual an­ciano es tan escaso que la falta de información en este asunto difícil­mente puede contarse como una objeción fatal a la teoría; ésta, a falta de prueba directa, deberá basarse necesariamente sobre su analogía con otras costumbres parecidas y practicadas en otras partes. Algunos ejem­plos modernos más o menos degenerados de estas costumbres, se descri­bieron ya en el capítulo anterior. Ahora deliberaremos acerca de sus contrafiguras antiguas.

2. EL MATRIMONIO DE LOS DIOSES

En Babilonia, el santuario imponente de Baal se elevaba como una pirámide sobre la ciudad con sus ocho pisos o torres en serie decreciente. En la más alta y a la que se llegaba por una rampa que iba dando la vuelta a las demás, había un templo espacioso y en el templo un gran lecho magníficamente tapizado y almohadillado, con una mesa dorada a su lado. En el templo no se veía ninguna imagen ni tampoco quedaba allí ninguna persona, salvo una mujer, que según los sacerdotes caldeos había sido escogida por el dios entre todas las mujeres de Babilonia Decían que la deidad venía al templo por la noche y dormía en la gran cama; la mujer, como consorte del dios, no podía tener relaciones sexua­les con ningún hombre mortal.

En Tebas. Egipto, dormía una mujer en el templo de Ammón como consorte del dios y, al igual que la esposa humana de Baal en Babilonia, se decía que no podía tener contacto con hombre alguno. En los textos egipcios es frecuentemente mencionada como "la esposa divina" y en general no era personaje menos importante que la misma reina de Egipto, pues según los egipcios sus monarcas eran engendrados realmente por el

EL MATRIMONIO DE LOS DIOSES 179

dios Ammón que tomaba la forma del rey reinante y así disfrazado tenía cópula con la reina. La procreación divina está grabada y pintada con eran detalle en los muros de dos templos de los más antiguos de Egipto, e1 de Deir el Bahari y el de Luxor, y las inscripciones que están junto a las pinturas son descripciones que no dejan lugar a duda alguna sobre la significación de las escenas.

En Atenas, el dios de las vides, Dionysos, se casaba anualmente con la reina y parece que la consumación de la unión divina, tanto como de los esponsales, se efectuaba en la ceremonia; pero si el papel del dios era representado por una imagen o por un hombre vivo, no lo sabemos. Lee­mos en Aristóteles que la ceremonia tenía lugar en la antigua residencia oficial del rey, conocida por el Establo, situada cerca del Pritáneo o Ayuntamiento en la ladera nordeste de la Acrópolis. El objeto de este casamiento difícilmente puede ser otro que el de asegurar la fecundidad de las vides y árboles frutales de los que Dionyses era el dios. Así, en su forma y significado corresponde a las nupcias del rey y la reina de mayo. En los grandes misterios solemnizados en Eleusis durante el mes de septiembre, la unión del dios celestial Zeus con la diosa del cereal De-méter, parece que se representaba por la unión del hierofante con la sa­cerdotisa de Deméter, que hacían respectivamente las partes de dios y diosa. Pero su cópula era solamente escénica o simbólica, pues el hiero­fante se privaba él mismo temporalmente de la virilidad, por una apli­cación de cicuta.1 Cuando las antorchas se apagaban, la pareja descendía a un lugar obscuro, mientras la muchedumbre de los devotos aguarda­ban en ansiosa expectación el resultado de la mística popular, de la que creían dependía su propia salvación. Transcurrido algún tiempo, aparecía el hierofante y en una ráfaga luminosa exhibía silenciosamente a la asam­blea una espiga de cereal, el fruto de la unión divina. Después, con voz fuerte, exclamaba: "La reina Brimo ha parido un muchacho Brimo sa­grado", con lo que quería decir: "La omnipotente ha parido al omnipo­tente". La madre del cereal, efectivamente, había dado nacimiento a su niño "el grano" y sus dolores de parto se representaban en el drama sagrado. La revelación de la espiga parece que fue el acto culminante de los misterios. Así, por medio de la fascinación esparcida alrededor de estos ritos por la poesía y la filosofía de épocas posteriores, brilla todavía, como un panorama distante bañado por un halo brumoso, un sencillo festival rústico destinado a cubrir la extensa llanura eleusina de una cose­cha ubérrima debida a la boda de la diosa del grano con el celeste dios 3ue fertilizaba la tierra desnuda, con sus lluvias benditas. El pueblo e Platea, en Beocia, tenía un festival cada cierto número de años que denominaban la Pequeña Daedala, en el que derribaban, de un antiguo robledal, uno de los árboles, y lo tallaban en forma de imagen que des­pués vestían de novia y colocaban en una carreta de bueyes, con una damisela a su lado. Creemos que la imagen era llevada hasta las márge-
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