Sir james george frazer la rama dorada



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Hay determinados casos en los que sólo ciertas clases de árboles tie­nen espíritus moradores en ellos. En Grbalj, Dalmacia, dicen que entre las grandes hayas, robles y otros árboles hay algunos que están dotados de almas o "sombras" y siempre que derriben uno de estos árboles, debe morir el talador o al menos quedar inválido para el resto de sus días. Si un leñador teme que algún árbol derribado por él sea algo de esta clase, deberá cortar la cabeza de una gallina sobre el tocón que quedó y con la misma hacha con que taló el árbol. Esto le protegerá de daño aun cuando el árbol cortado fuese uno de los de "clase animada". La ceiba, que alcanza con su enorme tronco una gran altura, viéndosela por encima de todos los demás árboles de la selva, es mirada con reverencia en toda el África occidental, desde el Senegal al Níger, y creen que en ella habita un dios o espíritu. Entre los pueblos de lenguaje ewe, de la Costa de los Esclavos, el habitante morador de este gigante de las selvas lleva el nom­bre de huntin. Los ejemplares en los que especialmente vive, pues no todas las ceibas son así honradas con su presencia, están circundados por un cinturón de hojas de palmera y las aves sacrificadas y en ocasiones víctimas humanas son dejadas al pie del árbol o atadas a su tronco. Un árbol señalado por el cinturón de hojas de palma no se debe tocar en modo alguno y hasta las ceibas que no se suponen animadas por el huntin no son derribadas a menos que el selvícola ofrezca primeramente un sacrificio de aves y se purgue con aceite de palma el que se propone hacer el sacrificio. Omitir el sacrificio es un crimen que puede ser cas­tigado con la muerte. En las montañas Kangra, del Punjab, se acostum­braba sacrificar anualmente una muchacha a un cedro viejo, guardando turno las familias de la aldea para proveer la víctima. Este árbol fue cortado no hace muchos años.

Si los árboles están animados, necesariamente serán sensibles y el cortarlos se convierte en una operación quirúrgica delicada que deberá ejecutarse con la mayor ternura posible hacia el sufrimiento del paciente, que de otra manera se revolvería para caer sobre el operador descuidado o inhábil y destrozarle con su peso. Cuando está cayendo un roble, "da tales gemidos y gritos que pueden oírse a más de un milla, como si estu-

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viera lamentándose el genio del árbol. E. Wyld los ha oído varias veces”. Los indios ojebways muy raramente talan árboles verdes o vivientes por­que piensan en su dolor y algunos de los curanderos aseguran haber oído los gemidos de los árboles bajo el hacha. Arboles que sangran y exhalan gritos de dolor o indignación cuando están siendo talados o quemados se encuentran con frecuencia en libros chinos y aun en historias corrien­tes. Viejos campesinos de algunos lugares de Austria creen todavía que los árboles de la selva están animados y no permitirán se les haga un corte en la corteza sin causa especial; han oído a sus padres que los árboles sienten el corte no menos que un hombre su herida. Cuando derriban un árbol, le ruegan que los perdone. Se dice que en el Alto Palatinado también los leñadores piden con sigilo al árbol fuerte y her­moso que les perdone antes de derribarlo. Asimismo, en Jarkino, los leña­dores impetran perdón de los árboles que cortan. Los ilocanos de Lu-zón, antes de cortar árboles en la selva virgen o en las montañas, recitan unos versos, a los consiguientes efectos: "No se inquiete mi amigo, piense que talamos lo que se nos ha mandado talar". Hacen esto con el designio de no atraerse el odio de los espíritus que moran en los árbo­les y que están dispuestos a vengarse, acarreando dolorosas enfermedades a quienes les traten desconsideradamente. Los bosonga del África central piensan que cuando se corta un árbol, el espíritu que lo habita, airado, puede causar la muerte del jefe y de su familia. Para prevenir este desas­tre, consultan un curandero antes de talar; si el perito da licencia para proceder, el selvícola ofrenda al árbol una gallina y una cabra y después, tan pronto como da el primer hachazo, aplica su boca al corte y chupa algo de la savia. De este modo crea fraternidad con el árbol, exactamen­te, como entre dos hombres se crea la hermandad de sangre chupando el uno la del otro. Después que ha hecho esto, puede ya derribar con im­punidad al hermano árbol.

No siempre son tratados los espíritus de la vegetación con deferen­cia y respeto; si las buenas palabras y el tratamiento cortés no les con­mueven, recurren a medidas más fuertes. El árbol durio1 de las Indias Orientales, cuyo tronco liso crece a veces veinte y treinta metros de altura sin dar una sola rama hasta el final, tiene un fruto del sabor más delicioso y del más repugnante hedor. Los malayos cultivan el durío para aprovechar sus frutos y algunas veces se ha dicho que recurren a una ceremonia especial con el propósito de estimular su fertilidad. Cerca de Jugra, en Sclangor, hay un bosqneeillo de durios y en cierto día espe­cialmente escogido los aldeanos se reunían allí. Entonces uno de los hechiceros locales tomaba un destral y descargaba varios golpes dados con tiento sobre el tronco del árbol menos fecundo, diciendo: "¿Nos darás ahora fruto o no? Si no lo haces te derribaré". Tras de esto, el

1 Durio zibethinus: Tiene su fruto una pulpa de crema coloreada y deliciosa, con semillas del tamaño de castañas, que se comen tostadas. Por su olor repugnante, que recuerda a la civeta o gato de algalia, tiene en su nombre botánico zibethinus, que lo recuerda.

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árbol respondía por boca de un hombre que había trepado a un mangos-tán1 cercano (al durio, por su lisura, es dificilísimo) diciendo: "Sí,

ahora daré frutos; le ruego que no me derribe". En el Japón, para hacer fructíferos a los árboles, van al huerto dos hombres; uno trepa a un árbol y el otro se queda al pie con un hacha y pide al árbol que dé buena

cosecha el próximo año, amenazándole con cortarle si no lo hace. El hombre que subió a las ramas contesta desde allí en nombre del árbol que dará fruto y muy abundante. A pesar de lo rara que pueda parecemos esta horticultura, tiene su paralelo exacto en Europa. El día de Noche­buena, muchos campesinos eslavos del sur y búlgaros blanden terrorífi­camente un hacha contra el árbol frutal estéril, mientras otros hombres colocados ante-él interceden por el amenazado diciendo: "No le cortes; él querrá dar fruto". Por tres veces el hacha corta el aire y por tres veces el golpe que amaga es evitado por la súplica de los intercesores. Después de esto, el atemorizado árbol seguramente dará fruto el año próximo. El imaginar a los árboles y plantas como seres animados da por resultado natural tratarlos como machos y hembras que pueden matri­moniar unos con otros, no en un sentido poético o meramente figurado, sino también en el sentido real de la palabra. La idea no es completa­mente imaginaria, pues las plantas, como los animales, tienen su sexo y reproducen su especie por unión de los elementos masculinos con los femeninos. Pero mientras en todos los animales superiores, los órganos de los dos sexos están perfectamente separados en distintos individuos, en la gran mayoría de las plantas existen juntos en cada individuo de la especie. Esta regla, sin embargo, no es universal y en muchas especies la planta masculina es distinta de la femenina. La distinción parece haber sido observada por algunos salvajes, pues sabemos que los maoríes "conocen el sexo de los árboles, etc., y les dan distintos nombres según sean árboles femeninos o masculinos". Los antiguos conocían la diferen­cia entre las palmeras datileras macho y hembra y las fertilizaban artifi­cialmente sacudiendo el polen masculino sobre las flores de la palmera femenina; esta fertilización la verificaban en primavera. Entre los paga­nos de Harran se llamaba mes de los dátiles el mes en que se fertilizaban las palmeras y durante esa época celebraban la fiesta del casamiento de todos los dioses y diosas. Distintos de este verdadero y fructífero casa­miento de la palmera, son los matrimonios estériles de las plantas que juegan un papel en la superstición hindú. Por ejemplo, si un hindú ha hecho una plantación de mangos, ni él ni su mujer pueden en modo alguno gustar de la fruta hasta haber casado solemnemente uno de sus árboles con otro árbol de distinta especie, generalmente un tamarindo que crezca cercano en la selva. Si no hay tamarindo como novia, puede servir para el caso un árbol jazminero. Los gastos de un casamiento así suelen ser considerables, pues cuanto más brahmanes sean festejados con ese motivo, mayor es la gloria del propietario de la plantación. Se ha

1 Garcinia mangostana, el árbol de la fruta más exquisita del universo, con sabor entre pera y pina, presentada en un estuche natural rojo.

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conocido e] caso de una familia que vendió todas sus joyas de oro y plata y además pidió prestado todo el dinero que pudo reunir con el objeto de casar con la debida pompa y ceremonia un mango con un jazminero. La víspera de Navidad, los campesinos alemanes usaban atar juntos árboles frutales con sogas de paja para hacerles producir fruto, diciendo que así estaban los árboles casados.

En las Islas Molucas, cuando los claveros están floreciendo, se les trata como a las mujeres embarazadas; no se debe hacer ningún ruido cerca, no se puede llevar una luz o fuego por entre ellos, nadie podrá acercarse a ellos con el sombrero puesto y todo el mundo debe descu­brirse en su presencia. Estas precauciones obedecen al temor de que los árboles pudieran alarmarse y no tener fruto o dejarlo caer demasiado pronto, a semejanza del aborto de una mujer gestante que se ha asustado. Así, también, en el Oriente, cuando están empezando a granar lo;, arro­zales, es frecuente tratarlos con las mismas consideraciones que a una mujer encinta; por ejemplo, en Amboina cuando está floreciendo el arroz la gente dice que está preñado y no se puede hacer fuego ni disparar escopetas ni provocar ningún otro ruido cerca del arrozal por temor a que el arroz se sobresalte y malpara, siendo la cosecha solamente de paja sin grano.

Otras veces son las almas de los difuntos las que se cree animan a los árboles. En la Australia central, los de la tribu Dieri consideran muy sagrados ciertos árboles en los que suponen se han transformado sus pa­dres; por esta creencia, hablan con reverencia de los árboles y tienen cuidados extremos para que no los corten o quemen. Si los colonos les requieren para talar los árboles con hacha, protestan seriamente de ello asegurando que si lo hicieran no tendrían suerte y serían castigados por no proteger a sus progenitores. Algunos filipinos creen que las almas de sus abuelos están en ciertos árboles y por eso los respetan. Sí se ven obligados a talar alguno, se excusan ante el árbol diciendo que es el sacerdote el que les obliga a hacerlo. Los espíritus toman su morada con preferencia en los árboles altos y majestuosos con grandes ramas exten­didas. Cuando susurran las hojas al viento, los nativos imaginan que es la voz del espíritu y nunca pasan cerca de uno de estos árboles sin incli­narse respetuosamente y pedir perdón al espíritu por alterar su reposo y soledad. Entre los igorrotes, cada poblado tiene su árbol sagrado en el que residen las almas de los antecesores muertos en la aldehuela; se le hacen ofrendas y creen que cualquier daño sufrido por el árbol ocasionará alguna desgracia en la aldea. Si fuera talado el árbol, el pueblecito y sus habitantes perecerían irremisiblemente.

En Corea, las almas de las gentes que mueren de epidemia o por los caminos y las mujeres que mueren de mal parto, invariablemente van a habitar en árboles. A estos espíritus se les ofrendan pasteles, vino y carne de puerco, que colocan sobre montones de piedras apiladas bajo los árboles. Ha sido costumbre inmemorial en China plantar árboles so­bre las tumbas para que así se fortalezcan las almas de los fallecidos y

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se salve su cuerpo de la corrupción; como los cipreses siempre verdes los pinos son considerados más llenos de vitalidad que los demás árbo- les, los han escogido con preferencia para este propósito. Por esto los árboles que crecen junto a las tumbas son en ocasiones identificados con las almas de los ausentes. Los miaokia, raza aborigen en la China meridio­nal y occidental, tienen un árbol sagrado en la entrada de cada aldea y sus habitantes creen que está residiendo allí el alma de su primer antepa­sado que preside y gobierna sus destinos. En ocasiones hay un bos-quecillo sagrado cercano a un villorrio donde los árboles caídos se han podrido en el terreno; sus ramas obstruyen el suelo y nadie puede apar­tarlas a menos que primeramente pida permiso al espíritu del árbol y le ofrezca un sacrificio. Para los maraves del África del Sur siempre es considerado el cementerio como un lugar sagrado donde no se puede derribar un solo árbol ni matar un animal porque suponen que todas las cosas están allí habitadas por las almas de los muertos.1

En la mayoría, si no en la totalidad de estos casos, predomina la idea de estar el espíritu como incorporado al árbol: le anima y padecerá y morirá con él. Pero según otra opinión probablemente posterior, el árbol no es el cuerpo, sino la morada del espíritu arbóreo, que puede en­trar y salir a su acomodo. Los indígenas de una isla de las Indias Orien­tales, Siaoo, creen en unos espíritus silvanos especiales que viven en los bosques o en los grandes árboles solitarios. En luna llena salen de su escondrijo los espíritus y vagabundean por los alrededores; tienen una cabeza enorme, brazos y piernas muy largos y un cuerpo pesado. Con el designio de propiciarse los espíritus arbóreos, la gente les ofrece ali­mentos, gallinas, cabras y cosas parecidas poniéndolos en los sitios que ellos creen que frecuentan. Los de la isla Nias piensan que cuando muere un árbol, el espíritu liberado se convierte en demonio que puede matar un cocotero, posándose en las ramas, y ocasionar la muerte de todos los niños de una casa, encaramándose sobre uno de los postes que la sostienen. Además, tienen la opinión de que algunos árboles están ha­bitados siempre por demonios vagabundos, los que, si se abate al árbol, quedarían libres para volver a sus andanzas malévolas. Por eso la gente respeta estos árboles y tiene buen cuidado de no derribarlos.

No pocas de las ceremonias cumplidas en la tala de árboles encan­tados se basan en la creencia de que los espíritus pueden marcharse de los árboles por gusto o en caso de necesidad. Así, cuando los isleños de las Palaos están talando un árbol, conjuran al espíritu para que se marche y aposente en otro. El negro marrullero de la Costa de los Esclavos que desea tirar un árbol ashorin y sabe que no puede hacerlo mientras el espíritu esté en él, coloca un poco de aceite de palma como cebo en el suelo y después, cuando el crédulo espíritu ha dejado el árbol para tomar la golosina, el negro se apresura a derribar la morada recién desocupada. Cuando los toboongkoos de Célebes van a aclarar un trozo



1 Medea: "Yo los enterraré y los llevaré al bosque sagrado de Hera, diosa de Acra, para que ninguno de sus enemigos los insulte removiendo su sepulcro" (Éuripides).

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de la selva para sembrar arroz, construyen una casita muy pequeña y la proveen de ropas diminutas, algo de comida y un poquito de oro. Des­pués llaman a coro juntos a todos los espíritus del bosque ofreciéndoles la casita con su contenido, y les suplican se aparten del sitio elegido para chapear; hecho esto, harán la tala a salvo, sin temer herirse al ha­cerlo. Antes que los tomori, otra tribu de Célebes, derriben un árbol, dejan una mascada de betel a sus pies e invitan al espíritu morador del árbol para que cambie de albergue; ponen además una escala pequeña contra el tronco para que pueda bajar sin daño y con comodidad. Los mandeling de Sumatra procuran echar las culpas de todas sus fechorías sobre las costillas de las autoridades holandesas, y así, cuando alguno está abriendo un camino a través de la selva y tiene que cortar un árbol grande que estorba el paso, no principiará a manejar el hacha sin decir antes: "Espíritu alojado en este árbol, no te enfades porque yo derribe tu morada, pues no lo hago por mi gusto, sino porque me lo ordena el patroncito". Y cuando chapea un sitio de la selva para cultivar, necesita establecer un arreglo satisfactorio con los espíritus selváticos que allí viven, antes de echar por el suelo sus moradas frondosas. Con este pro­pósito va hacia el centro del proyectado terreno, se inclina y hace como que busca una carta, desenvuelve un pedazo de papel y lee en alta voz una imaginaria comunicación del gobierno holandés, en la que se le ordena a rajatabla limpiar el terreno sin tardanza. Después de hacer esto dice: "Ya lo habéis oído, espíritus, debo talar esto en seguida o seré ahorcado".

Aunque un árbol haya sido derribado y aserrado en tablones y hasta usado en la construcción de una casa, es posible que el silvano espíritu pueda estar escondido en el maderamen, y por esto se afanan algunos en propiciarlos antes o después de ocupar la nueva casa. De ahí que cuando está lista la nueva casa, el morador toradja de Célebes mata una cabra, un cerdo o un búfalo y unta todas las partes de madera con la sangre. Si la construcción es un lobo o casa de espíritus, matan un ave o un perro sobre la lima del tejado para que su sangre caiga por las dos ver­tientes a la vez. Los tonapoos, más rudos, en este caso sacrifican sobre el techo un ser humano. Este sacrificio sobre el techo de un lobo o templo, sirve al mismo propósito que el embadurnado de sangre en los maderos de una casa corriente. La intención es propiciar a los espíritus forestales que puedan estar todavía en el maderamen; así se pondrán de buen humor y no harán daño a los habitantes de la casa. Por causa semejante, en Célebes y las Molucas, cuando construyen una casa, tie­nen mucho miedo a colocar un madero del revés, pues el espíritu forestal que pueda estar todavía en el madero se resentirá muy lógicamente de la indignidad que supone dejarle cabeza abajo y visitaría con enferme­dades a quienes la habiten. Los kayanos de Borneo opinan que los espíritus arbóreos son muy puntillosos en cuestiones de honor y atacan a las personas con su mal humor por cualquier ofensa que se les haga; este es el fundamento de la costumbre de mantener una penitencia que

EL PODER BENÉFICO DE LOS ESPÍRITUS DE LOS ARBOLES 151

dura un año, durante el cual se abstienen de muchas cosas tales como matar osos, tigres y serpientes, porque en la construcción de una casa se han visto obligados a maltratar muchos árboles.

2 PODER BENÉFICO DE LOS ESPÍRITUS DE LOS ÁRBOLES

Cuando se llega a considerar al árbol no tanto como el cuerpo del espíritu arbóreo, sino simplemente como su morada, de la que puede prescindir si gusta, se ha hecho un avance importante en el pensamiento religioso; el animismo va caminando hacia el politeísmo. En otras pala­bras, en lugar de mirar cada árbol como un ser consciente y vivo, el hombre solamente le ve como una masa inerte y sin vida en la que reside poco o mucho tiempo un ser sobrenatural que puede pasar libre­mente de un árbol a otro, gozando de ciertos derechos de posesión o señorío sobre todo el bosque, y dejando de ser un alma del árbol llega a ser un dios de la selva. Tan pronto como el espíritu arbóreo se ha zafado en cierta medida del árbol en particular, comienza a cambiar su figura y a tomar la humana, en virtud de la tendencia general del pen­samiento primitivo a revestir de concreta forma humana a los seres espi­rituales abstractos. Por esto en el arte clásico las deidades silvanas están antropomorfizadas, denotando su carácter nemoroso por alguna ramita u otro símbolo igualmente patente. Este cambio de forma no afecta al carácter esencial del espíritu arbóreo. La potestad que manifiesta como alma arbórea corporeizada en un árbol sigue poseyéndola todavía como dios de los árboles, lo que intentaremos probar en detalle. Demostrare­mos primero que los árboles considerados como seres con alma tienen virtud acreditada para hacer que llueva o que el sol brille sin nubes, que los ganados y rebaños se multipliquen y que las mujeres tengan partos fáciles; y segundo, que las mismas virtudes exactamente se atribuyen también a los dioses arbóreos concebidos como seres antropomórficos o como encarnados de hecho en personas vivas.
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