Sir james george frazer la rama dorada



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  • El espíritu del grano como cabra 516

  • El espíritu del grano como toro, vaca o buey 520

  • El espíritu del grano como caballo o yegua . . 522

  • El espíritu del grano como cerdo (verraco o
    marrana) 523

    10. Sobre las encarnaciones animales del espíritu

    del grano 526

    XLIX. deidades antiguas de la vegetación como ani­
    males 528

    1. Dionisos, la cabra y el toro 528

    2. Deméter, la cerda y el caballo 533

    3. Atis, Adonis y el cerdo 536

    4. Osiris, el cerdo y el toro 537

    5. Virbio y el caballo 542

    L. ingestión del dios 545

    1. El sacramento de las primicias 545

    2. Teofagia azteca 554

    3. Muchos manii en Aricia 557

    LI. magia homeopática de una dieta de carne .... 560

    LII. OCCISIÓN DEL ANIMAL DIVINO 566

    1. Occisión del buitre sagrado 566

    2. Occisión del carnero sagrado 568

    3. Occisión de la serpiente sagrada 569

    4. Occisión de las tortugas sagradas 569

    5. Occisión del oso sagrado 572

    LIII. propiciación de los animales salvajes por los

    cazadores 586

    liv. tIpos de sacramento animal 601

    1. Los tipos de sacramento egipcio y aino 601

    2. Procesiones con animales sagrados 604

    LV. la TRANSFERENCIA DEL MAL 608

    1. La transferencia a los objetos inanimados .... 608

    2. La transferencia a los animales 610

    3. La transferencia a los hombres 612

    4. La transferencia del mal en Europa 614

    20 ÍNDICE GENERAL

    LVI. LA EXPULSIÓN PÚBLICA DEL MAI 617

    1. La omnipresencia de los demonios 617

    2. La expulsión ocasional de los demonios 618

    3. La expulsión periódica de los demonios 622

    LVII. VÍCTIMAS EXPIATORIAS PÚBLICAS 634

    1. La expulsión de diablos corporeizados 634

    2. Expulsión ocasional de demonios en un vehículo
      material 635

    3. Expulsión periódica de demonios en un vehículo
      material 638

    4. Sobre las víctimas expiatorias en general 648

    LVIII. VÍCTIMAS EXPIATORIAS HUMANAS EN LA ANTIGÜEDAD

    CLÁSICA 651

    1. La víctima expiatoria humana en la Roma antigua 651

    2. La víctima expiatoria humana en la Grecia antigua 652

    3. La saturnalia romana 657

    LIX. occisión del dios en méxico 661

    LX. entre el cielo y la tierra 667

    1. No tocar la tierra 667

    2. No ver el sol 670

    3. Reclusión de las jóvenes pubescentes 670

    4. Causas de la reclusión de las jóvenes pubescentes 678

    LXI. el mito de bálder 683

    LXII. LOS FESTIVALES ÍGNICOS EN EUROPA 684

    1. De los festivales ígnicos en general 684

    2. Los fuegos cuaresmales 685

    3. Los fuegos pascuales 690

    4. Los fuegos de Beltane 693

    5. Fuegos del solsticio estival 699

    6. Los fuegos de la víspera de Todos los Santos . . 710

    7. Los fuegos del solsticio invernal 715

    8. El fuego de auxilio 717

    LXIII. interpretación de los festivales ígnicos 720

    1. Sobre los festivales ígnicos en general 720

    2. Teoría solar de los festivales ígnicos 722

    3. Teoría purificatoria de los festivales ígnicos . . . 727

    LXIV. la cremación de seres humanos en las hogueras 730

    1. La cremación de efigies en las hogueras 730

    ÍNDICE GENERAL 2]

    2. La cremación de hombres y animales en las ho­
    gueras 732

    lxv. bálder y el muérdago 739

    lxvi. el alma externada y los cuentos populares 749

    lxvii. el alma externada en la costumbre popular . 761

    1. El alma externada en objetos inanimados .... 761

    2. El alma externada en las plantas 764

    3. El alma externada en animales 766

    4. El ritual de muerte y resurrección 775

    lxviii. la rama dorada 785

    LXIX. despedida a nemi 796

    índice analítico 801

    CAPITULO I

    EL REY DEL BOSQUE 1. diana y virbio

    ¿Quién no conoce La rama dorada, el cuadro de Turner? La escena, bañada en el dorado resplandor con que la divina imaginación del artis­ta envolvía y transfiguraba hasta el más bello paisaje, es una visión de ensueño del pequeño lago del bosque de Nemi, llamado por los antiguos "el espejo de Diana" [Lacus Nemorensis, de 5 y medio kiló­metros de diámetro, 30 metros de profundidad y 90 de farallones sobre el nivel de las aguas, es un cráter extinto y subsidiario del cráter Albano, al este del lago de este nombre.] Quien haya contemplado las quietas aguas encunadas en uno de los verdes repliegues de las colinas albanas, no podrá olvidarlo. Las dos aldeas italianas típicas, que dormitan en sus laderas, y el palacio, cuyos jardines en terraplén descienden hasta el lago, apenas rompen la quietud y soledad de la escena. Diana misma podría frecuentar aún la solitaria orilla; aún podría aparecer entre el boscaje.

    En la Antigüedad este paisaje selvático fue el escenario de una tra­gedia extraña y repetida. En la orilla norteña del lago, inmediatamente debajo del precipicio sobre el que cuelga el moderno villorrio de Nemi, estaba situado el bosquecillo sagrado y el santuario de Diana Nemorensis o Diana del Bosque. Lago y bosque fueron denominados, en ocasiones, lago y bosque de Aricia, aunque el pueblo de este nombre (moderna­mente La Riccia) estaba situado unos cinco kilómetros al pie del monte Albano y separado por una pendiente del lago, que yace en una conca­vidad, a modo de cráter, en la falda de la montaña. Alrededor de cierto árbol de este bosque sagrado rondaba una figura siniestra todo el día y probablemente hasta altas horas de la noche: en la mano blandía una espada desnuda y vigilaba cautelosamente en torno, cual si esperase a cada instante ser atacado por un enemigo. El vigilante era sacerdote y homicida a la vez; tarde o temprano habría de llegar quien le matara, para reemplazarle en el puesto sacerdotal. Tal era la regla del santuario: el puesto sólo podía ocuparse matando al sacerdote y substituyéndole en su lugar hasta ser a su vez muerto por otro más fuerte o más hábil.



    El oficio mantenido de este modo tan precario le confería el título de rey, pero seguramente ningún monarca descansó peor que éste, ni fue visitado por pesadillas más atroces. Año tras año, en verano o en invierno, con buen o mal tiempo, había de mantener su guardia solitaria, y siempre que se rindiera con inquietud al sueño, lo haría con riesgo de su vida. La menor relajación de su vigilancia, el más pequeño abati­miento de sus fuerzas o de su destreza le ponían en peligro; las primeras

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    24 EL REY DEL BOSQUE

    canas sellarían su sentencia de muerte. Su figura ensombrecería el her­moso paisaje a los sencillos y piadosos peregrinos que se dirigían al santuario, como nube de tormenta velando el sol en un día luminoso. El ensueño azul de los ciclos italianos, el claroscuro de los bosques vera-niegos y el rielar de las aguas al sol. concordarían mal con aquella figura torva, siniestra. Mejor aun nos imaginamos este cuadro como lo podría haber visto un caminante retrasado en una de esas lúgubres noches otoñales en que las hojas caen incesantemente y el viento parece cantar un responso al año que muere. Es una escena sombría con música me­lancólica: en el fondo la silueta del bosque negro recortada contra un cielo tormentoso, el viento silbando entre las ramas, el crujido de las hojas secas bajo el píe, el azote del agua fría en las orillas, y en primer termino, vendo y uniendo, ya en el crepúsculo, ya en la oscuridad, des­tácase la figura oscura, con destellos acerados cuando la pálida luna, asomando entre las nubes, filtra su luz a través del espeso ramaje. Esta extraña costumbre sacerdotal no tiene paralelo en la antigüedad clásica. No podemos encontrar en ella su explicación, por lo que habremos de buscarla en otros campos. Probablemente nadie negará que esta costum­bre tiene cierto sabor de edades bárbaras y que, sobreviviendo en la época imperial, se mantenía fuertemente aislada de aquella culta sociedad italiana, semejante a una roca primitiva surgiendo del recortado césped de un jardín. La gran rudeza y la ferocidad de la costumbre nos permi­ten abrigar la esperanza de explicarla. En recientes investigaciones de la historia primitiva, del hombre se revela la semejanza esencial de la mente humana, que bajo multitud de diferencias superficiales elaboró su pri­mera y ruda filosofía de la vida. En consecuencia, si mostramos que en otros lugares existió una costumbre bárbara semejante a la del sacerdocio de Nemi, si averiguamos los motivos que indujeron a su establecimiento, si probamos que estos motivos han obrado extensa, quizá universalmente, en la sociedad humana, produciendo, según las diversas circunstancias, una variedad de instituciones de distinta especie pero genéricamente semejantes y, por último, si demostrásemos que sus verdaderos motivos, con algunas de sus instituciones derivadas, actuaron en la antigüedad clásica, entonces podríamos deducir justificadamente que en tiempos remotos las mismas causas generaron el sacerdocio de Nemi. Tal con­secuencia, a falta de la evidencia directa de cómo se produjo el sacer­docio, no podrá nunca llegar a demostrarse, pero será más o menos probable según que se llenen o no las condiciones que hemos indicado. El objeto de esta obra es reunir dichas premisas para ofrecer una expli­cación clara y probable del .sacerdocio de Nemi.

    Comenzaremos presentando los escasos hechos y leyendas que a este respecto han llegado hasta nosotros. Según una tradición, el culto de Diana en Nemi fue instituido por Orestes, quien después de matar a Thoas, rey del Quersoneso Táurico (Crimea), huyó con su hermana a Italia, trayéndose la imagen de la Diana Táurica oculta en un haz de leña. Cuando murió fueron trasladados sus restos de Aricia a Roma y

    DIANA Y VIRBIO 25

    enterrados en la ladera capitalina, frente al templo de Saturno, junto al de la Concordia. El ritual sanguinario que la leyenda adscribe a la Diana Táurica es muy conocido de los que leen clásicos: se cuenta que el extranjero que llegaba a la ribera era sacrificado en su altar. Pero transportado a Italia, el rito asumió una forma más suave. En Nemi, dentro del santuario, arraigaba cierto árbol del que no se podía romper ninguna rama; tan sólo le era permitido hacerlo, si podía, a un esclavo fugitivo. El éxito de su intento le daba derecho a luchar en singular combate con el sacerdote, y, si le mataba, reinaba en su lugar con el título del Rey del Bosque (Rex Nemorensis). Según la opinión general de los antiguos, la rama fatal era aquella rama dorada que Eneas, acon­sejado por la Sibila, arrancó antes de intentar la peligrosa jornada a la Mansión de los Muertos. Se decía que la huida del esclavo representaba la huida de Orestes y su combate con el sacerdote era una reminiscencia de los sacrificios humanos ofrendados a la Diana Táurica. Esta ley de sucesión por la espada fue mantenida hasta los tiempos del Imperio, pero, entre otras de sus extravagancias, Calígula pensó que el sacerdote de Nemi llevaba mucho tiempo conservando su puesto y sobornó a un rufián más forzudo para que le matara. Un viajero griego que visitó a Italia en la época de los Antoninos nos confirma que en su tiempo el sacerdocio seguía siendo premio de la victoria en combate singular.

    Del culto de Diana en Nemi podemos destacar todavía algunos ras­gos principales. De las ofrendas votivas que se han encontrado en el lugar se deduce que la consideraban como cazadora y además que ben­decía a los hombres y mujeres con descendencia, y que concedía a las futuras madres un parto feliz. También creemos que el fuego jugaba una parte importante en su ritual, pues durante el festival anual que se celebraba el 13 de agosto, en la época más calurosa del año, su bosque-cillo se iluminaba con multitud de antorchas cuyos rojizos resplandores se reflejaban en el lago, y en toda la extensión del suelo italiano este día se santificaba con ritos sagrados en todos los hogares. Se han hallado en su recinto estatuillas de bronce que representan a la diosa con una antorcha en la mano derecha alzada, y las mujeres cuyas súplicas fue­ron escuchadas por ella venían al santuario coronadas de guirnaldas y llevando antorchas encendidas en cumplimiento de sus votos. Alguien, desconocido de nosotros, dedicó una lámpara perpetuamente encendida en una pequeña capilla, en Nemi, a la prosperidad del emperador Clau­dio y de su familia. Las lámparas de barro cocido descubiertas en el bosque quizá sirvieron a la gente pobre para iguales fines. Si fue así, sería manifiesta la analogía de esta costumbre con la práctica católica de las ofrendas de cirios bendecidos en las iglesias. Además, el nombre de Vesta que tenía Diana en Nemi señala con claridad el mantenimiento de un fuego sagrado y perpetuo en su santuario. Una gran plataforma circular que existe en el ángulo nordeste del templo, elevada sobre tres escalones y con restos de pavimentación de mosaico, sostuvo probable­mente un templo redondo de Diana en su advocación de Vesta, parecido

    26 EL REY DEL BOSQUE

    al templo redondo de Vesta en el Foro romano. El fuego debió ser cuidado aquí por vestales, pues se encontró en el mismo sitio una cabeza de barro cocido, representando la de una vestal y el culto de un fuego perpetuo atendido por las doncellas sagradas parece haber sido frecuente en el Lacio desde los primeros hasta los últimos tiempos. Además, en el festival anual de la diosa adornaban con coronas a los perros de caza y los animales salvajes no eran molestados. La juventud pasaba por una ceremonia purificadera en su honor; después traían vino y el festín con­sistía en un cabrito, tortas recién sacadas del fuego y puestas sobre un lecho de hojas y unas ramas de manzano cargadas de fruta.

    Pero Diana no reinaba sola en su bosque de Nemi; dos divinidades menores compartían su rústico santuario. Una era Egeria, la ninfa de las claras aguas que borbotaban al salir por entre las rocas de basalto y caían en gráciles cascadas sobre el lago en el sitio denominado Le Mole a causa de haber sido emplazados allí los molinos del pueblo moderno de Nemi. El murmullo de la corriente sobre su lecho de guijas es men­cionado por Ovidio, que nos cuenta que bebía de sus aguas con frecuen­cia. Las mujeres embarazadas acostumbraban hacer sacrificios a Egeria, suponiéndola, como Diana, capaz de concederles un parto feliz. Cuenta la tradición que la ninfa había sido la esposa o amante del sabio rey Numa, de quien se acompañó en el misterio del bosquecillo sagrado, y que las leyes que dio el rey a los romanos le fueron inspiradas por la deidad durante estas relaciones. Plutarco compara la leyenda con otras historias de amores de diosas con hombres mortales, tales como los amores de Cibeles y la Luna con los hermosos jóvenes Atis y Endimión. Según otros autores, el lugar de las citas de los amantes no estaba en el bosque de Nemi, sino en un bosquecillo situado en las afueras de la Porta Capena de Roma, en donde otra fuente, también consagrada a Egeria, brotaba del interior de una cueva oscura. Todos los días, y para lavar el templo de Vesta, las vestales romanas sacaban el agua de este manantial, y la llevaban en cántaros de loza sobre la cabeza. En tiempos de Juvenal la roca natural había sido revestida de mármol y el lugar consagrado estaba siendo profanado por cuadrillas de judíos menesterosos a quienes se consentía guarecerse en el bosquecillo como gitanos. Supo­nemos que el manantial que caía sobre el lago de Nemi fue el verdade­ramente original de Egeria y que cuando los primeros emigrantes bajaron de las colinas albanas a los bancos del Tíber, trajeron consigo a la ninfa y fundaron un nuevo hogar para ella en un bosquecillo extramuros de la ciudad. Restos de baños encontrados dentro del recinto sagrado, así como muchos modelados de distintas partes del cuerpo hechos de barro cocido, sugieren que las aguas de Egeria se usaron para la curación de enfermos, los que pudieron manifestar su fe o testimoniar su gratitud dedicando a la diosa exvotos de los miembros enfermos, del mismo modo que todavía se acostumbra hacer en muchas partes de Europa. Hoy día, al parecer, el manantial sigue teniendo propiedades medicinales.

    La otra deidad menor de Nemi era Virbio. La leyenda dice que

    DIANA Y VIRBIO 27

    Virbio fue el joven héroe griego Hipólito, casto y hermoso, que aprendió del centauro Quirón el arte de la montería y dedicaba todo el tiempo a cazar en la selva animales salvajes en compañía de la virgen cazadora Artemisa (contrafigura griega de Diana) como única camarada. Orgu­lloso de la asociación divina, desdeñó el amor de las mujeres. Esto le resultó fatal, pues Afrodita, ofendida por el desdén, inspiró en su ma­drastra Fedra amor hacia él: cuando fue rechazada en sus malvados requerimientos, lo acusó ante su padre Teseo, quien, creyendo la calumnia, imprecó a su señor, Poseidón, para que le vengara de la supuesta ofensa. Así, mientras Hipólito paseaba en su carro por las orillas del Golfo Sarónico, el dios marino le envió un toro bravo que, saliendo de entre las olas, aterrorizó a los caballos, que se encabritaron y arrojaron del carro a Hipólito, quien murió pisoteado bajo los cascos de los caballos. Pero movida Diana del amor que le tenía, persuadió al médico Esculapio para que con sus medicinas resucitase al hermoso y joven cazador. Indignado Júpiter de que un simple mortal repasase las puertas de la muerte, arrojó al Hades al entrometido médico, mientras Diana, para librar a su favorito de la encolerizada deidad, lo ocultó en una espesa nube, envejeció su aspecto y, llevándole lejos hasta las cañadas de Nemi, confióle a la Ninfa Egeria para que viviera desconocido y solitario bajo el nombre de Virbio en las profundidades de la selva italiana. Allí reinó como monarca y en el mismo lugar dedicó un recinto a Diana. Su apuesto hijo, también llamado Virbio, sin recelar el sino de su padre, guió su tiro de caballos indómitos para unirse a los latinos en la guerra contra Eneas y los tróvanos. Virbio tuvo culto como deidad no sola­mente en Nemi. Sabemos que en Campania tenía un sacerdote adscrito a su servicio. Por ser los caballos los causantes de la muerte de Hi­pólito, estaban proscritos de la selva de Aricia y de su santuario. Se prohibió tocar su imagen. Algunos creían que era el sol. "Pero la verdad es —dice Servio— que Virbio es una deidad asociada a Diana, como Atis lo está con la Madre de los Dioses, Erictonio con Minerva y Adonis con Venus". Cuál fuera la naturaleza de la asociación, lo investigaremos prontamente. Es importante señalar aquí que en el largo y cambiante curso de este personaje mítico, desplegó una vida de notable tenacidad; difícilmente podemos dudar de que el San Hipólito del calendario ro­mano, arrastrado y muerto por caballos el 13 de agosto, el mismo día de Diana, sea otro que el héroe griego del mismo nombre, que, después de morir dos veces como pecador pagano, fue resucitado felizmente como santo cristiano.

    No se necesita una demostración meticulosa para convencerse de que los relatos acerca del culto de Diana en Nemi no son históricos. Pertenecen sin duda a esa larga serie de mitos elaborados para explicar el origen de un ritual religioso y que no tiene otro fundamento que la semejanza real o imaginaria que pudiera delinearse entre ellos y algún otro rito extranjero. La incongruencia de los mitos de Nemi es verda­deramente transparente, puesto que la fundación del culto se deriva
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