Sir james george frazer la rama dorada



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CAPITULO VIII REYES DEPARTAMENTALES DE LA NATURALEZA

La precedente investigación ha demostrado que la misma unión de fun­ciones sagradas con un título de realeza que encontramos en el rey del bosque en Nemi, el rey de los sacrificios en Roma y el magistrado llamado rey de Atenas, aparece con frecuencia fuera de los límites de la antigüedad clásica y es un hecho común en las sociedades de todos los grados, desde la barbarie hasta la civilización. Además, parece ser que el sacerdote regio es casi siempre rey no sólo nominalmente, sino de hecho, empuñando tanto el cetra como el báculo pastoral. Todo esto confirma la idea tradicional del origen de los reyes sacerdotales y titulares en las repúblicas de la Grecia antigua y de Italia. Por lo menos, mostrando la combinación de los poderes espiritual y temporal, de la cual la tradición



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greco-italiana guarda memoria, y que existe actualmente en muchos lugares, hemos alejado cualquier sospecha de improbabilidad que pudiera haber surgido agregada a la tradición. Por esto ahora podemos preguntar razonablemente: ¿puede haber tenido el rey del bosque un origen semejante al que una probable tradición apunta respecto al rey de los sacrificios en Roma y al rey titular en Atenas? En otras palabras, ¿no podían haber sido sus predecesores en el puesto una dinastía de reyes a la que una revolución republicana arrancó su poder político, dejándola sola­mente sus funciones religiosas y la sombra de una corona? Hay por lo menos dos razones para responder negativamente a esta pregunta. Una de las razones se deduce de la morada del sacerdote en Nemi; la otra, de su título, rey del bosque. Si sus predecesores hubieran sido reyes en el sentido corriente de la palabra, seguramente se le habría encontrado residiendo en la ciudad de la que hubiera tenido el cetro, de un modo semejante a los reyes caídos de Roma y Atenas. Esta ciudad tendría que ser Aricia, pues no había otra más cerca; pero Aricia estaba a tres millas del santuario forestal, en la orilla del lago. Si reinó, no fue en la ciudad, sino en la espesura de la selva. Tampoco su título, rey del bosque, permite suponer fácilmente que hubiera sido siempre un rey en el sentido general de la palabra. Más bien parece que fuera un rey de la naturaleza y de un departamento especial de la naturaleza, principalmente de los bosques, de quienes tomó el título. Si nosotros pudiésemos encontrar casos de lo que podemos llamar reyes departamentales de la naturaleza, esto es, personas que son supuestos gobernantes de los elementos o aspec­tos especiales de la naturaleza, es probable que presentasen una analogía más estrecha con el rey del bosque que los reyes divinos que hasta aquí hemos considerado y cuyo imperio es sobre la naturaleza en general, más bien que especial. Ejemplos de reyes departamentales de esta clase no nos faltan.



Sobre una colina de Bomma, cerca de la desembocadura del Congo, habita Namvulu Vumu, rey de la lluvia y la tormenta. De algunas tribus del alto Nilo sabemos que no tienen reyes en el sentido corriente de la palabra: las únicas personas que ellos reconocen como tales son los reyes de la lluvia, Mata Kodou, que están acreditados como poderosos para darla en su época apropiada, esto es, en la estación de las aguas. Antes de que los chubascos comiencen, a finales de marzo, el país es un desierto árido y agrietado y el ganado, que es la principal riqueza de estas gentes, perece por falta de pastos. Así que cuando llegan los días finales del mes de marzo, cada cabeza de familia busca al rey de la lluvia y le ofrece una vaca para que pueda hacer que las benditas aguas del cielo se viertan sobre los pardos y mustios pastos. Si no caen los chaparrones la gente se reúne y exige que el rey les dé la lluvia, y si el cielo continúa sin nubes, le rajan el vientre, en el que creen que el rey guarda las tormentas. En­tre los de la tribu Bari, uno de estos reyes de la lluvia la hace asperjando la tierra con un hisopo de bola.

Entre las tribus fronterizas de Abisinia existe una ocupación pare-

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cida que ha sido descrita por un observador. "El sacerdocio de los alfai como los llaman los barcas y kunamas, es notabilísimo; les creen capaces de hacer llover. Esta ocupación existió primeramente entre los algeds y parece ser todavía corriente entre los negros nuba. El alfai de los barcas, que también es consultado por los kunamas norteños, vive cerca de Teni-badere, solo con su familia en una montaña. Las gentes le llevan tributos en forma de telas y frutos y cultivan un campo para él. Como es una especie de rey, su oficio es heredado por el hijo de su hermano o her­mana. Se le supone capaz de conjurar a la lluvia para que caiga y a las plagas de langosta para que se alejen. Pero si defrauda las esperanzas del pueblo y hay una gran sequía en el país, el alfai muere apedreado y sus más próximos familiares son obligados a arrojarle la primera piedra. Cuando nosotros pasamos por el país, el oficio de alfai lo conservaba todavía un viejo; pero oí que el 'hacer llover' resultaba demasiado peli­groso para él y que había renunciado al oficio".



En el fondo de los bosques de Cambodia viven dos soberanos mis­teriosos conocidos como el rey del fuego y el rey del agua. Su fama se extiende sobre toda la gran península indochina, pero sólo un eco apa­gado de esto ha llegado al Occidente. Hace unos pocos años, que nos­otros sepamos, ningún europeo había visto jamás a ninguno de los dos y su verdadera existencia podría haber pasado por fábula si hasta hace poco no se hubieran mantenido relaciones regulares entre ellos y el rey de Cambodia, cambiando regalos entre sí año tras año. Sus funciones regias son solamente de orden «místico o espiritual, no tienen autoridad política alguna y son sencillos campesinos que viven del sudor de su frente y de las ofrendas de los fieles. Según un relato, permanecen en absoluta so­ledad y sin ver ninguna cara humana ni reunirse los dos nunca. Habitan sucesivamente en siete torreones arriscados sobre siete montañas y cada año cambian de una torre a otra. La gente llega hasta sus moradas fur­tivamente y les deja al alcance lo necesario para su subsistencia. El reinado dura siete años, tiempo necesario para habitar en cada una de las torres a su turno, pero muchos de ellos mueren antes de finalizar el término. El oficio es hereditario en una familia real (según otros en dos familias); gozan de grandes consideraciones, tienen asignadas rentas y están exentos de la necesidad de labrar la tierra. Pero naturalmente, esta dignidad real no es muy apetecible y cuando ocurre una vacante todos los hombres elegibles (deben ser fuertes y tener hijos) huyen a escon­derse. Otro relato, admitiendo la repugnancia de los candidatos heredita­rios para aceptar la corona, no sustenta la noticia de su reclusión eremí­tica en los siete torreones, y en cambio representa al pueblo postrándose ante los reyes místicos siempre que aparecían en público en la creencia de que si se omitiese este signo de homenaje, arrasaría al país un huracán espantoso. Semejantes a otros reyes sagrados de los que hablaremos más adelante, los reyes del fuego y del agua no pueden morir de muerte natu­ral, porque ello dañaría la reputación real. En consecuencia, cuando alguno de los dos está gravemente enfermo, los ancianos celebran una

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consulta entre ellos y si se ponen de acuerdo en que el rey no podrá res-tablecerse, le matan a puñaladas, incineran su cadáver y recogen piado-mente las cenizas para venerarlas durante cinco años; parte de estas cenizas se entregan a la viuda, quien las guarda en una urna que lleva la espalda siempre que va a llorar sobre la tumba de su marido.

Nos enseñan que el rey del fuego, el más importante de los dos y cuyos poderes sobrenaturales nunca han sido discutidos, oficia en los casa­mientos, festivales y sacrificios en honor del Yan o espíritu. En estas ocasiones se le dispone un sitio especial y en el camino por el que se acerca al lugar de la fiesta, extienden telas blancas de algodón. Una razón para conferir exclusivamente a la misma familia esta dignidad regia es que ésta tiene en su poder ciertos talismanes célebres cuya virtud se disiparía o perdería si salieran del poder de la familia. Estos talisma­nes son tres: el fruto de una trepadora llamada cui, recogido hace mu­chísimos años en la época del último diluvio y que, sin embargo, se con­serva fresco, verde y jugoso; un roten,1 también muy antiguo y con flores que nunca se marchitan, y por último, una espada que contiene un Yan o espíritu que la guarda constantemente y permite hacer milagros. Se cuenta que el espíritu es el de un esclavo cuya sangre cayó por accidente sobre la hoja cuando la estaban templando y que se dio muerte para expiar su involuntaria culpa. Por medio de los dos primeros talismanes, el rey del agua puede producir un diluvio que inunde al mundo entero y si el rey del fuego tira de su espada mágica y la saca de su vaina tan sólo unos centímetros, el sol se esconde y hombres y bestias caen en un profundo sopor, y si desenvaina enteramente la espada, se acabaría el mundo. A esta espada maravillosa se la ofrece, para que haga llover, el sacrificio de búfalos, cerdos, gallinas y patos. Está envuelta en sedas y algodón y entre los regalos anuales que envía el rey de Cambodia, hay magníficos paños para envolver la espada sagrada.

Al contrario de la costumbre general del país, que es enterrar a los muertos, los cadáveres de ambos monarcas místicos son quemados, aun­que se guardan religiosamente, como amuletos, las uñas y algunos de sus dientes y huesos; mientras el cadáver está incinerándose en la pira fune­raria, todos los parientes elegibles del mago difunto huyen a esconderse en la selva por miedo a ser elegidos y elevados a la aborrecible dignidad que acaba de quedar vacante. El pueblo sale en su busca y, al primero de ellos que encuentran en su escondrijo, le hacen rey del fuego o del agua.

Éstos, por consiguiente, son ejemplos de lo que hemos denominado reyes departamentales de la naturaleza. Pero hay mucha distancia desde las selvas de Cambodia y las fuentes del Nilo hasta Italia y aunque haya­mos encontrado reyes de la lluvia, del fuego y del agua, tenemos todavía que descubrir algún rey del bosque para emparejarle con el sacerdote ariciano que llevaba ese mismo título. Quizá lo encontremos muy cerca.

1 De la palabra francesa: bastón hecho con las ramas de la rota, palmera india de muchos metros de altura.

CAPITULO IX



EL CULTO DE LOS ÁRBOLES 1. espíritus arbóreos

En la historia religiosa de la raza aria de Europa1 la adoración a los árboles ha jugado un papel importante. Nada puede ser más natural: en la aurora de la historia, Europa estaba cubierta de inmensas selvas vírgenes y en las que los escasos claros deberían parecer a modo de islas en un océano de verdor. Hasta comienzos del siglo I antes de nuestra era, la selva herciniana se extendía hacia el este del Rin a una distancia a la vez vasta y desconocida; los germanos que fueron interrogados por César dijeron que habían viajado durante dos meses a través de ella sin alcanzar su final. Cuatro centurias después fue visitada por el emperador Juliano, y la soledad, oscuridad y silencio de la selva parece que hicieron pro­funda impresión en su naturaleza sensible. Declaró que no conocía nada semejante en el Imperio romano. En la misma Inglaterra, los bosques de Kent, Surrey y Sussex son restos de la gran selva de Andérida, que en su tiempo cubrió la totalidad de la región sureste de la isla. Hacia el oeste parece que se extendía hasta juntarse con otra selva que cubría el suelo desde Hampshire a Devon. En el reinado de Enrique II los londi­nenses cazaban todavía el jabalí y el toro salvaje en los bosques de Hampstead.2 Aun bajo los últimos Plantagenets, el número de selvas regias era de sesenta y ocho. De la selva de Arden se ha dicho que, aun en tiempos modernos, una ardilla podría cruzarla entera saltando de árbol en árbol en una extensión semejante a la total de Warwickshire.3 Las excavaciones de los restos de palafitos de pueblos antiguos en el valle del Po han demostrado que mucho tiempo antes del crecimiento y probable­mente de la fundación de Roma, el norte de Italia estaba cubierto de bosques espesos de olmos, castaños y principalmente de robles. La his­toria aquí confirma la arqueología; los escritores clásicos hacen muchas referencias a selvas italianas que ahora han desaparecido. Hasta el siglo iv antes de nuestra era, Roma estaba separada de la Etruria central por la temible selva Ciminiana, que Tito Livio compara con los bosques de Germania; ningún comerciante, si podemos confiar en el historiador romano, penetró nunca en sus soledades impracticables, y se consideró aventura temeraria la del general romano que después de enviar dos ex­ploradores a registrar sus intrincadas espesuras, condujo al ejército por la selva tomando un camino por entre las lomas selváticas de la montaña para salir de ella, viendo a sus pies los ricos campos etruscos. En Grecia,

  1. Observará el lector, a lo largo de este libro, muchas referencias a la raza ana.
    El autor no emplea el concepto a estilo de los inventores de una raza antropológica
    aria, artificial y pseudo-científica, con miras bastardas e inhumanas.

  2. Hoy es un barrio de Londres con 90 000 habitantes.

  3. Warvíckshire tiene más de 1 400 kilómetros cuadrados.

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los bellísimos bosques de pinos, robles y otros árboles todavía subsisten en las laderas de las altas montañas de la Arcadia y adornan aún con su verdor la profunda garganta por la que el Ladón corre a unirse con el Alfeo sagrado y donde todavía hace unos pocos años se reflejaban los bosques en las aguas azul oscuras del solitario lago de Fenco; mas todos estos bosques son simples fragmentos de las selvas que revestían grandes comarcas de la Antigüedad y que en una época todavía más remota abra­zaban la península griega de mar a mar.

En una investigación que Grimm hizo de las denominaciones teutó­nicas de "templo", deduce como probable que, entre los germanos, los más viejos santuarios fueron los bosques naturales. Sea como quiera, el culto del árbol está bien comprobado en todas las grandes familias euro­peas del tronco ario. Entre los celtas nos es familiar a todos el culto de los druidas al roble y su palabra antigua para "santuario" la creemos idéntica en origen y significado a la latina nemus, un bosque o boscaje abierto, que todavía sobrevive en el nombre de Nemi. Entre los antiguos germanos fueron corrientes los bosques sagrados y el culto del árbol no está totalmente extinguido entre sus descendientes actuales. La severidad del culto en sus primeras épocas puede deducirse de las penas feroces que señalaban las antiguas leyes germánicas para el que se atrevía a des­cortezar un árbol vivo: cortaban el ombligo del culpable y lo clavaban a la parte del árbol que había sido mondada obligándole después a dar vueltas al tronco de modo que quedasen sus intestinos enrollados al árbol. La intención del castigo está claramente indicada: reemplazar la corteza muerta por un substituto vivo tomado del culpable. Era vida por vida, la vida de un hombre por la de un árbol. En Upsala, la vieja capital religiosa de Suecia, había un bosque sagrado en el que todos los árboles estaban considerados como divinos. Los esclavos paganos adora­ban árboles y bosques. Los lituanos no fueron convertidos al cristianismo hasta finales del siglo xiv, y entre ellos en la fecha de su conversión era muy importante el culto de los árboles: unos reverenciaban robles nota­bles, otros grandes árboles umbrosos de los que recibían respuestas de oráculos, y otros cuidaban bosquecillos sagrados cercanos a sus casas o aldeas, donde el quebrar una simple ramilla de ellos hubiera sido pecado. Creían que el que cortase una rama de esas frondas moriría repentina­mente o se le agarrotaría alguno de sus miembros. Son abundantes las pruebas del predominio del culto a los árboles en la Grecia antigua y en Italia. En un santuario de Esculapio en Cos, por ejemplo, estaba prohi­bido, bajo la multa de un millar de dracmas,1 el cortar un ciprés. Pero en ninguna parte del mundo antiguo se conservó quizá mejor esta forma antigua de religión que en el corazón de la gran metrópoli misma; en el Foro, en el centro afanoso de la vida romana, se dio culto a la higuera sagrada de Rómulo hasta la época imperial, y cuando se secó el tronco. ello fue suficiente para que se extendiera la consternación por toda la

1 Dracma ática, moneda de plata de 4.37 gramos.

144 EL CULTO DE LOS ÁRBOLES

ciudad. También en las faldas de la colina Palatina crecía un cornejo estimado como una de las cosas más sagradas de Roma; siempre que a un paseante cualquiera le parecía que el arbusto necesitaba riego, daba un grito de alarma del que se hacía eco la gente de la calle y en seguida podía verse por todos lados a una muchedumbre con cubos de agua, como si (habla Plutarco) corriesen a apagar un incendio.



Entre las tribus del tronco fino-ugrio,2 en Europa, este culto pagano se celebraba por la mayor parte de ellas en bosquecillos sagrados que siempre estaban protegidos por una valla. Estos recintos consistían, por lo general, en un simple claro del bosque o plazoleta con unos cuantos árboles desperdigados y que en tiempos anteriores habían sen-ido para colgar de ellos las pieles de las víctimas expiatorias. El objeto central del bosquecillo, entre las tribus del Volga al menos, consistía en el árbol sagrado, a cuyo lado todo se hundía en la insignificancia; ante él se con­gregaban sus adoradores y el sacerdote ofrecía sus oraciones; al pie de su tronco se sacrificaba a las víctimas y sus ramas en ocasiones servían de pulpito. En el bosquecillo no podía cortarse madera ni tampoco rom­per ninguna rama, y generalmente se prohibía entrar a las mujeres.

Nos es necesario examinar con atención las ideas en que se funda el culto de los árboles y las plantas. Para el salvaje, el mundo en general está animado y las plantas y los árboles no son excepción de la regla. Piensa él que todos tienen un alma semejante a la suya y los trata de acuerdo con esto. "Dicen —escribe el antiguo vegetariano Porfirio— que los hombres primitivos tenían una vida triste, pues su superstición no terminaba en los animales, sino que se extendía aún a las plantas. ¿Por qué ha de ser la matanza de un buey o una oveja mayor agravio que el sentimiento por la tala de un abeto o un roble, ya que también estos árboles tienen alma?" De modo semejante, los indios hidatsa de Norteamérica creen que todo objeto natural tiene su espíritu, o hablando con más propiedad, su sombra. A estas sombras se les debe algún respeto, aunque no a todas por igual. Por ejemplo, la sombra del álamo, el árbol más corpulento del valle del Alto Missouri, se supone posee una inteli­gencia que adecuadamente manejada puede ayudar a los indios en ciertas empresas; pero las "sombras" de los arbustos y plantas son de poca im­portancia. Cuando el Missouri crecido por una riada de primavera arras­tra parte de sus riberas y algún árbol corpulento cae en el río, se dice que el árbol lanza gritos mientras las raíces están todavía sujetas al suelo y hasta que el tronco cae con estruendo a la corriente. Antiguamente los indios consideraban como pecado la caída de uno de esos gigantes y cuando necesitaban maderos grandes hacían uso solamente de los árboles caídos espontáneamente. Aun últimamente algunos de los indios más viejos y crédulos afirmaban que muchas de las desgracias de su pueblo fueron causadas por esta desconsideración moderna a los derechos de los álamos vivientes. Los iraqueses creían que cada especie de árbol, arbusto,

  1. Arbusto que crece mucho en clima propicio. Su madera es durísima.

  2. Tronco lingüístico finlandés y húngaro.

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planta y hierba tiene su propio espíritu, y acostumbraban dar las gracias estos espíritus. En el África oriental, los wonika imaginan que cada árbol y especialmente cada cocotero tiene su espíritu; "la destrucción de cocotero es equivalente a un matricidio, pues el árbol les da vida y alimento igual que una madre a su criatura". Los monjes siameses creen que hay almas por todas partes y que destruir algo, sea lo que sea, for­zosamente desposee un alma, por lo que no romperán una sola rama de árbol, "como no romperían el brazo de una persona inocente". Estos monjes, claro está, son budistas, aunque el animismo no sea una teoría filosófica, sino un dogma salvaje y común incorporado en el sistema de una religión histórica. Suponer con Benfey y otros que las teorías del animismo y de la transmigración, corrientes entre los rudos pueblos del Asia, se han derivado del budismo, es contrario a la realidad.
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