Sir james george frazer la rama dorada



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Mas quizá ningún país ha sido tan prolífico en "dioses-hombres" como la India; en ninguna parte se ha derramado la divina gracia en una medida tan liberal y en todas las clases sociales, desde rey a lechero. Así, entre los todas, pueblo pastoril de las montañas Neilgherry de la India meridional, el establo es un santuario y el lechero que lo cuida es des­crito como un dios. Habiendo preguntado a uno de éstos lecheros divi­nos si los todas saludan al sol, replicó: "Esos pobres convecinos así lo hacen, ¿pero yo? —golpeándose el pecho— ¿yo? ¿un dios? ¿por qué tengo que saludar al sol?" Todos, incluso el propio padre, se arrodillan ante el lechero y nadie osaría negarle nada. Ningún ser humano, excep­to, otro lechero, puede tocarle y da oráculos a todos los que le consultan, hablando con la prosopopeya de un dios.

También en la India, "a cada rey se le considera poco menos que un dios presente". Las leyes de Manú van más allá y dicen que "ni siquiera un rey niño debe ser menospreciado por la idea de no ser más que un mortal; él es una gran deidad en forma humana". Se dice que había no hace muchos años en Orissa una secta que rindió culto a la reina Victoria mientras vivió, como a su principal deidad. Y hoy mismo en la India, todas las personas notables por sus grandes fuerzas o valor o por sus supuestos poderes milagrosos, corren el riesgo de ser adorados como dioses. Así, una secta del Punjab tributó culto a una deidad que llamaban Níkkal Sen. Este Níkkal Sen no era otro que el formidable

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general Nicholson 1 y nada de lo que pudiera decir o hacer desalentó el fervor de sus adoradores. Cuanto más les castigaba, más aumentaba el religioso temor con que le adoraban. En Benarés, no hace muchos años, una deidad famosa reencarnó en la persona de un caballero hindú que gozaba del nombre eufónico de Swami Bhaskaranandaji Saraswati, extra­ordinariamente parecido al finado cardenal Manning, salvo que más inge­nuo; sus ojos destellaban un cariñoso interés humano y aceptaba, puede considerarse como un placer inocente, los honores divinos que le tribu­taban sus confiados adoradores.



En Chinchvad, pequeña ciudad a unos dieciséis kilómetros de Poona, en la India occidental, vive una familia de la que una gran proporción de los mahrrattas cree que de cada generación hay un individuo que es la encarnación del dios cabeza de elefante Gunputty. Esta célebre deidad se hizo carne por primera vez hacia el año 1640 en la persona de un brahmán de Poona, de nombre Mooraba Gossyn, que ambicionó conse­guir su salvación mediante la abstinencia, la mortificación y la oración. Su piedad fue al fin recompensada. El mismo dios se le apareció en una visión nocturna y le prometió que una parte suya, esto es, del espíritu santo de Gunputty, residiría en él y en sus descendientes hasta la sépti­ma generación. La promesa divina se cumplió; siete sucesivas reencarna­ciones transmitidas de padre a hijo manifestaron la luz de Gunputty a un mundo tenebroso. El último de la línea directa fue un dios obeso y enfermo de la vista que murió en el año 1810. Mas la causa de la verdad era demasiado sagrada y el valor de las propiedades de la iglesia demasiado considerables para permitir a los brahmanes contemplar con ecuanimidad la irreparable pérdida que sería para un mundo no conocer a Gunputty. En consecuencia, buscaron y encontraron los brahmanes un recipiente santo en el cual el espíritu del maestro se había revelado de nuevo, y la revelación ha sido continuada felizmente en una ininte­rrumpida sucesión de vasos carnales desde entonces hasta ahora. Pero, una ley misteriosa de economía espiritual, cuya función en la historia de la religión podemos deplorar pero no alterar, ha decretado que los milagros hechos por el "hombre-dios" en estos días de perdición no puedan compararse con los que hicieron sus predecesores en tiempos ya pasados; aún se cuenta que la única señal que él concede a la presente generación de víboras es el milagro de dar de comer a la muchedumbre que anualmente se reúne a cenar en Chinchvad.

Una secta hindú que tiene muchos representantes en Bombay y la India central sostiene que sus jefes espirituales o Maharajás, como les llaman, son representantes y aun reencarnaciones actuales en la tierra del dios Krisna, y como este dios protege desde el cielo y mira con el mayor fervor a los que suministran y atienden las necesidades de sus sucesores y vicarios sobre la tierra, ha sido instituido un rito especial llamado "autodevocíón", por el cual sus feligreses entregan sus cuerpos, sus almas y, lo que quizás es todavía más importante, sus bienes mate-

' Níkkalsen es casi exactamente la pronunciación inglesa de Nicholson.

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riales, a sus adorables reencarnaciones; a las mujeres se las enseña a creer que la bendición suma para ellas y sus familias se alcanza entregándose a los abrazos de estos seres en los que coexiste misteriosamente la naturaleza divina con la forma y aún hasta con los apetitos verdaderamente humanos. . .



El propio cristianismo no ha escapado siempre a la mancha de estas ilusioncs poco felices: en verdad que ha sido deshonrado con frecuencia por las extravagancias de vanos pretendientes a una divinidad igual y aun superior a la de su gran fundador. En el siglo II, Montano el Frigio proclamó ser él mismo la encarnación de la Trinidad, uniendo en su sola persona a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. No es éste un caso aislado ni la exorbitante pretensión de una sola mente desequili­brada. Desde los primeros tiempos hasta el presente, muchas sectas han creído que Cristo, más aún, el Dios mismo, está encarnado en cada uno de los cristianos plenamente iniciados, llevando esta creencia a la con­clusión lógica de adorarse unos a otros. Tertuliano cuenta que esto se realizó entre compañeros cristianos en Cartago en el siglo n, los discípulos de San Columba1 le rindieron culto como una personalización de Cristo y en el siglo viii, Elipando de Toledo habló de Cristo como "un dios entre dioses" dando a entender que todos los creyentes eran dioses tan verdaderos como el mismo Jesús. Adorarse unos a otros fue costumbre entre los albigenses, como se relata centenares de veces en los archivos de la Inquisición de Tolosa, de principios del siglo xiv.

En el siglo xiii se formó una secta llamada de Hermanos y Herma­nas del Libre Espíritu, que mantenía que, mediante largas y asiduas contemplaciones, cualquier persona podía unirse a la divinidad de una manera inefable, llegando a fundirse con el origen y causa de todas las cosas, y que el que así había ascendido hasta Dios y absorbido su beatí­fica esencia, de hecho formaba parte de la Divinidad, siendo el Hijo de Dios en el mismo sentido y de la misma manera qué el propio Cristo, y gozando, por consiguiente, de una inmunidad gloriosa para las tra­bas de todas las leyes humanas y divinas. Estando por dentro enajenados por su convicción bendita, aunque por fuera presentasen en sus mane­ras y aspecto un horrible aire de lunáticos y de mentecatos, vagaban los sectarios de un lado a otro ataviados con los trajes más extraños y mendi­gando su pan entre clamores y gritos salvajes, rechazando con indignación toda clase de trabajos y ocupaciones honradas romo un obstáculo a la contemplación divina y a la ascensión de su alma hacia el Padre espiritual* En todos sus vagabundeos iban seguidos por mujeres con las que vivían en la más estrecha familiaridad. Los que imaginaban haber logrado el mayor perfeccionamiento en la vida espiritual superior, holgaban del uso de la ropa en sus reuniones, considerando la decencia y el pudor como señales de corrupción interna, características de un alma que todavía se arrastraba bajo el dominio de la carne y no había sido elevada a la comu-

1 San Columba (521-597), irlandés que cristianizó el norte de Escocia.

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nión con el espíritu divino, su centro y origen. Algunas veces sus pro­gresos hacia esta unión mística se aceleraban por la Inquisición y expira­ban en medio de las llamas de la hoguera, no solamente con una límpida serenidad, sino hasta con los sentimientos más triunfantes de alegría y dicha.

Hacia el año de 1830, apareció en uno de los Estados de la Unión Americana fronterizo con Kentucky, un impostor que declaró ser el hijo de Dios, el salvador del linaje humano, y que había reaparecido sobre la tierra para volver a los impíos, los incrédulos y los pecadores al cumpli­miento de su deber. Aseguraba que si no se enmendaban en su conducta dentro de un plazo señalado, daría la señal y en el mismo momento se haría pedazos el mundo. Estas extravagantes pretensiones fueron acogidas favorablemente por personas de riqueza y posición social. Al fin, un alemán de modesta posición suplicó al nuevo Mesías que anunciara la terrible catástrofe a sus compañeros campesinos, en lengua alemana, por­que ellos no sabían inglés y sería una lástima se condenaran por esta razón. El presunto salvador, al contestarle, confesó con gran candor que él no sabía alemán. "¿Qué?, replicó el alemán. ¿Eres el Hijo de Dios y no hablas todas las lenguas y ni siquiera conoces el alemán7 ¡Ven acá! Eres un granuja, un hipócrita y un loco. Bedlam l es el sitio donde debes estar". Los circunstantes se rieron y marcharon avergonzados de su credulidad.

Algunas veces, al morir la encarnación humana, el espíritu divino transmigra a otro hombre. Los tártaros budistas creen en un gran número de Budas vivientes que ofician de Grandes Lamas en la jefatura de los monasterios más importantes. Cuando uno de estos Grandes Lamas muere, sus discípulos no sienten pena alguna porque saben que muy pronto reaparecerá, naciendo bajo la figura de un niño. Su sola preocu­pación es encontrar el lugar de su nacimiento. Si en estos momentos ven un arco iris en el cielo, lo toman como señal que les envía el Lama que marchó para guiarles a su cuna. A veces el mismo divino infante revela su identidad y dice: "Yo soy el Gran Lama, el viviente Buda de tal o cual templo. Llevadme a mi antiguo monasterio. Yo soy su inmortal cabeza". Sea como fuere revelado el lugar del nacimiento del Buda, ya sea que el propio Buda se descubra a sí mismo o por señales del ciclo, desmontan las tiendas de campaña y los peregrinos contentos, frecuentemente llevando a la cabeza al rey o a alguno de los más ilustres miembros de la familia real, se ponen en marcha para hallar y traer a casa al "niño-dios". Generalmente suele nacer en el Tibet, la Tierra Santa, y para llegar hasta donde está es frecuente tener que atravesar los más temibles desiertos. Cuando por fin encuentran al niño, se postran ante él y lo adoran. Sin embargo, para ser reconocido como el Gran Lama que ellos buscan, tienen que asegurarse antes de su identidad: le pre-

1 Bedlam es contracción popular de Bethlehem, Hospital de Santa María de Belén, que sirvió de manicomio desde principios del siglo xv, situado en Lambeth (Londres).

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guntan cuál es el nombre del monasterio del que se proclama jefe, la distancia a que se encuentra y cuántos monjes viven en él, así como tam­bién debe describir las costumbres que tenía el difunto Gran Lama y cómo fue su muerte. Después colocan ante el niño variadas cosas, como libros de oraciones, teteras y tazas, teniendo que indicar cuáles eran las usadas personalmente en su vida anterior. Sí hace todo esto sin equivo­carse, es admitida su pretensión y le conducen triunfalmente al mo­nasterio.

A la cabeza de todos los Lamas está el Dalai Lama de Lhasa, la Roma del Tibet, a quien se considera como un dios vivo y a su muerte, su espíritu divino e inmortal, renace en una criatura. Según algunos relatos el procedimiento de descubrir al Dalai Lama es parecido al mé­todo que acabamos de describir para el descubrimiento de un Gran Lama cualquiera. Otros relatos hablan de una elección, sacando de un jarro dorado las papeletas. Siempre que nace, los árboles y plantas echan hojas verdes: a su mandato los capullos florecen, surgen manantiales y su presencia difunde bendiciones celestiales.

Esto no significa que él sea el único hombre que funge de dios en estas regiones. En la Li-fan-yüan u oficina colonial de Pekín se lleva un registro de todos los dioses que reencarnan. El número de dioses que tienen sacada licencia es de ciento sesenta. El Tibet es bendecido con treinta de ellos: la Mongolia septentrional goza de diecinueve y la Mon-golia meridional, bañada por un sol sin nubes, tiene no menos de cin­cuenta y siete. El gobierno chino, con una solicitud paternal por el bien­estar de sus súbditos, prohibe a los dioses del registro que renazcan fuera del Tibet. Cuando menos, temen que el nacimiento de un dios en Mongolia pudiera dar origen a consecuencias políticas serias, excitando el dormido patriotismo y espíritu guerrero de los mongoles, que pudieran reanimarse alrededor de alguna ambiciosa deidad nativa de linaje real y procurar ganar para ella misma y a punta de espada un' reino tanto tem­poral como espiritual. Mas aparte de estos dioses públicos o dioses con licencia, hay un gran número de pequeños dioses particulares ilegales o dioses sin permiso gubernativo, que hacen milagros y bendicen a las gentes desde sus rincones y escondrijos; en los últimos años el gobierno chino talero el renacimiento de estos diosecillos de tres al cuarto, fuera del Tibet. No obstante, una vez nacidos, mantiene el gobierno vigilancia tanto sobre ellos como sobre los practicantes en divinidad regularizados y legales; y si alguno se porta mal, prestamente le degradan y destierran a un monasterio lejano, prohibiéndole rigurosamente que vuelva a rena­cer más en ninguna otra persona.

De nuestra investigación sobre la posición religiosa ocupada por el rey en las sociedades primitivas, podemos deducir que la reclamación de los derechos divinosl y sobrenaturales poderes proclamados por los mo­narcas de los grandes imperios históricos, como los de Egipto, México y Perú, no fue una simple consecuencia de vanidad ampulosa o vacía ex-

1 La fórmula era: Rey por la Gracia de Dios.

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presión de una adulación servil; fue tan sólo una supervivencia y extensión de la vieja apoteosis salvaje de la vida de los reyes. Así, por ejemplo, ]qs incas del Perú, como hijos del sol, eran reverenciados cual dioses: ellos no podían equivocarse y nadie pensó nunca hacer daño a la persona, honor o propiedades del monarca o de alguien de la familia real. P0r esto, además, los incas no consideraron, como lo hace mucha gente, que la enfermedad fuera un mal. La consideraban como mensajero enviado por su padre el Sol, llamándoles para descansar con él en el cielo. Las palabras con que usualmente indicaba un inca que su fin estaba próximo, eran éstas: "Mi padre me llama para que vaya a descansar con él". Ellos no se oponían a la voluntad de su padre ofreciendo sacrificios para me­jorar, sino que abiertamente declaraban que les llamaba para descan­sar con él.

Llegando de los sofocantes valles a las altiplanicies de los Andes colombianos, los conquistadores españoles quedaron atónitos al encontrar, en contraste con las hordas salvajes que habían dejado atrás en las selvas asfixiantes de abajo, un pueblo gozando de un grado alto de civilización, practicando la agricultura y viviendo sujeto a un gobierno que Humboldt comparó a las teocracias del Tibet o el Japón. Los chibchas, muyscas o mozcas, divididos en dos reinos con sus capitales en Bogotá y Tunja, estaban unidos más definitivamente bajo la adhesión espiritual al gran pontífice de Sogamozo o Iraca. Mediante un largo noviciado ascético, este gobernante espiritual había adquirido tal reputación de santidad que las aguas y la lluvia le obedecían y el tiempo bueno o malo dependía de su voluntad. Ya hemos visto que los reyes mexicanos en su ascensión al trono prometían bajo juramento que harían lucir el sol, que las nubes darían lluvias, que los ríos fluirían y que la tierra produciría frutos en abundancia. También sabemos que Moctezuma, el emperador, era ado­rado por su pueblo como un dios.

Los más antiguos revés babilónicos desde los tiempos de Sargón I hasta la cuarta dinastía de Ur y aún más tarde, aseguraban ser dioses vivos. Los monarcas de la cuarta dinastía de Ur, en particular, tenían templos construidos en su honor; elevaron sus propias estatuas en santua­rios diversos y ordenaron al pueblo sacrificasen ante ellas. El octavo mes estaba dedicado especialmente a los reyes, haciéndoles sacrificios en luna nueva y en el día quince de cada mes. También los monarcas partos de la casa de los Arsácidas se consideraban hermanos del sol y de la luna, y se les daba culto de dioses; era sacrilegio pegar en riña a cualquiera de las personas de la familia de los Arsácidas.

Los reyes de Egipto fueron deificados en vida, ofreciéndoles sacrifi­cios y celebrando su culto en templos particulares con sacerdotes propios. En verdad que el culto de los reyes hacía sombra en ocasiones al de los dioses.

Así, en el reinado de Merenra,1 un alto oficial declaró que había

l Merenra Neterkhan, faraón de la VI dinastía (2 500 a. c.).

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construido muchos lugares santos con el objeto de que los espíritus1 del rey, el inmortal Merenra, pudieran ser invocados "más que los demás dioses”. Nunca se puso en duda que el rey se arrogaba verdadera divinidad; él era el Gran Dios, el Dorado Horus, el Hijo de Ra. Se tituló autoridad no sólo de Egipto, sino de todos los países y naciones, "del mundo entero a lo largo y a lo ancho, del este al oeste"; todo lo comprendido en el gran círculo solar, "el cielo y lo que en él hay, la tierra y todo lo que vuele o nade: el mundo entero ofrenda sus productos a Él". Todo lo que efectivamente pudiera asegurarse del "dios-sol" era dogmáti­camente aplicable al rey de Egipto. Sus títulos provenían directamente de los del "dios-sol". "En el curso de su existencia —se nos dice— el rey de Egipto agotaba todas las concepciones posibles de divinidad que los egipcios habían forjado. Un dios sobrehumano por su nacimiento y por su puesto real, llegaba a ser después de muerto el hombre deificado. Así que todo lo que se conocía de lo divino se concretaba en él".

Hemos completado aquí nuestro esbozo, pero nada más que esbozo, de la evolución de la monarquía sagrada, que alcanzó su forma más alta, su expresión más absoluta, en las monarquías del Perú y de Egipto. His­tóricamente, la institución parece haberse originado en la clase de los magos públicos o curanderos; lógicamente descansa sobre una deducción equivocada de la asociación de ideas. Los hombres confunden el orden de sus ideas con el orden de la naturaleza y por ello imaginan que el dominio que ellos tienen o creen tener sobre sus pensamientos les per­mite ejercer el correspondiente dominio sobre las cosas. Los hombres que, por una u otra razón, a causa de la fortaleza o debilidad de sus con­diciones naturales, pensaron que poseían estos poderes mágicos en el más alto grado, fueron paulatinamente apartándose de sus compañeros y lle­garon a ser una clase separada destinada a ejercer la influencia de mayor alcance en la evolución política, religiosa e intelectual del género humano. El progreso social, según creemos, consiste principalmente en una dife­renciación progresiva de funciones; dicho más sencillamente, en una divi­sión del trabajo. La obra que en la sociedad primitiva se hace por todos igual y por todos igualmente mal o muy cerca de ello, se distribuye gra­dualmente entre las diferentes clases de trabajadores, que la ejecutan cada vez con mayor perfección; y así, tanto más cuanto que los productos materiales o inmateriales de esta labor especializada van siendo gozados por todos, la sociedad en conjunto se beneficia de la especialización cre­ciente. Ahora, ya, los magos o curanderos aparecen constituyendo la clase profesional o artificial más antigua en la evolución de la sociedad, pues hechiceros se encuentran en cada una de las tribus salvajes cono­cidas por nosotros, y entre los más incultos salvajes, como los australianos



1 Hasta la VII dinastía, solamente el faraón tenía nada menos que el Ka el Akh el Ba y el Zet como espíritus que formaban su personalidad. Desde dicha dinastía hasta la XII, la revolución social democratizó los espíritus al punto que el más humilde súbdito gozaba de la pluralidad espiritual y se convertía en Osiris justificado (Osiris-makheru)

138 REYES DEPARTAMENTALES DE LA NATURALEZA

aborígenes, es la única clase profesional que existe. Como se siguen sucediendo los días, los años, los siglos y el proceso de diferenciación continúa, la clase de curanderos se subdivide en diversas subclases de "saludadores", "hacedores de lluvias" y otros; mientras el más poderoso miembro de la profesión alcanza por sí mismo la posición de jefe, que gradualmente se convierte en rey sagrado, sus antiguas funciones mágicas van cayendo en el olvido, cambiándose sus deberes por los sacerdotales y aun los divinos, en la proporción que la magia va siendo lentamente sustituida por la religión. Todavía más adelante aún se efectúa un reparto entre los aspectos civiles y religiosos de la monarquía, asignándose el temporal a un hombre y el espiritual a otro. Mientras tanto los magos, que pueden ser reprimidos, pero que no pueden ser extirpados por el predominio religioso, son todavía adictos a sus viejas artes ocultas con preferencia a las del nuevo ritual de sacrificios y oraciones. Con el tiem­po, los más sagaces de ellos perciben el engaño de la magia y aciertan con un modo más eficaz de manipular las fuerzas naturales en beneficio de los hombres; en suma, abandonan la hechicería por la ciencia. Estamos lejos de afirmar que en todas las partes del mundo se haya llevado el curso del progreso tan rígidamente como decimos; sin duda ha variado grandemente en las sociedades. Queremos solamente significar, en esta amplia generalización, que concebimos su curso en esta dirección general. Considerada desde un punto de vista industrial, la evolución ha ido de la uniformidad a la diversidad de funciones; considerada desde el punto de vista político, ha ido desde la gerontocracia al despotismo. Lo que des­pués escriba la historia de la monarquía, especialmente con el decaimiento del despotismo y su desplazamiento por otras formas de gobierno mejor adaptadas a las aspiraciones de la humanidad, no nos concierne en esta investigación; nuestro tema es el crecimiento, no la decadencia de una institución grande y, en su tiempo, benéfica.

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