Sir james george frazer la rama dorada



Descargar 10,97 Mb.
Página17/123
Fecha de conversión06.01.2017
Tamaño10,97 Mb.
1   ...   13   14   15   16   17   18   19   20   ...   123

La creencia en la encarnación temporal o inspiración es mundial. Se cree que ciertas personas son posesas de cuando en cuando por un espíritu o deidad; mientras dura la posesión, su propia personalidad queda en suspenso y la presencia del espíritu se revela por temblores con­vulsivos y sacudidas de todo el cuerpo, con ademanes bruscos y miradas extraviadas, todo lo cual no se achaca a la persona misma, sino al espíritu que se ha adentrado en ella. En este estado anormal todos sus dichos se aceptan como la voz del dios o espíritu alojado en su interior y que habla por su intermedio. Así, por ejemplo, en las Islas Sandwich, el rey, personificando al dios, daba las respuestas del oráculo, oculto en una construcción de cestería, pero en las islas del Pacífico meridional "era corriente que el dios entrase en el sacerdote, que, poseído por la deidad, cesaba de actuar y hablar como un agente voluntario para mo-

ENCARNACIÓN HUMANA DE LOS DIOSES 125



verse y hablar cual si estuviera enteramente bajo la influencia sobrena­tural. En este respecto había un parecido muy estrecho entre los rudos oráculos de los polinesios y los famosos de la Grecia antigua. En cuanto se suponía que el dios entraba en el sacerdote, éste se agitaba accionando violentamente hasta llegar al frenesí; los miembros retorcidos, el cuerpo convulso, la fisonomía terrible, las facciones contraídas, los ojos extravia­dos En este estado solía rodar por tierra con la boca llena de espuma­rajos, como si forcejeara bajo la influencia de la divinidad que le poseía, y emitiendo gritos agudos y violentos y sonidos con frecuencia ininteligi­bles revelaba la voluntad del dios. Los sacerdotes que le acompañaban y estaban versados en los misterios, recibían y comunicaban al pueblo las declaraciones así transmitidas. Cuando el sacerdote había dado la respuesta del oráculo, el paroxismo violento decrecía gradualmente a una serenidad relativa. No siempre el dios, sin embargo, le abandonaba tan pronto como había terminado la comunicación divina. En ocasiones, el mismo taura o sacerdote continuaba poseído por el espíritu o deidad durante dos o tres días; un trozo de tela indígena de cierta clase alre­dedor del brazo era señal de inspiración o de la estancia del dios en el individuo que lo llevaba. Los actos del hombre así señalado se conside­raban durante este período como el dios mismo y por esto se tenía la mayor atención puesta en sus expresiones y conjunto de su proceder. . . cuando estaba uruhia (bajo la inspiración divina) se consideraba al sa­cerdote tan sagrado como el dios, y durante este período le llamaban atua (dios), aunque en los momentos corrientes se le denominaba sola-mente taura o sacerdote".

Como estos hechos de inspiración temporal son tan comunes en todas partes del mundo y ahora se han hecho tan familiares mediante los libros de etnología, no es preciso acumular ejemplos del principio gene­ral. Sin embargo, podrá ser conveniente referirnos a dos modos especia­les de producir la inspiración temporal, porque son quizá menos cono­cidos que los demás y porque tendremos ocasión de referirnos a ellos más adelante. Uno de estos métodos de producir inspiración es chu­pando la sangre recién vertida de una víctima sacrificada. En el templo de Apolo Diradiotes, en Argos, sacrificaban un cordero una vez cada mes; una mujer que tenía que obedecer una regla de castidad, gustaba la san­gre del cordero, quedando así inspirada por el dios y profetizando o adi­vinando. En Egira (Acaya), la sacerdotisa de la diosa Tierra bebía la sangre recién derramada de un toro antes de descender a la cueva para profetizar. Del mismo modo, entre los kuruvikkaranos, una clase de pa­jareros y mendigos del sur del Indostán, creen que la diosa Kali desciende sobre el sacerdote que da respuestas de oráculo después de tragar la san­gre que sale a chorros del cuello cortado de una cabra. En un festival de los alfoores de Minahassa, en el norte de Célebes, después de haber matado un cerdo, el sacerdote se arroja ansiosamente sobre el victimado, introduce su cabeza en la canal y traga su sangre. Después le recogen y a la fuerza le sientan en una silla donde comienza a profetizar cómo

126 ENCARNACIÓN HUMANA DE LOS DIOSES

será la cosecha de arroz aquel año. Por segunda vez corre al cadáver del cerdo y bebe sangre; por segunda vez le fuerzan a sentarse y continúa sus predicciones. Se piensa que hay en él un espíritu que tiene don profetice.

La otra manera de producir la inspiración temporal que aquí referi­mos consiste en el uso de un árbol sagrado o planta. Así, los hindu-kuss encienden una hoguera con ramas de cedro sagrado, y la Dainyal o sibila, ocultando su cabeza en una tela, inhala el humo denso y acre hasta que cae sin sentido al suelo sobrecogida por las convulsiones. Pronto se yergue y principia una agudísima canturria que es repetida acto continuo y estruendosamente por los oyentes. Así, la sacerdotisa de Apolo, antes de profetizar, comía del laurel y era sahumada con la planta sagrada. Las bacantes comían yedra y se creía por algunos que la furia inspirada era debida a las propiedades excitantes e intoxicantes de la planta. En Uganda, con objeto de ser inspirado por su dios, el sacerdote fuma desa­foradamente tabaco en pipa hasta que cae en frenesí; el tono excitado y estentóreo con que habla entonces es reconocido como la voz del dios que le utiliza como intermediario. En Madura,1 isla de la costa norte de Java, cada espíritu tiene su médium particular, que suele ser con mas frecuencia una mujer que un hombre. Para preparar la recepción del espíritu, inhala el humo de incienso sentándose con la cabeza inclinada sobre el incensario: cae gradualmente en una especie de "trance" acom­pañado de chillidos, muecas y espasmos violentos. Se supone que el espí­ritu acaba de entrar en ella y cuando empieza a calmarse, sus frases se consideran oraculares, siendo pronunciadas por el espíritu posesor, mien­tras el alma de ella está momentáneamente ausente.

Se cree que la persona inspirada temporalmente adquiere no sólo sabiduría divina, sino también poder divino, al menos en ocasiones. Cuando estalla una epidemia en Cambodia, se reúnen los habitantes de varios pueblos y con una banda de música a la cabeza van en busca del hombre a quien el dios local ha elegido para su encarnación temporal. Cuando lo encuentran, conducen al hombre al altar del dios, donde tiene lugar el misterio de la encarnación; desde ese momento, el hombre se convierte en objeto de veneración para sus convecinos, que le imploran proteja al pueblo contra la epidemia. De una imagen de Apolo erigida dentro de una gruta sagrada en Hylae, cerca de Magnesia, se creía que comunicaba energías extraordinarias y sobrehumanas; hombres consagra­dos e inspirados por la imagen se arrojaban por los precipicios, desarrai­gaban los más gigantescos árboles y los llevaban a hombros por los más estrechos desfiladeros. Las hazañas que ejecutan los derviches inspirados pertenecen a esta misma clase.



Hasta aquí hemos visto que el salvaje, al no saber discernir los límites de su habilidad para dirigir la naturaleza, adscribe a todos los hom­bres y a sí mismo poderes especiales que podríamos llamar sobrena-

1 Hay otro Madura al sur del Indostán, del que toma su nombre una infección actinomicósica denominada "pie de Madura".

ENCARNACIÓN HUMANA DE LOS DIOSES 127

Gales Hemos visto además que por encima de este sobrenaturalismo general, también se supone que algunas personas están inspiradas a ratos por un espíritu divino y así, temporalmente, gozan de la sabiduría y, el poder de la deidad residente en ellas. De creencias parecidas a éstas sólo hay un paso a la convicción de estar algunas personas poseídas per­manentemente por alguna deidad, y, por otros caminos indefinidos, que algunas están dotadas en tan alto grado de poderes sobrenaturales que son elevadas a la categoría de dioses y reciben el homenaje de las ora­ciones y sacrificios. Algunas veces estos dioses humanos están limitados a sus funciones puramente sobrenaturales o espirituales y en otras ocasio­nes además, ejercen el poder político supremo. En este último caso son reyes tanto como dioses y el gobierno es una teocracia. Así, en las Islas Marquesas hubo una clase de hombres que fueron deificados en vida; se les suponía poseedores de un poder sobrenatural sobre los elementos; podían conseguir abundantes cosechas o afligir la tierra con esterilidad; po­dían infligir enfermedades y la muerte. Se les ofrendaban sacrificios humanos para conjurar sus iras. No había muchos de estos; todo lo más, uno o dos por isla. Vivían en reclusión mística y sus poderes eran a ve­ces hereditarios, aunque no siempre. Un misionero ha descrito su obser­vación personal de uno de estos dioses humanos. El dios era un hombre muy viejo que vivía en una casa grande dentro de un cercado. En la casa había una especie de altar y de las vigas de la casa y árboles de alrededor colgaban esqueletos humanos cabeza abajo. De ordinario nadie podía entrar en el cercado, salvo las personas dedicadas al servicio del dios; sola­mente los días en que sacrificaban víctimas humanas podía entrar en el recinto la gente en general. Este dios humano recibía más sacrificios que todos los otros dioses: con frecuencia se sentaba sobre una especie de plataforma delante de su casa y pedía dos o tres víctimas humanas a la vez, que le traían siempre, pues inspiraba un terror extremado. Era invocado en toda la isla y le enviaban ofrendas de todos lados. También en las islas del Mar del Sur se decía que por lo general había en cada isla un hombre que representaba o personificaba la divinidad. A esta clase de hombres se les llamaba dioses y su naturaleza estaba mezclada con la divinidad. Este "dios-hombre" era en ocasiones el mismo rey y con más frecuencia un sacerdote o jefe subordinado.

Los antiguos egipcios, lejos de restringir su adoración a los perros, gatos y tal cual otro animalito, la extendieron con toda liberalidad al hombre. Una de estas deidades humanas residía en el pueblo de Anabis y se le ofrecían holocaustos en sus altares; después de lo cual, dice Por­firio,1 se ponía a cenar exactamente como un mortal cualquiera. En la antigüedad clásica, el filósofo siciliano Kmpédoclcs2 decía de sí mismo que no sólo era un hechicero, sino un dios. Dirigiéndose en verso a sus convecinos, dice:

1 De Alejandría, siglo ni.

2 Siglo vi a. c., precursor de la doctrina evolucionista de Lamarck-Darwin.

128 ENCARNACIÓN HUMANA DE LOS DIOSES

¡Oh, amigos de esta gran ciudad que se tiende sobre la dorada falda

de la ciudadela de Agrigento, que os ocupáis en as buenas obras,

que ofrecéis al caminante un bello remanso!

¡Os saludo! Entre vosotros me encuentro honrado y orgulloso;

con guirnaldas floridas adornáis mis nobles sienes

que no son de mortal, sino de inmortal dios.

Por donde voy, se congrega la gente para darme culto

y a miles siguen mi paso buscando el buen camino;

algunos ansían visiones proféticas y otros, angustiosos dolientes,

quieren escuchar la palabra de consuelo y relevarse del dolor.

Aseguraba que podía enseñar a sus discípulos cómo hacer para que el viento soplase o estuviese quedo, que cayera la lluvia o que brillara el sol; cómo alejar las enfermedades y la vejez y resucitar a los muertos. Cuando Demetrio Poliorcetes restauró la democracia ateniense el año 307 a. c., los atenienses decretaron honores divinos para él y para su padre Antígono en vida de los dos y bajo el título de "dioses salva­dores". Elevaron altares a los salvadores y asignaron un sacerdote para atender su culto. El pueblo salió al encuentro del libertador con himnos y bailes, con guirnaldas, incienso y libaciones en su honor: se alinearon a lo largo de las calles cantando que él era el único verdadero dios, pues los otros dioses dormían, moraban demasiado lejos o no eran dioses. Con palabras de un poeta contemporáneo que fueron cantadas en público y en privado:

De todos los dioses, los más grandes y más amados

han llegado a la ciudad.

Deméter y Demetrios,

con el tiempo se han reunido aquí.

Ellos vienen a presidir

los solemnes ritos de la Virgen

y él, sonriente, hermoso y feliz,

como cuadra a un dios;

espectáculo glorioso: acompañado de amigos,

y él en el centro,

ellos parecen estrellas y él es el Sol.

¡Hijo de Poseidón el Poderoso, hijo de Afrodita,

te aclamamos!

Los otros dioses moran lejos,

o no tienen oídos,

o no existen, o nos desdeñan.

Pero a. ti te tenemos presente;

no eres dios de madera ni piedra, sino dios verdadero.

Por eso te oramos.

Los antiguos germanos creyeron que había algo sagrado en las mujeres y en consecuencia las consultaban como oráculos. Sus mujeres



ENCARNACIÓN HUMANA DE LOS DIOSES 129

consagradas, nos dicen, observaban los remolinos de los ríos y escuchaban el murmullo o el estrépito y fragor de las aguas; y por su aspecto y so-nido profetizaban lo que había de suceder. Pero con frecuencia la veneración de los hombres iba más allá y daban culto a mujeres como verdaderas diosas vivientes. Por ejemplo, durante el reinado de Vespasiano una tal Veleda, de la tribu de los bructeri, fue comúnmente conside­rada como deidad y en este carácter reinó sobre su pueblo, extendiéndose mucho sus dominios. Vivía en una torre sobre el Lippe, río tributario del Rin. Cuando el pueblo de Colonia le envió unos embajadores para hacer un tratado con ella, no fueron admitidos a su presencia; las negociaciones fueron llevadas por intermedio de un ministro que actuó como intérprete de la deidad y comunicó los oráculos de ella. El ejemplo muestra cuán fácilmente unían las ideas de divinidad y realeza nuestros rudos antepasados. Se dice que los gétulos, hacia el comienzo de nuestra era, tenían siempre un hombre que personifica a un dios y al que la gente llamaba así. Habitaba en una montaña sagrada y ejercía de consejero del rey.

Según el antiguo historiador portugués Dos Santos, los zimbas o muzimbas, pueblo del sureste africano, "no adoran ídolos ni reconocen ningún dios, pero en su lugar veneran y rinden honores a su rey, que con­sideran deidad y dicen de él que es el más grande y mejor del mundo. Y el rey dice de sí mismo que él es el único dios de la tierra, por cuya razón, si llueve cuando él no quiere que llueva o hace demasiado calor, dispara flechas contra el cielo por no obedecerle". Los mashonas del África meridional informaron a su obispo que anteriormente tuvieron un dios, pero que los matabeles le habían ahuyentado. "Esto se refería a una curiosa costumbre de algunos poblados donde tenían un hombre al que llamaban su dios. Parece ser que se le consultaba por las gentes, que le traían regalos. Hubo uno de estos dioses, en antiguos tiempos, en un poblado perteneciente al jefe Magondi y se nos pidió que no dis­parásemos los fusiles cerca del poblado a fin de no ahuyentarle". Este dios mashona estuvo obligado anteriormente a pagar un tributo anual al rey de los matabeles, en forma de cuatro bueyes negros y un baile. Un misionero vio y describió a la deidad cumpliendo la última parte de su deuda frente a la choza real matabele. Durante tres horas mortales, sin un solo descanso, al zumbido de un canto monótono y acompañado de panderetazos y castañeteos secos, el atezado dios estuvo atareado en una danza frenética, acuclillándose como un sastre, resudando como un cerdo y brincando con una- agilidad que atestiguaba la fuerza y elasticidad de sus piernas divinas.



Los bagandas del África central creían en un dios del lago Nyassa que adoptaba como residencia el cuerpo de un hombre o el de una mujer. El dios encarnado así era muy temido por todo el mundo, incluso los jefes y el rey. Cuando se había verificado el misterio de la encarnación, el hombre, o mejor dicho, el dios, se alejaba como unos dos kilómetros y medio de las márgenes del lago y allí esperaba la aparición de la luna

130 ENCARNACIÓN HUMANA DE LOS DIOSES

nueva antes de entregarse a sus deberes sagrados. En el momento en que la luna creciente aparecía tenuemente en el ciclo, el rey y todos sus súbditos iban a ponerse a disposición del hombre divino o Lubare (dios) como le llamaban, cuyo mandato era supremo no sólo en materias de fe y ritual, sino también en las cuestiones de guerra y política estatal. Se le consultaba como oráculo; su palabra podía infligir enfermedades o dispensar la salud, impedir la lluvia y ocasionar el hambre. Le hacían grandes regalos cuando se solicitaba su consejo. El jefe de Urna, extensa región al oeste del lago Tanganika, "se arroga poder y honores divinos y pretende poder abstenerse de comer muchos días sin sentir la necesi­dad: verdaderamente, como el dios que dice ser, está muy por encima de las necesidades y solamente come, bebe y fuma por el placer que le proporciona". Entre los gallas, cuando una mujer se agota con los tra-bajos caseros, comienza a hablar incoherentemente y se conduce con extravagancia. Esto es un signo del descenso sobre ella del espíritu san­to, Callo; inmediatamente su marido se postra a sus pies y la adora. Cesa de llevar el título humilde de esposa y es llamada "señor". Los deberes domésticos no pesan desde entonces sobre la mujer y sus deseos son ley divina.

El rey de Loango es honrado por su pueblo "como si fuera un dios. Se le denomina Sambee y Pango, que significan dios. Creen sus súbditos que él puede dejarlos tener lluvia si lo quiere, y una vez al año, en di­ciembre, que es la época de las lluvias y en la que las gentes la desean, se llegan a él para rogarle la consiga". En esta ocasión, puesto de pie el rey en su tronó, dispara una flecha al aire, lo que se cree traerá la lluvia. Muy parecido es lo que se dice del rey de Mombasa. Hasta hace pocos años, en que su reinado espiritual sobre la tierra terminó abrupta­mente por las armas materiales de los soldados y marinos ingleses, el rey de Benin era el objeto principal de culto en sus dominios. "Él ocupa más alto puesto que el papa en la Europa católica, pues no sólo es el representante de Dios en la tierra, sino dios mismo, y sus súbditos le obedecen y adoran al mismo tiempo, aunque yo pienso que su adora­ción nace más bien del miedo que del amor". El rey de Iddah dijo a los oficiales ingleses de la expedición al Níger: "Dios me hizo a su pro­pia imagen; yo soy completamente igual a Dios y Él me señaló para rey".

Un monarca de Birmania especialmente sanguinario llamado Badon-sachen, cuya fisonomía reflejaba la innata ferocidad de su naturaleza y bajo cuyo reinado perecieron más víctimas a manos del verdugo que del enemigo común, concibió la idea de que el era algo más que un simple mortal y que esta alta distinción había sido lograda como recompensa de sus numerosas buenas obras. En consecuencia, prescindió de su título de rey y pretendió hacerse por sí mismo dios. Con este designio e imi­tando a Buda, que antes de alcanzar el rango de divinidad había aban­donado el palacio real y el serrallo, retirándose del mundo, Badonsachcn se retiró de su palacio real a una inmensa pagoda, la más grande del imperio, que había tardado en construir muchos años. Ya en ella, tuvo

ENCARNACIÓN HUMANA DE LOS DIOSES 131



conversaciones con los monjes más estudiosos, a los que trató de per­suadir de que los cinco mil años asignados para la obediencia de la ley de Buda ya habían transcurrido y de que él era el dios destinado a apa­recer después de este período y a abolir la ley antigua sustituyéndola por la propia. Mas con gran mortificación suya, muchos de los monjes tomaron por su cuenta demostrarle lo contrario; esta desilusión, combi­nada con su amor al poder y su impaciencia bajo las restricciones de una vida ascética, le desengañaron prontamente de su divinización imagi­naria y volvió a su palacio y a su harén. El rey de Siam "es venerado al igual que una deidad. Sus súbditos no osan mirarle la cara; se postran a sus pies cuando pasa y se presentan ante él arrodillados y con los codos sobre el suelo". Hay un lenguaje especial dedicado a su persona sagrada y atributos, el que debe usarse por todos los que le hablen o hablen de él. Hasta los nativos encuentran difícil conocer bien este vocabulario peculiar. Los cabellos de la cabeza del monarca, las plantas de sus pies, el aliento de su cuerpo, en suma, cualquier simple detalle de su persona, lo mismo los signos internos que externos, tienen su nombre especial. Cuando come o bebe, duerme o pasea, hay para cada uno de estos actos un nombre que denota que son ejecutados por el soberano y estas pala­bras específicas no pueden aplicarse a los mismos actos verificados por cualquier otra persona. En el lenguaje siamés no hay palabra de más alto rango o dignidad que la que define al monarca, y los misioneros, cuando hablan de Dios, se ven forzados a emplear la palabra indígena de Rey.
1   ...   13   14   15   16   17   18   19   20   ...   123


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal