Sir james george frazer la rama dorada



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En otras muchas partes del mundo se confía a los reyes la regula­ción del curso de la naturaleza para el bien común y se les castiga si fracasan en el empeño. Parece que los escitas encadenaban a su rey cuando había sequía. En el antiguo Egipto maldecían a los faraones por las malas cosechas y aun los animales sagrados eran tenidos como respon­sables del curso de la naturaleza. Cuando la peste u otras desgracias asolaban el país a consecuencia de una fuerte y prolongada sequía, los sacerdotes hablaban a los animales sagrados y los amenazaban con seve­ros castigos, pero si la calamidad no cedía, entonces los mataban. En la isla coralina de Niné o Isla Salvaje, en el Pacífico del sur, hubo antaño una dinastía de reyes; pero como éstos eran también grandes sacerdotes y se suponía que fomentaban la producción de alimentos, cuando el

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pueblo se encolerizaba contra ellos en época de escasez, los mataban, hasta que al fin, como moría uno tras otro, nadie quiso ser rey y ter­minó así la monarquía. Nos informan los antiguos escritores chinos que en Corea achacaban al rey la abundancia o escasez de lluvia y que las mieses no madurasen; unos decían que debía ser depuesto y otros que se le debía matar.

El mayor paso que en el camino de la civilización dieron los indios americanos se produjo bajo los gobiernos monárquicos y teocráticos de México y Perú, mas sabemos poco de la historia antigua de estos países para decir si los predecesores de sus deificados reyes fueron o no curan­deros. Quizá una huella de esta sucesión pueda obtenerse en el jura­mento que hacían los reyes mexicanos a su elevación al trono, jurando que harían que el sol luciese, que las nubes diesen lluvia, que los ríos fluyeran y que la tierra produjera frutos en abundancia. Ciertamente que en la América aborigen el hechicero o curandero, rodeado de un halo de misterio y una atmósfera de terror, fue un personaje de gran importancia e influencia y pudiera haber evolucionado a jefe o rey en muchas tribus, aunque se carezca de la prueba positiva de tal desenvol­vimiento. Nuestra hipótesis adquiere un grado considerable de verosimi­litud gracias a testimonios tales como el de Catlin, que dice que en Norteamérica los curanderos "son estimados como dignatarios de la tribu y les guarda el mayor respeto toda la sociedad, no sólo por su destreza en materia médica, sino más especialmente por su tino en la magia y sus arcanos, en los que tenían una gran intervención... En todas las tribus sus doctores son tan nigrománticos y exorcistas como conjuradores y magos adivinos, y podría decir que grandes sacerdotes a la par, en vista de que vigilan y dirigen todas las ceremonias religiosas: todos les consideran como los oráculos de la nación. En los consejos de guerra y de paz se sientan entre los jefes y se les consulta siempre antes de hacer pública cualquier medida, concediendo a sus opiniones la mayor defe­rencia y respeto". De manera parecida, en California "el chamán era y es todavía el individuo quizá más importante de entre los maidu. En ausencia de todo sistema definido de gobierno, la palabra del chamán tiene gran peso: como clase social se le respeta mucho y en general son obedecidos mucho más que el jefe".

También en América del Sur creemos que los magos o curanderos han tenido el camino abierto a la jefatura o la soberanía real. Uno de los primeros colonos establecidos en la costa del Brasil, el francés The-vet, cuenta que los indios "tienen a estos pages (curanderos) en tanta reverencia y honor que los' adoran; más aún, los idolatran. Puede verse a la generalidad de las gentes cuando van a buscarlos, cómo se postran ante ellos y les rezan diciendo: 'Otórgame que no muera, que no caiga enfermo ni yo ni mis hijos', o alguna cosa parecida. Y él responde: 'Tú no morirás, no enfermarás', o contestaciones semejantes. Mas en oca­siones, si acontece que estos pages no han dicho la verdad y las cosas salen al revés de lo que predijeron, la gente no tiene escrúpulos en

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matarlos como indignos del título y dignidad de pages". "Entre los indios lengua del Gran Chaco, cada clan tiene su cacique o jefe, pero goza de poca autoridad. En virtud de su puesto tiene que hacer regalos,1 así que raramente se hace rico y por lo general es más andrajoso que cual­quiera de sus súbditos. En realidad, el hechicero es el hombre que tiene más poderes en sus manos y está acostumbrado a recibir regalos en vez de darlos". Es deber del mago hacer caer desgracias y plagas sobre los enemigos de su tribu, resguardando a su propio pueblo de la magia hostil. Por estos servicios le remuneran muy bien y por ellos adquiere una posición de gran influencia y autoridad.

En toda la región malaya, el raja o rey es considerado con veneración supersticiosa, por ser el poseedor de virtudes sobrenaturales, y hay razo­nes para pensar, además, que, a semejanza de muchos jefes africanos, ha evolucionado de simple mago a monarca. En el día de hoy los malayos creen en absoluto que el rey tiene una influencia personal sobre hechos naturales como el desarrollo de las mieses y la producción de los árboles frutales. La misma virtud prolífica se supone que reside, aunque en un grado menor en sus delegados hasta en las personas europeas que por casualidad tienen algún cargo oficial en los distritos. Así, en Sclangor, uno de los estados nativos de la península malaya, el éxito o fracaso de las cosechas de arroz se atribuye al cambio de los oficiales de los distri­tos. Los toorateyas de Célebes del Sur sostienen que la prosperidad de sus campos de arroz depende de la conducta de sus príncipes y que un mal gobierno, que para ellos es el que no obra según la antigua costum­bre, traerá por consecuencia el fracaso en las cosechas.

Los dayakos de Sarawak creían que su famoso gobernante inglés, el rajá Brooke, estaba dotado de una virtud mágica especial que aplicada propiamente hacía que las cosechas de arroz fueran abundantes. Por esto, cuando él visitaba una tribu, acostumbraban traer a su presencia la se­milla que iban a emplear al año siguiente y él la fertilizaba agitando encima de ellas las gargantillas y collares de las mujeres, previamente mojados en una mixtura especial. Y cuando entraba en una aldea, las mujeres lavaban y bañaban sus pies, primero con agua, después con la leche de un coco verde y por último con agua otra vez; todo este líquido que había estado en contacto con su persona se guardaba con la idea de distribuirlo en los sembrados, creyendo que así aseguraban una buena cosecha. Las tribus que se hallaban demasiado lejos para que pudiera visitarlas solían enviarle una pequeña pieza de tela blanca y un poco de oro y plata y cuando estas cosas se habían impregnado de su virtud gene­rativa las enterraban en sus sembrados y esperaban confiadamente una gran cosecha. En cierta ocasión en que un europeo hizo el reparo de quedas cosechas eran míseras, el jefe le replicó inmediatamente que no podía ser de otra manera puesto que el rajá Brooke nunca los había visitado, y le rogó que indujera a Brooke para que visitase su tribu y remediase la esterilidad de sus tierras.

1 Esos regalos deben ser lo que los etnólogos denominan "potlatch".

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La creencia de que los reyes poseen poderes mágicos o sobrenatura­les, en virtud de los cuales pueden fertilizar la tierra y traer otros bene­ficios a sus súbditos, ha sido compartida, al parecer, por los antepasados de todos los pueblos arios, desde la India hasta Irlanda, dejando rastros muy claros incluso en Inglaterra hasta los tiempos modernos. Así, el antiguo código de leyes hindúes llamada Las Leyes de Manú, describe como sigue los efectos de un buen reinado: "En el país donde el rey no quita las riquezas de los mortales pecadores, los hombres nacen a su debido tiempo y gozan de longevidad. Las cosechas de los labradores crecen según lo que siembren, no mueren los niños y no nacen niños monstruosos". En la Grecia homérica se hablaba de los reyes y jefes como sagrados o divinos. También eran divinas sus mansiones y sagra­dos sus carros de combate, creyéndose que el gobierno de un buen rey originaba que la tierra negra produjese trigo y cebada, que los árboles >e cargasen de frutos, se multiplicasen los ganados y el mar produjese pe­ces. En la Edad Media, cuando Waldemaro I, rey de Dinamarca, viajó por Alemania, las madres traían a sus criaturas y los campesinos sus simientes para que les impusiera sus manos, pensando que los niños medrarían mejor por el contacto de las manos reales, y por razón parecida los labriegos le pedían que arrojara los granos a los surcos. Era creencia de los antiguos irlandeses que cuando sus reyes cumplían las costum­bres de sus antepasados, las estaciones eran suaves, las cosechas plenas, el ganado multiplicado, las aguas abundantes en peces y los árboles frutales tendrían que ser apuntalados en consideración al peso del fru­to. Un estatuto atribuido a San Patricio enumera las bendiciones que acompañan al reinado de un monarca justo: "buen tiempo, mares en calma, cosechas abundantes y árboles cargados de fruta". Por el contrario, hambres, esterilidad en las vacas, frutos atizonados y escasez de grano se consideraban como pruebas infalibles de ser malo el monarca reinante.



Quizá la última reliquia de tales supersticiones, dilatada hasta nues­tros reyes ingleses, fue la idea de que ellos podían sanar de la escrófula a los enfermos, mediante la imposición de manos: por tal causa la enfer­medad era conocida con el nombre de mal del rey. La reina Isabel ejerció con frecuencia este milagroso don de sanar. El día de San Juan (solsticio estival) del año de 1633, Carlos I curó por la imposición de manos y de una sola vez a un centenar de pacientes en la capilla real de Holyrood, pero fue bajo el reinado de su hijo Carlos II cuando creemos que la práctica milagrera tuvo mayor boga; se cuenta que en el curso de su reinado, Carlos II hizo la imposición de manos a cerca de cien mil escro­fulosos. El tumulto para acercarse al rey fue en ocasiones tremendo; una de las veces murieron pisoteados seis o siete de los que se apretujaban para que los sanase. El sereno Guillermo III rehusó desdeñosamente prestarse al arte de birlibirloque y cuando su palacio fue asediado por la usual y maloliente muchedumbre, les ordenó que se marchasen, dán­doles una limosna. En la única ocasión en que cedió al importuno que deseaba le impusiera las manos, le dijo: "Dios le dé mejor salud y más

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sentido común". Sin embargo, la costumbre tradicional se continuó, como no podía menos de esperarse, por el lerdo fanático de Jacobo II y por su no menos lerda hija la reina Ana.

También reclamaban poseer el mismo don de sanar por imposición de manos los reyes de Francia, que decían haberlo heredado de Clodoveo o de San Luis, mientras nuestros reyes ingleses lo heredaron de Eduardo el Confesor. De modo análogo, de los jefes salvajes de Tonga se creía que salvaban de la escrófula y del hígado indurado1 por la imposición de pies: la curación era estrictamente homeopática, pues la enfermedad, tanto como la cura, se creía ser ocasionada por el contacto con la persona regia o con alguna cosa de su pertenencia.

Resumiendo, creemos justificado deducir que en muchas partes del mundo el rey es el sucesor directo del antiguo mago o curandero. Cuan­do ya una clase especial de hechiceros se ha diferenciado en la sociedad y ésta le ha confiado el cumplimiento de deberes de los que se cree dependen la seguridad y el bienestar públicos, estos hombres gradual­mente se elevan a la riqueza y al poder hasta que los más destacados de entre ellos se convierten en reyes sagrados. Mas la gran revolución que así comienza y que termina en despotismo va acompañada de una revo­lución intelectual que afecta lo mismo al concepto que a las funciones de la realeza. Según avanza el tiempo, es cada vez más evidente la fala­cia de la magia para las mentes más claras y va siendo desplazada lenta­mente por la religión. En otras palabras, el mago cede el paso al sacerdote, el cual, renunciando a intentar influir directamente sobre los procesos de la naturaleza en bien del hombre, trata de obtener el mismo fin indi­rectamente, por la apelación a los dioses, para que hagan en su lugar lo que ya no cree saber hacer por sí mismo. Por esto el rey, empezando como mago, tiende gradualmente a cambiar la práctica mágica por las funciones sacerdotales de oración y sacrificios. Y aunque la distinción entre lo humano y lo divino está todavía poco delineada, se imagina con frecuen­cia que los hombres mismos pueden aspirar a la divinidad, no sólo des­pués de morir, sino en vida, mediante la posesión temporal o permanente de su completo ser por un grande y poderoso espíritu. Ninguna clase social se ha beneficiado tanto como los reyes, de esta creencia en la po­sible encarnación de un dios en una forma humana. La doctrina de esta encarnación y, con ella, la teoría de la divinidad de los reyes, en el estricto sentido de la palabra, serán objeto del siguiente capituló.

CAPITULO VII

ENCARNACIÓN HUMANA DE LOS DIOSES

Los ejemplos de las creencias y prácticas de los pueblos más rudos de la tierra, que hemos elegido en los precedentes capítulos, probarán su-

1 Cirrosis hepática atrófica.

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ficientemente que el salvaje falla en el reconocimiento de las limita­ciones de su poderío sobre la naturaleza, que a nosotros nos parecen tan evidentes. En una sociedad donde a cualquier hombre se le supone dotado más o menos con poderes que podríamos llamar sobrenatura­les, es obvio que la distinción entre dioses y hombres esté un tanto borrosa y, mejor aún, escasamente desenvuelta. El concepto de dioses como seres sobrehumanos dotados de tal poderío que ningún hombre posee nada comparable en grado y aun difícilmente en clase, ha tenido un desenvolvimiento paulatino en el curso de la historia. Para los pueblos primitivos, los agentes sobrenaturales se han considerado como muy poco superiores al hombre y a veces ni eso, pues podían atemorizarlos y coac­cionarlos para que cumplieran su deseo: en este nivel intelectual el mun­do es contemplado como una gran democracia; a todos sus seres, ya naturales o sobrenaturales, se les supone situados en un plano de igual­dad suficiente. Mas con el desarrollo de sus conocimientos el hombre aprendió a ver con más claridad la inmensidad de la naturaleza y su pro­pia pequeñez y debilidad ante su presencia. El reconocimiento de su propia ineficacia no le aporta, sin embargo, la correspondiente creencia en la impotencia de esos seres sobrenaturales con que la imaginación puebla al universo; por el contrario, acrece la idea de su poder porque el concepto del mundo como un sistema de energías impersonales actuando en virtud de leyes fijas e inmutables, aún no le ha iluminado o ensom­brecido. El germen de la idea lo tiene seguramente y actúa por ella no sólo en arte mágico, sino también en muchas ocupaciones de su vida diaria. Mas la idea permanece sin desenvolverse y en cuanto que intenta explicar el mundo en que vive, lo representa como la manifestación de una voluntad consciente y agente personal. Si él se siente tan débil y pe­queño, ¡cuan inmensos y poderosos debe juzgar a los seres que dirigen la gigantesca máquina de la naturaleza! De esta manera, su primitivo sen­timiento de igualdad con los dioses se va desvaneciendo y, al mismo tiempo, la esperanza de dirigir el curso de la naturaleza sólo con sus propios recursos, es decir, por magia, considerando en cambio cada vez más a los dioses como únicos depositarios de aquellos poderes sobrenatu­rales en los que anteriormente reivindicaba su participación. Por consi­guiente, con el progreso del conocimiento toman la parte más importante en el ritual religioso las oraciones y sacrificios, mientras que la magia, que en otros tiempos tenía un rango tan legítimo, es gradualmente rele­gada hasta llegar a quedar en un arte tenebroso: se la considera usurpa­ción, a la vez presuntuosa e impía, de la soberanía de los dioses y como tal tropieza invariablemente con la oposición de los sacerdotes, cuya reputación e influencia crecen y decrecen con la de sus dioses. En conse­cuencia, cuando en un período posterior aparece la distinción entre religión y superstición, encontramos que los recursos de la parte de la sociedad más pía y culta son el sacrificio y la oración, mientras que la magia es el refugio de supersticiosos e ignorantes. Pero cuando, todavía más tarde, el concepto de las fuerzas elementales como agentes persona-

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les cede el paso al reconocimiento de la ley natural, entonces, la magia, basada como está implícitamente en la idea de una consecuencia nece­aría de causa a efecto, independiente de una voluntad personal, reapa­rece saliendo de la obscuridad y descrédito en que había caído, y por la investigación del orden de sucesión causal en la naturaleza prepara direc­tamente el camino a la ciencia. La alquimia conduce a la química.1

La noción de un "dios-hombre" o de un ser humano dotado de divinos poderes sobrenaturales pertenece esencialmente al período más primitivo de la historia religiosa, en la que dioses y hombres eran consi­derados todavía como seres de casi la misma clase y antes de quedar se­parados por un abismo infranqueable, que el pensamiento ulterior abre entre ellos. Aunque pudiera parecemos extraña la idea de un dios encar­nado en forma humana, no es como para sorprender y sobrecoger al hombre primitivo, que ve en un "dios-hombre" o en un "hombre-dios" tan sólo un grado más alto de los mismos poderes sobrenaturales que él mismo se arroga de perfecta buena fe. No establece diferencia demasiado grande entre un dios y un hechicero poderoso. Sus dioses son con fre­cuencia magos invisibles tan sólo, que ocultos tras el velo de la naturale­za hacen la misma clase de sortilegios y encantamientos que el mago humano en forma visible y corporal para sus compañeros. Y como se cree generalmente que los dioses se presentan a sus adoradores en figura humana, es fácil para el mago, con sus milagrosos dones supuestos, ad­quirir la reputación de ser una encarnación divina. De este modo, y comenzando poco más que como simple conjurador, el curandero o mago asciende y brota del capullo a la espléndida floración de dios y rey a un tiempo. Pero al hablar de él como de un dios debemos precavernos de introducir en el concepto salvaje de deidad las ideas, tan abstractas y complejas, que nosotros asociamos con ese término. En estas profundas cuestiones nuestras ideas son el fruto de una larga evolución intelectual y moral y están muy lejos de ser compartidas por el salvaje, que no puede ni entenderlas cuando se le explican. Muchas de las enconadas controversias respecto a la religión de los pueblos inferiores se han gene­rado en una equivocación mutua: el salvaje no entiende los conceptos del hombre civilizado y pocos hombres civilizados entienden los pensa­mientos del salvaje. Cuando el hombre salvaje pronuncia su palabra "dios", él piensa en un ser de cierta clase; cuando el hombre civilizado usa la palabra "dios", tiene en su mente una representación de muy di­ferente clase y si, como suele acontecer, los dos hombres son igualmente inhábiles para colocarse en el punto de vista del otro, no puede resultar de sus discusiones más que equivocaciones y confusión. Si nosotros, como hombres civilizados, insistimos en limitar el nombre de Dios al particular concepto de la naturaleza divina que nos hemos forjado, en­tonces debemos confesar rotundamente que el salvaje no tiene dios. Pero

1 Y la química de Dumas y Berthelot, con sus pesos atómicos y cuerpos simples, se hunde y da paso otra vez a la mágica alquimia de las teorías relativistas, la del quantum", las atómico-eléctricas, etc., que convierten el plomo en oro.

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nos ajustaremos más exactamente a los hechos de la historia si admitimos que la mayor parte de los menos salvajes poseen una rudimentaria noción de ciertos seres sobrenaturales que muy bien pueden llamarse dioses, aunque no sea en el sentido íntegro en que usamos la palabra. Esta rudi­mentaria noción representa con toda probabilidad el germen que gra­dualmente ha ido evolucionando hasta los altos conceptos de divinidad de los pueblos civilizados; si pudiéramos seguir el curso total! del desen­volvimiento religioso, encontraríamos que la línea que une nuestra idea de la divinidad con la del salvaje es una y la misma.

Con estas explicaciones y reservas aduciremos algunos ejemplos de dioses que sus adoradores han creído encarnados en seres humanos vivos, hombres o mujeres. Las personas en quienes se cree haberse revelado una deidad no siempre han de ser reyes o descendientes de reyes; la supuesta encarnación puede tener lugar en hombres, aun del más humil­de rango. En la India, por ejemplo, un dios humano comenzó su vida como blanqueador de algodón y otro como hijo de carpintero. Por esto, no escogeremos ejemplos exclusivamente de personajes regios, pues desea­mos ilustrar el principio general de la deificación de hombres vivientes; en otras palabras, la encarnación de un dios en forma humana. Estos dioses que encarnan son corrientes en la sociedad primitiva. La encar­nación puede ser temporal o permanente. En el primer caso, la en­carnación comúnmente conocida por inspiración o posesión, se revela en sabiduría sobrenatural más bien que en poder sobrenatural; en otros términos, sus manifestaciones usuales son la adivinación y la profecía mejor que los milagros. Por el contrario, cuando la encarnación no es meramente temporal, cuando el espíritu divino ha tomado su morada permanente en cuerpo humano, se espera, por lo general, que justifique su carácter divino haciendo milagros. Solamente tenemos que recordar que los hombres en esta etapa del pensar no consideran los milagros como infracciones de la ley natural; no concibiendo la existencia de la ley natural, el hombre primitivo no puede pensar que se infrinja. Un milagro es solamente, para él, una rarísima y asombrosa manifestación de un poder corriente.
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