Sir james george frazer la rama dorada



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Golpeo este trapo sobre esta piedra,

para levantar el viento en nombre del diablo;

no calmará hasta que yo quiera.

En Groenlandia suponen que la mujer puérpera tiene poder para aplacar una tormenta; no tiene más que salir a la puerta de la casa, llenar la boca

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de aire y volver a entrar echando el aire que tenía en la boca. En la Antigüedad hubo una familia en Corinto que gozaba de la reputación de poder acallar el viento huracanado, pero no sabemos qué método em-pleaban sus miembros para función tan útil, que probablemente les granjeaba una recompensa más sólida que la simple reputación entre la población marinera del Istmo. Aun en época cristiana, bajo el reinado de Constantino, un tal Sopater fue condenado a muerte en Constanti-nopla por el delito de atar los vientos con su magia, pues aconteció que los barcos que llevaban grano a Egipto y Siria fueron detenidos lejos de la costa por calmas o vientos contrarios, lo que causó despecho y rabia en el populacho bizantino hambriento. Los hechiceros fineses solían vender viento a los marinos detenidos en puerto por la calma. El viento estaba encerrado en tres nudos; si deshacían el primer nudo, se levantaba un viento moderado; si el segundo nudo, un ventarrón, y si aflojaban el tercer nudo, rugía el huracán. En efecto, los estonios, cuyo país está separado de Finlandia solamente por un brazo de mar, creen todavía en las virtudes mágicas de sus vecinos norteños. Los vientos crueles que soplan en el norte y nordeste en primavera se acompañan de calenturas intermitentes e inflamaciones reumáticas, siendo atribuidos por el sen­cillo campesino estonio a las maquinaciones de los brujos y brujas fineses. En particular, consideran con temor tres días de primavera, a los que dan el nombre de "días de la cruz"; uno de estos días cae en la víspera del de la Ascensión. La gente de las cercanías de Tallinn teme salir esos días por miedo a que les maten esos vientos crueles de Laponia. Un canto estoniano popular dice:

¡Viento de la Cruz de impulso poderoso!

Pesados caen tus aletazos al pasar;

¡Viento salvaje que ululas funesto y penoso!

En tus ráfagas a los brujos de Finlandia vemos cabalgar.

Se dice, además, que los marinos maltratados por el viento contrario en el Golfo de Finlandia ven aparecer de repente algunas veces y por la popa a un velero extraño que avanza sobre ellos rápidamente: llega como una nube de lonas, a toda vela y con viento de proa, batiendo su ruta entre olas de espuma que parte en hojas blancas con su tajamar: las velas henchidas, el cordaje vibrante, tenso. Entonces los marineros com­prenden: viene de Finlandia.

El arte de amarrar al viento con tres nudos, de tal modo que se­gún se vayan aflojando, el viento sople cada vez más fuerte, ha sido atri­buido a los brujos de Laponia y a las brujas de Shetland,1 Lewis y la Isla de Man. Los marinos de Shetland todavía compran vientos en forma de pañuelos anudados o de cuerdas, de las viejas que pretenden regir las tormentas; se dice que hay viejas comadres en Lerwick que viven de ven­der vientos. Ulises recibió los vientos en un odre, de Eolo, rey de ellos. Los motumotu de Nueva Guinea creen que las tormentas las envía un

1 El autor es escocés, como las brujas que venden los vientos.

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hechicero de Oiabu; para cada viento tiene un bambú, que abre a ca­pricho.1 En la cima del Monte Agú, en el Togo, distrito de África occi­dental, reside un fetiche llamado Bagba que suponen manda en los vientos y la lluvia. Se cuenta que su sacerdote tiene encerrados los vientos en grandes pucheros. Con frecuencia el viento de tormenta se considera como un ser maligno al que se puede asustar, alejar o matar. Cuando las tormentas han durado mucho y por los malos tiempos la comida esca­sea entre los esquimales del Centro, procuran conjurar la tempestad ha­ciendo un látigo largo con las algas, y ya armados con él, bajan a la playa y azotan al viento gritando "¡Taba!" (¡basta!). Cierta vez que los vientos del noroeste habían mantenido mucho tiempo los hielos en la costa y escaseaba la comida, hicieron los esquimales una ceremonia para calmarlos. Encendieron una hoguera en la orilla y los hombres se reu­nieron alrededor cantando. Entonces un anciano se acercó más al fuego y con palabras persuasivas invitó al demonio del viento para que se me­tiera debajo de la hoguera para calentarse. Cuando se supuso que ya se había colado, un anciano arrojó a las llamas el agua de una vasija que habían llenado entre todos, e inmediatamente una lluvia de flechas cayó entre las brasas humeantes. Suponían que el demonio no querría estar en donde tan malamente le trataban. Para completar el efecto, descarga­ron sus escopetas en todas direcciones y al capitán de un barco europeo le invitaron a disparar sobre el viento con un cañón. El 21 de febrero de 1883 se llevó a efecto una ceremonia parecida entre los esquimales de Punta Barrow, Alaska, con la intención de matar al espíritu del viento; las mujeres echaron de sus casas al demonio con garrotes y blandiendo cuchillos, y los hombres congregados alrededor de una hoguera le dis­pararon sus rifles y le aplastaron con una piedra muy pesada en el mo­mento de elevarse una nube de vapor de las ascuas, sobre las que aca­baban de arrojar una tina de agua.

Los indios lengua del Gran Chaco adscriben la embestida de una tromba a la llegada de un espíritu y tiran al aire garrotes para asustarle y que huya. Cuando el viento derriba las chozas de los payaguas de Amé­rica del Sur, agarran ramas encendidas y corren contra el viento amena­zándole con las llameantes ramas, mientras otros pegan con sus puños al aire para ahuyentar la tormenta. Cuando los guaycurús son maltra­tados por una tormenta fuerte, los hombres salen con sus armas y las mujeres y los niños chillan lo más fuerte que pueden, para intimidar al demonio. Durante una tempestad se ha visto a los habitantes de una aldea de batakos, en Sumatra, salir de sus casas armados con lanzas y espadas y, dirigidos por el propio raja, ponerse a machetear y acuchillar al invisible enemigo entre baladres y aullidos. Se observó cómo una an­ciana se distinguía activamente en la defensa de su casa tajando el aire a diestra y siniestra con un gran sable. En una violenta tempestad, con truenos muy cercanos, se vio a los kayakos de Borneo sacar medio fuera

1 Se sobrentiende que son trozos de caña cortados de modo que cada nudo sirva de fondo a cada segmento.

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de las vainas y amenazadoramente sus espadas, como si intimidasen a los demonios de la tormenta. En Australia creen los indígenas que las altas columnas de arena roja que se trasladan rápidamente por la región desér­tica son espíritus que pasan. Una vez, un joven atlético negro corrió tras una de aquellas trombas en movimiento para matarla con su boome-rang Se alejó por dos o tres horas y cuando volvió muy agotado dijo que había matado a Kooehee (el demonio), pero que Kooehee le había “gruñido" y él tenía que morir. De los beduinos del África Oriental se dice que "nigún remolino de viento cruza el sendero sin ser perseguido por una docena de salvajes con los sables desenvainados que golpean en el centro de la columna polvorienta con objeto de ahuyentar al espíritu maligno que creen va en el vórtice".

A la luz de estos ejemplos, la historia que cuenta Herodoto, y que sus críticos modernos han considerado como una fábula, es perfectamente digna de crédito. Sin que certifique la verdad del cuento, dice que una vez, en el país de los psylli, el moderno Trípoli, soplando el viento del Sahara, secó todos los pozos y el pueblo se juntó en consejos y marchó reunido para hacer la guerra al viento sur. Pero cuando entraron en el Sahara, el simún los envolvió dejándolos enterrados a todos sin excepción. La historia muy bien pudo contarla alguien que los vio desaparecer en orden de batalla redoblando tambores y batiendo címbalos en la nube rojiza del torbellino de arena.

CAPITULO VI REYES MAGOS

Los testimonios anteriores pueden convencernos de que la magia, en muchos países y muchas razas, ha pretendido controlar las grandes fuer­zas de las naturaleza para favorecer al hombre, y si esto ha sido así, los que ejercieran el arte deberían ser necesariamente personajes de importancia e influencia en cualquier sociedad que diera fe a sus preten­siones extravagantes, y no sería cosa de admirar si en virtud de la reputación que gozasen y del respeto que inspirasen, pudieran algunos de ellos alcanzar la autoridad de una posición más alta sobre sus crédulos compañeros. De hecho, se señala la frecuencia con que los magos han evolucionado hasta llegar a jefes y reyes.

Para comenzar podemos dirigir la mirada a la raza de hombres más primitiva de la que, comparativamente, podemos tener una información completa y segura: la de los aborígenes australianos. Estos salvajes no están dirigidos ni por jefes ni por reyes. Si puede decirse que sus tribus tengan alguna constitución política, viven en un régimen de democracia, o más exactamente en una oligarquía de hombres viejos e influyentes qué reunidos en consejo deciden todas las medidas de importancia, con ex­clusión práctica de los jóvenes. Sus asambleas deliberantes corresponden a los senados clásicos; si nosotros tuviéramos que titular con una palabra

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esa clase de gobierno, la denominaríamos "gerontocracia". Los ancianos que en la Australia aborigen así se reúnen y dirigen los asuntos de sus tribus, suelen ser, en su mayoría, los caudillos de sus respectivos clanes totémicos. En la Australia central, donde la naturaleza desértica del país y el aislamiento más completo de influencias extranjeras ha retardado el progreso y se conserva, en conjunto, a los nativos en el estado más pri­mitivo, los caudillos de los diversos clanes totémicos están encargados de la importante tarea de llevar a efecto las ceremonias mágicas para la multiplicación de los tótem; y como la gran mayoría de estos tótem son animales o plantas comestibles, se deduce que de estos hombres se espera que provean a las gentes con alimentos por medio de la magia. Otros tienen que "hacer que caiga la lluvia" o prestar diversos servicios a la sociedad. En una palabra, entre las tribus australianas del centro, los caudillos son magos públicos. Además, su función más importante es la de encargados del sagrado almacén, usualmente una hendidura en las rocas o un hoyo en el suelo, donde se guardan las piedras y bastones (churinga) santos, los que evidentemente se supone que están relacio­nados de algún modo con las almas de toda la gente, lo mismo viva que muerta. Así, aunque el caudillo tiene que ejecutar lo que pudiéramos denominar deberes civiles, tales como castigar las infracciones de las cos­tumbres tribales, sus principales funciones son sagradas, sacerdotales o mágicas.



Si pasamos nuestra atención de Australia a Nueva Guinea, encon­tramos que a pesar de estar los nativos en un nivel de cultura más alto que el de los aborígenes australianos, su constitución social no ha dejado de ser fundamentalmente democrática u oligárquica, y la jefatura existe solamente en embrión. Sir William MacGregor nos dice que en Nueva Guinea Británica "nadie es lo bastante sabio, lo bastante atrevido ni lo bastante fuerte para llegar al despotismo en ningún distrito". "El que más se ha acercado a ello ha sido algún hechicero reputado, pero con el único resultado de ejercer un poco de chantaje".

Según un relato indígena, el origen de la autoridad de los jefes melanesios se funda enteramente en la creencia de que tienen relaciones con los más poderosos espíritus y utilizan su influencia sobrenatural. Si un jefe imponía una multa, era pagada, porque todos temían su poder espiritual sobrenatural, creyendo firmemente que les infligiría alguna des­gracia y enfermedad si se resistieran a obedecer. Tan pronto como un importante número de gentes empezaba a desconfiar de su influencia con los espíritus, su autoridad para imponer multas comenzaba a bam­bolearse. También el Dr. George Brown nos cuenta que en Nueva Bre­taña se supone que "cuando un jefe gobernaba, ejercía siempre funcio­nes sacerdotales, esto es, que profesaba estar en comunicación constante con los tebaraus (espíritus) y por su influencia podía producir la lluvia o el buen tiempo, vientos favorables o adversos, enfermedades o salud, éxitos o desastres en la guerra y en general conseguir una dicha o des­dicha por las que el solicitante pagaba un precio razonable".

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Elevándonos más en la escala de la cultura llegamos al África, donde lo mismo la jefatura que la monarquía están completamente desenvueltas aquí, por la evolución del jefe emergiendo del mago y especialmente del hacedor de lluvias", son más abundantes los testimonios. Así, entre los wambugwe, pueblo bantú del África Oriental, la forma era la de una república familiar, pero la fuerza tremenda de los hechiceros, tras­mitida por herencia, pronto les elevó al rango de pequeños señores o jefes De los tres jefes que vivían en el país en el año de 1894, dos fueron muy temidos como hechiceros y la riqueza que en rebaños po­seían les llegó casi totalmente en forma de regalos conseguidos por los servicios de su oficio, cuyo arte principal era el de "hacedor de lluvias". De los jefes de otro pueblo del África Oriental, el de Wataturu, se dice que no son otra cosa que hechiceros sin influencia política directa. También entre los wagogos del África Oriental, la autoridad principal de los jefes deriva, según nos dicen, de su arte como "hacedores de lluvias". Si algún jefe no puede hacer llover por sí mismo, acudirá a otro que pueda hacerlo.

En las tribus del Alto Nilo, también los curanderos son los jefes por lo general. Su autoridad descansa sobre todo en sus supuestos poderes para hacer lluvias, porque "la lluvia es la cosa más importante para la gente de estos distritos, pues si no llegase a caer a tiempo, implicaría cala­midades incalculables para la sociedad. No es de extrañar, por esto, que algunos hombres más astutos que los demás se arrogasen la virtud de producir la lluvia, o que, habiendo conseguido tal reputación, trafi­casen con la credulidad de sus convecinos menos agudos". Por esta razón la mayoría de los jefes de estas tribus son "hacedores de lluvias" y gozan de una popularidad proporcional a su habilidad para dar lluvias a las gentes en la estación debida. Los jefes "hacedores de lluvia" sitúan siempre sus aldeas en las laderas de colinas bastante altas, pues saben sin duda que las colinas atraen las nubes y asi asegurarán en lo posible sus pronósticos meteorológicos. Cada uno de estos "hacedores de lluvias" tiene unas cuantas "piedras de lluvia", tales como cristal de roca, ven-turina y amatista, que guardan en un puchero. Cuando desean producir lluvia, hunden las piedras en el agua y tomando una caña pelada de hojas y rajada por arriba, hacen con ella ademanes a las nubes para que se lleguen o se alejen, mientras barbotan un conjuro; o también vierten agua y las entrañas de una oveja o cabra en la oquedad de una piedra y salpican después el agua hacia el cielo. Aunque el jefe adquiera la riqueza por el desempeño de supuestas virtudes mágicas, con frecuencia, quizá generalmente, tiene un violento fin, pues en tiempo de sequía el pueblo encolerizado se reúne y le mata, creyendo que él es quien impide que cai­ga la lluvia. Aun así, el puesto es generalmente hereditario y se trasmite de padre a hijo. Entre las tribus que aprecian estas creencias y siguen estas costumbres están las de Latuka, Bari, Laluba y Lokoiya.

En África Central, también la tribu Lendú, al oeste del Lago Al­berto, cree firmemente que ciertas personas tienen la virtud de hacer

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llover. Entre ellos el "hacedor de lluvias" es ya un jefe o invariablemente llega a serlo. Los banyoro también tienen en gran predicamento a los "hacedores de lluvias" a quienes colman con profusión de regalos. El gran dispensador de lluvia, que tiene un absoluto e inapelable poder sobre la lluvia, es el rey: pero éste puede extender su poder a otras per­sonas, de modo que el beneficio se distribuya y el agua celeste se extien­da sobre todas las partes del reino.

En el África Occidental, como en la parte oriental y central, encon­tramos la misma mezcla de jefatura y funciones mágicas. Así, en la tribu Fan la distinción estricta entre jefe y curandero no existe. El jefe es también curandero y herrero por añadidura, porque los fan estiman el oficio de herrero como sagrado y nadie, a menos de ser jefe, tiene el derecho de atender la fragua.

Respecto a la relación entre las ocupaciones de jefe y "hacedor de lluvia" en África del Sur, un escritor bien informado observa: "Antaño el jefe era el gran hacedor de lluvias de la tribu. Algunos jefes no per­mitían a nadie competir por temor a que algún afortunado hacedor de lluvias pudiera ser elegido jefe. Además había otra razón: el hacedor de lluvias estaba seguro de llegar a ser rico si conseguía ganar una re­putación, y claro está que él no iba a consentir que nadie llegase a ser demasiado rico. El hacedor de lluvias ejerce un tremendo imperio sobre el pueblo y por esto es importantísimo tener esta función conectada con las de la realeza. La tradición siempre coloca la virtud de producir lluvia como gloria fundamental de los antiguos jefes y héroes, creyendo proba­ble que ello puede haber sido el origen de la jefatura. El hombre que producía la lluvia llegaría naturalmente a ser el jefe. Por este mecanis­mo, Chaka (el famoso déspota zulú) solía decir que él era el único adi­vino del país, pues si permitiera rivales peligraría su vida". Hablando de un modo semejante de las tribus sudafricanas en general, el Dr. Moffet llega a las mismas conclusiones y dice que "el hacedor de lluvias no es en la estimación del pueblo un personaje insignificante, pues posee sobre las mentes de la gente un influencia superior aun a la del rey, el cual está también obligado a ceder ante los dictados de este archioficial".

Los testimonios anteriores hacen probable que en África el rey fre­cuentemente haya emergido del mago público y específicamente del "hacedor de lluvias". El miedo desenfrenado que inspira el mago y la riqueza que amasa en el ejercicio de su profesión puede suponerse que han contribuido a su entronizamiento. Pero si bien la carrera de un mago y especialmente de un "hacedor de lluvias" ofrece una gran recom­pensa al venturoso practicador del arte, está sembrada de trampas en las que el desmañado o desafortunado simulador puede caer. La posición del mago público es verdaderamente muy precaria; cuando el pueblo está firmemente convencido de que aquél tiene en su mano conseguir la lluvia, que haga sol y que los frutos de la tierra medren, es natural que impute la sequía y el hambre a su negligencia culpable o a su obstinada mala voluntad, castigándole en consecuencia. El castigo que se le puede

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aplicar resulta tan cruel como generosa hubiera sido la recompensa en caso de acierto. Por esto en África el jefe que fracasa en procurar lluvias las más de las veces es desterrado o muerto. Así, en algunos sitios del África Occidental, cuando las súplicas y ofrendas presentadas al rey han fracasado en conseguir la lluvia, sus súbditos le atan con cuerdas y le arrastran a la sepultura de sus antepasados para que obtenga de ellos la tan necesaria agua. Los banjares del África Occidental adscriben a su rey el don de producir lluvia o buen tiempo. Mientras hace buen tiem­po le colman de regalos de grano y ganado; pero si una larga sequía o lluvia amenaza echar a perder las cosechas, le insultan y pegan hasta que el tiempo cambia. Cuando fracasa la siega o la marejada es tan fuerte en la costa que impide pescar, las gentes de Loango acusan a su rey de "mal corazón" y le destronan. En la Costa del Grano, el gran sacerdote o rey fetiche que lleva el título de Bodio, es responsable de la salud de la sociedad, de la fertilidad de la tierra y de la abundancia de pescado en el mar y los ríos; si el país sufre en algunas de estas cosas, el Bodio es depuesto de su rango. En Ussukuma, distrito grande en la orilla meridional del Victoria Nyassa, el problema de la lluvia y de las plagas de langosta es el alfa y omega de la política del sultán; también éste debe saber cómo hacer llover y cómo alejar la plaga de langosta. Si él y sus curanderos son ineptos para ello, la vida del sultán corre peligro en época de escasez. En cierta ocasión en que el pueblo estaba muy ansioso porque no llovía, fue expulsado simplemente el sultán (en Ututwa, cerca de Nyassa). Las gentes sostienen de hecho que los gober­nantes deben tener autoridad sobre la naturaleza y sus fenómenos. "Tam­bién se nos ha referido de los nativos de la región del Nyassa que gene­ralmente están persuadidos de que sólo llueve como resultado de la magia, y el importante deber de ocasionar la lluvia pertenece al jefe de la tribu. Si no llueve a su debido tiempo, todo el mundo se queja; más de un reyezuelo ha sido desterrado de su país a causa de la sequía". Entre los latuka del alto Nilo, cuando se están agostando las mieses y todos los esfuerzos del jefe para provocar la lluvia han sido infructuosos, casi siempre la gente le ataca de noche, le quitan todo lo que posee y lo expulsan de allí; frecuentemente lo matan.
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