Sir james george frazer la rama dorada



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En ocasiones se apela a la piedad de los dioses. Cuando sus mieses están agostándose por la solana, los zulúes buscan un "pájaro celestial", lo matan y lo arrojan a una charca. Después el cielo se apiada con ter­neza por la muerte del pájaro y "llora por él, lloviendo y llorando una plegaria funeral". Algunas veces las mujeres entierran hasta el cuello a sus criaturas y después se apartan un trecho y exhalan tristes lamentos durante largo tiempo. Se supone que el cielo se enternece ante esto. Después las mujeres desentierran sus criaturas, seguras de que el agua no tardará en caer. Ellas dicen que llaman al "Señor de arriba" y le pi­den que envíe lluvia. Si llueve, dicen "Usondo llueve". Los guanches de Tenerife, cuando había sequía, conducían sus rebaños a un lugar sa­grado y allí apartaban los corderos de las ovejas para que su balar patético enterneciera el corazón del dios. En Kumaon, India, un procedimiento para que termine de llover es derramar aceite hirviendo en el oído iz­quierdo de un perro; el animal aúlla de dolor y sus aullidos son oídos por Indra que, lleno de piedad por los sufrimientos del animal, para la lluvia. Algunas veces los toradjas prueban a procurarse la lluvia colocando los tallos de ciertas plantas en el agua y diciendo: "Ve y pide que llueva y mientras no haya lluvia, no te replantaré, y te morirás". También atan unos caracoles de agua dulce con una cuerda que cuelga de un árbol y les dicen: "Id y pedid que llueva; todo el tiempo que tarde en llegar la lluvia no volveréis al agua". Entonces los caracoles van y lloran a los dioses, que se apiadan y envían la lluvia. Sin embargo, las anteriores ceremonias son religiosas, más bien que mágicas, pues llevan implícita una apelación a la compasión de los altos poderes.

Suele suponerse que algunas piedras tienen la propiedad de atraer la lluvia, siempre que sean sumergidas en el agua, remojadas con ella o tratadas de alguna otra forma apropiada. En una aldea samoana cierta piedra fue cuidadosamente alojada como representante del dios hacedor

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de las lluvias y en tiempo de sequía sus sacerdotes llevaban la piedra en procesión y la sumergían en un río. Entre los ta-ta-thi, tribu de Nueva Gales del Sur, el "hacedor de lluvias" rompe un trozo de cristal de cuarzo y lo escupe hacia el cielo; el resto del cristal lo envuelve en plumas de emú 1 lo remoja todo y lo guarda cuidadosamente. En la tribu Keramin de Nueva Gales del Sur, el brujo se retira al lecho de un arroyo, echa agua sobre una losa de piedra redonda y después la tapa y oculta. Entre algunas de las tribus del noroeste australiano se encamina el "hacedor de lluvias" a un terreno apropiado a sus propósitos. Allí construye un montón de piedras o de arena, coloca encima su piedra mágica y pasea o baila en derredor de la pila cantando sus conjuros hora tras hora; cuan­do le rinde el cansancio y tiene que desistir de ello, toma su lugar el ayudante. Salpican agua sobre la piedra y encienden grandes hogueras. Ningún profano puede acercarse al sitio sagrado mientras se ejecuta la ceremonia mística. Cuando los sulka de Nueva Bretaña desean procu­rarse lluvia, tiznan piedras con las cenizas de ciertos frutos y las colocan al sol junto con otras plantas especiales y capullos de flores. Después ponen en el agua un manojo de ramitas que sumergen poniendo pie­dras encima mientras recitan un conjuro. Hecho esto, vendrán las lluvias. En Manipur hay una roca sobre una altísima colina al este de la capital que la imaginación popular identifica con un paraguas. Cuando se desea que llueva, el rajá va por agua de una fuente que hay en el llano y la derrama sobre la roca. En la provincia japonesa de Sagami hay una piedra que hace que llueva siempre que se echa agua sobre ella. Cuando los wakondyo, tribu del África central, desean que llueva se diri­gen a los wawamba, que moran al pie de unas montañas nevadas y son los felices poseedores de una "piedra de lluvia".2 A cambio de un pago apropiado, los wawamba lavan la piedra preciosa, la ungen y colocan en un puchero lleno de agua. Después de esto, la lluvia no puede fallar. En las soledades áridas de Nuevo México y Arizona, los apaches pensaban que hacían llover acarreando agua de un manantial especial y arroján­dola sobre un sitio señalado en lo alto de una roca; ellos imaginaban que las nubes se acumularían pronto y comenzaría a caer la lluvia.

Las costumbres de esta clase no han estado confinadas a las selvas de África o a los desiertos tórridos de Australia y el Nuevo Mundo. También se han practicado en el aire frío y bajo los cielos grises de Europa. Hay una fuente llamada Barentón, de fama romántica, sita en "los selváti­cos bosques de Broceliande" donde, si la leyenda es verdad,3 el hechi­cero Merlín duerme todavía su sueño mágico bajo la sombra del acerolo. Hacia allí iban los campesinos bretones que acostumbraban a recurrir a ella cuando necesitaban la lluvia para sus campos. Cogían agua en un cangilón y la arrojaban sobre una laja de piedra cercana al manantial. En

1 El emú es una ave corredora de gran tamaño y parecida al avestruz y al casuario, pero no tiene el cuello tan largo.

2 "Piedras de lluvia", como las hachas neolíticas eran llamadas "piedras de rayo"

3 Ciclo del Rey Arturo.

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Snowdon hay un lago pequeño y solitario llamado Dulyn o Lago Negro, situado "en una obscura cañada rodeada por altas y peligrosas rocas". Una hilera de piedras a modo de estriberón franquea un paso hasta el centro del lago y si alguno pasa sobre las piedras y arroja agua alcanzando con ella la última piedra de la hilera, llamada "el Altar Rojo", "es muy difícil que no consiga que llueva antes del anochecer, aun cuando haga mucho calor". En estos casos parece probable que, como en Samoa, se considere a la piedra más o menos divina y esto se trasluce en la costum­bre, algunas veces observada, de arrojar una cruz en la fuente de Baren-tón 1 para conseguir lluvia, pues esto es evidentemente una substitución cristiana del antiguo método pagano de arrojar agua a la piedra. En varios lugares de Francia se usa, o al menos se usaba hasta hace muy poco tiempo, la costumbre de meter en el agua la imagen de un santo como medio de procurar la lluvia. Así, al lado del antiguo priorato de Commagny hay un manantial de San Gervasio y hacia él van los campe­sinos en procesión para conseguir la lluvia o el buen tiempo, según las necesidades de sus mieses. En tiempo de gran sequía arrojaban en la charca del manantial una imagen de piedra del santo, situada en una especie de nicho sobre el sitio por donde salía el agua. En Collobriéres y Carpentras verificaban una práctica similar con las imágenes de St. Pons y St. Gens. En varias aldeas de Navarra se acostumbraba ofrecer las rogativas para la lluvia a San Pedro y, como medio de obligarle, los aldeanos llevan la imagen del santo en procesión hasta el río, donde por tres veces le invitaban a volver sobre su determinación y a concederles sus peticiones; si el santo se obstinaba, le tiraban al agua a despecho de la oposición de los clérigos que argüían, con tanta verdad como piedad, que una sencilla advertencia o amonestación administrada a la imagen bastaría a producir el mismo efecto. Hecho esto, seguramente la lluvia caería antes de las veinticuatro horas. No gozan los países católicos del monopolio de hacer llover zambullendo imágenes santas en el agua, pues en Mingrelia, Rusia, cuando las mieses se están agostando por la falta de lluvias, cogen una imagen especialmente santa y la zambullen todos los días en el agua mientras la lluvia no caiga; y en el Extremo Oriente, los shans riegan las imágenes de Buda con agua cuando los arrozales mueren de sed. En todos estos casos la costumbre tiene pro­bablemente un fondo de encantamiento simpatético, aunque, sin em­bargo, puede estar disfrazada bajo la apariencia de un castigo o amenaza. Lo mismo que otros pueblos, los griegos y romanos pensaron obtener la lluvia por medio de la magia cuando las oraciones y procesiones habían resultado ineficaces. Por ejemplo, en Acadia, cuando las mieses y los árboles estaban asolados por la sequía, el sacerdote de Zeus sumergía en

1 Obra en nuestro poder un ejemplar del diario St. Louis Post Dispatch. del mes de febrero de 1943, con la ejecución de la ceremonia de arrojar al agua en Battery Park (Nueva York) una cruz que recoge un feligrés griego del arzobispo Arsenies de la St. Nicholas Hellenic Orthodox Church. En 1946 se celebró la misma ceremonia.

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manantial del monte Lycaieto una rama de roble. Enturbiada así el agua, se elevaba una brumosa nube de la que prontamente se des­prendía la lluvia sobre el país. Un modo parecido de hacer lluvia se practica todavía, como hemos visto, en Halmahera, cerca de Nueva Guinea. El pueblo de Crannon, en Tesalia, tenía una carroza de bronce guardada en un templo: cuando deseaban un chaparrón bamboleaban la carroza y el chubasco caía. Probablemente el retumbo de la carroza sig­nificaba una imitación de los truenos. Hace poco hemos hablado del simulacro del trueno y del relámpago formando parte de un encanta­miento para la lluvia en Rusia y en Japón. El legendario rey de Elis, Salmoneo, fingía el tronar arrastrando tras de su carro vasijas de bronce, y mientras tanto arrojaba antorchas encendidas a imitación de los relám­pagos. Era su deseo impío imitar al carro tronante de Zeus cuando rodaba por la bóveda celeste; verdad es que el rey decía ser el verdadero Zeus y obligaba a que le ofrecieran sacrificios como tal deidad. Cerca de un templo de Marte, fuera de Roma, se guardaba una piedra especial lla­mada lapis manalis. En época de sequía se llevaba esta piedra dentro de Roma y se suponía que ello produciría inmediatamente la lluvia.

3. dominio mágico del sol

Así como el mago piensa que puede hacer llover, del mismo modo imagina que puede obligar al sol a brillar, apresurar su marcha o dete­nerla. Los ojebways imaginaron que el eclipse significaba que el sol estaba extinguiéndose y, en consecuencia, disparaban al aire flechas in­cendiarias, esperando que podrían reavivar su luz agonizante. Los sencis del Perú también disparaban flechas encendidas al sol durante los eclip­ses, pero al parecer hacían esto, más bien que para reencandilar la lám­para solar, para ahuyentar una bestia salvaje con quien estaba luchando, según ellos creían. A la inversa, algunas tribus del Orinoco durante un eclipse de luna ponían bajo tierra ramas encendidas, pues, según ellos, si la luna se extinguiera, todos los fuegos de la tierra se apagarían con ella, excepto los que estuvieran ocultos a su mirada. Durante un eclipse de sol, los kamtchacos solían sacar de sus cabañas el fuego y oraban al gran luminar para que les alumbrase como anteriormente. Pero la oración dirigida al sol muestra que esta ceremonia era religiosa más que mágica. Puramente mágica, por otro lado, era la ceremonia que cumplían los indios chilcotín en ocasiones parecidas. Hombres y mujeres, remangán­dose las túnicas como cuando viajan y apoyándose en garrotes como si fueran cargados con mucho peso andaban sin cesar formando un círculo, hasta que el eclipse había pasado.1 Indudablemente creían que así soste­nían los pasos cansinos del sol según caminaba su fatigosa vuelta por el cielo. De modo parecido, en el antiguo Egipto, el rey, como represen-

1 Esto nos recuerda la "danza de los viejitos" de México, que quizás tiene alguna relación con esta danza solar.

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tante del sol, caminaba solemnemente alrededor de los muros de un templo con objeto de asegurar que el sol cumpliera su marcha diaria alrededor del cielo, sin la interrupción de un eclipse cualquiera u otro contratiempo. Y después del equinoccio de otoño, los antiguos egipcios tenían una fiesta llamada "la natividad del bastón del sol", pues como el luminar declinaba día tras día en e) cielo y su luz y calor iban disminu­yendo, suponían necesitaba un bastón en que apoyarse. Cuando un brujo de Nueva Caledonia desea un día de sol claro, lleva algunas plantas y corales al cementerio y hace a modo de un paquete con ello, añadien­do dos rizos del cabello de un niño vivo de su familia, como también dos dientes o una quijada entera del esqueleto de un antepasado. Des­pués, trepa por un monte cuya cima se baña en los primeros rayos del sol mañanero, y allí deposita tres clases de plantas sobre una piedra plana, coloca una rama de coral seco al lado de ellas y cuelga el paquete de los hechizos sobre la piedra. A la mañana siguiente vuelve al mismo lugar y prende fuego al paquete en el momento en que el sol asoma sobre el mar. Mientras sube el humo, frota la piedra con el coral seco, invoca a sus antepasados y dice: "Sol, hago esto para que seas abrasador y te comas todas las nubes del cielo". Repite al anochecer la misma cere­monia. Los neocaledonios también hacen sequías, por medio de una piedra en forma de disco con un agujero. En el momento en que el sol aparece, el hechicero coge la piedra y pasa y repasa varias veces una rama ardiendo por el agujero, mientras dice: "Enciendo al sol con la idea de que se comerá las nubes y secará nuestra tierra para que no pueda producir nada". Los isleños de Banks hacen que brille el sol por medio de un sol imitado; cogen una piedra muy redonda llamada vat loa o piedra-sol, le ovillan un cordoncillo rojo alrededor y le pegan unas plu­mas de lechuza que representan rayos, y entonan el conjuro apropiado en voz baja. Después cuelgan la piedra de algún árbol alto tal como una higuera de Bengala o una casuarina,1 en algún lugar sagrado.

La ofrenda que el brahmán hace por la mañana, se supone hace salir el sol2 y se nos ha dicho que "seguramente no saldría si no hiciera esa ofrenda". Los antiguos mexicanos concebían al sol como fuente de todas las fuerzas vitales: consecuentemente le llamaban Ipalnemohuani,3 "aquel por quien todos viven". Pero si concede la vida al mundo, tam­bién necesita recibir vida de éste, y como el corazón es el asiento y sím-bolo de la vida, ofrecían al sol corazones ensangrentados de hombres y animales para mantenerle vigoroso y habilitarle para correr su camino por el cielo. Así, los sacrificios mexicanos al sol fueron más mágicos que religiosos, estando ideados no tanto para agradarle y complacerle como

1 Árbol cuyas hojas son parecidas a las plumas del ave corredora casuario.



2 Chantecler, de E. Rostand.

3 No es éste el parecer de don Alfonso Caso, que nos cuenta de la filosofía teleo-
lógica del dios invisible del rey de Texcoco, Nezahualcóyotl, denominado "el dios de la
inmediata vecindad", Tloque Nahuaque o Ipalnemohuani, "aquel por quien todos viven".

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para renovar físicamente sus energías de calor, luz y movimiento. La demanda constante de víctimas humanas para alimentar el fuego solar se satisfacía emprendiendo guerras todos los años contra las naciones vecinas y trayendo ejércitos de cautivos para sacrificarlos en el altar. Así, las incesantes guerras de los mexicanos y su cruel sistema de sacrificios humanos, los más monstruosos que se recuerdan,1 tienen su origen, en gran medida, en una teoría equivocada del sistema solar. No es necesario dar ilustración más elocuente de las consecuencias desastrosas que pue­den derivarse en la práctica de un error puramente especulativo. Los antiguos griegos creyeron que el sol caminaba en su carro por el cielo y por eso los rodios, que adoraban al sol como a su principal deidad, le dedicaban anualmente un carro y cuatro caballos, hundiendo la cuadriga en el mar para que lo usase. Indudablemente pensaban que después de un año entero de trabajo los antiguos caballos y el carro estarían estro­peados. Es probable que, por motivo parecido, los reyes de Judá, idó­latras, dedicasen carros y caballos al sol: los espartanos, persas y masa-getas también sacrificaban caballos al sol. Los espartanos hacían estos sacrificios en la cumbre del monte Taigeto, la bellísima cordillera tras de la que veían ponerse el sol todas las tardes. Es tan natural que los habi­tantes del valle de Esparta hicieran esto, como el que los isleños de Rodas arrojasen carros y caballos al mar dentro del cual creían se hundía el sol al anochecer, pues así, ya fuera sobre la montaña o en el mar, los caba­llos de refresco esperarían al cansado dios en el sitio donde con más agrado los recibiría al final de su jornada.

Así como algunas gentes piensan que pueden encender el sol o darle velocidad en su carrera, otros imaginan poder retrasarle y aun pararle. En un puerto de los Andes peruanos hay dos torreones arruinados sobre lomas enfrentadas. En los muros están engrapados unos ganchos de hierro con el propósito de sostener una red extendida de torre a torre. Esta red estaba proyectada para coger al sol. Las historias de hombres que han capturado con un lazo al sol, son bastante conocidas. Cuando el sol está bajando en el otoño y se hunde cada vez más en el cielo ártico, los esquimales de Iglulik se entretienen jugando a las "cunitas de gato" 2 con objeto de enredar al sol entre las cuerdas y prevenir así su desaparición. Por el contrario, cuando el sol se va elevando en el cielo de primavera, los esquimales juegan al "cubilete y la pelota" para favorecer su vuelta. Cuando un negro australiano desea que el sol no se ponga hasta que él llegue a casa, coloca un cepellón en la horquilla de un árbol que mire exactamente en la dirección del sol poniente. Por el contrario, si desea que el sol camine más aprisa, el australiano arroja arena al aire y la sopla hacia el sol, quizás para llevarle en volandas hacia

1 Sir James Frazer, en este mismo libro, nos recuerda sacrificios humanos mu­
cho mas espantosos y crueles en otros pueblos y aun en época más moderna.

2 Juego de niños muy conocido, que se hace con un bramante enredado entre
los dedos siguiendo ciertas reglas y figuras.

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el poniente y enterrarle bajo las arenas en las que parece hundirse al llegar la noche.

Así como hay gentes que consideran posible acelerar el sol, así también hay otras que creen poder empujar a la tardía luna. Los nativos de Nueva Guinea calculan los meses por la luna y se ha sabido de algu­nos que arrojaban piedras y cantos a la luna, con idea de acelerar su pro­greso y acortar así el tiempo de la vuelta de sus amigos que estaban fuera de casa hacía doce meses, trabajando en una plantación de tabaco. Los malayos piensan que una puesta de sol brillante puede producir fiebre a una persona débil. Por eso intentan extinguir el resplandor escupién­dole agua y tirándole ceniza. Los indios shuswap creen que podrán atraer el tiempo frío quemando la madera de un árbol que haya sido partido por un rayo. La creencia puede fundarse en la observación de que, en su país, el frío sigue a las tormentas. Por eso, en primavera, cuando estos indios caminan por la nieve o en tierras altas, queman astillas de dicha madera con objeto de que la costra de nieve no se funda.

4. dominio mágico del viento

Una vez más, piensa el salvaje que él puede hacer soplar el viento o dejarlo quieto. Cuando el día es cálido y un yakuto tiene que ir a un viaje largo, coge una piedra que ha encontrado por casualidad dentro de un animal o pez, la rodea con unas vueltas de crin de caballo y la ata a un palo. Después ondea el palo a su alrededor pronunciando un conjuro. Prontamente un aliento frío comienza a soplar. Para conseguir un viento fresco durante nueve días, primeramente sumergirá la piedra en la sangre de un ave o animal y después la presentará al sol, mientras el hechicero da tres vueltas en dirección contraria al curso del luminar. Si un hotentote desea que se calme el viento, coge una de sus pieles más gruesas y la cuelga en el extremo de una pértiga, en la creencia de que al tirar abajo de la piel, el viento perderá toda su fuerza y calmará. Los brujos fueguinos tiran conchas a contraviento para calmarlo. Los nativos de Bibili en Nueva Guinea están reputados como "hacedores de viento" soplando con la boca. En tiempos tormentosos, el pueblo de los bogad-jun dice: "la gente de Bibili ya está haciendo de las suyas, soplando". Otro procedimiento de "hacer viento" que se practica en Nueva Guinea es pegar suavemente con un palo a una "piedra de viento"; si se pe­gara con fuerza, sobrevendría un huracán. Así, en Escocia, las brujas para levantar el viento, remojaban un trapo y lo golpeaban contra una piedra tres veces, diciendo:
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