Sir james george frazer la rama dorada



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El lector observará que los ritos que los javaneses y los toradjas eje­cutan para prevenir la lluvia son exactamente la antítesis del ritual indio cuyo objeto es producirla. Al sabio indio se le encomienda tocar agua tres veces al día por lo regular, así como en ocasiones especiales y diver­sas; los brujos toradjas y javaneses no deben tocarla de ningún modo. El indio vive al aire libre en la selva y aun cuando llueva no debe buscar cobijo; los javaneses y toradjas se sitúan dentro de una choza o casa. El uno demuestra su simpatía por el agua recibiendo encima la lluvia y hablando de ella con respeto; los otros encienden una lámpara o un fuego, haciendo lo mejor que pueden para alejar la lluvia. A pesar de esto, la ley sobre la que las tres actúan es la misma; cada uno de ellos, por una especie de sugestión» infantil, se identifica con el fenómeno que desea producir, tal es la antigua falacia de ser el efecto análogo a sus causas, que si uno quiere hacer el tiempo seco debe estar seco y si lo quiere húmedo debe mojarse.

En el sureste de Europa y en nuestros días, se han verificado ce­remonias con el designio de hacer llover, que no solamente descansan en la misma clase de pensamientos que los precedentes, sino que hasta en sus detalles son parecidas a las ceremonias practicadas con la misma in­tención por los boronga de la bahía de Delagoa. Entre los griegos de Tesalia y Macedonia, cuando dura una sequía demasiado tiempo, se acostumbra enviar una procesión de niños alrededor de todos los pozos y manantiales de la vecindad. Al frente de la procesión marcha una muchacha adornada con flores y a la que sus compañeros arrojan agua en todos cuantos sitios se detienen, mientras cantan una invocación, parte de la cual es lo que sigue:

Perperia, cubierta de rocío,

refresca todo el barrio,

por los bosques y el camino

por donde vayas, reza a Dios;

¡Oh, Dios mío! sobre el llano

mándanos un chaparrón,

para que los campos sean fértiles

y veamos las vides en flor

para que el grano sea bueno y abundante

y toda la gente de por aquí prospere.

98 EL DOMINIO MÁGICO DEL TIEMPO

En tiempo de sequía los servios desnudan a una muchacha de toda su ropa y la visten recubriéndola de cabeza a pies con yerbas, plantas y flores y hasta tapándole la cara con un velo de viviente verdor. Así dis­frazada y denominada Dodola, marcha por la aldea al frente de un grupo de muchachas, parándose ante cada puerta, dando vueltas y bailando mientras las chicas que la acompañan forman un círculo a su alrededor cantando alguno de los "cantos de Dodola", y después las amas de casa vuelcan un cubo de agua sobre ella. Uno de los cantos es como sigue:

Nosotras vamos por la aldea

las nubes van por el cielo;

nosotras vamos ligeras,

más de prisa van las nubes:

ellas nos han adelantado

y han mojado las mieses y las viñas.

En Poona, India, cuando necesitan que llueva, los muchachos visten a uno de ellos solamente con hojarasca y le llaman el rey de la lluvia. Van todos en grupo dando vueltas por entre las casas de la aldea, donde sus dueños o sus mujeres remojan con agua al rey de la lluvia y les dan cosas variadas para comer. Cuando han recorrido todas las casas "deshojan" al rey de la lluvia de su cubierta foliácea y meriendan lo que han ido reu­niendo.

Tomar un baño como hechizo para la lluvia, se practica en algunas partes de la Rusia meridional y occidental. Después de su servicio en la iglesia, los feligreses tiran al suelo al sacerdote revestido y le vierten agua encima. Otras veces son las mujeres las que sin quitarse la ropa se bañan juntas el día de San Juan Bautista y, mientras, hunden en el agua un muñeco hecho de ramas, yerbas y verduras que suponen representa al santo. En Kurs, provincia de la Rusia meridional, cuando las lluvias se hacen esperar demasiado, las mujeres cogen al primer forastero que pase por allí y le tiran al río o le mojan bien de la cabeza a los pies. Ya vere­mos después que el forastero que pasa es frecuentemente tomado por alguna deidad o personificación de algún poder natural. En documentos oficiales se hace constar que durante una sequía, en el año de 1790, los campesinos de Scheroutz y Werboutz reunieron a todas las mujeres y las obligaron a bañarse para que lloviera. Un encantamiento de lluvia en Armenia consiste en tirar a la mujer del sacerdote al agua para que se empape bien. Los árabes del norte de África cogen a un santón y quieras que no le zambullen en una fuente como remedio contra la sequía. En Mínahassa, provincia del norte de Célebes, se bañan los sacerdotes como un hechizo para la lluvia. En Célebes central, cuando lleva mucho tiempo sin llover y los tallos de arroz comienzan a desecarse, muchos aldeanos, y especialmente la gente joven, van a un arroyuelo cercano y se salpican con agua unos a otros, sorbiendo ruidosamente y proyectándose el agua entre



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ellos por medio de tubos de bambú. En ocasiones imitan el chapoteo de la lluvia pegando con las manos sobre la superficie del agua o colocando una calabaza y tamborileando sobre ella con los dedos.

Otras veces se cree que las mujeres pueden formar la lluvia, arando o haciendo como que aran. Así, los pshaws y chewsurs tienen una cere­monia llamada "arar la lluvia" que ejecutan en tiempo de sequía. Las muchachas se uncen a un arado y lo arrastran hasta el río vadeándolo con el agua a la cintura. En las mismas circunstancias proceden de igual modo las mujeres y mozas de Armenia. La mujer más anciana o la del sacerdote se viste con los ornamentos sacerdotales y las demás, vestidas de hombre, arrastran entre todas un arado por el agua a contracorriente. En la provincia caucásica de Georgia, cuando una sequía ha durado mu­cho, uncen por parejas a las muchachas casaderas a yugos de bueyes; el * sacerdote recoge las riendas y con estos arneses vadean corrientes de agua, charcas y lagunas, orando, lamentándose, llorando y riendo. En un distrito de Transilvania, cuando la tierra está resquebrajada por la sequía, algunas muchachas se desnudan y conducidas por una vieja también des­nuda, roban una grada entre los aperos y la llevan por los campos hasta un arroyo donde la ponen a flote y en seguida se sientan sobre ella y la guardan mientras arden por una hora unas candelillas en sus esquinas. Después abandonan la grada en el agua y se retiran a su casa. A un hechizo similar para la lluvia recurren en algunas partes de la India: mujeres desnudas arrastran de noche por los campos un arado, mientras los hombres se mantienen cuidadosamente lejos de la ruta que ellas si­guen para no romper el hechizo con su presencia.

Otras veces el hechizo para la lluvia obra por intermedio de los muertos. Así, en Nueva Caledonia los "hacedores de lluvias", ennegre­cidos de arriba abajo, desenterraban un cadáver, se llevaban los huesos a una cueva, los armaban y juntaban, colgando después el esqueleto sobre unas hojas de taro1 y echaban agua sobre el esqueleto para que gotease sobre las hojas. Ellos creían que el alma del fallecido recogía el agua y la convertía en lluvia, que se vertería a su vez. En Rusia, si el rumor popular puede creerse, no hace mucho tiempo aconteció que los labrie­gos de un distrito, afligidos por la sequía, desenterraron a un muerto que había bebido hasta morir y lo tiraron en la laguna o lago más cer­cano, plenamente persuadidos de que así aseguraban la caída de la lluvia tan necesaria. En 1868, la perspectiva de una mala cosecha causada por la sequía prolongada indujo a los habitantes de un pueblecito del distrito de Tarashchansk a desenterrar el cadáver de un raskolnik 2 o disidente que había muerto el último diciembre. Uno del grupo golpeó el cadá-

1 De la familia de las aroideas (Colocassia suculenta). Llamada "orejas de ele­
fante" por el tamaño y forma de sus hojas.

2 Staroviertsi, antiguos creyentes o Staroobriadtsi, antiguos ritualistas, sectas disi­
dentes en la reforma de la liturgia ortodoxa hecha por el patriarca Nikón en el
siglo xvii.

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ver alrededor de la cabeza gritando: "¡Danos agua!", mientras los otros le remojaban echándole agua a través de un harnero. Aquí, remojarle por medio de un harnero creemos ciertamente que es la imitación de un chubasco y nos recuerda la manera como Strepsiades (en Aristófa­nes) imaginaba que Zeus hacía la lluvia. Algunas veces, y con objeto de conseguir la lluvia, los toradjas hacen una apelación a la piedad de los muertos. Así, en el pueblo de Kalingooa está la tumba de un jefe famoso, abuelo del actual gobernante. Cuando el país sufre de una sequía im­propia de la época del año, la gente se congrega ante la tumba, echa agua sobre ella y dice: "Oh, abuelo, ten piedad de nosotros, y si tu voluntad es que comamos este año, entonces envíanos la lluvia". Des­pués cuelgan sobre la tumba una caña de bambú llena de agua y con un agujerito abajo de modo que gotee continuamente. El bambú se mantiene constantemente lleno hasta que la lluvia empape el suelo. En este ejemplo, como en el de Nueva Caledonia, encontramos religión mezclada con magia, pues la oración al jefe muerto, que es puramente religiosa, se amplía con la imitación mágica de la lluvia sobre su tumba. Hemos visto que los boronga de la bahía de Delagoa arrojan agua sobre las tumbas de los antepasados, especialmente sobre las de mellizos, como hechizo de lluvia. Entre algunas de las tribus indias de la región del Orinoco los parientes de las personas fallecidas acostumbraban a desen­terrar los huesos un año después del entierro, quemarlos y, tras ello, a esparcir las cenizas al viento, porque creían que las cenizas se cambiaban en lluvia l que el muerto les enviaba en devolución de sus exequias. Los chinos están convencidos* de que si quedan insepultos cuerpos humanos, las almas de sus difuntos poseedores sienten las molestias de la lluvia de igual modo que le sucedería a una persona viva que quedase expuesta a la lluvia y sin protección contra las inclemencias del tiempo. Estas mí­seras almas hacen todo lo que pueden, por esta razón, para impedir que llueva y frecuentemente sus esfuerzos se ven coronados por el éxito. Entonces llega la sequía, la más temible de todas las calamidades de China, pues malas cosechas, escasez y hambre van tras ella. Por estas razones, ha sido costumbre general de las autoridades chinas en tiempos de sequía, enterrar los huesos secos de los insepultos con el propósito de poner término á la plaga y conjurar a la lluvia para que caiga.

También juegan los animales una parte importante en estos "he­chizos meteorológicos para el tiempo". La tribu Anula de la Australia septentrional asocia el "ave dólar" 2 con la lluvia y la llama "el pájaro-lluvia". El hombre que tenga como tótem al "pájaro lluvia" puede hacer llover, yendo a una charca determinada, de este modo: coge una serpien-

1 Lo curioso es que tienen razón: para que se condensen los vapores de agua
en la atmósfera y se produzca la lluvia, es preciso que haya tantas partículas carbonosas
como gotas de agua forman cada chaparrón.

2 ''El ave dólar (Eurystomus pacificus) tiene sobre las alas un círculo de color
más claro y del tamaño de un dólar".

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te y la pone viva dentro de la charca, sosteniéndola un rato debajo del agua; la saca después, la mata y la deja tirada junto al agua. Después hace un manojo con tallos de yerba al que da forma arqueada imitando un arco iris y lo coloca encima de la serpiente, cantando a continuación sobre ella y el arco imitado: más pronto o más tarde lloverá. Explican ellos este proceder diciendo que en tiempos antiguos el "pájaro-lluvia" tenía por compañera, en aquel lugar, a una serpiente que vivía en la charca y acostumbraba a producir la lluvia escupiendo hacia el cielo has­ta que se formaba un arco iris y las nubes aparecían, cayendo al fin la lluvia Un procedimiento corriente en muchas partes de Java para pro­vocar la lluvia es bañar uno o dos gatos, macho y hembra; a veces son llevados en procesión y con música. En Batavia puede verse aún de cuando en cuando a la chiquillería llevando un gato con esta intención, y después que le han zambullido en una charca le dejan marcharse.

Entre los wambugwe del África oriental, cuando un brujo desea hacer llover, coge una oveja y una ternera negras y en día de sol las pone sobre el techo de la cabaña comunal donde está reunida la gente. Des­pués hiende el vientre de los dos animales y esparce el bandullo en todas direcciones; si después de poner juntos en una vasija agua y "me­dicina" llega a hervir el agua, el encantamiento ha tenido éxito y la lluvia empezará. Por el contrario, si el hechicero desea impedir que caiga la lluvia, se retira al interior de la cabaña y allí calienta un cristal de roca dentro de una calabaza. Con objeto de procurarse lluvia, los wago-gos sacrifican aves negras, ovejas negras y demás reses negras en las sepul­turas de los antepasados y el "hacedor de lluvias" lleva vestidos negros durante la estación de las aguas. Entre los matabeles, el hechizo para la lluvia estaba hecho con sangre y hiel de un buey negro. En un distrito de Sumatra, para procurarse la lluvia, todas las mujeres de la aldea van al río casi desnudas y allí se arrojan agua unas a otras. Tiran un gato negro a la corriente y le obligan a nadar algún tiempo antes de permi­tirle que escape a la orilla perseguido por el agua que las mujeres le siguen arrojando. Los garos de Assam ofrendan en época de sequía una cabra negra en la cima de una montaña muy alta. En todos estos casos tiene participación en el hechizo el color del animal; siendo negro, se obscurecerá el cielo con nubes de lluvia. Así, los bechuanas queman las tripas de un buey al anochecer, porque, como ellos dicen, "el humo negro reunirá las nubes y ocasionará que venga la lluvia". Los indígenas de Timor sacrifican un cerdo negro a la diosa-tierra para que llueva y otro blanco o rojo al dios-sol para que aclare. Los angoni sacrifican un buey negro a la lluvia y uno blanco para el buen tiempo. Entre las altas montañas del Japón hay un distrito en el que si la lluvia no ha caído en mucho tiempo, una partida de aldeanos va en procesión al lecho de un torrente montañoso dirigidos por un sacerdote que lleva un perro negro. En el sitio elegido, atan el animal a una roca y le hacen blanco de sus flechas y proyectiles. Cuando su sangre salpica las rocas, sueltan los

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campesinos sus armas y elevan su voz en súplica al dragón divino del torrente, exhortándole para que envíe en seguida un chaparrón que limpie el sitio profanado por la sangre del perro. La costumbre prescribe que en estas ocasiones el color de la víctima deberá ser negro, como em­blema de las deseadas nubes de lluvia. Mas si desean cielo claro y lim­pio, la víctima deberá ser blanca sin mácula.



La asociación íntima de las ranas y sapos con el agua ha ganado para estos animalillos una reputación extensa de custodios de la lluvia; intervienen de manera muy importante en los encantamientos destinados a conseguir el agua del cielo. Algunos de los indios del Orinoco conside­raban al sapo como dios o señor de las aguas y por esta razón temían matar al bicho. De ellos se sabe que colocaban bajo un puchero ranas a las que vareaban cuando había sequía. Se dice que los indios aymarás hacen pequeñas imágenes de ranas y otros animales acuáticos y los ponen en las cimas de los montes como un medio de atraer las lluvias. Los indios thompson de la Columbia Británica y algunas gentes de Europa creen que matando una rana se ocasionará la lluvia. Con objeto de pro­curarse la lluvia, la gente de casta inferior en las provincias centrales del Indostán atan una rana a un palo que cubren de hojas verdes y ramas del árbol "nim" (Azadírachta indica) y lo llevan de puerta en puerta cantando:

Envíanos pronto ¡oh rana! la joya del agua y madura el trigo y el mijo en los campos.

Los kappus o reddís son una gran casta de cultivadores y terratenientes en la presidencia de Madrás. Cuando no llueve, las mujeres de esta casta aprisionan una rana y la atan viva a un abanico hecho de bambú. En este ventilador extienden unas cuantas hojas de margosa 1 y van de puerta en puerta cantando: "La señora rana debe tener su baño. ¡Oh dios de la lluvia! danos un poco de agua, para ella al menos". Mientras las mujeres kappus cantan esto, las de la casa echan agua sobre la rana y dan una limosna, convencidas de que el obrar así traerá pronto el agua a torrentes.

Algunas veces, y cuando una sequía ha durado mucho tiempo, las gentes abandonan por completo las artes de birlibirloque de la magia imitativa; estando demasiado iracundos para perder el tiempo en ora­ciones, buscan en las amenazas y maldiciones, y aun en la fuerza, arreba­tar las aguas del cielo al ser sobrenatural que, por decirlo así, las tiene detenidas en su origen. En una aldea japonesa en la que la deidad guar-diana haya estado haciéndose la sorda a las oraciones de los campesinos para que llueva, derriban su imagen y entre grandes maldiciones y gritos

1 Margosa, del portugués amargo (Melia azadirachta), es un árbol muy grande y cuya corteza amarguísima se usa como tónico. De su fruto y semilla se extrae un aceite especial.

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la hunden de cabeza en un campo de arroz podrido. "¡Ahí —le dicen— se quedará por ahora y veremos cómo se sentirá después de unos cuantos días abrasada por este sol tórrido que está quemando la vida de nuestros campos agrietados". En parecidas circunstancias, los feloupes de Sene-gambia derriban sus ídolos y les arrastran por los campos, maldiciéndoles hasta que llueve.

Los chinos son adeptos del arte de tomar el reino de los ciclos por la tremenda; cuando ansían que llueva, fabrican un enorme dragón de papel y madera que representa al dios-lluvia y le llevan en procesión, pero si no llueve a continuación, el dragón sustituto es despedazado y execrado. Otras veces amenazan y pegan al dios si no les da lluvia; otras le deponen y exoneran públicamente de su calidad de dios. En cambio, si la esperada lluvia caía, promovían al dios, en otros tiempos, a un rango más alto por decreto imperial. En abril de 1888, los mandarines de Cantón suplicaron al dios Lungwong que parase la lluvia incesante y como se hiciera el sordo a las peticiones, le encarcelaron durante cinco días, lo que tuvo un saludable efecto: la lluvia cesó y al dios se le devol­vió la libertad. Unos años antes hubo una sequía y la misma deidad fue encadenada y expuesta al sol durante varios días en el patio de su templo para que pudiera sentir por sí misma la necesidad urgente de la lluvia. También los siameses, cuando necesitan lluvia, exponen a sus ídolos al sol abrasador, pero si desean tiempo seco quitan el techo de los templos y dejan que la lluvia caiga sobre los ídolos. Piensan que las inconvenien­cias a que así están sujetos los dioses les inducirán a atender los deseos de sus feligreses.

El lector sonreirá ante esta magia meteorológica del Extremo Orien­te, mas, precisamente para conseguir la lluvia, se ha recurrido a métodos parecidos en la cristiana Europa y en nuestros días. Hacia finales de abril de 1893, hubo gran sufrimiento en Sicilia por carencia de agua. La sequía duraba ya seis meses: todos los días lucía y se ponía el sol en un cielo sin nubes. Los huertos de la "Conca d'Oro", que rodea Palermo con un cinturón de magnífico verdor, estaban marchitos. Los alimentos escaseaban; el pánico se apoderaba de la gente. Todos los métodos tra­dicionales para procurar la lluvia se habían ensayado sin efecto alguno. Las procesiones habían desfilado por calles y campos. Hombres, muje­res y niños rezaban su rosario postrados noches enteras ante las sagradas imágenes. Cirios benditos ardían día y noche en las iglesias. Se habían colgado de los árboles palmas benditas en el Domingo de Ramos. En Solaparuta, de acuerdo con una tradición muy vieja, habían esparcido por los campos el polvo recogido de las iglesias el Domingo de Ramos. En años corrientes, estas barreduras santas conservaban las cosechas, pero aquel año no tuvieron efecto alguno. Los habitantes de Nicosia, con la cabeza descubierta y los pies descalzos, llevaron los crucifijos por todos los barrios de la ciudad azotándose unos a otros con alambres. Todo fue en vano; hasta el mismo San Francisco de Paula, que anualmente



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realiza el milagro de traer las lluvias y es conducido por los huertos todas las primaveras, no pudo o no quiso ayudar. Misas, vísperas, conciertos, iluminaciones, fuegos- artificiales, nada pudo conmoverle. Al fin, los campesinos empezaron a perder la paciencia. Muchos santos fueron des­terrados. En Palermo tiraron a San José a una huerta para que viese por sí mismo el estado de las cosas y juraron los campesinos dejarle allí, abandonado al sol, hasta que lloviese. Otros santos, a la manera de chicos traviesos, fueron puestos cara a la pared o despojados de sus bellí­simos trajes y desterrados de sus parroquias, insultados groseramente y zambullidos en los pilones de bañar las caballerías. En Caltamisetta arrancaron las alas doradas de la espalda de San Miguel Arcángel y las reemplazaron por otras de cartón; le quitaron su manto de púrpura, po­niéndole en su lugar un taparrabos. En Licatta, el santo patrón San Ángel lo pasó aún peor, pues le dejaron en cueros, le insultaron, le pu­sieron grilletes y le amenazaron con ahogarle o ahorcarle. "¡Que llueva o la soga!", gritaban encolerizados poniéndole los puños en la cara.

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