Sir james george frazer la rama dorada



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Así, por ejemplo, en una aldea cercana a Dorpar, en Rusia, cuando se hacía esperar mucho la lluvia, gateaban tres hombres a lo alto de los abetos de un bosque sagrado. Uno golpeaba con un martillo sobre un caldero o pequeño barrilillo para imitar el trueno; el segundo entrecho­caba dos hachones encendidos para que volasen las chispas, imitando el relámpago, y el tercero, llamado el "hacedor de lluvia", con un puñado de ramillas asperjaba agua de una vasija en todas direcciones. Para poner fin a una sequía y atraer la lluvia, las mujeres y muchachas del pueblecito de Ploska tenían costumbre de ir desnudas por la noche a los límites del poblado y allí arrojaban agua sobre la tierra. En Halmahera o Gilolo, gran isla al oeste de Nueva Guinea, un brujo hace llover sumergiendo una rama de un árbol especial en el agua y después esparciendo la hume­dad de la goteante rama sobre el suelo. En Nueva Bretaña, el "hacedor de lluvia" envuelve algunas hojas rojas y verdes de cierta enredadera en una hoja de plátano, humedece el atadijo con agua y lo entierra; des­pués, imita con la boca el gotear de la lluvia. Entre los indios omaho de Norteamérica, cuando el mar. está agostándose por falta de lluvia, los miembros de la sociedad sagrada del búfalo llenan una gran vasija de agua y bailan a su alrededor cuatro veces. Uno de ellos bebe agua y la espurrea al aire pulverizada imitando la neblina o lluvia menuda. Des-

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pués vuelca la vasija, derramando el agua por el suelo, y los danzarines se ponen de bruces para beber el agua, llenándose la cara de barro. Esto salva al maíz. En primavera los natchez de Norteamérica solían unirse para comprar a los hechiceros "un buen tiempo" para sus cosechas. Si necesitaban lluvia, los brujos ayunaban y bailaban con sus pipas llenas de agua en la boca. Las pipas estaban perforadas como una regadera y por sus orificios el "hacedor de lluvia" soplaba el agua hacia la parte del ciclo donde las nubes estaban acumuladas. Pero si quería tiempo raso, subía al techo de su choza y, con los brazos extendidos, soplaba con toda su fuerza para alejar las nubes. Cuando no llegan las lluvias en la estación apropiada, las gentes de la Angonilandia central1 se reúnen en lo que ellos denominan el templo de la lluvia, que limpian y desembarazan de hierbas, y el jefe echa cerveza en un pote que entierra mientras dice:"Señor Chauta, tienes el corazón endurecido para nosotros, ¿qué quieres que hagamos? Pereceremos seguramente. Da lluvia a tus hijos, como nosotros te damos cerveza". Todos ellos participan después de la cerveza que queda, hasta los niños, que toman un sorbito, y por último cogen ramas de árboles y danzan y cantan para que llueva. Cuando vuelven a la aldea, encuentran en la entrada una vasija de agua colocada allí por una anciana; ellos sumergen sus ramas en el agua y las agitan para espar­cirla en gotas. Después de esto la lluvia seguramente vendrá traída por las pesadas nubes. En estas prácticas vemos una combinación de religión y magia, pues mientras el asperjamicnto del agua por medio de las ramas es una ceremonia puramente mágica, el implorar que llueva y la ofrenda de la cerveza son ritos puramente religiosos. En la tribu Mará del norte australiano, el "hacedor de lluvia" se acerca a una charca y entona su canto mágico. Después recoge agua en las manos, la bebe y espurrea en todas direcciones, alrededor, echándola también sobre sí mismo, y vuelve tranquilamente al campamento. La lluvia viene detrás. El historiador árabe Makrizi describe un método de hacer cesar la lluvia al que se recu­rría, según decían, en la tribu de nómadas del Hadramanth llamada Al-qamar: cortaban una rama de cierto árbol del desierto, le prendían fuego y después rociaban con agua la rama ardiendo. Entonces, la furia de la lluvia cesaba del mismo modo que se desvanecía el agua al caer sobre la rama en ascuas. Algunos de los angamis orientales de Manipur se dice que ejecutan una ceremonia en cierto modo parecida, mas con el pro­pósito opuesto, siendo su objeto principal producir lluvia. El jefe de la aldea coloca una rama ardiendo en la tumba de una persona que haya muerto de quemaduras y la apaga después con agua mientras ora para que llueva. Aquí, el apagar el fuego con agua, que es una imitación de la lluvia, está reforzado por la influencia de la persona muerta, que ha­biendo sido abrasada viva, estará ansiosa, naturalmente, de que caiga la lluvia que refresque su cuerpo socarrado y alivie sus tormentos.

l Altiplanicie africana entre el río Zambeze y el lago Nyassa.

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Además de los árabes hay otros pueblos que usan el fuego como medio de hacer cesar la lluvia. Así, los sulka de Nueva Britania calientan piedras al rojo en una hoguera y después las exponen a la lluvia o arrojan ceniza caliente al aire. Piensan que la lluvia cesará presto, pues no le gusta que la quemen con piedras ni ceniza caliente. Los telugus exponen a la intemperie una muchacha desnuda que lleva una astilla ardiendo en la mano y se la enseña a la lluvia. Se supone que esto hará detenerse a la lluvia. En Puerto Stevens, de Nueva Gales del Sur, los curanderos acostumbraban a alejar las lluvias arrojando al aire pelos encendidos al mismo tiempo que resoplaban y gritaban. Cualquier hombre de la tribu Anula, en la Australia septentrional, puede detener la lluvia, sencilla­mente, calentando un palo verde en una hoguera y blandiéndolo después contra el viento.

Los dicri de la Australia central, en temporada de sequía extrema, lamentan a voz en cuello el estado depauperado del país y su propia situación medio exhausta, evocando a los espíritus de sus antepasados remotos, que ellos denominan los mura-muras, para que les transfieran poder para producir una lluvia muy grande; ellos creen que las nubes son cuerpos en los que se genera la lluvia merced a sus ceremonias o las de las tribus vecinas, por mediación de los mura-muras. El método que ponen en juego para substraer el agua de las nubes es éste: cavan una fosa de cuatro metros de largo por tres de ancho y sobre ella construyen una choza cónica de troncos y ramas. Un anciano influyente de la tribu san­gra con un pedernal cortante los antebrazos de dos hechiceros que se supone han recibido inspiración especial de los mura-muras, y la sangre que les corre brazos abajo cae chorreando sobre los hombres de la tri­bu que están amontonados dentro de la choza. Al mismo tiempo, los he­chiceros sangrados tiran puñados de plumillas al aire, de las que unas quedan flotantes y otras se adhieren a los cuerpos ensangrentados de sus camaradas. La sangre representa la lluvia y las plumas a las nubes, se­gún ellos piensan. Durante la ceremonia colocan dos grandes piedras en medio de la choza para representar las nubes que se forman y presagian la lluvia. Después los dos hechiceros acarrean las piedras a unos dieciséis o veinte kilómetros y las colocan tan altas como pueden sobre el árbol más corpulento que encuentran. Los demás hombres, mientras tanto, recogen yeso que pulverizan y arrojan a una charca. Ven estos los mura-muras y en un periquete hacen formarse las nubes en el cielo. Por últi­mo, todos los hombres, jóvenes y viejos, rodean la choza y la topan a testarazos como un rebaño de carneros; de este modo pasan y repasan de un lado a otro de la choza, repitiendo el procedimiento hasta des­truirla. Para hacer esto les está prohibido usar manos o brazos, aunque los grandes, troncos que quedan enhiestos pueden arrancarlos con las manos. "La penetración de la choza con sus cabezas simboliza el hora-damiento de las nubes; la caída de la cabaña es la caída de la lluvia". Asimismo es obvio que el acto de emplazar las dos piedras simuladoras

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de nubes en lo alto de los árboles es el procedimiento de conseguir que las nubes asciendan también. Los dieri imaginan además que los pre­pucios recogidos de los mancebos en la circuncisión tienen una gran virtud para la producción de lluvias. Por esto el gran consejo de la tribu tiene siempre una pequeña reserva de prepucios prontos a usar, guarda­dos cuidadosamente y envueltos en plumas con sebo de perro salvaje y de serpiente "alfombra". La apertura de este paquete no puede ser vista en absoluto por ninguna mujer. Cuando termina la ceremonia, entierran el prepucio y su virtud queda exhausta. Después de llover siempre se sujetan algunos de la tribu a una operación quirúrgica que consiste en cortar la piel del pecho y brazos con un pedernal afilado y después se laceran las heridas con un palito para aumentar el aflujo de sangre y las restriegan con almagre, produciendo así cicatrices más abultadas. La razón que aducen los nativos para esta costumbre es que ellos gozan con la lluvia y que hay una relación directa entre la lluvia y las cicatrices.1 En apariencia no es muy dolorosa la operación, pues los pacientes se ríen y gastan bromas mientras se la están efectuando; la verdad es que se ha visto a los pequeñuelos de la tribu amontonarse junto al operador, espe­rar pacientemente su turno y marcharse corriendo después de operados, presentando sus pequeños pechos y cantando para que la lluvia los gol­pee. Sin embargo, al día siguiente no se encuentran tan placenteros cuan­do sienten sus heridas tensas y dolorosas. Cuando se desea que llueva en Java, algunas veces se golpean dos hombres mutuamente las espaldas hasta que fluye la sangre; la sangre corriendo representa la lluvia y sin duda creen que así la harán caer a tierra. Las gentes de Egghiou, distrito de Abisinia, acostumbran enzarzarse en riñas sanguinarias unos con otros, aldea contra aldea, durante una semana, cada enero, con el desig­nio de procurarse lluvia. Hace años el emperador Menelik prohibió la costumbre y como quiera que sea, es lo cierto que la lluvia escaseó al año siguiente, y fue tan grande la protesta que el emperador tuvo que condescender y permitir otra vez las luchas homicidas, pero solamente por dos días al año. El escritor que menciona esta costumbre considera la sangre vertida en estas ocasiones como un sacrificio propiciatorio ofre­cido a los espíritus que dirigen las lluvias y quizá, como en las ceremonias australianas y javanesas, sea una imitación de la lluvia. Los profetas de Baal que trataban de producir la lluvia cortándose con cuchillos hasta verter sangre, pudieran haber actuado siguiendo el mismo principio.

Existe la creencia muy extendida de que las criaturas mellizas po­seen ciertas virtudes mágicas sobre la naturaleza, especialmente para la lluvia y el tiempo. Esta curiosa superstición persiste en algunas tribus de la Columbia Británica y les ha conducido con frecuencia a imponer algunas restricciones singulares o tabús a los padres de mellizos, aun­que el significado exacto de estas prohibiciones sea generalmente obscuro.

1 Es de experiencia universal que las cicatrices exuberantes molestan cuando cambia el tiempo o está húmedo.

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Así, los indios tsimshian de la Columbia Británica creen que los mellizos tienen dominio sobre los cambios meteorológicos y, en consecuencia rezan a la lluvia y al viento: "Cálmate, aliento de los mellizos". Creen, asimismo, que los deseos de los mellizos se cumplen siempre y por ello les temen, pues pueden hacer daño al hombre que odien. También los gemelos pueden atraer al salmón y al olachen o pez candela 1 y por esto se les conoce como "los acrecentadores". En opinión de los indios kwakiutl de la Columbia Británica, los hermanos mellizos son salmones transformados; por ello no pueden acercarse al agua a menos de con­vertirse otra vez en peces. En su niñez pueden llamar a cualquier viento haciéndole señas con las manos y pueden producir el buen y el mal tiem­po, como también curar enfermedades, agitando un sonajero grande de madera. Los indios nootka de la Columbia Británica también creen que los mellizos están, en algún modo, relacionados con los salmones; por esto no pueden pescar salmón, ni comerle, ni siquiera tocarle estando fresco. Pueden hacer el buen y el mal tiempo y ocasionar que llueva, sin más que pintarse de negro las caras y después lavárselas, lo que re­presentará a la lluvia cayendo de las nubes negras. Los indios shuswap, como los indios thompson, asocian a los mellizos con el oso pardo y por ello los llaman "los oseznos pardos". Según ellos, los mellizos perma­necen durante toda la vida dotados de poderes sobrenaturales, en particu­lar el de convertir el tiempo en bueno o malo. Pueden producir la lluvia dejando caer agua de una cesta; hacen el buen tiempo golpeando un pequeño trozo plano de madera atado con cuerda a un palo; levantan tormentas tirando hacia abajo de las puntas de las ramas de los abetos.

El mismo poder de influir sobre el tiempo se atribuye a los mellizos entre los baronga, tribu bantú de negros habitantes de la orilla de la bahía de Delagoa, en el sureste africano. Aplican el nombre de tilo, o cielo, a la mujer que da a luz mellizos, y las mismas criaturas son denomi­nadas las "criaturas del cielo". Cuando las tormentas que generalmente estallan durante los meses de septiembre y octubre huí sido esperadas en vano, cuando se teme una sequía con sus perspectivas de hambre y toda la naturaleza, resquebrajada y abrasada por un sol que ha estado brillando seis meses en un ciclo sin nubes, está anhelante de los bené­ficos chubascos de la primavera surafricana, las mujeres ejecutan unas ceremonias para atraer la tardía lluvia sobre el suelo apergaminado: se desnudan totalmente y se ponen en lugar de vestidos un cinturón y capuz de yerbas o un pequeño delantal de hojas de una clase especial de enredaderas. Así ataviadas, lanzan gritos especiales y cantan lascivas can­tilenas, mientras van de pozo en pozo limpiándolos del légamo y basuras acumuladas en ellos. Los pozos no son más que simples hoyos en la arena donde hay estancada un poco de agua turbia y malsana. Además, las mujeres tienen que reunirse en la casa de una de las comadres que ha

1 Llamado también eulachon (Thakichthyis pacificas), muy grasiento, y que seco, dada su cantidad de grasa, arde como una candela.

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parido mellizos y la remojan con el agua que llevan en unas jarritas. Conforme hacen estas cosas van vociferando cantares lascivos y bailando danzas indecentes. Ningún hombre puede ver a estas mujeres vestidas de hojas en sus rondas, y si ellas encuentran alguno, lo apalean y ahuyen­tan. Cuando han limpiado los pozos, llevan agua para verterla sobre los sepulcros de los antepasados en el bosque sagrado. Como frecuentemente acontece, además, obedeciendo al brujo, van a verter agua sobre las sepulturas de los mellizos, porque piensan que las tumbas de éstos deben estar siempre húmedas, razón por la que suelen enterrarlos junto a una laguna. Si todos sus esfuerzos para provocar la lluvia fracasan, se les ocurrirá recordar que tal o cual otro mellizo fue enterrado en un sitio seco en la falda del monte. "No extrañéis —dice el hechicero en tal caso— que el cielo esté furioso. Coged su cadáver y cavadle una fosa en *la orilla del lago". Su orden es inmediatamente obedecida, por suponerse que es el único medio de atraer la lluvia.

Algunos de los hechos apuntados anteriormente robustecen la inter­pretación que ha dado el profesor Oldenberg de las reglas obedecidas por el brahmán que quisiera aprender un himno especial de la antigua colección india conocido como Samaveda. El himno que lleva el nom­bre de canto de Sakvari se creyó contenía en sí mismo la más poderosa arma de Indra,1 el rayo; por esto, y en consideración de la temible y peligrosa potencia de que estaba cargado, el estudiante valeroso que in­tentase aprenderlo tenía que aislarse de sus demás compañeros y retirarse de la aldea a la selva. Ya en ella y durante algún tiempo, que podía variar, según los distintos doctores de la ley, de uno a doce años, debía observar ciertas reglas entre las que estaban las siguientes: llevar ropas negras, comer alimentos obscuros y mojar sus manos en agua tres veces al día; cuando lloviese no debía buscar refugio bajo un techo, sino que­darse expuesto a la lluvia y decir: "El agua es el canto de Sakvari"; cuando el relámpago fulgurase diría: "Esto es igual que el canto de Sakvari"; cuando tronase diría: "El Grande- está haciendo mucho rui­do"; nunca cruzaría una corriente de agua sin tocarla ni pondría un pie en una embarcación a menos de poner en peligro su vicia, y aun en este-caso tendría cuidado de tocar el agua antes de subir a bordo, "porque en el agua —así se cuenta— descansa la virtud del canto de Sakvari". Cuan­do al fin se le permitía aprender el canto mismo, sumergía las manos en una vasija de agua en la que se habían puesto plantas de toda clase. Si un hombre caminase por el sendero de todos estos preceptos, el dios de la lluvia Parjanya, decían, mandaría la lluvia siempre que lo desease dicho hombre. Claro está, como muy bien piensa el profesor Oldenberg, "que

1 Indra es la mayor deidad védica; monta sobre el elefante Airavata, maneja el
rayo y va rodeado de los gandharvas y apshuras.

2 Suponemos que el Grande es el elefante dorado de Indra, llamado Airavata,
pues en la mitología védica representa la nube tormentosa sobre la que cabalga el
dios del rayo.

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todo esto tiene el propósito de poner al brahmán en unión con el agua, de convertirle, como si dijéramos, en aliado de los poderes acuáti­cos y de guardarle de su hostilidad". Las ropas negras y los alimentos obscuros tienen la misma significación; no cabe duda que se refieren a las nubes obscuras de la lluvia cuando se recuerda que se sacrifica una víctima de color negro para procurarse lluvia; "es negra, pues ésta es la condi­ción de la lluvia". En cuanto al otro conjuro para lluvia, se dice clara­mente: "Él se pone un vestido negro ribeteado de negro, pues tal es la condición de la lluvia". "Nosotros suponemos por esto que aquí, en el círculo de ideas y reglas de las escuelas védicas, han sido conservadas prácticas mágicas de la más remota antigüedad y que fueron ideadas para preparar al hacedor de lluvias en su oficio y dedicación a ello".

Es interesante observar que cuando se desea un resultado opuesto, la lógica primitiva prescribe al doctor meteorologista la exacta observación de las reglas opuestas de conducta. En la isla tropical de Java, donde la abundancia de la vegetación atestigua la abundancia de lluvias, son raras las ceremonias para hacer llover, pero en cambio son frecuentes las ceremonias para impedirlas. Cuando en la estación lluviosa una persona ha invitado a mucha gente para dar una gran fiesta que está próxima, se dirige a un "doctor del tiempo" y le pide que "detenga las nubes que sean amenazadoras". Si el doctor consiente en ejercer sus virtudes pro­fesionales, comienza a regular su conducta bajo ciertas reglas tan pronto como se marcha el cliente. Guardará ayuno y no beberá ni se bañará. Lo poco que coma será comida seca y en ningún caso tocará agua. A su vez el anfitrión y sus sirvientes masculinos y femeninos no se lavarán las ropas ni se bañarán mientras dure la fiesta, teniendo todos que observar entretanto una castidad absoluta. El doctor, sentándose en un petate nuevo en su dormitorio y ante una lámpara pequeña de aceite, murmu­rará poco antes de que la fiesta tenga lugar la siguiente oración o con­juro: "Abuelo y Abuela Sroekoel [creemos que el nombre está tomado al azar, pues también usan otros], vuelvan a su país. Akkemat es su patria. Dejen su barril de agua, ciérrenlo perfectamente de modo que no caiga una sola gota". Mientras pronuncia estas frases, mira hacia arriba y quema incienso.

También entre los toradjas, el "doctor de lluvias" cuya ocupación especial consiste en alejar la lluvia, tiene cuidado de no tocar agua antes, durante ni después del desempeño de sus deberes profesionales. No se bañará y comerá sin-lavarse las manos; sólo beberá vino de palma y si tiene que atravesar un arroyo, cuidará de no poner pie en el agua. Preparado así para la tarea, va a una choza pequeña que le han construido en las afueras de la aldea, en un arrozal, y en esta choza mantiene un fue­go pequeño que de ningún modo consentirá que se apague. En este fuego quema varias clases de madera que se supone poseen la propiedad de alejar la lluvia; sopla en la dirección por donde teme que sobrevengan las lluvias, manteniendo en sus manos un atado de hojas y cortezas, cuya

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virtud de alejar las nubes no proviene de sus condiciones químicas, sino por ser sus nombres coincidentes con significados de algo volátil y seco. Si mientras, él está en la tarea apareciesen nubes en el cielo, recogerá cal en el hueco de las manos y la soplará en la dirección por donde apare­ciesen. Es evidente que siendo la cal muy secante, será muy indicada para dispersar las nubes húmedas. Si desea que llueva, sólo tendrá que derramar agua sobre el fuego de la choza e inmediatamente lloverá a cántaros.
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