Sir james george frazer la rama dorada



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Pero, según va pasando el tiempo, esta explicación resulta a su vez poco satisfactoria. Presupone, en efecto, que el transcurso de los suce­sos naturales no está determinado por leyes inmutables, sino que es más o menos variable e irregular, y esta presunción no se compadece bien con una observación rigurosa. Por el contrario, cuanto más examinamos dicha sucesión, más sorprendidos quedamos de la rígida uniformidad, de la puntual precisión con que las operaciones de la naturaleza se cum­plen, por lo menos hasta donde alcanza nuestra investigación. Todo gran avance en el conocimiento ha extendido la esfera del orden y res­tringido en consecuencia la esfera del aparente desorden en el universo, hasta un punto que ya nos permite anticipar que aun en las regiones donde la casualidad y la confusión parecen reinar todavía, un conoci­miento más completo convertiría por todas partes el aparente caos en cosmos. Así, las mentes más perspicaces, anhelando siempre profundizar más en la solución de los misterios del universo, llegan a rechazar la teo­ría religiosa de la naturaleza como inadecuada y a retroceder un tanto al viejo punto de vista mágico, postulando explícitamente lo que en magia había sido implícitamente supuesto, a saber, una regularidad in­flexible en el orden natural de los acontecimientos, que, observados cuidadosamente, nos permiten predecir su curso con certeza y actuar acordadamente. Resumiendo, la religión considerada como una explica­ción de la naturaleza es desplazada por la ciencia.

Pero mientras la ciencia tiene en común con la magia que ambas se apoyan en una fe en el orden como ley básica de todas las cosas, es difícil que los lectores de esta obra necesiten recordar que el supuesto orden mágico difiere extensamente del que forma la base de la ciencia. La diferencia dimana, como es natural, de los distintos modos como se ha llegado a fraguar ambos órdenes, pues mientras el orden con que cuenta la magia sólo es una generalización o extensión por falsa analogía del orden en que las ideas se presentan a nuestras mentes, el orden so­bre el que se asienta la ciencia deriva de la paciente y exacta observación de los propios fenómenos. La abundancia, solidez y esplendor de los resultados ya logrados por la ciencia son muy adecuados para inspirarnos una confianza optimista en la validez de su método. Aquí, al fin, des­pués de caminar a tientas en la obscuridad por edades sin cuento, el hombre ha dado con un rastro en el laberinto, con una llave dorada que abre muchas cerraduras del tesoro de la naturaleza. No es mucho decir, probablemente, que la esperanza de progreso, tanto moral e inte­lectual como material, en el futuro está condicionada por la suerte de la ciencia y que cada obstáculo que se coloque en el camino del descu­brimiento científico es un agravio a la humanidad.

No obstante, la historia misma del pensamiento debe prevenirnos

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contra la deducción de que la teoría científica del universo, por ser la mejor formulada hasta ahora, sea necesariamente completa y definitiva. Debemos recordar que, en el fondo, las generalizaciones científicas o, hablando llanamente, las leyes de la naturaleza, no son más que hipótesis ideadas para explicar la fantasmagoría siempre cambiante del pensamien­to, que nosotros categorizamos con los nombres rimbombantes de mundo y universo. En último análisis, magia, religión y ciencia no son más que teorías del pensamiento, y así como la ciencia ha desplazado a sus pre-decesoras, así también puede reemplazarla más tarde otra hipótesis más perfecta, quizá algún modo totalmente diferente de considerar los fenó­menos, de fijar las sombras de la pantalla, que en esta generación no podemos ni siquiera imaginar. El avance del conocimiento es una pro­gresión infinita hacia una meta en constante alejamiento. Mas no debe­mos quejarnos de la prosecución sin fin:

Fatti non foste a viver come bruti Ma per seguir virtute e conoscenza.

Grandes cosas resultarán de este proseguir continuo, aunque nosotros no las aprovechemos. Estrellas más brillantes que las que lucen sobre nos­otros se elevarán sobre algún viajero del futuro, algún Ulises ilustre de las regiones del pensamiento. Los sueños de la magia podrán ser algún día despiertas realidades de la ciencia. Pero una sombra negra atraviesa el lejano término de esta hermosa perspectiva. A pesar del crecimiento inmenso de la sabiduría y el poderío que el futuro quizá reserva al hom­bre, es muy dudoso que logre detener el golpe de esas grandes fuerzas que parecen estar labrando silenciosa e implacablemente la destrucción de todo este universo sidéreo en el que nuestra tierra flota como un punto o una mota. En las edades venideras quizá llegue el hombre a predecir y aun a gobernar el caprichoso curso de las nubes y los vien­tos, mas difícilmente tendrán sus minúsculas manos suficiente fuerza para renovar la velocidad de nuestro desfalleciente planeta en su órbita o reavivar el agonizante fuego del sol. Sin embargo, el filósofo, que se estremece a la idea de tan lejanas catástrofes, puede consolarse conside­rando que sus sombrías aprensiones, como el mundo y el mismo sol, son tan sólo partes de aquel universo incorpóreo que la mente suscitó del vacío, y que los fantasmas que ha evocado hay la sutil hechicera pue­den desvanecerse mañana. También ellos, como tantas cosas aparente­mente sólidas, pueden fundirse en aire, en aire tenue.

Sin remontarnos a un futuro tan lejano, podemos ilustrar el ca­mino que el pensamiento ha andado hasta aquí asemejando a una tela tejida con tres hilos distintos, el hilo negro de la magia, el hilo rojo de la religión y el hilo blanco de la ciencia, si bajo el nombre de ciencia podemos incluir esas simples verdades, deducidas de la observación de la naturaleza, de las que los hombres de todas las épocas han tenido provisión. Si pudiéramos examinar entonces este tejido del pensamiento

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desde el principio, probablemente nos parecería a primera vista un esca­queado blanco y negro, hecho de retazos de nociones falsas y verdaderas, apenas teñido aún por el hilo rojo de la religión. Pero mirando más lejos, encontraríamos que el escaqueado de cuadros blancos y negros tiene en la parte media de la tela, donde la religión ha penetrado más profun­damente en su trama, una mancha de rojo obscuro que va aclarando insensiblemente cada vez más a medida que el hilo blanco de la ciencia va predominando en el tejido. Podemos comparar el estado del pensa­miento moderno, con sus metas divergentes y sus tendencias en con­flicto, a una tela cuadriculada y maculada, tejida de este modo con hilos de diversos colores pero cambiando gradualmente de matiz confor­me va desenvolviéndose. ¿Se seguirá en el futuro cercano aquel gran movimiento que durante siglos ha estado alterando lentamente el carác­ter del pensamiento, o sobrevendrá una reacción que pueda detener el progreso y aun deshacer mucho de lo ya logrado? Siguiendo con nuestra imagen, ¿de qué color será el tejido que las Parcas están hilando en el telar incansable del tiempo? ¿Blanco o rojo? No podemos saberlo. Una luz débil y vacilante ilumina a lo lejos el principio del tejido. Nubes y tinieblas ocultan la otra extremidad.

Nuestro largo viaje de descubrimiento ha terminado y nuestra barca arría al fin su cansado velamen en el puerto. Una vez más tomamos el camino a Nemi. Está cayendo la tarde y mientras subimos la larga cuesta de la vía Appia hacia las colinas Albanas, miramos atrás y vemos el ciclo encendido en la puesta del sol, iluminando a Roma con su resplandor dorado como la aureola de un santo agonizante y prestando una corona de fuego a la cúpula de San Pedro; visto una vez, nunca puede olvidarse. Pero volvamos la espalda y sigamos nuestro camino, que va oscurecién­dose a lo largo de la falda montañosa hasta llegar a Nemi, y tendamos la mirada, allá abajo, hacia el lago, dormido en su profundo socavón, que ahora desaparece rápidamente entre las sombras del anochecer. El lugar ha cambiado poco desde que Diana recibía el homenaje de sus devotos en el bosque sagrado. Es verdad que el templo de la diosa de la selva ha desaparecido y que el rey del bosque ya no está de centinela ante la Rama Dorada. Pero los bosques de Nemi todavía son verdes y cuando el crepúsculo va decolorándose por el Oeste, llega a nosotros, llevado en las alas del viento, el sonido de las campanas de la iglesia de Aricia, llamando al Ángelus. ¡Ave María! Su tañido llega, dulce y solemne, del pueblo distante y va amortiguándose por las extensas ciénagas de la Cam-pania. Le roi est mort, vive le roi! ¡Ave María!

ÍNDICE ANALÍTICO

Abad de la Sinrazón, 661.

Abanicos en la magia homeopática, 50.

Abbas el Grande, sha de Persia, 338.

Abchases del Cáucaso, 603.

Abedules, 156, 163, 705.

Abeokuta, el Alake (rey) de los, 345.

Abipones, del Paraguay, 302.

Abisinia: hacer lluvia en, 93; sacerdo­tes hacedores de lluvia en, 139-40.



Abonsam, espíritu perverso, 626.

Aborto, 251-2.



Abruzos, el Carnaval en los, 354.

Abscesos, su cura, 609.

Abuela, 459.



Abydos, 422, 423, 424.

Acagchemen, de California. 566.

Acaill, el Libro de, 322.

Aceite en la magia, 47, 49, 50, 105, 495, 743, 791.

Acerolo, 154.



Acosta, P. José de, 471, 555 n., 556 n., 661.

Actos tabuados, 248-258; y los extran­jeros, 235-44.

Achantis, 564.

Adam de Bremen, 199.

Adivinación, 304, 712; varitas de, 790.



Adon, título semítico, 379.

Adonis y Afrodita (Venus), 29, 31, 380; el mito de, 377-81; en Siria, 381-3; en Chipre, 383-9; ritual de, 379-95; los jardines de, 395-402; en relación con el cerdo, 536-7.

Adonis, río, 380, 390.

Adulterio de la mujer, 47, 48, 49, 56.

Afganistán y los forasteros, 237-8.



África: magos especialmente hacedores de lluvia como jefes y reyes en, 115-7; dioses humanos en, 129; reglas de vida o tabús observados por reyes en, 208-12; repugnancia de la gente a decir sus nombres personales, 293-4; reclusión de las muchachas púberes en, 670-1; miedo y reclusión de las

mujeres menstruantes en, 679-80; ár­boles de nacimiento en, 764.

África Central Británica: comen cora­zón de león para hacerse más bra­vos, 562.



África del Este: reclusión y purifica­ción de homicidas, 256-7; infantici­dio en, 343; propiciación de leones muertos en, 591.

África del Norte: hechizos para dejar al novio impotente, 287; fuegos del solsticio de verano, 709.

África del Sur: pelos de rata para elu­dir heridas, 56; continencia durante la guerra en, 254; reclusión de ho­micidas en, 257-8; disposiciones so­bre recortes de pelo y uñas en, 281-2; uso mágico de la saliva en, 282-3; nombres personales tabuados en, 293-4; ritos de iniciación en, 564; reclusión de jóvenes púberes en, 670; miedo a las mujeres menstruantes en, 679-80; cuento del alma exter­nada en, 760.

África Occidental: funciones mágicas de los jefes en, 116; culto a las ceibas en, 145; reyes obligados a aceptar puesto en, 215; reyes fetiches en, 217; trampas para almas en, 227-8; purificación después de viajar en, 239; costumbre respecto a la sangre vertida en el suelo, 272-3; hechizos para la lluvia, 279-80; miedo a la brujería en, 281-2; sacrificios huma­nos en, 643; propiciación del leopar­do muerto, 591; el alma externada en, 767; rito de muerte y resurrec­ción en, 781.

Afrodita, 27; y Adonis, 29, 382, 390; ritos en el Líbano, 382-3; santuario de, 384; y Ciniras y Pigmalión, 386; la sangre tiñe rosas blancas, 390.

Agachadiza, 615.

Agar-dinkas, 318.

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ÍNDICE ANALÍTICO




598; propiciación de los salvajes, 586-601; dos formas del culto a los, 601; procesiones con los sagrados, 604; transferencia de males a, 610-2: como víctimas expiatorias, 610, 637, 641, 643, 649; quemados en festivales, 736-8; considerados corpo-rizaciones de brujas, 737; alma in­ternada en los, 766.

Animismo budista: no es teoría filo­sófica, 145; camina hacia el politeís­mo, 151.

Anjea, un ser mítico, 65.

Anna Kuari, diosa de los Oraons, 494.

Antepasado(s): oraciones a los, 100; sacrificios a los, 101; almas de, en los árboles, 148-9; nombres de los, dados a sus reencarnaciones, 304; imagen de madera de un, 762.

Antígono, el rey, 128.

Antorchas (hachones, etc.): ofrecidas
a Diana, 25; imitando el relámpago,
107; para expulsar demonios, 618-9,
621, 626, 629, 632-4; llevadas alre­
dedor de los rediles, 709; para fer­
tilizar frutales, 727. ,

Antrim, costumbres de la recolección en, 462.

Antropomorfismo de los espíritus de la naturaleza, 482.

Anubis, dios de cabeza de chacal, 423, 431.

Anulas, tribu del norte de Australia, 92, 100, 777.

Anzti, o Azti, deidad egipcia, 504 n., 505 n.

Año, en el calendario egipcio, 424.

Año Nuevo: chino. 532; de los celtas, 712; el día de, 631, 642; véase No­che Vieja.

Años, 328; el rey de los años en el Tibet, 646.

Apaches, 105.

Apalai, indios, 237.

Apalear: el traje de un hombre en vez de él, 70; como hechizo de lluvia, 93; ranas, para hacer llover, 101.

Apedrear: como hechizo de fertilidad, 30; víctima humana expiatoria, 652.

Apis, buey egipcio sagrado, 390, 421 541, 568.

Apolo: profetisa de, 126; su imagen en una gruta sagrada de Ilylae, 126; y Artemisa, 154; en Delfos, 313; certamen musical con Marsias, 409-10; identificado con el dios celta Granno, 687.

Apolo Diradiotes, sacerdotisa inspirada en el templo de, 125.

Apoyaos, caza-cabezas, 494.

Apuñalar las sombras, 230.

Árabes: hechizos, 56; del Moab, 57; del norte de África, 98; nombre de la anémona, 390.

Arabia: creencia respecto a las som­bras, en la antigua, 231; camello como víctima expiatoria, 610.

Arado: y Dionisos, 445; y el leño tras­hoguero de Navidad, 725.

Arañas: en magia homeopática, 56; ce­remonia al matarlas, 592.

Arar: como hechizo de lluvia, 99; como ceremonia, 333, 337; costum­bre prusiana, 396; y los ritos de Osiris, 432.

Araucanos, de Sudamérica, 292.

Árbol: tocado por el rayo, 110; ador­nado de brazaletes, 397; quemado en hoguera, 704, 708; y el alma ex­ternada en, 751, 762; de Edgewell, 765; véase Arbóreos, espíritus.

Árbol: culto del, 142-54; en la Euro­pa aria, 142; entre lituanos, 143; en la antigua Grecia e Italia, 143; entre los fino-ugrios en Europa, 144; no­ciones fundamentales del, 144; re­liquias en Europa moderna, 154-71.

Árboles: culto de los, 142-54; anima­dos, 144; sacrificios a los, 145, 149, 151-2; sensibles, 145-7; excusas por talarlos, 146; la savia de, 146; ame­nazados, 147; casados, 147-8; trata­dos como mujeres preñadas, 148; animados por los muertos, 148; plan­tados en las tumbas, 148-9; demo­nios en los, 149; ceremonias al ta­larlos, 149-50; en monumentos de Osiris, 437; y Dionisos, 444-5; ma­les transferidos a, 616; quemados,

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691, 704, 708, 731; y vidas huma­nas, 764, 765; curan enfermedades, 765-6; depósito de fuego, 790.

Árboles de nacimiento: en África, 764-5; en Europa, 765.

Árboles frutales: fertilizados por muje­res, 53; y magia homeopática, 54; amenazados, 146-7; y los adoradores de Osiris, 437; y los malos espíritus, 633; y hogueras, 710; fumigados en Suecia, 720; fertilizados con antor­chas, 727.

Arbóreos, espíritus, 142-51; poderes be­néficos de, 151-4; en forma huma­na, 159; para hacer llover, 161; muerte violenta de, 345-77; resurrec­ción de, 350; y de la vegetación, 367; Attis como, 408; Osiris como, 437: efigies quemadas, 731; repre­sentantes humanos de los, 731, 746.



Archigallo, gran sacerdote de Attis, 404, 409.

Arden, selva de, 142.

Ardenas: efigies del Carnaval en, 355-6; exorcizan ratas en, 600; fuegos el primer domingo de Cuaresma en, 685, 737; fuegos cuaresmales y cos­tumbres en las francesas, 686.

Ardillas, 692.

Argelia, fuegos del solsticio de verano en, 709.

Aricia, 23, 28; muchos manii en, 28, 557; su distancia del santuario, 139; el sacerdote de, 656, 667, 788.

Ariciano, bosque, 27, 28, 351, 543-5, 558, 657, 788.

Arios: poderes mágicos adscritos a los reyes, 120; culto al árbol, de los, 143, 199, 201, 737, 746; sucesión real por línea materna, 193; de la India antigua, 556; su uso de la sa­grada leña del roble, 748; cuentos del alma externada, 750; culto al roble, 794.

Arizona, su aridez, 105.

Arma(s): oraciones a las, 51; y heri­da, su magia contaminante, 67-9; purificación de las, 257; blancas ta-buadas, 270-1.

Armenia: hacer lluvia en, 98; recortes

de pelo y uñas y dientes extraídos guardados en, 281-2; sagrada pros­titución de niñas antes de casarlas en, 385.

Arroz: en la magia homeopática, 53, 57; tratado como mujeres preñadas, 148, 473; para atraer el alma en forma de ave, 221, 223; para adivi­nación, 304; el alma del, 472-6; dos gavillas de, 477; comer el alma del, 547; ceremonias al comer arroz nue­vo, 548.

Arsácidas, divinidad de los reyes par­tos de la dinastía de los, 136.

Arte clásico, deidades selváticas en, 151.

Artemisa, 154, 177; e Hipólito, 27, 30; y Apolo, 154; de Éfeso, 405; en Perga, 384; la Ahorcada, 411.

Ártico, ceremonias al reaparecer el sol en el, 622-3.

Aru, islas: no dormir después de una muerte, 222; se come carne de pe­rro en, 563.

Aruntas, de Australia Central, 41, 679.

Arvales, Hermanos, 268, 651.

Asam, tribus serranas de: tabús ob­servados por el cacique y su mujer, 212; y por los guerreros, 254; los padres llevan nombres de los hijos, 295; caza de cabezas en, 502; la ce­remonia Asongtata en, 641.

Ascensión, día de la, 364, 786.

Ascético, idealismo del Oriente, 175.

Asia Menor: pontífices de, 24; vícti­mas humanas expiatorias, 653.

Asno, para curar la picadura de escor­pión, 614.

Asociaciones religiosas entre indios de Norteamérica, 782.

Asongtata, ceremonia anual de los Ga-ros de Asam, 641.

Asopo, río, 180.

Aspalia, forma de Artemisa, 411. Astarté, gran diosa babilónica, 380,

384, 390, 402. Asunción de la Virgen, festival de la,

416.


Atdanomes de Borneo, 236, 672. Atenas: rey y reina de, 31; rey titular

ÍNDICE ANALÍTICO

Batakos, de Sumatra, 37, 65, 112, 224, 240, 611, 643, 774, 775.

Batalla del Invierno y el Verano, 368-9.

Batavia, zambullen gatos en, 101.

Batchelor, Rev. J., 573, 583, 584.
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