Sir james george frazer la rama dorada



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El muérdago, al igual que la semilla de helecho, se recoge en San Juan o en Navidad, que son el solsticio de verano y el de invierno, e igual que a la semilla de helecho, se le atribuye la virtud de descubrir los tesoros ocultos. En la víspera del solsticio de estío, la gente en Suecia hace varitas mágicas adivinatorias de muérdago o de cuatro clases de madera, una de las cuales tiene que ser el muérdago. El buscador de teso­ros coloca la varita en el suelo después de la caída del sol y, si está sobre un tesoro, la varita comienza a estremecerse como si estuviera viva. Ahora bien, si el muérdago descubre el oro debe ser en su carácter de Rama Dorada, y si ha sido recogido en los solsticios, ¿no será porque la Rama Dorada, como la semilla dorada de helecho, es una emanación del fuego solar? La pregunta no puede responderse con una simple afir­mación. Hemos visto que los antiguos arios quizá encendían el fuego solsticial y otros fuegos ceremoniales en parte como encantamientos sola­res, o sea con el designio de abastecer al sol de fuego nuevo; y en estos fuegos, hechos por lo general por fricción o combustión de madera de roble, pudo parecer al antiguo ario que el sol estaba periódicamente reponiendo su fuego con aquel que residía en el roble sagrado. En otros términos, al ario puede haberle parecido que el roble era el alma­cén originario o depósito del fuego que se sacaba de vez en cuando para alimentar el fuego del sol. Mas si la vida del roble se concebía como depositada en el muérdago, éste, dada la hipótesis, debería contener la

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semilla o germen del fuego que se liberaba por fricción de la madera de roble. Así, en vez de decir que el muérdago era una emanación del fuego del sol, sería más justo afirmar que el fuego solar se consideraba como una emanación del muérdago. No maraville entonces que el muér­dago resplandeciese con dorados esplendores y se le llamara Rama Dora­da. Es probable, sin embargo, que como en el caso de la semilla de helecho, se pensara que tomaba su aspecto dorado tan sólo en las épocas susodichas, especialmente en la del solsticio de verano, en que se sacaba fuego del roble para encender al sol. En Pulverbatch (Shropshire), to­davía se recuerda por algunas personas la creencia de que el roble florecía en la víspera del solsticio estival y las flores se secaban antes de que las iluminara la luz del día. Una doncella que deseara conocer su suerte en el matrimonio debía extender una tela blanca bajo el árbol por la noche y por la mañana encontraría un poco de polvo que era todo lo que quedaba de las flores; colocaría una pulgarada de polvo bajo su almo­hada y entonces se le aparecería en sueños su futuro marido. Este fu­gaz florecer del roble, si podemos pensar así, era probablemente el muér­dago en su carácter de Rama Dorada. La conjetura se confirma por la observación de que en Gales colocan igualmente bajo la almohada, para inducir sueños proféticos, un tallo de muérdago verdadero recogido tam­bién en la víspera de San Juan. Además, el modo de recoger la flor imagi­naria del roble en una tela blanca es exactamente el que empleaban los druidas para coger el verdadero muérdago cuando caía de la rama del roble segado por la hoz de oro. Como Shropshire limita con Gales, la creencia del florecer del roble la víspera del solsticio de estío puede ser galesa en su origen inmediato, aunque es probable que la creencia sea un fragmento del primitivo credo ario. En algunas partes de Italia, como hemos comprobado, todavía salen los campesinos en la mañana del día solsticial en busca de robles para el "óleo de San Juan", que, como el muérdago, sana todas las heridas, y es quizá el muérdago mismo en su glorificado aspecto. Así es fácil entender por qué un título como Rama Dorada, tan poco descriptivo de su apariencia usual en un árbol, pue­de haberse aplicado al parecer a una insignificante planta parásita. Ade­más, quizá podamos entender por qué en la Antigüedad se creía al muérdago posesor de la notable propiedad de extinguir el incendio y por qué en Suecia todavía se guarda en las casas como salvaguardia contra las con­flagraciones. Su naturaleza ígnea lo señala, dadas las reglas homeopá­ticas, como la mejor cura posible o preventiva de quemaduras.

Estas consideraciones pueden explicar parcialmente por qué Virgilio hace llevar a Eneas una glorificada rama de muérdago en su descenso al tenebroso mundo subterráneo. El poeta describe cómo en las mismas puertas del infierno se extendía un inmenso bosque obscuro y cómo el héroe siguió el vuelo de una pareja de palomas que le atrajeron errando por las profundidades de la selva inmemorial hasta que llegó a ver, allá entre la umbría, la titilante luz de la Rama Dorada iluminando el ra­maje entrelazado sobre su cabeza: Si del muérdago, una rama seca y

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amarillenta en los tristes bosques otoñales, se pensaba que contenía la semilla del fuego, ¿qué mejor compañero podía tener un viajero extra­viado en las sombras subterráneas que una rama que podía ser tanto lámpara para sus pasos como báculo o bastón en sus manos? Armado con ella, podía enfrentarse audazmente con los espectros espantosos que pudieran cruzar su paso en su peligrosa jornada. Por eso cuando Eneas, saliendo de la selva, llega a las orillas de la Estigia, donde gira despacio la indolente corriente a través de la laguna infernal, y el furioso barque­ro se niega a admitirle en su barca, Eneas saca de entre sus vestidos y muestra la Rama Dorada, y su vista apaga la iracundia de inmediato y con humildad recibe al héroe en su barca, que se hunde profundamente al peso inusitado de un hombre vivo. Como hemos demostrado, aun en tiempos recientes, el muérdago ha sido apreciado como defensa contra brujas y trasgos, y muy bien puede ser que los antiguos le hayan acre­ditado la misma virtud mágica. Y si la planta parásita puede abrir las cerraduras, como creen algunos de nuestros campesinos, ¿por qué no podría servir en las manos de Eneas como un "ábrete Sésamo" que le franqueara las puertas de la muerte?

Ahora también podemos conjeturar por qué en Nemi se llegó a confundir a Virbio con el sol. Si Virbio fue, como hemos intentado mostrar, un espíritu arbóreo, debió ser el espíritu del roble en el que crecía la Rama Dorada, pues la tradición le representa como el primero de los reyes del bosque. Como espíritu del roble, debió suponerse que periódicamente avivaba el fuego del sol, y de este modo podría confun­dírsele fácilmente con el propio sol. Del mismo modo podemos explicar por qué a Bálder, un espíritu del roble, se le describía "tan hermoso de facciones y tan brillante que salía luz de él", y por qué fue confundido con frecuencia con el sol. En general podemos decir que en la sociedad primitiva, cuando no se conocía otro procedimiento de hacer el fuego que la frotación de maderos, el salvaje debió concebir necesariamente al fuego como una propiedad acumulada a modo de jugo o savia en los árboles de los que tan trabajosamente lo extraía. Los indios señal, de California, "profesan la creencia de que el mundo entero fue un globo de fuego de donde el elemento subía pasando a los árboles, de los que ahora sale siempre que se frotan dos pedazos de madera". De modo pa­recido, los indios maidu de California mantienen que "la Tierra fue primero un globo de materia en fusión y que el elemento fuego ascen­dió por las raíces a los troncos y ramas de los árboles, de donde los indios pueden extraerlo por medio de su taladro". En Namoluk, una de las islas Carolinas, dicen que el arte de hacer fuego lo enseñaron los dioses a los hombres. Olofaet, el artero señor del fuego, dio el fuego al ave mwi y la ordenó traerlo a la tierra en su pico. Obedeció el ave y fue posándose de árbol en árbol, almacenando la fuerza del fuego latente en la madera, de donde los hombres pueden liberarla por fricción. En los antiguos himnos védicos de la India se cuenta de Agni, el dios del fuego, "cómo nació en madera, como embrión de las plantas o como

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distribuido en. ellas. También se dice que él ha entrado en todos los vegetales o procura entrar en ellos. Cuando se le llama el embrión de los árboles o tanto de árboles como de plantas, puede ser una alusión al fuego que se produce en las selvas por la fricción de las ramas de los árboles".

Un árbol tocado por un rayo es considerado naturalmente por el salvaje como recargado con doble o triple porción de fuego, pues, ¿no ha visto con sus propios ojos al poderoso haz entrar en el tronco? Quizá por esto pueden explicarse algunas de las muchas creencias supersticio­sas concernientes a los árboles que han sido fulminados. Cuando los in­dios thompson de la Columbia Británica deseaban incendiar las casas de sus enemigos, les disparaban flechas hechas de madera que hubiese sido fulminada por el rayo o llevar atadas astillas de esta clase de ma­dera.1 Los campesinos wendas de Sajorna rehusan quemar en sus coci­nas madera de árbol tocado por el rayo, pues dicen que con ese com­bustible ardería toda la casa. De modo semejante, los thonga. de África del Sur, no usarán tal leña como combustible ni se calentarán en una hoguera que haya sido encendida con ella. Por el contrario, los winam-wanga de Rodesia septentrional, cuando el rayo incendia un árbol, apa­gan todos los fuegos de la aldea y encalan nuevamente los fogones, mien­tras los caudillos llevan fuego encendido por el rayo al jefe, que ora ante él. Después el jefe envía el fuego nuevo a todas sus aldeas y los aldeanos recompensan a los portadores por la dádiva. Esto demuestra que miran con reverencia al fuego encendido por una exhalación y esta reverencia se hace inteligible porque hablan del trueno y del rayo como del mismo Dios que desciende a la tierra. Asimismo, los indios maidu de California creen que un gran hombre creó el mundo y todos sus habi­tantes y que el relámpago no es más que el gran hombre descendiendo rápido del cielo y derribando los árboles con sus brazos en llamas.

Es una plausible teoría que la reverencia que los pueblos antiguos de Europa 2 tributaban al roble y la conexión que puede trazarse entre el árbol y su dios celestial se derivasen de la frecuencia mucho mayor con que el roble parece haber sido fulminado por los rayos que cualquier otra clase de árboles de nuestras selvas europeas. La peculiaridad ha sido al parecer establecida por una serie de observaciones verificadas en años recientes por investigadores científicos que no defienden ninguna teoría mitológica. Cualquiera que sea la explicación, el hecho en sí pudo muy bien atraer la atención de nuestros rudos antepasados habitantes de las vastas selvas que entonces cubrían una gran parte de Europa; y ellos po­drían explicarlo naturalmente, en sus sencillas opiniones religiosas, supo-
1 Para hacer huir a la polilla de las colmenas, algunos campesinos de Missouri es-parcen en ellas astillitas de árbol tocado por un rayo (State Historical Society of Missouri at Columbia, 17 de Enero de 1943)

2 “Y sabréis que yo soy Jehová, cuando sus muertos estarán en medio de sus ídolos..., y debajo de todo árbol sombrío, y debajo de toda encina espesa, lugares donde dieron olor suave a tods sus ídolos” (Ez., 6.13)-

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niendo que el gran dios del ciclo que ellos adoraban y cuya tonante voz oían en el retumbar de los truenos, amaba al roble sobre todos los ár­boles del bosque y con frecuencia descendía hasta él desde la nube som­bría en una centella, dejando como vestigio de su paso o presencia el tronco hendido y ennegrecido y el follaje marchito. Tales árboles que­daban de allí en adelante rodeados de un nimbo resplandeciente, como tronos visibles del tonante dios del ciclo. Es cierto que, como algunos salvajes, lo mismo griegos que romanos identificaron a este gran dios del ciclo y del roble con la centella que hiere al suelo y ellos cercaban con valla este sitio fulgurado y lo consideraban consagrado desde en­tonces. No se hace difícil suponer que los antepasados de celtas y ger­manos en las selvas de la Europa central respetaban asimismo, y por ra­zones semejantes, al roble fulminado.

Está explicación de la reverencia aria al roble y de la asociación del árbol con el gran dios tonante y celestial fue sugerida o sobren­tendida hace tiempo por Jacobo Grimm y ha sido poderosamente refor­zada en años recientes por W. Warde Fowler. Parece ser más sencilla y probable que la explicación que adoptamos primero, especialmente la de que el roble fue adorado al principio por los muchos beneficios que del árbol obtenían nuestros rudos antepasados y en particular por el fuego que producían por fricción de su madera, y que la conexión del árbol con el cielo fue una deducción posterior basada en la creencia de que el destello del fucilazo no era otra cosa que el chispazo que allá arriba sacaba el dios del cielo al frotar uno contra otro dos pedazos de madera de roble, procediendo igual que su adorador salvaje cuando encendía fuego en la selva terrenal. En aquella teoría el dios del trueno y del cielo se derivaba del original dios del roble; en la presente, que ahora preferimos, el dios del ciclo y del trueno era la gran deidad original de nuestros antepasados y su asociación con el roble fue una simple infe­rencia basada en la frecuencia con que veían al roble fulminado por el rayo. Si los arios, como algunos piensan, vagabundearon por las exten­sas estepas de Rusia o del Asia central con sus ganados y rebaños antes de hundirse en la obscuridad de las selvas europeas, pudieron haber ado­rado al dios del firmamento nublado o azul y del rayo cegador mucho antes de asociarlo con los fulgurantes robles de su nueva patria.

Quizá esta segunda teoría tiene además la ventaja de esclarecer la santidad especial atribuida al muérdago que crece sobre el roble. La rareza sola del crecimiento en un roble es insuficiente para explicar la extensión y persistencia de la superstición. Un hito de su verdadero origen es posible que nos lo preste la afirmación de Plinio, según la cual los druidas adoraban la planta porque la creían caída del ciclo, dando así señal de que el árbol sobre el que crecía era el elegido del dios mismo. ¿Pudieron haber pensado que el muérdago caía sobre el roble en un fucilazo? La conjetura se confirma por el nombre "escoba de rayo" que se aplica al muérdago en el cantón suizo de Aargau, pues el epíteto implica sin duda una conexión cercana entre el parásito y el rayo y cier-

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tamente "escoba de rayo" es un nombre popular en Alemania para cual­quier excrecencia matosa parecida a un nido que se desarrolla sobre una rama, a causa de que tal crecimiento parásito creen en la actualidad los ignorantes que es un resultado del relámpago. Si hay algo de cierto en esta conjetura, la verdadera causa de la adoración que los druidas tributaban al roble portador de muérdago, sobre todos los demás árbo­les, fue que cada uno de estos robles no sólo había sido fulminado por un rayo, sino que tenía entre sus ramas una emanación visible del fuego celestial; así que, cortando el muérdago con ritos místicos, se asegura­ban para sí mismos todas las propiedades mágicas del rayo. Si esto fue así, debemos indudablemente deducir que se consideraba al muérdago como una emanación de la centella mejor aún que, como argüimos an­teriormente, del sol en su solsticio. Quizá es verdad que podríamos com­binar los dos pareceres divergentes suponiendo que en el antiguo credo ario el muérdago descendía del sol en el día del solsticio estival traí­do por un rayo, pero tal combinación es artificiosa y no se funda, al menos que nosotros sepamos, en prueba alguna positiva. No podemos adelantar si, dados los principios mágicos, pueden o no ser conciliables entre sí ambas interpretaciones, pero aun probándose su discrepancia, esta inconsistencia no empece para que nuestros antepasados las adop­tasen simultáneamente y con igual convicción ardorosa, pues, lo mismo que la gran mayoría de la humanidad, el salvaje si es obstinado está por encima de las trabas de una lógica pedante. Al tratar de seguir la pista de su tortuoso pensamiento a través de la selva de ignorancia crasa y de miedo ciego, debemos recordar siempre que estamos pisando el terreno de los encantamientos y cuidarnos de tomar por realidades sólidas las figuras vagorosas que cruzan nuestro paso y revolotean y farfullan por entre las tinieblas. No podemos nunca colocarnos completamente en el punto de vista del hombre primitivo, ver las cosas con sus ojos y sentir nuestros corazones palpitar con las emociones que conmovían al suyo. Todas nuestras teorías sobre él y su proceder deben, por está razón, que­dar muy lejos de la certeza; a lo más que podemos aspirar en tales mate­rias es a un grado de probabilidad razonable.



Para concluir estas indagaciones diremos que si Bálder fue, en ver­dad, como hemos expuesto, la personificación de un roble portador de muérdago, su muerte por un golpe del muérdago podría explicarse, según esta nueva teoría, como muerte por fulminación. En tanto que el muér­dago, en el que estaba latente la llama del rayo, quedase en las ramas, no podría sobrevenir ningún daño al bueno y amable dios del roble, que tenía su vida externada, para mayor seguridad, entre el cielo y la tie­rra, depositada en la parásita planta; mas cuando, en cuanto el asiento de su vida o de su muerte era tronchado de la rama y tirado contra el tronco, el árbol caía, el dios moría fulminado por el rayo.

Todo lo que hemos dicho de Bálder en los robledos de Escandina-via, con todas las reservas debidas en asunto tan obscuro e incierto, quizá podemos aplicarlo al sacerdote de Diana, el rey del bosque en Aricia,

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en los robledales italianos. Puede haber personificado en carne y hueso al gran dios ítalo del ciclo, Júpiter, que bajaría de los cielos, lleno de bondad, en el fucilazo del rayo, para morar entre los hombres en el muér­dago, en la "escoba del trueno", con la Rama Dorada que crece en el roble sagrado de las cañadas de Nemi. Si esto fue así, no puede mara­villarnos que el sacerdote guardase con su espada desnuda la rama mís­tica eme contenía a un tiempo la vida del dios y la suya. La diosa a quien servía y con quien se desposaba, si acertamos, no era otra que la reina de los ciclos, la verdadera esposa del dios celestial, pues ella también amaba la soledad de los bosques y las colinas solitarias y, nave­gando allá arriba en las noches claras, bajo la apariencia de luna plateada, se recordaba viendo abajo su propia y bella imagen reflejada en la super­ficie plácida y bruñida del lago, espejo de Diana.

CAPÍTULO LXIX DESPEDIDA A NEMI

Estamos al final de nuestra investigación, aunque, como sucede a me­nudo en la búsqueda de la verdad, si hemos respondido a una pregunta, han surgido muchas más; si hemos seguido unas huellas hasta el final, han quedado atrás otras que conducían o creímos que conducían a otras metas, lejanas del bosque sagrado de Nemi. Hemos explorado algunos de estos senderos hasta cierto punto; hay otros que, si la fortuna es be­névola al escritor y al lector, seguiremos juntos algún día. Por ahora hemos caminado bastante distancia y es tiempo de despedirnos. Pero, antes de hacerlo, podemos preguntarnos si hay alguna conclusión ge­neral, si es posible deducir alguna lección de esperanza y estímulo del archivo melancólico del error y la insensatez humana que han ocupado nuestra atención en este libro.

Si entonces consideramos, por una parte, la similitud esencial de los principales deseos del hombre en todas partes y en todos los tiem­pos, y por otro la extensa diferencia entre los medios adoptados para satisfacerlos en las diferentes épocas, quizá nos inclinaremos a deducir que el camino de su pensar más elevado, hasta donde podemos seguirlo, ha ido, por lo general, pasando de la magia, por la religión, a la cien­cia. En magia, el hombre depende de sus propias fuerzas para hacer frente a las dificultades y peligros que le amenazan a cada paso. Cree en un cierto orden natural establecido, con el que puede contar infaliblemente y manipular para sus fines particulares. Cuando descubre su error, cuan­do reconoce amargamente que tanto el orden natural que él ha fra­guado como el dominio que ha creído ejercer sobre él, son puramente imaginarios, cesa de confiar en su propia inteligencia y en sus esfuerzos y se entrega humilde a la misericordia de ciertos grandes seres invisibles tras del velo de la naturaleza, a los que ahora adjudica todos aquellos vastos poderes que en un tiempo se había arrogado a sí mismo. Así, en las

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mentes más agudas la magia es gradualmente reemplazada por la religión, que explica la sucesión de los fenómenos naturales bajo la regulación de la voluntad, la pasión o el capricho de seres espirituales semejan­tes a la especie humana, aunque inmensamente superiores en poderío.
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