Sir james george frazer la rama dorada



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Desde que la propusimos por primera vez, esta explicación conjetu­ral de la ceremonia ha sido confirmada en cierto modo por las investi­gaciones del Dr. Franz BoasJ entre estos indios, aunque podemos pen­sar que la sociedad en la que el hijo del jefe obtuvo así su admisión no era un clan totémico, sino una sociedad secreta llamada Tlokoala, cuyos miembros imitaban a los lobos. Todo nuevo miembro de esta sociedad debe ser iniciado por los lobos. De noche, una manada de lo­bos, caracterizados por indios vestidos con pieles de lobo y llevando máscaras de lobo, hace su aparición, arrebata al novicio y se lo lleva al bosque. Cuando se oye fuera de la aldea a los lobos que llegan para llevarse al novicio, todos los miembros de la sociedad se tiznan el rostro y cantan: "Entre todas las tribus hay gran excitación porque yo soy Tlokoala". Al día siguiente los lobos devuelven al novicio muerto y los miembros de la sociedad tienen que revivirlo. Suponen que los lobos han puesto dentro de su cuerpo una piedra mágica que hay que sa­car antes de poderle resucitar. Hasta que se hace esto, el supuesto cadáver permanece tendido fuera de la casa. Llegan dos hechiceros y

1 Profesor de Antropología de la Universidad de Columbia, autor, entre otras, de las siguientes obras: Race, Languagc and Culture (J940), The Mind of Primitive Man, Anthropology and Modern Life, etc. El arte primitivo, del mismo autor, ha sido pu­blicado en versión castellana (México: Fondo de Cultura Económica, 1947).

784 EL ALMA EXTERNADA EN LA COSTUMBRE POPULAR

extraen la piedra, que parece ser de cuarzo, y entonces el novicio resu­cita. Entre los indios niska, de la Columbia Británica, que están dividi­dos en cuatro clanes principales, con el cuervo, el lobo, el águila y el oso como sus respectivos tótem, el novicio en su iniciación es devuelto por un tótem animal de artificio. Así, cuando un hombre iba a ser iniciado en una sociedad secreta llamada Olala, sus amigos tiraban de cuchillo y hacían como que le mataban. En realidad, le dejaban hurtar el bulto mientras cortaban la cabeza de un muñeco con el que diestramente le substituían. Entonces dejaban el decapitado muñeco tumbado y tapado y sobre él las mujeres comenzaban a llorar y plañir. Sus parientes daban un banquete de exequias y quemaban solemnemente la efigie. En una palabra, hacían un funeral corriente. Durante un año entero el novicio permanecía ignorado para todos, salvo para los miembros de la sociedad secreta. Pero al cabo de este plazo, volvía vivo conducido por un animal de artificio que representaba su tótem.

Lo esencial del rito en estas ceremonias parece ser la muerte vio­lenta del novicio en su carácter de hombre y su resurrección bajo la forma del animal que será de allí en adelante su espíritu guardián o al menos estará ligado a él por una relación especialmente íntima. Re­cordaremos que los indios de Guatemala, cuya vida estaba ligada a la de un animal, se suponía que tenían el poder de aparecerse en la forma del ser especial con el que estaban unidos simpatéticamente. Por eso no creemos falto de razón suponer que, de igual manera, los indios de la Columbia Británica pueden imaginar que su vida depende de la de algu­na de estas especies animales a las que se asemejan por su atavío. Por lo menos, si esto no es hoy artículo de fe entre los indios de la Colum­bia Británica, muy bien pudo haberlo sido entre sus antepasados en época anterior, y así también pudo haber ayudado a formar los ritos y ceremo­nias, tanto de los clanes totémicos como de las sociedades secretas. Pues aunque estas dos clases de comunidades difieran respecto al modo de obtener la admisión en ellas —un hombre nace dentro del tótem de su clan, pero sólo se le admite en una sociedad secreta al cabo de los años—, se nos hace muy difícil dudar de que presenta estrecha afinidad y tiene sus raíces en el mismo modo de pensar. La idea, si estamos en lo justo, es la posibilidad de establecer una relación simpatética con un animal, un espíritu o cualquier otro ser poderoso en el que un hombre pueda depo­sitar, para mayor seguridad, su alma o una porción de ella y del que re­cibe recíprocamente el don de poderes mágicos.

Así pues, sobre la teoría que aquí sugerimos, siempre que exista to­temismo y se haga el simulacro de matar y resucitar al neófito en su iniciación, puede existir o haber existido, no sólo la creencia en la posi­bilidad de depositar permanentemente el alma en algún objeto externo, animal, planta o lo que sea, sino la intención real de hacerlo así. Si se preguntara por qué los hombres desean depositar su vida fuera de sus cuerpos, la respuesta sólo podría ser que, como el gigante en el cuento de hadas, piensan que es más seguro hacerlo así que llevarla consigo, de igual

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manera que la gente prefiere depositar su dinero en un banco mejor que llevarlo sobre su persona. Hemos visto que en los momentos críticos esconden temporalmente la vida o el alma, en un lugar seguro, hasta que aquel peligro ha pasado. Mas no se recurrirá a instituciones como el totemismo solamente en las ocasiones especiales de peligro; son sis­temas en los que todos o al menos todos los varones están obligados a iniciarse en un período determinado de su vida. Ahora bien, el período de la vida en el que la iniciación tiene lugar suele ser la pubertad; este hecho induce a pensar que el peligro especial que el totemismo y los sistemas semejantes a él intentan esquivar no se cree que aparezca hasta llegar a la madurez sexual; en realidad, el peligro recelado se cree pre­sente en la relación intersexual. Sería fácil probar por una larga serie de hechos que la relación sexual está asociada en la mente primitiva a muchos peligros serios, pero la naturaleza exacta del peligro recelado es obscura todavía. Esperamos que un conocimiento más exacto de los mo­dos de pensar de los salvajes revelará este misterio central de la sociedad primitiva y así proporcionará la clave, no sólo del totemismo, sino del origen del sistema matrimonial.

CAPITULO LXVIII

LA RAMA DORADA

Queda comprobado que la hipótesis de localizar la vida de Bálder en el muérdago está en armonía con los giros primitivos del pensamiento. Es cierto que puede parecer contradicción que, a pesar de estar su vida en el muérdago, le matase un golpe de esa planta. Cuando la vida de una persona se concibe corporeizada o materializada en un objeto determi­nado con cuya existencia está unida inseparablemente la de la persona y la destrucción de aquélla envuelve la de ésta, el objeto en cuestión puede considerarse y denominarse su vida o su muerte indiferentemente, como sucede en los cuentos de hadas. Por eso, si la muerte de un hom­bre está en un objeto, es perfectamente natural que pueda ser muerto por un golpe de él. En los cuentos de hadas, Koshchei el inmortal muere por el golpe del huevo o la piedra en que estaba externada su vida o su muerte; los ogros estallan cuando un cierto grano de arena, que indudablemente contiene su vida o su muerte, es llevado a la roca donde viven; el mago muere cuando ponen bajo su almohada la piedra en que estaba guarecida su vida o su muerte, y al héroe tártaro se le advierte que puede ser muerto por la flecha o espada dorada en la que está depositada su alma.

La idea de que la vida del roble está en el muérdago debió de ser sugerida probablemente, como hemos dicho, al observar en invierno que el muérdago crecido entre las ramas del roble permanecía verde mien­tras el roble mismo estaba deshojado. La posición de la planta —arrai­gada no en el suelo, sino en el tronco o ramaje del árbol— podría con-

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firmar la idea. El hombre primitivo podría imaginar que, como él mismo, también el espíritu del roble procuraría depositar su vida en algún lugar seguro y con ese propósito la había instalado en el muér­dago, que en cierto sentido no está ni en el ciclo ni en la tierra, por lo que puede suponérsele a salvo de todo peligro. En un capítulo an­terior hemos comprobado que el hombre primitivo procura conservar la vida de sus deidades humanas manteniéndolas situadas entre ciclo y tie­rra como sitio donde ellas están menos expuestas a ser acometidas por los riesgos que acompañan la vida del hombre en la tierra. Podemos entender, pues, por qué ha sido regla, lo mismo en la antigua que en la moderna medicina popular, que el muérdago no se podía colocar en con­tacto con el suelo, pues en cuanto tocase la tierra se desvanecerían sus virtudes salutíferas. Pudiera ser esto una supervivencia de la antigua superstición según la cual la planta tenía concentrada la vida del árbol sagrado, por lo que no debía exponerse al riesgo implícito en el con­tacto con la tierra. En una leyenda india que ofrece un paralelo con el mito de Bálder, Indra jura al demonio Namuci que no le matará ni de día ni de noche, ni con palo ni flecha, ni con la palma de la mano ni con el puño, ni con la sequía ni con la humedad. Al fin le mata de madrugada, entre dos luces, derramando sobre el la calina del mar. La humedad neblinosa del mar es exactamente un objeto que puede escoger un salvaje para confiarle su vida, pues ocupa esa clase y posición inter­media e indescriptible entre el cielo y la tierra o el mar y el cielo, en la que el hombre primitivo ve seguridad. No es sorprendente, pues, que la calina del río cercano figurase como el tótem de un clan en la India.

También la opinión de que el muérdago debe su carácter místico al hecho de no crecer en el suelo se confirma por una superstición para­lela acerca del fresno. En Jutlandia, cuando se encuentra un fresno cre­ciendo sobre el ramaje de otro árbol se le estima como "sumamente efi­caz contra la brujería, puesto que no se cría en el suelo y las brujas no tienen poder sobre él; para que tenga pleno efecto debe cortarse el día de la Ascensión". Por eso se coloca sobre las puertas para impedir que penetren las brujas. En Suecia y Noruega también se atribuyen propiedades mágicas a un "fresno volador" (flögrönn), que es un fresno que no se desarrolla como de ordinario, sobre el suelo, sino sobre otro árbol, sobre un techo o en la hendidura de una roca, donde ha crecido de la semilla esparcida por los pájaros. Afirman que un hombre que se halle en la obscuridad y a la intemperie debe ir masticando un poco de "fresno volador"; de otro modo se expone a ser embrujado y a no poder moverse del sitio. Así como en Escandinavia se considera al fres­no parásito como un talismán contra la brujería, de igual modo en Ale­mania el parásito muérdago es todavía corrientemente considerado como protección contra la hechicería, y en Suecia, como hemos comprobado, el muérdago que se recoge la víspera del solsticio de verano lo atan al te­cho de la casa, en el establo de las vacas o en el pesebre de los caba-

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llos, seguros de que así desarman el poderío de Troll para hacer daño a hombres y bestias.

La idea de que el muérdago no fue el simple instrumento de la muerte de Bálder, sino el recipiente de su vida, se apoya en su analogía con una superstición escocesa. La tradición dice que el sino de los Hay de Errol, caserío del Perthshire cerca de Firth de Tay, estaba ligado al muérdago que crecía en un gran roble. Un miembro de la familia Hay relata la creencia antigua como sigue: "Entre las familias de las tierras bajas los emblemas en su mayoría están casi olvidados; pero de un an­tiguo manuscrito y de la tradición de unas pocas personas de edad en Perthshire, se descubre que el emblema de los Hay era el muérdago. Había antiguamente, en las cercanías de Errol y no lejos de la Piedra Hal­cón, un roble inmenso, de edad desconocida, sobre el cual crecía con profusión el muérdago; se consideraban relacionados con el árbol mu­chos encantamientos y leyendas y decían que la duración de la familia Hay iba unida a la existencia del árbol. Se creía que una rama de muér­dago cortada por un Hay en la víspera del día de Todos los Santos con una daga nueva y después de dar tres vueltas con el sol y el pronun­ciamiento de cierto conjuro, era un encantamiento seguro contra toda brujería o magia y una defensa infalible en el día de batalla. Una ra-mita cogida del mismo modo se colocaba en la cuna de los niños para que no les cambiasen las hadas poniendo silfos en su lugar. Finalmente, se afirmaba que cuando la raíz del roble hubiese perecido, 'la yerba cre­cería en el hogar de Errol y un cuervo se situaría en el nido del halcón'. Los dos hechos más desgraciados que podía cometer quien llevase el apellido Hay eran matar un halcón blanco y cortar una rama del roble de Errol. Yo nunca pude saber cuándo destruyeron el viejo árbol. La hacienda había sido vendida a alguien que no era de la familia Hay, y desde luego se dice que el roble fatal fue cortado poco tiempo antes."

La vieja superstición se recuerda con toda claridad en versos que tradicionalmente se imputan a Tomás el Bardo:

Mientras el muérdago flamee en el roble Errol

y ese roble se mantenga firme, los Hay prosperarán y su buen halcón gris

no se amedrentará ante El trueno.

Pero cuando se pudra la raíz del roble

y el muérdago se marchite en su pecho mustio,

la yerba crecerá en El hogar de Errol

y graznará la corneja en el nido del halcón.

No es nueva la opinión de que la Rama Dorada es el muérdago. Es verdad que Virgilio no la identifica, sino que tan sólo la compara con el muérdago. Pero esto puede no ser otra cosa que un artificio poético para derramar sobre la sencilla planta un resplandor místico. Ó, más

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probablemente, su descripción se basó en una superstición popular, la de que en ciertos momentos el muérdago llameaba con un resplandor dorado sobrenatural. El poeta cuenta cómo dos palomas guiaron a Eneas al tenebroso valle en cuyas profundidades crecía la Rama Dorada, po­sada sobre un árbol, "el árbol maravilloso, en la verde fronda, del cual brillan chispeantes reflejos dorados. Así como en el frío invierno mues­tra el muérdago su perpetuo verdor y lozanía, huésped del árbol que no le produjo, y entinta de amarillo con sus bayas el umbroso tronco, así aparecían sobre el follaje de la encina las hojas áureas y así susurraban las doradas hojas a la brisa apacible".1 Aquí describe Virgilio clara­mente a la Rama Dorada creciendo sobre una encina - y la compara con el muérdago. La inferencia casi inevitable es que la Rama Dorada no era otra cosa que el muérdago visto a través de la nebulosidad poética o de la .superstición popular.

Hemos expuesto ya razones suficientes para creer que el sacerdote de la floresta ariciana, el rey del bosque, personificaba al árbol en que crecía la Rama Dorada. Por eso, si el árbol fuera el roble, el rey del bosque debió ser una personificación del espíritu del roble, y así es fácil de entender por qué antes de matarle era necesario quebrar la Rama Do­rada. Como espíritu del roble su vida o muerte estaba en el muérdago del roble y mientras el muérdago permaneciera intacto, él, lo mismo que Bálder, no podía morir. Para matarle, por lo tanto, era necesario romper el muérdago y probablemente, como en el caso de Bálder, tirárselo. Para completar el paralelo, sólo se precisa que el rey del bosque fuera primi­tivamente quemado, muerto o vivo, en el festival de fuego del solsticio estival, que, como hemos comprobado, se celebraba anualmente en el bosque ariciano. El fuego perpetuo que ardía en el bosque, como el fuego perpetuo que ardía en el templo de Vesta en Roma y bajo el roble de Romove, era alimentado probablemente con madera sagrada de roble y de esta manera el rey del bosque encontraría su fin en tiempos remotos en una gran pira de roble. En épocas posteriores, como ya hemos indi­cado, su reinado anual se acortaría o alargaría según fuera el caso, por la regla que le consentía vivir mientras probase con la fuerza de su brazo el derecho divino que le asistía. Mas sólo escapaba del fuego para morir por la espada.

Creemos, pues, que en una época muy remota y en el corazón de Italia, junto al plácido lago de Nemi, se efectuaba anualmente la misma tragedia de fuego que los mercaderes y soldados Ítalos presenciaron des­pués entre sus rudos consanguíneos los celtas de la Galia, y la que, si las águilas romanas hubieran llegado a descender sobre Noruega, podrían haber encontrado repetida y con pocas diferencias entre los arios bárba­ros del norte. El rito fue con probabilidad un rasgo esencial del anti­quísimo culto ario del roble.

1 Eneida, libro vi.

2 Recordamos al lector que el alcornoque (Quercus súber), la encina (Quercus ilex)
y el roble (Quercus robur) pertenecen a la misma familia botánica y con frecuencia se
les confunde en el habla popular.

LA RAMA DORADA 789

Ya no nos queda más que preguntar por qué al muérdago se le llamó la Rama Dorada. El blanco amarillento de las bayas del muér­dago es escasa razón para el nombre, pues Virgilio dice que la rama era por completo dorada, las ramillas como las hojas. Quizá el nombre pue­da derivarse del hermoso amarillo dorado que una rama de muérdago llega a adquirir cuando después de cortada se guarda varios meses; el tono claro no queda solamente en las hojas, sino que se extiende también a los tallos, de modo que la rama entera parece ser en verdad una Rama Dorada. Los campesinos bretones cuelgan grandes brazadas de muérdago en las fachadas de sus casas y en el mes de junio esas brazadas son muy vistosas por el tinte dorado claro de su follaje. En algunas partes de Bretaña, especialmente hacia Morbiham, cuelgan ramas de muérdago so­bre las puertas de los establos y cuadras, probablemente para proteger a los ganados y caballos contra la brujería.

El color amarillo de la rama seca puede explicar en parte la causa de haberse supuesto algunas veces que el muérdago posee la propiedad de descubrir tesoros enterrados, pues dados los principios de la magia ho­meopática, hay una afinidad natural entre una rama amarilla y el oro amarillo. Esta sugerencia se confirma por la analogía de las propiedades maravillosas que el pueblo atribuye a la mítica semilla del helecho, que florece como oro o fuego la víspera del solsticio de estío. Así, en Bohe­mia se dice que "en el día de San Juan, la simiente de helecho florece en capullos dorados que resplandecen como fuego". También es una propiedad de esta semilla mítica de helecho que el que la consiga, si ascendiese por la montaña llevándola en la mano la víspera del solsticio de verano, descubriría un filón de oro o vería los tesoros ocultos de la tierra brillando con llama azulenca. En Rusia dicen que el que acierte a encontrar la pasmosa flor del helecho a medianoche en la víspera del solsticio estival no tiene más que arrojarla al aire y caerá como una estrella en el sitio exacto donde haya un tesoro oculto. En Bretaña, los buscadores de tesoros reúnen semilla de helecho en la medianoche de la víspera del solsticio y la guardan hasta el Domingo de Ramos del año siguiente; entonces, desparraman la simiente por el suelo en el lugar don­de se cree que existe un tesoro. Los campesinos tiroleses imaginan que pueden llegar a verse los tesoros ocultos iluminando como llamas en la víspera del solsticio de estío, y que la simiente de helecho recogida en dicho momento místico con las precauciones usuales ayudará a sacar a la superficie los tesoros enterrados. En el cantón suizo de Friburgo acostumbraban a velar la noche de San Juan junto a un helecho en espera de conquistar un tesoro que, en ocasiones, traía el mismo diablo. En Bohemia dicen que el que consiga en esta época la dorada flor del helecho tiene en ella la llave de todos los tesoros ocultos, y que si las doncellas extienden una tela blanca debajo de la efímera flor, goteará oro rojo sobre la tela. Y en el Tirol y Bohemia, a aquel que coloque semilla de helecho entre su dinero nunca le disminuirá por mucho que gaste. En ocasiones suponen que la semilla de helecho florece la noche

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de Navidad y el que la consiga esa noche se hará riquísimo. En Estiria dicen que recogiendo semilla de helecho la noche de Navidad, uno mis­mo puede obligar al diablo a que le traiga un saco de monedas.

Vemos que, partiendo del principio de que "lo semejante produce lo semejante", se supone que la semilla de helecho descubre oro porque ella misma es dorada, y por una razón similar enriquece a su poseedor con un inagotable abastecimiento de oro. Pero la semilla de helecho se describe a un tiempo como dorada y como resplandeciente y encen­dida. Por eso, cuando consideramos que los dos días grandes para reco­ger la fabulosa semilla son la víspera del solsticio de verano y la Navi­dad, esto es, los dos solsticios (pues la Navidad no es otra cosa que la antigua celebración pagana del solsticio hiemal), nos inclinamos a con­siderar el aspecto llameante de la semilla del helecho como primario y su aspecto dorado como secundario y derivado. En realidad, se cree que la simiente de helecho es una emanación del fuego solar en los puntos críticos de su carrera, los solsticios de verano y de invierno. Confirma esta opinión una fábula alemana en la que se cuenta cómo un cazador se procuró semilla de helecho disparando al sol el día del solsticio esti­val al mediodía; cayeron tres gotas de sangre, que recogió en una tela blanca y estas gotas de sangre eran la semilla de helecho. Aquí, la san­gre evidentemente es la sangre del sol, de la que deriva directamente la semilla de helecho. Así pues, puede tenerse como probable la creencia de que la semilla de helecho es dorada por ser una emanación del dorado fuego del sol.
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