Sir james george frazer la rama dorada



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Los ualaroi del río Alto Darling decían que en la iniciación de un muchacho llegaba un espíritu que le mataba y le volvía a la vida después como hombre joven. Entre los naturales de los ríos Murray y Bajo Lachlan, era Thrumalum (Daramulun) el que creían que mataba y re­sucitaba a los novicios. En la tribu unmatjera, de la Australia Central, las mujeres y los niños creen que un espíritu llamado Twanyirika mata

1 El relato está tomado de la obra de Theodor Benfey, Pantshatantra, Leipzig, 1859.

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a los jóvenes y después los resucita durante el período de la iniciación. Los ritos iniciáticos en esta tribu, como en las demás del centro austra­liano, comprenden las operaciones de circuncisión y subincisión, y tan pronto como esta última se ha verificado, el joven recibe de su padre un bastoncito sagrado (churinga) con el que su espíritu, según le dicen, estuvo asociado en un pasado muy remoto. Mientras esté en la manigua recobrándose de sus heridas, deberá hacer girar la bramadera, pues de lo contrario un ser que vive allá en el cielo se dejará caer sobre él y le arre­batará. En la tribu binbinga, en la costa occidental del Golfo de Car-pentaria, las mujeres y niños creen que el ruido de la bramadera en la iniciación procede de un espíritu llamado Katajalina, que vive en un hormiguero y viene para comerse al muchacho y devolverle después a la vida. De modo similar, entre sus vecinos anula,1 las mujeres imaginan que el zumbido de la bramadera en la iniciación lo produce un espíritu llamado Gnabaia, que se traga a los mancebos en la iniciación y los vomita después en forma de hombres iniciados.

Entre las tribus establecidas en la costa meridional de Nueva Gales del Sur, de las cuales la tribu de la Costa Murring puede considerarse como típica, el drama de la resurrección de los muertos se exhibía en forma gráfica a los novicios en su iniciación. La ceremonia nos la ha descrito un testigo presencial. Un hombre, disfrazado con fibras correo­sas de corteza de árbol, se tumbó en una sepultura y fue cubierto lige­ramente de ramaje y tierra. En la mano tenía una ramita que parecía crecer del suelo y había otras plantadas en la tierra para aumentar el efecto. Después trajeron a los novicios y los colocaron junto a la fosa. En seguida llegaron en procesión unos hombres disfrazados con fibras correosas de corteza: representaban una partida de curanderos, guiados por dos venerables ancianos, que venían en peregrinación a la tumba de su hermano curandero, que estaba enterrado allí. Cuando la pequeña procesión, entonando una invocación a Daramulun, desfiló por entre las rocas y los árboles hasta el claro, se colocaron junto a la fosa, al lado opuesto al de los novicios, y los dos ancianos se situaron a espaldas de los danzarines. Por algún tiempo estuvieron bailando y cantando hasta que la rama que parecía crecer sobre la tumba empezó a temblar. "¡Mi­rad ahí", gritaron los hombres a los novicios señalando las temblorosas hojas. Ante su vista, la rama tembló cada vez más, después se agitó y se bamboleó violentamente y por fin cayó al suelo, mientras entre la frenética danza de los bailarines y los canturreros del coro, el supuesto muerto rechazó a puntapiés la sobrepuesta balumba de palos, ramas y hojas e irguiéndose sobre sus pies bailó su danza mágica sobre la misma fosa, exhibiendo en la boca las substancias mágicas que se suponía haber recibido de Daramulun en persona.

Algunas tribus de la Nueva Ginea septentrional —los yabim, bu-kaua, kai y tami—, igual que muchas tribus australianas, requieren que todo muchacho de la tribu sufra la circuncisión antes de ser considerado

1 Los anula, pueblo indígena australiano.

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adulto, y la iniciación tribal, de la que la circuncisión es la característica central, se concibe por ellos, como por algunas tribus australianas, como un proceso de deglución y regurgitación por un monstruo mítico, cuya voz se oye en el fuerte zumbido de las bramaderas. En verdad que las tribus de Nueva Guinea no se limitan a imprimir esta creencia en las mentes de mujeres y niños, sino que la escenifican en forma dramá­tica en los ritos reales de la iniciación, que ninguna mujer ni profano puede presenciar. A este propósito, construyen una choza de treinta o más metros de larga en la aldea o en un sitio solitario de la selva y la modelan dándole la forma de un monstruo mítico; uno de sus extremos se eleva del suelo y representa la cabeza, y el otro remata en punta. Como espina dorsal del gran monstruo colocan una palma de areca arrancada de cuajo y sus raíces y macolla de fibras hacen de pelo; para completar el parecido, la extremidad más ancha y erguida la adorna un artista indígena con un par de ojos saltones y una boca grande y abierta. Después de una despedida patética de sus madres y de las mujeres de la familia, que creen o pretenden creer que el monstruo se tragará a sus queridos hijos, los atemorizados novicios son puestos frente a la impo­nente construcción, y el monstruoso engendro emite un gruñido hosco, que en realidad no es otra cosa que el zumbante sonido de las brama­deras, que hacen girar hombres ocultos en el vientre del monstruo. El verdadero proceso de la deglución se representa de varios modos. Entre los tami se obliga a los candidatos a desfilar ante una fila de hombres que ondean sus bramaderas sobre sus cabezas; entre los kai, más gráfica­mente, se les hace pasar por debajo de un tablado sobre el que hay un hombre que hace el gesto de irlos tragando y efectivamente se bebe un trago de agua por cada uno de los novicios que pasan. Pero el regalo de un cerdo, ofrecido con oportunidad para la redención del joven, in­duce al monstruo a aplacarse y a regurgitar su víctima. El hombre que representa al endriago acepta el regalo vicariante, se oye un gorgoteo y el agua que acaba de beber cae chorreando sobre el novicio. Esto sig­nifica que el joven ha sido devuelto del vientre monstruoso. Sin em­bargo, queda ahora sujeto a la más penosa y peligrosa operación de la circuncisión, que sigue inmediatamente, y el corte hecho por el cuchillo del operador se explica como un mordisco o arañazo que el endriago inflige al novicio al vomitarle de su espacioso buche. Mientras se efec­túa la operación, hacen un ruido prodigioso con las ondulantes brama­deras para representar los rugidos del espantoso ser en el acto de tragarse a los novicios.

Cuando, como algunas veces acontece, muere un mancebo a con­secuencia de la operación, le entierran secretamente en el bosque y dicen a su apenada madre que el monstruo tiene un estómago de cerdo y un estómago humano y que por desgracia su hijo se deslizó al estómago indebido, por lo que fue imposible extraerle. Después de haber sido cir­cuncidados, los mancebos deben permanecer algunos meses en reclusión, rehuyendo toda relación con mujeres y hasta la simple vista de ellas.

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Viven ese tiempo en la cabaña alargada que representa el vientre del endriago. Cuando al fin los mancebos, ya en rango de hombres inicia­dos, son traídos a la aldea con gran pompa y ceremonia, los reciben las mujeres entre sollozos y lágrimas de alegría, como si la tumba hubiese devuelto a sus muertos. Al principio, los jóvenes mantienen los ojos completamente cerrados y aun ocluidos con una pasta de yeso o greda y aparentan no entender las órdenes que les da un anciano. Gradual­mente, sin embargo, van volviendo en sí, como si despertasen de un estupor, y al día siguiente se bañan y limpian de la costra de greda blanca con la que estaban cubiertos sus cuerpos.

Es altamente significativo que todas estas tribus de Nueva Guinea empleen la misma palabra para la bramadera y el supuesto monstruo que se traga a los novicios en la circuncisión y cuyo temible bramar está representado por el zumbido de inofensivos instrumentos de madera. Además, merece señalarse que, en tres de los cuatro idiomas, la misma palabra que se aplica a la bramadera y al monstruo significa también alma y espíritu de los muertos, mientras que en la cuarta lengua (el kai) significa "abuelo". De esto parece deducirse que el ser que se traga y vomita a los novicios en la iniciación se cree que es un poderoso espectro o espíritu ancestral, y que la bramadera o toro bramador, que ostenta su nombre, es su representante material. Esto podría explicar el riguroso secreto con que se guarda de la vista de las mujeres el artefacto sagrado. Mientras no se usan, tienen almacenadas las bramaderas en la casa de varones, donde no pueden entrar mujeres; naturalmente, ninguna mujer o profano puede poner los ojos sobre una de estas bramaderas, bajo pena de muerte. También entre los tugeri o kaya-kaya, gran tribu papuana de la costa meridional de la Nueva Guinea holandesa, el nom­bre de la bramadera, que ellos llaman sosom, se da a un gigante mítico que se supone que aparece todos los años con el monzón del sudeste, y cuando llega, celebran una fiesta en su honor y zumban las bramaderas. Le presentan muchachos, que el gigante mata y resucita discretamente.

En ciertos distritos de Viti Levu, la mayor de las Islas Viti (Fidji), se solía representar con gran solemnidad el drama de la muerte y resurrección ante los jóvenes candidatos en la iniciación. En un recinto sagrado les mostraban una hilera de hombres muertos o que simulaban estarlo, tendidos en el suelo, con los cuerpos abiertos en canal, ensan­grentados y sallándoseles las entrañas. Pero a un alarido del gran sa­cerdote, los falsos muertos se ponían en pie y corrían al río a lavarse la sangre y las tripas de cerdo con que se habían embadurnado. Presta­mente volvían al recinto sagrado como si resucitasen, limpios, frescos y enguirnaldados, balanceándose al compás de la música de un himno solemne y se colocaban frente a los novicios. Tal era el drama de la muerte y la resurrección.

En el pueblo de Rook, isla entre Nueva Guinea y Nueva Bretaña, tienen festivales en los que uno o dos hombres disfrazados y con la cabeza cubierta con máscaras de madera van danzando por la aldea se-

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guidos de todos los hombres. Piden que se les entregue a los muchachos circuncidados que no han sido tragados por Marsaba (el diablo). Los muchachos, temblando y gritando, le son entregados, y les hacen pasar por la entrepierna de los enmascarados. Después la procesión marcha otra vez por la aldea y anuncian que Marsaba ya se ha comido a los muchachos, y no los regurgitará mientras no le hagan un regalo de cer­dos, raíces de taro y cosas parecidas. Entonces iodos los aldeanos, según sus medios, contribuyen con provisiones que después son consumidas en nombre de Marsaba.

En el oeste de la isla de Ceram admiten a los muchachos púberes en la asociación kakiana. Algunos escritores modernos consideran ante todo a esta asociación como sociedad política instituida para resistir la dominación extranjera. En realidad sus objetivos son puramente religio­sos y sociales, aunque es muy posible que los sacerdotes hayan usado en ocasiones su poderosa influencia con fines políticos. La sociedad, en realidad, no es otra cosa que una de esas instituciones primitivas, exten­samente difundidas, cuyo principal objeto es la iniciación de la juven­tud. En años recientes la verdadera naturaleza de la asociación ha sido debidamente reconocida por el distinguido etnólogo holandés J. G. F. Riedel. La casa kakiana es una cabaña oblonga de madera situada bajo árboles de espeso follaje en lo más profundo del bosque y construida de modo que entre tan poca luz que sea imposible ver lo que hay den­-tro de ella. Cada aldea tiene una casa de éstas. Hacia ella se conduce con los ojos vendados 'a los muchachos que van a ser iniciados, se­guidos por sus padres y parientes. A cada mancebo lo llevan de la mano dos hombres que actúan como padrinos o guardianes y le cuidan durante el tiempo de la iniciación. Cuando todos están reunidos ante la casa kakiana, el gran sacerdote llama a voces a los demonios. Inme­diatamente se oye un horrendo bramido procedente de la cabaña que producen soplando unas trompetas de bambú que se han introducido en la construcción por una puerta trasera, pero las mujeres y los niños creen que el ruido está hecho por los diablos y se asustan mucho. Entonces los sacerdotes entran en la cabaña y les siguen los muchachos uno tras otro. Conforme va desapareciendo cada muchacho dentro del recinto, se oye un ruido seco y sordo, se alza un grito de espanto y, atrave­sando el techo de la cabaña, aparece una espada o lanza ensangrentada. Ésta es la señal de que ya ha sido descabezado el muchacho y el demonio le ha llevado al otro mundo, donde le regenerarán y transformarán. A la vista de la espada ensangrentada, las madres lloran y se lamentan, gri­tando que el demonio ha asesinado a sus hijos. En algunos lugares cree­mos que se empuja a los muchachos a través de una abertura que semeja las fauces de un cocodrilo o pico de casuario y entonces es cuando dicen que se los tragó el diablo. Los muchachos permanecen en la cabaña de cinco a nueve días. Sentados en la obscuridad, oyen el trompeteo de los bambúes y de vez en cuando el estampido de un tiro de mosquete y el choque de espadas. Cada día se bañan y embadurnan sus caras y cuer-

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pos con un tinte amarillo que les da la apariencia de haber sido tragados por el diablo. Durante su estadía en la casa kakiana tatúan a cada mu­chacho, con espinos, una o dos cruces en el pecho o el brazo. Mientras no duermen, los neófitos deben estar acuclillados sin mover un músculo. Cuando se sientan con las piernas cruzadas sobre una esterilla, con los brazos rodeando sus rodillas, el jefe toca su trompeta y, colocando su pabellón en las manos de cada joven, les va hablando en tonos extraños que imitan la voz de los espíritus. Advierte bajo pena de muerte que deben observar las leyes de la sociedad kakiana y no revelar jamás lo que ha sucedido en la casa kakiana. También dicen los sacerdotes a los novicios la conducta que han de seguir con sus parientes de sangre y les enseñan las tradiciones y secretos de la tribu.

Mientras tanto las madres y hermanas han ido a su casa, donde viven entre duelos y quebrantos, pero un día o dos después los hombres que actuaron de padrinos o guardianes de los neófitos vuelven a la aldea con la buena nueva de que a intercesión de los sacerdotes el diablo ha vuelto a la vida los mancebos. Los hombres que traen estas noticias llegan desfallecidos y embarrados como mensajeros recién llegados del infierno. Antes de dejar la casa kakiana, cada mancebo recibe del sacer­dote una vara adornada en ambos extremos con plumas de gallo o de casuario. Se supone que las varitas se las ha dado el diablo a los mu­chachos en el momento de resucitarles y se sirven de ellas como muestras de haber estado en el país de los espíritus. A su regreso van tamba­leándose y entran en la casa de espaldas, como si hubieran olvidado el andar como es debido, o por la puerta de atrás. Si les dan un plato con comida lo vuelcan; permanecen mudos, indicando por señas lo que quieren. Todo esto es para demostrar que todavía están bajo la influen­cia del diablo o de los espíritus. Sus padrinos tienen que enseñarles los actos más corrientes de la vida como si fueran criaturas recién nacidas. Además, cuando abandonan la casa kakiana se prohibe a los muchachos comer ciertas frutas hasta que se hayan celebrado los siguientes ritos. Durante veinte o treinta días no deben dejarse peinar por sus madres o hermanas y, al cabo de este período, el gran sacerdote los lleva a un lugar solitario de la selva donde corta un mechón de pelo de la coronilla a cada muchacho. Después de estos ritos iniciáticos ya se les considera hombres hechos y derechos y pueden casarse; sería un grave escándalo que lo hicieran antes.

En la región del bajo Congo se practica o, mejor, se solía practicar un simulacro de muerte y resurrección por los muchachos de una corpo­ración o sociedad secreta llamada ndembo. "En la práctica del ndembo los hechiceros iniciadores hacen que alguien caiga al suelo en una supuesta convulsión y en este estado le llevan a un lugar de reclusión fuera de la ciudad. Ésto lo llaman 'morir ndembo'. Otros más, generalmente muchachos y muchachas, pero con frecuencia mozos y mozas, lo imi­tan ... Se supone que han muerto, aunque los padres y amigos les en­vían alimentos y, después de un período que varía, según la costumbre,

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de tres meses a tres años, se conciertan con el hechicero para que los devuelva a la vida. . . Cuando se han pagado los derechos al hechicero y escogido dinero (víveres) para un festín, se les devuelve la vida a los ndembo. Primero simulan no saber nada ni conocer a nadie; no saben ni masticar los alimentos y los amigos tienen que hacerlo por ellos. Quie­ren todas las cosas bonitas que cualquier profano tenga y si no se las regalan le pegan y hasta le estrangulan y le matan. No les sucede nada por hacerlo, pues se cree que carecen de discernimiento. Algunas veces fingen hablar en jerigonza y se comportan como si volvieran del mundo de los espíritus. Después de esto se les conoce por nombre distinto del que tenían y peculiar de los que han muerto ndembo. . . Hemos oido hablar de esta costumbre muy lejos, río arriba, hasta la región de las cataratas".

Entre algunas de las tribus indias de América del Norte existen ciertas asociaciones religiosas que sólo admiten a los candidatos que han pasado a través del simulacro de ser muertos y vueltos a la vida otra vez. En el año de 1766 o 1767, el capitán Jonathan Carver fue testigo de la admisión de un candidato en una asociación llamada "Sociedad Fraternal del Espíritu" (Wakon-Kitchewah), entre los naudowessies, tribu sioux o dakota de la región de los Grandes Lagos. El candidato se arro­dilló ante el jefe, que le dijo que "él estaba ahora poseído por el mismo espíritu que dentro de unos momentos le transmitiría a él; que él sería derribado muerto, pero que en seguida volvería a la vida; a esto añadió que la transmisión, aun siendo tan terrible, era una introducción nece­saria para obtener las ventajas que gozaba la sociedad en la que estaba a punto de ser admitido. Cuando dijo esto, pareció estar fuertemente agitado hasta que, al fin, sus emociones se hicieron tan violentas que se descompusieron sus facciones y todo su cuerpo entró en convulsio­nes. En esta coyuntura tiró al joven alguna cosa, que parecía por su forma y su color algo semejante a un frijol, y que creímos metió en su boca, cayendo el joven instantáneamente al suelo sin movimiento como si le hubieran pegado un tiro". Por un rato el joven quedó ten­dido como muerto, pero bajo una lluvia de golpes mostró signos de vol­ver en sí y, finalmente, arrojando de su boca el frijol o lo que fuese, volvió a la vida. En otras tribus, por ejemplo las de los ojebway, los winnebagoes y los dakotas o sioux, el instrumento con el que aparente­mente se mata al neófito es el saco de medicina. Este saco está hecho de la piel de un animal (por ejemplo, gato salvaje, serpiente, oso, cuati, lobo, búho, comadreja), del que guarda toscamente la forma. Cada miembro de la sociedad tiene uno de esos sacos en el que guarda reta­zos y cachivaches con que fabrica sus medicinas o talismanes. "Creen que del contenido variado del fondo del saco de piel o animal brota un espíritu o soplo que tiene el poder, no sólo de derribar y matar a un hombre, sino también de resucitarle". El modo de matar a un hom­bre con uno de estos sacos de medicina es acometerle con él; el hombre

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cae como muerto, pero un segundo golpe administrado por el hombre del saco lo vuelve a la vida.

Una ceremonia que presenció el náufrago John Jewitt durante su cautiverio entre los indios del fondeadero de los Nutka [isla Vancouver] indudablemente pertenece a esta clase de costumbres. El rey indio o jefe "descargó una pistola junto a la oreja de su hijo, que inmediata­mente cayó a tierra como si le hubiera muerto, por lo que todas las mujeres de la casa elevaron lastimera gritería, se mesaron los cabellos y exclamaron que el príncipe había muerto; al mismo tiempo un gran número de habitantes invadieron la casa armados de puñales, mosque­tes, etc., inquiriendo la causa del griterío. A esto siguió inmediatamente la entrada de dos de ellos vestidos de pieles de lobo y con máscaras sobre sus rostros que representaban la cabeza de dicho animal. El último llegó caminando a cuatro patas a la manera de una bestia, y cogiendo al príncipe, se lo llevaron, cargándolo en sus espaldas, y se marcharon del mismo modo que entraron". En otro pasaje, menciona Jewitt que el joven príncipe, mancebo de unos once años de edad, llevó una más­cara imitando la cabeza de un lobo. Como los indios de esa parte de América están divididos en clanes totémicos de los que el clan del Lobo es uno de los principales y como los miembros de cada clan tienen el hábito de llevar sobre su persona alguna parte del animal totémico, es probable que el príncipe perteneciera al clan del Lobo y que la ceremo­nia descrita por Jewitt representase la muerte del mancebo con el de­signio de que renaciese como lobo, casi del mismo modo que el cazador vasco supuso que había muerto y vuelto a la vida como oso.

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